martes, 26 de mayo de 2020

Libro I Episodio 36. Las dudas son cada vez mayores


   Pasada la revisión médica, a los dos días comienzan las pruebas más exigentes del examen a cabo segundo. La primera es un ejercicio escrito para comprobar la capacidad de redacción y el conocimiento de la lengua española. Cuando se publican las notas en el tablón de anuncios del cuartel de artillería de costa, lugar en que se llevan a cabo las pruebas, Julio tiene que acordarse una vez más de su madre, gracias a sus dictados obtiene una nota de 9,5 sobre 10. Como posteriormente le contó el sargento Fernández, que se ha tomado muy a pecho que su soldadito no solo apruebe sino que saque un buen número, el tribunal consideró que tanto la sintaxis como el dominio ortográfico de Carreño fueron los mejores del grupo de aspirantes. Como las pruebas son eliminatorias, tras la prueba de lengua el número de candidatos disminuye. El segundo ejercicio, también escrito, consiste en contestar preguntas sobre las Reales Ordenanzas de las fuerzas armadas. Es el examen al que Julio más teme pues es el que peor ha preparado. Tiene suerte y lo saca adelante con una más que aceptable nota, un 6,8. Esta prueba ha sido crucial ya que el número de aspirantes queda por debajo de las plazas en liza. En ese momento, el mañego es el tercero de la lista de candidatos por lo que recibe la felicitación anticipada de Fernández.
   -Si estuvieras compitiendo en unas olimpiadas, con el número que tienes ahora ganarías la medalla de bronce. Que seas medallista es un orgullo para esta Secretaría, no deberías de bajar de ese puesto. Por tanto, leña al mono que es de goma.
   Finalmente, se celebra la temida prueba oral. Prueba que es el coco para todos los examinandos porque al ser el objeto del examen tan amplio, preguntas sobre cultura general, es imposible no tener fallos. Puesto que en el sorteo inicial, para ver porque apellido se comenzaba a examinar, salió la letra ele, Julio ha tenido tiempo para ver la clase de preguntas que más repite el tribunal. Y se da cuenta que uno de los vocales, un teniente que debe de estar puesto en geografía, insiste en preguntar sobre orografía e hidrografía española y que, si el examinando da muchos datos sobre lo preguntado, al tribunal no le importa el tiempo que emplee, con lo cual queda menos tiempo para otras preguntas. El mañego reza para que le pregunten sobre cuestiones geográficas, pues es una de las materias que su madre le machacó haciéndole rellenar interminables mapas mudos. Llegado el momento del examen, la primera pregunta que plantea uno de los vocales es una que en principio parece facilita.
   -Defina el fusil.
   -Es un arma de fuego portátil de cañón largo que…
   -Bien –le corta el vocal-. Díganos las diferencias entre fusil, carabina y mosquetón.
   -Pues… el fusil es el arma más usada en el ejército, en cuanto a la carabina… -Julio no recuerda mucho más y se embarulla en la respuesta. Está pagando sus ausencias en las clases de teórica del campamento. El oficial desiste de seguir interrogando y pasa el testigo al teniente que suele preguntar de geografía.
   -¿Cuál es el río más importante de España? –La pregunta es ambigua y tiene trampa.
   El mañego se dice que no solo debe dar con la respuesta correcta, sino además lucirse para borrar la mala impresión que ha podido dejar en el tribunal su incompleta respuesta sobre las armas de fuego.
   -Con su permiso, mi teniente, su pregunta me exige precisar la respuesta por lo que tendré que extenderme. Si solo nos referimos a la longitud el río más largo es el Tajo y, por tanto, podría ser el más importante, aunque aproximadamente un veinte por ciento de su recorrido discurre por Portugal. Pero si nos referimos solamente al curso dentro de la nación española, el más largo es el río Ebro. También en cuanto a caudal es el primero. Además, si mi teniente lo permite, tengo que agregar que el Ebro también es el río que atraviesa más regiones de España, pues nace en Fontibre, provincia de Santander que pertenece a Castilla la Vieja, pasa por Las Vascongadas, discurre por Navarra, cruza Aragón y desemboca en Los Alfaques, cerca de Tortosa, ciudad que pertenece a Cataluña. Por lo que se podría afirmar que globalmente el Ebro es el río más importante de España…
   -Bien, bien, ya veo que estás puesto en geografía, algo que para un militar siempre es una disciplina importante –le corta el oficial.
   El presidente del tribunal, capitán de ingenieros, le formula otra pregunta que realmente es una ratonera.
   -¿Quién reina ahora en España?
   Julio se apresura a contestar pues sabe la respuesta, pero en el último segundo se da cuenta de la trampa que encierra la pregunta y modifica su contestación.
   -En este momento quien ejerce la jefatura del estado es la regente doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, augusta madre de su hijo que, cuando cumpla la mayoría de edad, será rey de España con el nombre de Alfonso XIII.
   El presidente del tribunal, con un amago de sonrisa, ordena:
   -Puede retirarse, soldado.
   Cuando Julio deja la sala un grupo de compañeros se abalanzan para felicitarle pues, al decir de muchos de ellos, ha sido el mejor examen oral que han oído hasta la fecha. Incluso alguno se atreve a pronosticar:
   -Ya verás cómo vas a ser el número uno de la promoción.
   El mañego se reintegra a la Secretaría de Justicia, donde le aguarda un sonriente sargento.
   -Bueno, Carreño, parece que has cumplido, y por lo que me cuentan hasta es posible que seas medallista. Como sea así, te voy a dar tres días de permiso.
   Julio, ante el buen talante del sargento, trata de aprovechar la ocasión.
   -Mi sargento, ¿y en lugar de tres días no podrían ser tres semanas?, así me daría tiempo a viajar a mi tierra y pasar unos días con los míos, que llevo más de un año sin verles.
   Fernández se queda mirando al mañego como si estuviera calibrando qué contestarle. Cuando lo hace su tono es irónico.
   -Carreño, ¿no conoces el refrán que dice abusar no es usar, sino mal usar? Pues aplícate el cuento.
   Después le explicará Beltrán que ha tenido suerte pues el último guripa que se atrevió a pedirle un permiso al sargento, de entrada mandó que le pelaran al cero y en cuanto llegó un nuevo reemplazó lo devolvió al regimiento al que pertenecía.
   -Estás de suerte, Carreño, Fernández ha debido tener un buen día, pero no tientes la suerte que te puede salir el tiro por la culata –le aconseja Beltrán.
   -O sea, que de pedir permisos para ir a casa, nada de nada.
   -La Voz de Capitanía –Así es como llaman los guripas a la cadena de rumores que circulan habitualmente entre la tropa, sin que nunca quede claro lo que tienen de real o ficticio ni de dónde nacen- a veces cuenta que a tal o cual sorchi le han dado un permiso de más de quince días, pero ya va para dos años que entré en La Almudaina y no he conocido a nadie que haya tenido esa potra.
   La incredulidad de que hace gala su compañero de despacho es uno de los puntos fuertes de su siguiente carta a Consuelo. Si el ejército se porta tal y como sostiene Beltrán es muy posible que pasarán los tres años de mili sin que consiga un permiso para volver a Malpartida. La única nota de alivio que puede contarle es que, como intuía o quizá ya sabía Fernández, aprobó el examen para cabo segundo. Otrosí -expresión que el mañego desconocía y que la ha aprendido en los textos jurídicos que manejan en la Secretaría-, es que no solo aprobó sino que ha sacado el número uno. Y el sargento cumplió su promesa, le ha dado tres días de permiso. ¡Qué lástima no estar en Malpartida para disfrutarlos junto al amor de su vida! Es lo que dice el mañego en su carta, lo que hace es bien diferente: ha invitado a Dolors a ver una función de varietés que ponen en el Recreatiu, luego han estado tomando copas por los bares de mala reputación del puerto y han terminado en un cuchitril que le ha costado dos duros.
   Consuelo le contesta que se alegra mucho de que sea cabo… y poco más. Las cartas de la joven son cada día más cortas e inexpresivas, como si no supiera qué decirle. En cambio, su madre le cuenta que ya lleva las cuentas del tío Bronchales y que resulta increíble que, alguien con tan pocos conocimientos como el usurero, haya podido amasar la fortuna que tiene. También ha descubierto lo que quizá fuera el motivo principal por el que el tío Dimas ha querido contratarla. Resulta que el prestamista se ha enterado, a su edad, que existe algo llamado interés compuesto que para su negocio puede ser un filón aurífero. Le ha tenido que explicar que ese concepto se refiere a cuando los intereses generados por una inversión se añaden al principal y, por tanto, dichos intereses generan también intereses. Esto hace que la deuda crezca más rápido y que la ganancia para el que presta sea mayor. Su madre acaba el relato contándole como le echó un jarro de agua fría al usurero al explicarle que el Código Civil de 1889 fijó el interés de los préstamos en el tipo anual del 6%, y que el interés compuesto es una práctica prohibida.
  La primavera ha dejado rápidamente paso al verano que es tórrido en Malpartida y bastante más suave en Palma por la influencia del mar. Afortunadamente para Consuelo, quedaron atrás los tiempos en que su madre la obligaba a ir al campo a vigilar a los braceros y no tiene que sufrir el calor que castiga las comarcas extremeñas. Ahora pasa casi todo el día en casa, que al ser un edificio de gruesos muros, altos techos y que da a dos calles es bastante fresco por lo que el calor es tolerable. Reparte su tiempo entre realizar los quehaceres domésticos, tener al día las cuentas familiares y… pasear y conversar con el placentino Luis, cuyas visitas ya no solo se circunscriben a los domingos. Ahora llega los sábados y los pasa casi todo el día haciendo compañía a la muchacha. Por las noches el vaquero ha encontrado acomodo en casa de la tía María. Y los domingos los pasan juntos hasta que el joven regresa a Plasencia. Lo de guardar la ausencia se está quedando en los huesos, y lo que es peor: las dudas de Consuelo, dado el tiempo que le resta de mili a su novio, son cada vez mayores.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
37. La prueba del nueve

viernes, 22 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 35. Quien lo iba a decir, de exámenes


   Julio, pese a las dudas despertadas por la carta de su madre, continua enviando sus misivas semanales a Consuelo en las que le asegura, una y otra vez, que por nada del mundo haría nada que pusiera su noviazgo en peligro. La farisaica situación de decir una cosa y hacer la contraria es lo que más pone al mañego de los nervios. Ha hecho una intentona de no volver a ver a Dolors, pero ahora es la joven quien le busca y hay que ser un héroe o un santo para desdeñar los placeres que la mallorquina es capaz de ofrecerle. Y Julio no es ni una cosa ni la otra. Para apaciguar sus remordimientos, recuerda constantemente lo del refrán de ojos que no ven, corazón que no llora, pero en los momentos de lucidez, que los tiene, se dice que su proceder es el de un redomado hipócrita.
   En Malpartida, el placentino Luis continúa su asedio a la aparente fortaleza de Consuelo, aunque piedra a piedra va sigilosamente desmoronando las murallas que todavía parecen proteger el amor de la joven por el mañego. En el pueblo se comenta en todos los mentideros que la señora Soledad se ha salido con la suya, y que lo de la relación de la joven con el placentino es cosa hecha. Tan es así que su amiga Carolina sucumbe a la curiosidad y le pregunta.
   -Ayer me dijo mi tía La Seca que los del casino han cerrao las apuestas que hacían sobre si ganabas tú o tu madre.
   -¿Y por qué las han cerrado?
   -Porque to el mundo está de acuerdo en que ha ganao tu madre… -Como Consuelo no dice nada, Carolina no puede contenerse y lanza la pregunta-. Entonces, ¿lo tuyo con el placentino es cosa hecha?
   -El placentino tiene nombre, se llama Luis Campos. Y lo que diga todo el mundo no vale una mierda, lo único que vale es lo que diga yo.
   -¿Y tú que dices?
   -Hoy na, mañana Dios dirá… -Y con esa equívoca respuesta Consuelo da la charla por finalizada.
   Será porque también debe haberse enterado de lo de las apuestas del casino por lo que la señora Soledad está encantada de la vida. Vuelve a llevar a su primogénita en palmitas, la cual sigue con las tareas asignadas por su madre. Tiene la casa familiar que da gusto verla y los suelos tan limpios que, al decir de tía María, podría comerse sopa en ellos. Y en cuanto a las cuentas de la familia las lleva al céntimo, con la salvedad de las sisas de las que la señora Soledad sigue sin enterarse. Por todo ello no es raro que su madre cuente, a quien quiera oírla, de lo mucho que está aumentando el acervo familiar gracias a las impagables dotes como administradora de su hija primogénita, que de las pesetas hace duros.     
   El, generalmente, dulce invierno isleño ha pasado sin sentirlo y el equinoccio de primavera marca el inicio de la nueva estación y se instala en los predios mallorquines llenándolo todo de flores e insectos. A fines del mes de abril, al leer la carta de su madre en la que le recuerda que hace un año que partió a la isla es cuando Julio se da cuenta de que, en efecto, lleva un año de mili, ha dejado de ser un recluta y se ha convertido en todo un veterano. Y poco después de esa efeméride ocurre algo con lo que el mañego no contaba. El sargento Fernández, que sigue con sus manías pero con el que se lleva razonablemente bien, le plantea una propuesta que, en principio, le desconcierta hasta que se apercibe que el suboficial se lo está tomando muy en serio.
   -Carreño –El sargento llama a todos sus soldaditos por sus correspondientes apellidos, esa es la forma, según piensa él, de que cada uno sepa el lugar que le corresponde-, ayer nos llamó a capítulo el brigada Llompart y nos contó que la reorganización de Capitanía exige que de cada seis soldados, de los que trabajáis en la casa, debe haber un cabo segundo. A esta Secretaría –Fernández pronuncia Secretaría con un tono melifluo, como el que se debe usar en los pasillos vaticanistas-, le corresponde un cabo y, puesto que tú eres con diferencia el que más letras tiene y al que más años de servicio le quedan, tras la pertinente consulta con el capitán Echevarría, he decidido que te vas a presentar a los exámenes para cabo. Ve donde el brigada Llompart, dile que vas de mi parte, y te dirá lo que has de hacer. Puedes retirarte.
   -A sus órdenes, mi sargento –Al soldado Carreño ni se le pasa por las mientes poner en cuestión la propuesta del sargento. Lleva el suficiente tiempo de mili para discernir cuando lo que le dice a uno un superior es una orden, un comentario o una opinión, y lo que acaba de indicar el suboficial huele a orden lo mires por donde lo mires.
   El brigada Llompart se limita a tomar nota de su nombre y destino y le da una especie de catecismo militar, en el que se recoge todo cuanto un cabo segundo debe saber y poner en práctica, sus atribuciones y deberes.
   -Ya tienes lectura para el próximo mes, muchacho, dentro de cuarenta días serán los exámenes. Espero que no decepciones a tu sargento. Aquí se está mucho mejor que en el cuartel de El Carmen –El mañego toma buena nota de lo que significa la advertencia: o estudias y apruebas o te vuelves al regimiento de donde viniste.
   El librillo que le ha dado Llompart explica, entre otras cuestiones que, en la jerarquía del ejército español, el cabo segundo es el rango inmediatamente superior al de soldado de primera, aunque sigue siendo considerado parte de la tropa. Asimismo, describe que en el examen para cabo segundo hay que superar una serie de pruebas: la primera es un reconocimiento médico, luego una prueba de redacción, después contestar por escrito a preguntas sobre las Reales Ordenanzas de las fuerzas armadas y finalmente responder a una batería de preguntas sobre cultura general. Cuando Julio vuelve a la Secretaría, le cuenta a Fernández lo que le ha dicho el brigada y le enseña el librito. El sargento, tras ojear el manual, se limita a decir:
   -Ahora, Carreño, ponte a estudiar. No solo debes aprobar sino que has de sacar un número alto de promoción, así dejarás en buen lugar a todos los que trabajamos en esta Secretaría.
   Esa semana Julio ya tiene contenido para las misivas a su novia y su madre. Les cuenta lo de que tiene que presentarse a exámenes para cabo y que cuando apruebe podrá lucir los dos galones de estambre rojo, también llamados galleta, que llevará en la manga de la guerrera y en el gorro, y que los guripas tendrán que saludarle, cuadrándose y diciéndole: a sus órdenes, mi cabo. Cuando llega a este punto, el mañego detiene la escritura, acaba de darse cuenta de que da por hecho que aprobará, pero… ¿y si suspende? Cierra los ojos y se ve haciendo guardia en la puerta de El Carmen o pelando patatas en la cocina del cuartel. La reflexión le lleva a tomarse en serio el estudio del manual que le dieron, y al que hasta el momento apenas si ha dedicado tiempo. Si quiere continuar con la bicoca que supone trabajar en Capitanía tendrá que tomárselo en serio. Solo tiene una opción: empollar, y es lo que hace en los escasos ratos libres que tiene pues dedica toda la tarde a la bisutería. Para reforzar su decisión se ha apercibido que el sargento Fernández no le riñe cuando ve que en lugar de dedicarse al papeleo lo que hace es estudiar las Reales Ordenanzas del ejército español, que son las normas que establecen el comportamiento, derechos y deberes del militar español. Unas ordenanzas antiquísimas, pues las que están vigentes fueron aprobadas por Carlos III en 1768.
   La correspondencia de Julio ha sufrido un vuelco, recibe más cartas de su madre que de su novia. En respuesta a uno de sus escritos contándole a su madre lo de su posible ascenso a cabo, doña Pilar le cuenta a su vez que también ella tiene novedades que referirle relativas al terreno profesional. Ha salido una vacante en las escuelas de Plasencia, la ha solicitado y se la han adjudicado. Lo ha hecho pensando en que Julio no va a volver a San Martín, y en cambio residiendo en la ciudad del Jerte van a tener más probabilidades de vivir juntos o, en el peor de los casos, de verse más a menudo. Y como los cambios suelen venir a pares, hay una segunda novedad realmente inesperada. Aunque no ha estudiado contabilidad como su hijo, la maestra sabe lo suficiente de números como para llevar cuentas si no son excesivamente complicadas. Un día se le presentó el tío Dimas el Bronchales, uno de los mayores usureros  extremeños, y le hizo la proposición de que le llevara las cuentas pues estaba muy viejo, y cuando un préstamo pasaba de los cuatro dígitos se le hacía la picha -(sic) pone entre paréntesis doña Pilar- un lío. Y que después de un regateo interminable sobre lo que iba a pagarle, y con la condición de que le llevaría las cuentas desde su propia casa, se pusieron de acuerdo. Es leer esto y Julio vuelve a ponerse de mal humor. Su madre trabaja pluriempleándose para poder ayudarle en el futuro, y él gastándose las perras en tener contenta a la Dolors. No puedo seguir así, se dice, tengo que cambiar…, pero ahora tengo los exámenes, lo dejaré para después.
   El mes que contaba Julio de preparación para el examen de cabo segundo se le pasa como un suspiro. Aunque se lo ha tomado a pecho y ha estudiado a fondo el librillo que le dio Llompart, e incluso ha ampliado el estudio de algunas cuestiones de las inabarcables Reales Ordenanzas, cuando llega la fecha no puede evitar ponerse nervioso. No es que le importe demasiado lo del ascenso a cabo, nunca se ha planteado hacer carrera militar, lo que si le importa es que como suspenda está advertido de que pueden reenviarlo al regimiento del que procede y se le acabe el momio del trabajo en la Secretaría.
   La revisión médica, la primera prueba de las cuatro del examen para cabo, es un puro paripé. Una mañana llevaron a todos los aspirantes al galón de cabo al hospital militar y unos médicos, al menos llevaban bata blanca, les hicieron una rutinaria revisión que, salvo uno a quien detectaron problemas de audición, fue superada por todos los aspirantes. Ya queda menos para los exámenes de verdad, piensa Julio, y tengo que aprobarlos porque si no…

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio


36. Las dudas son cada vez mayores