martes, 12 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 32. Bon Nadal


   El paquete para gourmets de doña Pilar, destinado a que su hijo pueda festejar las fiestas que se avecinan, le ha llegado a Julio antes de Navidad por los pelos. Lo ha recibido el 23, gracias a que el servicio estatal de correos ha conocido importantes mejoras en los últimos tiempos que han agilizado mucho la rapidez y seguridad en el reparto postal. A Julio el envío de su madre le ha hecho enorme ilusión, no solo por su rico contenido sino porque ayudará a que la comida postnavideña, que van a preparar las chicas de Inca, sea más variada y posiblemente más sabrosa, al menos en los entrantes. En contrapartida, el envío de su madre ha puesto de relieve la ausencia de algún regalo o detalle navideño por parte de su novia. A ello se añade que las cartas de Consuelo comienzan a ser más cortas y, sobre todo, más previsibles, sus contenidos cada vez se parecen más. Le cuenta cómo van los asuntos de la economía familiar, ¡cómo si ello le importara!, algún suceso ocurrido en el pueblo o alguna charla mantenida con sus amigas, pero las confidencias amorosas, el hablar de sus sentimientos, las expresiones cariñosas son más escasas. Es solo una corazonada, pero a Julio le da el pálpito que el cariño de Consuelo se está enfriando, por decirlo de alguna manera. ¿Habrá conocido a otro?, se pregunta, ¿estará saliendo con alguien?... No puede ser, piensa, alguien me lo habría dicho, quizá Argimiro; no, él casi no sabe escribir. Quizá Carolina…, pero es más amiga de Consuelo que mía… Los temores, las dudas y unos incipientes celos, no sabe muy bien de qué o de quién, atormentan al mañego. Intenta desechar los negros pensamientos y como antídoto opta por hacerle a Consuelo lo que ella no ha hecho: enviarle un regalo navideño. ¿Y qué le podría regalar?, se pregunta. De entrada, desecha mandarle productos gastronómicos, ni Consuelo los necesita ni sabe que podría enviarle. Otra cuestión es que ya no podrá ser un regalo para Navidad porque esta habrá pasado cuando su novia pueda recibirlo, tendrá que ser para el nuevo año o quizá mejor para Reyes. Durante varios días ha estado dándole vueltas al posible regalo y no se le ocurre nada, por lo que decide pedir consejo a la dependienta de la tienda con la que tiene mayor confianza.
   - Mercè, querría enviarle algún detalle a mi novia para Reyes, pero no se me ocurre nada, ¿qué me aconsejas regalarle?
   -¿Qué edad tiene tu novia?
   -Cumplirá veinte en febrero.
   -Hay mil cosas para regalar a una al.lota de diecinueve años. Puedes comprarle un collar, una pulsera, un broche, algo de vestir, unos zapatos, un perfume…, pero antes de pensar en qué regalarle hay otra cuestión: ¿cuánto piensas o cuánto puedes gastarte?
   -No mucho, los guripas siempre estamos a verlas venir.
   -Si no puedes gastar mucho la solución la tienes aquí. Cómprale algo de la tienda, hay cosas muy monas en bisutería con las que impresionar a tu novia, y con lo bien que le caes al jefe seguro que te hace un buen descuento.
   -Gracias, Mercè, no se me había ocurrido. ¿Me ayudas a elegir?
   Después de mucho rebuscar, y con la impagable ayuda de su compañera, Julio ha elegido un fino broche de bisutería cuyo motivo principal es una eme entrelazada con una ce. Está convencido de que a Consuelo le encantará pues sabrá leer mejor que nadie el mensaje implícito que contiene el prendedor. Y como Mercè había supuesto, Carbonero le hace un generoso descuento.
   El día de Navidad discurre de forma muy diferente para los enamorados. Consuelo lo pasa en la casa familiar y rodeada por su madre y hermanos y también por tíos y primos. Es una vieja costumbre de los Manzano juntarse en Navidad, día en que suelen comer gallina en pepitoria cocinada por la tía María. De postre, los consabidos turrones y dulces regados con sidra asturiana, y luego la gente joven canta villancicos ante un rústico belén. Julio no tiene madre ni hermanos ni otros parientes con los que juntarse, ha debido conformarse con reunirse con algunos compañeros de Capitanía con los que a mediodía ha ido al cuartel de caballería a zamparse la comida extraordinaria que suele prepararse ese día, y que no deja de ser más que un rancho corriente al que se le ha añadido algunos mariscos y se ha servido vino, café y licores. Luego se han ido a una tasca del puerto y la mayoría ha cogido una buena pítima a base de mezclar diferentes clases de bebidas y acabar viendo el culo de las botellas.
   La mañana del 26, el mañego se levanta con resaca. En el primer bar que encuentra abierto se toma un café doble, varios vasos de agua y pide un plato de panceta con huevos. Remedios que le recomendó un camarada de juergas cuando alijaba en la Raya. Los caseros antídotos contra el alcohol parecen funcionar y hacia las doce se encuentra en un aceptable estado para reunirse con Agustín y las dos jóvenes que deben estar preparando la comida del día de San Esteban, que para ellos será la comida navideña. La llegada de Julio a la bajera, que servirá como eventual comedor, es celebrada con alborozo, pues ya impresionó a las mallorquinas cuando unos días antes les entregó parte del paquete que le había enviado su madre.
   -Bon Nadal –le saluda Roser dándole un tímido beso en la mejilla.
   -Bon Nadal –le desea Dolors que le da otro beso no tan tímido.
   -Paisano, no sé si sabes que Bon Nadal es feliz Navidad en polaco –le traduce Agustín -. Seguro que lo que van a preparar estas reales hembras va a estar como pa echar regüeldos, pero sin ánimo de hacer de menos a naide lo que te envío tu señora madre es lo mejor de lo mejor. Y, chacho, lo reconozco, hasta me he emocionao pues el salchichón, el morcón y sobre to el jamón de mi pueblo me han hecho recordar nuestra bendita tierra.
   -Aunque sea a toro pasado, felices navidades a todos y perdonadme por si no estoy muy lúcido, pero todavía no se me he pasado del todo la resaca. Ayer estuve con los compañeros de Capitanía y cogimos una buena cogorza, y eso que no fui de los que más le dio a la botella, pero aun así todavía tengo el estómago revuelto –se justifica Julio.
   -No te preocupes, que lo que estamos cocinando te lo sentará -asegura Roser-. Dolors, tú que eres la mestra de la cuina cuéntale al extremeño lo que vamos a comer pa que vaya chupándose los dedos.
   Dolors explica que el menú navideño constará de unos entrantes en los que serán fundamentales los embutidos que mandó doña Pilar. Después, una sopa rellena, seguida de un fiambre de gallina con tiras de huevo, y luego unos escaldums de pavo y lechona. Y como postres: turrones, almendras, higos secos y barquillos. Y remata su explicación contando que la sopa lleva una pasta llamada colzets, carne picada mitad ternera-mitad cerdo, un par de huevos y para salpimentarla hierbas aromáticas y un poquito de nuez moscada. Julio, que por primera vez ha oído hablar de esa nuez, se interesa por la especia.
   -Oye, Dolors, y la nuez moscada, ¿qué clase de nuez es?
   -Es la semilla de un árbol que se cría en países de mucho calor. Se utiliza para aliñar sopas, salsas, croquetas y plats al forn. Aquí la trajeron unos holandeses y mi señora la usa a veces pues da muy buen sabor. Ya verás lo que estamos preparando, seguro que te gustará. ¿A qué nunca has comido platos así? –pregunta Dolors, muy ufana por sus habilidades gastronómicas. El mañego reconoce que en verdad nunca probó ninguno de los platos que las jóvenes están preparando y admite que, por lo que está viendo, la cocina mallorquina es mucho más sofisticada que la extremeña y utiliza unos ingredientes y condimentos de los que jamás había oído hablar.
   Los sabrosos y contundentes platos, acompañados de un tinto de Binissalem que entra sin sentirlo y la malvasía de Mallorca que han catado en los postres terminan por dejarlos medio piripis, tanto que acaban bailando al son de las coplas que, a voz en grito, entonan ambas muchachas. Julio, al sentir el calor del sinuoso cuerpo de Dolors, se arrima a ella más de lo que los buenos modales aconsejan y, ante su asombro, la inquera no lo rechaza. En algún momento del baile le asalta la idea de ir más lejos, pero a pesar de que su lucidez es más que dudosa por efecto del alcohol no lleva adelante su propósito. En ningún momento de la velada, Dolors se ha insinuado o ha coqueteado con él más allá de las expresiones cariñosas y de los roces ocasionales originados por el vino y la propia fiesta que termina con ambas jóvenes cantando a dúo, y no lo hacen nada mal, un villancico en su lengua natal: Allà dalt de la muntanya, un àngel als pastors diu: Hola, hola, eixiu, eixiu! Lantararà, rarararará! Hola, hola, eixiu eixiu, què Jesús és nat i és viu!, y del que Julio solo es capaz de traducir allá arriba en la montaña.
   Ha pasado la Navidad y Consuelo Manzano encara el nuevo año de 1890 con la esperanza de que sea mejor que el anterior. El placentino Luis sigue terne en su proyecto de convencerla de que es el mejor partido posible, por supuesto infinitamente mejor que el mañego. La chinata comienza a tener dudas sobre si enamorarse de Julio fue un arranque salido del hondón donde anidan los sentimientos más profundos o, en buena parte, se debió a darle en la cresta a su madre por pretender manipularla con la serie de pretendientes que le ha ido buscando.
   En Palma, Julio Carreño bastante tiene con combatir la soledad en días tan señalados. La comilona y posterior fiesta del día de San Esteban fue fantástica y reconoce que se lo pasó muy bien. Quizá el vino y los licores, que tan generosamente libaron, fueron la causa de que todos estuvieran especialmente alegres y simpáticos. La palma se la llevó Dolors que, pese a su fama de arisca, no pudo estar más cariñosa. Al mañego, volver a tener una real hembra entre sus brazos le hizo despertar su hombría y en algún momento de la velada estuvo tentado de insinuarse a la joven mallorquina a ver hasta donde le dejaba llegar. No pasó del pensamiento a la acción, pero… se quedó con las ganas de decir algo más que Bon Nadal. Quizá lo intente sí se repite la velada.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
33. Un singular artilugio

domingo, 10 de mayo de 2020

*** Post info 8. El principio del fin, muy parcial, del confinamiento


   El inefable gobierno español, la semana pasada, decretó el principio del fin, muy parcial, del confinamiento. Después de cincuenta y un días de encierro, pude salir a la calle. Estoy acostumbrado a la soledad, de hecho hace quince años que vivo solo, por lo que supongo que habré soportado la reclusión mejor que la mayoría de la gente, con todo sentía la necesidad apremiante de ver algo más que el panorama que enmarca la ventana del salón, precisaba ver gente en movimiento y no solo aplaudiendo en terrazas y balcones. Antes de salir, mi hija me trajo un pack completo de armas contra el virus: mascarilla FFP3, frasco de gel hidroalcohólico y una retahíla de consejos sobre lo que debía y no debía hacer. Me sentí como un párvulo de primero, pero aun así agradecí de corazón su bonhomía.
   Por fortuna, vivo al lado del campus de la universidad Complutense, por lo que suelo pasear por la llamada Ruta Verde (el antiguo tendido del tranvía Moncloa-Paraninfo que tantos y tan felices recuerdos me traen de mis lejanos años universitarios). La primera anomalía que detecté fue que, a esta altura del curso, la ruta debería estar bullendo de estudiantes, pero no había ninguno, solo paseábamos viejos y gente madura. La segunda, fue constatar como los viandantes nos rehuíamos, y me percaté que a quienes más esquivaban eran a las personas mayores, como ahora se nos denomina a los ancianos. ¡No les digo nada de lo que me ocurrió! En cuanto veían a un octogenario, como el que esto escribe, andando a paso cansino y con la melena no ya canosa sino alba cual copo de nieve, los regates que me hacían era dignos de un crack de la serie A italiana o de la Premier League británica. Me entraron ganas de reír porque de llorar ya tendremos tiempo. La última anomalía, aunque admito que no deja de ser una opinión, es que me pareció observar que la expresión de los rostros de mis conciudadanos era más bien tristona, claro que casi todos con los que me cruzaba eran tan viejos como yo, y generalmente los abuelos tenemos pocos motivos para alegrarnos. Aunque si lo pensamos bien, el hecho de estar vivos a nuestra edad debería ser causa para levantarnos cada mañana con una sonrisa de oreja a oreja.
   Nunca pude imaginar que al final de mi ya longeva vida iba a vivir una experiencia tan traumática como la de la covid-19, nombre oficial que ayuda a que olvidemos su procedencia, ¿quién tendrá interés en ello? El Madrid que me encontré no tenía nada que ver con la ciudad en la que un denso tráfico y el incesante ir y venir de los viandantes por aceras y calles son señales de identidad de una urbe de tres millones y medio de habitantes. Contados paseantes, casi todos con mascarilla y guantes, escasa circulación y autobuses vacíos. Eso sí, el cielo estaba de un bellísimo azul velazqueño y se veía nítidamente la Sierra de Guadarrama pues, según dicen, la polución se ha reducido considerablemente. No todo iba a ser malas noticias.
   Ese domingo estrené mi primera mascarilla. Llevarla me pareció un peñazo. Después de un cierto tiempo las gomas te presionan demasiado y no puedes usar gafas porque se empañan. Les confieso que lo de la mascarilla me hizo reflexionar, lo que me llevó a rememorar mis ya lejanos tiempos de trovero aficionado en los que improvisaba romances escasamente poéticos y más bien ripiosos, algo connatural en la métrica popular. Pero de esto les hablaré otro día. Para ser un post me he alargado excesivamente.

viernes, 8 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 31. Un paquete para gourmets


   Ante la pregunta de Agustín de si el próximo domingo irá a merendar con ellos, Julio vacila unos segundos, pero debido a que está intranquilo al estar en la puerta principal de Capitanía, contesta sin pensárselo demasiado.
   -De acuerdo, dile a Roser que iré.
   -Pero esta vez na de hacer marranás, eh. Me lo has prometio.
   -Te doy mi palabra, pero vete de una puñetera vez que el sargento de guardia ya es la segunda vez que sale a mirar.
   Cuando el mañego vuelve a la oficina, y mientras rellena mecánicamente unos formularios, reflexiona sobre la invitación que acaba de hacerle su paisano y su aceptación a bote pronto. Una vez más comienza a darle vueltas a la controvertida cuestión de guardar la ausencia. Recuerda lo que le explicó a Agustín el día de la Inmaculada: salir con él, su novia y con alguna amiga de ella, sea Dolors u otra chica, no supone necesariamente que no guarde la ausencia de Consuelo. Piensa que si fuera a la cita teniendo la intención de ponerle los puntos a la moza a la que acompañara eso sí que supondría no guardar la ausencia; en cambio, sí va más que nada por hacer un favor a su amigo, y sin pretensión alguna de cortejar a su acompañante, eso no supone romper la promesa que hizo a su novia.
   El domingo, cuando está a punto de cerrar la carta semanal a Consuelo, piensa si añade una posdata contándole lo que va a hacer por la tarde. La vacilación dura poco, ojos que no ven, corazón que no siente, se dice, y no cuenta nada sobre la merienda. Pasa la lengua por la parte engomada del sobre, lo cierra, lame el sello y lo pega, después de comer la echará al correo. Agustín le ha dicho que se verán con las chicas sobre las cinco y media. Esa tarde, el mañego se arregla con más cuidado que el habitual, quiere dar una buena imagen, no vayan a pensar las mozas de Inca que todos los extremeños son unos zarrapastrosos como montanchego.
   Las dos muchachas reciben a Julio con la misma cordialidad que si le vieran todos los días. Roser está más simpática que Dolors, que se mantiene amable pero un tanto distante. A medida que transcurre la tarde, la relación del cuarteto se hace más fluida y cordial y termina con ambas jóvenes escuchando encandiladas las anécdotas que les cuenta Julio sobre la vida en Capitanía. Cuando el mañego regresa a su cuarto de la calle Deanato y hace el balance de la tarde se afirma que tenía razón al pensar que un comportamiento como el que ha tenido durante la jornada jamás podría calificarse como de haber quebrantado la promesa de guardar la ausencia.
   A su vez, en Malpartida, Consuelo está cavilando qué hacer con el placentino Luis, que ha demostrado con creces ser un pretendiente con el temple de los guerrilleros que hicieron la vida imposible a Napoleón cuando invadió España. El joven vaquero sigue yendo al pueblo todos los domingos y se ha convertido en asiduo comensal en la mesa de los Manzano. Continúa tratando a Consuelo con corrección y afabilidad, y sigue sin forzar la situación de formalizar una relación que casi todo el mundo da por hecha salvo la propia interesada. Para Consuelo los diálogos con el heredero de los Campos son cada vez más fluidos y amistosos y le ayudan a soportar el tedio. Ya no siente ninguna repulsa hacia el placentino y lo encuentra divertido y ocurrente. Y hasta en algún momento llega a plantearse si estará portándose bien con Julio porque lo que prometió ante la Virgen de la Luz de guardar la ausencia es evidente que no lo está cumpliendo a rajatabla.
   Hoy, en su habitual paseo de la tarde de los domingos, Luis le está contando los planes que tiene pensados para independizarse de su familia.
   -Pienso abrir una tienda en la que se venderán productos lácteos; es decir, leche, queso y mantequilla fundamentalmente, pero también pienso vender refrescos e infusiones de toda clase, como café, té y manzanilla. Y si el negocio sale pa lante, a lo mejor monto otra tienda aquí.
   -¿Y tus padres que dicen de eso, no es una manera de que les hagas la competencia? –inquiere Consuelo que sigue interesada las explicaciones de Luis.
   -En principio mi padre se opone, pero acabaré convenciéndole.
   -Entonces lo que tienes que hacer para completar el cuadro es buscarte una moza que sepa poner buena cara a los clientes para que vuelvan a la tienda.
   -No tengo que buscar na, que la moza que quiero ya la tengo pensá, y no será necesario que ponga buena cara a nadie; bueno, a mí sí. Mi futura esposa no tendrá que trabajar en la tienda, bastará que sea la señora de la casa, y si hace algo será porque le pete.
   -Así que la moza ya la tienes pensada, ¿y si no es indiscreción puede saberse quién es? –Consuelo es cada vez más proclive a coquetear con el placentino.
   -¿Y tú me lo preguntas? Creía que ya lo sabías.
   Cada domingo que pasa, los diálogos entre la pareja discurren por cauces más directos y entran en temas más personales. Situación que es vista muy favorablemente por la señora Soledad, y sobre lo que departe con frecuencia con su hermana María.
   -¿Cómo va lo de la chica con el placentino? –se interesa María.
   -Pues ahí están. La niña sigue emperrá con el muerto de hambre del mañego, pero Luis mantiene el tipo y continúa viniendo tos los domingos y fiestas sin faltar una. A ver si es verdá aquello de que el que la sigue la consigue.
   -No sé a quién ha salio Consuelín, pero puñetera y cabezona lo es un rato.
   -¡Me lo vas a decir! Es igualina que su padre que en gloria esté, no hay na que le pete tanto como llevarme la contraria y hacerme rabiar. Alguna vez he pensao en decirle que lo del mañego me paece bien, igual entonces lo dejaba.
   -Bueno, mientras siga la cosa así, te libras de tener que pagar a alguien pa que te lleve las cuentas y sobre to los tratos con los prestamistas porque con los contaos bancos que hay se ha de tratar con ellos.
   -Eso es verdá, no hay mal que por bien no venga.
   En Palma, Julio tiene bastante más trabajo del habitual en la bisutería. Este jueves anda rapidito pues quiere llegar al comercio antes de la hora de apertura. Se sorprende al encontrar delante de la tienda a su paisano Agustín.
   -Chacho, te estaba esperando, te traigo un recao.
   -Pues rapidito, que voy flechado.
   -¿Qué planes ties pa Navidá?
   De momento, Julio no sabe qué responder. Ni siquiera había pensado que la próxima semana será Navidad. El recuerdo hace que una ola de añoranza de su tierra y sus seres queridos le envuelva. De pronto se da cuenta de que será la primera Navidad que va a pasar fuera de su casa, lejos de su madre y su novia, y que la va a pasar en la más triste soledad.
   -Que planes voy a tener, los de todos los festivos: escribir a Consuelo y a madre y aburrirme más que una farola. Como mucho, igual nos juntamos unos cuantos compañeros en el quiosco de caballería, nos tomaremos unas botellas y cogeremos un pedo de campeonato.
   -Las chicas tienen un plan distinto. Verás… -Y Agustín le cuenta lo que han pensado Roser y Dolors. Ellas han de trabajar en Navidad porque ese día sus señoras organizan la comida navideña para la familia, pero al día siguiente, festividad de San Esteban, aunque sus patronos también tienen comida familiar, les van a dar el día libre porque no las van a necesitar para que ayuden en la cocina. Y es que en Sant Esteve, como lo pronuncian en la isla, la mayoría de familias mallorquinas tiene la costumbre de aprovechar las sobras de la comida del día anterior, es decir del día de Navidad. Lo más habitual que cocinan son canelones, pues el relleno que llevan es la carne sobrante de la escudella que se prepara en la fiesta navideña, y que es un plato que consiste en un caldo colado de carne y hortalizas, en el que se cuece arroz, fideos u otro tipo de pasta.
   Julio le interrumpe.
   -Chacho, que te he dicho que tengo prisa. No me cuentes la historia de cómo preparan los mallorquines las navidades que no tengo tiempo para eso.
   -Bueno, iré al asunto. Que las chicas han pensao que el día de San Esteban, o sea el 26, podríamos celebrar juntos la Navidá, aunque fuera un día después. Ellas se encargan de preparar la comia. Incluso la Roser ha conseguio que su señora le preste una bajera, en la que no guardan más que trastos, pa que podamos comer allí. Nosotros solo tendríamos que apoquinar algo de dinero pa ayudarlas en las viandas que habrá que mercar pa la comilona. ¿Qué te paece?
   La oferta de Agustín, o mejor sería decir de las chicas de Inca, le gusta a Julio. Eso puede ser lo más cercano a celebrar la Navidad en compañía de amigos, aunque no sea el día 25, pero entre esa invitación y tomarse unas botellas en el quiosco media un abismo. No tiene que pensarlo demasiado.
   -Dile a las chicas que por mí encantado. Que me parece una gran idea y que les agradezco mucho que se hayan acordado de mí. Y ya me dirás si puedo ayudar en algo más que en apoquinar los reales que hagan falta. Es más, como sé que siempre estás a dos velas, pagaré tu parte y si hace falta algo más pondré lo que sea necesario. Y ahora, tengo que dejarte que están abriendo la tienda.
   Puesto que la Navidad está encima, la madre de Julio ha pensado en darle una sorpresa a su hijo que a veces presume de gourmet. Le está preparando un paquete para que pueda degustar algunas de las exquisiteces del terruño, a lo que añade los dulces navideños más tradicionales: turrón de Jijona y de Alicante, mazapán de Toledo, pan de Cádiz, mantecados de Antequera, polvorones de Estepa,  peladillas de Alcoy y una botella de vino espumoso de San Sadurní de Noya. A lo que ha sumado algunos de los productos extremeños más famosos: un quilo de jamón ibérico de Montánchez, una selección de embutidos en la que hay chorizo, salchichón, morcón, lomo curado y morcillas. Una botellita de aceite de oliva virgen extra de la Sierra de Gata, una torta del Casar, un bote de pimentón de La Vera y unos bombones de higo de Almoharín. La nota que mete dentro del paquete para gourmets acaba con la felicitación obligada para las fiestas que se avecinan: Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
32. Bon Nadal