viernes, 1 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 29. Y no me rendiré sin presentar batalla

   Consuelo estima que ha llegado la hora de hablar al placentino de su novio.
   -Te explico, Luis. Hará unos dos años me enamoré de un chico de San Martín de Trevejo que se llama Julio Carreño, y le he prometido que me voy a casar con él. Mi madre cree que Julio es un muerto de hambre por lo que está empeñada en casarme con alguien que sea lo contrario, que tenga fincas, ganados y duros a espuertas. Y esos pretendientes que me busca, que además suelen ser unos palurdos de cuidao, son los que me quito de encima lo antes posible. Como creí que tú eras uno de ellos pensaba hacer lo mismo, pero puesto que te portaste desde el primer momento muy correctamente pensé que era justo corresponderte. Hasta hoy. Una tercera visita son muchas visitas y por eso te estoy explicando cuáles son mis sentimientos. No puedo salir más veces contigo porque le prometí a Julio que guardaría su ausencia mientras estuviera en la mili, y es lo que pienso hacer. Por tanto, puedes volver al pueblo cuantas veces quieras, pero no cuentes que te vuelva a acompañar. Y si madre te invita a comer, yo estaré en la mesa pero como si no estuviera, mi cabeza y mi corazón estarán en otra parte.
   Luis ha estado escuchando atentamente la explicación de Consuelo. Cuando habla es para poner en solfa lo del noviazgo con Julio.
   -Tu madre me ha dicho que no estás ennoviá con nadie. Vamos, que no tienes novio formal.
   -Mi madre puede decirte lo que le venga en gana, pero la que manda en mi corazón soy yo y si digo que tengo novio es porque lo tengo.
   -¡Vaya, mucho debe valer ese Julio pa que estés tan enamoriscada! Y sin embargo, por lo que me han contao gentes de Plasencia que le conocen, el mañego no es ninguna perita en dulce. Más bien es un balarrasa, un viva la Virgen que nunca ha hecho na de provecho. Se dedicaba a contrabandear por la Raya, los civiles lo tenían fichao y si no lo metieron en el trullo fue porque parece que su madre tiene mano con la Guardia Civil. Y por si fuera poco, se jugaba hasta las cejas en las timbas de la Raya y tenía deudas a troche y moche. Y es verdad lo que dice tu madre, no tiene donde caerse muerto. Por no tener ni siquiera tiene casa propia, en la que vive con su madre es propiedad del ayuntamiento de San Martín. Toda una joya, vamos.
   -Todo lo que dices es cierto, o mejor lo era. Desde que anda conmigo ha cambiado y no es el mismo. Ya no va por la Raya, está en paz con los civiles, ha dejao de jugar y no tiene ninguna deuda. Y sí, sigue sin tener fincas ni duros, pero tiene mi palabra de casamiento.
   -Razón tienen al decir que hay ojos que se enamoran de legañas.
   -Julio es muy aseao y no tiene legañas.
   -Veo que te ha dado fuerte, bonita, aunque esa enfermedad puede curarse con el tiempo. De todas formas, te doy las gracias por haberte sincerao. No todas las mujeres se atreven a hablar con tanta franqueza.
   -Las gracias te las doy a ti por haber tenido la paciencia de escucharme. Y no tengo más que decir. Supongo que esto es el adiós definitivo.
   -¿Y por qué lo supones?
   -Porque ya te he contao lo que tenía que decirte. Espero que lo hayas entendido y que nos despidamos como amigos, pero esto se acabó.
   De pronto, parece que Luis se ha convertido en el hombre de las mil preguntas retóricas.
   -¿Y qué es lo que se acabó?
   Consuelo comienza a desesperarse ante la contumacia del placentino.
   -O me he explicao muy mal o eres duro de mollera. Que se acabó lo de salir conmigo, lo de pasear por el pueblo y hasta lo de mostrarte las posesiones familiares. ¿Lo entiendes ahora o te lo digo en castúo? –Consuelo se ha puesto chula.
   -Perdona, Consuelo, pero me da la impresión de que la que no lo entiendes eres tú. Si volví fue porque me pareció que eras una mujer de las que rompieron el molde cuando te hicieron y esta conversación me lo ha confirmao. Y te vas a llevar un chasco, pienso volver a Malpartida cuantas veces me venga en gana, y después de esta charla pienso aprovechar todas las ocasiones que tenga pa hablar contigo, pa rondar tu casa, pa comer en ella cuantas veces me invite tu madre… Y algo más importante, no era un pretendiente cuando llegué, pero si lo soy ahora.
   El desconcierto de Consuelo es inenarrable, la respuesta de Luis la ha dejado aturdida, es lo que menos podía esperar.
   -Pero… ya te he dicho que estoy enamorada. Sí vuelves vas a perder el tiempo miserablemente. A buen seguro que en Plasencia encontrarás chicas más guapas, más simpáticas y que te pondrán mejor cara desde el primer momento en que les digas una sola palabra.
   -Es posible. En Plasencia se me tiene por un buen partido, pero a mí me gustan las mujeres que lo ponen difícil y tú eres de esas. Por eso, no te voy a decir adiós. Y que te quede claro: no me rendiré sin presentar batalla.
   Desde que Julio Carreño incumplió su promesa de que iría a la merienda dominical, Agustín García no ha vuelto a dirigirle la palabra. Se han cruzado varias veces por la ciudad, pero el extremeño ha ignorado a su paisano. Al mañego eso le ha dolido, pero no se ha atrevido a interpelar a su amigo, es consciente de que Agustín tiene motivos más que sobrados para estar enfadado con él. Un día intentó dialogar con su compañero, pero este le paró los pies de forma contundente.
   -Agustín, quería explicarte…
   -No ties que explicarme na y tampoco quiero escucharte. Los hombres que se visten por los pies solo tienen una palabra y cuando la dan la cumplen. A ti las palabritas te sobran, ties muchas, pero no cumples ni una. Y los que hacen eso no son hombres, son cagabandurrias –Y sin dar posibilidad alguna de que Julio replicara, siguió su camino.
   Puesto que con los compañeros de la oficina, pese a que se llevan bien, no ha acabado de empatizar, lo cierto es que Julio no tiene auténticos amigos. Ha salido algunas veces con el albaceteño encargado de la biblioteca de Capitanía, pero ha terminado cogiéndole tirria por un motivo bien pueril, el chico habla con un tono muy nasal lo cual, y Julio no es capaz de justificarlo, le molesta profundamente. También ha establecido buena relación con los hermanos Salinas, dos gemelos de Calasparra, realmente majos. Lo malo que tienen es que, quizá al ser mellizos, forman una especie de unidad que no necesita de adheridos y en ocasiones en que ha salido con ellos ha terminado dándole la impresión de que estaba de más, a pesar de que siempre le tratan con afabilidad. Y hay otra cuestión: los gemelos son dos tipos bien plantados, y entre su porte y el gracejo de su habla murciana genera que algunas palmesanas se los rifen, lo cual para alguien que les acompañe y que ha de guardar la ausencia de su novia es tan peligroso como arrimar una yesca encendida a un barril de pólvora. Precisamente, en esta mañana otoñal, pues noviembre ya está mediado, en el quiosco donde almuerza la tropa de Capitanía, los Salinas están comentando que se han ligado a cuatro chavalas, todas ellas peninsulares que trabajan en varios hoteles de la ciudad, y que necesitan dos tíos que les acompañen el siguiente domingo para que todas las mozas tengan pareja. Le están insistiendo a Julio porque, al parecer, una de ellas es extremeña.
   -Nos dijo que era de Trujillo, ese pueblo es de tu tierra, ¿no? –pregunta Alberto que es el mayor de los gemelos.
   -Pues sí, es un importante pueblo de la provincia de Cáceres donde, por cierto, nació Francisco Pizarro, el hombre que conquistó el Imperio Inca.
  En tanto, en Malpartida Consuelo tiene que lidiar con el inesperado problema causado por la contumacia de Luis el vaquero. El chico dijo que no se rendiría sin presentar batalla y está cumpliendo su palabra. Todos los domingos, sin faltar uno, espera a la señora Soledad y a su hija a la puerta de la iglesia parroquial de San Juan Bautista, al término de misa de doce. Y se repite la misma escena: le pide permiso a la madre para acompañarlas hasta casa, la señora Soledad le invita a almorzar, el chico acepta y durante las comidas, a la que continúa asistiendo la tía María, se monta un coloquio a tres porque Consuelo sigue sin participar. Hasta ahí todo parece que vaya de acuerdo con los intereses maternos, pero al finalizar las comidas las cosas se tuercen. Consuelo pone todas las excusas que se le van ocurriendo para no acompañar al placentino a dar un paseo, a pesar de las persistentes peticiones de su madre que en ocasiones se pone al borde del mandato imperativo. Cuando se llega a una situación límite, sorprendentemente quien trata de calmar las exigencias del ama de casa es el joven vaquero.
   -Señora Soledad, por favor, no insista, se lo ruego. Si Consuelo dice que no se encuentra bien no es cuestión de forzarla, podría ponerse peor. A lo mejor, el próximo domingo está mejor y podemos dar ese paseo.
   Ante intervenciones así, Consuelo se encuentra atrapada entre la espada de las exigencias maternas y la pared de los apoyos que le proporciona Luis. Con lo cual, tratarle con malos modos se le hace cuesta arriba. Y una forma de agradecer el comportamiento del vaquero es cambiar la manera de tratarle cuando están fuera de la vigilancia materna. De ahí que, en los paseos que finalmente dan algunos días, la joven se preste de buena gana al diálogo con el placentino.
   -¿Sabes una cosa, Luis?, con la de veces que hemos comido juntos y todavía no sé cómo te apellidas.
   -Campos Simón. No son apellidos de alcurnia, pero estoy orgulloso de ellos. Tanto la familia de mi padre como la de mi madre fueron siempre gente honrada, trabajadora y seria. Por cierto, hablando de apellidos, ¿te has dado cuenta, Consuelo, que si tuviéramos hijos posiblemente alguna broma les gastarían con los suyos? Se apellidarían Campos Manzano.  
   -No somos na y tú ya estás hablando de hijos, desde luego lo que es imaginación no te falta.
   -No somos na porque tú no quieres…, pero eso puede cambiar.
   -Anda, Luis Campos, no lo estropees, con lo bien que íbamos.
   -Perdona, Consuelo, tienes toda la razón. Olvida lo que he dicho. Hablemos de otra cosa.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
30. La patrona de infantería

martes, 28 de abril de 2020

Libro I. Episodio 28. Más vale ponerse una vez colorada que ciento amarilla


   Consuelo escribe a su novio contándole lo de Luis el vaquero, quiere que se entere por ella y no por terceros.
                                                                              -I-
   Malpartida de Plasencia, 18 de septiembre de 1889.
   Mi amor: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, a.D.g., la mía también es buena.
   El encabezamiento que uso no es otra forma de cómo empezar la carta una mujer enamorada, es una verdad más grande que la catedral nueva de Plasencia… Al enunciar la ciudad del Jerte, piensa que es mejor no mencionar el pueblo de Luis. Rectifica.
…, es una verdad más grande que el Monte Jálama de tu pueblo. Y es así porque es lo que siento por ti, amor y muy grande. Te digo todo esto para que sepas que sigo queriéndote como el día que nos prometimos ante la Virgen de la Luz.
   Te he de contar algo que ha sucedido para que lo sigas sabiendo todo de mí y para que veas que, incluso cuando meto la pata, sigo queriéndote como siempre. Verás… -Y Consuelo le cuenta lo ocurrido con el joven placentino. Otra encerrona más de su madre, pero en esta ocasión le sorprendió que el chico se comportara educadamente y no tuviera los pésimos modales que solían tener la mayoría de pretendientes que su madre trataba de enjaretarle. Por eso accedió a enseñarle el pueblo, y cuando al finalizar la jornada el mozo le preguntó si le importaba que el siguiente domingo volviera, todavía no sabe por qué pero le dijo que como quisiera. Fue en la segunda visita del joven cuando se dio cuenta del error cometido y de que, aunque el vaquero no le importara nada, esa no era la manera de guardar la ausencia de su novio como mutuamente se habían prometido. El próximo domingo cuando llegue el placentino le dirá, con buenos modales pero de forma muy clarita, que tiene dada palabra de matrimonio y que no vuelva al pueblo. Y si quiere volver, que eso no puede impedirlo, que sepa que no va a contar con ella para nada, por mucho que se empeñe su madre-… y me despido con el cariño de siempre.
   Tu novia que lo es,
   Consuelo Manzano
   Cuando seis días después, Julio recibe la carta y la lee la conmoción que sufre es como un terremoto, tal es así que ha de hacer algunos paréntesis para serenarse y volver a releer párrafos ya leídos. Los sentimientos que sufre le provocan un regusto amargo. Al principio, experimenta unos celos rabiosos porque la mujer de su vida, la que le prometió una y otra y otra vez que no había otro hombre en la tierra más que él, que nunca miraría a otro, le ha mentido, le ha engañado, ha quebrantado su juramento y se ha olvidado de sus promesas. ¡Ha estado paseando con otro hombre! ¡Y ante la vista de todo el pueblo! Ahora toda la gente de Malpartida sabe que le ha puesto los cuernos. Lo de menos es quien sea el chico. Los celos siempre son malos consejeros y le inducen a contestar inmediatamente a su novia, ¿acaso puede seguir llamándola así?, y pedirle toda suerte de explicaciones. No lo hace porque es hora de ir al trabajo. El resto de la jornada transcurre sin que deje de pensar en la carta de Consuelo y siente como un fuego que le corroe por dentro, como si un monstruo maligno le mordiera las entrañas. La ira que le anega va menguando con el paso de las horas. Apenas si prueba bocado en la cena, pero ya no siente la rabia del primer momento. Relee la carta y va tranquilizándose. Piensa que cuando Consuelo se lo ha contado es porque ha debido ocurrir tal cual lo explica; es decir, que no ha pasado nada. A medida que se va serenando va valorando el amor de su novia y su entereza para afrontar las añagazas que su madre le tiende. Como siempre hay que buscar un culpable a quien colgarle el sambenito, termina maldiciendo a la señora Soledad por su empecinamiento en buscar un novio rico a su hija. Otra idea que se le pasa por la cabeza es la de reafirmarse en lo bien que hizo al no ir a la merienda a la que le invitó Agustín. Si lo hubiese hecho, de alguna manera no hubiera guardado la ausencia de Consuelo, la cual una vez más le ha dado la medida de su amor. A pesar de todas las justificaciones en el fondo le sigue quedando un regusto agridulce.
   En Malpartida, llega el domingo y se repite la escena del anterior. Consuelo se topa con Luis el placentino al salir de misa de doce. El joven, tan correcto como siempre, le pide a la señora Soledad permiso para acompañarlas. La madre acepta encantada y, como el domingo anterior, le invita a comer. A todo eso, Consuelo no ha dicho una sola palabra, se ha limitado a  esbozar un amago de sonrisa y a escuchar, sin prestar demasiada atención, la charla entre su madre y el joven. Espera que llegue el momento adecuado para decirle que no vuelva a visitarla y para eso sabe que es mejor estar solos, su madre podría salir por los cerros de Úbeda si despide al mozo en su presencia. Este se va a enterar de lo que vale un peine, se dice Consuelo.
   Como sigue haciendo mucho calor, hoy la tía María ha preparado un menú al que ha calificado de refrescante y ligero. Como primer plato ha hecho una sopa fría, el ajoblanco, que lleva pan, almendras molidas, agua, aceite de oliva, ajo, vinagre y sal. Y lo ha servido acompañado de uvas y torreznos. De segundo ha hecho pipirigaña, un plato también refrescante, y que en esencia constituye un picadillo de hortalizas, especialmente de tomate, pimiento y pepino a lo que ha añadido caballa y lo ha aliñado con aceite virgen de oliva. De postre, hay bollas de chicharrones, dulces preparados a partir de la manteca de cerdo combinada con harina, azúcar y anís.
   Durante la comida hay un parloteo continúo por parte de Soledad, María y Luis, pero ninguno de ellos consigue que Consuelo participe en la charla, pese a que le preguntan continuamente para que se una a ellos. Únicamente han conseguido arrancarle concisas respuestas. Soledad y María se intercambian miradas, como conocen a su hija y sobrina, intuyen a qué puede conducir la conducta de la joven y es algo que les preocupa. También Luis se ha dado cuenta del comportamiento de Consuelo y opta por no volver a preguntarle. Al final del almuerzo, Soledad se dirige a su hija.
   -Consuelín, ¿por qué no le enseñas a Luis las cuadras de los guarros ahora que no están de montanera? –Y la matriarca dirigiéndose al placentino, a quien ya tutea, le explica-. Verás que cerdos más hermosos tenemos, y no es por presumir pero dan unos jamones que nos los quitan de las manos.
   Consuelo agacha la cabeza y da por buena la petición pues conviene a sus intereses, así podrá hablar a solas con Luis. Y para ir madurando al placentino, durante el camino hasta las pocilgas que están en las afueras del pueblo, le explica en qué consiste la montanera, algo que el joven ha comentado saber qué es, pero no a fondo.
   -La montanera es la última fase de la cría del cerdo ibérico. Se deja pastar a los guarros en la dehesa donde se produce su engorde en los bosques de alcornoques y encinas donde comen sobre todo bellotas que son el alimento fundamental de los animales. Su duración, aunque depende de muchas circunstancias, generalmente se extiende entre octubre y marzo, coincidiendo con la época de maduración de la bellota.
   -¿Y entre septiembre y febrero los cerdos están en las cochiqueras?
   -Sí, en ese periodo están en las pocilgas, aunque aquí se les llama las cuadras de los guarros.
   En cuanto completan la visita a las pocilgas, Consuelo, sin más dilaciones, plantea a Luis cuál es su situación.
   -Verás, Luis. Antes de nada, quiero agradecerte lo correcto y amable que has estado y sigues estando conmigo. Y te lo agradezco de corazón porque, al contrario de la mayoría de pretendientes que mi madre suele endilgarme, te has portado conmigo como un caballero. Lo que quiero decirte…
   -Perdona que te corte, Consuelo, pero ¿de dónde sacas que tu señora madre quiere que sea pretendiente tuyo?
   El desconcierto de la joven hace que se quede sin palabra, solo es capaz de balbucear:
   -Ah, ¿no?…, yo creía…
   -¿Qué es lo que creías? –inquiere el joven con evidente ironía.
   -Perdona…, yo creía que… -Consuelo se va rehaciendo de la sorpresa-. Bueno, como has venido tres domingos seguidos a verme y…
   -¿Y quién te ha dicho que he venido expresamente a verte? –Da la impresión que Luis está recreándose ante la patente confusión de Consuelo.
   -Suponía…, no sé…, creía… -Parece que a Consuelo le cuesta reponerse de su desconcierto.
   -¿Y qué es lo que suponías, si puede saberse? –El placentino sigue regodeándose con el evidente desconcierto de la chinata.
   Es la ironía del joven la que genera que Consuelo se rehaga.
   -¿Entonces, se puede saber a qué vienen estas visitas?, porque no me dirás que vienes a charlar con mi señora madre y con la tía.
   -El primer domingo vine porque tu madre invitó a mis padres a comer, al parecer se traían algún tipo de negocio entre manos. El segundo, porque quería conocer más a fondo el pueblo, estoy pensando en instalar en Malpartida una tienda para vender leche, queso y mantequilla. Y hoy he venido porque siento curiosidad por tu comportamiento… hacia mí.
   -¿Mi comportamiento hacia ti?, ¿eso qué quiere decir?
   -Verás. Me habían contao que eras una especie de matahombres o, mejor dicho, de mata pretendientes, que los espantabas antes de que tuvieran tiempo a decirte cuatro palabras. En cambio conmigo, a pesar de que creías que venía a cortejarte, has estao amable y simpática. Me pregunto ¿por qué ese cambio?
   Consuelo se ha rehecho de la sorpresa inicial y está superando la rabia que le ha provocado la pertinaz ironía que ha empleado Luis en sus intervenciones. Piensa que de todo ello alguna parte de culpa tiene al no haber explicado al joven cuál es su situación y sobre todo sus sentimientos hacia Julio. Hasta el presente, en sus charlas no ha mencionado ni una sola vez al mañego, pero ha llegado el momento de hacerlo en vivo y por derecho, sin morderse la lengua.
   Más vale ponerse una vez colorada que ciento amarilla, se dice.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
29. No me rendiré sin presentar batalla