martes, 21 de abril de 2020

Libro I. Episodio 26. ¿Dónde vas tan bien acompañá?


   El sábado a primera hora, llega a casa de los Manzano la tía María que le da a Consuelo la lista de viandas que tiene que comprar en el mercado, aunque la mayoría de ingredientes ya los tienen en casa. María prepara un menú netamente extremeño: de entrada, croquetas hechas con una de las joyas de la cocina regional, la Torta del Casar, el más famoso queso extremeño. Luego, bacalao al estilo de Yuste. El plato fuerte es la chanfaina preparada a base de asadurilla y carne de cordero. Y como postre biscuit de higo.
   Poco después de mediodía aparecen los invitados. Ni Consuelo ni ninguno de sus hermanos los conocen. Se trata de un matrimonio, ya entrado en años, y el que al parecer es su único hijo. El padre explica durante la comida que son dueños de una vaquería con fama de tener la mejor leche que se vende en Plasencia. Y que cuando ellos falten todo va a ser para su único hijo, de nombre Luis, que es un mozo de veintipocos años y que no tiene mala pinta. En cuanto oye la explicación, Consuelo no necesita más referencias: aquí está el enésimo pretendiente que me quiere encasquetar madre, se dice. A pesar de las sospechas de la joven, la comida transcurre con normalidad y ni su madre ni el matrimonio placentino dicen una sola palabra de noviazgo, ni siquiera de futuro cortejo. Cuando acaba el almuerzo, la señora Soledad se dirige a su primogénita.
   -Consuelín, ¿por qué no te encargas de enseñarle el pueblo a Luis?, me ha dicho que lo conoce pero solo de paso. Ah, y no te olvides de llevarle a visitar la ermita de la Virgen de la Luz –Es oír eso y Consuelo piensa: ya enseñó la patita madre, pues el paseo hasta la ermita es uno de los recorridos preferidos de las parejitas de tórtolos.
   Ante la sorpresa de Consuelo, el heredero del negocio lácteo no resulta ser ni engreído ni un patán. Es un joven sencillo, bastante educado y jovial. Tal es así que, antes de llegar a la ermita, Consuelo se ve enfrascada en una distendida conversación con el placentino, el cual sigue sin decir una palabra ni hacer un gesto que pueda incomodar a la muchacha. Luis le cuenta que tiene grandes planes para cuando algún día tome las riendas del negocio familiar. Lo primero que piensa hacer es ofrecer nuevos productos y no solamente leche, tiene pensado elaborar mantequilla, queso y nata. Cuando al atardecer ambos jóvenes se despiden, el joven da la primera y única muestra de que tiene más planes que pasear por los arrabales.
   -¿Te importa que el próximo domingo venga a verte?
   Para Consuelo la pregunta no puede ser más embarazosa. La primera respuesta que asoma a sus labios es la de siempre: no, pero sorprendentemente dice algo diferente.
   -Como quieras.
   En cuanto Consuelo contesta afirmativamente se arrepiente de inmediato, pero se dice que lo dicho, dicho está. Esa noche, la muchacha no puede dormirse hasta las tantas. No hace más que darle vueltas de por qué ha respondido como lo ha hecho a la pregunta del joven vaquerizo. Piensa que eso supone no guardar la ausencia de Julio. Aunque se justifica: ¿qué hay de malo en hablar, solo hablar, con un chico que ha mostrado ser correcto, educado y amable? Piensa y piensa, y se le ocurren tantas razones positivas como negativas para el dilema que ella misma se ha creado. Llega un momento en que, cansada y aburrida de no encontrar respuesta, se duerme. Al día siguiente, en cuanto despierta, sigue sin hallar solución a la disyuntiva de si mantener su palabra o decirle al joven vaquero que se vuelva por donde ha venido. Cansada de tantos interrogantes y tan pocas respuestas, se dice que hasta el próximo domingo va a tener tiempo de sobra para encontrar una solución al desasosegante problema.
   En Palma, a Julio le pasa algo similar a lo que le ocurre a su novia. Se debate entre la duda de aceptar la invitación de Agustín para acompañarle, junto a su novia y la amiga de esta, a la merienda que organizan los domingos o darle definitivamente carpetazo. Curiosamente, se plantea preguntas análogas a las que se ha formulado Consuelo. ¿Qué hay de malo en ir a merendar con Agustín y las chicas? No se trata de cortejar a la Dolors ni nada por el estilo, solo es hacerle un favor a un amigo, ¿y eso qué tiene de malo?, sigue preguntándose. Al contrario, echar una mano a un amigo, en algo que no tiene nada de reprochable, solo puede ser calificado como una acción correcta y hasta encomiable. Tras rizar el rizo de argumentaciones de ese tipo, termina convenciéndose de que debe ayudar a un amigo que le necesita. El siguiente domingo irá a la merienda, eso sí, dejando sentado desde el minuto uno que no va a echarle los tejos ni a la Dolors ni a cualquier otra moza que acompañe a la Roser para hacer de carabina. El alegrón de Agustín es mayúsculo cuando Julio le dice que puede contar con él. Le abraza, le palmotea la espalda y le dice emocionado:
   -Chacho, sabía que no ibas a dejarme tirao. Un paisano siempre es un paisano y si, en esta tierra de polacos, no nos apoyamos unos paisanos a otros, ¿quién va hacerlo?
   -Una cosa quiero que te quede clara: voy para entretener a la Dolors, de esa forma la Roser y tú podréis tener más tiempo para vosotros, pero eso no quiere decir que vaya a cortejar a la moza ni nada por el estilo. ¿De acuerdo?
   Agustín, por toda respuesta, extiende una mano que Julio estrecha con firmeza.
   -Paisano, se hará lo que tú digas, faltaría más.
   Aquella noche, en el cuarto de la calle Deanato, Julio vuelve a plantearse otra de las preguntas que le inquietan: ¿se lo cuento a Consuelo o no se lo cuento? Sin imaginárselo, le pasa algo parecido a lo que le ocurre a su novia, no es capaz de darse una respuesta concluyente. Termina diciéndose que hasta el próximo domingo tiene muchos días para pensar qué hacer, mientras dejará de calentarse la cabeza.
   En Malpartida ha llegado el domingo y Consuelo sigue sin tener claro qué hacer con el mozo que viene de Plasencia. Como sigue sin respuestas claras, opta por darle tiempo al tiempo y esperar a ver qué pasa. La joven los domingos prefiere ir a misa de ocho pues al ser rezada es más breve que las que son cantadas y con sermón incluido. Cuando ya tiene la mantilla en la mano para salir de casa, su madre le advierte que quiere que hoy la acompañe a misa de doce.
   -Y si voy a misa de doce, ¿quién preparará la comida?
   -No te preocupes por la comia, se va a encargar la tía María.
   A Consuelo le extraña que su tía prepare la comida del domingo, pues es algo que solo hace en las fiestas, pero no le da más vueltas y se pliega a la petición materna. Madre e hija, vestidas de domingo -que es como se dice en el pueblo cuando alguien se emperifolla más que de costumbre-, asisten a misa de doce que es a la que van las familias pudientes del pueblo. Al salir, y cuando Consuelo va a coger el agua bendita para santiguarse, encuentra la respuesta del porqué de la petición materna: una mano le ofrece el agua, es Luis, el vaquero de Plasencia. El joven también va vestido de domingo y está como para echar el verso. Consuelo acepta el agua bendita y va más allá, esboza un gesto amable. En cuanto salen de la iglesia, el joven placentino da los buenos días a madre e hija y pide permiso a la señora Soledad para acompañarlas hasta casa. Permiso que le es concedido de buena gana. El chico va charlando con ambas mujeres y su conversación parece un modelo de buenas maneras.
   -¿Dónde va a comer usted? –La señora Soledad trata ceremoniosamente al placentino.
   -Me he informao y parece que en el mesón de la Olla Vieja se come como pa echar regüeldos.
   A Consuelo el vaquero ya no le parece tan educado como lo había calificado. Lo de los regüeldos ha sido toda una señal de su formación y maneras. Parece que el mozo está enseñando la patita. Igual no es lo que parecía.
   -No se fíe de lo que le han contao –le contradice Soledad-. Yo he oío lo contrario, que la carne no vale na, el puchero suele estar pasao y el pan tirando a duro. Véngase a comer a casa, que hoy tenemos una caldereta de cabrito que resucitaría a un muerto.
   -Muchas gracias, señora Soledad, pero no quisiera estorbar. Las comidas de los domingos son pa estar con la familia, los forasteros no pintamos na en ellas.
   -No me diga que no que me va a dar un disgusto, y además usté no es un forastero pa nosotros. Ya verá que caldereta tan rica, y no es por presumir de hija pero la ha preparao Consuelín que tiene unas manos pa la cocina que son un primor.
   Una sonrisa casi imperceptible anima el rostro de Consuelo que en ningún momento ha participado en la charla. Su madre miente como una bellaca, la caldereta la ha guisado la tía María. Entre sus muchas virtudes no figura la de ser una buena cocinera. Mi señora madre vuelve donde solía, piensa Consuelo. Otra vez estamos con el juego del pretendiente de una familia con posibles. Y en ese preciso momento encuentra la respuesta que buscaba. Se va a poner en plan borde y el vaquero se va a enterar de lo que es una mujer que dice: por ahí no paso. En el fondo lo siente por el joven pues no parece mal chico, pero no va a ser ella quien le dé falsas esperanzas. Y aunque pueda parecer un contrasentido, también lo siente por su madre y su incapacidad para entender que el amor no sabe de componendas.
   La comida dominical discurre sin ninguna clase de contratiempo y Luis el vaquero, como le tilda Consuelo, se muestra simpático, dicharachero y respetuoso. Quizá por eso cuando su madre le indica que porque no enseña al placentino el resto del pueblo que no tuvo ocasión de visitar el anterior domingo, Consuelo acepta la propuesta sin rechistar. En el recorrido por las calles de la localidad, la muchacha percibe que hay gente que mira a la pareja con curiosidad y que tras pasar ellos algunas comadres cuchichean entre sí. En la plaza de Pozo Alto se tropiezan de cara con una pareja muy amartelada, Carolina y Argimiro. Consuelo pretende evitarlos, pero es imposible, los novios están frente a ellos.
   -Huy, Consuelín, ¿dónde vas tan bien acompañá? –pregunta, curiosa, Carolina.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
27. Lo mejor es contarlo sin rodeos

viernes, 17 de abril de 2020

Libro I.Episodio 25. Me da más miedo que un nublao


   El mañego prosigue la lectura de la carta de Consuelo.
   … El ajuar sigue creciendo. Lo último que sumé es un juego de toallas portuguesas que compré a muy buen precio a un chamarilero de Valverde del Fresno, un pueblo al lado del tuyo. Y no puedes imaginarte lo que me pasó. Al principio, no quería comprarlas porque ya sabes que los chamarileros son duchos engañando a la gente, pero como durante la charla me contó que era del valle de Jálama, le referí que conocía a la maestra de San Martín. Cuando oyó eso me dijo que nunca se atrevería a engañar a alguien que conocía a doña Pilar pues, aunque era de Valverde, le dio escuela tu madre. Quizá por eso me dejó las toallas tan baratas. ¡Fíjate, lo pequeño que es el mundo y la buena fama que tiene tu madre! La he escrito y se lo he contado. Lástima que no me quedé con el nombre del chamarilero. También me contó que en otro viaje podía traerme unos juegos de sábanas de algodón y que, por conocer a doña Pilar, me los dejaría tirados de precio. No sé si me dijo la verdad o es de los que son capaces de vender huevos al dueño de un gallinero…
   Julio mira su reloj de bolsillo, se acerca la hora de apertura de la bisutería. Pliega la carta y la guarda, terminará de leerla por la noche. Mientras recorre el camino hacia el establecimiento de Carbonero piensa en lo mucho que le quiere su chinata y en lo firme de sus convicciones. Le da un arrebato de alegría tal que hasta da una pequeña voltereta en el aire.
   -¡Chacho, qué contento estás!, ¿te van a licenciar? –Es su paisano Agustín quien le está interpelando.
   -Agustín, ¿qué haces por aquí, esperando a la Roser?
   -A la Roser y a la merienda. Por cierto, ¿sabes cómo se llama merienda en mallorquín? –y sin esperar la respuesta de Julio lo suelta-, berenar. ¿Dónde vas, a lo del negocio de las baratijas?
   -No son baratijas, Agustín, es bisutería y no es lo mismo.
   -Lo que tú digas, prenda. ¿Sabes quién me ha preguntao por ti un par de veces?, la Dolors.
   -¡Qué raro!, si me dio la impresión de que le caí como una indigestión de moras verdes.
   -Pues no debe ser así, porque cada vez que salimos con ella sale tu menda a relucir. Pa mí que la impresionaste con tu labia.
   -Que imaginación tan calenturienta tienes, Agustinillo, las mujeres como la Dolors no suelen impresionarse fácilmente.
   -Bueno, de las mujeres uno nunca puede fiarse, son mu largas, cuando nosotros vamos ellas ya han vuelto y una mijina más. Oye, otro asunto pero de lo mismo. Que la Roser y la Dolors me tienen dicho que cuando repetimos lo del otro domingo, que de la merienda ya se encargan ellas, que pa nosotros nos dejan los dulces. ¿Qué te paice?
   El mañego vacila. Todavía tiene en la mente lo que le escribe Consuelo sobre como guarda la ausencia. ¿Debería aceptar la invitación de Agustín?, se pregunta. Tras meditarlo, ese domingo Julio no acude a la invitación de ir a merendar. Es Dolors la causa de su renuncia. Tiene presente que le prometió a Consuelo que guardaría su ausencia y no puede romper la solemne promesa a las primeras de cambio. Si acepté la invitación de Agustín la vez anterior fue porque no sabía que, además de la pareja, iba a asistir otra chica, se justifica. En lugar de ir a merendar, acepta la invitación de su compañero de despacho, Medrano, y se van a un teatro, llamado El Recreatiu, que está en la calle de sa Fira. Asisten a la representación de la zarzuela La Gran Vía, que se estrenó en Madrid hace tres años y que constituyó un gran éxito en el teatro Apolo de la capital. Según explica el folleto adjunto a la entrada, se trata de una revista lírico-cómica y fantástica-callejera en un acto y cinco cuadros.
   Unos días después, como todas las tardes, Julio se dirige a la bisutería cuando Agustín vuelve a cruzarse en su camino.
   -Te estaba esperando, chacho. Te echamos de menos en el berenar del domingo, sobre todo la Dolors. Trajo unas ensaimás que estaban pa chuparse los deos.
   -Lástima porque las ensaimadas me gustan un montón, pero ya sabes porque no fui, tengo novia y soy formal. Por consiguiente, no puedo andar chicoleando por ahí con la primera moza que me invite a merendar.
   -¡Y que tendrá que ver una cosa con la otra! Que tengas novia no tie na que ver con que vayas a una merendola con un paisano y unas amigas de este.
   -Pero eso supondría no guardar la ausencia de Consuelo.
   -¡Y dale!, ¿qué tendrá que ver la caldereta con el potaje de Cuaresma? Paisano, pa ser hombre de letras ties una mentalidá mu estrecha. ¿Es qué merendar con dos mozas que son buenas chicas es algo malo? Otra cosa sería si te invitara a salir con dos furcias, pero estamos hablando de unas mozas que como te propases con ellas una mijina te pueden arrear un guantazo que te deja la cara a cuadros.
   -Será como dices, pero no pienso cambiar de opinión. Y además, ¿por qué tanto interés en invitarme a salir con vosotros, porque no buscas a otro? Seguro que en el regimiento los encontrarás a patadas.
   Ante la pregunta, Agustín se explica. Le cuenta que las dos mozas son amigas desde niñas, pues ambas son del mismo pueblo, Inca. Y se tienen gran cariño como si en vez de amigas fueran hermanas. Y luego está la desgraciada historia de Dolors. La joven llevaba de novia cerca de dos años con un chico de un pueblo vecino, muy buen mozo y con fama de guapetón. Y aunque no habían hablado de boda, ella ya estaba preparando el ajuar. El año pasado, el día de una feria que se celebra en Inca una vez al año -el llamado Dijous Bo-, la pareja se fue al campo a merendar y como se pasaron de libaciones, medio consentido medio forzado, el guaperas la desfloró. Una vez pasada la resaca, Dolors se quedó muy preocupada por lo que había ocurrido. Entre la grey femenina corría la especie que después de haberse entregado la actitud del tenorio solía ser: o se olvidaba de ti porque tras haberte conseguido dejabas de interesarle o exigía tomarte siempre que quisiera. Ante el desconcierto de Dolors, su galán no hizo ni una cosa ni la otra. El siguiente día que fue a cortejarla la trató como si nada hubiera pasado. La joven inquera lo tomó como señal de que las intenciones del chico eran serias y prosiguió ampliando el ajuar. Hasta que un mal día, pilló al guaperas de su novio haciéndole una mamada a un conocido de ambos…
   -O sea que el tenorio le daba igual a pelo que a pluma.
   -Sí, pero parece que le tiraba más la pluma. La Dolors lo despachó y, pa quitarse de en medio y  de tos los chismorreos, se vino a servir a la capital. Desde entonces no ha vuelto a emparejarse, aunque pretendientes no le faltan pues la moza es resultona, pero dice que no quiere saber na de los hombres, que son tos unos puercos.
   -Es una historia lamentable y lo siento por Dolors, pero ¿y qué tengo que ver yo con todo eso? También soy un hombre y, por tanto, para ella otro puerco.
   -Ahí es donde entra el cambio de opinión de Dolors. Le había contao lo serio que eres y como guardas la ausencia de tu novia. Pues bien, está empeñá en que, como eres tan formal, también eres el más indicao pa acompañarnos, me refiero a mí y a Roser porque aquí tampoco está bien visto que una pareja vaya paseando sin compañía.
   -Agustín, sigo sin entenderlo y a este paso voy a llegar tarde a la tienda.
   -¡Coño, paisano, que yo no tengo tu palabrería! A ver si soy capaz de hacerme entender. La Roser tiene a la Dolors pa que la acompañe. Yo necesito alguien pa que me acompañe. Ni la Roser ni yo conocemos otro mozo tan apropiao como tú pa que seas el acompañante de la Dolors.
   -No me irás a decir que Cupido ha conseguido que la Dolors se prende de mí.
   -No sé quién es ese fulano ni me interesa saberlo. Y la Dolors no está por ti ni mucho menos, simplemente le paeces una persona formal, un hombre educao y no le importa que seas su pareja cuando salgamos los cuatro. Y en este mejunje, los más interesaos en arreglarlo somos la Roser y yo. Por eso me pongo tan pesao pa que vengas a las meriendas de los domingos. Es un favor que te pido, paisano. No me dejes tirao, ¡por la Virgen de Guadalupe te lo pido!
   El ruego de Agustín parece tan sincero que llega a conmover al mañego.
   -Bueno, tengo que pensarlo. Ahora, habrás de perdonarme pero tengo que irme a la tienda.
   -¿Cuándo me lo dirás? –insiste el montanchego.
   -Mañana o pasado o… -al ver el rostro abatido de su amigo agrega-. Procuraré ir, te lo prometo.
   En Malpartida, la vida de Consuelo discurre como de costumbre. Realiza las labores de la casa, sigue encargándose de la economía familiar que su madre deja cada vez más en sus manos, escribe a su novio y sigue atenta al estado de su ajuar. Esta tarde ha cambiado las bolitas de alcanfor, que periódicamente renueva, para que las polillas no ataquen su oculto tesoro. Por la noche, antes de la cena su madre ha salido a visitar a su hermana María. Cuando vuelve se la nota muy animada e incluso alaba a su primogénita por lo bien que ha negociado la venta del cereal de la última cosecha. ¿Qué tripa se le habrá roto a mi señora madre para que esté tan amable?, se pregunta la joven, que sigue sin fiarse un pelo de las intenciones maternas. La sospecha de Consuelo tiene respuesta a las cuarenta y ocho horas. El viernes la señora Soledad indica a su hija que para el sábado hay que preparar una comida como la de los días de fiesta, y también ha de sacar la cubertería de alpaca y la mantelería de lino porque van a tener invitados de postín. La joven pregunta que quienes son los invitados, a lo que su madre contesta con un escueto:
   -Ya lo verás.
   Consuelo tira de la lengua a sus hermanos, con quien sabe que siempre cuenta, sobre si saben algo de los invitados. Andrés es el único que aporta algo.
   -Pues no lo sé, pero debe ser alguno de los líos que madre se lleva entre manos. Y deben ser invitaos importantes porque mañana viene la tía María a cocinar, y cuando viene, ya sabes…
   Consuelo, que conoce bien a su madre, se pregunta: ¿qué tejemaneje debe estar tramando, madre?, porque me da más miedo que un nublao.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
26. ¿Dónde vas tan bien acompañá?