domingo, 12 de abril de 2020

*** Post info 6. Guía para seguir “Los Carreño”


   Tras haber colgado en el blog 23 episodios de mi novela Los Carreño he creído que era el momento oportuno para incluir la Guía para poder seguir mejor la novela, tal y como hice en las anteriores obras que están compiladas en el blog.
   La Guía no es más que un índice, en orden alfabético, en el que se recogen los principales personajes, localidades, entes accidentes geográficos y expresiones coloquiales que van apareciendo en la novela y que se irán completando en la medida que vayan surgiendo nuevos protagonistas, poblaciones y entidades.
   Considero que la Guía es una herramienta imprescindible en una novela por episodios, en la que el lector fácilmente puede olvidarse de un nombre, de un topónimo, de una entidad o de lo que significa este o aquel gentilicio o determinada expresión coloquial.
   En el blog, la Guía está ubicada en el lateral derecho, debajo de la columna cuyo epígrafe es Páginas y en la que se encuentran las Guías de las anteriores novelas publicadas en el blog.
   Cuando el lector pinche en la Guía para seguir “Los Carreño” se abre una página que contiene el índice que describía en el segundo párrafo de este post. Y como decía en el mismo, a medida que vayan apareciendo nuevos personajes, otras poblaciones y entidades los iré insertando en la Guía. Vale.

viernes, 10 de abril de 2020

Libro I. Episodio 23. El ajuar


   Agustín prosigue contando a Julio como ha llegado a ser asistente del capitán Massanet.
   -… y cuando le expliqué a la Roser que pa asistente escogían a los que supieran de letras y no a un tipo que no sabe ni como se coge la pluma, me dijo que lo dejara de su cuenta. ¡Y lo qué es el poderío de algunas hembras! Unos días después me llamaron a la Plana Mayor y me dijeron que debía de presentarme al capitán don Jorge Massanet, el mismo que mandaba nuestra compañía en el campamento. El capitán me echó un vistazo por encima y sin más me comunicó que iba a ser su asistente. Me dio un papel con las señas de su casa y me dijo que me fuera pa allá, que su señora ya me diría lo que tenía que hacer.
   -¿Y aceptaste?
   -No digas chuminás, prenda. ¿Cómo iba a negarse a un chollo asina un tipo cómo yo? Le pedí a un conocio que me leyera la dirección y pa allá que me fui. La señora capitana, amable pero mu mandona, me explicó que tenía que estar en la casa a las ocho y media de la mañana pa llevar los críos al colegio, y que al volver la acompañaría al mercao a hacer la compra. Que luego ya iría viendo los mandaos que me encargaría. Ah, y que tenía que vestir de paisano e ir siempre aseao. Y aquí me tienes, echo to un señorito. Y se lo debo a sa meua al.lota que, encima de buscarme un enchufe que es la rehostia, muchas tardes me trae merienda. Total, que no m´a quedao otra que pedirle relaciones y, ¡pásmate gurriato! me ha dicho que por ella bien.
   Julio no deja de asombrarse de cuanto le está contando su paisano, y lo del noviazgo es la guinda de la historia, pero de pronto recuerda algo que le contó Agustín en sus viajes.
   -¿Pero tú no me contaste que tenías una media novia en tu pueblo?
   -Esa pregunta es una chuminá, paece mentira que la hagas tú. Piensa que la Felisa está allí y la Roser aquí, ¿qué iba a hacer sí no?
   Aplastante lógica, se dice Julio y, cuando va a seguir preguntando, Agustín le dice en un susurro:
   -Cuidao con lo que le cuentas a la Roser que me juego el enchufe y las meriendas. Por ahí vienen.
   -No me has dicho que Roser venía acompañada, ¿quién es la otra?
   No hay respuesta porque las dos mozas ya están a su altura. Una, que lleva una cesta, es bajita y regordeta, pero bastante agraciada de cara y muestra una media sonrisa. La otra, de mediana talla y delgada, tiene un rostro atractivo aunque con un rictus agrio. Agustín se ha adelantado y ha plantado sendos besos en las mejillas de la bajita. A la otra se limita a saludarla.
   -Roser, Dolors, os presento a Julio Carreño, paisano y, sobre to, un buen amigo. Vinimos juntos desde nuestra tierra. Ahora está de escribiente en Capitanía General porque ahí donde le veis es contable, y sabe más que el que inventó la gaseosa de bolita.
   Las muchachas, de no más de diecinueve años al cálculo de Julio, tienden tímidamente la mano que el mañego estrecha educadamente al tiempo que las piropea.
   -Me había dicho Agustín que hoy conocería a las dos muchachas más guapas de Palma, pero veo que se ha quedado corto. Encantado de conoceros.
   La respuesta de la regordeta es una risilla nerviosa. La delgada sí contesta.
   -¡Vaya pico de oro que tiene tu amigo! –y dirigiéndose a Julio le espeta-. Eso se lo dirás a todas, ¿veritat, recluta?
   ¡La jodimos!, se dice Julio, a esta le he caído mal. Afortunadamente, a lo largo de la tarde el ambiente se distiende y la merienda que ha traído la Roser contribuye a que la relación se haga más cordial. Las jóvenes hasta tratan de enseñarle a Julio algunas frases en mallorquín que es su lengua materna, quizá por eso sueltan cada patada al diccionario de la RAE que tiembla el misterio. Cuando Julio, al igual que hace todas las noches antes de dormirse, piensa en Consuelo se pregunta: ¿debería contarle lo de la merienda de hoy?, ¿le gustará que haya estado con otras chicas aunque solo he ido porque son amigas de Agustín? Se queda dormido antes de encontrar respuesta.
   En Malpartida, como suele hacer todos los jueves, Consuelo se pasa por casa de su amiga Carolina para recoger la carta semanal de Julio. Hay veces, sobre todo cuando hace mala mar, que la carta se retrasa y llega el viernes e incluso el sábado. La promesa que se hicieron los novios de escribirse todos los días no han podido mantenerla. Al final, la correspondencia se ha ceñido a una o, en el mejor de los casos, dos cartas por semana. El mañego ya le explicó que, a causa de sus obligaciones militares y del trabajo en la bisutería, le resulta imposible escribirle diariamente. Intentó hacerlo en la oficina, donde el trabajo nunca agobia, pero un día le pilló el sargento y se ganó un broncazo de tres pares de narices. Desde entonces no ha vuelto a intentarlo. En cuanto a Consuelo, su madre la tiene cada vez más ocupada, pues en los últimos tiempos se ha empeñado en que debe aprender a dirigir los trabajos de la peonada, de las fincas y los ganados. Además, como sabe mucho más de números que ella, la ha encargado llevar la administración de compras y ventas de ganado, semillas, aperos y cosechas. En cuanto Carolina la oye entrar ya tiene el sobre en la mano.
   -Tu cartita de toas las semanas. No podrás quejarte, tienes un novio que es como el reloj del ayuntamiento, da las horas cuando toca.
   -Gracias, Carol. Estas cartas son las que me ayudan a soportar a mi madre.
   -¿Sigue empeñá en…? -Carolina no termina la frase, es consciente de que su amiga sabe bien lo que iba a preguntar.
   -Sí, hija. Es terca como una mula, pero apañá va. Si cree que insistiendo va a conseguir que cambie de sentimientos no sabe con quién se juega los cuartos.
   -¿Quién ha sio el último? –Cualquiera diría que las jóvenes hablan mediante un código cifrado, pero no, se están refiriendo a los pertinaces intentos de la señora Soledad de buscarle a su hija un novio que pertenezca a una familia de posibles de las que en el pueblo hay varias. Por lo que cuando el pretendiente de turno se cansa de los desaires de Consuelo, al poco tiempo la señora Soledad lo reemplaza por otro.
   -No te lo vas a creer. El mayor de los Berruguetes.
   -¿El que es un poco tartaja y bisojo?  
   -El mismo.
   Carolina no puede contenerse y suelta una carcajada de la que al instante se arrepiente.
   -Perdona, Consuelín, pero no he podio aguantarme.
   -Estás perdoná, Carol. Y te entiendo porque el mozo es como para asustar al miedo.
   -Si te busca pretendientes asina es porque ya debe haber agotao los mozos con buena facha.
   -Con buena facha y con buenos cuartos, no lo olvides.
   -No sé si debía contártelo…, pero lo voy a hacer. Por el pueblo corre, no sé si es cierto o un bulo, la especie de que en el casino se hacen apuestas sobre quien va a ganar vuestra pelea, si tu madre o tú.
   -¿Y por quién se decantan las apuestas?
   -Paece que vais empatás.
   -Hablando de cosas serías, ¿cómo va el ajuar?
   Carolina, que va a casarse con Argimiro, su novio de siempre, está preparando la suma de enseres y ropa que, como es costumbre, la mujer aporta al matrimonio. La futura esposa cuenta a su amiga que está ahorrando para que le borden sus iniciales en las sábanas que va a llevar al matrimonio como parte del ajuar.
   -Aunque Argimiro no para de repetirme que no me gaste las perras en bobás que sirven pa bien poco. Pero, ¿qué quieres que te diga?, a mí me hace una jartá de ilusión.
   -No hagas caso a Argimiro, Carol. Los hombres no entienden que a nosotras esas cosas nos hagan tanta ilusión. Borda tus sábanas y, si puedes, también la mantelería.
   -¡Huy, la mantelería!, a eso no llego.
   -Llegarás porque tu amiga Consuelo te la regalará. Una baratita de seis cubiertos, pero tendrás mantelería. Y lo único que siento es que mis ahorros no lleguen pa más.
   A Carolina se le caen unos lagrimones gordos como cañamones y se abraza emocionada a su amiga. Cuando Consuelo se va, Carolina se queda pensando en lo de la mantelería que le va a regalar su amiga con sus ahorros. ¿Qué ahorros?, se pregunta, si Consuelo no trabaja pa naide sino en su casa. ¿Cómo se las arregla pa ahorrar? y, avispada que es, sospecha que solo puede sacar dinero de una manera: sisándole a su madre. Bueno, se dice, y a mí que me importa, que lo saque de dónde quiera, lo que vale es que voy a tener mantelería y así completo el ajuar.
   No sabe Carolina que sus sospechas son ciertas. Hace tiempo que Consuelo tomó la resolución de sisarle a su madre. No siente por ello ninguna clase de reparo moral. Desde que falleció su padre, la señora Soledad la utiliza como la criada de la casa y en los últimos tiempos como la administradora de la economía familiar. Todo ello sin estipendio ni gratificación alguna. Además la joven teme que, conociendo a su madre, el ajuar que lleve al matrimonio será tan escaso y pobretón como si fuera hija de un bracero y no de una familia acomodada como la suya. Por lo que desde hace un tiempo, y aprovechándose de los escasos conocimientos contables de su señora madre, cada vez que realiza una venta de grano o de ganado se queda con un pequeño porcentaje lo suficientemente corto como para que Soledad no se haya dado cuenta. El dinero que obtiene se lo gasta en comprar piezas para su ajuar, y hasta tiene encargado a unas monjas de Plasencia que le borden parte del equipo con las iniciales CM, las que responden al apellido de Julio y el suyo. El mayor problema que ha tenido ha sido donde guardar tantas prendas, pero ha encontrado en la buhardilla un viejo arcón en el que se almacena ropa vieja y que nadie toca. Encargó a un carpintero de un pueblo vecino, Toril, que fabricara un doble fondo y en el mismo guarda amorosamente su ajuar. El que un día, todavía lejano, piensa compartir con el hombre de su vida.
   En cuanto Consuelo llega a casa, se encierra en su habitación y abre la carta de Julio.
                                                                                 -l-
   Palma de Mallorca, 24 de agosto de 1889.
   Mi amor: al recibo de la presente espero que estés bien de salud, la mía, a.D.g., también es buena.
   Antes de contarte nada,…

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
24. No me la merezco

martes, 7 de abril de 2020

Libro I.Episodio 22. Sa meua al.lota


   Julio quiere aprovechar el pase de pernocta y escapar del dormitorio de Capitanía, para lo que necesita una habitación. Ha hecho correr la voz y un mediodía un artillero le pregunta si es el que anda buscando un catre.
   -Te lo pregunto porque conozco a un tío que se ha quedado sin compañero de cuarto y busca alguien que le ayude a pagar el alquiler. Mañana si vienes a almorzar te lo presento.
   Al día siguiente, el artillero presenta a Julio al que busca compañero de habitación.
   -José María Portugués. Aquí, Julio Carreño, un infante de Capitanía que anda buscando dormitorio.
   Portugués, de una quinta anterior a la de Carreño, está en la Plana Mayor del cuartel de artillería de costa casi pegado a Capitanía, y que consiguió el pase pernocta hace tiempo. Alquiló una habitación a una viuda sin familia que vive en la calle Deanato, una callejuela que está en un lateral de la catedral y a un tiro de piedra de la Almudaina. La segunda cama la ocupaba un tipo de intendencia que se acaba de licenciar y necesita a alguien que pague la mitad del alquiler.
   -¿Y qué tal la habitación?
   -No te voy a contar milongas, mala. Es un cuarto interior en el que caben justitos dos catres y las sábanas solo las cambian cada dos semanas, pero con tal de no dormir en el cuartel cualquier cosa vale. Cuesta tres pesetas diarias y no te lavan la ropa ni nada, solo por la cama.
   Julio echa rápidamente cuentas. Eso supone la mitad de lo que le paga Carbonero. Le restarán 90 cucas para vivir, pero si fuera necesario algún día puede comer en caballería con lo que podrá terminar los meses pasablemente. Portugués le acompaña a la casa, es un piso pequeño y malamente iluminado pero muy limpio y le presenta a la patrona, una señora mayor muy poquita cosa y con más arrugas que un mapa en relieve de los Cárpatos. Atiende al nombre de Margalida que, como le explica al mañego, es la versión mallorquina de Margarita. Tras hablarlo, la patrona le alquila el segundo catre. En pocos días, Julio ha conseguido las dos metas que se propuso el primer día de su estancia en Capitanía: no comer únicamente rancho y activar el pase de pernocta.
   Desde ese día, la vida de Julio pasa a ser menos militarizada y más reglada. De ocho a quince horas trabaja en la Secretaría de Justicia, donde ya le ha pillado el tranquillo al sargento Fernández, y hasta ha tenido ocasión de hablar unas cuantas veces con el capitán Echevarría que parece un tío majo. Es un vasco, alto y recio de pocas palabras, pero buena gente. Según le cuentan está casado con una rica heredera de la ciudad y lleva una intensa vida social, por lo que aparece por la Secretaría solamente cuando es necesario. Siempre viste de paisano y tiene el uniforme colgado de un perchero en su despacho, uniforme que únicamente se pone cuando, de Pascuas a Ramos, tiene que despachar con el Capitán General. En cuanto a sus dos compañeros de oficina, descubrió hace tiempo que mientras no les moleste y no ponga de mala leche a Fernández no se meterán con él. Cuando sale de Capitanía, come en alguna de las tascas económicas que abundan en el barrio viejo, se cambia en la habitación de Deanato y se va al negocio de Carbonero a llevar las cuentas y a echar una mano en el mostrador cuando hay mucha clientela. Por la tarde suele darse un paseo por el entorno del puerto o por alguno de los parques de la ciudad. Los domingos aprovecha la mañana para hacer la colada, descansar y escribir a sus dos amores: su novia y su madre. Apenas si le queda tiempo para nada más. Como le ha contado a Consuelo en una de sus cartas, el hecho de haber activado el pase de pernocta ha supuesto un cambio espectacular en su vida de guripa. Resulta que la mili ya no es tan puta como la calificaban la mayoría de sus compañeros en el tránsito hasta Palma, quizá es que ha tenido suerte, lo que no es raro teniendo a dos mujeres rezando por él.
  Hoy, como todas las tardes, Julio ha cambiado su uniforme militar por la ropa de paisano y se dirige a buen paso a la bisutería. En un momento del recorrido alguien le llama a grandes voces:
   -¡Julio, paisano, Julio Carreño!
   Se vuelve y mira. En principio no reconoce a quien le llama porque es un civil y no conoce a nadie en Palma que no sea militar, hasta que al acercarse al que le ha llamado se cae del guindo.
   -¡Coño, pero si es el Agustín! –Se trata de Agustín García Llerena, el extremeño de Montánchez que viajó con él en tren hasta Valencia, luego en barco hasta Mallorca y que también fue su compañero en el campamento. El montanchego se le echa a los brazos y le estrecha contra su pecho como si hubiese encontrado a alguien que daba por perdido.
   -¡Julio, paisano, que alegría!, tenía pensao ir a verte a Capitanía, pero entavía no había encontrao la ocasión pa hacerlo.
   -El día que me fui del regimiento te busqué para despedirme, pero me dijeron que estabas de guardia en Es Fortí. También yo pensaba pasarme por el cuartel para echar una parrafada contigo, pero… ¿qué haces a estas horas de la tarde y vestido de civil? Cómo te coja la vigilancia te pueden meter un puro de cuidado –le advierte Julio.
   -De eso na, soy el asistente del capitán Massanet y estoy autorizao pa vestir de paisano. Te cuento… -Y Agustín le explica el radical cambio que ha sufrido su vida militar. Al principio, se chupó guardias como para parar el Guadiana, parecía que el furriel la tuviera tomada con él. Día sí, día no le caía una guardia, una imaginaria, servicio de cocina, de limpieza de letrinas… hasta que un buen día se tropezó con un ángel…-. Sí señor, con un ángel en forma de mujer y de nombre Roser, que es como los polacos llaman en mallorquín a las Rosarios.
   -A ver, Agustín eso requiere una explicación más detallada. Cuéntame.
   El montanchego le cuenta que una tarde, que estaba libre de servicio, andaba paseando por la Plaza de Cort cuando se fijó en una niñera que estaba riñendo a un nene que no hacía más que lanzar una pelota y correr tras ella sin mirar a derecha ni a izquierda. En una de esas, un carro estuvo a punto de atropellar al distraído crío, sino fuera porque allí estaba él para tirarle de un brazo y evitar el accidente. La chacha le quedó tan agradecida que no le importó que la acompañara hasta la casa en la que servía. Por el camino, Agustín le contó que estaba de soldado en el cuartel de El Carmen y, ¡lo qué son las casualidades!, resultó que Roser estaba sirviendo en casa del comandante don Jorge Durango, destinado en la Plana Mayor de su regimiento-. Y ahí me cambió la vida, al menos la militar. Pa que luego digan que la suerte no vale pa na.
   -Ya lo creo que vale. Un día te contaré lo que decía Napoleón de la suerte –Nada más mentar al Corso, Julio se dice que ha dicho una bobada. Seguro que Agustín no tiene ni idea de quien fue Bonaparte.
 -Pues sí. Ya sabes lo que dicen en nuestra tierra: más vale caer en gracia que ser gracioso. Y yo le caí en gracia a la moza porque cuando le dije, como quien no quiere la cosa, que me gustaría verla otro día, la Roser contestó que por ella valía. Pa no quedar como un gorrino, tuve que contarle la verdá, que no sabía cuándo podría verla porque me inflaban a guardias. La moza dijo que lo sentía y que tendríamos que dejarlo en manos del destino.
   Como Julio ve que la explicación de su paisano va para largo, le corta.
   -Agustín, tendrás que perdonarme, pero ando mal de tiempo. Trabajo en una tienda y se me está haciendo tarde. Quedamos otro día y me cuentas el resto de la historia que promete ser interesante.
   -Claro, prenda, yo paseo por el centro la mitá de los días.
   -Durante la semana no va a poder ser, pero los domingos los tengo libres.
   -¿Qué te paice si nos vemos el domingo que viene?, y de paso te presentaré a la Roser que, además de buena persona, está más rica que el pan con chorizo.
   Julio sigue su camino pensando en lo caprichoso que es el destino y buena prueba es el caso de su amigo Agustín: trabajaba de porquero, analfabeto absoluto, nunca salió de las lindes de Montánchez y ahí le tienes vestido de paisano y, por lo que cuenta, sin nada que hacer la mitad de los días, y encima hasta ha ligado con una mallorquina. Lo que le recuerda aquello que suelen decir en San Martín: que Dios te dé suerte que el saber de poco vale. El mañego pronto olvida a su paisano hasta que llega el domingo. Como todos los días festivos, dedica parte de la mañana a escribir a su novia y su madre. Al mediodía, comiendo en una taberna barata que ha descubierto en la calle Pureza, recuerda que por la tarde tiene una cita con Agustín que además le prometió que le iba a presentar a la tal Roser. Han quedado en verse en un parque cercano a Sa Riera, una rambla que atraviesa la ciudad. Julio se plantea si llevar algún detalle a la chica de su paisano, pero lo desecha, ni sabe cómo es la muchacha ni si sabrá apreciar el gesto. Vete a saber con quién se ha juntado el bueno de Agustín, se dice.
   Cuando llega al lugar de la cita ya le está esperando su amigo. Parece que hasta lleva traje nuevo, pero no es la misma pobre vestimenta con la que vino del pueblo, lo que ocurre es que está limpia y hasta parece recién planchada. Agustín vuelve a darle un efusivo abrazo, celebrando alborozado que el mañego haya cumplido la promesa de acudir a la cita.
   -Paisano, no sabes lo contento que estoy de poder presentarte a sa meua al.lota.
   -¡Le leche!, ¿y eso qué quiere decir?
   -Mí chica en mallorquín. Me lo ha enseñao la Roser que como es de un pueblo de la isla llamado Inca sabe hablar el polaco. Antes de que llegue te acabo de contar como he llegao a asistente del capitán Massanet. En la tercera ocasión que salí a pasear con la Roser, me preguntó si me gustaría ser asistente. No caerá esa breva pero no está hecha la miel pa la boca del asno, le contesté. Cuando me preguntó qué quería decir con eso, le dije que pa ser asistente escogían a los que supieran de letras y no a un tipo que no sabe hacer la o con un canuto.
   -¿Y qué pasó? –pregunta Julio, interesado por el relato.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
23. El ajuar