martes, 17 de marzo de 2020

Libro I Episodio 16. El cuartel de El Carmen


   Del cuartel de Húsares conducen los reclutas a la estación de Delicias para coger el ferrocarril que desde 1859 enlaza la capital del reino con la ciudad del Turia por la ruta del puerto de Almansa donde se bifurca en dos ramales, uno a Alicante y otro a Valencia. El convoy militar está ocupado por quintos del reemplazo del 89, un destacamento de soldados veteranos y dos sargentos que, al mando de un capitán, son los encargados de escoltarlos. El viaje es largo y tedioso. En esta ocasión los compañeros de compartimento de Julio son nuevos, salvo el inevitable Agustín el porquerizo también destinado a las Baleares y que continúa pegado a él como una lapa. Agustín es la primera vez que sale de Montánchez, localidad sita al sur de Cáceres, y aunque intenta disimularlo está asustado, son demasiadas novedades para alguien que nunca ha salido de su pueblo y es la segunda vez que monta en tren.
   -Vas a ver lo grande que es el mundo –le anima Julio.
   -Si te digo la verdá, paisano, estoy acojonao.
   -Tranquilo, Agustín –le conforta Julio-, pase lo que pase estaré a tu lado.
   -Hemos llegao a Aranjuez –informa el enterado de turno-. Aquí se cultivan las mejores fresas de España y los espárragos también son de categoría.
   Tras dejar atrás la ciudad regada por el Tajo, Julio, que se ha puesto mustio pensando en su novia, se ha levantado y se ha puesto junto a una ventanilla para mirar el paisaje que, una vez pasadas las vegas ribereñas, es netamente manchego: grandes llanadas, escaso arbolado y una tierra seca y áspera. En la estación de Alcázar de San Juan la parada se alarga bastantes minutos y, como el tren no arranca y la charla se ha estancado, uno de los reclutas que porta una guitarra se pone a rasguearla.
   -Si me acompañas –pide uno al guitarrista- os cantaré una coplilla picante que alude a este pueblo –Y una vez que el ocasional músico le da la entrada, el mozo se arranca con buena voz y mejor entonación-. Morena de mis amores/ por el carril de tus brazos/ unos vienen y otros van/ Eres estación de paso/ como Alcázar de San Juan.
   La letrilla picaresca es recibida con aplausos y olés por los demás quintos y el guitarrista es requerido para acompañar a otros improvisados cantores. Pocos se saben las letras de las coplas que se cantan, hasta que uno se arranca con Asturias, patria querida e inmediatamente todos corean la popular canción, algo que llama la atención a Julio porque piensa que seguramente ninguno conoce esa región del Cantábrico. Tras Alcázar, el convoy para en Albacete. La capital de la provincia del mismo nombre merece la atención de los mozos porque los andenes están muy concurridos.
   -¿Sabéis que aquí se hacen las mejores navajas y cuchillos de España? –informa uno.
   -¡No jodas, chacho! Yo creía que las herramientas de metal eran cosa del norte, de Bilbao o por ahí.
   -Lo que yo te diga –dice el de la información sobre la cuchillería sacando una respetable navaja cabritera y mostrándola-. Me la regaló mi padre cuando hice la primera comunión y sigue teniendo un filo que corta un pelo de coño en el aire.
   Después de pasar Alcira la siguiente estación es la ciudad de Valencia para regocijo de los quintos que están deseando darse una vuelta por la capital levantina. El deseo se esfuma como por encanto cuando uno de los veteranos que les escoltan les anuncia que el destino final del convoy no es Valencia sino su puerto. En El Grao se despiden del ferrocarril y, tras el consabido pase de lista, les ponen en fila de a uno para embarcarles en el buque que les llevará a Mallorca, el vapor Bellver de la Empresa Marítima a Vapor e Isleña Marítima que cubre la línea regular entre las Baleares y la península.
   -Chacho, que grande es este barco, ¿será seguro? –pregunta un acobardado Agustín.
  En el buque les acomodan en camarotes de seis literas. No hay suficiente sitio para toda la tropa embarcada y a más de un centenar les ubican en la cubierta superior donde dormirán en unas estrechas hamacas. Casi todos han oído hablar de que la primera vez que navegas el mareo es poco menos que inevitable, pero luego resulta que solo se marean los más aprensivos de los cuales a Julio le tocan dos en el camarote. Al poco de salir de puerto, el estrecho habitáculo huele a vómitos y a meados. El mañego, asqueado, coge una manta y se sube a cubierta donde hace frío, pero únicamente se huele el húmedo aire marino. Ve una hamaca vacía y se acurruca en ella hasta que se duerme. Un brillante sol matinal le despierta a tiempo de ver entrar al vapor en un estrecho y alargado puerto. Julio no conoce Mallorca, pero ha ojeado alguna postal de la bahía de Palma, y lo que está viendo no se parece en nada a lo que recuerda del perfil de la ensenada palmesana.
   -¿Dónde coño estamos? –se pregunta en voz alta.
   -En Mahón, recluta –le contesta un marinero que pasa junto a él.
   -¿Pero este barco no iba a Mallorca? –pregunta, estupefacto, Julio.
   -Sí, pero antes recalamos aquí para que desembarquen los reclutas destinados a Menorca.
   Julio oye que otro marinero está explicando detalles del puerto natural de Mahón a un grupito de mozos y se pega a ellos.
   -…y esa es la Fortaleza de la Mola, un penal militar. Si alguno hace una trastada mientras
esté en la mili terminará aquí.
   En cuanto la tropa destinada a Menorca desembarca, el Bellver pone rumbo a Mallorca donde llega a media tarde. Esta vez Julio sí reconoce la silueta de la bahía de Palma y puede describirle el panorama a su paisano Agustín.
   -Mira, chacho, aquel edificio grandioso es la catedral de Palma y el que está enfrente es el Real Palacio de la Almudaina, sede de la Capitanía General de Baleares.
   Unos briosos acordes reclaman la atención de los quintos. Alineada en el muelle una banda militar interpreta marciales marchas. El ejército está dando la bienvenida a Mallorca al reemplazo del 89. Algunas de las marchas y alegres pasodobles que toca la banda le recuerdan a Julio a su madre, porque se los ha oído tararear alguna que otra vez. De la evocación de su madre pasa inevitablemente a la de su novia, cuyo recuerdo provoca que al mañego se le encoja el corazón. No tiene más tiempo para recuerdos porque alguien le palmea la espalda.
   -Chachos, ¿dónde os habías metio?, lo que m´a costao encontraros –Es otro extremeño del camarote de Julio-. Que dicen que hay que recoger los bultos que vamos pa tierra.
   Julio baja al camarote, recoge la maleta y vuelve a subir a cubierta acompañado por Agustín que sigue sin despegarse de él. El capitán, al frente del pelotón de soldados que les han escoltado desde que salieron del cuartel de Húsares, ordena que desembarquen y que formen en el muelle donde la banda de música ha enmudecido. Una vez en tierra, se procede al consabido pase de lista. A continuación se lleva a cabo la entrega formal de los quintos destinados a la isla por parte del capitán que los ha escoltado desde Madrid al oficial que viene a recibirles en nombre del Capitán General de Baleares. Realizado el relevo, pasan a leerse las relaciones de los reclutas destinados a las diversas unidades militares de Mallorca.
   -¡Ojalá quiera la Virgen de Guadalupe que me toque contigo! –musita Agustín.
   Un sargento, con voz de ordeno y mando, anuncia:
   -Los reclutas cuyos nombres voy a leer a continuación van destinados al regimiento de infantería Mallorca, número 13. A medida que oigan su nombre que vayan saliendo de la formación y que se alineen frente al sargento Martínez que es el que ha levantado la mano.
   El suboficial va leyendo nombres hasta que…
   -Julio Carreño Lahoz.
   -¡Presente!
    Y para alegría de Agustín poco después vocean el suyo:
   -Agustín García Llerena.
   -¡Presente!
   -Chacho, que suerte, no nos han separao –le sopla Agustín al oído en cuanto forma al lado de Julio quien mira con ternura a su camarada, le está cogiendo cariño-. ¿Crees que van a poner carros pa llevar las maletas?
   -¡Silencio, no quiero oír ni a una mosca! –conmina el sargento.
   Cuando la formación de los reclutas destinados al regimiento de infantería está completa, el sargento, tras dar la novedad a un teniente, ordena:
   -De frente, paso ordinario…, ar –Y la columna de tres en fondo se pone en marcha siguiendo la estela del suboficial. Cada quinto carga con su maleta, hatillos y bultos. No ha aparecido ningún carro para llevar los equipajes.
   El sargento, junto al pelotón de veteranos que escolta al desorganizado grupo, lleva a los reclutas que acaban de llegar a la isla por las calles palmesanas. Los transeúntes les ven pasar con una mezcla de curiosidad e indiferencia pues saben bien quienes son: una nueva leva de jóvenes peninsulares que no vienen precisamente a disfrutar de los encantos de su tierra.
   -Un, dos, ep, aro, un, dos, paso…, paso… -El sargento se empeña en que los reclutas marquen el paso. No hay manera, entre que los mozos están todavía muy verdes en instrucción de orden cerrado y que el peso de las maletas y fardos que portan dificulta que puedan moverse ágilmente la marcha de la formación es cualquier cosa menos marcial.
   La agrupación se detiene ante un imponente y vetusto caserón en cuya puerta de entrada hay un soldado haciendo guardia y en cuya fachada ondea la bandera nacional. El sargento les indica que al atravesar el umbral pasarán delante del cuarto de banderas donde se guarda la enseña del regimiento a la que hay que saludar. La formación entra en el edificio -que más tarde sabrán que se llama el cuartel de El Carmen- y se detiene en un gran patio interior alrededor del cual hay un corredor cubierto al que se accede a través de las arcadas que bordean el patio.
   -Dejar las maletas en el suelo –ordena el sargento y a continuación manda-. Fir…mes.
Mi teniente, sin novedad en la formación –El oficial da la novedad al capitán quien, a su vez, se la da a un jefe que luce tres estrellas en la bocamanga que relucen como soles.
   -A sus órdenes, mi coronel, sin novedad en la formación de los mozos del reemplazo de 1889.
   -Gracias, Mallén, que descansen y presénteme.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
17. Profesor, machacante y escribano

domingo, 15 de marzo de 2020

*** Post info 5. Mi modesta aportación para paliar uno de los efectos del coronavirus.


   Lo más probable es que al leer el título de este post más de uno lo califique de ridículo y pretencioso. Pero no van por ahí mis intenciones ni el contenido del post. No soy médico ni científico, por tanto no puedo luchar contra la enfermedad que ya ha sido calificada de pandemia. Solo soy un octogenario que lo mejor que puede hacer es procurar no enfermar y, en el desgraciado caso de hacerlo, no infectar a los demás. Pero déjenme que les explique.
   Una de las consecuencias para evitar, en la medida de lo posible, la extensión de la pandemia, y que todas las autoridades sanitarias recomiendan encarecidamente, es quedarse en casa. Aislarnos en nuestro domicilio, así evitaremos infectarnos y contagiar a otros, y la enfermedad se irá reduciendo. Las drásticas medidas tomadas en China y su eficaz resultado, tras ser el origen del virus, así lo atestiguan. Y por ahí va mi modesta aportación.
   Puesto que al quedar aislados en nuestra casa, uno de los instrumentos con los que contamos para paliar el aburrimiento es internet, he pensado incrementar el número semanal de entregas de mi novela Los Carreño. A partir de la próxima semana las duplicaré. Además de la entrega de los viernes desde ahora también publicaré otro episodio los martes. Y lo seguiré haciendo mientras dure la pandemia en su fase aguda, al menos en el ámbito europeo donde radica la mayoría de lectores de este blog. Esa es mi modestísima aportación para paliar uno de los efectos del coronavirus: el aburrimiento.
   Por tanto, el próximo martes colgaré en el blog el episodio 16. El cuartel de El Carmen, dentro del Libro I de la novela Los Carreño. Entiéndanlo como una muestra de buena voluntad de alguien que poco más puede hacer. Hasta el martes… y sigan asintomáticos.

viernes, 13 de marzo de 2020

Libro I. Episodio 15. El regimiento de Húsares


   En el andén de la madrileña estación de Delicias está esperando al convoy militar un pelotón de soldados a cuyo frente hay un capitán y dos tenientes, aunque son los sargentos a quienes más se les oye. Al bajar del tren los mozos, se arma un tremendo guirigay hasta que los suboficiales reclaman la atención.
   -Los mozos destinados a Cataluña que formen delante de mí –dice un sargento levantando el brazo.
   -Los que van a la región valenciana y a Murcia conmigo –grita otro.
   -Los destinados a Madrid a formar aquí –vocea un tercero.
   -A los que les ha tocado las Baleares conmigo –vocifera un cuarto.
   La algarabía que se ha formado solo consiguen reconducirla los suboficiales a fuerza de gritos y algún que otro reniego. Al fin logran que los mozos destinados a las diversas regiones se agrupen en bloques. Cada quinto carga con su bagaje. Los sargentos informan a voz en grito que vocearán el nombre de cada uno de los hombres de su unidad y que el aludido debe contestar: ¡presente! Algunos no han debido entender el aviso porque al oír su nombre dan las más variadas respuestas: aquí, soy yo, a sus órdenes… Cumplida la tarea del recuento, el sargento de cada grupo da la novedad a su teniente que a su vez se la da al capitán que manda el destacamento.
   La primera información que reciben los reclutas sobre su inmediato destino es que van a pasar la noche en el regimiento de Húsares de la Princesa, 19 de Caballería, cuyo acuartelamiento está situado en el Real Sitio de El Pardo. Lo que nadie les dice es que les espera una caminata de catorce kilómetros, distancia de la capital a El Pardo. Julio es un experimentado andarín, pero a partir de algo más de la mitad del recorrido la maleta comienza a pesarle y las manos se le agarrotan. Uno de los camaradas del tren, y que camina justo detrás de él, al ver los apuros del mañego le aconseja.
   -Chacho, quítate la correa del pantalón y pásala por el asa de la maleta, asína te la podrás colgar al hombro y llegarás menos cansao.
   Ya anochecido, llegan al cuartel de Húsares. Les llevan a lo que debió ser una especie de picadero cubierto en uno de cuyos laterales hay montones de paja. Les ordenan que dejen allí las valijas y que sigan a sus sargentos. Les conducen al comedor de tropa donde van pasando ante una mesa alargada en la que a cada recluta le dan un chusco y una lata de sardinas. Un suboficial les informa que en un lateral hay varios grifos en los que podrán beber. La mayoría de mozos guardan la lata y el pan, bastante duro, para comérselos con las viandas caseras que les quedan. Cuando tras la magra pitanza les devuelven a lo que parece que será su dormitorio, los veteranos les forman en fila de a uno y les van dado una manta, luego les indican que cada quinto puede coger una brazada de la paja que hay en un lateral y hacerse con ella una yacija donde poder dormir.
   Julio está tan derrengado que acata enseguida la orden, mal que bien compone un jergón y sin desvestirse se echa en la improvisada cama. De lo único que se ha desprendido es de las botas que huelen mal después de la caminata. Por la mañana, a hora temprana, suena una corneta y acto seguido los gritos destemplados de un grupo de soldados veteranos que los despiertan al grito de ¡diana!, acompañado de algún que otro puntapié. Hay un cabo larguirucho que va cantando una letrilla que pronto le resultará familiar a los mozos: quinto levanta, tira de la manta… Cuando están todos en pie, les llevan a un recinto en el que hay pilas con agua y unas bastas pastillas de jabón y les instan a asearse. Cumplido el trámite del precario aseo, vuelven a llevarles al comedor y les dan unos platos de latón que unos cocineros los llenan de un líquido, que dicen que es café con leche, y les proporcionan un chusco para desmigarlo.
   -Como todo el rancho sea así…, apañados vamos -se dice Julio.
   Después del desayuno aparecen los sargentos y pasan lista, insistiendo en que contesten presente y no gilipolleces, y luego forman una serie de pelotones. El suboficial que manda el pelotón en el que está encuadrado Julio, y que más parece un maestro de escuela que un militar, les sienta en semicírculo y les explica los rudimentos de la instrucción de orden cerrado y lo importante que es estar cohesionado. Cuando les ordenan levantarse el paisano de Julio, que en el viaje contó sus andanzas de porquerizo, le dice por lo bajini:
   -No he entendío de la misa la mitá, luego me lo explicas profesor, pero dime ahora que es eso de coesionao.
   -Cohesionado es que alguien o algo tiene una estrecha relación con otras personas o cosas –como se da cuenta que su explicación no le vale a su paisano, recurre a un símil-. Dos mulas que van uncidas al mismo yugo están cohesionadas.
   -Ah, y otra palabreja, subordinación, ¿qué quie decir?
   -Cuando una persona depende de otra u otras. Cuando juntabas tu piara con otras os mandaba un rabadán, ¿verdad?, pues tú y los demás porquerizos estabais subordinaos al rabadán. En el ejército los guripas estamos subordinaos, de cabo para arriba, a todos los que llevan galones o estrellas.
   -¡Joer, por eso te llaman profesor! Lo que tú no sepas…
   De nuevo les cogen unos cabos y un grupo de veteranos y comienza la instrucción de orden cerrado. Les enseñan las voces de mando, a formar, a alinearse, a ponerse firmes, en su lugar descanso, a marcar el paso…, ahí es cuando Julio descubre que eso es algo que se le da particularmente mal, y tiene que sufrir las continuas broncas de un cabo que parece que lo ha enfilado. Después de darles una paliza marchando arriba y abajo, les dan un breve descanso. Luego les retoma el suboficial y les da su primera clase teórica. Comienza explicándoles la diferencia entre fila e hilera, las voces de mando más comunes en la instrucción, cuales son los principales movimientos a pie firme y como han de saludar. Y ahí se queda porque suena una trompeta y los veteranos les informan que es el toque de fajina. Sudados como están, les llevan al comedor donde les sirven un rancho caliente que no es ninguna maravilla, pero que supone la primera comida medio decente desde que están en el ejército. Cuando terminan, les ordenan fregar los platos de latón.
   -¿Y con qué lo lavo? –pregunta uno de los quintos a un veterano.
   -Pues con las manos, recluta, ¿con qué va a ser, con la polla?
   Otro veterano más indulgente le explica:
   -En el próximo rancho guárdate un cacho de pan pa fregarlo, es como quedan más limpios.
   Después les llevan a su improvisado dormitorio y antes de dejarles uno de los sargentos les advierte:
   -Que no se le ocurra a nadie salir del acuartelamiento. La guardia de la entrada tiene orden de impedirlo y si alguien se pasa de listo y se escapa que sepáis que eso se considera deserción y está castigada con penas que van desde una pila de años en un penal militar hasta enfrentarse a un pelotón de fusilamiento. Por tanto, ¡ojo al Cristo, que es de plata!
   Uno de los compañeros que viajaba en el mismo compartimento que Julio viene a invitarle que se una a un grupito que durante la noche, pues ya les han dicho que la van a pasar en el regimiento, ha decidido escaparse del cuartel para volver antes de que toquen diana. Que va a ser la única oportunidad que tendrán de conocer Madrid. Al parecer, uno de los mozos ha descubierto un boquete en uno de los muretes del acuartelamiento por donde va a ser fácil salir sin que les vea algún plantón de guardia. Al mañego la propuesta le parece una locura tras haber oído la advertencia del sargento, pero luego se lo repiensa y le dice que pueden contar con él.
   -Te hemos invitao, porque como tú conoces Madrí nos podrás llevar a los lugares donde haya más bulla y estén las casas de putas más baratas.
   Es hablar de putas y Julio se da cuenta de lo que acaba de hacer. Se dice que no ha hecho bien aceptando la propuesta de su paisano. Pues sí que va a guardar bien la ausencia de Consuelo, si en la primera ocasión que se le presenta se va con mujeres de mala vida. Su novia no se merece que le haga esa marranada. Lo que haré, piensa, seré darles una excusa, les diré que estoy cansado.
   Por la tarde, se repite el programa matinal en el cuartel de Húsares. Más instrucción de orden cerrado en la que Julio vuelve a sufrir las iras del cabo que la tiene tomada con él por marcar mal el paso. La tarde la terminan con una teórica en la que el sargento da a los quintos una somera explicación de los distintos rangos del ejército, desde un cabo segunda a un general pasando por las distintas clases de oficiales y jefes. Por la noche se repite la magra pitanza y les avisan de que al día siguiente, tempranito, les llevarán a Madrid para embarcarles en tránsito al lugar de destino de cada recluta. Después de cenar, el paisano que invitó a Julio a hacer una escapada a Madrid vuelve a recordárselo. El mañego, tras decirle que no cuenten con él, le razona que es una mala idea.
   -De aquí a Madrid hay, al menos, catorce kilómetros, ¿cómo pensáis ir?
   -¡Cómo coño vamos a ir!, en el coche de San Fernando, unos ratinos a pie y otros andando.
   -Os costará llegar dos horas como poco y otras dos horas pa volver y, como mucho podréis ver algo del barrio de Argüelles que es el que está más cercano a El Pardo. No vale la pena pa tanto riesgo -El otro se limita a encogerse de hombros.
   Como les habían advertido, antes de las siete suena diana y vuelven los gritos de los veteranos conminándoles a que espabilen. Pasan la reglamentaria lista en la que faltan algunos de los que invitaron a Julio a la escapada a Madrid. Les dan tiempo a que se aseen, les proporcionan el magro desayuno de café con leche y chusco, y luego les indican que recojan el equipaje pues se pondrán en marcha inmediatamente. Como se temía el mañego van a volver a Madrid andando, pero esta vez el ejército tiene un detalle: aparecen unas carretas tiradas por mulos en las que cargan las maletas y bultos de los quintos. Del mal el menos, se dice Julio, aunque está intranquilo pues no sabe qué le puede deparar el ejército.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio 16. El cuartel de El Carmen