viernes, 7 de febrero de 2020

Libro I Episodio 10. La promesa


   La pregunta de Julio acerca de cómo Consuelo piensa guardar su ausencia mientras esté en el ejército pilla a contramano a la joven, pero solo unos segundos porque es algo en lo que ha pensado en más de una ocasión. Sabe perfectamente que lo de guardar la ausencia -ser fiel a la persona querida que se encuentra lejos- es una costumbre muy arraigada en los pueblos pequeños. Y aunque Malpartida, que dos años antes había registrado una población de hecho de 4.659 habitantes, no puede ser considerado como tal, tampoco es lo suficientemente grande como para que no trascendiera enseguida que tal o cual moza no le era fiel a su novio mientras este cumplía el servicio militar. Sabe igualmente que la costumbre, en un sociedad en la que prevalecen los criterios masculinos, atañe más a las mujeres que a los hombres, convierte de hecho a las novias de los soldados, o de aquellos que se van del pueblo por otros motivos, en una suerte de prematuras viudas, porque no está bien visto que una moza que tiene novio goce de la misma libertad de movimientos que una joven que no está comprometida. La verdad es que lo que significa guardar la ausencia no le hace ninguna gracia por lo que supone de restricción en todos los sentidos, pero es consciente de la fuerza que tiene la añeja tradición.
   -¿Por qué lo preguntas?
   -Porque, si te he de ser sincero, algo preocupado sí que estoy. Sé lo mucho que me quieres y tengo plena confianza en ti, pero va a ser mucho tiempo sin vernos, sin poder hablar, sin que tengas a alguien que te saque a pasear, a divertirte… Y como tendrás menos distracciones, ¿quién me asegura que no terminarás aburriéndote?
   La joven vacila en si ofenderse o rebatir las dudas de su novio. Opta por lo último. Jura y perjura que eso nunca ocurrirá por mucho tiempo que estén separados. Y para calmar al muchacho le propone algo que guardaba en la recámara por si la cuestión de guardar la ausencia aparecía en sus conversaciones.
   -El vicario de mi parroquia nos contó que un voto es una promesa solemne que hacemos a Dios. Si te parece, podríamos hacer un voto solemne de que ambos guardaremos la ausencia del otro, pase lo que pase. Y para dar mayor realce a la promesa la podríamos hacer en una iglesia, una ermita o en algún santuario. ¿Qué te parece?
   -Me parece una idea maravillosa, solo a ti se te podía haber ocurrido. ¿Dónde podríamos hacerlo que no hubiera demasiados mirones?, porque debería ser una ceremonia íntima.
   -Se me ocurre que un sitio ideal es la ermita de Nuestra Señora de la Luz que, como está apartada, no suele tener muchos visitantes.
   -¿Se puede ir cualquier día y a cualquier hora?
   -Generalmente está cerrada, pero la tía Rosario de Blas tiene una llave. La conozco y si le pido que me la presté me la dejará.
   Así lo acuerdan los novios. Harán un voto solemne ante la Virgen de la Luz, patrona de Malpartida, de que ambos guardarán la ausencia del otro, ocurra lo que ocurra. Y para completar el voto describen lo que comportará el mismo. Consuelo no dejará que ningún mozo se le acerque y, mucho menos, que la corteje. Cuando salga de casa procurará hacerlo siempre en compañía de uno de sus hermanos, alguna de sus primas o de sus amigas. Saldrá a por agua solo cuando sea necesario y pocas veces a pasear, y cuando lo haga irá al menos con dos amigas entre las cuales se colocará y así evitará que algún malasombra se le ponga al lado. No participará en festejos ni diversiones, sean las fiestas del pueblo, la feria o lo que fuere. En el supuesto de que su madre intente que escuche los requerimientos de algún pretendiente se opondrá a ello con todas sus fuerzas. Y si la situación llegara a un extremo insoportable, amenazará a su madre con que se marchará y se pondrá a servir en alguna casa del pueblo o de fuera. A su vez, Julio enumera los detalles de en qué consistirá para él guardar la ausencia. No se acercará ni cortejará a ninguna chica, ni siquiera piropeará a moza alguna. Solo tendrá amigos varones, seguramente los del cuartel en el que le toque. Cuando sea la hora de paseo irá con otros compañeros y nunca con mujeres. Si hubiera algún baile o alguna diversión en la que participen mujeres se abstendrá de ir. Y si le presentaran otras mozas, sea por la causa que fuere, lo primero que les dirá es que tiene novia formal, para casarse con ella.
   Zanjado el siempre espinoso asunto de cómo guardar la ausencia, los novios dialogan sobre otra cuestión muy importante en separaciones tan prolongadas como la que les aguarda: la correspondencia.
   -¿Cómo haremos lo de escribirnos? –plantea el joven quinto.
   -Descuida, te voy a escribir diariamente y si algún día fallo es porque no habré tenido ocasión de hacerlo, pero te lo compensaré en la carta siguiente.
   -Seré el guripa más afortunado de todas las Baleares por tener la novia que tengo.
   -¿Qué quiere decir guripa?
   -Es otra manera de decir soldado raso.
   -¿Y tú cuándo me escribirás?
   -También diariamente y cuando pueda dos veces al día –alardea Julio.
   -¡Hala, fanfarrón!, conque me escribas una al día me conformo y si alguna vez no puedes lo entenderé, no te preocupes –de pronto, Consuelo se queda cavilosa-. Estoy pensando que a lo peor mi madre intercepta tus cartas, es capaz de todo.
   -Después de la conversación de la otra noche también yo lo he pensado, no creas.
   El muchacho se queda cavilando hasta que se le ilumina la cara, ha encontrado una posible solución.
   -Se me acaba de ocurrir algo. Si en digamos una semana no has recibido cartas mías lo más probable es que tu madre se haya quedado con ellas. Entonces lo que debes hacer será buscar a alguien que las reciba en tu nombre. Y luego escribirme dándome la dirección a las que mandar mis cartas en adelante. Además, eso tendrá otra virtud: al ver tu madre que no recibes correo pensará que hemos roto y dejará de darte la lata.
   -¡Qué listo que eres, cariño!, solo a ti se te podía ocurrir una idea así. Y para completar tu ocurrencia, ¿por qué no buscamos ya mismo esa otra dirección a la que remitir tus cartas si ocurre lo que nos tememos? Lo digo porque así nos adelantamos a las posibles artimañas de mi señora madre.
   -¿Qué te parece si las mando a casa de Argimiro? –pregunta Julio.
   -No me gustaría que la tía Martirio pudiera leer tus cartas, es un poco chismosa.
   -Tranquila, que eso no va ocurrir. Primero, porque la tía Martirio no las va a leer, es analfabeta, y segundo porque ya tengo pensado cómo hacerlo, las envíe donde sea. Mandaré mis cartas en un sobre grande a nombre de quien acordemos y, dentro, en un sobre más chico y cerrado, pondré: para entregarlo a Consuelo Manzano en propia mano. Así nadie podrá leerlas.
   -Lo dicho, eres más listo que el señor notario, piensas en todo. Déjame pensarlo y ya te diré una dirección segura para enviar la correspondencia.
   Aquella noche, cuando la señora Soledad se acuesta, los hermanos Manzano atienden la pregunta de su hermana mayor, con la que están siempre a partir un piñón, de adonde podría Julio enviar sus cartas para que madre no las intercepte. Hay propuestas de toda clase hasta que la voz aniñada de la más pequeña sugiere:
   -¿Y por qué no a casa de Carolina?, es tu mejor amiga.
   -¡Claro, Carolina!, ¿cómo no se me habrá ocurrido? Gracias, Julina, eres la más lista de todos –y cogiendo a su hermanita en brazos le estampa un sonoro beso.
     El mes de febrero se les pasa a los novios como un suspiro y llega el revoltoso marzo. El día cinco, primer domingo del mes, es la fecha en la que han acordado los enamorados hacer su voto solemne de guardar la ausencia. Consuelo pidió la llave de la ermita a la tía Rosario de Blas. Por la tarde, momento en que no suele haber fieles, los novios se acercan a la ermita acompañados de Carolina y Argimiro que harán de testigos de la solemne promesa. Delante de la Virgen de la Luz, patrona del pueblo, los novios, vestidos con sus mejores galas, se arrodillan ante la imagen y, cogiéndose de las manos y mirándose a los ojos, enuncian en alta voz el voto que, previamente, han escrito al alimón. Han optado por leerlo porque les ha salido algo largo como para poder memorizarlo bien. El joven mañego es quien primero lee la promesa, que no deja de ser más que un plagio descarado de la fórmula del consentimiento canónico en la ceremonia de esponsales.
   -Yo, Julio Carreño Lahoz, arrodillado ante Nuestra Señora de la Luz, y poniéndola como testigo, juro que guardaré la ausencia de mi novia, Consuelo Manzano Barrado, mientras esté en el ejército o me encontrare lejos de donde ella estuviere. Prometo serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de mi vida.
   A continuación es la joven chinata quien, con voz trémula por la emoción, lee su promesa.
   -Yo, Consuelo Manzano Barrado, arrodillada ante Nuestra Señora de la Luz, y poniéndola como testigo, juro que guardaré la ausencia de mi novio, Julio Carreño Lahoz, mientras esté en el ejército o se encontrare lejos de donde yo estuviere. Prometo serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarle y respetarle todos los días de mi vida.
   Terminada la ceremonia, los novios se levantan y cogidos de las manos abandonan la capilla, no sin antes haber depositado un ramo de flores silvestres a los pies de la Virgen. A la salida reciben las felicitaciones de Carolina y Argimiro que, también muy emocionados, han seguido con devota y sentida atención la ceremonia. Tras lo cual se apartan de los novios, que están ansiosos por quedarse a solas. La pareja sigue cogida de las manos y mirándose a los ojos. Consuelo está tan conmovida como si en lugar de la promesa se hubieran casado, y una solitaria lágrima zigzaguea mejilla abajo. El joven mañego solo tiene ojos para su amada. Lentamente, con infinita ternura van juntando sus caras hasta que sus labios se rozan. Un espasmo nervioso sacude sus cuerpos al entrelazarse por primera vez sus lenguas. Cuando se separan, Julio piensa: ya hemos hecho la promesa, ¿y ahora qué?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 11. Cita en Semana Santa

viernes, 31 de enero de 2020

Libro I. Episodio 9. ¿Has pensado en cómo guardarás mi ausencia?


   Tras el abrupto e inesperado final de su entrevista con Soledad y su hermana María, Julio se siente tan desconcertado como furioso. Por un momento está tentado de volver a llamar a la puerta para decirle a la pécora de su futura suegra todo lo que no le ha dado oportunidad de explicar. Tiene la aldaba en la mano cuando una ráfaga de sensatez lo sacude. No es buena idea, se dice. Si vuelvo a entrar, con lo alterado que estoy, puedo montar la de Dios es Cristo y podría suponer que rompiera todos los puentes con la familia de Consuelo. Será mejor tragarse el sapo de que su madre me haya dejado con la palabra en la boca y esperar una nueva oportunidad.
   Mientras el joven quinto reflexiona sobre lo que ha pasado y lamenta la oportunidad perdida, las hermanas Barrado están dialogando sobre lo mismo: su conversación con el pretendiente de Consuelín, así la llaman en la familia.
   -Bueno, hermana, ¿y que te ha parecio el mañego? –pregunta Soledad.
   -Si te digo la verdá, más desenvuelto de lo que esperaba. Al principio se le notaba nervioso, pero luego se ha tranquilizao y ha respondio con bastante aplomo, y eso que tú le has tirao con bala y no le has dao ni un respiro.
  -Sí, palabritas no le faltan, ¿pero qué me dices de los hechos? Ha admitio que se dedicaba al contrabando, que no tie oficio ni beneficio, que se juega los dineros a lo que pille, que los civiles le trincaron… ¡Una joya, vamos!
   -Es verdá. Razón tienen al decir que hay ojos que se enamoran de legañas. ¿Qué le habrá visto la buena de tu hija a ese cabeza de chorlito?
   -Te lo diré. Esa mocosa es igualina que su padre, que en gloria esté. Tie la cabeza a pájaros. Y además se pirra por llevarme la contraria. Basta con que yo le haya dicho que no me gusta el mozo pa que ella mantenga que es el amor de su vida.
   -¿Y qué piensas hacer ahora que conocemos de primera mano de que pie calza el chico?
   -Pues darle puerta de una vez por toas. Mañana mismo le digo a Consuelín que no vuelva a hablar con él o la meto interna en las Clarisas Capuchinas, ¡por estas que son cruces! –y cruza los pulgares en forma de aspa.
   -¿Las del Monasterio de Santa Ana de Plasencia?
   -Las mismas.
   -¡Qué barbaridá! Ni se te ocurra, hermana. Piensa en el qué dirán.
   -Me cisco en lo que puedan decir unas cuantas chismosas, pero esa mocosa no me va a tomar el pelo. ¡Aquí se hace lo que yo mando y na más!
   -Sole, Sole, no es buena idea tomar decisiones por un calentón, suele traer malas consecuencias. No debes hacerlo, no pienses solo en ti, piensa también en la familia. ¿Crees que será un plato de gusto que cada vez que tú o cualquiera de los nuestros entre en otra casa, vaya a la tienda o se acerque a un corrillo la gente se calle?, y lo harán porque seguramente estarán comentando que a la mayor de los Manzano la han metio a la fuerza en un convento y, pa más inri, de clausura. Y eso no va a ser solo cuestión de un día. Serán semanas las que estaremos en boca de las que no tienen na mejor que hacer que hablar mal de los demás.
   Soledad, se ha obstinado en su decisión y parece que no hay quien la haga cambiar de opinión, pero María, haciendo gala de una paciencia inagotable, va reconduciendo la situación hasta que consigue que su hermana dé el brazo a torcer.
   -Entonces, ¿qué quieres, que no haga na?
   -Ya te lo dije antes de que habláramos con ese desgraciao, que tengas paciencia. Lo que deberías hacer, que pa eso eres más lista que los ratones coloraos –María tira de adulación para convencerla-, es mañana no decirle ni palabra a la chica, como si no hubiera pasao na. Y recordar que solo ties que aguantar un par de meses a lo sumo porque los militares te van a resolver el problema. Y no le darás tres cuartos al pregonero.
   -Eso supone tanto como que me tendré que tragar que esa malcriá siga viendo al muerto de hambre del mañego. Y medio pueblo se va a reír de mí.
   -Pero el otro medio te aplaudirá. Lo que sí puedes hacer, pa atarla más corto, es marcarle las horas de salia y entrá de paseo. De manera que esté con el mozo el menor tiempo posible.
   -¿Sabes de qué tengo miedo, María? De que, como esa mocosa se ha encaprichao con el mañego, se le abra de piernas y ese desgraciao, al verse perdio, le haga una barriga a la chica y tengan que casarse de prisa y corriendo pa que lo que venga tenga padre.
   -Sole, que poco conoces a tu hija. Estoy tan segura como que me llamo María que eso nunca lo hará Consuelín.
   -¿Y si el mañego es un mala sangre y la fuerza?
   -Está claro que el mozo fue un balarrasa, pero dijo que Consuelín lo había cambiao. Y lo que son las cosas, le creí; en ese momento sentí que hablaba con el corazón en la mano. Estoy segura que no la va a forzar ni na que se le parezca.
   Soledad termina por aceptar como buenos los consejos de su hermana, aunque no deja de sentir un cabreo monumental de que la malcriada de su hija crea que se ha salido con la suya. En un par de meses la va a meter en cintura y se va a enterar de quien es su madre. ¡Por estas que son cruces!, vuelve a jurar. Al día siguiente del inquisitorial interrogatorio, Consuelo no consigue que su madre le dé mayores explicaciones sobre lo sucedido. Se limita a decirle que sigue pensando que el mañego no es hombre para ella y que, pudiendo elegir entre los mejores partidos del pueblo, ha ido a fijarse en un muerto de hambre que además es un cabeza de chorlito que tiene muy mala fama. Y enumera todos sus defectos.
   -… ni tie oficio ni na que se le parezca, es contrabandista, jugador y seguro que le da al vino y a las mueres. ¡Una joya, vamos! Como dice tu tía, hay ojos que se enamoran de legañas. ¡Tú verás lo que haces!
   Lo que si le puntualiza su madre es que a partir de ahora tendrá menos tiempo para salir de paseo, y no todos los días, porque piensa llevársela a los campos con ella. Ya es hora de que le ayude con los braceros y los porquerizos. Su hermana Luisa puede perfectamente llevar la casa, pues ya cumplió trece años. Visto el desastroso resultado de la entrevista, Consuelo envía a la pequeña Julia a casa de Argimiro con una nota contándole a su novio lo que ha decidido su madre, que cuando se vean ya le contará lo que averigüe.
   La primera tarde que los enamorados pueden verse tienen mucho que contarse, y no son buenas noticias precisamente. Consuelo le refiere las escasas e imprecisas explicaciones que le ha dado su madre. Julio le relata cómo se desarrolló la conversación, que más pareció un interrogatorio de la Guardia Civil que otra cosa, y que la señora Soledad no le concedió la menor oportunidad de que pudiese explicarle cuales eran sus intenciones y que planes tenía para el futuro. Cuando acaban de referirse sus cuitas, ambos quedan mustios y cabizbajos. Consuelo es la primera en reaccionar, y lo hace más que nada para remontar el ánimo de Julio.
   -¿Sabes qué te digo?, que del mal el menos. Pensándolo bien, no me ha prohibido que te siga viendo, aunque como muchos días me lleva con ella al campo no vamos a poder vernos diariamente como antes, pero los días que me quede en casa procuraré salir antes de paseo para compensar los que no podamos vernos.
   -Sí, cariño, pero tengo la corazonada de que va a terminar buscándote un novio que le pete, que no sea un muerto de hambre como me llama. Y como vamos a estar tanto tiempo sin vernos… -el mozo deja al aire el final de su frase, no se atreve a verbalizar lo que piensa que puede ocurrir porque se le revuelven las tripas.
   -Por ahí sí que no paso, Julio. Si crees que mi madre, por muy brava que se ponga, va a lograr casarme sin tener en cuenta mis sentimientos es que me conoces muy poco –La joven se ha enfadado y habla con pasión mal contenida-. ¿Tan poco carácter crees que tengo que voy a consentir que mi madre me doblegue? Es lo último que esperaba.
   Julio, que rápidamente se da cuenta de que se ha equivocado al dudar de Consuelo, se las ve y se las desea para que a su enamorada se le pase el enfado. Le jura una y mil veces que jamás ha dudado de su amor, que sabe que le quiere tanto como él a ella, y que queriéndose como se quieren nadie podrá romper su unión. Acaban haciendo las paces. No hay nada tan dulce como la reconciliación de dos enamorados después de una riña. Ambos se conjuran en que ni la señora Soledad, ni lo que digan en el pueblo las lenguas de doble filo, ni los posibles pretendientes, ni la distancia que supondrá la mili podrán con su amor.
   -A mi madre le he oído decir alguna vez que el amor forjado en la adversidad es imperecedero –recuerda el joven quinto.
   -Tu madre, por lo que cuentas, además de ser una buena persona es una mujer sabia. Me gustaría conocerla antes de que te fueras.
   -No sé si será posible, corazón. No sale casi nunca del pueblo y, tal como se ha puesto tu madre, no creo que pueda llevarte a San Martín.
   -Sí, claro… Se me ocurre que… ¿tu madre baja a Plasencia en Semana Santa? –pregunta Consuelo.
   -No, ¿por qué lo preguntas?
   -Verás. Mi madre de chica vivió en Plasencia y, al igual que mi abuela, se hizo muy devota de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de la Cofradía del Silencio, cuya procesión desfila la noche del miércoles santo. Los años que puede, madre nos lleva a ver la procesión y si nos quedamos más días dormimos en casa de unos primos que tenemos allí. Si tu madre estuviera en Plasencia esos días podría escaparme algún ratín pa charlar con ella.  
   -¡Qué buena idea! Creo que podré convencer a mi madre para que baje a Plasencia. Ella también se muere de ganas de conocerte.
   Por unos momentos, los enamorados se olvidan de la señora Soledad y de las trabas que pone a su relación. No hablan más que de planes para cuando Julio acabe la mili, algo que parece muy cercano cuando, como poco, les espera una separación de tres o más años. Separación en la que hay una cuestión que al joven mañego le preocupa sobremanera. No se ha atrevido a plantearla porque es consciente de que es un asunto peliagudo, pero cree que ha llegado el momento de formularla.
   -Cariño, ¿has pensado en cómo guardarás mi ausencia?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 10. La promesa