viernes, 3 de enero de 2020

Libro I. Episodio 5. Pringá para dos


   En el hogar de los Carreño, madre e hijo continúan conversando sobre la familia de la novia.
   -Si son tan ricos como dices, quizá a la señora Soledad le parezcas poca cosa para su hija. Igual prefiere alguien que tenga fanegas, ganados y muchos duros –apunta la madre que conoce bien  a los ricachos pueblerinos-. Y los ricos prefieren juntarse con sus iguales, aunque siempre hay excepciones.
   -Ese es mi miedo, madre, que crea que no soy buen partido para su hija, pero verás cómo entre Consuelo y yo sabremos convencerla.
   -Muy seguro pareces, hijo, Dios lo quiera. Como veo que lo tienes todo meditado, ¿has pensado algún plan para cuando vuelvas del servicio?
   -El profesor Hernández me tiene dicho que, si acabo lo de la contabilidad, trabajo no me va a faltar. En Plasencia hay negocios y comerciantes que necesitan que alguien les lleve las cuentas. Incluso me dijo una vez que como lleva más contabilidades de las que puede abarcar me pasaría alguna de ellas. También me ha contado que si no en Plasencia, en Cáceres o, mejor aún, en Madrid podría encontrar empleos bien pagados. La gente que sepa de cuentas no abunda.
   -¿Y todo eso cómo lo sabe el señor Hernández? No es más que un jubilado.
   -No olvides, madre, que durante muchos años fue profesor de la Escuela de Comercio de Madrid y todavía está muy bien relacionado.
   -Bueno, quiera la Pilarica que todo os salga bien.
   -Así será, madre y, si no, nos fugamos.
   -¡Dale con la fuga! ¡Haz el favor de quitarte esa idea de la cabeza! ¿Qué quieres, que a tu novia y a su familia la vayan señalando con el dedo por la calle? Eso ni lo sueñes.
   -No te enfades, madre, lo decía en broma. De todas formas, lo que estamos hablando no es más que hablar por hablar y no tiene mucho fundamento porque van a pasar al menos tres años para que todo eso adquiera un valor real.
   -¿Sabes qué, hijo?, tienes más razón que un santo –Y es el fin del diálogo.
   Al día siguiente alboreando la mañana, el joven mañego, pertrechado de un zurrón donde lleva su menguado equipaje, parte con su remendada bici camino de Plasencia. El puerto de Perales se le atraganta pues, aunque apenas sobrepasa los novecientos metros de altitud, el desnivel medio del cinco por ciento es demasiado para sus poco entrenadas piernas. Se le agarrotan los gemelos y tiene que echar pie a tierra para descansar y que se le distiendan los músculos. Piensa que tendrá que entrenarse para que el recorrido Malpartida-Plasencia no se convierta en un calvario diario. Cerca de Coria, la población más importante del recorrido, tiene un pinchazo y desolado comprueba que su habilidad para reparar neumáticos deja mucho que desear. Afortunadamente, encuentra a alguien que le ayuda a reparar la avería y sigue camino. En el cruce de la carretera que va a Malpartida se detiene. ¿Qué hacer?, ¿va primero a ver a su novia o al profesor Hernández como le aconsejó su madre? Tras pensarlo, opta por lo último. Entre tantos avatares, cuando llega a la ciudad del Jerte se ha consumido el día y no puede hacer nada de lo que había planeado. Entonces se va a casa de los Morales, una familia mañega que vive en Plasencia y que son amigos de su madre. Le reciben con los brazos abiertos y le ofrecen cena y alojamiento. Mañana será otro día, se dice el mozo, y se duerme exhausto y dolorido pero con una sonrisa en los labios, mañana podrá estar con Consuelo y esa será la mejor recompensa.
   A primera hora del miércoles, Julio va a casa del profesor Hernández. Le atiende una de sus hijas que le indica que su padre todavía no se ha levantado. Ha pasado mala noche pues está algo acatarrado. El joven, para hacer tiempo, se da una vuelta por la ciudad. Ha estado más veces en Plasencia pues es la capital natural de todas las comarcas occidentales de la Sierra de Gata y de los valles de su entorno. Mientras pasea, recuerda algunas de las historias que sobre la ciudad le contó su madre, como la boda de Juana la Beltraneja en la Guerra de Sucesión Castellana. En su paseo, recorre parte de la muralla que protege el casco antiguo desde la fundación de la ciudad por el rey Alfonso VIII de Castilla, a finales del siglo XII. Solo se puede entrar a la almendra central a través de una de sus siete puertas de las que solo recuerda el nombre de algunas como la puerta de Trujillo o la de Coria. Consulta su reloj de bolsillo, uno de los contados bienes que le dejó su difunto padre, y se dice que Hernández ya debe haberse levantado. En efecto, el acatarrado profesor, bien abrigado y sentado en una mesa camilla, le está esperando. El joven le cuenta su mala suerte en el sorteo y que ha pensado, antes de irse a la mili, darle un fuerte empujón a los estudios de contabilidad que inició con él. Se ponen enseguida de acuerdo en el horario y el estipendio de las clases que las comenzarán al día siguiente. Antes de marcharse, Hernández vuelve a ofrecerle trabajo para su tiempo libre. Lleva la contabilidad de varios comercios de la ciudad para compensar su magra pensión y le puede pasar alguno, tal como el de una pequeña empresa que comercializa el aceite de oliva de la Sierra de Gata, aceite que tiene fama bien ganada de ser uno de los mejores de la nación. Julio agradece la oferta a su mentor, pero la rechaza aunque deja una puerta abierta por si cuando vuelva del servicio militar le interesara aceptarlo, en el improbable caso de que el puesto siguiera vacante. A punto de despedirse, Hernández recuerda algo referido a Mallorca.
   -En Palma, tengo un antiguo colega con el que podrías rematar los estudios. Antes de irte te daré una tarjeta para él. 
   Tras concluir con Hernández, a Julio solo le resta despedirse de los Morales. La matriarca de la familia, la tía Adelaida, se empeña en no dejarle marchar sin comer.
   -Chacho, no vas a irte con la panza vacía. Estoy preparando una pringá pa la cena de los hombres, le añado un par de rebanás y comemos los dos tan ricamente.
   -No hace falta que se moleste, tía Adelaida. Me pararé en una venta del camino y comeré cualquier cosa –Julio sabe lo justos que andan los Morales y no quiere ser una carga.
   -¡Mecagondié, chacho, eres tan cabezón como tu madre!, pero como el Eustaquio se entere de que te he dejao partir sin haberte llenao la andorga es capaz de soltarme una guantá.
   Visto como se lo ha tomado la mujer, al mozo no le queda otra que aceptar. Para darle palique a la anfitriona, pide que le explique cómo prepara la pringá.
   -¡No me lo preguntarás de verdá! –se escandaliza la mujer-. Meterse en la cocina no se ha hecho pa los hombres, eso es cosa de mujeres –Dice mujeres aspirando la jota, por lo que casi suena como mueres.
   -Lo digo en serio, tía Adelaida, tenga en cuenta que debo hacer la mili, ¿y quién no me dice que me pueda tocar ser cocinero?
   -Bueno, chacho, tú sabrás que pa eso ties letras.
   Y la tía Adelaida le explica que lo primero es calentar aceite en una sartén amplia y honda y saltear unas lonchas de tocino. Luego, retirarlas y guardarlas aparte. En el aceite sobrante se fríen unas rebanadas de pan, mejor si es duro, de un dedo de grosor más o menos. Al darles la vuelta para que se frían por los dos lados se añade el chorizo cortado en rodajas… Al llegar aquí, Adelaida hace un inciso.
   -Tú, aunque no eres de casa en las que se mata un guarro por San Martín, sabrás que hay chorizos y chorizos. Lo digo porque no es lo mismo hacer una pringá con un chorizo comprao en la tienda que hacerla con un chorizo de la propia matanza, como este hecho con mis manos. Anda, pruébalo –y le da una hermosa rodaja del embutido-. Bueno, a lo que estábamos, se le añade el chorizo pa que suelte el jugo y el pan quede empapao, así como las lonchas de tocino. Y ya está la pringá hecha. Ahora solo queda meterle el diente porque si se enfría no vale ni la mitá.
   Una vez han comido, Julio agradece a la tía Adelaida su hospitalidad y parte rumbo a Malpartida. En cuanto llega al pueblo, lo primero que hace es pasarse por delante de la casa de su amada por si tuviera la suerte de verla. Aunque hace tres pasadas no ve ningún movimiento en puerta ni ventanas. Consuelo debe estar haciendo las faenas de la casa, se dice, tendré que volver más tarde a ver si tengo suerte. Visto lo cual, se dirige a casa de los padres de Argimiro, en lo que será su nuevo alojamiento hasta que le llamen a la mili. Argimiro y su padre están en el tajo, trabajan para la misma almazara en la que le ofrecieron faena a Julio. Quien sí está es la madre que, como está al tanto del ofrecimiento de su hijo, le recibe cordialmente. Dormirá en la primera planta, en la misma habitación en que duerme Argimiro, en un jergón que han puesto a un lado. Ni la habitación ni la cama son gran cosa, pero al joven ni se le pasa por las mientes quejarse. Sabe de la escasez de posibles de la familia y se dice que quien da lo que tiene no está obligado a más. Agradece a la tía Martirio su acogida, y vacía el zurrón para guardar sus pertenencias en un estante de obra que hay en una de las paredes. Luego, desciende a la planta baja donde la comadre le tiene preparada una palangana desportillada, un jarro de loza con agua y un trapo limpio que hace las veces de toalla para que se asee. Después de las abluciones saca un peine que traía en el zurrón y se peina con esmero.
   Cuando Julio termina de acicalarse se mira en el trozo de espejo que hay sujeto con un alambre en la pared. Lo que ve no le disgusta. La luna le muestra un rostro de rasgos regulares: una lisa mata de pelo de color castaño oscuro, frente amplia, nariz recta, ojos tirando a un marrón claro, labios finos y barbilla firme. Si a todo ello se suma que mide uno setenta y cinco en una tierra de retacos, el conjunto es el de un mozo de buena planta al que las niñas casaderas le ponen buena cara y hasta se lo miran con descaro. No está mal, piensa, los hay más guapos, pero madre siempre dice que de la guapeza no se vive, y además como Consuelo me quiere tal como soy, pues colorín, colorao.
   Qué más se puede pedir, se dice.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 6. ¿Y si lo encuentra?

viernes, 27 de diciembre de 2019

Libro I. Episodio 4. Son unos ricos pueblerinos, mal asunto



Episodio 4. Son unos ricos pueblerinos, mal asunto

   Montero le explica a Luque quién es quién en San Martín de Trevejo, algo fundamental para llevarse bien con la sociedad mañega y, especialmente, con los poderes locales.
   -El alcalde es un cero a la izquierda, solo le gusta presumir de vara en los días de fiesta, pero quien maneja el ayuntamiento es el secretario. El juez de paz ni chicha ni limoná. Como por ser alcalde o juez no se cobra tampoco son cargos muy deseados. El señor cura es rancho aparte, no te metas en asuntos de la Iglesia porque pondrá pie en pared. Pero como te dije, si alguna vez necesitas información fidedigna sobre alguien recurre al páter, es quien más sabe de todo lo que pasa en San Martín. El médico es buena persona, pero está esperando que salga una vacante en un pueblo mejor, y entonces se irá. Y de los maestros solo necesitas conocer a doña Pilar que es la única que lleva muchos años aquí, los demás van y vienen. Pilar es una baturra de mucho carácter, pero muy noblota, y como es hija del Cuerpo siempre encontrarás un respaldo en ella. Y creo que te lo he contado todo o al menos lo más destacado. ¿Alguna pregunta?
   -No, gracias, creo que no se puede explicar más en menos tiempo. Ya me dijeron que eras un gran tipo y veo que se quedaron cortos.
   -Bueno, compañero, tengo que dejarte que he de ayudar a la parienta a terminar de hacer los bártulos. Mañana, antes de partir, nos despediremos.
   Mientras ambos guardias civiles se desean buenas noches, el joven Carreño vuelve a mantener otra conversación con su madre. Le ha dado cien vueltas al consejo que le dio sobre no aceptar el trabajo en la almazara de Malpartida y en cambio completar sus estudios de contabilidad.
   -Madre, he estado pensando sobre lo que me dijiste y no estoy de acuerdo en algunas cosas. Me parece bien lo de completar mis estudios, contra lo que me rebelo es no poder ver a Consuelo todos los días –al ver el gesto negativo de su madre, el chico opta por razonar su objeción-. A ver si te lo explico mejor. Si voy a estudiar con el profesor Hernández se supone que tendré que vivir en Plasencia, y solamente podré ver a Consuelo los fines de semana y algún día perdido. Cuando esté en el ejército, si no me dan ningún permiso, voy a tirarme al menos tres años sin verla, y ahora que tengo la oportunidad de hacerlo diariamente si sigo tu consejo no la podré ver. No quiero llevarte la contraria, pero no lo considero justo. ¿No habría manera de compaginar ambas cosas?, me refiero a estudiar y a estar con mi novia el mayor tiempo posible. Creo que puedes entenderlo.
   Pilar no contesta al pronto, está pensando, pero como no encuentra una solución factible al dilema que plantea su hijo opta por ganar tiempo.
   -Hijo, tu objeción es razonable. Te prometo que procuraré encontrar una solución que nos convengan, a ti como enamorado, y a mí como madre que solo busca lo mejor para su único hijo y que piensa más en el mañana que en el hoy.
   La maestra queda dándole vueltas a la charla. Está satisfecha por la reacción del chico y por lo sensato de su planteamiento. Se merece que encuentre una alternativa que le permita estudiar en Plasencia y al tiempo estar con su novia. Como sigue sin encontrar solución se pone el manto y sale de casa, es hora de buscar ayuda. Anochece cuando está de vuelta al hogar.
   -Hijo, traigo buenas noticias. He estado hablando con la señora Etelvina, que es mujer de muchos recursos y que conoce bien la comarca más allá del valle. Antes de contarte lo que me ha sugerido una pregunta: en caso de aceptar el trabajo en la almazara de Malpartida se supone que deberías de vivir allí, ¿dónde pensabas alojarte?
   -Lo tenía hablado con Argimiro Sánchez, es el novio de la mejor amiga de Consuelo. Me ha ofrecido que puedo quedarme en su casa, sus padres le han dicho que por ellos no hay inconveniente. Sólo tendría que pagar por la comida, la cama la tendría prácticamente gratis, solo serían dos duros al mes.
   Doña Pilar no puede contenerse y abraza fuertemente a su hijo. Al fin este chico ha madurado, se dice.
   -Muy bien, hijico, veo que lo tienes todo pensado, pero verás, puedes vivir en Malpartida sin necesidad de trabajar en la almazara. Sabes lo poco que gano, pero es suficiente para poder pagar tus gastos durante los dos meses y medio que te quedan antes de irte a la mili. Para superar el dilema que teníamos, Etelvina me ha sugerido una solución. Puedes vivir en Malpartida, pero todos los días te trasladarás a Plasencia para tus clases con el señor Hernández, y cuando acabes regresarás al pueblo. Así, durante la mañana y parte de la tarde estudiarás, y el resto del tiempo podrás estar con tu novia.
   -Me parece bien traído, madre, pero no pretenderás que vaya andando de un pueblo a otro, hay cerca de once quilómetros de ida y otros tantos de vuelta.
   -Claro, hijo, pero para eso están los inventos modernos. Acabo de comprarle el velocípedo, debo acostumbrarme a llamarle bicicleta, al tío Leoncio el cartero. Como se ha jubilado, ya no la necesita. Dice que solo tendrás que renovar las ruedas, las cubiertas están muy gastadas y los neumáticos con muchos parches. Te prometí que encontraría una solución y esta es la que te propongo.
   Ahora el que da a Pilar un caluroso abrazo es el chico al tiempo que exclama:
   -¡Tengo la mejor madre del mundo!
   -Bueno, hijo, me conformo con ser la mejor del pueblo, y aún eso habría que verlo.
   -Me voy a casa del tío Leoncio por el cacharro y mientras tanto prepárame algo para el camino, por favor, que en cuanto vuelva me voy a Malpartida.
   -No corras tanto, hijo. ¿Cómo te vas a ir ahora? Ya es noche cerrada y te puedes descalabrar por esos caminos, que la bicicleta no tiene luz. Ve por ella si quieres y entre tanto preparo la cena. Y mañana de madrugada te marchas, pero primero deberás pasar por Plasencia para acordar con el señor Hernández los horarios de las clases y todo lo demás.
   Cuando el mozo regresa con la bici se la enseña a su madre como si fuera una de las siete maravillas del mundo.
   -Vaya trasto de velocípedo –exclama Pilar-. Tenía razón el tío Leoncio, las ruedas están para pocos viajes. Mira, después de hablar con Hernández, pásate por un taller y que te pongan ruedas nuevas. Te voy a dar dinero para comprarlas.
   -Gracias, madre, pero para eso tengo. No vas a correr con todos los gastos. Bastante tendrás que apechugar pagando las clases y la manutención.
   Aquella noche, en el hogar de doña Pilar, la cena se convierte en una suerte de festejo en el que madre e hijo celebran esperanzados lo que puede ser el comienzo de una nueva y decisiva etapa en la vida de Julio Carreño Lahoz, quinto del 89. La madre aprovecha el buen talante de su vástago para que le cuente más detalles de su novia y de su familia.
   -¿Y qué tal con tu futura suegra, te llevas bien con ella?
   -Pues ni bien ni mal, solo la he visto de lejos tres o cuatro veces, pero todavía no he hablado con ella de lo mío con Consuelo.
   -¡Pero alma de cántaro!, ¿cómo pretendes casarte algún día con esa moza sin que sus padres, en este caso su madre dé el consentimiento sobre vuestras relaciones?, ¿pero en qué mundo vives?
   -Madre, no te subas al guindo que te conozco. Consuelo y yo lo tenemos hablado. Si no he ido todavía a ver a la señora Soledad, así se llama su madre, es porque habíamos decidido no ir a verla hasta saber dónde tenía que hacer la mili. Ahora que ya lo sabemos es cuando voy a hablar con ella y pedirle permiso para cortejar a su hija.
   -O sea, que has hablado primero con la hija que con la madre. Tendrías que haberlo hecho al revés. Has empezado la casa por el tejado.
   -Madre, perdona que te diga pero estás un poco anticuada. Naturalmente que hablé antes con la hija, es con quien quiero casarme y no con su madre.
   -¿Y qué pasa si la señora Soledad te dice que verdes las han segado?
   -También lo hemos hablado. Consuelo piensa que será capaz de convencer a su madre. Si pusiera impedimentos para la relación hemos barajado dos salidas: esperar a que Consuelo cumpla veintitrés años en que será mayor de edad o fugarse conmigo y casarnos en un lugar donde nadie nos conozca.
   -¡La última opción ni la pienses! Lo de fugaros es un disparate más grande que la Basílica del Pilar. Lo de aguardar a que sea mayor de edad lo veo bien, aunque mucho sería lo que tendríais que esperar. Y dices que la moza cree que puede convencer a su madre, ¿cómo piensa hacerlo?
   -Pues amenazándola que si no me acepta se fugará conmigo. Y a la señora Soledad le espanta el qué dirán. En el pueblo se tiene muy en cuenta lo de las habladurías.
   -¡Virgen del Amor Hermoso!, vaya con la chinata, hay que ver cómo se las gasta. Y lo del qué dirán ocurre en Malpartida y en toda tierra de garbanzos.
   -Es lo que más me gusta de Consuelo, que tiene mucho carácter, no es nada timorata.
   -Bueno, es mucho mejor que sea una mujer de carácter y no una cobardica que no se atreva a plantarle cara a nadie. Mejor una mujer fuerte que una pusilánime. ¿Y el resto de la familia de tu novia qué opina sobre lo vuestro?
   -Consuelo es la mayor de los cuatro hijos de la casa. Detrás de ella están un hermano, Andrés, que tiene dieciséis años, después Luisa que tiene trece y la benjamina es Julia que solo tiene seis. Son todos muy pequeños como para tener opinión. En todo caso, me los tengo ganados pues siempre que puedo les llevo alguna chuchería.
   -¡Vaya, hijo, desconocía esa faceta tuya de Maquiavelo!, pero no es mala cosa. Más moscas se atrapan con miel que con hiel. Me has dicho que la señora Soledad es viuda como yo, ¿desde cuándo?
   -Desde hace unos cinco años. Al marido, el señor Álvaro Manzano, le pateó un semental cuando estaba cubriendo una yegua de su manada. Fue un suceso muy sonado, hasta lo publicó La Bandera Regional de Plasencia.
   -¿Y el resto de los Manzano qué dicen de lo vuestro?
    -No lo sé ni creo que importe demasiado, ahí la palabra que vale es la de la señora Soledad. Es la más rica de todos sus hermanos y parientes, y lo que ella dice va a misa.
   Es oír eso y Pilar piensa: son unos ricos pueblerinos, mal asunto.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 5. Pringá para dos