viernes, 13 de diciembre de 2019

Libro I.Episodio 2. Que venga más tarde


Episodio 2. Que venga más tarde
   El mozo, a quien el sorteo de  los quintos ha destinado a Mallorca, está valorando si contarle al secretario municipal el por qué le viene tan mal ir a la isla.
   -Que le pongas tantos peros al servicio militar, ¿no será por qué andas encariñado de alguna serrana o quizá de alguna menina de más allá de la Raya? –se malicia el funcionario.
   Oír la pregunta de don Leandro y ponerse colorado como un pimentón de la Vera ha sido todo uno. Que el secretario haya atinado el porqué de su renuencia a la mili, impulsa al joven a sincerarse.
   -Algo de eso hay, don Leandro. Verá…, en la feria de Malpartida del año pasado conocí a una muchacha, una moza hecha y derecha y simpática como la que más. Desde entonces siempre que he podido he ido a su pueblo a verla y…bueno, hemos terminado de novios. Todavía no lo hemos formalizado ante las familias, pero le he dado palabra de matrimonio para cuando regrese de la mili.
   -O sea, que acerté, sufres de mal de amores. Mi enhorabuena porque ese es un mal que depara más alegrías que penas. ¿Y la moza a qué se dedica, a sus labores?
   -Pues ya puede figurarse que sí, aunque estuvo a punto de estudiar si no hubiese sido por la desgracia de su padre.
   -¿Qué desgracia? –pregunta curioso el secretario.
   -Una fatalidad de las que pasan una vez en mil años. Igual recuerda lo del accidente porque fue muy sonado, y hasta lo publicó La Bandera Regional de Plasencia. El señor Álvaro Manzano, su padre, fue pateado por un semental cuando hacía de mamporrero para cubrir a una de sus yeguas. Al morir el padre, y ser la hija mayor, tuvo que dedicarse a cuidar de la casa y de sus hermanos, porque a su madre le tocó encargarse de las fincas y los ganaos, pues tienen trabajando para la familia a varios braceros y pastores.
   -Así que pensáis casaros, ¿y de qué vais a vivir, de lo que sacas alijando en la Raya?
   -No, eso se ha terminado para mí. Fue una de las condiciones que me puso Consuelo, así se llama, para darme el sí, que tenía que dejar de trajinar por la Raya y que debía encontrar un trabajo honrado. No se puede imaginar el genio que se gasta la moza a pesar de que solo tiene un año menos que yo.
   -Me alegro de que hayas encontrado una mujer así. Si es como cuentas, te vendrá como anillo al dedo para sentar la cabeza y tu madre dejará de preocuparse por ti.
   -¿Mi madre preocupada? Nunca me ha reprochado nada, salvo la consabida regañina cuando dejé colgados los libros.
   -Que fueron dos veces, que yo recuerde. La primera cuando decidiste no terminar el bachillerato y la segunda cuando echaste por la borda lo de los estudios de contabilidad. Y sí que está preocupada por tu futuro, teme que termines como tu pobre padre, que en paz descanse. Ahora podrá respirar, si la chinata te ha embridado como parece.
   -¡Chinata! Cuando quiero hacerla rabiar la llamo así y entonces ella me dice mañego.
   -Pues no debería molestarse, al fin y al cabo es el gentilicio de los naturales de Malpartida de Plasencia, porque como sabrás hay otra Malpartida, que para diferenciarla se denomina de Cáceres.
   -Entonces, don Leandro, volviendo a lo mío, ¿no hay nada qué hacer?
   -Como no encuentres las dos mil pesetas, nada –El secretario duda, sabe cómo se puede lograr esa cantidad que es exorbitante en un ambiente tan pobre como el del valle, pero termina por decirlo-…Como bien sabes, podrías conseguir esa cantidad o, al menos, parte de ella si siguieras trajinando en la Raya, y el resto podrías obtenerlo pidiendo un préstamo al tío Dimas el Bronchales.
   -Ya lo pensé, pero si Consuelo se enterara de que vuelvo a las andadas me pondría en la puerta de la calle. Por otra, sabe que aceptar un préstamo del tío Bronchales es como venderle el alma al diablo. Con los réditos que cobra estaría empeñado con él hasta el fin de mi vida.
   -Sí, claro… Pues si aceptas un consejo de viejo: disfruta con tu novia el tiempo que te queda antes de irte, más o menos hasta fines de abril. Ah, y míralo como una oportunidad y no como un castigo. Ese tiempo será la mejor prueba de fuego para que tanto tú como la chinata midáis la firmeza de vuestro amor. Y a todo esto, ¿qué opina tu madre de lo de la muchacha?
   -Mi madre no sabe nada, no se lo he contado.
   -Pues lo primero que debes hacer al llegar a casa es contárselo. Tu madre es persona muy lista y prudente y puedes estar seguro de que será quién mejor te aconseje.
   -Bueno, lo primero que he de contarle a madre es mi destino.
   -Por eso no te preocupes, a estas horas al menos media docena de vecinas ya se lo han referido con pelos y señales.
   El mozo sale del ayuntamiento más confortado y sereno que cuando entró. Los últimos consejos del secretario le han templado el ánimo, pese a ello en cuanto se encuentra en la calle vuelve a amohinarse. Una viejuca, que pasa portando un cántaro, le pregunta al verle enfurruñado.
   -Chacho, que mala cara ties, ¿te duele la chinostra?
   -No, tía Manuela, no me duele la cabeza sino el alma.
   -Mecagondié, ¿y eso por qué?
   -Porque me voy de quinto muy lejos, a Mallorca –le dice el joven, aunque sabe que lo más seguro es que la buena de la tía Manuela no sepa dónde está la isla.
   La vieja sigue su camino y el joven, pensando en su diálogo con el secretario, resuelve hacer caso de su postrer consejo y contarle a su madre lo de Consuelo. La madre del mozo -doña Pilar para los habitantes de San Martín-, ha escuchado en atento silencio la explicación de su hijo. Algo sabía sobre que su chico andaba hablando con una moza de Malpartida, y hasta alguna vecina le había comentado que la chinata era un buen partido, pues su familia además de ganados tenía buenas fincas. Lo que le ha impactado ha sido lo enamorado que parece estar su hijo y la sensatez con la que habla. Cuando el joven acaba su confesión, y tras un instante de incómodo silencio, doña Pilar se pronuncia.
   -Hijico –Pese a los muchos años que la mujer lleva en San Martín el diminutivo tan propio del habla aragonesa se le suele escapar a menudo-, sabes muy bien que siempre te dije que en los sentimientos, si son sinceros, nadie debe meterse. Y eso es lo que pienso hacer. Si estás tan enamorado como dices, y encima la moza te corresponde, eso me hace muy feliz, pero como madre me veo obligada a darte algunos consejos que espero que aceptes. Y estoy doblemente obligada a ello, puesto que a falta de un padre que te hablara de hombre a hombre, esa parte también he de asumirla.
   Y Pilar se explaya dándole su opinión sobre cómo ha de llevar las relaciones con su enamorada. Que no solo ha de quererla con toda el alma, sino también respetarla y cuidarla. Que no quiera tener siempre razón y si discute con ella que lo haga con mesura y tiento, y que jamás, y eso lo remarca, que jamás se le ocurra ponerle la mano encima. Que no le diga mentiras y que tampoco las admita…
   -¿Lo entendiste?
   -Sí, madre.
   -Otra cuestión, ¿qué piensas hacer hasta que tengas que presentarte en la Caja de Reclutas de Cáceres?
   -Tenía pensado aceptar un trabajo en una almazara de Malpartida, y así poder juntar unas pesetillas que me vendrán muy bien en la mili. Además, de esa forma podré ver todos los días a Consuelo.
   -Creo que no es buena idea. Creo que sería mejor que hablaras con el profesor Hernández para completar tus estudios de contabilidad, aunque no tengas tiempo de sacarte un título, pero de esa forma cuando termines la mili estarás en condiciones de encontrar un buen empleo. Ah, otra cosa, le pedí al cabo Montero que hablara contigo para que te dé algunos consejos sobre cómo manejarte con los militares. Estuvo sirviendo doce años, y se sabe todas las picardías necesarias para sobrevivir al ejército, más ahora que, al parecer, puede volver la guerra al Protectorado. Me ha dicho que vayas mañana a verle al cuartelillo.
   Lo que menos le ha gustado al joven de la conversación con su madre es que le haya comprometido a visitar al cabo Montero y en el cuartel de la Guardia Civil. Aún recuerda la vez que le pillaron los civiles alijando en la Raya. Pudo salir indemne gracias a las buenas relaciones de su madre, pero la detención le marcó.
   El lunes a media mañana, Julio se encamina a la casa-cuartel de la Guardia Civil a ver al cabo Montero. En el umbral del acceso al cuartelillo, sentado en una silla de enea, está el guardia de puertas.
   -¿Qué tripa se te ha roto, muchacho?
   -Soy Julio Carreño Lahoz y vengo a ver al cabo.
   -Ah, tú eres el que va destinado a Mallorca, mala suerte has tenido, chico –En el pueblo las noticias corren más que los podencos piensa el joven-, aunque peor la tuve yo que me tocó Melilla y las pasé más putas que San Amaro.
   -Por favor, dígale al cabo que está aquí el hijo de doña Pilar la maestra, me debe estar esperando.
   -Pues va a ser que no, chico. En estos momentos el cabo está con su relevo presentándolo al señor alcalde y demás autoridades locales –y el guardia se explica-. Al cabo Montero lo acaban de destinar a Mazarrón y si le hubiera tocado la lotería no estaría más contento, porque como es de Totana se podría decir que va a estar a un tiro de piedra de su pueblo. Y le va a relevar como comandante de puesto el cabo Luque que ha llegado antes de lo esperado. Por eso lo está presentando a las autoridades.
   -Entonces, ¿qué hago?
   -Vuelve esta tarde, a ver si puede recibirte, aunque lo dudo.
   El cabo Montero, después de presentar a su relevo al alcalde y demás autoridades locales, se ha encerrado con el cabo Luque en el despacho del cuartelillo para ponerle al día de todos los pormenores de la comandancia local y las características de su demarcación. Al informarle en un receso de la petición de Julio ordena:
   -Que venga más tarde.
   Montero sigue explicándole a Luque la dotación de números del puesto y el perfil de cada uno de ellos, así como el estado de las armas y del municionamiento. Le hace el traspaso de las magras cuentas y de los atestados sin ultimar. Quiere acelerar el relevo lo antes posible porque su esposa cuenta los minutos para retornar a su patria chica, pero antes…
   -Te voy a contar las características del pueblo y, lo más importante, quién es quién en San Martín.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 3. San Martín de Trevejo

jueves, 5 de diciembre de 2019

Libro I. Episodio 1. El sorteo.


Episodio 1. El sorteo

    Murmullos. Es lo que se oye en el salón, lleno hasta la bandera. El público, de pie, aguarda expectante el comienzo del acto. La tensión y el nerviosismo flotan en el ambiente, tanto como el humo de los pestilentes cigarros de tabaco del país. Es domingo, 5 de febrero de 1889, primer festivo del mes, y tal como dispone la Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército de 1878, se va a proceder al sorteo para la adjudicación de destino en el servicio militar obligatorio. Los espectadores más inquietos, solos o acompañados por sus familiares, son una veintena de hombres jóvenes que integran la quinta del 89, y cuyo destino militar se decidirá en unos minutos. Los futuros soldados son mozos que, sin llegar a los 21 años, han cumplido, o cumplen, 20 a lo largo del año en curso.
   Las únicas personas sentadas en la sala, tras una carcomida mesa en la que se celebran los plenos municipales, son las que presiden el acto: el alcalde, el cabo de la Guardia Civil, el juez de paz y el secretario del ayuntamiento. El funcionario municipal se levanta, y agitando una campanilla pide silencio en la sala.
   -Ruego silencio, por favor, vamos a proceder al acto del sorteo.
   La petición es atendida solo en parte pues siguen habiendo murmullos, por lo que el secretario se ve en la obligación de volver a pedir silencio. La gente que está más cercana a la presidencia se calla, pero los que están al fondo siguen cuchicheando, hasta que un vozarrón inunda el salón.
   -¿No han oído al señor secretario? ¡¡Cállense!! – La conminatoria orden procede del cabo de la Guardia Civil, y tiene fama de tener malas pulgas. Al instante, un silencio sepulcral y temeroso se esparce por el salón, lo que aprovecha el funcionario para continuar.
   -De orden del señor alcalde-presidente del ayuntamiento de la muy ilustre villa de San Martín de Trevejo, provincia de Cáceres, y de acuerdo con lo que establece la legislación vigente en materia de reclutamiento y reemplazo del ejército español, se va a proceder a efectuar el sorteo de los destinos de los mozos del municipio que cumplen veinte años a lo largo del año en curso.
   A continuación el secretario efectúa la lectura de las papeletas, con el nombre de cada mozo, y luego las introduce en un pequeño bombo. Hay otro bombo, que parece sacado de un juego infantil de lotería, en el que se guardan las papeletas con el nombre de cada uno de los lugares de destino a los que, según la ley, deberán ser destinados los nuevos quintos para el reemplazo del ejército de la península y las islas Baleares. Las Canarias y el Protectorado de Marruecos quedan excluidos por ley del sorteo. A una indicación del alcalde, el funcionario gira lentamente el primer bombo hasta que estima que es suficiente. Saca una papeleta del bombo de los quintos y la lee con voz impostada. A su vez, el juez saca una papeleta del bombo de los destinos y lo enuncia en alta voz. Tras lo cual, pasan ambas papeletas al cabo de la Benemérita para que ratifique su contenido quien, después de la verificación, las traslada al alcalde.
   Tras escuchar el nombre de cada mozo y el destino que el sorteo le ha adjudicado, los murmullos, las exclamaciones de alegría o de pena, y hasta las risas y lloros se producen inevitablemente. Cuando la respuesta de los espectadores alcanza cierto volumen, el secretario vuelve a hacer sonar la campanilla reclamando silencio y compostura. Terminado el acto, los espectadores van abandonando el salón a la par que comentan la buena o mala suerte que ha tenido tal o cual quinto. La suerte la miden en función de la cercanía o lejanía del destino adjudicado por el sorteo. Los miembros de la presidencia, tras despedirse del secretario, también abandonan el ayuntamiento. El funcionario se queda, pues tiene que levantar la correspondiente acta que posteriormente visará el alcalde. Interrumpe su tarea cuando alguien pronuncia su nombre.
   -Don Leandro.
    El joven que acaba de llamarle, patentemente nervioso, se dirige al funcionario con una mezcla de familiaridad y respeto.
   -Dime, Julio.
   -¿Hay algo que pueda hacerse sobre mi destino?
   -Lo siento, muchacho, pero todo se ha hecho de acuerdo a reglamento. Mientras yo sea secretario de este ayuntamiento se acabaron los pucherazos. Los asuntos públicos han de hacerse con luz y taquígrafos, como dicen en las Cortes.
   El joven da un puñetazo en la pared de lo que antaño debió ser una casa-palacio y ahora es la sede de la corporación municipal. No consigue mitigar su rabia, lo que si logra es que sus nudillos se tiñan de rojo.
   -Te vas a hacer daño, chacho–le reconviene el secretario.
   -¿Por qué me ha de tocar a mí, precisamente a mí? –se lamenta el joven mientras se lame la rozadura.
   -Vamos, Julio, has de ser razonable. Como dije, todo el proceso se ha hecho siguiendo al pie de la letra lo que establece la legislación. El primer domingo de enero, previo anuncio público, leí el alistamiento, y el 31 de enero se cerraron las listas definitivas. Y hoy, primer festivo de febrero, se ha realizado el sorteo general en este ayuntamiento, y supongo que en los de los demás pueblos de la nación, mediante papeletas y a puertas abiertas. Has sido testigo de ello.
   -Pero don Leandro, ¿usted sabe lo lejos que está Mallorca? ¡Es una de las islas Baleares! Eso supone estar lejísimos del pueblo, y hasta tendré que coger un barco y pasar la mar para llegar allí. Es lo peor que podía haberme pasado.
   -Es lo que tienen los sorteos, pero no te quejes, dentro de todo has tenido suerte. Piensa que si no hubiera cambiado la normativa podría haberte tocado alguna de las plazas fuertes del Protectorado. Y ten en cuenta que no hace ni veinte años que finalizó la guerra que nos enfrentó con el sultanato de Marruecos y que, a pesar de que el Tratado de Wad-Ras declaraba a España vencedora, solo se ha conseguido establecer una paz frágil. Los periódicos cuentan que las cabilas del Rif se muestran muy rebeldes, y que en cualquier momento podría reanudarse el conflicto. Y si te hubieran tocado las Canarias tu destino estaría más lejos todavía. Afortunadamente esas islas tienen una normativa aparte. Por tanto, no te quejes, después de todo has tenido suerte.
   -¿Le llama suerte a que me haya tocado el destino más alejado posible del pueblo?
   -Bueno, si no quieres ir a la mili hay una salida. La Ley de Reclutamiento y Reemplazo del 78, aunque en su primer capítulo afirma que el servicio militar es obligatorio para todos los españoles, también dispone que se autoriza la substitución del servicio por cambio de situación con recluta disponible o soldado de reserva, y por medio de la entrega de 2.000 pesetas, cuando el mozo que la verifique acredite que sigue o ha terminado una carrera o ejerce una profesión u oficio.
   -Usted sabe, don Leandro, que nadie en el pueblo se va a cambiar por mí para ir a la isla. Si fuera para ir a Sevilla o a Madrid a lo mejor encontraba a algún tonto, ¿pero a Mallorca?, ¡vamos, ni que la pintara de oro! Y lo de las 2.000 pesetas, ¡quién las tuviera!
   -Bueno, tu señora madre, a la que por cierto no he tenido el gusto de saludar…
   El exasperado joven no deja continuar al secretario.
   -¿Mi madre? –se pregunta retóricamente el joven-, ¿usted conoce a alguna maestra de escuela que haya podido ahorrar ese dineral? Y si lo tuviera no sé si me lo daría. Siempre dice que servir a la patria es deber de buen español.
   -Bueno… -el funcionario trata de escoger las palabras para no herir al muchacho-. Me cuentan que a veces eres de los que pasa la Raya, y que traes y llevas alijos de Portugal. Ese negocio deja muchos cuartos, a la fuerza has de tener algo ahorrado.
   El joven no responde, le da vergüenza contar la verdad. Ha llegado a tener mucho más de dos mil pesetas, el contrabando es un saneado negocio, pero lo que gana trajinando a ambos lados de la frontera hispano-lusa lo acaba perdiendo en las mesas de juego de las mugrientas tabernas del Valle de Jálama, y hasta del país vecino. Las siete y media, los montones o el tute subastado se llevan los dineros con tanta o más rapidez con que los gana. Visto que el chico no se da por aludido, el secretario continúa intentando mitigar el patente enojo del mozo.
   -Lo que no acabo de entender, chacho, es el porqué de tu enfado. La mili tiene aspectos positivos, los chicos aprendéis disciplina, lealtad, compañerismo, solidaridad y mucho más, y tenéis la oportunidad de salir de villorrios como este y ver mundo. Aparte de Plasencia, ¿qué ciudades conoces?
   -Cáceres y también Madrid, pero hace mucho de eso.
   -Bueno, pues ahora tendrás la oportunidad de volver a Cáceres y a Madrid y, como seguramente os embarcarán en Valencia, de una tacada habrás estado en dos de las ciudades más importantes de España. Y, por supuesto, conocerás también Palma de Mallorca.
   -Pero usted sabe, don Leandro, lo que puede ser estar seis años fuera de casa, cuando vuelva tendré veintiséis años, seré un viejo.
   El secretario no puede por menos que sonreír ante la explicación del joven, pero al ver el ceño de su cara vuelve a ponerse serio y sigue con sus argumentos.
   -No es así. Verás…-Y pacientemente le explica que una reforma de 1882 modificó algunos artículos de la ley de Reclutamiento y Reemplazo del 78, entre ellos la duración del servicio militar que se amplió a doce años, aunque estableció un mínimo de tres años de servicio para la obtención de la licencia ilimitada y aclara-. En la práctica, los reemplazos solo están tres años en el ejército. O sea, que cuando regreses del servicio solo tendrás veintitrés años, una edad idónea para comenzar una nueva vida.
   ¡Una nueva vida! se dice el joven, eso es lo que pretendía comenzar justamente ahora, una nueva vida. Había decidido cambiar, convertirse en una persona formal, buscar un trabajo honrado, formar un hogar… De pronto recuerda que su madre suele decir que don Leandro es buena gente y que, si está en su mano, es amigo de hacer favores… ¿Y si se lo cuento?, se pregunta, igual le doy lástima y me consigue un apaño…
  
PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 2. Que venga más tarde