viernes, 15 de noviembre de 2019

130. Dos varas de medir


   Los amigos de Grandal se han quedado un tanto desencantados después de que les haya contado su recreación de las últimas horas de vida de Curro Salazar. El hecho de que haya calificado la muerte del zahareño como un homicidio involuntario, y de que todos los que le visitaron la tarde de autos podrían ser, por activa o por pasiva, calificados como coautores del homicidio, les ha dejado aplanados. Más mustios se ponen al oír que probablemente todos ellos se irán de rositas, como suele decirse coloquialmente cuando alguien sale libre de culpa de un asunto en el que debería hacer frente a algún tipo de responsabilidades.
-¿Y de verdad nadie va a ser condenado? –inquiere Ponte que no acaba de creérselo.
-Del delito de homicidio ya he dicho que no creo, pero es posible que sí haya condenas por delitos menores –aclara Grandal.
-Explica eso de los delitos menores –requiere Ballarín, tan amigo como siempre de las precisiones.
-Pues quizá sean condenados por el delito de omisión del deber de socorro, de hecho la Jueza Instructora los ha imputado a todos por ello, incluida la esposa de Pacheco. Y además, a este le ha imputado por homicidio involuntario, al Chato del delito de lesiones y a los pichones del delito de hurto. Menos la acusación de homicidio, los demás son delitos menores.
-Y el delito de omisión del deber de socorro, ¿en qué consiste? –pregunta Ramo.
-Creo que ya os lo dije en una ocasión, pero lo repetiré. Incurre en ese delito –Grandal se pone profesoral- la persona que no ayuda a otra que se encuentra desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando pudiera hacerlo sin ningún riesgo ni para sí mismo ni para terceros. La infracción se castiga con la pena de multa de 3 a 12 meses, según establece el Código Penal.
-¿Qué es la pena de multa? –quiere saber Ballarín.
-Es una sanción de carácter pecuniario –continúa explicando Grandal- que tiene dos modalidades: el sistema de días-multa y la multa proporcional. Cuando se trata de personas físicas, como es el caso, la multa tendrá una duración mínima de 10 días y máxima de 2 años. En cuanto a lo que hay que pagar, el mínimo será de 2 euros al día y el máximo de 400 euros diarios.
-¿Y esa diferencia tan grande entre 2 y 400 euros quién la determina? –inquiere Ponte.
-El juez, naturalmente, que de acuerdo con su criterio es quien dispone lo que ha de abonar el condenado en función de su capacidad económica.
-¿Y qué pasa si no se paga la multa porque no se puede o no se quiere? –insiste Ponte.
-Si el condenado no abona la multa queda sujeto a una responsabilidad personal subsidiaria de un día de prisión por cada dos cuotas de multa no satisfecha.
   Ponte, que tiene el día preguntón, aborda la imputación de Pacheco por homicidio involuntario.
-¿Y qué le puede pasar a Pacheco?, ¿será el único que cargue con la muerte de Salazar?
-Si cuando llegue el juicio oral le condenan como culpable de homicidio involuntario, sí, será el único sobre el que recaerá la pena más dura.
   Álvarez se interesa por lo que le pueda pasar al Chato de Trebujena
-Has dicho que al Chato también se le acusa del delito de lesiones, explícanos con más detalle de qué va eso.
   Grandal, como si fuera un opositor a judicatura, recita lo que recoge el Código Penal sobre el delito de lesiones.
-El que, por cualquier medio o procedimiento, cause a otro una lesión que menoscabe su integridad corporal o su salud física o mental será castigado, como reo del delito de lesiones, con la pena de prisión de un mes a tres años o multa de seis a doce meses, siempre que la lesión requiera objetivamente para su tratamiento de una primera asistencia facultativa, tratamiento médico o quirúrgico. Aunque no me ha quedado claro si imputan al Chato por la paliza o por los puñetazos del día de autos.
-Me reafirmo en lo dicho –afirma Ballarín-. Nadie va a pagar por la muerte de Salazar, se van a ir todos de rositas.
-Oye, Jacinto, y a Espinosa que parece que quiso envenenar a Salazar, ¿no le van a condenar por eso? –pregunta Ponte.
-Por lo que me ha contado Bellido, parece que la Jueza Instructora estuvo sopesando si imputarle el delito de intento de homicidio, pero al final desistió de ello. En mi opinión estuvo acertada porque en derecho lo único que vale son las pruebas y no hubo forma de probar que el coñac que Espinosa le dio a beber a Salazar tuviera diluido un raticida. Por lo cual el zamorano se libró de esa acusación. Personalmente opino que los leves rastros de matarratas que el análisis toxicológico encontró en el cuerpo de Curro procedían de ese coñac, pero como digo, al no poder probarse se desechó esa imputación.
-Y del guiri, nada –acusa Álvarez.
-De Pakelia es como si no hubiera estado jamás en la habitación 16. Al menos, mientras no se le localice y pueda ser interrogado –explica Grandal-. Si no hay testigos y no hay pruebas, no hay nada que hacer.
-A ese ya le pueden echar un galgo –comenta sarcásticamente Ballarín.
-Lo del guiri me recuerda el título de una película que vi siendo niño: El hombre que nunca existió –evoca Ramo-, porque es como si Pakelia no hubiese existido.
-Los pichones, como tú les llamas, también están acusados de hurto, ¿qué pena les puede caer por ese delito? –pregunta Ponte.
   El excomisario vuelve a ponerse en modo opositor.
-El artículo 234 del Código Penal recoge que aquel que con ánimo de lucrarse tomare las cosas muebles ajenas, cuyo valor exceda de 400 euros y sin la voluntad de su dueño, será castigado por un delito de hurto con la pena de prisión de 6 a 18 meses. La pena que les puede caer dependerá de que se pruebe la acusación de hurto, y luego de cuanto valore el juez el contenido del maletín. Si la cuantía de lo hurtado no excede de 400 euros, que es lo lógico, se les puede imponer una pena de multa de uno a tres meses.
-Bueno, si se suma lo que les puede caer a los pichones por el delito de la omisión del deber de socorro y por el de hurto pueden pasarse una temporadita entre rejas –Se ve que Ballarín ha echado las cuentas.
-Lo dudo. Si la pena es menor de dos años no se entra en prisión -afirma Álvarez con tono de quien habla ex cathedra porque está absolutamente seguro de lo que dice.
-Estás en un error, Luis –le corta Grandal que sigue en modo opositor-. Aun siendo cierto que las penas inferiores a dos años pueden ser suspendidas, y subrayo lo de pueden, lo cierto es que para que esa suspensión se conceda han de darse tres requisitos. El primero es que el condenado haya delinquido por primera vez. El segundo que la pena impuesta, o la suma de todas si son varias, no superen los dos años. Y el tercero que se haya abonado el total de la responsabilidad civil. Si se dan esos requisitos, los jueces pueden dejar en suspenso la ejecución de la pena privativa de libertad, cuando sea razonable esperar que la ejecución de la pena no sea necesaria para evitar la comisión futura por el penado de nuevos delitos. Para adoptar esa resolución el juez valorará las circunstancias del delito cometido, las particularidades personales del penado, su conducta posterior al hecho, y los efectos que quepa esperar de la propia suspensión de la ejecución, y del cumplimiento de las medidas que fueren impuestas. En síntesis, que si te condenan a menos de dos años de prisión no es automático que no ingreses en la trena.
-Ves, yo creía lo mismo que Luis. Como decía mi santa madre: nunca te acostarás sin saber una cosa más –afirma Ballarín que agrega-. Oye Jacinto, y eso de la responsabilidad civil ¿qué es?
-La responsabilidad civil es la obligación de responder pecuniariamente de los actos realizados personalmente o por otra persona, indemnizando al efecto los daños y perjuicios producidos a un tercero. O dicho de manera más simple: el deber de indemnizar por los daños causados. Y, por favor, no más preguntas jurídicas. No seáis pesados y cambiar de tercio.
-Recojo el guante y cambio de tercio –dice Ponte-. Pedro, ¿qué se cuenta en los mentideros locales sobre la instrucción del caso?
-Mis paisanos ahora solo piensan en las fiestas, que por cierto acaban mañana. El asunto de la muerte de Salazar ha pasado a un segundo plano.
-¿Pero no hay ningún rumor, ningún bulo o chisme que nos puedas contar? –insiste Ponte.
-Haber, alguno hay, pero como diría un periodista no son noticias de primera plana sino que vienen en páginas interiores.
-Anda, Pedro, no te hagas de rogar y suelta los rumores que se cuentan en el pueblo –pide Álvarez.
-Pues sin ir más lejos, ayer me encontré con la Espardenyera y estuvimos un ratito de palique. Me contó el último rumor que corre por el pueblo. Se dice que la instrucción del caso Pradera no irá a ninguna parte, que todo está amañado y que al final si alguien paga el pato será algún pelagatos. Parece que mis paisanos, al menos la mayoría, están convencidos de que lo de Salazar ha sido un asesinato en toda regla, que se lo han cargado para taparle la boca y que no pudiera testificar en el caso ERE. También cuentan que los encausados en el caso son un hatajo de pinchaúvas, y que el verdadero asesino es alguien que vino de Sevilla, se cargó a Salazar y se volvió sin que nadie de la policía o de la justicia hiciera algo por detenerle. Que todo es un chanchullo entre políticos y grandes empresarios.
-Que poco se fían tus paisanos de la justicia –comenta Ballarín.
-Poco sería decir algo. No se fían ni un pelo. Están convencidos de que la justicia tiene dos varas de medir, una para los poderosos y los políticos, y otra para el pueblo llano. Y que además de injusta es lenta y cara. Por otra parte, como vemos frecuentemente en la tele, el cumplimiento efectivo de las condenas tiene poco que ver con las penas impuestas. Gente que es condenada a cientos de años de cárcel, por ejemplo los terroristas, a los cuatro días ya están en la calle. Eso hace que gente como mis paisanos, que en general son poco cultos, desconfíen todavía más de la justicia por sus dos varas de medir.
-Pues lo de las dos varas de medir si viene al pelo en este caso –sentencia Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 131. ¿Quién me dijo que Torrenostra era una playa demasiado tranquila?

lunes, 11 de noviembre de 2019

*** Post info 14. La novela ha muerto. ¡Viva la novela!


   En la monarquía británica cuando fallece el soberano reinante, el chambelán proclama: El rey ha muerto. ¡Viva el rey!, como expresión ritual en la sucesión de la corona. Pues bien, parafraseando esa exclamación, y aunque no tengo ningún chambelán a mano, proclamo: La novela ha muerto. ¡Viva la novela!
   ¿A qué viene este exordio?, se preguntará el lector. Pues a cuento de que el capítulo 31, episodio 129, que colgué en el blog el pasado viernes, es el último de la novela Una playa demasiado tranquila. Quedan tres episodios y el viernes, 29 de noviembre, publicaré el epílogo de Una playa. En el siguiente viernes, 6 de diciembre, colgaré en el blog el primer episodio de mi nueva novela Los Carreño. De ahí lo de La novela ha muerto. ¡Viva la novela! Una se va y es inmediatamente reemplazada por otra sin solución de continuidad, locución adverbial que, como deben saber, cuando se emplea en forma negativa quiere decir sin interrupción.
   En anteriores posts ya les he informado de algunos aspectos de la nueva novela Los Carreño. Es la historia de dos generaciones de una saga singular e irrepetible, basada en la vida de una familia real, cuya segunda generación traté personalmente, pues hija de uno de sus miembros era mi fallecida esposa. No es una novela biográfica al uso porque en el relato hay una fuerte carga de ficción, sobre todo en el Libro I de los tres que constará la obra, pero muchos de los sucesos que se novelan ocurrieron en la realidad.
   La narración abarca desde 1889 a 1949, sesenta años durante los cuales ocurrieron en España sucesos tan apasionantes, convulsos y determinantes para la vida de los españoles de esa época como el Desastre del 98, la Guerra de África, las revoluciones anarquistas, la Dictablanda, la II República, la Guerra Civil y la primera década del franquismo.
   Creo que la novela les gustará, no tanto por la prosa del escribidor sino por el coraje, el tesón y la habilidad que mostraron Los Carreño para desenvolverse y superar circunstancias tan adversas como las que vivieron. Ninguno de ellos fue héroe ni santo ni genio, pero su increíble capacidad para mantenerse unidos como una piña y su asombrosa solidaridad intrafamiliar les llevó a superar todos los obstáculos que se interpusieron en su camino. De ahí que formaran una familia singular e irrepetible. Lo podrán comprobar si leen la narración.
   La novela ha muerto. ¡Viva la novela!

viernes, 8 de noviembre de 2019

Capítulo 31. Un final inesperado.-Episodio 129. Una configuración atípica


   La visita que Grandal y Ramo hacen al interior del hostal ha sido rápida, pues en poco más de quince minutos están de vuelta. La terna de jubilados les aguarda con expectación. Álvarez, el más impaciente de los tres, les pregunta en cuanto toman asiento.
-Bueno, ¿qué, has encontrado la respuesta a esa pieza del puzle que te falta, figura? –pregunta hecha con su proverbial ironía, ya que no pierde ocasión de meterle un puyazo al ego del excomisario, que a la pregunta contesta con otra.
-¿Vosotros conocéis bien el hostal?
-Claro, como que nos hemos tirado un montón de horas jugando aquí al dominó –responde Ponte.
-No me refiero a la terraza, sino a las habitaciones que están en la parte de atrás –precisa Grandal.
-Recuerdo que las dos veces que fuimos a ver a Curro accedimos a su habitación subiendo por una escalera que está en la parte trasera del edificio. Supongo que fuimos por ahí porque por alguna razón la entrada principal debía estar cerrada -recuerda Álvarez.
-No estaba cerrada, es que no existe. El único acceso a las habitaciones es por donde subisteis –informa Ramo que agrega-. Creo que Jacinto tiene una explicación que darnos sobre sobre la cuestión de por qué, siendo el hostal un establecimiento pequeño y habiendo un único acceso, no fueron vistos ninguno de los tipos que subieron a la habitación 16, el mismo día y en un intervalo corto de tiempo.
   A todo esto, Grandal está callado, escuchando el parloteo de sus amigos.
-Anda, figura, no te acules en tablas, ponte en el centro del albero y cita por derechas, que te estamos esperando como si fueras un sobrero –Álvarez tiene, como suele, el día taurino y así lo hace ver Ramo que ingenuamente entra al trapo de las provocaciones del madrileño.
-Luis, tú debes ser un aficionado a los toros como pocos. Nunca había oído a nadie hablar con una jerga taurina tan florida –comenta el torreblanquí.
-Pues tendrías que oírle cuando llega San Isidro y en la Ventas hay corrida todos los días, se pone tan taurino que para entenderle hay que ser un especialista en el Cossío –asegura Ponte.
-¿Qué es el Cossío? –pregunta Ramo, volviendo a picar en algo ajeno al tema sustancial. Quien le responde es Álvarez que se pone en modo didáctico.
-El Cossío, así conocido popularmente, es la enciclopedia taurina más famosa y completa que se ha publicado hasta la fecha. Se la conoce también como la Biblia del toro. Su título completo es Los Toros. Tratado técnico e histórico, y fue dirigida por el académico José María de Cossío que la publicó en 1943. Se le considera el tratado más extenso y documentado que existe sobre las corridas de toros, por lo que desde su aparición es la obra de referencia en el mundo de la tauromaquia. Hace un documentado recorrido, a través de la historia, de los personajes, los cosos, los reglamentos, las ganaderías, la técnica del toreo, el vocabulario, la influencia de la lidia en las artes y las letras e, incluso, en la historia del pensamiento antitaurino. Eso es el Cossío.
-¡Qué barbaridad!, y supongo que te lo habrás leído –apunta Ramo.
-¿Qué si se lo ha leído? Para mí que en párvulos en vez de cartilla usaba el Cossío –apunta con sorna Ponte.
-¡Bueno, muchachos, ya está bien! Dejaos de toros y todas esas mandangas y vamos a lo que importa que es terminar con los espacios en blanco que quedan del caso Pradera. Pedro ha dicho que Jacinto tiene una explicación que darnos sobre la cuestión de, por qué siendo un sitio pequeño el hostal y habiendo un único acceso, no fueron vistos ninguno de los fulanos que subieron a la habitación 16 el mismo día, y en un intervalo corto de tiempo. Tengo ganas de oírle porque no deja de tener su intríngulis –pide Ballarín.
   La petición del antiguo ferretero parece que suscita el interés general porque todos se callan y dirigen su mirada al excomisario. Grandal, vista la disposición a escucharle, se dispone a explicar su hipótesis sobre el misterio del acceso a las habitaciones del hostal.
-Como bien ha dicho Amadeo, a priori es algo incomprensible como el mismo día, y en unas pocas horas, hasta ocho personas diferentes entraron en la habitación de Salazar y sin embargo nadie o casi nadie les vio. Os confieso que ese enigma me ha tenido desvelado muchas horas y no he acabado de resolverlo hasta que, gracias a la ayuda de Pedro y aprovechando su buena amistad con la señora Eulalia, he podido visitar hasta el último rincón del establecimiento. Eso es lo que me ha hecho comprender que, aunque improbable, es posible que ocurriera lo que han declarado los visitantes de Curro en el día de autos: que entraron y salieron de la habitación del exsindicalista sin verse ni cruzarse con nadie en el pasillo, aunque eso es una verdad a medias…
-¡Joder, ya se ha vuelto a poner el figura en plan la Parrala! Unos decían que sí, otros decían que no –exclama Álvarez tan intemperante como de costumbre.
-Por favor, Luis, no seas insolente y deja que Jacinto acabe su explicación –le pide Ponte poniéndose serio.
   Grandal agradece con un gesto la intervención del decano del grupo y prosigue su relato.
-Es una verdad a medias porque casi todos los que esa tarde estuvieron en la habitación de Curro se vieron en algún momento, y subrayo lo de casi todos. Vamos uno a uno. El Chato de Trebujena fue visto por Jaime Sierra y por Rocío Molina. Carlos Espinosa coincidió en la habitación con Rocío, Anca y Vicentín, y los palomos también estuvieron con Grigol Pakelia. Realmente, solo tres personas entraron y salieron de la habitación sin verse con ninguno de los demás imputados, el matrimonio Pacheco-Hernández, y aún eso tampoco es cierto al cien por cien puesto que la rumana les vio, aunque en la parte exterior del hostal. El tercero que no vio a nadie fue Salazar junior. Por tanto, es cierto que esas ocho personas, nueve si contamos a la mujer de Pacheco, no se cruzaron en la única escalera por la que se accede a la planta superior, pero algunos de ellos sí se vieron en la habitación de Curro aunque fuera asomando la nariz por el quicio de la puerta. Con todo, resulta bastante inverosímil que, aunque no se cruzaran en la corta escalera, casi nadie más del hostal, empleados o clientes, les viera, y eso creo que tiene una explicación en la configuración atípica del hostal –Y hasta ahí llega la explicación de Grandal que vuelve a callarse.
-Como te gusta jugar con nuestra curiosidad, Jacinto, sabes perfectamente que todos estamos esperando que nos cuentes que es eso de la configuración atípica del hostal –le advierte Ponte.
-Lo que mandes, Manolo. Sabéis que en casi todos los hoteles, hostales, apartoteles, etcétera, nada más entrar te topas con la recepción y un hall del que parte la escalera y el ascensor, si son grandes eso hay que ponerlo en plural, que conducen a las plantas superiores, en caso de haberlas. Pues bien, en los Prados eso no es así… -Y Grandal explica el por qué. El hostal está ubicado en un edificio de apartamentos denominado Prados I, que por la parte delantera, la que mira al mar, da a la avenida Juan Carlos I, y por la parte trasera, la que mira a poniente, a la Avenida de Castellón. Por el lado norte limita con una corta calle llamada Xúquer, y por el sur con una zona de piscinas y jardines hasta un conjunto de chalés adosados. Lo más relevante del único establecimiento hotelero de Torrenostra es que tiene una configuración atípica, infrecuente en las construcciones hosteleras, al estar dividido en dos zonas distintas dentro del mismo edificio. En el lado este, el que da a la avenida Juan Carlos I, están los servicios centrales: restaurante, cafetería, terraza, cocina y la auténtica recepción. En el lado sur del edificio es donde se encuentra la puerta de acceso a las habitaciones sin tener ningún pasillo interior que enlace con la zona delantera, aunque si existe un estrecho pasillo exterior, única comunicación entre ambas zonas. La puerta de acceso a las habitaciones está a unos treinta o cuarenta metros de la zona delantera. Nada más entrar en el edificio, y en el lateral izquierdo, se puede ver un pequeño mostrador con un casillero para las llaves de las habitaciones; tendría que ser la recepción, pero nunca hay nadie, pues la auténtica recepción es la que hay en el comedor de la parte delantera. Tras entrar, a la izquierda hay una escalera de cuatro pequeños tramos que conduce a las quince habitaciones que hay en la primera planta. Enfrente del mostrador y a la derecha hay un salón de estar, y de ahí arranca un corto pasillo que conduce a las siete habitaciones de la planta baja. Al final de ese pasillo hay una puerta que da a la cara norte del edificio, la calle Xúquer, pero que, al parecer, está permanentemente cerrada… y termina su relato afirmando-. Pues bien, esa configuración o estructura atípica fue una importante causa de que la gente que fue a la habitación de Curro entrara y saliera sin que les viera nadie.
-¿Y la gente del servicio, las camareras, los de la barra, etcétera, no les pudieron ver desde la parte delantera? –inquiere Ballarín.
-Poder verlos, podrían, de hecho Anca vio al matrimonio Pacheco, aunque ya fuera del recinto del hostal. Pero ver lo que ocurre detrás no es fácil, puesto que el servicio suele estar en la parte delantera que, naturalmente, es la zona donde hay más trabajo. Las empleadas, pues casi todas son mujeres, solo acuden a las habitaciones cuando hay que limpiarlas y cuando algún cliente requiere el servicio de habitaciones. Por consiguiente, esa configuración atípica del hostal es la que en buena parte explica porque los imputados en el caso Pradera subieron y bajaron sin que nadie les viera.
-¿Sabes qué, Jacinto?, tu explicación me ha convencido –se sincera Ballarín.
-Por lo que nos has contado esa configuración atípica del hostal más bien podría calificarse de sui generis –Ponte a veces se pone pedante.
-Sui generis o atípica, pero explica un enigma que nos tenía intrigados –sentencia Ramo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 130. ¿Quién dijo que en este país la justicia es un cachondeo?