viernes, 19 de julio de 2019

Capítulo 27. Los últimos testimonios.- 113. Antes se coge al mentiroso que al cojo


   Casi está anocheciendo cuando Grandal llega a Marina d´Or donde el sargento Bellido le está esperando en el hotel de siempre. Nada más pisar la cafetería, el excomisario descubre en una apartada mesa al suboficial que al verle entrar le hace una discreta seña. Tras los saludos de rigor, Bellido comienza excusándose.
-Comisario, antes que nada le pido disculpas por reunirnos a estas horas, pero he creído que puede ser interesante que esté al corriente de todo lo que se cuece en el juzgado que lleva nuestro caso. Y antes de que se me olvide, le diré que siguiendo su consejo he mandado por doble conducto a la jueza del Valle la información que me dio sobre el Chato de Trebujena.
   Grandal, que ya no es ningún jovencito, a estas horas acusa el cansancio y no está de humor para muchos prolegómenos por lo que insta al guardia civil a que vaya al grano.
-Muy bien, Bellido, muy bien, ¿qué querías contarme?
-Como le dije, la declaración de Carlos Espinosa.
-Bien, te escucho. ¿Qué contó el malagueño?
   El sargento, ayudado por unas notas, intenta reproducir con la mayor fidelidad posible la declaración como testigo de Espinosa.
-Pues lo primero a contar de Espinosa, aunque es algo irrelevante, es que no es malagueño sino de Zamora, pero hace muchos años que reside en la Costa del Sol donde ha sido director de importantes hoteles. Bien, la señora jueza comenzó de manera muy suave su interrogatorio, pero pasito a pasito fue endureciéndolo. Me da la impresión de que está aprendiendo a interrogar a marchas forzadas. En lo primero que le apretó las tuercas a Espinosa fue en lo del presunto negocio que vino a proponerle a Salazar. Le pidió que explicase la clase de negocio que era a lo que el mala…, quiero decir el zamorano, contestó que una gran promoción urbanística en unos terrenos de Manilva, un municipio de Málaga sito en la Costa del Sol Occidental, ya en el límite con la provincia de Cádiz. Cuando su señoría le pidió más detalles sobre qué clase de urbanización sería, en qué zona del municipio estaría ubicada, etcétera, Espinosa solo aportó el dato de que el negocio inmobiliario lo promovía un grupo inversor radicado en Gibraltar, pero del que no facilitó más detalles y acabó dándole una larga cambiada.
-Esas preguntas no sé si eran muy pertinentes para lo que la jueza y, por supuesto, nosotros necesitamos saber de Espinosa
-Al parecer, comisario, sí lo eran según me explicó luego mi compañero de la UCO. Era una forma indirecta de saber cuáles eran los motivos de sus visitas a Salazar. Bien, pero la cosa no quedó ahí. Su señoría siguió preguntándole que era muy extraño que quisiera hacer negocios con una persona que, como le ocurría a Salazar, llevaba prácticamente más de dos años prejubilado, fuera del mundo de los negocios y prófugo de la justicia. Ahí Espinosa demostró ser hábil pues contestó que efectivamente era así, pero que Salazar seguía teniendo muchos y buenos contactos con personas del entorno de la Junta de Andalucía, así como con el mundo empresarial andaluz y por eso se le necesitaba, para que pusiera ese haz de relaciones al servicio de la futura inversión inmobiliaria.
-No cabe duda que Espinosa es hábil y rápido para enmendar los tropiezos –reconoce Grandal.
-Sí lo es, pero como le dije la del Valle ha aprendido mucho, y le volvió a poner en un apuro cuando le preguntó que cómo podía saber dónde se encontraba un hombre que llevaba más de dos años desaparecido. Ahí, el zamorano comenzó a hacer aguas pues contestó vaguedades sobre que unos contactos del grupo que representaba le habían facilitado el paradero de Salazar, pero sin dar ninguna concreción. La estocada final de esa parte del interrogatorio fue cuando la jueza le preguntó que como era posible que, un hombre con sus tablas, antes de emprender un negocio no hubiera hecho una mínima investigación sobre la persona con la que iba a tratar, algo que es una práctica elemental y obligada en el mundo empresarial cuando no se conoce al individuo con el que vas a negociar. Espinosa salió por los cerros de Úbeda, pero se le notó que quedaba tocado.
-De todas formas, Bellido, de lo que me has contado hasta ahora no hay una sola pregunta que apunte directamente a la diana de los hechos por los que se pueda encausar a Espinosa: el asunto del matarratas presuntamente disuelto en el coñac–aduce Grandal.
-Según Sales, el compañero de la UCO, la jueza estaba siguiendo un procedimiento de interrogatorio denominado la espiral concéntrica. Se trata de un método  en el que se hacen preguntas aparentemente tangenciales al objetivo que se busca, pero que van concentrándose en espiral para ir desarmando al interrogado y dejarle inerme cuando se plantean las preguntas que van al corazón de lo que se pretende averiguar. Bien, prosigo. En un giro de la jueza, que no sé si lo esperaba el zamorano, su señoría le preguntó que si visitaba a Salazar por motivos de negocios, ¿por qué le insistía tanto en que lo que tenía que hacer era marcharse de España a un país que no tuviera tratado de extradición con el nuestro? Ahí Espinosa volvió a quedarse con el culo al aire. Aseguró que él nunca le propuso tal cosa al finado. Y cuando la del Valle le preguntó si mantenía tal afirmación y el testigo contestó que sí, su señoría ordenó un receso de quince minutos.
-La jueza sabe por el testimonio de Francisco José Salazar que Espinosa estaba empecinado en que la mejor solución para arreglar los problemas legales de su padre era huir al extranjero. ¿No le contó la declaración del chaval? –pregunta Grandal.
-Pues no, supongo que prefirió guardarla para mejor ocasión. Bien, cuando se reanudó el interrogatorio la jueza sacó el tema de la botella de coñac, aunque ella lo llamaba brandy, en mi modesta opinión creo que incorrectamente. También debía llevar preparada la respuesta a la pregunta de por qué llevaba una botella de brandy, pues igualmente volvió a repetir lo que contó en su primera declaración: que la llevaba porque se enteró de que a Salazar le gustaba ese licor y por eso le traía como regalo una botella de Courvoisier. Ahí la señora jueza le volvió a cazar en un renuncio porque le dijo que sí sabía que a Salazar le gustaba el brandy como no sabía en cambio que era un prófugo. Espinosa no supo qué responder. A continuación, ante la pregunta de ¿cómo un hombre con su formación y experiencia al encontrarse a una persona en estado casi comatoso le dio a beber alcohol? Ahí, el zamorano volvió a repetir lo que había dicho en su primera declaración. Que en aquel momento, ante una persona que parecía estar en las últimas, su reacción fue instintiva, quería reanimarlo y lo primero que se le ocurrió fue darle a beber el coñac que llevaba. Que es una de esas acciones que haces en caliente y que luego tú mismo te preguntas por qué lo hiciste y la única respuesta posible es que lo haces por puro instinto, sin pensarlo. Se ve que tenía preparada la respuesta; no sé si la jueza le creyó, pero lo dudo a raíz de lo que vino después.
-Por lo que me cuentas, veo que la del Valle ya no parece tan novata como al principio de la instrucción.
-¡Qué va!, nos ha salido más lista que los ratones colorados. Y la traca gorda la jueza la guardaba para el final. Y eso sí que no se lo esperaba Espinosa de ninguna manera. Fue cuando comenzó a interrogarlo por la compra del raticida y para qué podía necesitarlo. Ahí el zamorano se descompuso y su única salida fue negarlo todo. Que no había comprado ningún raticida, ¿para qué iba a necesitar un matarratas estando como estaba alojado en un excelente hotel? Eso mismo me pregunto, señor Salazar, dicen que le respondió la jueza, y ante la negativa de Espinosa le precisó que una testigo había declarado que la mañana del día de autos había adquirido un raticida en un supermercado de la cadena Mercadona, sito en El Grao de Castellón. Dicen que al oír eso el zamorano se quedó pálido como un muerto y su única salida fue seguir negándolo todo. Su señoría no insistió, pero por ahí le tiene cogido por el testimonio de la empleada del súper que le vendió el matarratas.
-Lo del raticida, en función del resultado que dictamine el laboratorio, va a ser como unas banderillas negras para Salazar en el juicio oral.
-Opino lo mismo. Voy acabando. La última parte del interrogatorio se centró en por qué no llamó al médico y a un ambulancia antes de irse de la habitación del fallecido, como les dijo a la Molina y la Dumitrescu; hecho confirmado pues no existe ningún rastro ni en el 112 ni en los demás teléfonos de ayuda urgente de la provincia de que hiciera tales llamadas. Ahí Espinosa volvió a explicar lo mismo que contó en su primera deposición. Que el estado en que se encontraba Salazar le provocó tal shock que perdió los papeles, se trastornó y solo pensó en marcharse. Su señoría contraatacó, le pidió al secretario que leyera el testimonio de la Molina y la Dumitrescu, en el que ambas testigos declaran que mientras Espinosa estuvo en la habitación 16 dio en todo momento la impresión de estar muy tranquilo y de controlar la situación. Prueba de ello es que fue Espinosa quien propuso que lo primero era acostar a Salazar y luego que habría que llamar a un médico y a una ambulancia. Incluso cuando la testigo Dumitrescu le propuso que le acompañaba para buscar al médico, Espinosa contestó que no la necesitaba pues se bastaba para ello. La jueza terminó diciendo: ¿cómo puede explicar esa notable antinomia, esa contradicción entre lo que acaba de declarar y lo que han contado las precitadas testigos? Espinosa se mantuvo en lo del shock, pero ya estaba visiblemente hundido.
-¿Y cómo ha acabado la cosa?
-Después de la declaración, y tras un receso bastante largo, su señoría le ha pasado de la condición de testigo a la de imputado por intento de asesinato ordenando su prisión provisional, comunicada y sin fianza.
-Desde luego, bien cierto es que, como dice el refrán, antes se coge al mentiroso que al cojo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 114. Wait and see

lunes, 15 de julio de 2019

*** Post sobre los días para que finalice agosto de 2016, año en que se desarrolla la novela Una playa demasiado tranquila

   Tras el episodio del próximo viernes, que transcurre al finalizar el 27 de agosto de 2016, solo quedaran cuatro días para que Jacinto Grandal y sus viejos amigos consigan descubrir si el fallecimiento de Curro Salazar, hombre clave en el caso ERE, fue debido a un acto violento  o fue una muerte natural.
   La cuadrilla de jubilados que veranean ocasionalmente en Torrenostra: Manolo Ponte, exempleado de Iberdrola, Amadeo Ballarín, exferretero y Luis Alvárez, exempleado del Canal de Isabel II, liderados por el más joven de ellos pero también jubilado, Jacinto Grandal, excomisario de policía, tienen los días contados para no volverse a Madrid frustrados por no haber logrado desentrañar lo que ocurrió en la habitación 16 del hostal Los Prados en la agosteña tarde de la Ascensión de la Virgen María.
   Esos cuatro días van a dar para mucho, pues los acontecimientos que se sucedan en ellos darán lugar a una serie de episodios que terminarán a mediados de noviembre, fecha en la que finalizará la novela y se podrá responder a la pregunta de si la playa de Torrenostra es demasiado tranquila o solo es apariencia.

viernes, 12 de julio de 2019

112. He debido quedarme anósmico


   En cuanto Grandal termina la conversación con el Chato de Trebujena se reúne con Ponte.
-¿Qué tal ha ido? –pregunta el decano de la pandilla.
-Bien. De un plumazo he descartado a dos de los sospechosos de ser los actores activos de la muerte de Salazar.
-¿Cómo has llegado a esa conclusión?
   El excomisario le cuenta a su viejo amigo el contenido de la conversación con el antiguo púgil sin dejarse nada en el tintero, sabe que Ponte es muy discreto y que no revelará nada de lo que le cuente.
-Entonces, ¿solamente queda Pacheco como sospechoso? –deduce Ponte.
-De momento, solo Pacheco…, aunque no debemos descartar a su mujer pues estoy convencido de que también estuvo en la habitación de Salazar, probablemente acompañando a su marido, y de la que seguimos sin saber nada. Tampoco hay que descartar a otra u otras personas que pudieron haber entrado en la habitación del gaditano antes de que lo hicieran los Pacheco. Si lo que hubiese ocurrido fuera esto último, todo lo investigado hasta ahora no valdría ni un céntimo. Habría que recomenzar de cero.
-Pues si fuera así haríamos un pan como unas hostias –se lamenta Ponte.
-Bueno, en una investigación como esta hay que estar a las duras y a las maduras. Las cosas no siempre son como uno las había imaginado, ni mucho menos.
-¿Pero tu olfato qué te dice sobre quién fue el artífice de que Salazar pasara de estar como un pincel a que se pusiera en estado comatoso?
-Mi olfato me decía que quien probablemente puso en marcha ese cambio que resultó letal podía ser Sierra, del que solo sé lo que declaró ante la jueza del Valle, declaración en la que por cierto mostró ser más escurridizo que una anguila, pero me debo haber hecho viejo y he debido quedarme anósmico.
-¡Vaya palabreja!, es la primera vez que la oigo, ¿qué quiere decir?
-La anosmia es no tener sentido del olfato y anósmico el que no es capaz de oler. Algo que, por lo que parece, me está sucediendo.
-¿Entonces…?
-Entonces…, seguimos en las mismas. Por tanto, no queda más que wait and see, como dicen los británicos.
-Esperar y ver –traduce Ponte-, ¿pero y qué?
-Manolo, eres la caraba, ¿no te cansas de preguntar?
-Perdona, Jacinto. Tienes toda la razón, me estoy volviendo un cotilla, pero es que resulta todo tan apasionante… Es como una de esas películas de intriga en la que nunca llegas a imaginar cual va a ser el desenlace y en la que el asesino nunca es quien crees, sino el que parece más inofensivo o improbable y solo lo descubres en las últimas escenas.
   Grandal se acaba de acordar de algo. En vez de proseguir el viaje, y antes de meterse en la AP-7, aparca en un lateral de la nacional 340 y se detiene.
-Me había olvidado de que tengo que contarle a Bellido mi charla con el Chato, a ver si la jueza del Valle puede mañana apretarle las clavijas al bueno de Pepillo Jiménez. A ver si ella es capaz de sacarle quien fue la persona o personas que le pagaron para que le moliera las costillas al difunto Salazar.
-Si tú no has podido, ¿crees que una jueza novata será capaz?
-Lo dudo, pero ¿quién sabe?, a lo mejor el escenario de los juzgados le intimida y canta.
-Podría ser como aquello que decía Jorge Valdano sobre el miedo escénico que produce jugar en el Santiago Bernabeu.
-¿Valdano no es un tío que comenta partidos por la tele? –pregunta Grandal que siempre fue más taurino que futbolero.
-Sí, y antes fue jugador y entrenador. Al inventar esa frase se refería a que jugar en el estadio del Real Madrid impone a los equipos rivales.
   Mientras Ponte sigue pensando en lo que intimida jugar en el Bernabeu, Grandal está llamando al sargento de la Guardia Civil de Torreblanca.
-Bellido, ¿puedes hablar?
-Sí, comisario. Lo que son las cosas, en cinco minutos pensaba llamarle. Tengo noticias que contarle y son sabrosonas.
-Bien, comienzo yo porque dada la hora que es te vendrá muy justito para informar a la Jueza Instructora. Hace un rato he descubierto que fue el Chato de Trebujena quien el pasado 9 de agosto le pegó a Salazar. Y también te confirmo que el 15 estuvo en la habitación del exsindicalista y que le dio unos cuantos puñetazos, aunque el gaditano ya estaba grogui. Lo que quiere decir que el estado comatoso de Salazar fue provocado antes de las 17,30 que es la hora aproximada en que el de Trebujena entró en su habitación –En ese mismo momento, decide ocultar por ahora lo que sabe de Sierra, en su lugar habla de los actores encubiertos que forzosamente han de estar detrás del exboxeador-. Debes poner en tu informe que es del todo improbable que lo que el Chato le hizo a Salazar lo realizara por su cuenta. Para mí no hay ninguna duda de que fue un trabajo de encargo. La jueza debería presionarle para que el Chato revele quien o quienes fueron los que le pagaron para llevar a cabo lo que hizo. Los autores intelectuales de los que hablamos el otro día.
-A esta hora la juez ha debido de marcharse a casa y el Chato está citado a primera hora para declarar –explica el sargento.
-Envíale el informe por vía de urgencia. Le pones un fax y también se lo envías por mail. De ese modo cuando la jueza llegue por la mañana tendrá la información encima de la mesa y en el ordenador. Y ahora, dime lo que querías contarme.
-Básicamente, la declaración de Carlos Espinosa que ha resultado ser muy jugosa, por eso prefiero contársela personalmente. ¿Quedamos para mañana a primera hora?
-Mañana quiero ir a Castellón, todavía tengo que intentar hablar con Pacheco y Sierra.
-Vale, ¿dónde está ahora?
-A trescientos metros de la entrada del peaje de Castellón-norte de la AP-7. Voy a llevar a Torrenostra a un amigo que me acompaña y luego me vuelvo a Marina d´Or.
-Entonces, si no le parece mal, podemos quedar en el mismo sitio de siempre en Marina. Le espero como dentro de una hora. Le prometo que seré lo más breve posible.
   A Grandal maldita la gracia que le hace el tener un cara a cara con el sargento a estas horas, pero agosto se está terminando y no puede permitirse el lujo de desperdiciar ni una sola fecha por lo que, aunque a regañadientes, accede a la propuesta del guardia civil.
-¿Qué cuenta el del tricornio? –Efectivamente, Ponte se ha convertido en un fisgón.
-Que quiere contarme personalmente la declaración de hoy de Carlos Espinosa pues dice que es muy interesante. Te dejo en la playa, ¿no?
-Sí. Mientras charlabas con el sargento me ha llegado un WhatsApp de Luis diciéndome que están en la playa donde piensan cenar y luego subirse al pueblo porque quieren empaparse de los festejos que se celebran por la noche. Me esperan en un chiringuito que hay en la playa Norte que se llama La Tapilla.
-No sé dónde está eso.
-Yo te guio, de momento tira para Torreblanca.
   Grandal abandona la AP-7 por la salida de Torreblanca-Alcossebre e inmediatamente ingresa en una gran rotonda en la que no llega a dar media vuelta pues coge la salida que indica Torrenostra. Salva por un estrecho puente el tendido del ferrocarril y toma la amplia Carrassa de Mon Rossí que, como de costumbre, está libre de vehículos. En cuanto llega a Torrenostra atiende a las indicaciones de Ponte hasta que le deja donde le espera el resto de la cuadrilla. El excomisario se da la vuelta para Marina d´Or. El decano de los jubilados en cuanto ve a sus amigos piensa que deben de haberse excedido en las cervezas pues le reciben con inusitado alborozo.
-Manolo, majete, cuanto has tardado, ¿habéis echado un polvo? –Parece que Álvarez es el líder en la carrera de ver quién se pone antes moña.
-No me quiero meter en camisa de once varas, pero por lo que le conozco no creo que Manolo esté para muchos polvos –puntualiza Ramo a quien solamente el colorete de sus mejillas lo delata como otro de los que también ha empinado el codo.
-Manolo no ha ido a la capital a echar ningún polvo, sino a ayudar a Jacinto –rebate el siempre circunspecto Ballarín que parece ser el más sobrio.
-Ya lo sé, sabihondo, pero siempre es buena hora para darle una alegría al pajarito –alega Álvarez.
-Bueno, y aparte de trasegar mosto, ¿qué plan tenéis para esta noche? –con su pregunta Ponte intenta desviar la cantinela de Álvarez que suele tener un vino muy faltón.
-Esta noche nos vamos de juerga a ver qué pescamos. Yo me pido una trucha con unas tetas bien gordas –a Álvarez la semitrompa que lleva le ha dado en plan erótico.
-¿Cenamos o picamos algo? –pregunta Ponte que no deja de sorprenderse de que ninguno le haya preguntado cómo les ha ido en su conversación con el Chato.
-He reservado mesa en el Mar Azul, el restorán de enfrente. Bueno, y estoy pensando que igual podemos cenar aquí, es el mismo negocio –explica Ramo.
   Cuando llega la hora del toro embolado los vejetes, que han seguido bebiendo incluso en el pueblo, están para todo menos para subir a un cadafal y ser espectadores  de una fiesta tan sosa como salvaje. Ramo se empeña en que, ya que han aguantado hasta la noche, tendrían que ver, aunque solo fuera echar un vistazo, el penúltimo festejo de la jornada: la verbena popular seguida de una fiesta ibicenca en la que los asistentes han de ir vestidos de blanco. Según detalla el programa de fiestas, el baile debería comenzar a las 00 horas, pero llegado y propasado con creces ese tiempo en el patio de las escuelas donde se celebra el bailongo apenas sí hay un grupito de personas, casi todas de mediana edad y hasta viejos como ellos.
-Son las doce, ¿por qué no comienza el baile? –pregunta Álvarez con su voz cada vez más estropajosa.
-Porque en las fiestas la puntualidad es la excepción y no la norma. No hay un solo festejo, a excepción de la entrá, que comience cuando debería. Y el baile no escapa a esa regla. Empezará a ponerse a tono a partir de la una o una y media de la madrugada –explica Ramo.
-¿Y cuándo acaba?
-Lo cierto es que no lo sé, supongo que cuando la orquesta se canse de tocar –vuelve a ser Ramo quien ofrece la repuesta.
-¡Virgen del Amor Hermoso!, no sé si ser joven sale tan a cuenta –exclama Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, en el capítulo 27, Los últimos testimonios, el episodio 113. Antes se coge al mentiroso que al cojo