viernes, 21 de junio de 2019

109. El que tuvo, retuvo y guardó para la vejez


    La cuadrilla de jubilados se ha aposentado en una carpa junto a la plaza de toros y, tras tomarse unas cañas, departen donde comer porque dada la hora que es, cerca de las dos y media, se impone almorzar. A la comida se ha apuntado Grandal que todavía sigue esperando la llamada de Bellido para que le cuente las declaraciones de Espinosa y el Chato. Álvarez se encarga de llamar para reservar mesa, a la tercera intentona encuentra sitio.
-Chicos, vamos a comer en Les Columbretes.
-¿Dónde está eso, aquí o en la playa? –quiere saber Ponte.
-En la Avenida de Benito Bayarri de la playa, exactamente en la manzana vecina donde están La Gloria y El Perero que son dos restoranes en los que ya hemos comido. Está muy bien, de hecho en cuanto a decoración, presentación de mesas y ubicación es de lo mejor que hay en el pueblo –explica Ramo.
-Lo que importa en un restorán es la cocina, ¿qué tal es? –inquiere Ballarín.
-Yo le pondría un notable sin más –quien contesta es Álvarez. Ramo discrepa, él le pondría un notable alto.
    En ese momento, el móvil de Grandal vibra, es la llamada que esperaba.
-Comisario, ¿puede hablar?
-Sí, cuéntame Bellido.
-Las declaraciones de Espinosa y Jiménez se han retrasado.
-¿Quién coño es Jiménez?
-El Chato.
-Ah, claro. Como siempre le llamamos por su mote se me había olvidado como se apellida.
-Como le decía, se han retrasado, el Chato debería haber declarado mañana a primera hora, pero ni siquiera es seguro que lo pueda hacer por la tarde. Parece que el juzgado está saturado de procesos y como es agosto y la mitad del personal está de vacaciones todos los asuntos van atrasados. Por cierto, el juzgado ha alojado al Chato en el hotel Bag que está relativamente cerca de la Audiencia. Espinosa no sé dónde para, posiblemente esté en el mismo hotel de El Grao en que estuvo la vez anterior.
   Vaya, este hombre tan pronto se hace el estrecho sobre la información que le llega del juzgado como te lo cuenta todo sin preguntarle nada, piensa Grandal que se despide del sargento agradeciéndole la confidencia.
-Compañeros, lo siento pero no voy a poder comer con vosotros. Tengo que irme a Castellón a ver si localizo a los tipos que podéis imaginaros. Quizá necesite que alguien venga conmigo para apoyarme. Uno que tenga una pinta respetable, rango en el que por supuesto estáis todos incluidos.
-Para aire respetable el más adecuado es Manolo, con esa perilla blanca que luce parece un ministro del siglo XIX –sugiere Álvarez medio en serio, medio en broma.
-¿Te viene mal, Manolo? –pregunta Grandal al aludido.
-En absoluto. Me da igual comer aquí que en Castellón.
   En el viaje hacia la capital de la provincia, Ponte le pregunta a su amigo algo que ha intuido, pero que no se ha atrevido a preguntárselo en público.
-¿Me da la impresión de que estás preocupado o son figuraciones mías?
-Cómo me conoces, zorrón, no se te escapa nada. Pues sí, lo estoy. Entre lo que he descubierto hasta ahora, y que le facilito al sargento para que a su vez lo transmita a la jueza, me he reservado un par de datos que pueden ser importantes para la instrucción. Y tengo mis dudas sobre si he obrado bien o he metido la pata.
-Bueno, depende del motivo por el que no lo hayas contado. Porque supongo que lo has hecho por alguna razón.
-Por supuesto, he pensado que podría utilizarlos para coaccionar al Chato y a Pacheco para que hablen conmigo, a ser posible antes de que lo hagan con la jueza.
-Eso no me suena que sea muy legal, pero supongo que ya lo habrás valorado.
-Por descontado. Quizá me caiga un marrón si se descubre el pastel, pero si todo saliera bien el misterio que rodea la muerte de Salazar dejaría de serlo. Intuyo que estoy a solo unos pasos de desentrañar este caso.
-Entonces, adelante. Y te doy una posible justificación a tus dudas: si ocultando esos hechos consigues descubrir quién o quiénes mataron o posibilitaron que Salazar muriera por falta de asistencia médica, lo que has hecho estaría más que justificado. Y en todo caso siempre puedes informar sobre lo que has ocultado como si acabases de descubrirlo.
-Manolo, eres mi paño de lágrimas –se congratula Grandal palmoteando la espalda de su amigo.
-¡Vaya, hombre! Me han llamado de todo en la vida, pero hasta ahora nadie me había tildado de paño de lágrimas. ¡Vivir para ver! ¿Qué tienes pensado para entrevistar a los tipos que van a declarar?
-Con Espinosa no pienso hablar. No tengo ningún arma para presionarle. Creo que lo más determinante sobre la actuación del malagueño lo revelará el laboratorio de toxicología cuando establezca si el exsindicalista fue o no envenenado con un raticida.
-¿Y con el exboxeador, qué piensas hacer?
-Al Chato pienso presionarle conque he descubierto que fue él quien le pegó la paliza a Salazar. Y hay otro hecho en el que posiblemente esté involucrado: la autopsia ha revelado que el cadáver del gaditano mostraba huellas de golpes en el rostro hechos el mismo día de su fallecimiento. Si el Chato le pegó antes, ¿por qué no pudo hacerlo también el día de autos? Aunque es impensable que unos golpes en la cara fueran causa de la muerte. Lo que más me interesa saber es cuál era el estado de Salazar cuando el Chato entró en su habitación. En cuanto a Pacheco y Sierra, al primero le puedo meter mucha presión puesto que tengo el testimonio de una testigo que la tarde del día de autos le vio bajar de la primera planta del hostal acompañado de una mujer que presumiblemente podría ser su esposa.
-¿Pero esa testigo te ha confirmado si Pacheco estuvo en la habitación de Salazar?
-No, solo que le vio bajar por la escalera que conduce a la primera planta. No puedo probar que estuviera en la habitación 16, ¿pero de dónde podía venir si no es de la habitación de Salazar? Y otro poderoso hecho para coaccionarle es que por primera vez aparece en el caso su mujer, algo que hasta ahora no había ocurrido.
-Y te queda Sierra, ¿cómo le vas a coaccionar?
-Es el más problemático porque contra él solo tengo que su coche fue visto la tarde de autos en las inmediaciones del hostal. Pero… como tengo la impresión de que Pacheco y Sierra han trabajado en cierto modo al alimón, si consigo hablar con el primero es bastante probable que también lo pueda hacer con el segundo.
-¿De dónde sacas que trabajan al alimón?
-Es más una corazonada que otra cosa, aunque hay hechos que de alguna manera la refuerzan. Tienen muchos nexos. Trabajan o han trabajado para la Junta de Andalucía, han ocupado puestos políticos de cierta importancia, son conmilitones y, sobre todo, cuando hicieron su primera declaración ante la juez del Valle vinieron juntos desde Sevilla y se hospedaron en el mismo hotel.
-Pues es cierto, son muchas casualidades juntas y te he oído decir más de una vez que no crees en las casualidades.
-Así es, Manolo, así es. Cuando hay muchas casualidades juntas desconfía de ello por principio.
   Cortan el diálogo porque han llegado a la salida de Castellón de la AP-7. Grandal enciende el GPS del coche e introduce los datos para que les conduzca al hotel Bag. Mientras sigue atento las indicaciones de la metálica voz del aparato, va pensando en cómo entrarle al antiguo boxeador. Posiblemente sea un tipo bronco y duro de pelar con lo que liarlo a base de palabras no va a resultar fácil. Por lo contrario, se dice que, como tantos pugilistas quizá no se distinga por su inteligencia… Están llegando al hotel cuando lo ha decidido: quizá lo más efectivo sea presentarse como lo que fue, un comisario de policía, pero sin usar el verbo en pasado. Es algo que no hace casi nunca puesto que sabe muy bien a lo que se arriesga, pero se dice aquello de que el que algo quiere, algo le cuesta. En recepción le informan, sin poner ninguna objeción, que el señor Jiménez no contesta, debe de haber salido. Se lo comenta a Ponte que espera en el coche en segunda fila. Mientras hacen tiempo deciden buscar un aparcamiento donde dejar el automóvil.
   En tanto, en Torreblanca, el resto de jubilados después de comer han subido al pueblo. Ramo les ha buscado unos huecos en el carro de la colla de unos sobrinos y, sentados en una sillas de enea, han visto una parte de la corrida de la tarde en la que, como el torreblanquí les había contado, el toreo consiste en azuzar al toro para que arranque y cuando eso ocurre los mozos se refugian en lo alto de los carros o se cuelan entre los soportes sobre los que pivota el techo de los carros. Lo más divertido de la tarde ha sido cuando han soltado una vaquilla y el mocerío se ha envalentonado al ver las escasas defensas del animal y se ha echado en masa a la arena para recoger las peladillas que arroja el concejal de fiestas a la par que esquivan las tarascadas del bicho. Antes de terminar la corrida se han desplazado a els Quatre Cantons para ocupar una mesa en uno de los bares y desde allí ver la eixida.
   Sin moverse del bar desde el que han visto la salida de los astados presencian el ball de plaça que, como les explica Ramo, es un ramillete de algunas de las danzas típicas del pueblo, no solo el baile sino también la música que ejecuta una rondalla de cuerda. Los danzantes, de ambos sexos aunque con predominio del femenino, van andando por parejas a lo largo del Raval y cada cincuenta o sesenta metros se detienen para ejecutar sus danzas entre los aplausos del público que copa ambas aceras de la calle. 
   En Castellón, Grandal y Ponte han encontrado donde aparcar el coche y van a meterse en una bar cuando a Ponte se le ocurre algo.
-Oye, Jacinto, y si en vez de esperar, ¿por qué no vamos a buscar al Chato? A buen seguro que un tipo como él no será de los de contemplar monumentos ni mirar escaparates, lo más probable es que se haya metido en una tasca o en cualquier bar donde ofrezcan vinos y tapas de su tierra. ¿Qué te parece?
-Pues que tendrás muchos años, Manolo, pero la cabeza la sigues teniendo como si estuvieras en la treintena. Y es que el que tuvo, retuvo.
-Sí, claro, y guardó para la vejez. ¡No te fastidia!

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 110. Bous, bous, bous

viernes, 14 de junio de 2019

108. Al guiri misterioso le ponen nombre


   Como la charla sobre el bou embolat no da para más, Ponte introduce un tema recurrente en las reuniones de la cuadrilla en esta segunda quincena de agosto: el todavía no esclarecido fallecimiento de Curro Salazar.
-Cambiando de tema, Jacinto, ¿cómo está lo del caso Pradera?, ¿te faltan muchas piezas para completar el rompecabezas?
-Algunas. Una de las piezas que falta para completar el puzle es investigar a la gente que está detrás de los que fueron enviados a Torrenostra para hablar con Salazar, los que llamamos autores intelectuales. Es de cajón que ninguno de los que pasaron por la habitación 16 el día de autos estaba allí por su cuenta y riesgo, cada uno de ellos era un emisario enviado por una persona o grupo para contactar con el exsindicalista, quizá con la salvedad del trío del maletín y del hijo. Y la pregunta que enseguida viene a la mente es ¿para qué? No es más que una especulación, pero es lógico pensar que para algo relacionado con el caso ERE del que Salazar era una pieza clave. Por lo que sé de ese mediático y politizado caso parece evidente que, si son muchas las personas que han sido imputadas, más aún deben de ser las que todavía no han emergido en el proceso, y que si Salazar se hubiese decidido a contar todo lo que sabía probablemente habría aflorado un amplio conjunto de nuevos involucrados. En ese conglomerado, de lo que se podría denominar como la parte oculta del iceberg que es el caso ERE, es donde habría que buscar a los individuos que enviaron a los mensajeros que hoy se han convertido en sospechosos de la muerte violenta de Curro.
-¿Y cómo se podría desenmascarar a esas personas o grupos a los que tildas como los autores intelectuales de la muerte de Salazar? –le interpela Álvarez.
-Eso ya es asunto de la policía y, en su caso, de los tribunales, aunque no creo que ni la una ni los otros tengan gran interés en ello. Les sobra demasiado tajo con lo que tienen entre manos del caso ERE como para meterse en otros e ignotos caladeros. Eso queda para los ociosos como nosotros que nos entretenemos con especular sobre lo que haya podido ocurrir.
-Como te conozco, a buen seguro que tú lo has hecho. Y en cuanto a los autores intelectuales, ¿estás hablando de un grupo o de varios? –quiere saber Ponte.
-De varios grupos o de distintas personas en el supuesto de tratarse de sujetos aislados, algo en lo que no creo, más bien me inclino a pensar en colectivos implicados de alguna manera en el caso ERE.
-¿Cómo has llegado hasta ese planteamiento? –inquiere Ballarín.
-Parto de la base de que la gente que llegó a estas tierras para dialogar con Salazar procedía de estamentos diferentes y predominantemente andaluces. A ver como lo explico. Por ejemplo, el caso de Pacheco y Sierra. Ambos pertenecen al mismo partido y han sido altos cargos de la Junta de Andalucía. Pero Pacheco ocupó un puesto más técnico que político pues procede de un cuerpo de profesionales al servicio de la administración andaluza. En cambio, Sierra fue el director de la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía, ente que ha mostrado ser el perejil en todas las salsas del caso ERE. Sierra pertenece a un estrato más politizado. La contraprueba de que son integrantes de grupos de presión distintos es que, aunque ambos se conocen, sin embargo llegaron hasta aquí por separado y se alojaron en diferentes hoteles. ¿Por qué?, porque quienes están detrás de ellos deben de ser grupos diferentes. Quizá el de Sierra esté formado por gente más politizada y en cambio el de Pacheco tenga más miembros de un corte más técnico, más funcionarial.
-Eso parece tener una cierta lógica –admite Ramo.
-Otro ejemplo lo tenemos en el caso de Espinosa. Siempre trabajó en la empresa privada, por consiguiente cabe suponer que quienes están detrás de él pertenezcan a ese mundo, el empresarial. Y en el caso del Chato, da igual que sea un individuo o un grupo quien le pagó por darle una paliza a Salazar y más tarde intentar rematarlo. El individuo o grupo que le envío puede pertenecer a cualquier estrato social, pero apostaría doble contra sencillo a que es gente que tiene pasta.
-¿Y qué pasa con el misterioso extranjero del día de marras?, ¿es seguro que se trataba del tal Grigol Pakelia? –pregunta Álvarez.
-Hay más de un ochenta por ciento de probabilidades que el guiri con el que se topó el trío del maletín sea Pakelia. En cuanto llegue su fotografía veremos si los pichones lo reconocen como el guiri con el que hablaron. En cuanto a quien pueda estar detrás del georgiano pasa lo mismo que con el Chato, puede ser una persona o un grupo de cualquier estrato social, pero a buen seguro a que también es gente con la tela suficiente como para contratar a un sicario como él. Y apostaría la extraordinaria de Navidad que el georgiano, que huele a matón de manual, recibió el encargo de hacerle alguna faena a Salazar con algo más físico que las meras palabras.
-Entonces, ¿consideras que el guiri es un buen candidato al que colgarle la muerte de Salazar? –insiste Álvarez.
-No he dicho eso, cuando los pichones lo encuentran en la habitación de Salazar este ya estaba en estado comatoso. Lo sabemos por las declaraciones del Chato y de Espinosa que estuvieron allí antes que el guiri. De lo que no tengo ninguna duda es que no estuvo allí para dialogar con Salazar. Como he dicho, posiblemente sus intenciones fueran realizar alguna acción física. Y no me creo en absoluto que estuviera arreglando la almohada del gaditano, de un tipo como el georgiano se puede esperar cualquier cosa menos la piedad o la compasión. Más bien cabe pensar en que el cuadrante que manipulaba puede ser un arma idónea para asfixiar a alguien que está postrado en la cama y si posiblemente no lo hizo debió ser porque la entrada de los pichones se lo impidió.
-¿Y qué pasa con la novia y el hijo de Salazar, también detrás de ellos hay sendos grupos de presión? –plantea Ponte.
-En principio, no lo creo. Esos dos van en cierto modo por libre. Lo que ya no tengo tan claro es el motivo por el que se desplazan desde Sevilla a Torrenostra. Quizá sea verdad lo que han declarado, que sus motivos eran pedirle dinero a Salazar, pero tengo dudas sobre ello. Ahora bien, tampoco creo que participaran de forma activa en el fallecimiento del gaditano. Como mucho se les podría acusar de la omisión del deber de socorro, pero poco más. Y posiblemente al chico ni siquiera eso, de hecho la jueza del caso no lo ha imputado. Y en cuanto a Rocío, cuando entró en la habitación el gaditano ya estaba moribundo. A ambos los considero inocentes del homicidio, pero tengo el pálpito de que me voy a quedar con las ganas de conocer las verdaderas razones de su aparición en este sainete.
   La charla se ve interrumpida por la inesperada llegada de un guardia civil que encarando a Grandal le interpela.
-¿Don Jacinto Grandal? –Ante la afirmación del excomisario, le hace el saludo reglamentario y luego saca un sobre de uno de sus bolsillos-. Tengo órdenes de entregarle este sobre en mano –y cuadrándose, y tras volver a saludarle, da media vuelta.
   Grandal abre el sobre y, sin sacar lo que hay dentro, echa un vistazo al interior. No hay más que una foto tamaño carné y una nota garabateada que pone: Grigol Pakelia. Esto es de Bellido, se dice. En ese momento se da cuenta de que el resto de la cuadrilla le observa atentamente, pero nadie ha abierto la boca. Opta por compartir la información y saca la foto y la nota.
-Se va a acabar el misterio sobre el extranjero que fue sorprendido por los pichones en la habitación de Salazar. Si ellos reconocen al hombre de esta foto el rompecabezas, sobre el que preguntaba Manolo, completará una de las piezas claves que le faltaba. Perdonadme, tengo que hacer unas llamadas.
   Grandal se levanta y se aleja de la plaza de toros para que el runrún que procede de la misma le moleste lo menos posible. A quien primero llama es a la Dumistrescu.
-¿Anca? Soy Grandal. Necesito que veas una foto. ¿Dónde estás?
-Trabajando en el Olimpic.
-Bien. Me voy a acercar, será solo cuestión de un minuto. ¿Dónde puedo localizar a Rocío?
-También está aquí. Como hay mucho trabajo, echa unas horas y de paso se gana unos eurillos que le vienen al pelo porque está sin un céntimo.
-Dile que también le enseñaré la misma foto que a ti. ¿Y a tu novio dónde lo puedo pillar?
-Ya se lo puede imaginar, nunca está a menos de doscientos metros de donde estoy. En este momento a menos porque está en la barra tomándose una birra. ¿También quiere enseñarle la foto?
-Sí. En quince minutos estaré ahí. Esperadme los tres. Como he dicho, será cuestión de un momento.
   Grandal vuelve a la mesa donde está la cuadrilla y pregunta:
-¿Quién tiene el coche más a mano para llevarme al Olímpic? Será cuestión de ir y volver.
-Yo lo tengo aparcado cerca de las escuelas –se ofrece Ballarín-. Lo que no sé es dónde está el Olímpic.
-Yo te indico. Vamos.
   Llegar hasta el hotel-restaurante sito en la N-340 les lleva contados minutos. En la puerta está esperando al excomisario el trío del maletín.
-Gracias por atender mi petición. Os voy a enseñar una fotografía. Como no quiero que os influyáis, aun sin pretenderlo, os la mostraré uno a uno. Comenzaré por Anca, vosotros dos –dice mirando a Rocío y a Vicentín- alejaros unos metros por favor, ya os llamo.
   Una vez solos, Grandal muestra la foto a Anca sin decirle de quien se trata.
-¿Has visto alguna vez esta cara?, fíjate bien y no contestes hasta que estés segura.
   La joven rumana no necesita demasiado tiempo.       
-Es el guiri que encontramos en la habitación del pobre señor Salazar la tarde que murió.
-¿Estás segura?
-Sí, don Jacinto, lo estoy.
-Bien, quédate conmigo.
   La misma operación la repite con la andaluza y el torreblanquí con idénticos resultados, ambos no tienen duda alguna de que la foto es la del extranjero que vieron en la habitación 16 la tarde de autos.
   ¡Por fin!, se dice Grandal, al guiri misterioso se le puede poner nombre.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, en el capítulo 26, el episodio 109. El que tuvo, retuvo y guardó para la vejez.

viernes, 7 de junio de 2019

107. Esta noche hay bou embolat


   Como el viernes el grupo de jubilados no tenía prevista ninguna actividad relacionada con el caso Pradera, decidieron el día anterior dedicarlo a seguir de cerca las fiestas patronales de Torreblanca, al menos aquellas actividades accesibles a sus muchos años. Para ello se han citado en la casa que la familia de Ramo tiene en la calle San Antonio o el Raval, como también la llaman los lugareños.
   Algo antes de las diez se juntan todos en el bar La Rulla, en la plaza de San Bartolomé que, según les cuenta Ramo, antiguamente se conocía como la Placeta de la Presó pues en ella estaba el calabozo municipal. Allí es donde los encuentra Grandal, que también se ha sumado a la fiesta, mientras espera las noticias que le pueda contar el sargento Bellido sobre las declaraciones de Carlos Espinosa y el Chato en el Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón. Están desayunando churros con chocolate que Álvarez ha comprado en una churrería móvil que se instala durante el verano en la playa.
-¿Este es el desayuno que suelen tomar aquí? –pregunta Grandal-. Si lo es, desayunan lo mismo que en muchos barrios de Madrid.
-La verdad es que no, aquí no son mucho de churros, a primera hora la mayoría de la gente se toma un café con leche y un bollo para mojar y poco más. El verdadero desayuno es algo que se hace más tarde, entre las diez y las once, más o menos –les explica Ramo.
-¿Qué demontres hace esa charanga?, van a despertar a todo el mundo –denuncia Ballarín al oír la bullanguera música de una banda callejera que en ese momento está cruzando la plazuela.
-Precisamente de eso se trata, de despertar al personal. Durante las fiestas esas bandas y rondallas recorren por la mañana las principales calles del pueblo en lo que se llama la despertà –aclara Ramo. 
   La tertulia se alarga hasta que Ramo recuerda que son cerca de las diez y media y les aguarda lo que en el pueblo llaman esmorzar y que es el auténtico desayuno de la mayoría dels torreblanquins.
-¿Y en qué suele consistir? –quiere saber Ponte.
-Generalmente, en un bocadillo con lo que hayan pillado: embutido, pescado en conserva, filete, tortilla, queso…, vale cualquier cosa, y regado con cerveza o vino peleón. El esmorzar o almorzar, para la gente que trabaja, es posiblemente la comida más grupal del día porque siempre se hace en compañía de otros, ordinariamente en un bar. Y es importante para la convivencia porque igual en toda la jornada la mayoría de trabajadores ya no se vuelven a juntar con sus amigos y compañeros. Ahora vamos al Ribet donde nos espera una torrà i vi por cuenta del Ayuntamiento. Dicho en castellano, comeremos sardinas asadas y tomaremos un vaso de vino
-¿Qué es el Ribet? –pregunta Ballarín.
-Un lugar del pueblo; bueno, realmente hay dos con el mismo nombre. Son antiguos lechos naturales de aguas pluviales, lo que también se llama rambla o riera y que aquí en algún momento debieron denominar riuet, que con los años se convirtió en ribet, nombre que se les sigue dando.
   Cuando llegan al Ribet del Raval encuentran que hay un bullicioso gentío haciendo cola y esperando que les sirvan las sardinas asadas y el vino. Al ver el gentío Grandal se desapunta del evento.
-Para tomarme unas sardinas al espetón servidor no piensa hacer cola. Os espero en alguna de las carpas de la Avenida del Mar.
   La espantada del excomisario provoca que el resto de la cuadrilla se le una y se van paseando por el Raval hasta que a la altura dels Quatre Cantons, Ramo sugiere que ese es un buen punto para quedarse y poder vivir en primer plano el evento más importante de la mañana que es la entrá de los toros que se van a correr esa tarde.  
-¿Eso de la entrá es lo que nos contaste que se parece a los encierros de Pamplona? –quiere saber Ponte.
-Se parece en que los toros corren por la calle desde el corral en el que están encerrados hasta la plaza de toros. A partir de ahí las similitudes son escasas. Los corredores no son muchos y van bastante distanciados de la torada, y los animales no son toros bravos, en el mejor de los casos son reses semicerriles que han sido toreadas en la mitad de los pueblos de la región. Aun así, para mí y para mucha gente, es lo más emocionante de las fiestas, aunque solo dure unos pocos minutos.
   A las doce en punto suena el estallido de un cohete y la calle comienza a vaciarse de personal, situándose casi todos pegados a las casas o colocados detrás de las barreras de tablones que cierran las calles adyacentes al Raval. Anticipándose a la manada pasa un cabestro de buen tamaño de cuyo ronzal tira un pastor. Luego ven que la calle se despeja del todo y que hay gente que viene corriendo, detrás de ellos la torada que más propio sería llamarla vacada porque de siete cornúpetas solo dos son toros, el resto vacas aunque alguna de ellas luce una aparatosa cornamenta. La manada pasa como una exhalación delante de los vejetes. Los animales van todos agrupados por el centro de la calle y apenas si hacen amagos de cornear a diestro y siniestro. Luego solo queda el runrún del gentío en dirección a la plaza de toros.
-Razón tenías, Pedro, de esto a los sanfermines media un mundo –asevera Ballarín-, aunque reconozco que no deja de tener su tipismo.
-¿Y ahora qué? –pregunta Grandal a quien comienza a intranquilizarle que el sargento no le llame.
-Pues ahora, si queréis, podemos ver un ratito la prova –sugiere Ramo.
-¿Y qué es la prova? –inquiere Ponte que se ve que tiene el día preguntón.
-Literalmente es la prueba de los toros y vacas que se torearán por la tarde. Se sueltan tres de los bichos que hemos visto pasar y los jóvenes los torean; bueno, más que torearlos los prueban para ver como embisten y que clase de arrancada tienen. Por cierto, hoy se prueban los toros de la ganadería de Hermanos Miró, que me han dicho que suele traer buenos ejemplares.
-¿Y dónde hay que sacar las entradas para ver la prova? –vuelve a preguntar Ponte.
-En ninguna parte. Los toros son gratis, van a cuenta del Patronato de las Fiestas que, en definitiva, es el Ayuntamiento.
-¿Y sentarse en los carros y cadafales también es gratis? - –pregunta Ballarín.
-Son propiedad privada y pertenecen a los que han pujado por el emplazamiento y los han construido, pero en la prova, como hay poca gente, puedes ponerte donde te apetezca. Por la tarde los carros están reservados a sus propietarios, familiares e invitados.
   Cuando Ponte ve la endeble escalera por la que Ramo le indica que puede subir, se niega.
-Pedro, por ahí no subo. Con la falta de tensión muscular que tengo en los brazos puedo caerme y montar un espectáculo. ¿No hay otro sitio dónde ver los toros sin poner en riesgo mi maltratado físico?
-Espera a que suban los demás y te llevo a un sitio desde donde los verás a ras del suelo.
   Ramo lleva a Ponte a la parte de la plaza lindante con la Avenida del Mar y allí, de pie y a través de los pivotes que sustentan los carros, Ponte ve la cacareada prova. Los mozos no usan capas ni muletas, ni se banderillea ni se pica al toro, ni mucho menos se le estoquea. Todo consiste en que el mocerío trata de llamar la atención de los animales para provocar su embestida. En cuanto el bicho hace el más mínimo gesto de arrancar, los mozos ponen pies en polvorosa refugiándose en lo alto de los carros o resguardándose detrás de un par de armatostes que hay en el centro de la plaza, uno de los cuales parece ser una especie de robusto banco que debe pesar lo suyo, y el otro una suerte de peana o grada a la que se accede subiendo unos peldaños por los que también podría trepar el toro, y de hecho alguno lo hace. Ponte, que nunca ha sido muy taurino, pronto se cansa del espectáculo que es más repetitivo que animado y se sienta en el bar que tiene más a mano donde pide una cerveza y allí le encuentran el resto de la pandilla que también se aposentan.
-¿Y esta tarde que festejos nos recomiendas? –pregunta Ballarín a Ramo.
-Por la tarde, a las cinco y media comienzan los toros, lo que en lenguaje oficial se llama la exhibición de bous i vaques. El toreo es el mismo que acabáis de ver, por eso no os lo recomiendo porque no parece que os haya entusiasmado. Lo más destacado es que en mitad del espectáculo se procederá a desencajonar un toro cerril que será embolado por la noche.
-Eso de embolar a un toro es cuando le ponen esas bolas de alquitrán o de otra materia en los cuernos, ¿verdad? Yo creía que lo hacían de noche –recuerda Álvarez.
-Y así es. Por la tarde solo lo desencajonarán para que la gente pueda verlo, pero la fiesta del bou embolat, que es como se llama, se hará por la noche –aclara Ramo.
¿Y lo del embolado cómo se hace? –quiere saber Ballarín.
-Al toro, mientras está encajonado o en el corral, se le atan las astas con una soga que se pasa por el agujero que tiene un pilón colocado en el centro de la plaza. Cuando sale el animal de donde estaba encajonado, un grupo de hombres tira de la cuerda a la que está atado el bicho para atraerle al pilón, lo que hay que hacer con cuidado para evitar que el toro se enrolle con la soga o se haga daño. En cuanto el animal está junto al pilón, se coloca una pinza que agarra la cuerda y que imposibilita que el toro pueda retroceder. Una vez fijado el animal, se le insertan unos herrajes con bolas en las astas. Las bolas deben distanciarse de la cara del toro para no causarle daño y suelen estar compuestas por estopa de cáñamo impregnada de un material inflamable. Cuando la operación está terminada, se prende fuego a las bolas. Entonces, un individuo, casi siempre un especialista, corta la soga que sujetaba al animal, mientras otro le retiene por el rabo para intentar frenar la salida del toro y que no pueda empitonar al que ha cortado la cuerda. Y a partir de ahí comienza la fiesta del bou embolat. Se apaga el alumbrado público y solo se ve la luz que desprenden las bolas en la oscuridad de la noche y se oyen los mugidos del asustado y dolorido animal.
-O sea, que esta noche hay bou embolat –sentencia Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 108. El guiri misterioso deja de serlo