viernes, 7 de junio de 2019

107. Esta noche hay bou embolat


   Como el viernes el grupo de jubilados no tenía prevista ninguna actividad relacionada con el caso Pradera, decidieron el día anterior dedicarlo a seguir de cerca las fiestas patronales de Torreblanca, al menos aquellas actividades accesibles a sus muchos años. Para ello se han citado en la casa que la familia de Ramo tiene en la calle San Antonio o el Raval, como también la llaman los lugareños.
   Algo antes de las diez se juntan todos en el bar La Rulla, en la plaza de San Bartolomé que, según les cuenta Ramo, antiguamente se conocía como la Placeta de la Presó pues en ella estaba el calabozo municipal. Allí es donde los encuentra Grandal, que también se ha sumado a la fiesta, mientras espera las noticias que le pueda contar el sargento Bellido sobre las declaraciones de Carlos Espinosa y el Chato en el Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón. Están desayunando churros con chocolate que Álvarez ha comprado en una churrería móvil que se instala durante el verano en la playa.
-¿Este es el desayuno que suelen tomar aquí? –pregunta Grandal-. Si lo es, desayunan lo mismo que en muchos barrios de Madrid.
-La verdad es que no, aquí no son mucho de churros, a primera hora la mayoría de la gente se toma un café con leche y un bollo para mojar y poco más. El verdadero desayuno es algo que se hace más tarde, entre las diez y las once, más o menos –les explica Ramo.
-¿Qué demontres hace esa charanga?, van a despertar a todo el mundo –denuncia Ballarín al oír la bullanguera música de una banda callejera que en ese momento está cruzando la plazuela.
-Precisamente de eso se trata, de despertar al personal. Durante las fiestas esas bandas y rondallas recorren por la mañana las principales calles del pueblo en lo que se llama la despertà –aclara Ramo. 
   La tertulia se alarga hasta que Ramo recuerda que son cerca de las diez y media y les aguarda lo que en el pueblo llaman esmorzar y que es el auténtico desayuno de la mayoría dels torreblanquins.
-¿Y en qué suele consistir? –quiere saber Ponte.
-Generalmente, en un bocadillo con lo que hayan pillado: embutido, pescado en conserva, filete, tortilla, queso…, vale cualquier cosa, y regado con cerveza o vino peleón. El esmorzar o almorzar, para la gente que trabaja, es posiblemente la comida más grupal del día porque siempre se hace en compañía de otros, ordinariamente en un bar. Y es importante para la convivencia porque igual en toda la jornada la mayoría de trabajadores ya no se vuelven a juntar con sus amigos y compañeros. Ahora vamos al Ribet donde nos espera una torrà i vi por cuenta del Ayuntamiento. Dicho en castellano, comeremos sardinas asadas y tomaremos un vaso de vino
-¿Qué es el Ribet? –pregunta Ballarín.
-Un lugar del pueblo; bueno, realmente hay dos con el mismo nombre. Son antiguos lechos naturales de aguas pluviales, lo que también se llama rambla o riera y que aquí en algún momento debieron denominar riuet, que con los años se convirtió en ribet, nombre que se les sigue dando.
   Cuando llegan al Ribet del Raval encuentran que hay un bullicioso gentío haciendo cola y esperando que les sirvan las sardinas asadas y el vino. Al ver el gentío Grandal se desapunta del evento.
-Para tomarme unas sardinas al espetón servidor no piensa hacer cola. Os espero en alguna de las carpas de la Avenida del Mar.
   La espantada del excomisario provoca que el resto de la cuadrilla se le una y se van paseando por el Raval hasta que a la altura dels Quatre Cantons, Ramo sugiere que ese es un buen punto para quedarse y poder vivir en primer plano el evento más importante de la mañana que es la entrá de los toros que se van a correr esa tarde.  
-¿Eso de la entrá es lo que nos contaste que se parece a los encierros de Pamplona? –quiere saber Ponte.
-Se parece en que los toros corren por la calle desde el corral en el que están encerrados hasta la plaza de toros. A partir de ahí las similitudes son escasas. Los corredores no son muchos y van bastante distanciados de la torada, y los animales no son toros bravos, en el mejor de los casos son reses semicerriles que han sido toreadas en la mitad de los pueblos de la región. Aun así, para mí y para mucha gente, es lo más emocionante de las fiestas, aunque solo dure unos pocos minutos.
   A las doce en punto suena el estallido de un cohete y la calle comienza a vaciarse de personal, situándose casi todos pegados a las casas o colocados detrás de las barreras de tablones que cierran las calles adyacentes al Raval. Anticipándose a la manada pasa un cabestro de buen tamaño de cuyo ronzal tira un pastor. Luego ven que la calle se despeja del todo y que hay gente que viene corriendo, detrás de ellos la torada que más propio sería llamarla vacada porque de siete cornúpetas solo dos son toros, el resto vacas aunque alguna de ellas luce una aparatosa cornamenta. La manada pasa como una exhalación delante de los vejetes. Los animales van todos agrupados por el centro de la calle y apenas si hacen amagos de cornear a diestro y siniestro. Luego solo queda el runrún del gentío en dirección a la plaza de toros.
-Razón tenías, Pedro, de esto a los sanfermines media un mundo –asevera Ballarín-, aunque reconozco que no deja de tener su tipismo.
-¿Y ahora qué? –pregunta Grandal a quien comienza a intranquilizarle que el sargento no le llame.
-Pues ahora, si queréis, podemos ver un ratito la prova –sugiere Ramo.
-¿Y qué es la prova? –inquiere Ponte que se ve que tiene el día preguntón.
-Literalmente es la prueba de los toros y vacas que se torearán por la tarde. Se sueltan tres de los bichos que hemos visto pasar y los jóvenes los torean; bueno, más que torearlos los prueban para ver como embisten y que clase de arrancada tienen. Por cierto, hoy se prueban los toros de la ganadería de Hermanos Miró, que me han dicho que suele traer buenos ejemplares.
-¿Y dónde hay que sacar las entradas para ver la prova? –vuelve a preguntar Ponte.
-En ninguna parte. Los toros son gratis, van a cuenta del Patronato de las Fiestas que, en definitiva, es el Ayuntamiento.
-¿Y sentarse en los carros y cadafales también es gratis? - –pregunta Ballarín.
-Son propiedad privada y pertenecen a los que han pujado por el emplazamiento y los han construido, pero en la prova, como hay poca gente, puedes ponerte donde te apetezca. Por la tarde los carros están reservados a sus propietarios, familiares e invitados.
   Cuando Ponte ve la endeble escalera por la que Ramo le indica que puede subir, se niega.
-Pedro, por ahí no subo. Con la falta de tensión muscular que tengo en los brazos puedo caerme y montar un espectáculo. ¿No hay otro sitio dónde ver los toros sin poner en riesgo mi maltratado físico?
-Espera a que suban los demás y te llevo a un sitio desde donde los verás a ras del suelo.
   Ramo lleva a Ponte a la parte de la plaza lindante con la Avenida del Mar y allí, de pie y a través de los pivotes que sustentan los carros, Ponte ve la cacareada prova. Los mozos no usan capas ni muletas, ni se banderillea ni se pica al toro, ni mucho menos se le estoquea. Todo consiste en que el mocerío trata de llamar la atención de los animales para provocar su embestida. En cuanto el bicho hace el más mínimo gesto de arrancar, los mozos ponen pies en polvorosa refugiándose en lo alto de los carros o resguardándose detrás de un par de armatostes que hay en el centro de la plaza, uno de los cuales parece ser una especie de robusto banco que debe pesar lo suyo, y el otro una suerte de peana o grada a la que se accede subiendo unos peldaños por los que también podría trepar el toro, y de hecho alguno lo hace. Ponte, que nunca ha sido muy taurino, pronto se cansa del espectáculo que es más repetitivo que animado y se sienta en el bar que tiene más a mano donde pide una cerveza y allí le encuentran el resto de la pandilla que también se aposentan.
-¿Y esta tarde que festejos nos recomiendas? –pregunta Ballarín a Ramo.
-Por la tarde, a las cinco y media comienzan los toros, lo que en lenguaje oficial se llama la exhibición de bous i vaques. El toreo es el mismo que acabáis de ver, por eso no os lo recomiendo porque no parece que os haya entusiasmado. Lo más destacado es que en mitad del espectáculo se procederá a desencajonar un toro cerril que será embolado por la noche.
-Eso de embolar a un toro es cuando le ponen esas bolas de alquitrán o de otra materia en los cuernos, ¿verdad? Yo creía que lo hacían de noche –recuerda Álvarez.
-Y así es. Por la tarde solo lo desencajonarán para que la gente pueda verlo, pero la fiesta del bou embolat, que es como se llama, se hará por la noche –aclara Ramo.
¿Y lo del embolado cómo se hace? –quiere saber Ballarín.
-Al toro, mientras está encajonado o en el corral, se le atan las astas con una soga que se pasa por el agujero que tiene un pilón colocado en el centro de la plaza. Cuando sale el animal de donde estaba encajonado, un grupo de hombres tira de la cuerda a la que está atado el bicho para atraerle al pilón, lo que hay que hacer con cuidado para evitar que el toro se enrolle con la soga o se haga daño. En cuanto el animal está junto al pilón, se coloca una pinza que agarra la cuerda y que imposibilita que el toro pueda retroceder. Una vez fijado el animal, se le insertan unos herrajes con bolas en las astas. Las bolas deben distanciarse de la cara del toro para no causarle daño y suelen estar compuestas por estopa de cáñamo impregnada de un material inflamable. Cuando la operación está terminada, se prende fuego a las bolas. Entonces, un individuo, casi siempre un especialista, corta la soga que sujetaba al animal, mientras otro le retiene por el rabo para intentar frenar la salida del toro y que no pueda empitonar al que ha cortado la cuerda. Y a partir de ahí comienza la fiesta del bou embolat. Se apaga el alumbrado público y solo se ve la luz que desprenden las bolas en la oscuridad de la noche y se oyen los mugidos del asustado y dolorido animal.
-O sea, que esta noche hay bou embolat –sentencia Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 108. El guiri misterioso deja de serlo

viernes, 31 de mayo de 2019

106. Dear


   Una vez terminado el intercambio de información con Bellido acerca de que no se ha investigado a los autores intelectuales del caso, Grandal opta por volver a Marina d´Or, donde Chelo debe estar esperándole . Cuando ya está en el coche recibe una llamada. Al mirar la pantalla del móvil ve que se trata de la joven rumana.
-Dime, Anca.
-Señor Grandal, quisiera hablar con usted. Será cosa de poco tiempo, tengo que contarle algo.
-Bien, pues cuéntame –El excomisario apaga el motor y se arrellana en el asiento.
-Creo que sería mejor que se lo contara personalmente –pide la muchacha.
   Grandal hace un mohín de fastidio. Me estoy convirtiendo en un confesor, todos quieren contarme cosas pero en primera persona, piensa.
-¿Es algún problema personal o algo relacionado con el caso? –quiere saber.
-Un poco de todo. Dígame dónde está e iré a verle. Me llevará Vicentín.
-¿El problema también es de tu novio? –se extraña Grandal.
-No, solo mío, pero como no tengo coche me lleva él.
-Bueno, estoy delante de la barbacoa El Chiringo, supongo que la conoces. ¿Dónde estáis vosotros?
-En el restaurante Olimpic, he encontrado trabajo aquí…, un momento, señor Grandal, que Vicentín me está diciendo algo –La interrupción dura unos segundos-. Que dice Vicentín que podemos partirnos el camino si nos vemos en el Blau, es el primer bar a la derecha que encontrará después de pasar el túnel del ferrocarril, justo en la esquina de la Vía Diagonal.
-Bueno, pues allí nos vemos.
   El excomisario tiene que esperar cerca de diez minutos hasta que ve llegar a Anca que lo primero que hace es disculparse por la tardanza. Resulta que el Olimpic está en la nacional 340, después de pasar el acceso a la AP-7, y les ha costado llegar hasta la rotonda desde la que se puede acceder directamente a Torreblanca sin necesidad de seguir por la nacional.
-¿Y tu novio? –le pregunta Grandal al ver que no la acompaña Vicentín.
-Se ha quedado en el coche, dice que no quiere saber nada más sobre el caso, que bastantes disgustos le ha proporcionado.
-Bueno, pues tú dirás.
-No sé cómo empezar –balbucea la muchacha a la que se le ve un tanto nerviosa.
-Porque no empiezas por el principio –le sugiere Grandal.
-Verá…, ayer, Nicoleta –al ver el gesto de ignorancia de Grandal, le explica-, es una compañera también rumana que trabajaba conmigo en el hostal –Es oír la palabra hostal y el excomisario despliega todas las antenas de su atención-, me confesó algo que enseguida pensé que usted debería saberlo, por eso me he atrevido a llamarle. Pues como decía, Nicoleta, no sé por qué, me contó que un hombre ya mayor con pinta de exboxeador le dio dinero para que le introdujera sin que le vieran en la habitación del señor Salazar. Y eso fue el día de la Virgen de Agosto; es decir, el 15 de este mes.
   A Grandal un calambrazo le recorre la espina dorsal. Inmediatamente piensa en Bellido, en cuanto acabe con Anca tiene que llamarle inmediatamente para que incluya el relevante dato sobre el Chato en su informe a la jueza.
-¿Y qué más te contó sobre ese hombre con pinta de exboxeador?
-Solo eso, que le llevó a la habitación del señor Salazar y le dejó allí. Ella se marchó y no volvió a verlo.
-¿Te dijo a qué hora ocurrió eso?
-No, solo que fue por la tarde.
-¿No te contó nada más?
-Nada más, señor Grandal.
-Has hecho muy bien en contármelo y te felicito por ello. Estamos un paso más cerca de que tú y tus compañeros seáis exculpados de la muerte de Salazar. Enhorabuena, Anca. Y ahora, si me disculpas, he de volver a Marina d´Or.
-Es que hay una segunda cosa que quiero contarle –dice Anca que sigue estando bastante nerviosa.
-Bien, soy todo oídos.
-Pero antes ha de prometerme que no se va a enfadar conmigo –ruega Anca.
-Te prometo que no me voy a enfadar contigo. Cuéntame.
-Pues verá…, es algo que llevo días diciéndome que tenía que contárselo, pero no encontraba el momento para hacerlo. Y ahora, al confesarme NIcoleta lo del señor que la sobornó, me he dicho que ese momento había llegado. Lo que quiero contarle es que el día en que murió el pobre señor Salazar, cuando hacia las cuatro y pico se fue el último cliente del comedor iba a salir fuera a fumarme un cigarrillo, y en ese momento vi a una pareja bajando de la primera planta. A la mujer no la conocía, pero al hombre sí…, era el paisano de Curro –El nombre familiar le ha salido inconscientemente y enseguida rectifica-, digo del señor Salazar. El hombre que bajaba era el señor Pacheco. Solo vi a la pareja unos segundos, posiblemente por eso me olvidé de ellos y no los cité en ninguna de mis declaraciones, ni ante el sargento ni ante la señora jueza. Luego si lo recordé y todavía no sé por qué no lo conté antes. ¿Me puede pasar algo por no haberlo hecho? –pregunta inquieta Anca.
    Mientras escucha la confesión de la joven, la sobreexcitada mente de Grandal piensa aceleradamente. Muchacha, me acabas de dar el instrumento con el que coaccionaré a Pacheco para que hable conmigo, e indirectamente también podré presionar a Sierra. Ahora se impone tranquilizar a la chica, se dice.
-¿Qué si te puede pasar algo? No te va a pasar nada porque más vale tarde que nunca. Por tanto, puedes quedarte tranquila porque has hecho lo correcto. Una última cuestión: ¿estás absolutamente segura de que ya no me ocultas nada más de lo que viste u oíste aquel fatídico día?
-Se lo juro por lo que más quiero, señor Grandal, solo guardaba ese secreto y ya no me queda ninguno, se lo juro.
   La primera intención del expolicía es llamar al sargento para contarle la confesión que acaba de hacerle la joven rumana, pero enseguida repliega velas. Quieto, Jacinto, quieto. Si se lo cuentas a Bellido, se lo comunicará a la jueza y te quedarás sin herramienta para chantajear a Pacheco y obligarle a que hable contigo. Y es lo que decide hacer: guardarse para sí la confesión de Anca en lo referido a Pacheco, pero en cambio confirmarle al sargento la segura estancia del Chato en la habitación de Salazar el día de autos, para que a su vez informe a la Jueza Instructora. Sin pensarlo más llama al suboficial.
-Bellido, tengo una buenísima noticia sobre nuestro caso. Un confidente me acaba de soplar que una empleada del hostal llamada Nicoleta fue sobornada por el Chato de Cazalla para que lo introdujera de tapadillo en la habitación del difunto Salazar la tarde de autos. Otra perla de la investigación que va a poner muy contenta a la jueza del Valle. A este paso, su señoría te va a poner por las nubes cuando informe de tu actuación como policía judicial del caso.
-Comisario, ni en mil años podría agradecerle lo que está haciendo por el buen fin del caso y de rebote por mi carrera. Estaba terminando el informe para su señoría del que hablamos hace un rato, ahora añadiré lo que usted ha calificado como perla, calificación que me atrevo a contradecir, más que una perla es un diamante y de los de muchos quilates.
-Ah, Bellido, a ver si te enteras de algo sobre la declaración del Chato y de Espinosa, a ver qué les puede sonsacar la jueza.
-Lo intentaré, comisario, y le dejo, tengo que incluir en el informe el dato que acaba de facilitarme. Hasta mañana.
   Grandal, satisfecho con lo conseguido en el día, se vuelve a Marina d´Or donde le aguarda su novia, eufemismo que utiliza para denominar a la que en realidad es su amante desde hace un montón de años, aunque habitualmente no hagan vida de novios salvo los lunes que es el día que Chelo descansa de sus ocupaciones como escort de lujo. El hecho de que este verano estén pasando juntos unas vacaciones es una excepción a sus reglamentadas relaciones. La excepción se originó cuándo una compañera de trabajo de Chelo se lamentó de que teniendo un apartamento en Marina d´Or no podría disfrutarlo este verano debido a que un cliente le había ofrecido irse con él tres meses a Singapur, adónde iba por cuestión de negocios. Antes de llegar al apartamento ha redondeado un plan para la noche: como sabe que a Chelo le gustan mucho las pizzas le dirá que la lleva a cenar a la pizzería La Gloria de Torrenostra, donde ya estuvieron una noche y le encantó. Y de paso, si consigue ponerla de buen humor, igual puede echarse una partida nocturna con los amigos. A ver si mato dos pájaros de un tiro, se dice.
-Pero, cari, me has sacado a mediodía ¿y esta noche también? -se sorprende la mujer-, cuando te lo propones eres un solete. ¿No será que has quedado con la pandilla para echaros una nocturna como decís vosotros?
   Grandal suelta una carcajada.
-Dear, como policía no hubieses tenido precio, tu olfato le da cien vueltas al del mejor sabueso. La verdad es que no he quedado con nadie, pero no me importaría llamar ahora a la panda y decirles que si quieren echar una partida, después de nuestra cena en La Gloria, pueden contar conmigo. Siempre y cuando reciba tu venia, naturalmente.
-¿Y desde cuándo necesitas mi venia para hacer lo que te venga en gana?
-Casi nunca, es cierto, pero esta noche, sí. Y ahora, o me dices que no te importa esperar tomando un helado o lo que te apetezca mientras echamos una partida, o no hago esa llamada.
-¡Este no es mi hombre, que me lo han cambiado! Anda, llámales y te prometo que voy a esperar sin un mal gesto a que termines las partidas que sean. Eso sí, espero que luego te portes como tú sabes… -y el gesto picarón de la mujer es más explícito que mil palabras.
   Y así termina el veinticinco de agosto, décimo día del fallecimiento de Salazar y a solo seis de que a Grandal y a sus amigos se les acabe su estancia en la Costa de Azahar. Al acabar la partida, Grandal les ha contado a los de la pandilla la confesión de Anca y como piensa servirse de ella para coaccionar a Pacheco y a Sierra para que hablen con él.
-Desde luego, figura, naciste con una flor en el culo –comenta Álvarez.
-Bueno, os dejo que tengo que recoger a Chelo –se despide el excomisario.
    Chelo está sentada en la terraza del bar Xaloc, donde ha estado tomándose un helado.
-Darling, ¿ya terminaste la partida?  
-Sí, ahora soy todo tuyo, dear.

PD.- Hasta el próximo viernes en el que publicaré el episodio 107. Esta noche toca bou embolat