viernes, 10 de mayo de 2019

103. El Cristo del Calvario


   El sargento Bellido se debate entre acceder a la petición de Grandal que quiere hablar con Pacheco y Sierra sin que se entere la Jueza de Instrucción o negarse de plano. Las razones que le ha dado el excomisario parecen convincentes. El suboficial es consciente de que en las dos primeras horas de la tarde de la Asunción está la clave para desenmarañar el misterio de la muerte de Salazar. Y es muy probable que Pacheco y Sierra tengan algo que decir sobre ese lapso de tiempo. Pero lo que pide Grandal es arriesgado: nada menos que transgredir de plano la normativa de enjuiciamiento criminal. Si trasciende que él ha participado en semejante irregularidad su expulsión del Cuerpo puede ser fulminante, pero si no lo hace es muy posible que el caso Pradera vaya a parar al archivo de casos irresueltos... Al final, vence el miedo a perder lo que ya tiene.
-Comisario, entiendo sus razones y hasta las comparto, pero no cuente conmigo para lo que me pide. Es más, esta conversación no ha tenido lugar. Como cabeza de la policía judicial del caso Pradera soy el primero que ha de velar por el estricto cumplimiento de lo que dispone la Ley de Enjuiciamiento Criminal y demás disposiciones que la desarrollan. Por tanto, olvídese de que le ayude en lo que me pide.
   Al oír la respuesta del sargento la cara de Grandal refleja su contrariedad. Dado que Bellido no es la primera vez que vulnera el ordenamiento jurídico, ya lo hizo cuando le pidió su ayuda, estaba convencido de que le facilitaría lo pedido. El semblante que muestra Grandal, entre la decepción y el enojo, termina provocando que a su lógica decisión el propio sargento le abra un portillo para no contrariar al hombre que tanto le está ayudando.
-Naturalmente, si usted se entera por algún medio de cuándo llegan a Castellón Pacheco y Sierra y puede hablar con ellos, como yo lo voy a ignorar me va a resultar imposible impedir esa reunión, de la que en todo momento voy a estar al margen.
   A Grandal le cambia el semblante. A buen entendedor, pocas palabras bastan, se dice. Visto el desarrollo de la conversación con Bellido, opta por volver a Torrenostra, tiene que hablar con sus amigos y colaboradores pues le van a resultar imprescindibles para llevar a cabo lo que está comenzando a germinar en su mente. Antes de ponerse en camino llama a Álvarez para saber dónde está la cuadrilla de jubilados
-Pues estamos en el pueblo. Como no teníamos nada que hacer, Pedro nos ha propuesto que podíamos visitar la ermita del Cristo del Calvario y la Iglesia de San Francesc que según él son de los pocos lugares visitables del pueblo.
-¿Y dónde estáis ahora exactamente?
-Pues en els Cuatre Cantarons, es el cruce de las calles San Antonio y San Cristóbal y a menos de cien metros de la Plaza de la Iglesia.
-¿Y cómo llego ahí con el coche? Estoy parado a la altura del Hotel Miramar.
-Con el coche imposible llegar, está todo cortado por las fiestas. Haz una cosa, vuelve a meterte en la nacional 340, dirección norte, y a unos trescientos metros verás a tu derecha un pequeño otero poblado de pinos y cipreses. Al llegar a su altura, sal de la carretera, aparca el coche y yo mismo te recogeré.
   Así lo hace Grandal, pasado el pequeño montículo aparca el coche metiéndose en un pequeño descampado. Allí espera unos minutos hasta que aparece Álvarez.
-Que rápido has venido. Vamos, el resto nos espera a la puerta del calvario –indica Álvarez.
-¿Un calvario?… Recuerdo que en mis tiempos de seminarista, en Semana Santa solíamos ir a uno situado en una colina que había en un pueblo cercano. El camino hasta la cima, donde había una pequeña ermita, estaba jalonado por capillitas de piedra representando cada una de las estaciones para recordar el Vía Crucis de Jesús hasta el monte Gólgota.
-Siempre me impresiona que un tipo como tú sepa tanto de ceremonias religiosas –comenta Álvarez.
-Es natural, fui seminarista algunos años, y esas cosas, no sé por qué, no se suelen olvidar.
   Durante el breve recorrido hasta la puerta del calvario, Grandal le explica que en la mayoría de pueblos españoles se denomina calvario a todo recinto en que se desarrolla el Vía Crucis, que significa literalmente el camino de la cruz; es decir, el que recorrió Jesucristo cargado con la cruz después de la sentencia de Poncio Pilatos hasta el monte Calvario donde murió crucificado. Y le cuenta que catorce son las escenas que se representan en los calvarios y que las describe de corrido como si fuera una letanía. Primera: Jesús es condenado a muerte; segunda: Jesús con la cruz a cuestas; tercera: Jesús cae por primera vez; cuarta: Jesús se encuentra con su madre, la Virgen María; quinta: el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz; sexta: la Verónica le limpia el rostro; séptima: Jesús cae por segunda vez; octava: Jesús consuela a las piadosas mujeres que lloran por él; novena: Jesús cae por tercera vez; décima: le despojan de los vestidos; undécima: clavan a Jesús en la cruz; duodécima: Jesús muere en la cruz; decimotercera: descienden a Jesús de la cruz y su madre lo recibe en su regazo; decimocuarta: Jesús es sepultado.
-¡Dios bendito!, eres un meapilas, Jacinto –le jalea Álvarez ante la exhibición memorística del excomisario.
-No digas bobadas, eso fue en otra vida.
   Delante de la puerta del calvario encuentran a Ramo, Ponte y Ballarín. El primero, que hace de cicerone, está explicándoles lo que representa para el pueblo la existencia del calvario y, sobre todo, el hecho de que en su cumbre esté emplazada la capilla que guarda el Cristo del Calvario, la imagen religiosa más respetada y querida por los torreblanquinos.
-La capilla, junto a las estaciones y la iglesia de San Francesc, la primera que tuvo el pueblo, están reconocidos como Bienes de Interés Cultural desde 2007 en la categoría de monumento. Salvo la iglesia que es anterior, el resto se construyó en el siglo XVIII.
-¿Y por qué ese Cristo es la imagen más querida por la gente del pueblo? –quiere saber Ponte.
-Porque al finalizar la primera guerra mundial, Europa se vio asolada por una epidemia letal, la mal llamada gripe española. A Torreblanca también llegó, de forma que en 1918 las muertes se triplicaron. El párroco de entonces bajó la imagen del Cristo del Calvario a la iglesia del pueblo. Al poco tiempo, los fallecimientos cesaron y los enfermos sanaron. Desde entonces, el pueblo manifiesta su agradecimiento bajando al Cristo en Semana Santa durante cinco días a la iglesia parroquial. Es lo que llaman el Quinario que, como dijo un desconocido vate local, consiste en esto: El Quinario, cinco días de oraciones para el Cristo del Calvario.
   Escuchando las explicaciones de Ramo han llegado a la puerta de la modesta capilla en la que una lámpara votiva lanza una trémula luz que no puede rivalizar con el sol de agosto. Ramo les dice que el templo de San Francesc es más interesante que la capilla. Les cuenta que fue construido en el siglo XIV, y que a finales del mismo, exactamente en 1397, sufrió un asalto berberisco en el que robaron la custodia, lo que provocó una expedición cristiana para recuperarla, acción que se convirtió en la página histórica más importante de la villa.
-¿Y cuál es esa página tan importante? –inquiere Ponte que hoy tiene el día preguntón.
-Os la cuento en otra ocasión, dejadme ahora terminar con la iglesia de San Francesc. Cómo veis, es un templo del tipo de las iglesias de la Reconquista. Tenía una funcionalidad claramente defensiva, lo prueban las diversas aspilleras, la barbacana que protegía el acceso original y las almenas insinuadas en la parte superior de los muros. Con motivo de la concesión de la carta-puebla, que se le dio al pueblo en 1576, fue reformada. Durante siglos estuvo olvidada hasta que en los últimos treinta años las autoridades locales volvieron a ocuparse de ella y hasta intentaron recuperar los frescos originales. Y ahora vamos a salir, pero pasando por las capillas de las estaciones del Vía Crucis.
   El grupo, siguiendo al improvisado cicerone, va pasando por terrazas abancaladas en las que están las capillas del Vía Crucis y a las que acompañan como guardianes modestos cipreses. En cada una de las capillas una cerámica ilustra el paso que representa y siguen así hasta que vuelven al punto de partida, la puerta de entrada al recinto.
-Bueno, pues eso es todo –resume Ramo-. Estamos en la cota más alta del pueblo. Las calles que arrancan de aquí son las que formaron el núcleo original de la población. Recuerdo que mi padre, que conoció la guerra de África, a este barrio le llamaba el Gurugú, en recuerdo al monte del mismo nombre colindante con Melilla de triste recuerdo para los españoles de entonces.
-Después del empacho cultural que nos ha brindado, Pedro, creo que se impone hacer algo más cotidiano como tomarse unas birras bien fresquitas –dice Álvarez con su impenitente falta de tacto-. Además creo que aquí el boss tiene algo que contarnos.
-Desde luego, Luis, tú eres de los que toca las cubiertas de un libro de arte y te coges tal empacho que tienen que darte ricino –le recrimina Ponte.
-Déjalo, Manolo, igual Luis tiene razón y se me ha ido la mano al contaros historias de mi pueblo. Lo único que puedo alegar en mi descargo es que tengo tan pocas ocasiones de hacerlo que cuando se me presenta una me desfogo –se excusa Ramo en una elegante respuesta a la salida de tono de Álvarez.
-Una cosa, Pedro, no creas que me olvidaré de que has prometido contarnos en otro momento esa página histórica a la que has calificado antes como la más importante de tu pueblo –recuerda Ponte.
-Pues yo tengo otra petición: que nos cuentes qué es eso de la carta-puebla, tengo curiosidad –se apunta Ballarín.
-Oye, Jacinto, ¿tú no querías contarnos algo? –pregunta Álvarez cambiando de tema.
-Es muy tarde y le he prometido a Chelo que saldríamos a dar una vuelta antes de cenar. Mañana, a las diez y media nos vemos todos en el apartamento de Álvarez. Si alguno no puede venir está disculpado. ¿Dónde queréis que tomemos esas cervezas?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré en el capítulo 25, el episodio 104. En la España más profunda, decir fiesta es decir toros

viernes, 3 de mayo de 2019

102. Entre la espada y la pared


   Tras zamparse la paella, los jubilados se quedan El Perero para jugar unas partidas de dominó. Precavidamente, tanto Álvarez como Ballarín siempre llevan una caja del juego en el maletero de sus coches. Como al ser cinco hay uno que sobra, echan a suertes quien no va a jugar que luego se reenganchará en la siguiente partida; le toca a Ponte.
-Siempre me toca bailar con la más fea –se lamenta Ponte.
-Desgraciado en el juego, afortunado en amores –le consuela Álvarez.
-Sí, anda, como que estoy yo para muchos amores –se burla Ponte pensando en sus muchos años y achaques.
-Menos cháchara y más atención al juego que luego pasa lo que pasa –les reconviene Ballarín.
   Mediada la segunda partida, Grandal recibe una llamada del sargento Bellido. Le informa que la policía de Sevilla ha localizado el domicilio del Chato de Trebujena y ya se le ha remitido, por correo certificado urgente, una citación judicial emitida por el Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón para que se persone en dicho juzgado en el día y hora señalados en la precitada comunicación. El suboficial agrega que le gustaría hablar con él al atardecer en el sitio de costumbre.
   A Grandal le falta tiempo para comunicar a sus amigos la noticia sobre el Chato.
-¿Y qué pasa si el Chato se pasa la citación por el forro de los cojones? –pregunta Álvarez que a veces le gusta exhibir un lenguaje barriobajero.
-Las citaciones judiciales son órdenes de obligado cumplimiento para todo aquel que las recibe, ya sea como investigado, querellante o testigo, como es el caso del Chato, para que preste una primera declaración ante la Jueza Instructora –explica Grandal.
-Y en concreto, ¿qué es una citación, qué contiene? –quiere saber Ballarín tan amigo de los detalles como siempre.
   A Grandal de vez en cuando le gusta ponerse en modo didáctico.
-Contiene la expresión del juez o tribunal al que debemos acudir. También el número del procedimiento y la fecha y clase de resolución en la que se acuerda la citación. Asimismo, el nombre, apellidos y domicilio del citado. Igualmente, el motivo de la citación que consistirá en la necesidad de declarar, en este caso como testigo. Por supuesto, el lugar, día y hora en que se tenga que concurrir al juzgado. Y finalmente, la advertencia de la obligación de concurrir, así como las consecuencias de no hacerlo.
-¿Y cuáles son esas consecuencias? –vuelve a preguntar Ballarín.
-Amadeo, ¿no te cansas de preguntar tanto?, que pesadito te pones a veces –le afea Álvarez.
-Mira quien fue a hablar le dijo la sartén al cazo –protesta Ballarín que dirigiéndose a Grandal reitera-. Es mi última pregunta, Jacinto. ¿Cuáles son las consecuencias?
-Según la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el testigo que pudiendo acudir al primer llamamiento judicial no concurriese incurrirá en una multa de 200 a 5.000 euros, aunque en la práctica la mayoría de juzgados suelen limitarse a dar una advertencia. Si citado de nuevo el testigo no comparece, será conducido a presencia del juez por los agentes de la autoridad por el delito de obstrucción a la justicia. Si una vez ante el juez también se niega a declarar, se le imputará un delito de desobediencia grave a la autoridad que se castiga con penas de seis meses a un año de prisión. O sea, que pocas bromas con los de las togas.
   Después de la segunda partida, Grandal les deja para acudir a la cita con Bellido, y como siempre tiene que desplazarse al hotel Marina d´Or Gran Duque donde habitualmente se reúnen.
-Tengo dos noticias, una buena y otra mala –le dice el sargento de entrada-. ¿Cuál le cuento primero?
-La buena, por supuesto.
-Pues la buena ya se la he contado, la policía de Sevilla ha localizado a José Jiménez, o sea al Chato de Trebujena, y ha sido citado para que comparezca ante la juez del Valle. En cuanto a la mala es que su señoría considera que no hay suficientes elementos de prueba para citar como testigo a Grigol Pakelia. Hasta ahora solo tenemos las declaraciones de testigos que han visto yendo de camino a Torrenostra, e incluso comiendo allí, a una persona que tanto puede ser Pakelia como no. La señora juez me pide que aporte pruebas más fehacientes para citarle como testigo. Dice que tratándose de un extranjero hay que extremar las cautelas y cuidarse mucho de no traspasar ni un pelo lo que establecen la LEC y la legislación que la desarrolla –concluye el sargento con tono abatido.
-Me da la impresión de que su señoría pertenece a los jueces que se la cogen con papel de fumar. En mi carrera he tenido que lidiar con muchos de esa especie y desde luego son una pejiguera para los que nos pateamos las calles y a veces nos tenemos que jugar el tipo. Ellos, arrellenados en sus butacones, solo se atienen a la literalidad de las normas, pero…, tranquilo, Bellido, esa traba la solucionaremos en cuanto puedas conseguir la foto de Pakelia para mostrársela a las personas que vieron a un guiri que podría ser él –le anima Grandal.
-Ya he pedido a Dirección General de Tráfico que me remita la foto de su carné de conducir y al Ministerio del Interior la foto de la Tarjeta de Identidad de Extranjero.
-Pues en cuanto las tengamos podrás ponerle los puntos sobre las íes a su señoría, metafóricamente hablando claro. Otra cuestión, ¿ha mandado las citaciones a Pacheco y Sierra para que vuelvan a declarar?
-Sí, eso he conseguido arrancárselo y no puede imaginarse lo que me ha costado. Me da en la nariz que su señoría debe estar sufriendo presiones de alguna clase para dar carpetazo al caso.
-No me extrañaría. Por mucho que la Constitución diga que la justicia es independiente de los demás poderes del Estado, lo cierto es que el ejecutivo tiene una sombra muy alargada y los jueces suelen percibirla muy bien. Unos se resisten como jabatos y otros, más moldeables, se pliegan a lo que les llega desde arriba. Siempre ha sido así y siempre será. Es un problema que tendrás que aprender a lidiar, querido Bellido, pero también te digo que con el tiempo llegas a saber decir: a sus órdenes señoría, y en cuanto te das media vuelta hacer de tu capa un sayo –le ilustra Grandal.
-Ah, se me olvidaba. La señora juez también se niega en redondo a citar a la esposa de Alfonso Pacheco. Dice que no hay ni una sola prueba que le ligue a Salazar, ni siquiera que estuviera en Torrenostra el día de autos.
   En ese momento, Grandal tiene una idea que, en principio, le parece descabellada pero que a medida que la repiensa comienza a valorar el gran potencial que puede tener. No le da más vueltas y la verbaliza.
-Se me acaba de ocurrir algo, Bellido. Necesito que me avises cuando Pacheco y Sierra lleguen a Castellón para volver a declarar.
-¿Puedo preguntar para qué, comisario? –inquiere receloso el sargento.
-Para tener una pequeña y amistosa charla con ellos.
-¡Pero eso va contra el ordenamiento, comisario! Y si la juez llega a enterarse me puede costar un expediente y hasta la carrera –dice Bellido escandalizado y levantando la voz.
-Tranquilo, Bellido, que sé lo que me hago. Si tú no lo cuentas por mí nadie lo sabrá, por tanto la jueza no podrá enterarse. Tú quedas excluido de este affaire, si hay consecuencias las sufriré yo. Y a mi edad poco pueden hacerme. Como te digo, solo quiero hablar con ellos, mejor separados que juntos, aunque si no hay posibilidad de separarlos me enfrentaré a ambos. Y te prometo que, por la cuenta que les tiene, de lo que hablemos no dirán ni palabra. Es más, jurarán sobre los Evangelios que no me han visto en su vida. Admito que es una jugada un tanto arriesgada, una especie de tiro al aire pero me he jurado que no me voy de esta tierra sin que ambos consigamos resolver el caso Pradera. Y soy muy consecuente con mis juramentos.
   Pese a la explicación del excomisario, al sargento le sigue pareciendo una barbaridad lo que le pide. No solo es alegal sino que puede resultar sumamente peligroso porque hablar con dos testigos del caso antes de que declaren puede contaminar toda la instrucción del mismo y cualquier tribunal la declararía nula. Además, no está totalmente seguro de que, a pesar de sus cautelas, alguien haya podido verle entrevistándose con el expolicía y eso podría acarrearle la incoación de un expediente disciplinario que podría concluir con una sanción y hasta con su expulsión del Cuerpo.
-Perdone, comisario, pero no acabo de ver el porqué de su interés en hablar con los dos andaluces. Es algo muy arriesgado. Si no me lo razona mejor… -El sargento deja la frase sin terminar, piensa que a buen entendedor, pocas palabras bastan.
-Vamos a ver, Bellido, ¿qué nos falta para esclarecer la muerte de Salazar? Te lo diré: nos falta saber qué pasó en su habitación entre las 15,30 aproximadamente, en que Anca retiró la bandeja del almuerzo dejándole viendo la tele, y las 17.40, hora en que Rocío va a entrar en el cuarto y no lo hace al ver al Chato dentro. En esas dos horas está la clave de la muerte de Salazar. Y entre los que le visitaban asiduamente, ¿de quiénes no sabemos nada de lo que hicieron el día de autos? Pues de Pacheco y de Sierra. Me jugaría la paga extra de Navidad que esa pareja tiene mucho que contar sobre esas dos horas.
-Pero la jueza los va a volver a interrogar y lo primero que les preguntará será eso, porque negaron que estuvieron en Torrenostra el día 15 cuando hay testigos que los sitúan en dicho lugar el día de autos –argumenta el sargento.
-Ahí le duele, Bellido. La jueza les preguntará, pero permíteme que dude de la habilidad de su señoría para sacarles la verdad. Por lo que me has contado, la del Valle tiene buena voluntad y es muy trabajadora, pero está muy verde en interrogatorios y este es su primer caso penal de cierta importancia. En cambio, yo tengo el culo pelado de interrogar a toda clase de individuos y huelo enseguida cuando mienten.
   El sargento se limpia el sudor que le perla la frente. Está entre la espada de poder resolver el caso y la pared de que como salga mal lo que pretende el excomisario se puede ver fuera del Cuerpo. ¿Qué hacer?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 103. El Cristo del Calvario

viernes, 26 de abril de 2019

101. La paella como metáfora

 
   Grandal, tras la charla con Elvi, viaja en dirección a Marina d´Or cuando recuerda que Pedro Ramo ha invitado al grupo de jubilados a almorzar en un restorán de Torrenostra. Como se va a poner Chelo si le digo que hoy tampoco almorzaré con ella, piensa. Como le apetece más comer con los amigos que con su novia se decanta por una mentira defensiva. La llama.
-Chelo, la testigo que tenía que interrogar, como trabaja de camarera, no estará disponible hasta después del almuerzo, por lo que me quedo a comer aquí y luego iré a la partida de dominó. Me tendrás que perdonar, pero ya sabes cómo son estas cosas.
   La mujer refunfuña un poco, pero como conoce bien a su hombre no extrema su enfado, al contrario le quita importancia a la ausencia.
-Bueno, no hay mal que por bien no venga. Hoy voy a tener ración doble de bronceado. Espero que ganes, al dominó, claro.
   En cuanto termina con Chelo, llama a Álvarez.
-Luis, ¿dónde estáis, en el apartamento?
-Nos pillas saliendo. Te esperamos en El Perero, el restorán en el que almorzaremos.
-¿Dónde está?
-¿Recuerdas La Gloria, la pizzería a la que llevaste a Chelo a cenar?, pues pegadito a ella pero mirando al mar.
-¿Tendré problemas para aparcar?
-Hombre, Jacinto, en Torrenostra todavía no hay esos problemas. Si no encuentras sitio en el paseo marítimo lo encontrarás en las calles de atrás.
   En las calles de atrás no, pero encuentra sitio en un descampado que está a tiro de piedra del restorán. La terraza de El Perero, bastante amplia, está a rebosar. Al personal se le ve bullicioso y con ganas de jarana y hablan tan alto que Grandal piensa que será difícil entenderse con tanto ruido ambiental. En una esquina de la terraza ve a sus amigos que le están haciendo señas. Apenas se sienta, Álvarez ya le está preguntando:
-¿Qué tal la moza, la has hecho cantar a las primeras de cambio o has tenido que aplicarle el tercer grado?
   Grandal les hace una sucinta reseña de cómo ha ido su entrevista con Elvi y de que no tuvo que aplicarle ninguna presión, le bastó con un poco de maña.
-Entonces, la contradicción de que el guiri que la invitó hable bien el castellano y el que recuerdan los pichones no, ¿cómo lo ves? –inquiere Ballarín.
-Me apunto a la tesis que tan brillantemente dedujo Manolo. Es muy posible que el hecho de que el extranjero de la habitación 16 hablase mal nuestra lengua fuese un ardid para decir lo menos posible como forma de cometer el menor número de errores, y también como pretexto para decir que no entendía si le preguntaban algo incómodo. Pero lo importante es que todos los testigos coinciden en los rasgos que no pueden alterarse: era moreno, alto y fuerte. Estoy convencido de que el extranjero que invitó a Elvi es el mismo que vieron los pichones. Ahora solo falta por comprobar si se trata del tal Grigol Pakelia que la guardia civil multó cerca de Valencia en dirección norte.
   Las explicaciones de Grandal se ven interrumpidas al aparecer unas camareras llevando lo que parecen ser los entrantes del almuerzo. Son parecidos a los que el expolicía ha probado por la mañana en Benicàssim: gambas al ajillo y sepia a la placha, a lo que se suman unos crustáceos que Grandal reconoce como cañadillas y que, desde los ya lejanos años en que estuvo destinado en Cádiz, no había vuelto a probar.
-Hombre, cañadillas, la de tiempo que no las había catado.
-Es que en Madrid no suelen ponerlas, pero aquí las hay en abundancia, las llamamos caragols punxents, literalmente caracoles punzantes –aclara Ramo.
-¿Y de plato fuerte qué tenemos? ¿La clásica paella? –supone Ballarín.
-En efecto, comeremos la clásica paella con dos variantes propias de esta tierra entre las que se cuentan los caracoles –explica Ramo.
-¿Caracoles de mar o de tierra? –quiere saber Grandal.
-De tierra.
-Huy, que asco. Yo no pienso comerlos –dice Ballarín.
-¿Pero los has probado alguna vez?
-No, pero una cosa que va por el suelo, ¿qué quieres que te diga? A mí es que todo lo que se arrastra como los gusanos, las serpientes y los caracoles me dan repelús y no forman parte de mis gustos gastronómicos –se explica Ballarín.
-Yo tampoco los he comido, pero no me importa probarlos, aunque me tendréis que explicar cómo se les quita la concha a esos gasterópodos terrestres –confiesa Ponte.
-¿Qué quiere decir gasterópodo? –pregunta Ballarín.
-La clase a la que pertenecen los caracoles. Se nota que no eres crucigramista porque lo de gasterópodo terrestre comestible es una definición que suele aparecer en los crucigramas, por eso lo sé –explica Ponte.
-Manolo, lo que has dicho de cómo quitarle la concha a los caracoles es de lo más gracioso que he oído últimamente. No se les quita la concha, al contrario se les saca de la concha. Cuando sirvan la paella ya te enseñaré cómo –comenta Ramo.
-Oye, Pedro, así que hoy es el santo patrón de Torreblanca. ¿Supongo que será el día de la fiesta grande? –quiere saber Ballarín.
-Efectivamente, hoy es la festividad de San Bartolomé, patrono del pueblo, pero ya no es la fiesta grande. Antes, cuando yo era un chaval, si lo era, sobre todo fiesta religiosa. Por la mañana había misa solemne cantada, pronunciaba el sermón un predicador de renombre y por la tarde salía una procesión, llevando al santo, que era presidida por las autoridades locales, tras las cuales marchaba la banda municipal y los fieles. Era un día en el que se acostumbraba a estrenar traje, los que podían claro, y también era el comienzo de las fiestas. Ahora, como todo se ha secularizado se ha convertido en un día más dentro del programa de festejos –explica Ramo con cierto aire de añoranza.
-Bueno, ya se sabe, a tiempos nuevos, nuevas costumbres –sentencia Ponte.
   Una voz tronante proveniente del que parece ser el dueño del restorán les interrumpe.
-Señores, la paella –anuncia exhibiendo la paellera en la que curiosamente no puede verse el arroz con su tono dorado porque la superficie está cubierta con unos papeles de cocina, singularidad que el patrón se apresura a explicar-. El papel es para que acabe de cocerse delante de ustedes. Es algo que en esta casa no tenemos costumbre de hacer, pero en honor del señor Pedro que lo ha pedido la presentamos así. Denle tres o cuatro minutos y estará en su punto.
-¿Puedo hacer una foto? –pide Ballarín.
-Todas las que quiera, faltaría más, pero será mejor que espere a que se retire el papel. ¿Señor Pedro ya se encarga usted?
-Déjalo de mi mano y gracias, Juan Manuel.
   Pasado el tiempo que ha dicho el dueño, Ramo echándole una pizca de teatralidad quita el papel y coge la paleta para servir y para rascar el socarrat, que es el arroz tostado que se queda pegado en el fondo de la paellera sin llegar a quemarse.
-Pasadme los platos y cada uno que me diga lo que le apetece.
   Cada uno va pasando con su plato y especificando sus preferencias. Grandal pide que no le ponga mucho, Ballarín que nada de caracoles, Ponte que los probará y Álvarez que de todo un poco, que si le gusta igual repite. Tras los primeros tenedores de arroz Ponte se tropieza con el primer gasterópodo, como él mismo ha recordado que también se llaman.
-A ver, Pedro, necesito tu ayuda. ¿Cómo se comen estos bichos?
-Hay que sacarlos de la concha, para ello en los restoranes de postín usan unos tenedorcillos especiales, como aquí no es el caso en su lugar ponen mondadientes. Ensarta la cabeza del caracol con el palillo y saca el cuerpo con mucho tiento para que no se parta, quítale el final que es de color negruzco y el resto te lo comes.
   Así lo hace Ponte con el mismo cuidado que si fuera un cirujano practicando una operación a corazón abierto. Lo prueba, ante la mirada expectante del resto, y luego bebe un sorbo de vino.
-La verdad es que no sabe mal, pero tampoco demasiado bien. Tiene un sabor más bien inocuo. Oye, Pedro, ¿y esta especie de judiones qué diablos son?
-Aquí se les llama bajocons o garrofons, son bajocas grandes; es decir, judías verdes grandotas que son las que obligatoriamente ha de tener la paella.
-A ver, Pedro, cuéntanos en qué se diferencia esta paella de la clásica valenciana –pide Ballarín.
-Pues mira, los ingredientes de la paella de La Plana son estos: carnes de conejo, de pollo, costilla de cerdo y caracoles. De vegetales: garrofons, dientes de ajo, judías verdes, tomates maduros, pimiento rojo, alcachofas cuando es la temporada y naturalmente arroz, mejor si es del tipo bomba. De líquidos: aceite de oliva y agua. Y para el aliño: sal, azafrán o colorante, pimentón dulce y un aderezo muy de aquí: unas ramitas de romero fresco.
-Se me acaba de ocurrir que esta paella podría ser vista como una metáfora del caso Pradera –comenta Grandal.
-No hables del caso en voz alta que te van a oír –indica Ponte señalando a la mesa que está literalmente pegada a la suya y donde reina gran jolgorio.
-Manolo, dudo mucho que nuestros vecinos estén para escucharnos con la media cogorza que llevan. Bastante hacen con mantenerse en posición vertical –le tranquiliza Grandal, que sigue con su metáfora.
   El excomisario explica que la paella que tienen delante puede ser una metáfora del caso Pradera porque contiene unos ingredientes de todos sabidos, pero con excepciones tales como los caracoles, el pimentón dulce o el romero fresco. Pues bien sigue explicando, en el caso de la muerte de Salazar existen unos actores, vendrían a ser los ingredientes, que son conocidos, pero todavía quedan, al menos, tres que no forman parte de los componentes de la paella clásica. Uno es el caracol, que en la metáfora sería el guiri todavía no identificado; otro el pimentón dulce, que podría ser el Chato de Trebujena aún no localizado; y tercero sería el aderezo de las ramitas de romero que vendrían a ser Pacheco y Sierra de los que todavía no se sabe que papel jugaron el día de autos.
-¿Pues sabes que te digo, Jacinto?, que la metáfora viene al caso como un guante a la mano. Está muy bien traída –elogia Ponte.

PD.- Hasta el próximo viernes en el que publicaré el episodio 102. Estar entre la espada y la pared.