viernes, 8 de marzo de 2019

94. Unos cardan la lana y otros crían la fama


   Grandal se ha reunido a los pichones para darles un ultimátum: o le cuentan todo, absolutamente todo cuanto saben de lo que ocurrió en la habitación donde falleció Curro Salazar o dejará de ayudarles. Y les recuerda los delitos de que pueden acusarles: falso testimonio en causa judicial, omisión del deber de socorro y hurto. Todo ello sumado puede suponer bastantes años de prisión. La realidad procesal no se ajusta a lo contado por el excomisario y él lo sabe, pero lo que intenta es atemorizar al trío para que de una vez revelen lo que sospecha que ocultan. Anca y Vicentín parece que han contado todo lo que sabían, ahora le ha llegado el turno a Rocío que antes de confesar ha preguntado si se podría negociar con la fiscalía para eludir los cargos que hay contra ella. Grandal ironiza sobre que la andaluza debe ver mucha televisión y le explica porque lo dice:
-Te he preguntado si veías muchas series de abogados porque la justicia española tiene poco que ver con la norteamericana. Aquí, antes de ser juzgado, quien tiene la última palabra en el proceso es la Jueza Instructora. Y es la que se está pensando cargaros la muerte de Salazar, por lo que el trullo lo tenéis asegurado. En consecuencia, Rocío, si tienes algo que contar ha llegado el momento, mañana posiblemente sea tarde.
   Ante la admonición de Grandal las últimas defensas de la andaluza se desmoronan. “Marditos jueses y marditos maderos, ar final se salen siempre con la suya” se dice. Y se lanza a contar lo que sabe, y que ha ocultado hasta ahora, porque de lo que se trata es de eludir la trena.
-Verá, señor comisario. Como estos días lo he pasao tan mal, se me ha hecho un lío en la chola y me he embarullao con las cosas que vi o que dejé de ver, pero lo he estao recordando deteniamente y esto es lo que le puedo contar –hace un inciso para reordenar sus recuerdos y prosigue-. La primera ves que quise entrar en la habitasión der pobre Curro no lo hise porque dentro estaba er tipo que, como ya le conté, tenía mala jeta. Ar finá he recordao su nombre, era er Chato de Trebujena, un antiguo boxeador mu conosío en Andalusía y cuyo verdadero nombre es Pepillo Jiménes. Fue quien le pegó la palisa a mi Curro unos días antes de espicharla…
   A Grandal se le acelera un poco el pulso al oír la revelación de la andaluza y, pese a que sabe que no interrumpir y tener paciencia son dos reglas básicas en los interrogatorios, corta a Rocío para preguntarle:
-¿Y qué estaba haciendo ese individuo en la habitación de Salazar, acaso le volvía a golpear?
-No lo sé. Solo lo vi un segundo porque en cuanto me di cuenta de quién era serré de gorpe la puerta.
-¿Pero viste si le estaba golpeando? –insiste el expolicía.
-No sabría desirle, en er momento en que yo lo vi estaba plantao delante de Curro que estaba sentao en er sillón.
-Lo anoto como que no le estaba atizando. ¿Qué hiciste a continuación?
-Me fui a buscar a Anca pa contarle lo que había visto y pedirle que me acompañara a la habitasión de Curro.
-¿Y por qué razón buscaste a Anca?
   Rocío mira a la rumana y le hace un gesto como diciéndole: lo siento, hoy es día de desembucharlo todo.
-Sería mu largo de contar, pero en resumen…
-No hagas resúmenes, Rocío. Cuéntamelo todo sin preocuparte por el tiempo que te pueda llevar, tenemos todo el día por delante.
   La andaluza explica como la patrona del hostal se indispuso con ella y le prohibió que fuera a visitar a Salazar mientras estuviera enfermo. Como tenía necesidad de hablar con su novio, le suplicó a Anca, hablándole de mujer a mujer, que le metiera de tapadillo en la habitación de Curro a espaldas de la bruja de la patrona. Puesto que Anca ya confesó que la sobornó, Rocío admite que prometió a la rumana un dinero para que le introdujera dónde Curro.
-… por eso fui a buscar a Anca, era la única persona que conosía y esperaba que me respardara si er Chato se ponía violento y que me sirviera de testigo por lo que pudiera pasar. En ese momento Anca tenía mucho curro y no podía acompañarme por lo que me quedé en la cafetería desde donde pude ver salir ar Chato con paso presuroso y encaminarse ar Paseo Marítimo hasta que le perdí de vista.
-¿Cuánto tiempo transcurrió entre que dejaste la habitación y viste pasar al Chato?
-No sé, dies, quinse minutos má o meno.
-Continúa, por favor.
-En cuantito vi salir ar Chato pensé que era la mía pa subir, pero no lo hise porque entonses vi entrar en er hostal ar Espinosa. No había que ser mu lista pa pensar que er pisaverde iba a ver ar Curro por lo que vorví a sentarme. Ar cabo de un ratín aparesió Anca disiendo que tenía un hueco y que podía acompañarme. Subimos a la habitasión y fue cuando encontramos ar Espinosa dándole de beber coñá ar pobre Curro. Y digo pobre porque es cuando vimos lo chungo que estaba, que a mí me dio un pasmo y a Anca supongo que también. To lo que le cuento ahora se lo puede preguntar a Anca si fue así y verá como no miento en ná.
   La rumana hace un gesto de asentimiento en respuesta a la referencia que ha hecho de ella Rocío que prosigue.
-Espinosa, como le contamos, le estaba dando de beber de una botella de coñá que a mí me paresió que no era de prosedensia nasioná. Ar ver lo malito que paresía estar Curro, dijimos de llamar a un doctor, pero er malagueño dijo que de eso ya se encargaba él. Ah, antes de eso entre los tres pasamos a Curro der sillón a la cama. Y luego, Espinosa se marchó pa llamar a un médico y a una ambulansia. Nos quedamos solas y…
-En el momento en que Espinosa abandonó la habitación, ¿Salazar estaba vivo o muerto? –la interrumpe Grandal.
-Vivo, pero mu chungo, chunguísimo. No desía ná, paresía que tampoco oía y respiraba mu malamente, pero seguía vivo. Fue entonses cuando comprendí que había que llevarlo a un hospitá y también se me ocurrió que íbamos a nesesitar su tarjeta sanitaria pa ingresarlo. Rebuscamos entre sus cosas y no la encontramos, y lo único que no pudimos abrir fue er jodío maletín, por eso nos lo llevamos. Er resto de lo susedío ya lo sabe usté. To lo que acabo de contarle es la purita verdá, por estas que son cruses –y la andaluza hace el signo de la cruz con los dos índices.
-Gracias, Rocío, por sincerarte y gracias también a Anca y Vicente. Habéis dado un paso importante, quizá decisivo para que la jueza no os emplume. Ahora, tengo que pensar en todo lo que me habéis contado y como lo manejo para salvaguardar mejor vuestros intereses.
   Grandal comienza a formarse una idea global de lo que pudo pasar en la habitación 16 la tarde del día de la Asunción. De momento es más un boceto que una pintura con los trazos y el colorido bien definido porque hay varios flecos que tiene que investigarlos más a fondo para completar el cuadro. Abre un bloc de notas que ha comprado exprofeso porque la Moleskine que usaba en su vida policial activa debe estar en algún cajón de su casa de Madrid. En el cuaderno sintetiza los puntos a investigar:
1. ¿Qué pasó en la habitación 16 desde que Anca se llevó la bandeja del almuerzo, a las 15.45 horas, dejando a Salazar perfectamente y las 18.15 en que Rocío y Anca lo encontraron casi moribundo? Ese intervalo de algo más de 2 horas es crucial para esclarecer el fallecimiento de Salazar y es el que hay que investigar a fondo.
2. En ese intervalo, al menos, dos personas estuvieron en la habitación 16. Uno, Pepillo Jiménez, más conocido como el Chato de Trebujena, al que vio la Molina sobre las 17.45 h. Otro, el llamado Carlos Espinosa, al que Rocío y Anca encontraron dándole de beber coñac a Salazar. ¿Por qué dar de beber coñac a un hombre en estado semicomatoso? Investigarlo.
3. Asimismo, la autopsia ha revelado que Salazar ingirió algún tipo de veneno, ¿tendrá ello que ver con el coñac que le estaba dando a beber Carlos Espinosa? Una pista a investigar.
4. La autopsia ha revelado que Salazar fue golpeado en la cara pocas horas antes de morir, ¿tendrá que ver con ello el Chato de Trebujena? Otra pista a investigar.
5. Si los pichones no han mentido, y estoy seguro de ello, Jiménez y Espinosa pasan a ser los primeros sospechosos de por qué Salazar pasó de estar en perfecto estado a encontrarse moribundo. Cuestión a constatar.
6. ¿Pudo entrar en la habitación 16 otra u otras personas antes de las 17.45, hora en que Rocío vio al Chato? Es posible, pero no hay ningún indicio sobre ello. Una cuestión a investigar.
7. En la tarde del día de autos, varios testigos afirman haber visto en las cercanías del hostal a Alfonso Pacheco, acompañado posiblemente por su mujer, y a Jaime Sierra. ¿Estuvo alguno de ellos viendo a Salazar? No hay pruebas de momento, pero es otra pista a investigar.
   Grandal cierra su bloc, por el momento cree que ha condensado en siete puntos los hechos e interrogantes más relevantes referidos al caso Pradera. Piensa que investigar al Chato de Trebujena y a Carlos Espinosa, por ahora principales sospechosos, queda fuera de su alcance y del de sus amigos. Tendrá que ponerlo en manos de la Guardia Civil. Reúne a su cohorte de ayudantes y les explica lo descubierto hasta ahora.
-Macho, veo que no has perdido el oficio –afirma con su habitual desparpajo Álvarez.
-En esos puntos hay muchos hilos de los que tirar –observa Ponte.
-Esas dos horas que has mencionado son la clave del problema –comenta Ballarín.
-No sabía que un crimen se investigara así –se sorprende Ramo.
-Bueno, todavía no se puede hablar de crimen, aunque sí de una muerte sospechosa –precisa Grandal.
-¿Y ahora qué hacemos, a quién investigamos? –pregunta Álvarez.
-A quienes primero hay que investigar es a ese antiguo boxeador, el Chato de Trebujena, y a Carlos Espinosa y ambos están fuera de nuestras posibilidades porque no residen aquí. Esto es un trabajo de la policía; bueno, en este caso de la Guardia Civil. Voy a llamar al sargento Bellido y le voy a contar lo que acabo de referiros.
-Ya estamos como siempre: unos cardan la lana y otros crían la fama –protesta Álvarez.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 95, “No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo”.

viernes, 1 de marzo de 2019

93. A mí es que la tele me come el coco


   Grandal encuentra sin problemas el bar La Torre ubicado junto a la única estación de servicio del pueblo y donde espera encontrarse con los pichones. Llega el primero lo que le da tiempo a seguir pensando en cómo puede apretarles las clavijas para que de una vez por todas suelten todo cuanto saben acerca de los sucesos del día de la Asunción. Se dice que meterles miedo puede ser el arma más eficaz para que canten hasta la Traviata.
   Entretanto el excomisario aguarda la llegada de los pichones, el sargento Bellido recibe una llamada de la señora Eulalia, la patrona del hostal. Ha recordado algo que no sabe si puede ser importante en relación al caso de la muerte del huésped. En cuanto oye hablar de que se trata de algo relacionado con el fallecimiento de Salazar el guardia civil no se lo piensa ni un segundo, le pide que no es necesario que suba al pueblo, será él quien baje a verla.
-Verá, señor sargento. Como en el pueblo todo se cotillea, me ha llegado el rumor, no sé si es cierto o es otro bulo de los muchos que corren por lo del fallecimiento del señor Martínez… ¡Ay!, nunca acabo de acordarme de llamarle por su nombre verdadero, me refiero a Salazar. Como le decía, corre el rumor de que la Anca, su novio y la chica andaluza encontraron a un extranjero en la habitación 16 intentando ayudar a mi huésped, que Dios tenga en su gloria. ¿Eso es así o es una de tantas trolas?
   El guardia civil no sabe si la señora Eulalia, que tiene más tiros pegados que un talibán en Afganistán, está buscando sonsacarle por lo que opta por lo más prudente: contestar a su pregunta con otra.
-Suponiendo que fuera así, ¿el día 15 alojó, registrado o sin registrar, a un extranjero?
-Sin registrar a nadie, de extranjeros solo tenía a los Dassault, una familia francesa que viene todos los años y a una pareja inglesa que también son viejos conocidos y todos estaban debidamente registrados.
-¿Y por qué me ha preguntado lo del extranjero? –la sigue interrogando el sargento.
-Verá, la pregunta viene a cuento porque he recordado que, unos días antes del triste suceso del día quince, una tarde vino un extranjero a alquilarme una habitación para un rato, supongo que para pegarse un revolcón con una furcia. Le respondí que mi hostal es una casa decente y que no alquilamos habitaciones por horas. Se puso muy pesado ofreciéndome el oro y el moro, hasta que me lo quité de encima indicándole que en la 340 hay paradores que si alquilan cuartos por horas para camioneros. Le cuento esto por si tuviera alguna relación con el extranjero que, según dicen, estaba en la habitación 16.
-¿Recuerda cómo era ese extranjero del que me habla?
-Muy alto y muy fuerte, con mucho músculo, como esos que salían en la serie de la tele Los Vigilantes de la playa.
-Por su forma de hablar, ¿de dónde diría que procedía?
-Huy, eso no lo sé. Hablaba bastante bien el castellano, pero se le notaba un acento extranjero.
-¿Me puede dar más datos?
-Era moreno, tenía el pelo negro y unos ojos que miraban con descaro. Ah, también recuerdo que tenía unas manazas como las palas elevadoras de un tractor. Y siento si le hecho perder el tiempo contándole todo esto, pero hasta que no sepa si el pobre Salazar murió de enfermedad o fue de otra cosa no podré dormir tranquila.
   Mientras la señora Eulalia le cuenta al sargento lo que ha recordado de un guiri que le pidió una habitación, los pichones han llegado al bar La Torre donde les aguarda Grandal. Tal y como ha planeado lo primero que hace el expolicía es meterles el miedo en el cuerpo contándoles una patraña y aprovechándose de la ignorancia jurídica de los jóvenes.
-Tengo malas noticias. Me ha llegado información de buena fuente de que la Jueza de Instrucción que lleva vuestro caso está muy nerviosa porque el proceso se ha torcido y no hay forma de enderezarlo. Y como los tres, que se sepa, habéis sido de los últimos que vieron a Salazar con vida está muy cabreada con vosotros porque cree que no lo habéis contado todo. Según mi informante, un comisario amigo mío de Castellón, la jueza se está pensando acusaros de un delito de falso testimonio en causa judicial y eso no es ninguna broma. El artículo 458 del Código Penal castiga dicho delito con penas de prisión y multa. Lo de la multa es lo de menos, lo verdaderamente duro es que la pena de prisión puede ser de hasta tres años. Si a todo ello sumamos la pena que os puede caer por el delito de omisión del deber de socorro que oscila entre la multa de tres meses hasta la prisión por cuatro años, más lo que añadan por el robo del maletín vuestro futuro penal es más negro que el capacho de un carbonero. Me temo que si no hacemos algo, y hoy mejor que mañana, vais a terminar en la cárcel por un montón de años.
   Al escuchar la exposición de Grandal los tres jóvenes se ponen sumamente nerviosos y todos quieren hablar a la vez preguntando al excomisario qué se puede hacer para no terminar en prisión.
-No habléis todos al mismo tiempo porque así no hay manera de entenderse. Uno a uno, veamos Rocío ¿qué estabas diciendo?
-Que argo se podrá haser, señor comisario. Usté que es un entendío en estos asuntos argo se le ocurrirá. Y por mi parte, haré lo que sea, to antes que ir a la trena.
-Por supuesto, tampoco yo quiero que os metan en el trullo, pero no veo que se pueda hacer nada sino es calmando a la señora jueza. Y lo único que hará que se sosiegue es dándole algún dato más, alguna información, algún nombre que hasta el momento no haya aparecido en la instrucción.
-Pero, don Jacinto –Anca ya descubrió que Grandal prefiere que se le llame por su nombre o apellido y no por su pasado rango policial-, ya le contamos todo lo que sabíamos, ¿qué más podemos decirle a la jueza que no le hayamos dicho?
-Perdona, Anca, pero lo que dices no es verdad. A la señora jueza le habéis ocultado datos que posteriormente me contasteis a mí. Por poner un solo ejemplo: Rocío no le dijo a la jueza lo del tipo con mala jeta que vio en la habitación de Salazar. Y tú, la última vez que hablamos me dio la impresión de que me ocultaste algo referente al caso. Y así no vamos a ninguna parte. Me ofrecí a ayudaros gratis et amore, pero si persistís en no revelar todo, repito, todo lo que sepáis de lo que ocurrió en la habitación 16 y su entorno, mejor es que vayáis olvidándoos de mí. Hoy estamos a veintidós, me quedan ocho días para terminar las vacaciones. O antes de fin de agosto está cerrada la instrucción del caso Pradera o, como me llamo Jacinto, vais a ser carne de prisión con plena seguridad.
   La parrafada de Grandal, dicha en un tono de voz duro como el pedernal, ha hecho mella en el ánimo de los jóvenes. Tanto es así que Anca se pone a llorar desconsoladamente. Vicentín está hecho un manojo de nervios y solo es capaz de pensar en el berrinche que se van a llevar sus padres si lo meten en la cárcel. Y hasta la baqueteada Rocío se ha puesto pálida y con la mirada perdida en el horizonte. El expolicía no dice nada, deja que se cuezan en su miedo ante la posibilidad de ir a la cárcel. Algo que, como sabe bien Grandal, es bastante improbable, pero que desconocen los pichones. Vicentín es el primero en reaccionar.
-Señor comisario, le juro por lo más sagrado que le he contado todo lo que sabía y todo lo que he recordado de esa tarde. Le doy mi palabra de… -el hereu no se atreve a decir de caballero ni mentar el honor-…, de hombre que no le he ocultado nada. Ni a usted ni a la jueza. Si hasta le conté lo del Volvo que era algo que se me había olvidado.
   Anca, que se está secando las lágrimas, levanta un dedo como si estuviera pidiendo permiso para ir al baño a la maestra de preescolar.
-Yo…, yo sí es verdad que hay algo que no le había dicho. No sé por qué, pero no se lo había contado –y antes de confesar Anca se dirige a Rocío con expresión compungida-. Perdóname, Rocío, pero si tenemos que contar todo lo que sabemos sobre la tarde del 15, también he de referir lo nuestro. Verá, don Jacinto, como la señora Eulalia había prohibido a Rocío que subiera a ver al señor Salazar, ella –dice señalando a la andaluza- vino a buscarme y me contó que tenía mucha necesidad de hablar con su novio por unos dineros que le debía y con los que quería pagar la hipoteca de su piso. Y me propuso que la metiera de tapadillo en la habitación. 
Como sé bien qué es la necesidad y además me ofreció un dinero que me hacía mucha falta, le dije que de acuerdo.
   Grandal no puede reprimir una mueca de desilusión, no es lo que esperaba, pero sigue presionando.
-Bueno…, y el hecho de que Rocío te sobornara ¿cambia algo todo lo demás que me has contado?
-No, señor comisario, se lo juro por mis padres. Todo lo demás que he contado es la pura verdad.
-Muy bien, Anca, pero necesito algo de más enjundia que darle a la señora jueza para que no terminéis con vuestros huesos en el trullo. Rocío, ¿tienes algo que contarnos?
   La cabeza de la andaluza es un torbellino, mientras han estado hablando Vicentín y Anca no ha hecho más que darle vueltas sobre decidir si cuenta todo lo que sabe, y que hasta ahora ha ocultado, o sigue guardándose lo que ella califica como sus comodines para negociar con la justicia si la situación se pone peligrosa para su libertad, pero… por lo que cuenta el viejo madero parece que ese momento ha llegado.
-Señor comisario, quiero haserle una preguntita: si yo supiera argo que fuera importante para aclarar lo de la muerte der Curro, ¿usté podría negosiar con la juesa o er fiscal para que no me pase na? –de pronto se da cuenta de que Anca y Vicentín la miran con ojos acusadores, por lo que añade-. Bueno, no solo a mí, también a mis dos amigos de desventuras.
-Tú debes de haber visto muchas series americanas de abogados, ¿verdad? –ironiza Grandal.
-Pues sí. Me gustaba mucho esa que se llamaba Daños y perjuisios. No sé porque dejaron de ponerla. A mí es que la tele me come el coco. ¿Por qué me lo pregunta?

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 94. “Unos cardan la lana y otros crían la fama”.

viernes, 22 de febrero de 2019

Capítulo 22. Vuelta de tuerca a unos testigos reticentes.- 92. A ver si descubrimos el filón


   Después del inesperado éxito conseguido al lograr fotografiar a Espinosa, Pacheco y Sierra sin que se hayan apercibido, el trio de ayudantes de Grandal se ha apresurado a ir a un laboratorio fotográfico para hacer unas cuantas copias en papel de las fotos de los tres testigos. Una vez en su poder las copias, al excomisario le ha faltado tiempo para entregárselas al sargento de la Guardia Civil de Torreblanca.
-Esto es un logro formidable, comisario –El suboficial se empeña en seguir llamando a Grandal por su antiguo rango policial-. Y no le voy a preguntar como las ha conseguido. Ahora mismo, voy a bajar a la playa y se las voy a mostrar a todos los empleados del hostal.
-Bellido, quiero pedirte algo al respecto, que me lleves contigo. No es necesario que me presentes, me conformo con estar a tu lado estudiando las reacciones de la gente y analizando lo que cuentan. Te prometo que molestaré lo menos posible.
-Comisario, perdóneme, pero no puedo hacerlo. Voy a llevar a cabo una indagación oficial y no puedo realizarla ante la presencia de un civil, porque eso es lo que es usted ahora.
   Grandal sabe que la objeción del guardia civil es ajustada al reglamento, pero como no se fía demasiado de las habilidades interrogadoras del sargento, como mal menor opta por sacar el mayor partido posible ante la negativa del suboficial.
-Lo sé, Bellido, lo sé, pero… Al menos, déjame ayudarte con los pichones. Como ya les interrogué no se extrañarán que sea yo quien les enseñe esas fotos -El sargento vacila, pero Grandal termina convenciéndole y le da unas copias para que pueda mostrárselas al trio de pichones, como han dado en llamar a los autores del incidente del maletín.
   La visita del comandante de puesto al hostal se cierra positivamente. Son varios los empleados que reconocen los rostros de Pacheco y de Espinosa, son menos los que identifican a Sierra como otro de los que visitaban a Salazar, pero en cambio sí le recuerdan pilotando un Opel Cabrio. En una playa más bien modesta como Torrenostra los descapotables no abundan y siempre se les echa un vistazo aunque no sean de alta gama. La identificación más firme es la del lavaplatos al declarar que cuando tras el almuerzo del día de la Asunción salió a tirar la basura de la cocina a los contenedores recuerda haber visto a Sierra cerrando la puerta de un descapotable, de color rojo por más señas. El sargento llama inmediatamente a Grandal para contarle las novedades, pero su móvil, según informa la voz metálica de la central de Movistar, está apagado o fuera de cobertura. Y así es, el viejo policía lo ha apagado porque no quiere que nadie le moleste mientras habla con cada uno de los pichones. Anca Dumitrescu es la primera a la que pide la identificación, la joven no duda en absoluto al mostrarle las fotos.
-Este –y señala el rostro de Pacheco- es el señor que salvó a Mar…, perdón, a Salazar de la paliza que le dieron y quien al día siguiente le llevó a Castellón a que le vieran los médicos. Vino a verle en más ocasiones. Era muy educado y amable, todo un caballero –Anca vacila, no sabe si contarle al excomisario algo que sabe sobre Pacheco y que hasta el momento, no sabe por qué, no se lo ha dicho a nadie, quizá porque delatar a todo un caballero es algo feo, pero su vacilación dura un segundo y continúa con las identificaciones-. Este es el señor elegante que no recuerdo como se llama y este es el que solía acompañar al señor Pacheco –remata señalando a Sierra.  
   Pese al sucinto tiempo que ha empleado la rumana en dudar, Grandal tiene todavía la mente y los sentidos muy afinados de sus años como policía y ha advertido el titubeo de la joven. Piensa que Anca sigue guardando secretos por lo que tendrá que ser más insistente con ella, aunque quizá no sea este el momento idóneo. Tras acabar con Anca continúa la ronda con Rocío Molina. La andaluza también reconoce las personas de las fotos al primer vistazo.
-Este es Sierra, este Pacheco y er lechuguino es Espinosa.
-Cuéntame más cosas de ellos –le pide Grandal.
-Sierra tuvo un cargo político importante en la Junta, era Director General o argo así y tenía bastante relasión con Curro. Nunca fuimos amigos, me trataba correctamente, pero en er fondo creo que me despresiaba. Es uno de los que está pringao en er caso ERE, ar igual que Curro y Pacheco. Ah, y por Sevilla corre er runrún de que si es mariquita. Y no sé desirle mucho más.
-¿Sabes por qué iba a ver a Salazar?
-No, pero no me extrañaría que fuera por argo der follón de los ERE.
-¿Crees que Sierra le tenía malquerencia a Salazar?
-No sé, no lo creo…, pero de los de la asera de enfrente vaya usté a saber. En cuanto a Pacheco, es der mismo pueblo que Curro, de Zahara de los Atunes. De eso se conosían, aunque no eran amigos pero tenían buena relasión. Er padre de Pacheco era boticario y er de Curro pescaor, además se llevaban bastantes años. A pesar de to, a Curro lo der paisanaje le tiraba mucho. Pacheco, que creo que es ingeniero, también tuvo un cargo de Director General en la Junta, argo relasionao con los montes y la naturalesa. Tenía menos relasión con Curro que la que tenía con Sierra. Ah, y está casao con una señoritinga sevillana que viene de una familia con más cuartos que un banquero, pero que es una bruja con más mala leche que un inspector de hasienda. Y poco más le puedo desir.
-Paisanaje aparte, ¿sabes qué relación tenía Pacheco con Salazar?
-No sabría desirle, se rumoreó que si también tendría argo que ver con lo de los ERE, pero a siensia sierta no lo sé.
-¿Sabes si Pacheco tenía algo contra Salazar?
-¡Quia!, si fue quien sarvó a Curro de que… -ha estado a punto de citar al Chato y ha tenido que detener su exposición para que el nombre del antiguo púgil no saliera de su boca-…, de que un desconosío siguiera arreándole estopa y también fue er que le llevó a que le vieran los doctores. Arfonso es buena gente, to un caballero. Y no sé más. En cuanto ar Espinosa, de ese sí que no sé na. Le conosí por primera ves aquí y solo puedo desirle que es un figurín, pero creo que también es un tipo de los que dan er pego, quiero desir que es de los que por fuera paresen una cosa y por dentro son otra. Vamos, que yo no le compraría ni una bisicleta de segunda mano.
   Grandal, como le sucedió con Anca, ha tomado buena nota de la vacilación de Rocío en su exposición y vuelve a decirse que la andaluza sabe mucho más de lo que cuenta. No va a tener más remedio que inventarse algo para hacer cantar a ambas mujeres. Visto que la Molina no da más de sí recurre otra vez a Anca para que le consiga otro cara a cara con Vicentín Fabregat, algo que la rumana logra fácilmente pues su relación con el hereu vuelve a ser como en los buenos tiempos. A Vicentín, le ocurre lo mismo que la vez anterior que lo interrogó, el nini es un membrillo que no sabe nada y que no se entera de nada… hasta que:
-Entonces, ¿no sabes nada más?
-No, señor comisario, pero… –el hereu también se ha aprendido lo de comisario-. Bueno, no creo que tenga importancia, pero soy un gran aficionado a los coches y he recordado que a este tío –y señala la foto de Pacheco-, el día que palmó el andaluz, lo vi a bordo de un Volvo V40 Cv Kinetic, que es todo un cochazo. Llevaba al lado una jaca que no estaba nada mal y debía estar castaña, quiero decir bebido o se habría debido fumar un canuto, porque quiso meterse por la calle San Juan en dirección prohibida y tuvo que dar marcha atrás para tomar la calle Cervantes.
   El sonido de las campanillas que tintinean en las máquinas tragaperras cuando dan un premio gordo es lo que ha sentido Grandal al oír la declaración del hereu. Como micólogo aficionado que fue en los tiempos que estuvo destinado en Segovia, se dice que nunca sabes dónde encontrarás la mejor seta de la campiña. Y acaba de dar con ella en la boca del membrillo de Vicentín. “O sea, que Pacheco y, posiblemente, su mujer estuvieron en Torrenostra el día de autos. A ver cómo le saco partido a esto, es más una pepita de oro que un robellón. Tengo que volver a interrogarlos”. Como ambas mujeres se han ido, vuelve a llamarlas y las emplaza a que se reúnan nuevamente con él. Rocío, que está mano sobre mano, le contesta afirmativamente, pero Anca le dice que esa mañana, como el pueblo está en plenas fiestas patronales, ha quedado con la cuadrilla de su novio en ir a las once de la mañana a la concentración de todas las collas a la calle Abeurador para recoger los pañuelos de la Crida.
-Déjate de collas y de la Crida, sea lo que sea eso. ¿Qué es más importante, recoger un pañuelo o que la jueza del número 4 no te impute cargos? Os espero, a ti, a tu novio y a Rocío en el bar Plaza. Estaré allí en media hora.
-Por favor, señor comisario, ese bar está en la Plaza Mayor, nos va a ver todo el pueblo y Vicentín no querrá venir. Tendría que ser en un sitio más discreto. ¿Le puedo proponer el bar La Torre?, está a la salida del pueblo, junto a la gasolinera. Es un sitio más apartado y además se puede aparcar fácilmente.
-Bien. Que sea en La Torre, pero estad allí en media hora. Es importante… para vosotros.
   Mientras Grandal hace tiempo para que transcurra el plazo que ha dado al trío piensa en como apretarles las tuercas a los pichones, sobre todo a Rocío y Anca. Sospecha que la andaluza le oculta información sobre aquel sujeto al que calificó como de mala jeta, información que puede ser clave en la investigación sobre la muerte de Salazar. En cuanto a la rumana también sospecha que sabe más de los que le ha contado, aunque en este caso no tiene ninguna referencia de qué es lo que le está ocultando. Respecto a Vicentín considera que le ha dicho cuanto sabe, aunque vista la valiosa información que le regaló en su última charla tendrá que volver a tirarle de la lengua. "Empezamos bien el día. Bellido ha encontrado una pepita de oro y yo otra, a ver si descubrimos el filón de donde proceden" se dice.


PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio
93. “A mí es que la tele me come el coco”.