viernes, 8 de febrero de 2019

90. Alea iacta est


   Carlos Espinosa trata de recordar los consejos que le dio el penalista que le asesoró pues ha de responder a la reiterativa pregunta de la jueza de cómo puede explicar la contradicción entre el autodominio que demostró en la habitación 16, al decir de las testigos, y su estado de shock como acaba de declarar. Su asesor jurídico le dio dos opciones de respuesta: una, que echara balones fuera como se dice coloquialmente cuando uno escurre el bulto y sale por los cerros de Úbeda; otra, que se aferrara a que estaba en estado de shock y que lo mantuviera a capa y espada. Fue esta última la que le recomendó si el interrogatorio era incisivo. El malagueño entrecierra los ojos, lo piensa e intuye que la juez del Valle no parece ser de las que comulgan con ruedas de molino. No sabe por qué en ese momento crucial recuerda a su vieja profesora de latín del bachillerato: alea iacta est, la suerte está echada, y sin pensarlo más se lanza a tumba abierta.
-No niego, señoría, que en un primer momento me mantuve muy calmo, muy dueño de mí. No es la primera vez que en uno de los hoteles que he dirigido me he encontrado en situaciones parecidas. Por tanto, se puede decir que tengo una cierta experiencia ante incidentes similares a los que nos estamos refiriendo. He de añadir que ambas testigos no mienten, su relato sobre mi comportamiento es correcto. El problema surgió cuando salí de la habitación. Como he dicho antes me dio tal shock que me trastorné y solo pensé en irme de allí lo más rápidamente posible. Y me olvidé por completo del médico, de la ambulancia y de todo. Es una de esas cosas que le ocurren a uno y que son irracionales, que no tienen explicación posible. Puede sonar a increíble, pero le juro señoría que eso fue lo que me pasó –cuando Espinosa termina su alegato, dicho en tono vehemente, está ligeramente trasudado.
   En esta ocasión, la juez no parece estar muy convencida con la declaración del malagueño porque insiste en la misma cuestión.
-Señor Espinosa, usted estaría trastornado, pero a pesar de estar en estado de shock, como declara, tuvo el suficiente control para llevarse la botella de coñac puesto que, como ha dicho, pensó que un brandy de esa categoría era una pena desperdiciarlo. Sigue existiendo una remarcable contradicción entre lo que declara y su comportamiento en la habitación 16, dentro y fuera de ella. Insisto: ¿cómo la explica?
-Señoría, ya he dicho que no puedo explicarlo porque hay reacciones que son inexplicables. Es más, soy consciente que fue una reacción totalmente irracional. Es cuanto puedo decir en mi descargo.
   La jueza decide que no tiene mucho sentido seguir insistiendo sobre la misma pregunta porque el testigo no hace más que repetir lo mismo y da por concluida la declaración. Ordena un corto receso para que el secretario termine de transcribir el acta que recoge la declaración de Espinosa. En vez de dictar la resolución, la juez opta porque declare el siguiente testigo: Alfonso Pacheco Ruiz.
   Pacheco, en su declaración ante la Jueza de Instrucción, se atiene estrictamente al guion que ha preparado con un jurista del bufete que trabaja para su suegro. En respuesta a las preguntas de su señoría explica que su estancia en la provincia de Castellón se debía a haber recibido del Director General del Medio Natural y Espacios Protegidos, dirección encuadrada en la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía, el encargo de estudiar sobre el terreno como se lleva a cabo el Plan de Prevención y Extinción de Incendios Forestales en una zona orográficamente tan abrupta como es el Maestrazgo. Una vez allí, se enteró a través de un amigo común que su paisano Curro Salazar estaba veraneando en Torrenostra. Como hacía tiempo que no lo veía un día que no tenía programada ninguna actividad se acercó a la citada localidad a visitarle. Luego cuenta el incidente de la paliza que alguien a quien no pudo reconocer le estaba dando a Salazar, no cita el nombre del Chato de Trebujena pues el abogado le ha aconsejado que mejor que no lo mencione. Y como al día siguiente se vio en la obligación moral de llevar a su paisano a una clínica de Castellón para que le hicieran una revisión médica. Después le visitó varias veces para ver como evolucionaba su estado, algunas de esas visitas en compañía de Jaime Sierra, amigo común de ambos y que también veraneaba en las cercanías. Y poco más tiene que agregar. La jueza sigue con sus preguntas:
-Usted debía saber que Francisco Salazar estaba en busca y captura por un auto del Juzgado de Instrucción número 6 de Sevilla, ¿por qué ayudó a un prófugo? –La inexperiencia de la jueza se muestra en preguntas como la que acaba de realizar.
-Señoría, era conocedor de que Salazar estaba encausado en el caso ERE, pero no que estuviera en busca y captura. Por eso no tuve ningún problema en ayudarle.
-¿Estuvo viendo a Salazar la tarde del día 15?
-No, señoría –contesta Pacheco con el mayor aplomo posible.
-¿Sabe usted si Salazar tenía enemigos o si existen personas que tengan algún motivo como para causarle la muerte?
   Pacheco recuerda uno de los consejos que le ha dado el letrado: que si le hicieran una pregunta como la que acaba de formularle la jueza declare que Salazar tenía muchos enemigos y que es posible que más de uno de ellos desease su muerte. Con ello puede desviar el foco de atención hacia otros posibles causantes del fallecimiento del exsindicalista.
-Creo que enemigos tenía muchos. Como su señoría debe saber, Salazar al estar encausado en el caso ERE, y debido a que fue el epicentro de muchos de los supuestos falsos expedientes de regulación de empleo, debía de tener mucha información al respecto y podía incriminar a mucha gente que podía desear su desaparición.   
-¿Conoce algún nombre en concreto de personas que deseaban la desaparición del señor Salazar?
-No, señoría. Creo que en Sevilla circulan muchos rumores al respecto, pero noticia fiable y veraz no conozco ninguna, por eso no le puedo dar ningún nombre concreto.
-Bien. Cuente con el mayor detalle posible qué hizo el día 15 –pregunta la instructora.
   Pacheco declara que pasó toda la mañana en la playa de la Concha de Orpesa en compañía de su mujer, que luego estuvieron comiendo en un restorán, que después se echaron una siesta, luego pasearon un rato por el Paseo Marítimo, cenaron pronto y se acostaron porque querían salir a primera hora en dirección a Sevilla…
-Estábamos alojados en el Hotel Tufi Dive Resort, lo cito porque le podrán confirmar lo que le estoy contando -concluye.
-¿Por qué se marcharon al día siguiente del fallecimiento de Salazar?
   Es otra de las muchas preguntas que ha preparado con el letrado del bufete que asesora a la empresa de su suegro.
-Porque el mismo día 15 recibí una llamada de mi Director General informándome de que mi presencia era necesaria en el trabajo y que debía regresar inmediatamente.
-¿Tiene algo más que declarar?
-No, señoría.
   La jueza se da por satisfecha con la declaración del ingeniero y da por terminado su interrogatorio. Tampoco toma de momento ninguna resolución, ha optado por terminar las declaraciones de los tres testigos citados para el día de hoy. El siguiente que declara es Jaime Sierra Ortigosa. La declaración del antiguo director de la Agencia Idea discurre por sendas parecidas a las de su colega Pacheco. Explica el motivo de su estancia en la Costa de Azahar: hacía tiempo que tenía ganas de conocerla, especialmente el enclave de Marina d´Or por la enorme publicidad que de él se hace en los medios. Cuenta igualmente, a preguntas de la instructora, como a través de Alfonso Pacheco se enteró de la agresión que sufrió Salazar y, dado que aunque no podía calificarse de amigo sí era un antiguo conocido, fue a verle al hostal donde se hospedaba. Y que luego le visitó varias veces, algunas de ellas en compañía de Pacheco sin poder precisar cuántas, para ver como evolucionaba de sus fracturas. Y que poco más puede añadir. La jueza comienza a hacerle las mismas preguntas que le planteó a Pacheco, aunque ha reformulado algunas de ellas.
-¿Sabía usted que Salazar estaba en busca y captura?
   Las respuestas de Sierra son un calco de las de Pacheco, para eso han preparado al alimón sus declaraciones.
-No, señoría. Sí sabía que estaba encausado en el caso ERE, pero no que estuviera en busca y captura.
-¿Estuvo viendo a Salazar la tarde del día 15?
-No, señoría –contesta Sierra que no puede evitar que un pequeño espasmo le sacuda el estómago.
-¿Sabe si Salazar tenía enemigos o si existen personas que tengan algún motivo como para causarle la muerte?
   La respuesta de Sierra va encaminada en idéntico sentido a la que dio Pacheco.
-El difunto Salazar era una persona que debía de tener tantos amigos como enemigos. Eso les ocurre generalmente a los que desarrollan su actividad en el ámbito sindical y político. Puedo añadir que era hombre que estuvo muy metido en lo que se ha venido en llamar el caso ERE y como uno más de los encausados también debía tener muchos enemigos, según se comenta en Sevilla. ¿De tal talante cómo para causarle la muerte? No tengo respuesta para ese interrogante, señoría.
-¿Recuerda las personas que vio visitando al fallecido Francisco Salazar?
   Ante la pregunta, Sierra duda. Le repugna involucrar a otras personas, pero como licenciado en derecho sabe que, según dispone el Código Penal español, cuando uno declara como testigo está obligado a contar cuanto sepa sobre lo que se le pregunte. Ya le ha mentido a la jueza, pero ha sido para salvaguardar un bien mayor para él: salir del juzgado sin cargos. Es igualmente sabedor que si le pillan en una mentira puede ser sancionado con multa de 200 a 5.000 euros y que si persistiere en su negativa podría ser acusado de un delito de obstrucción a la justicia. Lo de ser un chivato como se dice en su andaluza tierra no va con él, pero…

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 91. ¡Nos tocó el euromillones!

viernes, 1 de febrero de 2019

89. Una botella de Courvoisier Imperial


   La charla entre el matrimonio Pacheco-Hernández y su amigo Jaime Sierra sobre la citación que ambos hombres han recibido para declarar como testigos en el caso Pradera discurre entre ambigüedades, medias verdades y mentiras flagrantes. A Sierra le ocurre algo parecido que a Pacheco y su esposa, también está convencido de que nadie le vio entrar ni salir de la habitación del exsindicalista, por eso, y tras meditarlo detenidamente, ha resuelto no declarar que estuvo en la habitación de Salazar la tarde de los sucesos. Es consciente de que al no haber sido visto se libra de cualquier acusación, pero si confesara que estuvo allí, dado el estado en que encontró a Curro, podrían acusarle de ser el causante de su situación o, al menos, de la omisión del deber de socorro. Por eso, su repuesta a Pacheco, sobre si estuvo en la habitación de Salazar la tarde de autos es la que ha preparado cuidadosamente y la que piensa declarar ante la Juez de Instrucción:
-No llegué a ver a Curro, cuando me cansé de esperaros pensé en subir a verle, pero justo en ese instante me tropecé con un viejo amigo de mis tiempos universitarios, nos liamos… -Sierra hace una estudiada pausa tras lo de liar- y dejé de pensar en Curro y en vosotros. Y al día siguiente me volví con él a Sevilla.
   Tal y como preveía Sierra, su forma de aludir al pretendido amigo, hace que Pacheco piense: “Ciertos son los toros, este es de los que pierden aceite y se enrollan con el primero que encuentran a mano”. Acepta como buena la respuesta de Sierra y plantea otra pregunta de índole práctica:
-¿Vamos juntos a Castellón o cada uno por su cuenta? –Y sin dar tiempo a que Sierra conteste lo hace él-. Creo que sería más práctico que fuéramos juntos. Durante el camino podríamos repasar que no hubiera contradicciones en nuestras declaraciones y además el viaje nos saldría mucho más barato.
-Por mí no hay problema. ¿Vamos en tu coche o en el mío? –pregunta Sierra sin pensar en otro medio de viajar.
-Id en el nuestro –propone Macarena-. No es por fardar pero con el Volvo vais a ir más rápidos y seguros que con tu descapotable.
-Es decir, que Volvo gana, Opel pierde –concluye Sierra.
   El primero en llegar a Castellón para declarar es Carlos Espinosa y con él la teoría de Grandal sobre el modo en que viajarán los testigos andaluces se cae por el suelo. El malagueño llega a la ciudad de La Plana y lo hace como en el viaje anterior, en avión. Esta vez no aterriza en el aeropuerto castellonense de Vilanova de Alcolea sino en el de Manises, el aeropuerto de Valencia. Allí alquila un coche. Afortunadamente para el plan del excomisario, Pacheco y Sierra se han puesto de acuerdo en viajar juntos hasta Castellón, por lo que a los ayudantes de Grandal todavía les quedan oportunidades para identificarles a través del vehículo en el que van a viajar, bien en el hotel en el que se alojen, bien viéndoles aparcar en el entorno de la Audiencia Provincial, aunque esta la tienen como última opción puesto que el edificio judicial está vigilado por la Policía Nacional y podrían pillarles haciendo fotos a los testigos.
   El malagueño también es el primero en declarar. Antes de iniciar su declaración, presta juramento de decir todo lo que sepa respecto a lo que le fuera preguntado. La Jueza Instructora le advierte de su obligación de decir la verdad y en el caso de que no lo haga incurrirá en un delito de falso testimonio, según dispone el artículo 458 del Código Penal. Espinosa ha preparado su declaración con el asesoramiento de un abogado experto en Derecho Penal, buscado y pagado por los empresarios que le encargaron negociar con el exsindicalista. Por eso las respuestas de Espinosa son razonablemente coherentes. Lo primero que pregunta la juez a Espinosa es el motivo por el que visitó a Salazar el día de autos. El malagueño contesta sin vacilar:
-Por negocios, señoría. El difunto señor Salazar era un hombre que tenía muchos contactos con el mundo empresarial de media Andalucía, por eso los inversores para los que trabajo me encargaron hablarle de un negocio relativo a inversiones inmobiliarias en el Campo de Gibraltar por si pudiese interesarle a alguno de sus conocidos. La primera vez que se lo planteé me dijo que se lo pensaría. Y en esas estaba, esperando su respuesta. Por eso le visité.
   La señora juez parece dar por buena la explicación del malagueño, para a continuación plantearle otra pregunta:
-¿Y cómo vio al señor Salazar?, me refiero a su estado.
-Pues muy mal, señoría. Yo, aunque pueda sonar a inmodestia, soy hombre de cierta cultura y aunque no sé nada de medicina me di rápidamente cuenta de que Salazar estaba muy enfermo. Pensé que podía haber sufrido un ictus, un infarto o algún ataque de esa clase.
   La jueza ha llevado con tiento el interrogatorio para llegar poco a poco a las preguntas que considera cruciales.
-Y siendo un hombre de cierta cultura, por usar sus mismas palabras, ¿cómo estando en las condiciones que estaba Salazar le dio a beber coñac?
   Espinosa también ha preparado la respuesta a una pregunta que su asesor jurídico le anticipó que sería una de las que marcaría el resultado de su declaración. Su contestación es tan expeditiva como han sido las anteriores.
-Señoría, ahora en frío sé que hice mal, pero en aquel momento, ante un hombre que parecía estar yéndose, mi reacción fue instintiva, quería reanimarlo y lo primero que se me ocurrió fue darle a beber el brandy que llevaba. Que además apenas ingirió porque en el mismo instante que trataba de darle un sorbito tuvo un acceso de tos y escupió las pocas gotas que podía haber ingerido. Es una de esas acciones, señoría, que haces en caliente y que luego tú mismo te preguntas por qué lo hiciste y, como he dicho, solo hay una respuesta posible: lo hice por puro instinto, sin pensarlo.
-¿Y para qué llevaba una botella de coñac?
   Salazar suspira mentalmente, el Cabo de Hornos de la pregunta sobre el coñac parece que lo ha sorteado satisfactoriamente, buena prueba es la inocua interpelación que acaba de hacerle la instructora.
-Señoría, antes de emprender un negocio tengo por costumbre estudiar a mis potenciales clientes y uno de los rasgos que descubrí del señor Salazar era que le gustaba el coñac. Por eso compré el mejor coñac francés que pude encontrar, un Courvoisier Imperial XO. Lamentablemente, no tuve ocasión de ofrecérselo como hubiese querido.
   La instructora todavía se guarda una pregunta sobre el licor.
-En la habitación del fallecido no se ha encontrado ni el menor rastro del coñac francés que le dio, ¿qué se hizo de esa botella?
   Una vez más, el abogado penalista previó que le formularían esa pregunta, por tanto la respuesta estaba preparada y suena como muy razonable.
-No pudieron encontrar ninguna botella porque me la llevé, señoría. Pensé que un coñac de esa categoría era una pena desperdiciarlo porque a mí también me gusta. Ah, por si fuese necesaria la botella para completar el expediente del sumario, la tengo en mi domicilio de Marbella. Solo tengo que pedir que la envíen –Lo que no cuenta el malagueño es que la botella que menciona no es la que compró en el súper de Mercadona sino otra adquirida posteriormente.
   La juez se ha guardado para el final las preguntas más peliagudas.
-Según han declarado dos de las testigos del caso, Rocío Molina y Anca Dumitrescu, usted se comprometió a llamar a un médico de urgencias y a una ambulancia antes de irse de la habitación del fallecido. No existe ningún rastro de que hiciera tales llamadas. ¿Por qué no las hizo?
   La pregunta es la que más teme Espinosa, pues es la más comprometedora, y la que más dolor de cabeza causó a su asesor jurídico para buscar una respuesta que sonara como medio razonable.
-Señoría, a fuer de sincero he de decir que el estado en que vi al pobre Salazar me provocó tal shock que, por usar una frase coloquial, perdí los papeles, me trastorné y solo pensé en volver al hotel. Mire si iba ofuscado cuando salí del hostal que ni siquiera recordé donde había aparcado el coche y me costó un buen rato encontrarlo.
-Según las citadas testigos –La instructora sigue apretando las tuercas al malagueño-, mientras estuvo usted en la habitación 16 dio en todo momento la impresión de estar muy sereno y de controlar la situación. Fue usted quien propuso que lo primero era acostar a Salazar y que luego habría que llamar a un médico y a una ambulancia. Incluso cuando la señorita Dumitrescu le propuso que le acompañaba para buscar al médico, usted contestó que no la necesitaba pues se bastaba para ello. Su tranquilidad y dominio de la situación mientras estuvo con ambas mujeres no se compadece con que le diera un shock que le trastornara. ¿Cómo puede explicar esa notable antinomia, esa contradicción entre lo que acaba de declarar y lo que han contado las precitadas testigos?
   Las palabras de la jueza del Valle resuenan en la mente de Espinosa como un potente eco. Por primera vez desde que comenzó el interrogatorio, el malagueño vacila. Hasta ahora, la declaración ha ido razonablemente bien, no en vano la ha preparado cuidadosamente con el asesoramiento de un experto penalista. Sus respuestas han sido claras, directas y aceptablemente lógicas, hasta que ha llegado a la pregunta crítica de cómo puede explicar su comportamiento mientras estuvo en la habitación donde yacía gravemente enfermo Salazar. Cómo explicar la conducta de hombre equilibrado y dueño de sus actos, pero que al salir no llamó al médico y a la ambulancia como prometió a ambas mujeres. Cómo puede explicar una contradicción de tal calibre. Es consciente de que en virtud de la contestación que dé y de que la jueza se la crea va a depender su futuro procesal. Hace un rápido repaso mental de los consejos de su asesor jurídico y se dispone a sortear de la mejor manera posible el dardo envenado de la pregunta de la instructora.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 90. Alea iacta est

viernes, 25 de enero de 2019

88. Una cajera lenguaraz


   Grandal, que continúa en el apartamento del hijo de Álvarez, sigue poniendo al día a Ballarín sobre el misterio de la muerte de Salazar. Cuando están a punto de marcharse aparecen Álvarez y Ponte. Si les hubiera tocado la lotería no se les vería tan contentos. El primero va directamente al frigorífico y saca varios botellines de cerveza.
-Amigos, camaradas de armas, somos más grandes que el que inventó los calzoncillos largos.
-Vamos a tomarnos unas cervezas que nos las hemos ganado –secunda Ponte pese a que no es muy proclive a esa clase de manifestaciones.
-Bueno, nos tomamos las birras y mientras nos contáis a que viene tanto jolgorio –pide Grandal.
   La exultante alegría de la pareja Álvarez-Ponte proviene de que su viaje al supermercado de Mercadona, próximo al hotel en el que estuvo hospedado Carlos Espinosa, ha sido como descubrir un filón aurífero. En el súper han tenido que hacer muchas preguntas porque solo tenían dos referencias a las que agarrarse: una compra que hizo un cliente que tenía acento andaluz y que la hizo la festividad de la Asunción. Cuando estaban a punto de tirar la toalla, se han tropezado con una cajera amiga de darle a la sin hueso que estuvo de servicio en dicha fecha y que no ha olvidado tres cosas que le pasaron en un día tan señalado y que es festivo en media Europa: una, que estaba de muy mala leche porque en una fecha tan señalada el súper debería estar cerrado y allí estaba ella y otros compañeros dando el callo; otra, que ese día, como no podía ser de otro modo, hubo contados compradores con lo que el público demostraba tener más sentido común que la empresa; la tercera, que recuerda a un cliente más elegante que un tipo de los que anuncian modelos de marca, al que nunca había visto, y que hablaba al modo de los pijos andaluces. Y lo recuerda porque hizo una compra de lo más extravagante: se llevó una botella de coñac francés, no recordaba la marca, unos paquetes de Kleenex y, ¡pásmense!, un raticida. ¿Para qué podría querer el matarratas un figurín como aquel? fue el último comentario de la lenguaraz cajera.
-¡Bingo! –grita Grandal-. A esa cajera la vamos a proponer como policía honoraria. Su pregunta no puede ser más aguda: ¿para qué podía querer un raticida un tipo como Carlos Espinosa?
-¿Estáis seguro de que se trataba de Espinosa? –pregunta Ballarín ya metido de lleno en el caso.
-Seguro al cien por cien, no –aclara Grandal-, pero apostaría la paga extra de Navidad que era él. Los datos que aporta la cajera le retratan: bien vestido, andaluz y comprando en el súper más cercano al Hotel del Golf en el que sabemos que se hospedó Espinosa. Y seguramente la botella de coñac francés que adquirió debió ser con casi seguridad el coñac que el malagueño le dio a beber a Curro.
-Si os soy sincero, a mí lo del matarratas me ha dejado de piedra –confiesa Álvarez- . ¿A quién querría envenenar ese fulano, porque a los ratones seguro que no?
-A Salazar –afirma Grandal con contundencia-. Ese se quería cargar a Salazar. Posiblemente lo intentó. Hay un análisis toxicológico pendiente de resultado que podrá aportar pruebas de si en el cuerpo de Salazar hay restos de raticida. Si es así tenemos al malagueño cogido de los huevos. Como diría un economista hablando de la crisis: comenzamos a ver luz al final del túnel.
   Mientras los jubilados festejan sus descubrimientos, la instrucción del caso Pradera sigue el proceso habitual. Por las declaraciones de la terna del maletín la Juez Instructora sabe que, además de dichos testigos, otras personas estuvieron en la habitación 16 el día de autos, uno de ellos es Carlos Espinosa Valgrande. Asimismo, de la deposición de otros testigos iniciales, especialmente de las del hijo y de la exnovia de Salazar, se sabe que conocían y habían visitado varias veces a Salazar, Alfonso Pacheco Ruiz y Jaime Sierra Ortigosa. Todos ellos, una vez localizados sus respectivos domicilios por las Fuerzas de Seguridad del Estado, han recibido la citación del Juzgado de Instrucción número 4 de la Audiencia Provincial de Castellón para comparecer ante el mismo con el fin de declarar como testigos sobre el supuesto fallecimiento violento de Francisco Salazar Jiménez. Las citaciones oficiales contienen la expresión de la jueza ante la que deberán acudir, el número del procedimiento y la fecha y clase de resolución en la que se acuerda la citación, el motivo de la misma que consistirá en la necesidad de declarar en calidad de testigos sobre el caso precitado, el lugar, día y hora en que tendrán que concurrir al juzgado y, finalmente, la advertencia de que tienen obligación de comparecer y la prevención de las sanciones que se pudiesen derivar en el supuesto de no acudir. 
   Puesto que el matrimonio Pacheco-Hernández estaba convencido de que nadie les había visto entrar ni salir de la habitación de Salazar la fatídica tarde del 15 de agosto, la citación para declarar les ha sentado como un mazazo. Pasado el susto inicial han respirado cuando se han dado cuenta de que la citación solo es para Alfonso y no menciona para nada a Macarena. Después de darle mil vueltas, la pareja toma tres determinaciones. Una, no mencionar en ningún momento su visita a Salazar el quince de agosto; dos, ocultar que Macarena acompañó a su marido; y tres, pedir ayuda al padre de ella para que el bufete que lleva el asesoramiento jurídico de sus negocios ayude a Alfonso a preparar su declaración; eso sí, ocultándole también lo que realmente sucedió. Se mantendrán en la historia de que el ingeniero fue a ver a su paisano varias veces a raíz de que le salvara el día que un desconocido le agredió.
   Cuando el matrimonio casi tiene su plan ultimado les sorprende una llamada de Jaime Sierra, el antiguo director de la Agencia IDEA necesita hablar con ambos a la mayor brevedad. Desde que se fueron de la Costa de Azahar no se han vuelto a ver, ni siquiera han hablado por teléfono. Lo que quiere informarles Sierra es que también ha sido citado para declarar como testigo ante el Juzgado de Instrucción de Castellón que lleva el caso Pradera.
-¿Cómo se habrán enterado de que estuvimos en un lugar cómo aquel que ni siquiera aparese en la mayoría de mapas? –pregunta Macarena.
-Elemental, querida –Sierra enmascara todo lo posible la antipatía que siente hacia la mujer-, debieron ser muchas las personas que nos vieron visitando a Curro y, aunque no supieran nuestros nombres, en cuanto la policía ha comenzado a tirar del hilo les ha debido resultar fácil localizarnos. Pero ahora esa no es la cuestión, ya estamos citados y hay que comparecer.
-Y si no compareséis, ¿qué pasa, os pondrán una multa o algo así?
-No digas sandeces, Macarena –como le parece que está siendo demasiado desconsiderado con la mujer, Sierra hace una concesión-, aunque en parte llevas razón. En efecto, si no compareces a declarar sin causa justificada te pueden multar de 200 a 5.000 euros en el primer llamamiento, pero si tampoco lo haces en la segunda citación el Juez Instructor puede mandar a la fuerza pública detenerte y ser conducido ante él. Es más, puede abrirte una causa penal por delito de desobediencia a la autoridad. Y no querrás que a tu señor marido y al que suscribe los conduzcan a Castellón entre dos guardias civiles.
-Entonces, Jaime, ¿qué hacemos? Como estudiaste derecho algo se te habrá ocurrido –sugiere Pacheco.
-Antes que nada una pregunta, Alfonso: ¿tienes idea de por qué no ha sido citada Macarena dado que estuvo contigo en el viaje a Castellón?
-Pues no, pero en cierto modo me parece lógico. Macarena en ningún momento estuvo en contacto con Curro –Pacheco también le oculta a su colega la participación de su esposa.
-Bien. Ahora deberíamos de ponernos de acuerdo sobre las declaraciones que vayamos a realizar. Lo peor que nos puede pasar es que nuestras informaciones se contradigan. Y antes, otra pregunta: el día 15 quedamos por teléfono en hablar conjuntamente con Curro esa tarde. Yo os estuve esperando delante del hostal, pero no aparecisteis. ¿Llegasteis a visitar a Curro?
-No, ni siquiera fuimos a Torrenostra –miente Pacheco-. Ya sabes que a Macarena nuestro amigo Curro le caía como a un Santocristo un par de pistolas y cuando le dije que debíamos verle se puso como una fiera. Tuvimos tal bronca que al final desistí de ir. La verdad es que la pelotera me puso de tan mala leche que se me olvidó llamarte para contarte que no iba a ir. Y como ese mismo día por la noche me llamo mi director instándome a que tenía que volver a Sevilla sin demora, nos volvimos y se me fue de la cabeza todo lo referente a Curro.
   Sierra, que no es ningún badulaque, no se cree la historia que acaba de contarle Pacheco, pero decide pasar a lo que ahora urge: ponerse de acuerdo para que sus respectivas declaraciones no se contradigan. El paralelismo entre lo que van a contar a la instructora lo alcanzan con bastante rapidez, pero hay un punto en el que difieren: el motivo por el que se encontraban en la provincia de Castellón. Pacheco tiene una buena justificación de porqué estaba en la provincia: estudiar el plan de prevención de incendios forestales en el Maestrazgo. Sierra, en cambio, no tiene coartada alguna en la que apoyar su estancia en tierras de La Plana. Alfonso, en un arranque de generosidad auspiciado por su mala conciencia, le ofrece que pueden declarar que pensaban pasar unos días juntos él y su mujer con Jaime y su pareja, aunque en el último momento la pareja de Jaime no pudo ir. Por eso estaban en sendos hoteles de la misma localidad, Orpesa del Mar. En eso quedan. Antes de dar por terminado el encuentro, Pacheco le hace una pregunta a Sierra que le está quemando la lengua desde el principio de la charla:
-Oye, Jaime, ¿y tú la tarde del 15 si viste a Curro?
   “Vas listo si pretendes sacarme la verdad, te voy a dar tu misma medicina: mentiras a tutiplén” se dice Sierra.

PD.- Hasta el próximo viernes