viernes, 7 de diciembre de 2018

81. Y me vuelvo por donde vine


   La juez que instruye el caso Pradera ha puesto a Rocío Molina en libertad con cargos. Se le acusa de los presuntos delitos de omisión del deber de socorro y de hurto. Asimismo se le ha hecho saber que tendrá que volver a comparecer ante la misma juez pues quiere someterla a un careo con Anca Dumitrescu y Vicente Fabregat y a otro, vis a vis, con la joven rumana. Después de Rocío comparecen ante la jueza del Valle, primero Anca, luego Vicentín y finalmente Salazar junior. Sus declaraciones son un calco de las que realizaron ante la Guardia Civil. La juez les deja en libertad, pero a la rumana y al torreblanquino con cargos, a Anca los mismos que a Rocío y a Vicentín el de hurto.
   El careo entre el trío sobre lo ocurrido en la tarde de autos acaba en agua de borrajas.
Los tres se reafirman en lo dicho previamente y la instructora no encuentra ninguna discrepancia entre las distintas declaraciones, por lo que ese apartado de la instrucción lo cierra por el momento a expensas de nuevas investigaciones.
   El siguiente careo es entre Rocío Molina y Anca Dumitrescu. Aunque ambas mujeres nunca se llevaron demasiado bien el episodio del maletín las ha unido en cierta forma y ello se ha notado en la confrontación. Sus declaraciones han sido coincidentes en casi todo salvo en pequeños e irrelevantes detalles. La rumana por la cuenta que le tiene ha respaldado la historia de la andaluza de que lo que buscaban en el maletín eran los papeles de la seguridad social de Salazar. En lo que ambas no han sabido dar respuestas convincentes es porqué dejaron solo al gaditano pese a que se encontraba tan enfermo. La respuesta de que esperaban que llegaran el médico y la ambulancia que había prometido buscar Carlos Espinosa no convence a la juez hasta que no interrogue a dicho individuo del que ya ha pedido a la policía su identificación y localización para enviarle la citación para declarar como testigo.
   En lo que también han coincidido ambas mujeres ha sido en exculpar a Vicente Fabregat afirmando que en ningún momento estuvo solo en la habitación 16 y que únicamente las acompañó para abrir el maletín y a instancia de ambas. Asimismo, ha sido similar su relato sobre el extranjero que encontraron en la habitación de Salazar y del que no han vuelto a saber nada más. La juez ordena a la policía que busque al citado individuo, comenzando por rastrear los registros de todos los alojamientos hoteleros de la provincia. Lo que sigue guardándose Rocío es la presencia del Chato de Trebujena en el hostal la tarde de autos. Es un dato que, al parecer, únicamente sabe ella y de momento prefiere no desvelarlo. Si el devenir del proceso se pone chungo para sus intereses tiempo tendrá de negociar con dicha información.
   Tras finalizar el careo, la jueza toma la resolución de que el procedimiento continúe como diligencias previas del procedimiento abreviado. Para ello señala motivadamente cuáles son las diligencias cuya práctica resulta necesaria para concluir la instrucción de la causa: la localización y citación para declarar de Carlos Espinosa y la identificación y localización del supuesto extranjero que estuvo en la habitación 16 el día de autos.
   Tras el veredicto de la juez del Valle, la andaluza se plantea qué le resultará más rentable si volverse a Sevilla o quedarse en Castellón. Ha estado viendo precios de alojamientos y hasta los de una estrella le han parecido muy caros. No es tanto que lo sean sino que su monedero está en las últimas y cualquier precio le parece astronómico. Mientras trata de encontrar una solución viable se aloja en una fonda de mala muerte que deja en los huesos su magro billetero.
   La resolución de la Juez de Instrucción imputando a ambas mujeres estrecha la unión entre Rocío y Anca. Ahora tienen los mismos problemas, lo cual les hace sincerarse. Lo primero que desvela la andaluza es su problema con el pago del alojamiento. Anca, generosamente, le ofrece una solución provisional: puede alojarse en su casa mientras tenga que estar a disposición del Juzgado de Instrucción. Sus padres no pondrán ningún impedimento, más ahora que tienen un horizonte penal compartido y preocupante. Rocío acepta inmediatamente la propuesta. También se cuentan de cuanto han declarado a la jueza y de lo que se han callado, como el verdadero motivo para intentar abrir el famoso maletín. Anca siente curiosidad sobre un punto del que Rocío no ha dicho una palabra en su declaración.
-Y de aquel tío que viste en la habitación de Curro del que me dijiste que tenía una jeta que no te gustaba nada y que por eso querías que te acompañara, ¿por qué no has dicho nada?
   Rocío decide no franquearse del todo con Anca, si comparte sus secretos se puede quedar sin armas para una futura negociación sobre sus posibles problemas penales, por eso no le cuenta que reconoció perfectamente a la persona que estaba en el cuarto, su paisano el Chato.
-¿Y qué iba a desirle?, ¿que vi de refilón a un tío que no conosía y del que no sé más na? Ahora lo que me preocupa es como le va a sentar a tu novio que lo hayan acusao de presunto ladrón. ¿Crees que puede darnos argún problema?
-De Vicentín no te preocupes, ya me encargo yo de que se le pase el berrinche que ha pillado. Lo que de verdad debería preocuparnos es el cargo de la omisión del deber de socorro del que nos acusa la jueza. Igual nos podría costar la prisión.
-Estoy de acuerdo, chiquilla y lo que también me quita er sueño es la tipa esa que han puesto pa defenderme. Pa mí que de leyes está más pegá que un sello. No hay más que ver lo mal que s´expresa y como s´achanta cuando la juesa le dise argo.
-Ahí lo mismo te puedo ayudar –se le ocurre a Anca.
-No será con ese abogao tuyo que tiene más pinta de curtivar sebollinos que de saberse ar dedillo los códigos y las leyes. Me parese que ese es primo hermano de la maula de mi abogá –se lamenta Rocío.
-No voy por ahí, verás… -y Anca le cuenta que gracias a la intervención de un viejo amigo de la señora Eulalia un señor, que está veraneando en Marina d´Or y que resulta que es un comisario de policía retirado, la va a ayudar para que no le pase nada y pueda salir libre de los cargos que pesan contra ella. Al parecer, Jacinto Grandal, que así se llama el comisario en cuestión, sabe mucho más Derecho Penal que el abogado del pueblo que le paga Vicentín.
-… y seguro que también le da ciento y raya a la novata que te han puesto de defensora. Estoy convencida de que si le digo que te eche una mano, como me la está echando a mí, lo hará con mucho gusto.
-¿Y cuánto me costará? Ya sabes que estoy más pelá que una rata.
-Ni un euro. Lo hace porque como te he dicho uno de sus amigos es a su vez íntimo de la señora Eulalia que, a pesar de la marranada que le hice, se está portando conmigo de cine, y también porque se aburre más que una lapa. No perdemos nada dejándole que nos ayude. Si no nos gusta cómo lleva el asunto pues adiós muy buenas.
-Yo no me fío mucho de la gente hasta que les veo la jeta. Me lo presentas y ya veremos.
   Grandal acepta encantado ayudar a Rocío pues así tiene otro hilo más del que tirar para desenredar la madeja del fallecimiento de Salazar. Y cuando la andaluza pregunta que cuanto le va a costar su ayuda la respuesta del excomisario es contundente:
-Nada, cero euros. Me sentiré más que pagado cuando os absuelvan de los cargos que pesan contra vosotras. Esto lo hago más que nada para entretenerme porque a mí lo de la playa no es que me vaya mucho. Y para decir toda la verdad, porque me lo ha pedido mi amigo Pedro Ramo que quiere hacerle ese favor a la señora Eulalia. Y ahora, contadme cómo ha ido el careo.
   El relato de ambas mujeres le ha aportado a Grandal una serie de datos algunos de los cuales conocía parcialmente como la estancia en la habitación 16 de dos nuevos sospechosos: Carlos Espinosa, del que solo se sabe que vive en la Costa del Sol y que tenía negocios con el finado, y un extranjero de quien solo se conoce que es grande, fuerte, que se expresa malamente en español y cuya justificación sobre el motivo de su estancia en la habitación de Curro parece más falsa que un euro de madera. Después de la información recibida, lo primero que hace Grandal para ganarse la confianza de la andaluza, la de Anca ya la tiene, es explicarles que los cargos que pesan contra ellas no les resultará fácil probarlos a la fiscalía.
-El presunto delito de la omisión del deber de socorro es altamente dudoso que el fiscal lo pueda probar. Vosotras estabais convencidas de que el llamado Carlos Espinosa, si es que ese es su verdadero nombre, iba a llamar al médico y a una ambulancia del SAMUR. El hecho de que aquel fulano no lo hiciese no se os puede imputar a vosotras. Cierto es que os fuisteis de la habitación sin que hubiese llegado ninguna asistencia sanitaria, pero vuestros abogados podrán alegar que…
   Ahí le interrumpe Rocío que ha estado siguiendo con mucha atención, al igual que Anca, la explicación del excomisario.
-Perdone que le corte, pero… ¿qué es eso de que vuestros abogaos podrán alegar? ¿Quiere desir que no será usté nuestro abogao?
-Naturalmente, yo no soy letrado. La defensa la llevarán los abogados que tenéis ahora y si no estáis contentos con ellos buscaremos otros.
-Entonses, ¿para qué le necesitamos a usté? –inquiere una recelosa Rocío.
-Para buscar pruebas y testigos que os exculpen y de paso ayudar a vuestros abogados que, al parecer, están en ayunas en Derecho Penal. El de Anca porque no ha tocado un caso penal en su vida y la tuya porque no tiene ninguna experiencia. Tú misma me has contado que sabes que terminó la carrera hace poco y que este es su primer caso como defensora de oficio –y para remachar su parrafada Grandal se pone en plan chulo-. Ahora bien, si no queréis que os ayude a libraros de la cárcel pues lo decís y me vuelvo por donde vine.
  
PD.- Hasta el próximo viernes.

viernes, 30 de noviembre de 2018

80. Queda en libertad con cargos


      La mañana del 19 de agosto se registra gran actividad en la sede del Juzgado de Instrucción número 4 de la Audiencia de Castellón. La juez del Valle, que ya solicitó los antecedentes penales de la única detenida hasta ahora del caso Pradera, le va a tomar declaración. Antes de ello, a Rocío Molina se le ha reconocido el derecho de asistencia jurídica gratuita. Lo que se ha hecho automáticamente al comprobar que no cuenta con recursos e ingresos económicos brutos computados anualmente por todos los conceptos que no superen dos veces el indicador público de renta de efectos múltiples, vigente en el momento de efectuar la solicitud al tratarse de persona no integrada en ninguna unidad familiar. El día anterior, la detenida recibió la visita de la abogada de oficio que la administración de justicia ha designado para que la represente. Lo primero que Rocío le ha contado a su letrada, una mujer joven que hace sus primeras armas en la defensa de oficio, es que tiene información que puede ser relevante para esclarecer la muerte de Francisco Salazar, pero que no dirá nada hasta negociar con la fiscalía. La abogada le indica que de momento no hay beneficios que negociar, pues lo más probable es que la jueza, tras interrogarla, la deje en libertad, quizá con cargos aunque también eso es dudoso.
-¿Usted tuvo algo que ver con el fallecimiento de Salazar? –le pregunta directamente la letrada.
-Se lo juro por Nuestra Señora de Palomares, que es la patrona de mi pueblo, que no he tenío na que ver con la muerte der pobre Curro. ¡Con lo que yo le quería!
-En ese caso, lo más probable es que la dejen en libertad sin cargos. Por consiguiente, mi consejo legal es que le cuente a la señora jueza todo lo que sabe.
   Rocío se resiste, tiene muy asimilado lo de los tratos con la fiscalía que tan recurrentes son en las series televisivas americanas. En algún momento de la entrevista, la andaluza también le cuenta la aventura del maletín que, según sigue manteniendo, se lo llevaron para ver si dentro se encontraban los papeles de la Seguridad Social de Curro.
-¿Acaso se llevaron el maletín violentando a su dueño? –pregunta la letrada.
-Quia, no señora, si er pobresito Curro no se enteraba de na.
-Si no existió ningún tipo de violencia o intimidación a la hora de apoderarse de ese bien ajeno se la podrá acusar de hurto, pero eso supone una pena menor en función de la cuantía del dinero que había en el maletín.
-Pero señora abogá, no fue un robo, solo queríamos encontrar los papeles de la Seguridá Sosiá de mi novio.
-Eso lo decidirá su señoría, pero si pudiéramos probar lo que afirma podría defenderla de esa acusación. Porque el hurto exige como requisito la existencia de una intención especial del autor, lo que técnicamente se conoce como elemento subjetivo que es el ánimo de lucro. Si usted no buscaba lucrarse con el contenido del maletín sino encontrar unos documentos la acusación de hurto decaería. Y como además no llegaron a abrir la valija, dudo que su señoría vaya a acusarla de la intención de hurto. En cualquier caso, le reitero que lo mejor para usted es que declare todo lo que me ha contado. Y si la jueza le pregunta por el maletín, dígale lo de la tarjeta sanitaria. Una cuestión que no me ha quedado clara y que su señoría le preguntará es el motivo de su desplazamiento desde Sevilla a Torrenostra.
   Rocío duda un poco. No cree que la favorezca contar que trataba de ayudar a un prófugo por lo que opta por mantener la inventada historia de los dineros que le adeudaba Curro.
-¿Existe algún tipo de documento que pruebe la existencia de esa deuda?
-Desgrasiadamente, no. Ya puede figurarse que entre novios no se firman papeles.
-Si no hay un documento que pruebe la existencia de esa deuda, pero si puede probarse la relación que tuvo usted con el fallecido, su señoría le podría otorgar el beneficio de la duda. Hablaré con el fiscal y quizá podamos conseguir que salga libre y sin cargos, aunque si la jueza dicta auto de apertura de juicio oral tendrá que volver a comparecer en el proceso, pero solo como testigo.
-¿Qué es eso der juisio oral? –inquiere Rocío.
   La novata abogada, al ver la ignorancia supina de su cliente, pretende lucirse:
-Con el auto de apertura de juicio oral se trata de determinar si las diligencias instructoras practicadas permiten deducir la existencia de un hecho punible atribuible a un concreto sujeto. Es decir, de reconocer, en definitiva, el derecho de acción penal, como derecho al proceso y a la sentencia. El contenido mínimo y necesario que debe integrar el auto lo constituyen los pronunciamientos decretando la apertura del juicio oral y la determinación del órgano competente para el enjuiciamiento.
   La andaluza apenas si ha sacado algo en limpio tras la redundante explicación de la abogada, pero no pregunta más. Recuerda lo que solía decir Curro: “Con los abogaos cuanto menos se hable mejor, les preguntas algo y nunca contestan na que puedas entender”.
   El interrogatorio de la Molina por la Jueza de Instrucción es breve. La andaluza, pese al consejo de su abogada, solamente le cuenta a la juez lo que antes le contó al sargento del puesto local de la Guardia Civil de Torreblanca. Tras acabar la declaración, la jueza decreta la puesta en libertad de Rocío, pero con cargos al mantener su condición de investigada por los supuestos delitos de omisión del deber de socorro, como dispone el artículo 489 bis del Código Penal, y el de hurto de acuerdo a lo que establece el artículo 234 del citado Código. Como le explica la abogada a Rocío al salir del juzgado:
-Queda en libertad con cargos.
   Mientras tanto, el excomisario Grandal cavila en cómo ayudar al sargento Bellido en el esclarecimiento de la muerte de Francisco Salazar. Tras detenida reflexión llega a la conclusión de que los hilos para tirar del ovillo del caso son los testigos que tiene más a mano, aquellos que residen en el pueblo: la camarera de la habitación 16, su novio, la patrona y los empleados y clientes del hostal. Su mejor baza es Anca puesto que es la que más trato tuvo con el fallecido y la gente que iba a verle. Como no tiene potestad para citarles, le pide al sargento que maniobre para poder hablar con la rumana, pero sin carácter oficial. Bellido, a través de la señora Eulalia, consigue que la joven acceda a dialogar con Grandal. El cebo para convencer a la rumana ha sido contarle que se trata de un antiguo comisario de policía que sabe mucho más derecho penal que el abogado del pueblo, y que le puede ayudar en el problema que tiene con la justicia. La joven acepta la ayuda sin mayores reparos pues conoce a Grandal como uno de los integrantes de la partida de dominó en la terraza del hostal.
   Tal como han quedado, el expolicía recoge a la camarera al final de la calle Diagonal y se la lleva en su coche a una cafetería de Alcossebre para evitar las miradas indiscretas y que se disparen los rumores. Antes de entrar en materia, Grandal le pinta a la muchacha un horizonte penal preocupante. Trata de que se asuste lo suficiente para que en su declaración no se deje nada en el tintero. Para ello utiliza la información que le ha facilitado el sargento: si fuera condenada, aunque fuera por un delito menor, ello podría repercutir en la situación de su familia que entró en España con visado de turista y podrían deportarlos a Rumanía. Le pide que le hable de su relación con Francisco Salazar. La joven le cuenta su trato con quien ella conocía como Curro Martínez y como desde el primer día empatizaron porque el andaluz era un hombre simpático cuando se lo proponía y sabía un montón de chistes y chascarrillos, además de que era de los pocos clientes que daba buenas propinas. Anca se guarda para sí que llegaron a intimar en un par de ocasiones. Y va relatando su relación con Curro hasta que llega al día en que le pegaron la paliza. Ahí es donde hace su primera pregunta Grandal:
-Cuéntame lo de la paliza con más detalle, por favor.
-Un día, el nueve de agosto exactamente, alguien vio salir del hostal al señor Martínez, digo Salazar, acompañado de otro hombre, un desconocido. Se dirigieron a la zona que hay en la calle de atrás del hostal, donde están las pistas deportivas, y allí el desconocido, al parecer sin venir a cuento, le propino una paliza al señor Salazar que le produjo la fractura de dos costillas.
-¿Salazar dio muestras de que conocía a su agresor?
-No sé si le conocía, pero dijeron que salieron del hostal hablando amigablemente.
-Esa agresión nunca fue denunciada. ¿Sabes por qué Salazar no la denunció?
-No, señor comisario…
   Grandal la interrumpe.
-Por favor, llámame Grandal o Jacinto. Aquí no soy comisario sino un amigo que quiere ayudarte.
-Lo que decía señor Grandal, no sé porque no lo denunció. Sí le oí decir que prefería no meterse en líos con los picoletos. Esa palabra que no conocía solía repetirla. Luego me enteré que se refiere a la Guardia Civil.
-Bien. ¿Quién fue la persona que hizo huir al agresor?
-Eso sí lo sé. Un señor muy educado y amable, creo que es ingeniero, del mismo pueblo que el señor Salazar, de Zahara de los Atunes, en la provincia de Cádiz. Creo que se llama Alfonso. Vino a ver a su paisano y lo encontró de casualidad cuando le estaban arreando una somanta de puñetazos y patadas que le dejaron como un santo cristo. Y al día siguiente, el mismo señor se llevó a Salazar a Castellón para que los médicos le hicieran una revisión. Fue cuando le confirmaron lo de las fracturas de costillas.
-¿Sabes dónde se alojaba el ingeniero?
-En un hotel de Orpesa, pero no sé exactamente en cual. Ah, se me olvidaba, el señor Alfonso estaba con su mujer, aunque yo no llegué a conocerla.
  Como Grandal se ha dado cuenta de que la joven comienza no sabe bien si a cansarse o aburrirse decide dar por concluida esta primera fase de la conversación.
-Gracias, Anca, eres de gran ayuda. Mañana proseguiremos la charla.

PD.- Hasta el próximo viernes

sábado, 24 de noviembre de 2018

79. El sospechoso más ambiguo

 
   El sargento Bellido prosigue la exposición de las investigaciones que él y los agentes bajo su mando han realizado hasta ahora relativas al caso Pradera. El excomisario Grandal le escucha con suma atención para ir asumiendo los entresijos del caso. Como el suboficial se ha referido a los posibles obstáculos que los sinuosos poderes locales pueden poner al buen desarrollo de la investigación, dado que uno de los presuntos sospechosos pertenece a una familia con muchas y poderosas ramificaciones, el excomisario le anima diciéndole que podrán con ellos y termina soltando un tópico:
-Conozco el percal. En general, esos politiquillos locales son tigres de papel.
-No dudo que lo sean, pero no sabe la murga que dan –se lamenta el sargento que sigue hablando de usted al excomisario aunque este le tutea-. En cuanto a otros sospechosos, además del trío del maletín, están las personas que la tarde del día quince pasaron por la habitación del fallecido y de las que solo sabemos fragmentos de su posible participación en el suceso. Un tal Carlos Espinosa, que reside en Málaga, y que al parecer tenía negocios con Salazar. Estamos tratando de localizarle. Hay otro individuo que estuvo esa tarde en la habitación 16 y del que solo sabemos que era un extranjero de gran corpulencia y que se expresaba malamente en español. Es otro sospechoso a tener en cuenta porque el motivo que adujo para estar en la mentada habitación era que pasaba por el pasillo y oyó unos quejidos lo que le impulsó a entrar para ver si podía ayudar. Es una historia que no se la cree ni el que asó la manteca. Porque ¿qué hacía en ese pasillo un guiri que no era cliente del hostal? Estamos intentando obtener más datos del mismo porque con los que tenemos ahora va a ser difícil localizarlo.
-Bien. ¿Alguien más que sea sospechoso?
-El más ambiguo de todos, el hijo.
-Nunca había oído calificar a un sospecho de ambiguo, ¿a qué se debe eso? –inquiere Grandal a quien ha sorprendido la calificación del sargento.
-Porque el hijo es quien presenta las luces y sombras más acusadas. Me explico. Las luces: de todos cuantos estuvieron en la habitación 16 fue el único que hizo lo posible para que auxiliaran a su padre. Él mismo fue a ver si los sanitarios de la ambulancia de la playa podían socorrer a Salazar. Y fue su insistencia la que provocó que la patrona subiera a la habitación, lo que a su vez desencadenó la llegada de los servicios sanitarios de urgencia. Las sombras: pese a haberse percatado del grave estado de su padre, como consta en su propia declaración, estuvo en la habitación unos setenta y cinco minutos sin hacer nada o, mejor dicho, haciendo cosas tan poco lógicas como salirse a la terraza a fumarse un pitillo o abrir bien la ventana para que se aireara el cuarto. ¿Es eso lo que hace un hijo cuándo cree que su padre se está muriendo? La respuesta solo puede ser negativa. Por otra parte tenemos que el chaval es quien más razones tiene para desear la muerte de su progenitor. Les abandonó cuando más lo necesitaban. Humilló a su madre dejándola por otra mujer mucho más joven. Y les negaba el dinero para su sustento cuando lo ganaba a chorros. De todos cuantos han testificado es el más claro sospechoso de haber participado de alguna manera en la muerte de Salazar… -el sargento hace una breve pausa y agrega-. Lo sería si no fuera por lo que he dicho antes: fue el único que movió el culo para ayudar a su padre. Por otra parte, su declaración, en mi opinión, ha sido incompleta, ha mentido o no nos lo ha contado todo. Por citar solo un dato: no ha quedado claro el motivo por el que estaba en Torreblanca cuando nos consta que anda muy mal de dinero. ¿A qué vino desde Sevilla? Ha declarado que a pedirle a su padre un dinero que les había prometido. ¿Hacer un viaje de setecientos cincuenta y tantos kilómetros para eso? ¿No podía hacer la petición por teléfono o por algún medio electrónico? Y luego está el hecho, que como bien sabe es fundamental en muchos escenarios criminales: fue el último que vio con vida al extinto.
-Sí, estoy de acuerdo contigo en que habrá que investigarle a fondo, pero… -Grandal no termina la frase, como si no supiera de qué forma continuar. En realidad está pensando en cómo decir lo que opina del joven Salazar sin molestar al sargento-, pero siendo apabullantemente reales tus dudas sobre el chico diría que hay en él algo que en mi opinión –y remarca la palabra- no encaja con el perfil de un asesino o al menos de alguien que pueda incurrir en el delito de la omisión del deber de socorro. Es una especie de intuición o llámale olfato policial, algo que no está de moda precisamente. Al chico apenas le conozco, solo tuve una charla con él; mejor dicho, la tuvimos todos los amigos, justo cuando se esperaba la llegada de la ambulancia del SAMUR la tarde-noche de autos. Me pareció un chaval corto de saberes y de experiencia de la vida y que, en efecto, no idolatraba a su padre, pero incapaz de matar a una mosca. En cualquier caso, y opiniones apartes, estoy de acuerdo en que habrá que tenerle en el punto de mira.
-Bueno, pues le dejo esta copia del expediente y no es necesario decirle que lo conserve en el mayor secreto. Me juego la carrera si se descubriera.
-Sargento, te doy mi palabra de honor y de viejo policía que lo mantendré tan a resguardo como el sepulcro del Cid, bajo siete llaves. Ah, una sugerencia, plantéate la investigación desde  la perspectiva de la clásica expresión latina: ¿cui prodest? –ante el gesto de incomprensión del suboficial, Grandal se lo explica-. Es una locución de Derecho Romano que significa quien se aprovecha, está considerada un principio básico referente a lo esclarecedor que puede resultar buscar al autor de un hecho desconocido, preguntándose quién o quienes se podrían beneficiar de un determinado acontecimiento, en este caso de la muerte de Salazar. Es un principio muy usado en criminalística.
-Gracias, comisario, lo tendré muy en cuenta. Ah, se me olvidaba, aunque lo verá en el expediente. Según el hijo las personas que más visitaron a su padre mientras estuvo convaleciente fueron Alfonso Pacheco que es paisano de Salazar, Jaime Sierra un conocido de Sevilla, el citado Carlos Espinosa de Málaga y la que dice ser novia suya Rocío Molina.
   Mientras en la tarde del dieciocho de agosto, tres días después de que encontraran muerto a Francisco Salazar, el sargento que investiga su fallecimiento le describe al excomisario Grandal los pormenores del suceso, la juez que instruye el caso prosigue con las diligencias de la instrucción criminal que estima procedentes, así como la adopción de las resoluciones oportunas acerca de la situación personal de la única detenida hasta la fecha. En ese proceso a oídos de la juez del Valle han llegado las andanzas de los dos investigadores de la UCO en Torreblanca, no está claro si ha sido por conducto del comandante del puesto o por las quejas de algún letrado de los testigos llamados a declarar. Sea por lo que fuere, el resultado es que les ha llamado a Castellón. Su señoría les ha puesto firmes y les ha recordado que los han enviado para que colaboren con sus compañeros de la comandancia local, que actúan oficialmente como policía judicial del caso, y no para que hagan la guerra por su cuenta. Asimismo, les ha puntualizado que quien dirige la investigación del caso Pradera es el sargento Bellido. Si vuelven a salirse de ese guion dictará una providencia para que retornen a Madrid, digan lo que quieran en Guzmán el Bueno. Sales y Monterde salen del Juzgado de Instrucción echando pestes y acordándose de toda la parentela de la juez del Valle. Se dicen que de ahora en adelante tendrán que ir con pies de plomo y, sobre todo, no realizar ninguna actuación que incomode a Bellido, pues están persuadidos de que ha sido el sargento local el que ha malmetido a la jueza.
   En el proceso del caso Pradera, la Juez Instructora ha ordenado a un perito que proceda a abrir el maletín de Salazar que se llevaron de la habitación 16 la Molina, la Dumitrescu y el Fabregat. El contenido de la valija no era lo que esperaba la juez, pero sí lo que buscaba el trío que se lo llevó. La juez esperaba encontrar documentos incriminatorios referidos al caso ERE, lo que hubiera sido apuntarse un buen tanto en su carrera profesional. En cambio el trío que sustrajo el maletín acertó en sus sospechas. La valija solo contenía dinero, exactamente 37.460 euros en billetes nuevecitos, dinero que se incorpora al expediente del caso. La abogada de oficio que la administración de justicia ha asignado para la representación de Rocío Molina le da la noticia. A la sevillana se la llevan los diablos al comprobar que su intuición de dónde guardaba Curro la pasta era cierta y maldice a su mala fortuna por no haber sido capaz de abrir el maletín. “Si lo hubiese abrío, habría trincado la tela y tararí que te vi. Ya estaría en mi Sevilla y no aquí enjaulá” piensa.
   El 18 de agosto concluye. Han pasado tres días desde que falleció Curro Salazar por causas remotas desconocidas y la investigación parece atascada. Quizá por eso, el sargento Bellido, cabeza del grupo de investigadores, ha pedido ayuda, de forma extraoficial, al excomisario Grandal del que espera que con su dilatada experiencia le pueda echar una mano. El excomisario no se lo ha comentado, pero a su vez cuenta con que le apoyen sus inseparables amigos de la partida madrileña de dominó, cómo hicieron en el sonado caso del robo de un tesoro precolombino (*) en las mismas puertas del madrileño Museo de América. El descubrimiento de los ladrones les valió una condecoración policial. Como ha dado su palabra no piensa enseñarles el expediente del caso, pero sí contarles aquellos extremos en los que su opinión pueda aportarle puntos de vista que a él no se le hayan ocurrido. Formaron un eficaz y eficiente quipo y volverán a formarlo.

PD.- Hasta el próximo viernes
(*) Vid. El robo del Tesoro Quimbaya, en este mismo blog.