viernes, 12 de octubre de 2018

73. Queda mucha tela que cortar



   Después de interrogar a Vicentín, el sargento vuelve a llamar a Anca para que termine de declarar. La rumana acusa el tiempo que lleva en el cuartelillo, tiene aire de cansada y hasta un asomo de ojeras. Está decidida a contarle todo cuanto sabe a la Guardia Civil, al fin y al cabo ella no ha hecho nada reprobable salvo secundar a la andaluza con lo del dichoso maletín. De la muerte del pobre Salazar no tiene nada que ver.
-Según me ha contado Rocío Molina cuando subisteis la primera vez a la habitación de Salazar encontrasteis a un hombre, ¿le conocías? –es la primera pregunta del sargento.
-Conocerle, no, pero le había visto por el hostal. Recuerdo que la primera vez que le vi fue el día que un amigo llevó al señor Mar…, quiero decir Salazar, a Castellón a que le vieran los médicos para saber si tenía algo roto debido a la paliza que le habían dado.
-Esa agresión nunca fue denunciada por Salazar, ¿sabes por qué?
-No, señor sargento.
-El amigo que llevó a Salazar a Castellón, ¿sabes quién es y cómo se llama?
-Creo que es un paisano de Zahara de los Atunes que es el pueblo donde nació… -una vez más Anca está en un tris de decir Martínez-… el señor Salazar, que en paz descanse, y no sé cómo se llama.
-¿Le viste alguna vez más?
-Sí y en compañía de otro señor que también conocía a Salazar.
-¿Qué sabes de ese otro señor?
-Nada, salvo que era andaluz y parecía muy aseado.
-Bien. Fabregat me ha contado que la segunda vez que subisteis a la habitación, y en la que él os acompañaba, había un extranjero que estaba ayudando al fallecido. ¿Le habías visto alguna vez?
-No, señor sargento.
-Descríbeme al extranjero.
-Era alto, corpulento, moreno y hablaba muy mal el español. No puedo decirle más, solo estuvo unos minutos con nosotros.
-¿A Salazar que personas le visitaban habitualmente?
-Su hijo sobre todo y con el que no se llevaba muy bien. También le visitaban las personas que he indicado antes aunque no con mucha frecuencia.
-Vuelve a decirme quienes eran.
-Pues Rocío, su paisano de Zahara y su amigo, y otro señor muy elegante que fue a quien encontramos en la habitación de Salazar dándole coñac.
-¿Te parece que el difunto Salazar se llevaba bien con todas esas personas que lo visitaban?
-Me parece que sí.
-¿Y cómo se llevaba Salazar con el servicio?
-De maravilla. Es…, era un hombre que no daba problemas, gastaba bromas a menudo y se
sabía muchos chistes y chascarrillos. Ah, y además dejaba buenas propinas.
-Otra cuestión. ¿Sabes qué contiene el maletín que pretendíais abrir?
-Ni idea. Rocío creía que allí podían estar los papeles de la Seguridad Social del señor… Salazar.
-En el tiempo que estuvo en el hostal, ¿viste si tuvo algún problema con alguien?
-No…, bueno, salvo la paliza que le dio un desconocido y… un día tuvo un encontronazo con Vicentín, pero la cosa quedó en palabras.
-¿Y por qué fue el encontronazo?
-Porque Salazar salió en mi defensa. Vicentín cuando le da un ataque de celos pierde los nervios fácilmente.
-¿Y tenía motivos Vicentín para tener celos de Salazar?
-Ni uno, señor sargento. Vicentín tiene celos hasta de su sombra.
-¿Hay algo más que quieras decirme?
-No, señor sargento.
-Vale. No debes salir del pueblo sin comunicarlo previamente. Te volverán a llamar cuando la juez del caso lo estime oportuno y pásate mañana por el cuartel para firmar la declaración. Puedes irte.
Cuando la joven rumana se va, el sargento llama al guardia que encontró al trío del maletín para darle instrucciones sobre la estancia de Rocío Molina en la casa-cuartel. Braulio aprovecha para formularle una pregunta.
-Mi sargento, ¿podría preguntarte algo sobre los tres que han prestado declaración? Ya sabes que estoy preparando el examen para cabo y tengo algunas dudas sobre la cuestión de cuando pasar de retenido a detenido.
-Dispara, Braulio.
-De los tres interrogados, solo has detenido a la Molina y has dejado en libertad a los dos que viven en el pueblo. Según se desprende de sus declaraciones, los tres estuvieron juntos en la habitación del fallecido y los tres se fueron juntos para abrir el maletín. Entonces, ¿por qué solo queda detenida la Molina?
-Buena pregunta, Braulio. Lo que ha sobrado es la coletilla de los dos que viven en el pueblo. No les he dejado ir por eso, sino porque han colaborado plenamente, aunque no descarto que hayan mentido u omitido algo. En cualquier caso, les he manifestado que no deben salir del pueblo sin comunicarlo previamente y que les volverán a llamar cuando la juez del caso lo estime oportuno. En cuanto a la Molina, la he pasado a la condición de detenida porque se ha negado a seguir respondiendo a las preguntas que se le formulaban y hay indicios de que puede estar involucrada de alguna manera en el fallecimiento de Salazar. Admito que el hecho de que no resida aquí y por tanto de que pueda ser problemático localizarla si la volvemos a llamar algo ha influido en mi resolución. De todos modos, cómo no creo que sea necesario detenerla las setenta y dos horas que la norma establece como plazo máximo, en veinticuatro horas la pondremos a disposición de la novata del Juzgado de Instrucción número cuatro. ¿He resuelto tus dudas?
-Hasta la última, mi sargento. Gracias.
-Ah, respecto a las técnicas de interrogatorio te aconsejo que busques en internet el método Friedman, te será útil. Ahora vete a Torrenostra, en el hostal está el hijo de Salazar. Se llama Francisco José. Tráelo, dile que hemos de hacerle algunas preguntas sobre su padre.
   El joven Salazar ha pasado buena parte de la mañana hablando con Sevilla. No sabía cómo su madre se iba a tomar la noticia del fallecimiento de su marido, pero ha sido peor de lo que podía sospechar. Su mama se ha quedado conmocionada y le ha costado Dios y ayuda reaccionar. Ha tenido que interrumpir la llamada y decirle que volverían a hablar cuando ya no llorara. Siempre sospechó que seguía queriendo al cabrón de su padre y así lo ha demostrado. Luego ha llamado a Pepote el Salvaculos, uno de los pocos amigos que le quedaban a su padre en Sevilla, para contarle lo que ha pasado y pedirle dinero porque no tiene con qué pagar su estancia ni el entierro. Cuando su mama ha vuelto a llamar ha sido para preguntarle la manera de llegar cuanto antes a Torrenostra. Está empeñada en llevar los restos de Curro a Sevilla para inhumarlo allí. El chico le dice que ni se le ocurra, que al cadáver le están practicando la autopsia y no sabe cuándo devolverán el cuerpo a la familia. Que se quede en casa y ya la llamará dándole noticias. En esas está cuando le avisan desde recepción que hay un guardia civil preguntando por él.  Francisco José se lo ha estado pensando y ha resuelto contar todo lo que sabe a los picoletos, menos que su viaje a Torrenostra fue para alertar a su padre de que se había descubierto su escondite. En el cuartel le está esperando el comandante del puesto.
-Tu documento nacional de identidad. Es para hacer tu filiación –le pide el sargento-. De las personas que visitaban a tu padre en su habitación, ¿a cuántas de ellas conoces?
-Pue uno era Arfonso Pacheco, que es der mismo pueblo que mi padre. Otro, Jaime Sierra, un conosio suyo de Sevilla. Luego está Carlos Espinosa, un señor de Málaga que tenía negosios con él. Bueno, y Rosío Molina, una fulana que fue su querida.
   ¡Por fin!, se dice el sargento puede comenzar a poner nombres a algunos de los testigos que habrá que interrogar en los próximos días.
-¿Sabes dónde viven Pacheco, Sierra y Espinosa?, me refiero a si residen en la provincia.
-Espinosa está en un hotel der Grao de Castellón. Sierra en otro de Marina d´Or. De Pacheco no tengo ni idea, solo puedo desirle que está con su mujer.
-Tu padre, ¿cómo se llevaba con todos ellos?
-Yo creo que bien. A Sierra y a Pacheco les conosía de Sevilla. A Espinosa me parese que lo conosió aquí, pero también se llevaba bien.
-¿Sabes por qué las tres personas que acabas de citar visitaban a tu padre?
   El joven duda pero solo un momento, a estas alturas ya no le puede pasar nada a su padre.
-De sierto solo lo sé de una. De Espinosa, que quería que mi padre se fuera ar extranjero, a un país de guiris que no tuviera eso de la extradisión porque aquí lo buscaban los maderos…, perdón la polisía. De los otros dos no sé.
-Los tres individuos que has citado, ¿tuviste alguna relación con alguno de ellos?
   Hasta el momento, el joven Salazar ha respondido sin vacilación alguna, pero ahora sí que tiene alguna duda hasta que se dice que mejor es contar la verdad.
-Con Pacheco solo hablé cuando trajo de Castellón a mi papa a que le vieran los médicos por lo de la palisa que le dieron. Con Sierra estuve un día charlando tomando una birra. Y con Espinosa hablé varias veses porque me dejó su moto.
-¿Sabes por qué buscaba la policía a tu padre?
-De sierto, no. Me supongo que por lo der caso ERE.
-¿Con alguno de los tres citados antes hablaste de que a tu padre le buscaba la policía?
-Solo con Espinosa. Ya le conté antes que estaba empeñao en que mi papa se fuera ar extranjero.
-¿Y tú por qué viniste desde Sevilla hasta aquí?
-Eso ya me lo preguntó, señor sargento. Pa pedirle dinero a mi papa. Estamos mu nesesitaos.
-¿Hay algo más que quieras decirme?
-No, sargento, pero si quiero haserle una pregunta: ¿qué pasa con er cadáver de mi papa? Lo pregunto porque mi mama quiere que lo lleve a Sevilla pa enterrarlo allí.
-Eso lo resolverá la señora juez que instruye el caso. Oportunamente se te informará. De momento, el cuerpo de tu padre está en el Instituto de Medicina Legal de Castellón donde se le debe estar practicando la autopsia. Por último te informo que no debes salir del pueblo sin comunicarlo previamente y que te volverán a llamar cuando la juez del caso lo estime oportuno. Ah, y mañana te pasas por el cuartel para firmar la declaración.
   Cuando el chico se va, el sargento le comenta al guardia que ha estado anotando la declaración:
-Braulio, queda mucha tela que cortar.

PD.- Hasta el próximo viernes

lunes, 8 de octubre de 2018

*** ¿Creen en el cambio climático? Verán, yo…


   Se habla mucho del cambio climático, es un tema que está cotidianamente en los medios. Hoy mismo es portada en muchos periódicos el siguiente titular: La ONU urge a tomar medidas drásticas contra el cambio climático. Incluso en los documentales sobre la naturaleza que tanto proliferan en la televisión no hay un solo episodio que no suela terminar aludiendo a ello.
   En el reducido ámbito en el que me muevo no se habla demasiado del mismo, pero alguna que otra vez sí se comenta algo sobre el cambio. Por mis conversaciones sobre dicho fenómeno, he llegado a la conclusión de que, generalizando y mucho, la gente de mi entorno se divide en tres grupos sobre el cambio: una minoría cree en él a pies juntillas, minoría que lenta pero inexorablemente va creciendo; un grupo más numeroso que el anterior no se lo cree y que, lenta pero inexorablemente, va decreciendo y un tercer grupo, creo que el más numeroso, que lo del cambio le importa un pimiento.
   Ha llegado la hora de preguntar a mis lectores: ¿creen en el cambio climático? Verán, yo… he de confesar que he pasado del último grupo al primero. Dado que he sido más bien un urbanita que un amante de la naturaleza, era lógico que las alteraciones que los humanos hemos provocado en el clima terráqueo no fuera algo que entrara en mis preocupaciones, pero con el paso de los años y las observaciones empíricas que cualquier ciudadano puede hacer por su cuenta he llegado a persuadirme de que el clima de nuestro planeta está cambiando. No me he convertido en un fanático del cambio, pero sí estoy convencido que es una realidad y no algo que cuatro chiflados van pregonando por ahí. Les explico las razones por las que he llegado a esa conclusión fuera de todo estudio científico que no es lo mío.
   La primera razón proviene de mi edad, la semana próxima, el día de la Virgen del Pilar exactamente, cumplo 83 tacos y son años más que suficientes para comparar el clima actual con el que había cuando era un niño. Sin poder dar datos, que no es lo que me preocupa, pero puedo afirmar sin faltar a la verdad que mis recuerdos indican que hace setenta y muchos años hacía más frío, nevaba mucho más y creo que también llovía más. ¿A qué es debido? No lo sé, no soy un climatólogo ni nada que termine en logo y esté relacionado con el medio ambiente, pero en definitiva afirmo y aseguro que el clima ha cambiado en el transcurso de mi vida y ese cambio se focaliza en que hace más calor, en que las estaciones ya no son lo que eran y en que el frío y la nieve son más escasos cada vez. Pregunten a los ancianos que conozcan, verán como les cuentan lo mismo. Ergo, ¿hay cambio climático?, para los viejos sí, salvo que te apellides Trump o como alguno de los botarates que lo niegan no sé por qué misteriosos motivos.
   Segunda razón, lo que observo en mis paseos. En un reciente post contaba que diariamente suelo pasear por la Ruta Verde que atraviesa el campus de la Universidad Complutense, mi alma mater. Ese paseo está festoneado por árboles de todo tipo entre los que abundan los caducifolios. Como no soy un experto en botánica he tenido que bucear en internet para conocer los árboles de hoja caduca que me dan sombra en mis paseos. Y lo primero que he descubierto, ¡bendita ignorancia!, es que la botánica estudia todo tipo de plantas en general, pero es la dendrología la ciencia que estudia las plantas arboladas: árboles, arbustos y lianas. La red también me dice que los caducifolios más comunes en Madrid, y supongo que en la Ciudad Universitaria, son: los distintos tipos de plátanos, olmos, chopos, abedules, fresnos, los distintos tipos de castaños, arces, alisos, espinos, hayas, acacias y hasta un tipo que desconocía y que tiene un nombre precioso, el liquidámbar.
   Pues bien, los árboles que acabo de enumerar en el mes de octubre, entrados ya en el otoño astronómico, deberían tener buena parte de su follaje perdiendo el verde para tornarse en amarillo. ¡Y qué va!, están tan verdes como si en vez del otoño estuviéramos en la primavera. Lo que desde el punto de vista del termómetro es bien cierto. Las temperaturas madrileñas a mediodía casi rozan los 30 grados y por la noche no bajan de los 17 o 18. Mis paseos y lo que observo en ellos es que algo ha cambiado en el clima y los árboles son mudos testigos de ello. El otoño ha dejado de ser el que era y se ha convertido en una especie de coda veraniega. Lo que antes se llamaba el veranillo de San Martín o de las Rosas, se ha convertido en un veranazo de tomo y lomo.
   ¿Creen en el cambio climático? Si no lo creen esperen a tener más de setenta años y verán cómo se convierten en partidarios del mismo. O dense largos paseos por zonas arboladas y verán como los árboles les muestren a las claras que el cambio ha llegado. Por consiguiente, algo habrá que hacer, sino para borrarlo sí al menos para mitigarlo. Se lo debemos a nuestros hijos, a nuestros nietos; en definitiva, a las generaciones más jóvenes.
   ¿Creen en el cambio climático? Verán, yo… sí.

viernes, 5 de octubre de 2018

72. Esa muchacha no te traerá más que disgustos


  En el cuartel de la Guardia Civil de Torreblanca prosigue el interrogatorio de Rocío Molina por parte del comandante del puesto que la ha instado a contar la verdad, algo que la andaluza no piensa hacer. Al contrario, ha decidido que puede sacarle réditos a las muchas cosas que sabe de lo que ocurrió en la habitación de Curro la tarde del quince, vio al Chato, a Espinosa, al guiri. Le lleva a mantener esa actitud lo que ha visto en las series televisivas, sobre todo americanas, en las que un detenido puede negociar beneficios penales colaborando con la fiscalía. Además, cree que puede engañar fácilmente a un picoleto que si está destinado en un pueblucho como aquel no debe de ser ninguna lumbrera. Por ello, antes de que el suboficial continúe presionándola contraataca.
-Ya se lo pregunté ayer y se lo vuervo a repetir: ¿estoy presa?
-No, no lo está.
-Entonses, me marcho ahora mismito –dice Rocío con desparpajo.
-De eso, nada. Está detenida en virtud de lo que establece la Ley de Enjuiciamiento Criminal, así como de las competencias que confiere a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para retener contra su voluntad a una persona que es considerada sospechosa de haber realizado o participado en la comisión de un delito y por consiguiente de haber quebrantado la ley de una u otra manera -La cita legal y la voz firme del suboficial al enunciarla han servido para que el falso coraje de la andaluza se derrita como un helado al sol del mediodía-. Repito: ¿en qué momento de la tarde estuvo en la habitación del fallecido?
-Entre las seis y las siete má o meno –Rocío se ha dicho que será mejor llevar la corriente al picoleto.
-¿Estuvo sola o acompañada?
-Estuve to er rato en compañía de Anca y luego también de su noviete.
-¿Y qué hicieron durante ese tiempo?
-Cuidar a mi Curro y despué buscar su tarjeta sanitaria por si teníamos que ingresarlo en un hospital.
-¿Cómo se encontraba su novio?
-Estaba mu chungo er pobre.
-Y si estaba tan mal, ¿por qué no llamaron a un médico?
   Ahí vuelve a vacilar Rocío. Está ante otro aprieto: si dice que lo llamaron, el sargento descubrirá fácilmente que ha mentido; si cuenta la verdad tendrá que meter en el ajo al lechuguino de Espinosa. Si lo hace va a gastar uno de los cartuchos que guarda en la recámara para el posterior devenir de los interrogatorios. El dilema lo resuelve cuando el guardia civil la apremia:
-Señora, que no tenemos todo el día, conteste, por favor.
-Verá, es que cuando Anca y yo entramos en la habitasión de Curro la primera ves nos encontramos con que estaba allí un señor, un conosio de mi novio. Nosotras ar ver er estao en que estaba Curro dijimos de llamar a un doctor, pero er señor allí presente nos dijo que ya lo hasía él. Por eso nos despreocupamos de haserlo.
-Ese conocido de su novio tendrá nombre.
-Se llama Carlos Espinosa y es o vive en Málaga –la andaluza no ha dudado ni un segundo.
-Y ese tal Espinosa, ¿qué hacía en el cuarto del señor Salazar?
-Creo que tenía negosios con Curro. Supongo que estaba allí por eso. Por sierto, cuando entramos le estaba dando de beber coñac, dijo que lo hasía pa reanimarlo.
-¿Sabe dónde vive o se hospeda el tal Espinosa?
-No, señor sargento.
-Vuelvo al estado de Salazar, si estaba tan grave como ha afirmado, ¿cómo se fueron de su habitación sin nadie que lo atendiera y sin que hubiera llegado ninguna ayuda médica?
   Rocío vuelve a encontrarse presa de sus contradicciones al no contar toda la verdad. “Este cabrón de picoleto no es tan corto como creía, ar finá me lo va a sacar to”. Intenta salir del apuro como sea.
-Nos fuimos porque nos urgía encontrar los papeles de la seguridá sosiá pa ingresarlo en un hospital y lo hisimos porque creíamos que er doctor llegaría de un momento a otro.
-¿Por qué no avisaron a otro empleado del hostal o a la patrona sobre la gravedad de Salazar?
-Verá, señor sargento… -instintivamente, como hiciera en su interrogatorio Francisco José, Rocío echa mano de una muletilla con la que ganar tiempo para urdir una respuesta-…, estábamos tan nerviosas que ni caímos en eso –e intenta adornar el embuste-. En los momentos en que se puede estar muriendo una persona tan queria la verdá es que se te va la olla.
-Sí, lo entiendo. Lo que no acabo de entender es que si abandonaron la habitación sobre las siete de la tarde, ¿qué es lo que hicieron durante más de tres horas hasta que los localizó el guardia que mandé a buscarlos? ¿No es mucho tiempo teniendo en cuenta la gravedad del estado de su novio? ¿Cómo lo explica? 
   A estas alturas, la andaluza ha perdido la templanza y está hecha un manojo de nervios. Diga lo que diga, el picoleto la acorrala de manera inmisericorde. Opta por no contestar, seguir mintiendo más no la lleva a ninguna parte. Pese a la falta de respuesta, el sargento no da su brazo a torcer y prosigue con sus preguntas.
-Usted ha dicho antes que cuando entramos en la habitación de Curro la primera vez… ¿Qué hicieron, a dónde fueron entre la primera y la segunda vez?
   Rocío piensa que si le responde le tendrá que contar lo del Chato y lo del guiri. Otros cartuchos desperdiciados. Por lo que resuelve no dar más respuestas. Se calla y lo que dice es otra de las cosas que ha aprendido en los culebrones de la tele:
-No diré nada ma sino es en presensia de mi abogao.
   Ante la petición y la falta de colaboración de la andaluza, y estando firmemente convencido de que la mujer sabe mucho más de lo que cuenta y de que sus incoherencias son patentes, el sargento decide pasar a la testigo a detenida.
-Bien, señora, como quiera. De acuerdo con los artículos 492 y 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal queda detenida. Las razones de su arresto son que existen datos indiciarios de su posible participación en un presunto delito, así como de la sustracción de un bien propiedad de la víctima. Tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí misma, a no declararse culpable, a asignar abogado y si no lo asigna se le nombrará uno de oficio, y a ser reconocida por el médico forense o su sustituto legal en su defecto. ¿Lo ha entendido?
-¿To eso quiere desir que estoy presa?
-Presa, no, detenida preventivamente que no es lo mismo. Esta detención no podrá durar más del tiempo estrictamente necesario para la realización de las averiguaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos y, en todo caso, en el plazo máximo de setenta y dos horas deberá ser puesta en libertad o a disposición de la señora juez que lleva este caso.
   La andaluza ya no es capaz ni de contestar, su detención es algo que la abruma y la ha dejado sin fuerza ni voluntad para protestar. El sargento ordena a un guardia que conduzcan a la detenida al calabozo del cuartelillo y pone un fax a la Jueza de Instrucción de la primera diligencia de instrucción criminal que ha realizado el puesto de Torreblanca como policía judicial del caso Pradera.
   A continuación llama a declarar a Vicente Fabregat, pero antes atiende la petición del padre del joven que se ha presentado en el cuartel acompañado de un abogado local. Tras hablar con ambos, el suboficial acepta que el interrogatorio de Vicentín se realice en presencia del letrado, pero se niega tajantemente a que también esté presente el padre tal y como pretendía éste. Todavía antes de iniciar el interrogatorio debe atender una llamada telefónica de la alcaldesa del pueblo interesándose por la situación del joven Fabregat. Se quita de en medio a la política municipal indicándole que no puede informarle de nada hasta que la Juez de Instrucción decida lo pertinente. Por fin, se instalan en la salita de interrogatorios el joven, su abogado y el sargento.
-Cuéntame con el mayor detalle posible qué hacías en la habitación del extinto Francisco Salazar en la tarde de ayer.
   Fabregat, antes de hablar mira a su bogado que asiente con un gesto, carraspea y comienza su declaración:
-Yo estaba en la cafetería del hostal haciendo tiempo para hablar con mi novia cuando la vi acompañada de una mujer a quien no conocía. La desconocida, que resultó ser la novia del andaluz al que llamaban Martínez, me pidió que las acompañara para ayudarlas a abrir un maletín metálico. Anca estuvo de acuerdo con ello. Subimos al cuarto de Martínez… -el joven vacila y vuelve a mirar a su abogado que le anima a seguir-… y lo primero que vimos fue a un tío que parecía un armario…
-Un momento. ¿Qué hora aproximada sería cuándo entrasteis en la habitación?
-Más o menos, las siete menos cuarto.
-Bien, sigue.
-Como le decía, había un desconocido, que luego resultó ser un guiri, que nos contó que pasaba por el pasillo cuando oyó quejidos por lo que entró en el cuarto a ver qué pasaba y que se encontró a Martínez en la cama más muerto que vivo y que trataba de ayudarlo.
-Y el extranjero, ¿lo habías visto antes, sabes si la Molina y Anca lo conocían?
-Era la primera vez que lo veía y Anca y la andaluza tampoco lo conocían.
-¿Y qué pasó con el extranjero?
-Dijo que no podía hacer nada más y se fue.
-¿Sabes si era un huésped del hostal?
-No lo sé, sargento, eso quien debe saberlo es la Eulalia.
-¿Y a ti como te pareció que se encontraba Salazar?
-Pues muy jodido. Recuerdo que dije: este fulano está como para diñarla. También les dije a mi novia y a la andaluza que se debería llamar urgentemente a un médico.
-¿Y por qué no lo llamaron?
-Contestaron que ya lo había llamado un conocido que había estado anteriormente con ellas en la habitación de Martínez.
   De momento, el sargento se da por satisfecho con esas primeras declaraciones de Fabregat. Le informa que no debe de salir del pueblo sin comunicarlo previamente, que le volverán a llamar cuando la juez del caso lo estime oportuno y que al día siguiente se pase por el cuartel para firmar la declaración. El joven sale de la casa-cuartel escoltado por su abogado y por su padre que le recrimina:
-Ya te dije que esa muchacha no te traerá más que disgustos.

PD.- Hasta el próximo viernes