lunes, 24 de septiembre de 2018

*** Adios Torrenostra, hola Madrid



   Se acabó la playa, adiós al Mediterráneo. He sentido despedirme del mar porque está haciendo un septiembre que casi parece agosto. En todo el verano no ha estado el agua tan cálida y transparente como ahora. Y encima sin el barullo de la gente. Pero no me gusta quedarme solo, mis hijos han vuelto a Madrid y yo, como sigue el cubo a la soga a la que está atado, me vuelvo con ellos. En este caso está claro quién es el cubo de la metáfora.
   La capital de las Españas como siempre. Un cielo de un azul velazqueño, una temperatura que ronda los treinta grados (Celsius naturalmente), unas calles llenas de bullicio, especialmente de guiris, y un conato de contaminación que amenaza con quedarse todo el invierno.
   La primera salida fuera de mi chamberilero barrio ha sido para celebrar un importante acontecimiento laboral en la vida de mi primogénita. Fuimos, abuelo y padres y nietos, al centro en metro (a los críos les encanta). Tomamos el aperitivo en una coqueta plaza cuyas distintas denominaciones a lo largo de los dos últimos siglos son un reflejo de la Historia de España. Su nombre tradicional era el de Plaza de Bilbao, que se cambió durante la II República por el de Ruiz Zorrilla, un dirigente republicano del siglo XIX. Durante la Guerra Civil, puesto que la plaza está cerca del edificio de la Telefónica, por entonces el más alto de Madrid, recibía muchos de los obuses que se disparaban contra la central telefónica por lo que el castizo humor madrileño la llamaba la Plaza del Gua, en alusión al juego de las canicas del mismo nombre. Tras la Guerra Civil pasó a llamarse Vázquez de Mella, un pensador carlista muy del agrado de los vencedores del conflicto. En 2015 la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales y el Colectivo Gay de Madrid propusieron cambiar el nombre de la plaza para dedicarla a la memoria del entonces recientemente fallecido Pedro Zerolo, político municipal que se significó en la reivindicación de los derechos de dichos colectivos de los que formaba parte. Y así sigue llamándose hasta el próximo vuelco político. Cómo verán, Madrid se moderniza.
   Después del aperitivo, fuimos toda la familia a ver una exposición sobre la máquina Enigma, aquel prodigio de la inventiva alemana durante la II Guerra Mundial y que llevó de cabeza a los servicios de inteligencia aliados hasta que un equipo de criptólogos británicos, encabezados por el injustamente tratado Alan Turing, logró descifrar sus claves. Estudios posteriores han llegado a evaluar que esa proeza hizo que el conflicto se acortara en un par de años.
   Almorzamos en un restaurante japonés. La comida oriental no es precisamente una de mis debilidades, pero sí de mis hijos. Puesto que estaba en minoría tuve que ceder y comer esos innumerables platitos con unos contenidos difícilmente descriptibles y que hay que mojar en salsa de soja o con wasabi para que sepan a algo. Confieso que no estuvo tan mal, pero sigo prefiriendo la cocina mediterránea en la que siempre sabes lo que estás comiendo.
   Terminamos la tarde con un paseo por el piso superior del Corte Inglés de Callao que tiene unas espléndidas vistas sobre el Madrid de los Austrias. Y en donde mis nietos, que son la debilidad de su abuelo, me pidieron unos helados, algo que con una temperatura de 32 grados era perfectamente razonable.
   Y aquí se termina este post. Adiós Torrenostra, hola Madrid.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Capítulo 17. Comienza el desfile de testigos.- 70. Será mejor separar a los pichones


   En las primeras horas del dieciséis de agosto, todavía de noche, el comandante del puesto de la Guardia Civil de Torreblanca se dispone a tomar declaración a un trío, al que ha bautizado como los pichones, que en principio parecen tener alguna relación con las últimas horas de vida de Francisco Salazar. En el cubil de interrogatorios y con cara destemplada están, silenciosos y taciturnos, Rocío Molina, Anca Dumitrescu y Vicente Fabregat. Ninguno de ellos conoce el deceso de Curro, por eso Rocío cree que el hecho de que les haya buscado la Guardia Civil debe de ser por la sustracción del maletín de su exnovio. Alguien ha debido denunciar su robo. Piensa mantener la historia que le contó al lila de Vicentín: se lo han llevado para abrirlo por si allí estaba la tarjeta sanitaria de Salazar que no han encontrado en el resto del equipaje y que va a ser necesaria si hay que ingresar a Curro en un hospital. A su vez, Anca también cree que la causa de que estén en el cuartelillo de los civiles es el dichoso maletín. Ha pensado que el hecho de que no lo hayan conseguido abrir les va a ayudar pues lo pueden devolver sin haber tocado nada de dentro, solo que ahora está bastante abollado, pero por unas abolladuras no les pueden hacer gran cosa. Vicentín es de los tres el que está más perdido, no tiene ni remota idea de porqué los han llevado al cuartelillo, pero a la vez es el más cabreado porque sabe que ya debe estar corriendo por el pueblo como un reguero de pólvora la noticia de que al hereu de los Fabregat lo han llevado a la casa-cuartel. Y eso es algo que a sus padres les va a enfadar muchísimo. “Anca me va a tener que dar muchas explicaciones y lo mismo la andaluza de los cojones”, se dice. En esas, entran en el cuartito el guardia civil que los localizó y un sargento con cara de malas pulgas. El trío mira al suboficial con aprensión y una pizca de miedo.
-Buenos días, me llamo Hernando Bellido y soy el comandante del puesto. Veamos…
-Perdone Bellido –le interrumpe Rocío con tono falsamente enérgico-, pero quiero preguntarle si estamos detenidos –La andaluza tiene la vaga idea de que para detener a un ciudadano hay que haber cometido un delito o la policía debe tener suficientes motivos de la existencia de un delito y de la participación en él de dicha persona.
-Le ruego que se dirija a mí como sargento y no, no están detenidos, se trata de hacerles algunas preguntas en relación con el extinto señor Salazar.
-¿Extinto? –al parecer Rocío no conoce ese vocablo, pero Vicentín que sí sabe lo que quiere decir se pregunta qué tendrán que ver ellos con ese tal Salazar, sea quien sea y esté vivo o muerto.
-Me refiero a que están aquí para que nos cuenten si en el día de ayer, quince de agosto, tuvieron algún tipo de contacto con el fallecido Francisco Salazar Jiménez.
-Yo no conozco a nadie que se llame así –salta Anca como un resorte.
-Yo…, yo tampoco –la secunda su novio.
   Para Rocío, que es la única del trío que sí conoce el verdadero nombre del que se hacía pasar por Francisco Martínez, la noticia de que su exnovio ha muerto ha supuesto un auténtico mazazo. Cuando se repone pregunta:
-¿Está disiendo que Curro…, quiero desir que Fransisco Salasar ha muerto?
-¿No lo sabían ustedes? –Ahora el sorprendido es el sargento que piensa que el hecho de que esos tres pichones desconozcan el óbito de Salazar le obligará a dar un giro significativo al esquema de interrogatorio que tenía en mente.
   Anca y Vicentín, casi al mismo tiempo, caen en la cuenta de que el tal Salazar debe de ser quienes ellos conocían como Martínez. Para cerciorarse, la joven rumana que ya se ha repuesto de su inicial temor formula directamente la pregunta:
-¿Ese Francisco Salazar es el huésped de la habitación 16 y que conocíamos como señor Martínez?
-El mismo.
-Pero no es posible, estaba fastidiado por su problema de las fracturas de costilla, pero se estaba recuperando muy bien –afirma Anca.
-Pues ha fallecido y en unas circunstancias que no están del todo claras. Y dime –el sargento ha pasado al tuteo-, tú eres Anca la que arreglaba su habitación, ¿no es eso? –Ante el asentimiento de la muchacha el suboficial continúa preguntando-. ¿Cuándo estuviste en la habitación del fallecido?
-La primera vez cuando hice la habitación aprovechando que había bajado a desayunar. Yo estoy encargada de arreglar las habitaciones pares de la primera planta, por eso tenía a mi cuidado la habitación 16 que es la del señor Martínez… bueno, o como se llame. Le vi en el comedor y se encontraba bien, hasta me gastó alguna broma.
   El sargento ha tomado buena nota de lo de la primera vez. Después de la primera vienen otras.
-¿Y cuándo fue la segunda vez?
-A eso de las dos menos cuarto cuando le llevé el almuerzo. Le dejé la bandeja y me bajé inmediatamente. Ese mediodía teníamos el comedor a tope.
-¿Y volviste a subir a su cuarto?
   Instintivamente Anca mira a Rocío antes de contestar. El sargento toma nota mental de esa mirada. “Estas dos han estado juntas en la habitación del muerto”, se dice. La camarera vacila.
-Claro, subí a recoger la bandeja. Serían las tres y algo.  
-¿Y hablasteis?
-No. Estaba viendo la tele y yo seguía teniendo mucho curro en el comedor, así que me limité a coger la bandeja e irme.
-Y después de recoger la bandeja del almuerzo, ¿volviste a subir? – el sargento le aprieta las tuercas a la joven que vuelve a mirar a la andaluza la cual rehúye la mirada. Anca vacila, no sabe que puede ser mejor, sí contarle al sargento la verdad o, al menos, parte de ella o mentirle descaradamente. La Guardia Civil tiene en el pueblo fama de que termina averiguando lo que quiere saber. Piensa que la mala pécora de la andaluza la ha metido en un buen fregado, pero que al fin y al cabo ella no ha hecho nada, salvo ayudarla a intentar abrir el maletín del pobre señor Martínez. El suboficial espera pacientemente a que la joven rumana conteste, pero al no hacerlo la insta.
-Jovencita, no tenemos toda la noche. Repito: ¿volviste a subir a la habitación 16?
   Anca vuelve a mirar a Rocío que nuevamente aparta su mirada. También mira a Vicentín que le devuelve otra mirada llena de interrogantes. De repente se le ocurre que lo que puede hacer es contar el relato que se inventó la andaluza sobre la tarjeta sanitaria de Martínez. Piensa que a Rocío no le va a gustar, pero se dice: “¡qué se joda!”.
-Verá, sargento, volví a subir porque me lo pidió aquí la Rocío –y lo dice señalando a la andaluza-, que es novia del señor Martínez, o como se llame, porque necesitaba encontrar los papeles de la Seguridad Social por si había que ingresarle en el hospital de Castellón.
   En ese momento, el suboficial se da cuenta de que está cometiendo un fallo garrafal en su interrogatorio, hacerlo con los tres juntos. Y toma una inmediata medida correctora: separar a los tres pichones y tomarles declaración de uno en uno.
-Bueno, vamos a ir por partes. Braulio, llévate a la señora Molina a mi despacho y te quedas con ella. Y dile a Gregorio que lleve a Fabregat al cuarto de guardia y que se quede con él. Yo me quedo con Dumitrescu.
-A tus órdenes, mi sargento.
   El hecho de quedarse sin el soporte de sus dos compañeros de aventuras, por llamarlo de alguna manera, pone nerviosa a Anca por primera vez desde que el guardia los encontró en el almacén de Vicentín. Mira al sargento con desconfianza y se pregunta qué va a pasar ahora. El suboficial decide ponerse en modo de poli bueno para ganarse la confianza de la joven y da un giro táctico a su interrogatorio.
-Anca, ¿a qué hora has salido de la habitación 16?
-Sobre las siete de la tarde, más o menos.
-¿Y cuándo has cenado?
-No he cenado, a eso de las nueve tomamos un tentempié.
-¿No tienes hambre?
-Pues ahora que lo dice, sí señor sargento.
   El suboficial llama a un agente y le encarga que pida unos bocadillos y unos botellines de agua y de refrescos a alguno de los paradores del pueblo sitos en la N-340 y que están abiertos las veinticuatro horas. Después, en vez de seguir linealmente su interrogatorio efectúa un pequeño cambio.
-¿De qué conoces a Rocío Molina?
   La joven le cuenta sus contactos con Rocío, pero le oculta que aceptó el soborno de la andaluza para introducirla en la habitación de Martínez sin que la viera la patrona. Y le sigue contando que Rocío aseguraba que era la novia de Martínez, aunque la primera vez que los vio juntos él afirmó que habían sido novios, pero que ya no lo eran. Visto que la rumana parece haberse tranquilizado, el sargento vuelve al hilo inicial del interrogatorio.
-Y desde las siete que has salido de la habitación del fallecido, ¿qué has estado haciendo?
   Anca cuenta que fueron al almacén de su novio -se dice que es mejor hablar en presente de su relación con Vicentín pues cree que eso la puede ayudar- para intentar abrir el maletín con un taladro eléctrico, pero resultó que no encontraron la broca adecuada para ello por lo que no pudieron abrirlo. Que estuvieron discutiendo qué hacer y que su novio comentó que en la herrería de Bellés lo podrían abrir fácilmente, el problema era que al ser festivo estaría cerrada. Luego a Vicentín se le ocurrió que lo que podían hacer era buscar al herrero y pedirle que fuera a su taller y les abriera el maletín. Estuvieron buscándolo por medio pueblo pero no lo encontraron por lo que volvieron al almacén. Y allí se quedaron y volvieron a intentar abrir el maletín hasta que los encontró el guardia.
-¿Y no os enterasteis de que había muerto el señor Salazar?
-No, señor sargento, se lo juro. La primera noticia nos la ha dado usted.
   En ese momento el suboficial nota el cansancio de las muchas horas de servicio por lo que decide suspender los interrogatorios y dar una cabezadita, piensa también que pasar toda la noche en el cuartelillo ablandará a los tres pichones.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 14 de septiembre de 2018

69. Veamos que cuentan esos pichones

 
   A pesar de la puntada de Grandal al joven Salazar ironizando sobre lo preguntón que es, el chico todavía tiene una última pregunta que hacerle.
-Perdone, esta es la úrtima: ha hablao usté de la polisía judisiá, ¿qué es lo que hase esa polisía?
-La última respuesta que te doy, chico. La policía judicial tiene por objeto averiguar los delitos que se cometan en su demarcación, practicar las diligencias necesarias para comprobarlos, descubrir a los delincuentes, y recoger todos los efectos, instrumentos o pruebas del delito cuya desaparición corriera peligro, poniéndolos a disposición de la autoridad judicial. Dicho más breve: es la que realiza las actuaciones tendentes a esclarecer los hechos delictivos e informar de todo ello al juez que instruya el caso. Y ahora, muchacho, creo que es hora de recogerse porque mi reloj marca la una y treinta. Buenas noches.
   A todo esto, el médico forense de la comisión judicial ha extendido el certificado médico de defunción por lo que la jueza ordena el levantamiento del cadáver de Francisco Salazar Jiménez. Hecho esto encarga al sargento de la Guardia Civil del pueblo que la unidad que manda actúe de policía judicial en el caso y que si considera que el asunto les sobrepasa pedirá a la Comandancia del Cuerpo en Castellón que les envíe algún o algunos guardias de apoyo y añade:
-No es necesario que le recuerde, sargento, que la obtención de pruebas constituye el principal objetivo de la policía judicial.
   Al suboficial maldita la gracia que le ha hecho la puntualización de la juez pues un mensaje así parece poner en duda su profesionalidad y experiencia, pero con la disciplina propia del Cuerpo se limita a decir:
-Por supuesto, señoría. Y en principio no necesitamos que venga nadie de fuera.
   Nada más hablar la jueza se ha dado cuenta de su falta de tacto y de que posiblemente el suboficial haya podido molestarse por lo que rápidamente rectifica.
-Lo que acabo de decir no es porque dude ni por un momento de su capacidad, en mi corta experiencia he podido comprobar de primera mano lo excelentemente preparados que están los agentes del Cuerpo –y para enmendar su metedura de pata añade-. ¿Ha hecho algunas actuaciones referentes al caso?
   El sargento le detalla lo realizado hasta el momento: ha interrogado al hijo del fallecido y dos de sus números están tomando declaración a los empleados del hostal, así como a todos los huéspedes y demás comensales que estaban cenando. Además, ha ordenado la búsqueda de una camarera que trabaja en la casa y que justamente era la que tenía asignada la habitación que ocupaba el fallecido y que, desde que se ausentó a media tarde del hostal, nadie ha vuelto a verla.
-¿Cree que tiene algo que ver con el caso?
-Sin tomarle declaración no creo nada, señoría. Los apriorismos no son una buena receta en las investigaciones de presuntos hechos delictivos –el suboficial sangra por la herida que le ha ocasionado la falta de tacto de una jueza inexperta y le devuelve la pulla.
  El médico del SAMUR carraspea para hacerse notar antes de dirigirse a la jueza.
-Señoría, si ya no me necesitan debería volverme a Castellón, el turno de mi equipo acabó a las veinticuatro horas y son casi las dos la madrugada; además, todavía nos resta llevar el cadáver al Instituto de Medicina Legal para que realicen la autopsia si el doctor Farnós no decide otra cosa.
-Doctor Farnós –dice la juez dirigiéndose al forense-, ¿necesita algo más de su colega? –ante el gesto negativo del patólogo, la jueza indica al médico de urgencias que pueden irse cuando quieran.
-Emilio –dice la jueza al secretario judicial-, si has terminado el acta creo que podemos volvernos a Castellón –y volviéndose al guardia civil le indica-. Sargento, cualquier cosa que necesite no tiene más que comunicármelo y por favor téngame al corriente de su investigación. Y a propósito, en el supuesto de que el resultado de la autopsia establezca que estamos ante una muerte criminal, ¿qué nombre le va a poner al caso?
-Caso Pradera, señoría -el sargento no lo ha dudado, como si ya lo hubiera pensado.
   La juez hace un gesto de asentimiento, pero no puede más que pensar que el suboficial no se ha estrujado demasiado las meninges para encontrar un nombre para el caso. Los Prados…, la pradera, todo viene trillado. 
   En cuanto parten la ambulancia del SAMUR y la comisión judicial, al sargento todavía le queda un fleco por resolver: la ausencia de fondos de Francisco José para continuar en el hotel del pueblo en el que está hospedado. Busca a la patrona, le cuenta el problema que tiene el chico y le pide que si puede ayudarle. Ante la petición la señora Eulalia se enfrenta a un dilema: por un lado, el fallecimiento de su huésped le deja una habitación disponible para la segunda quincena de agosto, podrá volver a alquilarla en cuestión de horas, y además Martínez, sigue llamándole así, le pagó por adelantado todo el mes con lo que la renta que le puede sacar al cuarto será doble; por otro, sabe que no es honrado quedarse con un dinero tramposamente ganado, pero lo que más pesa en su determinación final es el hecho de que en su negocio tener de cara a la Guardia Civil le puede reportar más beneficios que el dinero que va a obtener realquilando la 16. Por ello su respuesta es la que es:
-Sargento, le voy a ser sincera, a ese chico no le debo nada, ni lo sucedido es mi problema, pero… basta con que usted me lo pida para ponerme a su disposición. El hijo puede quedarse en la habitación de su padre los días que sean precisos, al menos hasta fin de mes.
-Gracias, señora Eulalia, es usted una buena persona –se lo agradece el suboficial.
   Quien no lo agradece nada al contárselo es Francisco José.
-¿Qué me quede en la habitasión de mi papa?, ¿dormir en la cama en la que la ha parmao?, ni soñarlo. ¡Ojú, pues no trae eso mar fario ni na!
   La patrona le insiste, pero el joven se niega en redondo, no se quedará en la habitación 16. Al final, la señora Eulalia encuentra una solución: meterá en esa habitación a un matrimonio con un bebé de pocos meses que han contratado la segunda quincena de agosto y que como llegan mañana supone que no sabrán nada del suceso. A Francisco José lo acomoda en el cuarto destinado en principio para la pareja en cuestión.
   Resuelto el problema del joven Salazar, el sargento se reúne con sus dos subordinados que han estado tomando declaración al personal de servicio, así como a los clientes que han estado cenando o tomando una copa en la cafetería del hostal.
-¿Algún dato relevante en las declaraciones? –pregunta el suboficial.
-Nada destacado, mi sargento, aunque tendré que releer con más detenimiento las declaraciones, pero lo dicho: en principio ningún comensal ha visto nada raro –informa el número que ha interrogado a los que han estado cenando.
-Respecto a los empleados, mi sargento, -informa el otro guardia- sí que hay algunas revelaciones interesantes: el chico que atiende la barra ha visto subir a la primera planta a un par de tipos que asegura que no son clientes del hostal, declaración que ha sido corroborada por otra de las empleadas. Ah, y casi todos afirman que Anca Dumitrescu estuvo en la casa como hasta mediada la tarde y hay dos declarantes que aseguran que la vieron salir del hostal en compañía de su novio, un tal Vicente Fabregat, y de una mujer desconocida. Y añaden que el novio llevaba un bulto del tamaño de una maleta pequeña envuelto en una toalla.
-Bien…-el sargento mira su reloj- ¡Coño, las tres de la madrugada! Es hora de recogerse. Todo eso lo analizaremos mañana a primera hora. A las ocho reunión en mi despacho. Vámonos.
   Cuando los tres guardias civiles llegan a la casa-cuartel de Torreblanca la intención que tenía el suboficial de recogerse se esfuma. Al recibir el parte de novedades la primera información es que han encontrado a Anca Dumitrescu, residente en el pueblo, que estaba acompañada por quien dice ser su novio, Vicente Fabregat, natural y vecino de Torreblanca, y por una mujer que ha sido identificada como Rocío Molina, natural de Trebujena, provincia de Cádiz, avecindada en Sevilla y que actualmente se aloja en un hotel de Alcossebre. Tienen al trío en el cuarto de interrogatorios a la espera de lo que decida el comandante del puesto. El suboficial suspira: le acaban de chafar el resto de la noche. Pasa un momento por su casa en el propio cuartel para ver si su mujer le espera levantada, afortunadamente está dormida, y da un beso a sus dos pequeños que también están en el mejor de los sueños. Se echa agua a la cara para despejarse y se dirige a las oficinas del cuartelillo. Antes de interrogar a los tres retenidos pregunta al agente que los ha localizado.
-Cuéntame, Braulio.
-Primero fui al domicilio de la llamada Anca Dumitrescu que vive en la calle del Progrés, 98, 2º, B. Preguntados sus padres declaran que su hija debería estar en el hostal Los Prados donde trabaja y al ser informados de que no está allí dicen desconocer dónde puede encontrarse, aunque la madre agrega que quizá pueda estar en casa de su novio, Vicente Fabregat, y que a veces también suelen estar en un almacén que tiene la familia del precitado en la calle Llaurador, 81. Personado en el domicilio de Fabregat, sus padres afirman no haber visto a su hijo desde mediodía ni tampoco a la …, han usado un palabra malsonante para denominar a la tal Anca. En el almacén citado, después de repetidos golpes en la puerta y haberme identificado como guardia civil, Fabregat ha abierto y allí estaba Anca Dumitrescu, acompañada de Rocío Molina. Estaban intentando taladrar un maletín metálico que la llamada Molina afirma ser propiedad de su novio, el difunto Salazar. Puesto que no he podido comunicarme contigo, mi sargento, he pedido a los tres sujetos que me acompañaran al cuartel y que trajeran el maletín mencionado. Fin del informe, mi sargento.
- Veamos que cuentan esos pichones.

PD.- Hasta el próximo viernes