viernes, 14 de septiembre de 2018

69. Veamos que cuentan esos pichones

 
   A pesar de la puntada de Grandal al joven Salazar ironizando sobre lo preguntón que es, el chico todavía tiene una última pregunta que hacerle.
-Perdone, esta es la úrtima: ha hablao usté de la polisía judisiá, ¿qué es lo que hase esa polisía?
-La última respuesta que te doy, chico. La policía judicial tiene por objeto averiguar los delitos que se cometan en su demarcación, practicar las diligencias necesarias para comprobarlos, descubrir a los delincuentes, y recoger todos los efectos, instrumentos o pruebas del delito cuya desaparición corriera peligro, poniéndolos a disposición de la autoridad judicial. Dicho más breve: es la que realiza las actuaciones tendentes a esclarecer los hechos delictivos e informar de todo ello al juez que instruya el caso. Y ahora, muchacho, creo que es hora de recogerse porque mi reloj marca la una y treinta. Buenas noches.
   A todo esto, el médico forense de la comisión judicial ha extendido el certificado médico de defunción por lo que la jueza ordena el levantamiento del cadáver de Francisco Salazar Jiménez. Hecho esto encarga al sargento de la Guardia Civil del pueblo que la unidad que manda actúe de policía judicial en el caso y que si considera que el asunto les sobrepasa pedirá a la Comandancia del Cuerpo en Castellón que les envíe algún o algunos guardias de apoyo y añade:
-No es necesario que le recuerde, sargento, que la obtención de pruebas constituye el principal objetivo de la policía judicial.
   Al suboficial maldita la gracia que le ha hecho la puntualización de la juez pues un mensaje así parece poner en duda su profesionalidad y experiencia, pero con la disciplina propia del Cuerpo se limita a decir:
-Por supuesto, señoría. Y en principio no necesitamos que venga nadie de fuera.
   Nada más hablar la jueza se ha dado cuenta de su falta de tacto y de que posiblemente el suboficial haya podido molestarse por lo que rápidamente rectifica.
-Lo que acabo de decir no es porque dude ni por un momento de su capacidad, en mi corta experiencia he podido comprobar de primera mano lo excelentemente preparados que están los agentes del Cuerpo –y para enmendar su metedura de pata añade-. ¿Ha hecho algunas actuaciones referentes al caso?
   El sargento le detalla lo realizado hasta el momento: ha interrogado al hijo del fallecido y dos de sus números están tomando declaración a los empleados del hostal, así como a todos los huéspedes y demás comensales que estaban cenando. Además, ha ordenado la búsqueda de una camarera que trabaja en la casa y que justamente era la que tenía asignada la habitación que ocupaba el fallecido y que, desde que se ausentó a media tarde del hostal, nadie ha vuelto a verla.
-¿Cree que tiene algo que ver con el caso?
-Sin tomarle declaración no creo nada, señoría. Los apriorismos no son una buena receta en las investigaciones de presuntos hechos delictivos –el suboficial sangra por la herida que le ha ocasionado la falta de tacto de una jueza inexperta y le devuelve la pulla.
  El médico del SAMUR carraspea para hacerse notar antes de dirigirse a la jueza.
-Señoría, si ya no me necesitan debería volverme a Castellón, el turno de mi equipo acabó a las veinticuatro horas y son casi las dos la madrugada; además, todavía nos resta llevar el cadáver al Instituto de Medicina Legal para que realicen la autopsia si el doctor Farnós no decide otra cosa.
-Doctor Farnós –dice la juez dirigiéndose al forense-, ¿necesita algo más de su colega? –ante el gesto negativo del patólogo, la jueza indica al médico de urgencias que pueden irse cuando quieran.
-Emilio –dice la jueza al secretario judicial-, si has terminado el acta creo que podemos volvernos a Castellón –y volviéndose al guardia civil le indica-. Sargento, cualquier cosa que necesite no tiene más que comunicármelo y por favor téngame al corriente de su investigación. Y a propósito, en el supuesto de que el resultado de la autopsia establezca que estamos ante una muerte criminal, ¿qué nombre le va a poner al caso?
-Caso Pradera, señoría -el sargento no lo ha dudado, como si ya lo hubiera pensado.
   La juez hace un gesto de asentimiento, pero no puede más que pensar que el suboficial no se ha estrujado demasiado las meninges para encontrar un nombre para el caso. Los Prados…, la pradera, todo viene trillado. 
   En cuanto parten la ambulancia del SAMUR y la comisión judicial, al sargento todavía le queda un fleco por resolver: la ausencia de fondos de Francisco José para continuar en el hotel del pueblo en el que está hospedado. Busca a la patrona, le cuenta el problema que tiene el chico y le pide que si puede ayudarle. Ante la petición la señora Eulalia se enfrenta a un dilema: por un lado, el fallecimiento de su huésped le deja una habitación disponible para la segunda quincena de agosto, podrá volver a alquilarla en cuestión de horas, y además Martínez, sigue llamándole así, le pagó por adelantado todo el mes con lo que la renta que le puede sacar al cuarto será doble; por otro, sabe que no es honrado quedarse con un dinero tramposamente ganado, pero lo que más pesa en su determinación final es el hecho de que en su negocio tener de cara a la Guardia Civil le puede reportar más beneficios que el dinero que va a obtener realquilando la 16. Por ello su respuesta es la que es:
-Sargento, le voy a ser sincera, a ese chico no le debo nada, ni lo sucedido es mi problema, pero… basta con que usted me lo pida para ponerme a su disposición. El hijo puede quedarse en la habitación de su padre los días que sean precisos, al menos hasta fin de mes.
-Gracias, señora Eulalia, es usted una buena persona –se lo agradece el suboficial.
   Quien no lo agradece nada al contárselo es Francisco José.
-¿Qué me quede en la habitasión de mi papa?, ¿dormir en la cama en la que la ha parmao?, ni soñarlo. ¡Ojú, pues no trae eso mar fario ni na!
   La patrona le insiste, pero el joven se niega en redondo, no se quedará en la habitación 16. Al final, la señora Eulalia encuentra una solución: meterá en esa habitación a un matrimonio con un bebé de pocos meses que han contratado la segunda quincena de agosto y que como llegan mañana supone que no sabrán nada del suceso. A Francisco José lo acomoda en el cuarto destinado en principio para la pareja en cuestión.
   Resuelto el problema del joven Salazar, el sargento se reúne con sus dos subordinados que han estado tomando declaración al personal de servicio, así como a los clientes que han estado cenando o tomando una copa en la cafetería del hostal.
-¿Algún dato relevante en las declaraciones? –pregunta el suboficial.
-Nada destacado, mi sargento, aunque tendré que releer con más detenimiento las declaraciones, pero lo dicho: en principio ningún comensal ha visto nada raro –informa el número que ha interrogado a los que han estado cenando.
-Respecto a los empleados, mi sargento, -informa el otro guardia- sí que hay algunas revelaciones interesantes: el chico que atiende la barra ha visto subir a la primera planta a un par de tipos que asegura que no son clientes del hostal, declaración que ha sido corroborada por otra de las empleadas. Ah, y casi todos afirman que Anca Dumitrescu estuvo en la casa como hasta mediada la tarde y hay dos declarantes que aseguran que la vieron salir del hostal en compañía de su novio, un tal Vicente Fabregat, y de una mujer desconocida. Y añaden que el novio llevaba un bulto del tamaño de una maleta pequeña envuelto en una toalla.
-Bien…-el sargento mira su reloj- ¡Coño, las tres de la madrugada! Es hora de recogerse. Todo eso lo analizaremos mañana a primera hora. A las ocho reunión en mi despacho. Vámonos.
   Cuando los tres guardias civiles llegan a la casa-cuartel de Torreblanca la intención que tenía el suboficial de recogerse se esfuma. Al recibir el parte de novedades la primera información es que han encontrado a Anca Dumitrescu, residente en el pueblo, que estaba acompañada por quien dice ser su novio, Vicente Fabregat, natural y vecino de Torreblanca, y por una mujer que ha sido identificada como Rocío Molina, natural de Trebujena, provincia de Cádiz, avecindada en Sevilla y que actualmente se aloja en un hotel de Alcossebre. Tienen al trío en el cuarto de interrogatorios a la espera de lo que decida el comandante del puesto. El suboficial suspira: le acaban de chafar el resto de la noche. Pasa un momento por su casa en el propio cuartel para ver si su mujer le espera levantada, afortunadamente está dormida, y da un beso a sus dos pequeños que también están en el mejor de los sueños. Se echa agua a la cara para despejarse y se dirige a las oficinas del cuartelillo. Antes de interrogar a los tres retenidos pregunta al agente que los ha localizado.
-Cuéntame, Braulio.
-Primero fui al domicilio de la llamada Anca Dumitrescu que vive en la calle del Progrés, 98, 2º, B. Preguntados sus padres declaran que su hija debería estar en el hostal Los Prados donde trabaja y al ser informados de que no está allí dicen desconocer dónde puede encontrarse, aunque la madre agrega que quizá pueda estar en casa de su novio, Vicente Fabregat, y que a veces también suelen estar en un almacén que tiene la familia del precitado en la calle Llaurador, 81. Personado en el domicilio de Fabregat, sus padres afirman no haber visto a su hijo desde mediodía ni tampoco a la …, han usado un palabra malsonante para denominar a la tal Anca. En el almacén citado, después de repetidos golpes en la puerta y haberme identificado como guardia civil, Fabregat ha abierto y allí estaba Anca Dumitrescu, acompañada de Rocío Molina. Estaban intentando taladrar un maletín metálico que la llamada Molina afirma ser propiedad de su novio, el difunto Salazar. Puesto que no he podido comunicarme contigo, mi sargento, he pedido a los tres sujetos que me acompañaran al cuartel y que trajeran el maletín mencionado. Fin del informe, mi sargento.
- Veamos que cuentan esos pichones.

PD.- Hasta el próximo viernes

martes, 11 de septiembre de 2018

*** La paella valenciana de ayer, de hoy y de siempre


   Hay una frase coloquial española que dice: lo prometido es deuda. La traigo a colación porque en un post anterior, el que describía cómo se celebraba en Torreblanca la festividad de la Mare de Deu d´Agost hace 75 años, prometía que algún día les hablaría de aquellas paellas que mis viejos paisanos cocinaban a la vera del cudolar (el cordón dunar de guijarros que bordea la mayor parte del litoral torreblanquino).
   La paella, posiblemente el plato español más conocido en el mundo, tiene un origen campesino, huertano para ser más exactos. Y es un plato de fortuna pues en su elaboración se utilizaban los productos que en un momento dado cada familia campesina tenía en casa. En aquellas paellas al lado del Mediterráneo, de hace setenta y tantos años, podías encontrar muchos de los productos que cultivaban los labradores de mi tierra o de los animales que tenían en sus corrales. En las paelleras ponían de todo. Carne: conejo, pollo, pato, cerdo, pavo, caracoles... Verduras: tomate, judías verdes, bajoca grande (bajocó o garrofó en valenciano), pimiento, alcachofa, ajo, ajetes, berenjena, calabacín, cebolla, garbanzos, azafrán, romero y, por supuesto, arroz.  La paellera lo admitía todo. Y se comía con delectación porque se consideraba una comida especial y que generalmente solo se preparaba para días señalados como el de la Virgen de Agosto.
   No se solía servir en platos sino que se comía de la misma paellera, el único cubierto era la cuchara y se utilizaba del modo que en Extremadura y en ambas Castillas se conoce como cucharada y paso atrás. Se regaba el arroz con tinto con gaseosa y con agua del botijo. Y el yantar se terminaba con un meló de tot l´any (melón de todo el año) o con meló d´Alger (melón de Argel o sandía), pero siempre sin mezclarlos.
   Viniendo a nuestros días, si nos atenemos a lo que dice el diccionario de la Real Academia Española la paella es “un plato de arroz seco con carne, pescado, mariscos, legumbres, etc. característico de la región valenciana, además de ser la sartén en la que se hace ésta”. En cambio, para los puristas de la paella, integrados en el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Arroz de Valencia, la genuina paella valenciana solo debe tener diez ingredientes básicos:
Un mineral: sal.
Dos líquidos: agua y aceite.
Dos carnes: pollo y conejo.
Cinco vegetales: judía verde, garrofón (o bajocó), tomate, azafrán y arroz.
Como excepción se admite que una de las dos carnes se sustituya por la de pato, que se pueden poner caracoles, uso muy extendido en la provincia de Castellón, y que además de los vegetales mencionados se le añadan otros ingredientes como alcachofa, pimentón y romero.
   Por consiguiente, todas las demás paellas que se elaboran con pescado, mariscos, chorizo y otros mil ingredientes son sucedáneos, más o menos afortunados, de la genuina paella valenciana. Reconozco que algunas de ellas son igual de buenas, y a veces hasta mejores, que las que podríamos denominar “paellas clásicas”. Entre los recuerdos gastronómicos que guardo está una paella de pescado y marisco que hacía un inolvidable amigo, Joaquín Pifarré, y que son las mejores que he probado en mi vida. No eran las genuinas, pero te chupabas los dedos con ella.
   Bueno, pues deuda saldada. Este es mi último post al lado del mar. Veremos si en Madrid encuentro los ánimos suficientes para seguir intercalando posts entre los episodios de la novela “Una playa demasiado tranquila” que precisamente discurre en Torrenostra. Para los que sigan de vacaciones mi enhorabuena y para los ya estén de vuelta al trabajo leña: al mono que es de goma.

viernes, 7 de septiembre de 2018

68. ¿Cómo se dice la juez o la jueza?


   El sargento de la Guardia Civil suspende su interrogatorio al joven Salazar porque acaba de llegar de Castellón el vehículo del juzgado de guardia. Ha sido el mismo suboficial quien ha notificado a la Audiencia Provincial las sospechas del médico del SAMUR (Servicio de Asistencia Municipal de Urgencia y Rescate) de indicios del fallecimiento no natural de Francisco Salazar Jiménez. En consecuencia se ha constituido la comisión judicial para proceder al levantamiento del cadáver; comisión integrada por el juez, un médico forense y un secretario judicial.
-A sus órdenes, señoría –el militar se cuadra y hace el saludo reglamentario al juez que, en puridad, es una jueza pues se trata de una mujer, agraciada y bastante joven-. Soy el sargento Bellido, comandante del puesto de Torreblanca. El médico del SAMUR también le está esperando. ¿Digo que le llamen?
-Por favor, sargento.
   Inmediatamente llega el galeno de urgencias que hace a la jueza y a su colega forense una sinopsis del contenido de su informe clínico.
-Supongo que el cadáver sigue en la habitación donde lo encontraron –pregunta la juez.
-Sí, señoría, y la habitación ha sido sellada para no contaminar el escenario –Es el sargento quién ha respondido.
-¿Ha sido una muerte violenta? –pregunta la jueza al doctor de urgencias.
-No me atrevo a afirmarlo, pero hay marcas de que el fallecido fue golpeado en el rostro antes de expirar, de su boca emana un fuerte olor de origen indeterminado que requerirá un análisis toxicológico y la dolencia que sufría, una fractura de costillas, puede ser causa necesaria pero no suficiente para producir el óbito. Por todo ello no he firmado el certificado de defunción y he solicitado la comparecencia del juzgado de guardia.
-Doctor, ¿no se burlará de mí si le digo que esta es mi tercera guardia y que en ninguna de ellas había tenido un caso ni remotamente parecido? –la juez hace esta confesión con una media sonrisa en su afilado rostro.
-En absoluto, señoría, siempre hay una primera vez. Todos los profesionales hemos pasado por ello, el doctor Farnós se lo podrá confirmar –dice el médico del SAMUR aludiendo al forense.
-Bueno, vamos a proceder al levantamiento del cadáver –La jueza, pese a su juventud y falta de experiencia, se ha guardado para sí que cuando recibió la comunicación del suceso y metió el nombre de Francisco Salazar Jiménez en la base de datos del Ministerio de Justicia se encontró con la sorpresa de que el individuo en cuestión estaba en busca y captura por una requisitoria del juzgado de instrucción número 6 de Sevilla que, como la togada sabe bien, es el órgano judicial que instruye la causa popularmente conocida como caso ERE-. Sargento, ¿tiene la llave de la habitación?
-No, la tiene la patrona, ahora la llamo.
-No es necesario que venga, basta con que le dé la llave. De momento solo voy a subir con el secretario, ambos doctores y usted.
   Mientras la comitiva oficial sube a la habitación 16, los jubilados amigos siguen muy interesados por el curso de los acontecimientos. Al ver que la patrona ha quedado excluida de la comitiva, Ramo se le acerca para que le cuente las últimas noticias.
-No sé nada más, Pedro. Desde que ha llegado la señora juez…; por cierto, ¿cómo se dice, la juez o la jueza?, lo pregunto para saber cómo tratarla si tengo que hablar con ella.
-Creo que ambas formas son correctas, aunque tratándose de una mujer como jueza es el femenino de juez opino que decir jueza suena mejor. Además la Fundéu dice que la forma jueza es preferible a juez cuando se aplica a una mujer.
-¡Dios bendito! ¿Y qué es eso de la Fundéu?
-La Fundación del Español Urgente, una entidad cuyo objetivo es el buen uso del español, pero en todo caso si hablas con ella la debes tratar de señoría.
-Huy, que raro se me va a hacer, con lo joven que es, si podría ser mi hija.
-Entonces, ¿no hay nada nuevo?
-Nada, solo que el sargento ha estado hablando mucho rato con el chico del señor Martínez. Ah, por cierto, resulta que no se llama así, que se apellida Salazar, lo ha confirmado su hijo. Míralo, el pobre parece un alma en pena. No se me ha despegado en toda la noche. Hablando del chico, se me ocurre que como tengo mucho que hacer os lo voy a endilgar a vosotros para que no se sienta tan solo. Aquí no conoce a nadie.
-No me parece buena idea, será mejor que le busques una compañía más joven y no a unos carcamales.
- Me da la impresión de que es bastante corto y de que nunca se ha visto metido en un follón como este. Lo que necesita ahora es alguien que le dé consejos sensatos y que le explique lo que está pasando con lo de su padre porque el pobre está hecho un verdadero lío. Y eso vosotros lo podéis bordar y no los cabezas huecas de la gente joven.
   La patrona presenta a Ramo al joven Salazar y le insta que vaya con él y sus amigos que son buena gente y con los que podrá departir sobre los hechos que tanto le están afectando. Ramo se lleva al joven con él hasta la mesa donde está el resto de jubilados.
-Os presento a Francisco José Salazar, hijo del que fue vuestro compañero de partida. ¿Tú sabías –le dice al chico- que a tu padre, que en paz descanse, le gustaba mucho jugar al dominó y que además jugaba muy bien? –Ha sido una inteligente forma de introducir al joven en el clímax del grupo.
-Lo sabía. Cuando yo era un crío me enseñó a jugar aunque ya se me orvidó –recuerda el chico.
-Lo de jugar al dominó es como ir en bicicleta, una vez lo aprendes ya no lo olvidas nunca –le rebate Ponte.
-¿Te ha dicho el médico del SAMUR de qué ha muerto tu padre? –inquiere Álvarez tan poco discreto como acostumbra.
-Parese que en úrtima instansia de una parada cardiorrespiratoria, pero no está seguro, por eso le van a haser la autopsia. A mí eso de que lo vayan a rajar como si fuera un guarro en er matadero no me hase ni pisca de grasia. ¿Por qué lo tienen que haser?
-Si el médico del SAMUR no está seguro de la causa de la muerte no debe expedir el certificado médico de defunción sino que debe avisar al juzgado de guardia, normalmente por medio de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, y esperar junto al cadáver hasta que se presente la autoridad judicial a quien entregará una copia del informe clínico que haya realizado –explica Grandal en modo didáctico.
-Disen que no tengo que pagar na por ella, por la autopsia, ¿eso es sierto?
-Lo es. Puesto que se trata de lo que se denomina autopsia judicial los gastos devengados por la misma correrán a costa de la administración pública. Y la autopsia, aunque no sea algo agradable, es imprescindible porque contribuye a determinar las causas de la muerte y, en su caso, las consecuencias jurídicas que se deriven –sigue explicando Grandal que agrega-. Será ordenada por la juez, la familia del fallecido no puede oponerse y la realizará un médico forense dependiente de la administración judicial. Eso es lo que dice la ley.
   El chico, al ver que entre sus nuevos conocidos hay alguien que sabe de los temas concernientes a lo que está ocurriendo, se anima a exponer algunas de las muchas dudas que tiene:
-¿Y ahora sabe usté que va ha haser la juesa?
-Si el forense certifica que tu padre no ha fallecido de muerte natural, la juez de guardia autorizará el levantamiento del cadáver y llamará a la policía. En una ciudad los primeros que suelen llegar al lugar de los hechos son los agentes de la policía judicial y de la científica que comienzan las diligencias y la inspección ocular; aquí será seguramente la Guardia Civil del pueblo la que tendrá que practicar dichas actuaciones. Deberá entregar el material obtenido en sus investigaciones a la juez que, ayudada por el secretario judicial, será quien continúe con el atestado y ordenará que se practiquen cuantas diligencias considere oportunas para esclarecer la causa del fallecimiento y si en él han intervenido otras personas. Todo eso está regulado por la Ley de Enjuiciamiento Criminal y demás normativa que la desarrolla.
-¿Enjuisiamiento criminal?, ¿esa ley no es pa los crímenes?, pero mi papa no ha sio asesinao,
estaba enfermo y de eso debe haber muerto –puntualiza el joven.
-Precisamente eso lo determinará la autopsia, si ha muerto por enfermedad o en su óbito han coadyuvado otros factores. Y el hecho de que el médico del SAMUR haya llamado al juzgado de guardia quiere decir que no está clara la causa de la muerte –sigue explicando Grandal.
-Hijo, no creas que nuestro amigo habla de oídas, fue muchos años comisario de policía y de estos sucesos lo sabe todo –explica Álvarez que no es un modelo de discreción precisamente.
   Si las miradas mataran, la que le ha echado Grandal a Álvarez lo habría fulminado.
-Ah, es usté un madero… -El chico se corta y se pone colorado como un tomate al comprender que no es lo más cortés usar la expresión popular y más bien peyorativa para llamar así a un policía tan mayor y tan educado como el que le está ofreciendo las explicaciones. Se corrige inmediatamente-. Perdone lo de madero, la fuersa de la costumbre –y para enmascarar su descortesía sigue con sus preguntas-. ¿Y los jusgados de guardia qué hasen?
-Pues básicamente la recepción e incoación, en su caso, de los procesos correspondientes a los atestados, denuncias y querellas que se presenten durante el tiempo de guardia, así como la realización de las primeras diligencias de instrucción criminal que resulten procedentes. En este último supuesto el juez de guardia da órdenes e instrucciones a la unidad de policía judicial que le sea adscrita, aunque supongo que si no envían a nadie de Castellón ese rol lo llevará a cabo la Guardia Civil del pueblo, como he dicho –remacha Grandal.
-¿Y por qué los picoletos…; perdón otra ves, quiero desir la Guardia Sivil serán los que investiguen?
-Niño, ¡pues no eres tú nadie preguntando!, serías un buen policía –ironiza Grandal.

PD.- Hasta el próximo viernes