viernes, 24 de agosto de 2018

66. Te acompaño en el sentimiento.


   El comandante del puesto de la Guardia Civil de Torreblanca escucha atentamente las explicaciones que le da la patrona del hostal sobre lo que le ha ocurrido a don Francisco Martínez. Al oír cómo la dueña ha llamado a su padre, Francisco José Salazar, que sigue sin despegarse de ella, la corrige:
-Perdone, pero mi papa no se llama como usté dise, su nombre es Francisco Salazar Jiménez –El chico se ha esmerado en pronunciar bien las ces y zetas del nombre-, aunque en Sevilla to er mundo le conose como Curro.
-Pues en el hostal se inscribió como Francisco Martínez, el segundo apellido no llegó a dárnoslo –se apresura a puntualizar la señora Eulalia un tanto molesta de que la hayan pillado en una muestra de dejadez en el cumplimiento del deber de inscripción de huéspedes.
-¿Y usted, joven, quién es?– pregunta el sargento.
-Soy Francisco José Salazar, el hijo mayor del… -El chico no sabe qué decir, si del fallecido, del hombre del que están hablando o…- del hombre que esta señora conose como Martínes.
-¿Y estabas veraneando aquí con tu padre? –inquiere el guardia civil pasando al tuteo.
-No, yo… -El joven no sabe qué responder, sí contarle al sargento la verdad o mentirle, piensa que decirle el motivo real de su estancia allí solo servirá para complicar más la situación-…, yo había venío desde Sevilla a verle porque me tenía que dar unos dineros para mi mama.
-¿También te alojas en el hostal? –el guardia insiste en sus preguntas.
-No, estoy en el hotel Miramar, en el pueblo.
-Bien, dado que eres el pariente más cercano del… presunto fallecido te ruego que no te marches antes de que haya un diagnóstico médico y sepamos a qué atenernos. Y ahora, señora Eulalia, acompáñeme a la habitación del señor Martínez o, mejor dicho, del señor Salazar.
   Mientras la patrona acompaña al sargento a la habitación 16, la mayor parte de los comensales no han perdido detalle de la charla y entre ellos los cuatro jubilados, con Grandal al frente que no ha parado de darle vueltas al suceso. Acuciado por el despertar de su olfato de viejo policía decide pasar a la acción.
-Oye, Pedro, tú que eres de aquí, ¿conoces al sargento?
-No, ¿por qué lo preguntas?
-Me gustaría tener unas palabras con él, a lo mejor puedo echarles una mano en el caso de que Martínez no haya fallecido de muerte natural.
-No seas gafe, hombre, pero si tienes interés puedo pedirle a Eulalia que te lo presente. Déjalo de mi cuenta– y dicho esto Ramo se levanta y se dirige al interior del establecimiento.
   La patrona y el sargento han estado poco tiempo en la habitación de Curro. Al guardia civil le ha bastado con poner los dedos índice y medio por donde pasa la arteria carótida en el cuello para, al no sentir las ondas del pulso, saber que está ante un cadáver. No dice nada sobre ello porque no es cuestión de su competencia, pero a tenor de las informaciones que le ha dado la patrona sospecha que puede estar ante una defunción de causa dudosa. Ante dicha posibilidad lo que sí hace es alertar a la dueña para que no se contamine el escenario de un posible acto delictivo.
-Eulalia, cierre la habitación con llave y asegúrese de que no entre nadie hasta que llegue el médico de urgencias. Y recuérdele al hijo que no se vaya del hostal sin previo aviso. Ah, dígale al personal de servicio que posiblemente tendré que hablar con ellos, que tampoco se vayan, y tengo especial interés en hablar con la empleada que atiende esta habitación.
-Esa es otra, señor sargento, la habitación la atiende Anca, una chica rumana que lleva dos años trabajando conmigo y bien contenta que estoy con ella, pero que desde hace unas horas ha desaparecido y nadie sabe dónde ha podido meterse.
-Vaya, vaya. Supongo que se refiere a la novia de Vicentín Fabregat –Se ve que el sargento está al tanto de la vida y relaciones de sus conciudadanos-. Luego me dará la filiación completa de Anca. Haré que la busquen.
   Cuando vuelven a la planta baja les está esperando Pedro Ramo que en un aparte pregunta a la patrona si tiene inconveniente en presentar al sargento a un amigo suyo que es comisario de policía jubilado. La señora Eulalia traslada la petición al guardia civil que acepta el ofrecimiento, más por deferencia a la dueña que porque tenga interés en conocer a un policía retirado por muy comisario que sea. Ramo hace una seña a Grandal que inmediatamente se acerca.
-Sargento, será cuestión de un minuto. Soy Jacinto Grandal, comisario jubilado. Conocía a la persona que, según me cuentan, ha fallecido. Por eso y porque estuve muchos años en la brigada de homicidios si en algo puedo ayudarle, por supuesto extraoficialmente, cuente conmigo.
-¿Homicidios? ¿Acaso cree que estamos ante uno? –pregunta reticente el uniformado.
-No creo nada, sargento, sabe que en nuestro oficio no damos nada por sentado hasta tener pruebas concluyentes. Quizá no sea más que un resabio profesional, pero ayer estuve con mis amigos visitando al extinto y se estaba recuperando razonablemente bien de una fractura de costillas. Y de eso no muere nadie.
   El guardia civil, que hasta el momento ha estado tratando a Grandal con cortesía pero también con evidente frialdad, cambia de pronto de actitud, acaba de recordar algo.
-Perdone, ¿ha dicho que se apellida Grandal? ¿No será por casualidad el mismo comisario Grandal que resolvió el caso de la calle Leganitos de Madrid?
-De eso hace ya muchos años, a buen seguro que usted ni había ingresado en el Cuerpo.
-En el curso para suboficial estudiamos detenidamente aquel caso. Fue muy famoso en su tiempo.
   El diálogo entre el sargento, que se ha presentado como Hernando Bellido, y el excomisario se interrumpe al producirse un pequeño revuelo entre la gente, acaba de llegar la ambulancia medicalizada. El guardia civil se despide de Grandal diciéndole que ya hablarán y acude a recibir al médico y al técnico en emergencias sanitarias. Llama a la patrona y los cuatro suben a la habitación 16. Al galeno le ocurre lo que al sargento, le ha bastado una mirada para cerciorarse de que está ante un cuerpo sin vida, de hecho el rigor mortis comienza a iniciarse por lo que, en principio, calcula que el óbito ha debido producirse unas tres horas antes o sea sobre las veinte treinta. Mira al técnico sanitario y le hace un gesto negativo. Una exploración más detallada lleva al galeno a constatar la existencia de presuntos indicios de una muerte no natural y pregunta a la patrona sobre los síntomas presentados anteriormente por su huésped, su edad y si ha habido otras circunstancias relevantes. Todo ello le conduce a extraer unas primeras conclusiones un tanto inesperadas.
-El sujeto ha fallecido, posiblemente, por parada cardiorrespiratoria pero eso se tendrá que confirmar posteriormente. Además, hace unas horas ha sufrido golpes en el rostro y de su boca emana un olor penetrante de origen indeterminado –Y el galeno ahonda su explicación en plan académico-, por lo que estamos ante un fallecimiento que, aun pudiendo ser natural, presenta dudas. Por ello no puedo expedir el certificado médico de defunción y traslado el caso al juzgado de guardia. Sargento, de lo del juzgado ¿se encarga usted de avisarlos? –Petición que acoge el guardia con un asentimiento de cabeza, tras lo que el galeno concluye-. Esta habitación deberá permanecer cerrada y aislada hasta que llegue el juez de guardia. Señora –dice dirigiéndose a la patrona-, ¿hay algún sitio discreto donde redactar el informe clínico que he de presentar al juez y de paso poder tomarnos un cafelito? Lucas –añade mirando al técnico-, dile al conductor que esto va para largo, hemos de esperar a que se presente el juez. ¿Hay aquí algún pariente del fallecido?, querría ponerlo en antecedentes.
-Sí, doctor, hay un hijo del señor Martínez; bueno, o como se llame. Venga conmigo y se lo presentaré –se ofrece la patrona.
-En cuanto termine con el hijo –dice el sargento al médico- me lo pasa, tengo que interrogarle. Ahora voy a llamar al juzgado de guardia. Señora Eulalia, esta habitación queda precintada, y como ha dicho el doctor no debe entrar nadie hasta que llegue la autoridad judicial. Llamaré a un par de guardias para que bajen a echarnos una mano.
   La patrona presenta a Francisco José Salazar al médico y les deja solos.
-¿Así que tú eres hijo del fallecido?, te doy mi pésame –al ver cierto gesto de desconcierto del joven, el galeno precisa-. Tu padre ha fallecido hará poco más de tres horas y por el momento desconocemos las causas por lo cual habrá que practicarle la autopsia, aunque eso lo decidirá el juez.
-¿La autopsia?, ¿eso es lo de abrir a arguien en canal?
   El médico ha de contenerse para no esbozar una sonrisa de sorna. Lo que hace es soltarle al joven una breve explicación profesional.
-Una autopsia, también llamada examen post mortem, es un procedimiento médico que emplea la disección para obtener información anatómica sobre la causa, naturaleza, extensión y complicaciones de la enfermedad que sufrió en vida un sujeto fallecido y que permite formular un diagnóstico médico final para dar una explicación de las observaciones clínicas dudosas y evaluar el tratamiento dado.
-Yo no quiero que a mi papa le hagan la autopsia ni na, lo que quiero es que lo entierren cuanto antes y así podré vorver a Sevilla con mi mama y mis hermanos.
-Lo siento, joven. En estos casos, la familia del fallecido no puede oponerse a la práctica de la autopsia, esta debe realizarse obligatoriamente, siempre por orden expresa de la autoridad judicial.
-¿Y se la va a haser usté?
-No, la llevará a cabo un médico forense dependiente de la Administración de Justicia. En cuanto al enterramiento se producirá cuando lo decida el señor juez y nunca antes de las veinticuatro horas del óbito. Y si no tienes más preguntas, el sargento quiere hablar contigo –y termina con la fórmula de pésame más común en España-. Te acompaño en el sentimiento.

PD.- Hasta el próximo viernes

domingo, 19 de agosto de 2018

*** En verano hay gente que se cree inmortal, como algunos ciclistas


   El ciclismo, tanto en su versión deportiva como en la meramente recreativa, es un deporte que tiene cientos miles de practicantes en España. De la afición masiva al deporte del pedal es buena prueba que la Vuelta a España sea, después del Tour y el Giro, la vuelta ciclista por etapas más importante del mundo. Este deporte vive en la época veraniega un repunte espectacular. Son cientos de miles los aficionados a la bicicleta que aprovechan sus vacaciones para practicar un deporte tan bonito como recomendable.
   Y ahora les cuento lo que llevo observando verano tras verano sobre algunos ciclistas. A mi casa veraniega (hablé de ella en otro post) solo se puede acceder a través de un camino rural pobremente asfaltado que se llama el Camí del Campàs y que une dos núcleos turísticos de cierta importancia, sobre todo el primero, Alcossebre y Torrenostra. Lo cuento porque por ese estrecho camino deben pasan diariamente en verano, sobre todo por la mañana, más de un millar de ciclistas que van de una población a otra o que llegan más allá. Otro dato que hay que hacer constar es que la inmensa mayoría de esa miríada de amantes de las bicis dan pedales por puro divertimento y supongo que de paso mantener la forma. Son los amantes de la modalidad del cicloturismo que creo que es como se llama.
   Esa legión de ciclistas son, mayormente, buenos deportistas y excelentes ciudadanos que cumplen escrupulosamente las normas viarias por la cuenta que les tiene pues sabido es que no todos los automovilistas respetan como es debido a los que van en bicicleta y, desgraciadamente, de vez en cuando los medios recogen muertes de ciclistas que nunca debieron producirse.
   Todo ello es como lo cuento, pero también es cierto que hay una parte de ese batallón de amantes del ciclismo, seguramente minoritaria, que en cuanto se suben a la bicicleta se convierten en ciclistas agresivos y que desprecian olímpicamente las normas de tráfico, poniendo en peligro su físico y el de los que se cruzan con ellos vayan a pie o en coche. Eso ocurre especialmente durante la época estival. Son los que supongo que forman parte de la gente que en verano se cree inmortal.
   En ese grupo que se cree imperecedero están los que van en grupo por un camino estrecho, como es el Camí del Campàs, y que aunque oigan un coche no se ponen en línea, por lo que cuando te cansas de ir a 20 kmh detrás de ellos has de tocar el claxon para que te dejen pasar. Cada vez que eso ocurre te ganas como poco los insultos de algunos o, al menos, sus miradas reprobatorias. También están los que circulan tan panchos en dirección contraria y como cometas la tontería de afearles su transgresión te llaman de todo menos bonito. Así mismo, en el pelotón de los inmortales figuran los que transitan por los carriles que están señalizados únicamente para peatones y ay de ti, pobre viandante, si te atreves a protestar por ello. Y otra muestra más del inmenso poder de la creencia en la inmortalidad: muchos de nuestros Ayuntamientos se han gastado sus buenos dineros en construir carriles solo para ciclistas, precisamente para que estén a salvo de los automóviles. Concretamente entre Torreblanca y Torrenostra hay dos carreteras que tienen, además de los viales para coches, otros dos, uno para peatones y otro para ciclistas; pues bien, los peatones suelen usar el suyo, pero son muchos los ciclistas que desprecian olímpicamente dichos carriles y corren tan ufanos por los viales de los coches. Y como pases a menos de 1,15 m. de ellos (creo que es la medida correcta para adelantar a un ciclista) te puede caer la del pulpo.
   Podría seguir contando más casos concretos de esos ciclistas que se creen inmortales, pero creo que con lo descrito es más que suficiente.
   Insisto que el pelotón del que hablo forma parte de un grupo minoritario de ciclistas, aunque me atrevo a decir que en verano sigue siendo minoritario pero no tanto como en el resto del año. ¿Por qué esa actitud que pone en riesgo su físico y el de muchos viandantes? Lo desconozco, solo puede suponer que son de la gente que en verano se cree inmortal.

PD.- El próximo post dominical irá sobre los conductores que en verano se creen inmortales.

viernes, 17 de agosto de 2018

Capítulo 16. Problemas post mortem.- 65. El olfato policial de Grandal despierta


   Francisco José Salazar se ha quedado de piedra al oír decir a la patrona del hostal que su padre ha muerto.
-Pero, señora, ¿muerto, lo que se dise muerto?
   La señora Eulalia por toda respuesta mueve la cabeza en un gesto que no queda claro si es afirmativo o negativo. Está comenzando a sentirse mal. De pronto ha recordado que no atendió el aviso del chico la primera vez que la alertó sobre el estado de su padre. Si hubiese llamado al doctor quizá… Cierra por un momento los ojos, los remordimientos la acongojan. Trata de serenarse para contestar al muchacho.
-Creo que sí. De todas formas, eso lo tendrá que certificar el médico. Quédate con él que voy a llamar al centro de salud.
   Al joven sevillano no le hace ninguna gracia quedarse en la habitación con un cadáver, aunque sea el de su padre, cree que es algo que trae mal fario, por eso se ofrece a ayudar a la patrona en sus gestiones. Encontrar un médico en pleno puente de la Asunción se revela como algo extraordinariamente complicado. Por si faltaba poco, el galeno de guardia en el centro de salud de Torreblanca está atendiendo a los heridos de un accidente que se ha producido en la peligrosa N-340, atestada de vehículos que retornan a las ciudades después del puente, y no puede trasladarse a la playa. La patrona se está poniendo de los nervios solo de pensar que tiene un huésped posiblemente de cuerpo presente en una de sus habitaciones, y no le ayuda a tranquilizarse el hijo del difunto que se le ha pegado como si fuera su sombra. Para terminar de liarlo el comedor está comenzando a llenarse de comensales del segundo turno para la cena y Anca, uno de los puntales del servicio, sigue desaparecida. Un cliente que les ha escuchado, con la cabeza más fría que la atribulada patrona, le sugiere que si no encuentra a un médico en el pueblo debería llamar al 112 de la Comunidad Valenciana. A su vez, una camarera le recuerda que en la playa hay estacionada durante el verano una ambulancia del Servicio de Asistencia Médica Urgente (SAMU). Como no hay nadie que coordine la situación, al final se realizan ambas gestiones: la patrona llama al 112 mientras el joven Salazar se va a buscar, acompañado por un empleado del hostal, al conductor de la ambulancia de la playa. No lo encuentran porque, según les cuenta un policía local, ha partido a recoger heridos del accidente de la nacional 340. Al enterarse de lo que pasa, el municipal llama a su superior y le informa del suceso, éste curándose en salud pasa la información al cuartel de la Guardia Civil del pueblo.
    La señora Eulalia ha sido más efectiva que el joven Salazar pues conecta sin ninguna dilación con el 112, el teléfono único, permanente y gratuito que atiende toda clase de emergencias incluidas las sanitarias. Una vez recibida la información, el teleoperador del 112 conecta automáticamente con el Servicio de Emergencias Sanitarias (SES) de Castellón, el cual deriva la llamada al Centro provincial de Información y Coordinación de Urgencias (CICUS). A su vez, el teleoperador de este último centro informa al médico coordinador quien por los datos que le aportan infiere que presuntamente está ante un caso en el que se impone la movilización inmediata y la asistencia no diferible por lo que ordena el urgente envío de una ambulancia de soporte vital avanzado, una UVI móvil, equipada con desfibrilador, oxígeno y demás material sanitario para atender urgencias y en la que además del conductor va un técnico en emergencias sanitarias y un médico.
   A todo esto, el hostal se ha convertido en un verdadero pandemónium pues ha trascendido la noticia de que el huésped de la 16, como también se le conoce a Curro entre el servicio, parece que ha fallecido. Suceso que deja en un segundo plano el otro notición del día en el ámbito del establecimiento: que la camarera que tiene asignada esa habitación, Anca la Potranca, lleva desaparecida desde media tarde y nadie sabe que ha sido de ella. El nerviosismo del servicio se transmite de algún modo a los comensales pues alguna de las camareras no da pie con bola.
   Los cuatro jubilados llevan más de medio día en el hostal. Comieron allí, por consejo de Anca, luego jugaron su indefectible partida de dominó y después quedaron en cenar también allí y así luego jugarán una partida nocturna. En eso están, cenando.
-Niña, he pedido espárragos con mayonesa y me los traes con vinagreta –protesta Álvarez a la camarera que les atiende.
-Perdone, señor Álvarez, no sé dónde tengo la  cabeza, pero con lo que está ocurriendo no es de extrañar –se disculpa la empleada.
-¿Y qué es lo que está pasando? –pregunta Álvarez tan curioso como de costumbre.
   La camarera, bajando la voz y en plan confidencial, les cuenta el suceso:
-Se lo cuento a ustedes porque son de confianza, aunque la señora Eulalia nos ha pedido que no se lo digamos a nadie. El huésped de la 16 parece que ha muerto. Lo tendrá que confirmar el médico de urgencias al que se le espera de un momento a otro.
-¿Y quién es el huésped de la 16? –vuelve a preguntar Álvarez.
-Lo conocen porque a veces juega con ustedes, el señor Martínez.
-¡¿Pero qué dices?! ¿Qué Martínez ha fallecido?, ¿si estuvimos con él ayer? –se sorprende Grandal.
-Yo solo sé lo que nos ha dicho la jefa. Y puedo añadirles que han pedido una ambulancia a Castellón porque la de la playa está en la carretera nacional donde ha habido un choque de coches.
   Desde ese momento solo se habla de la noticia que acaba de darles la empleada. Pedro Ramo, que presume de conocer de antaño a la patrona, se levanta para recabar más datos. Vuelve con información calentita.
-Os cuento. Según Eulalia, Martínez o ha muerto o está en las últimas. Ella cree lo primero porque parece que no respira. Han llamado a una ambulancia del servicio de urgencias de las que lleva un médico por si tienen que practicarle alguna intervención que solo un doctor puede llevar a cabo. También me ha dicho que el cadáver; bueno, que el cuerpo de Martínez lo ha encontrado su hijo en la habitación tirado en el suelo. El chaval, que no se despega de Eulalia, está descompuesto y más nervioso que un flan.
-¡Vaya notición!, ¿y tú decías que esta era una playa demasiado tranquila? –pregunta burlonamente Ponte dirigiéndose a Álvarez.
-Tampoco exageres, Manolo –quien le recrimina es Ramo-, la gente puede cascarla en cualquier sitio. Y haya muerto o no Martínez ésta seguirá siendo una playa muy tranquila.
-¿Os acordáis que ayer os decía que el pobre Martínez es un gafe de campeonato? Pues el que la haya palmado, teniendo en cuenta su edad, es una muestra de ello. Y a todo esto, ¿de qué se ha muerto?, si es que lo está, claro –quiere saber Grandal.
-Eso es un misterio –Es otra vez Ramo el que informa-. Como sabéis, tuvo una caída por la que se resintió de las dos fracturas de costillas, pero en los últimos días se había recuperado mucho. Se cree que puede ser de eso, pero hasta que un médico no lo certifique…
-De una fractura de costillas nadie se muere. Es una lesión que tarda en sanar unas semanas, pero que no comporta ningún riesgo de muerte –explica Grandal-. Naturalmente, siempre pueden surgir complicaciones, pero no es frecuente.
   Los dimes y diretes sobre el suceso son el centro de la conversación en la cena de los jubilados. Ramo se ha levantado un par de veces a ver si hay alguna novedad, pero vuelve con las manos vacías, todo sigue igual; bueno, casi, porque en su último voy y vuelvo aporta otra noticia que, aunque no tiene que ver directamente con el caso de Martínez, tiene su miga y que los jubilados desconocen: Anca, la joven camarera rumana, lleva desaparecida desde media tarde. La vieron salir con su novio que portaba un bulto tapado con una toalla y acompañados por una mujer que, al parecer, fue novia de Martínez. Esta noticia pone en alerta el olfato policial de Grandal.
-Si no recuerdo mal, Anca es la que tiene asignada la habitación de Martínez, ¿no es eso? Huy, huy, huy, esto se está poniendo del color de la papaya. Vamos a ver si recopilo lo que sabemos. Uno: nuestro amigo andaluz tiene o tenía dos costillas fracturadas, lesión que salvo excepcionales complicaciones no es mortal. Dos: parece que el andaluz ha fallecido y de momento nadie sabe por qué. Tres: la camarera que atiende su habitación, nuestra joven amiga Anca, ha desaparecido en el momento en que hace más falta que nunca porque el hostal está de bote en bote. Cuatro: se la ha visto salir con su novio que portaba un bulto tapado con una toalla por lo que se deduce que querían ocultar lo que llevaban. Quinto: con Anca y Vicentín también ha salido otra mujer que, al parecer, fue novia del andaluz y que no se sabe que coño pinta en esta historia. ¿Todo esto a qué os suena?
-A novela de Agatha Christie –contesta rápido Ponte.
-Estoy con Manolo, a novela policíaca –secunda Álvarez.
-Estoy con vosotros, esto es algo más que un lío de pueblo –ratifica Ramo.
-Me alegro que tengáis tan buen olfato. Como comisario, aunque esté jubilado, os diré que esto tiene toda la pinta de terminar en manos de la policía judicial.
-De la policía judicial no sé, pero de momento sí de la Benemérita. Ahí está el sargento de la Guardia Civil del pueblo –dice Ramo señalando a un suboficial que está hablando con la patrona y con un joven que está a su lado.
-Es lo que siempre digo y se confirma una vez más, si hay algo que funciona bien en este país de ineptos es la Guardia Civil. No ha llegado ningún médico, tampoco la ambulancia de urgencias, pero ahí están los civiles aunque en principio esto no sea más que una emergencia sanitaria –afirma Álvarez.
-Lo acabas de definir muy bien, Luis. Esto es una emergencia sanitaria… en principio. Veremos en qué acaba –remacha Grandal.

PD.- Hasta el próximo viernes.