viernes, 2 de febrero de 2018

38. Algo más que palabras



   Curro Salazar ha replegado velas. La amenaza de su examante de delatarle, denunciando a la Guardia Civil su paradero, ha puesto coto a su intención de no soltarle ni un euro. Tiene que dar a Rocío explicaciones de por qué no puede facilitarle el dinero que le pide. Le cuenta que al ser un huido de la justicia no dispone de cuenta bancaria, solo tiene dinero en metálico, el suficiente para vivir sin apuros lo que queda de verano, pero sin mayores dispendios. Como mucho puede pagarle el hotel y el viaje de vuelta a Sevilla en AVE o en avión, lo que prefiera, y añadir una pequeña cantidad de dinero de bolsillo, pero nada más. Le da a entender que tiene más pasta, pero que ha de ir físicamente a por ella, sin indicarle un lugar concreto, y será entonces cuando podrá darle una cantidad mayor, sin especificar tampoco la cuantía. Rocío no acaba de creerse la historia, pero es consciente de que tampoco tiene muchas más armas contra Curro por lo que aunque de mala gana accede.
-Y el dinero de bolsillo, ¿me lo das ahora?
-Te lo puedo dar –Curro mira el reloj que hay en el comedor y al ver la hora algo le viene a la memoria-. ¡Joder, las cuatro y media! Había quedado con mi chico que nos veríamos a las cuatro. Tengo que dejarte, lo siento. Nos vemos a la hora de la cena, aquí mismo, y te daré la tela.
-No me vas a dejar aquí tirada. Como supongo que tendrás coche llévame hasta mi hotel, tengo que darme una ducha, con este calor tan húmedo no hago más que sudar. Y mejor…
   La presencia de alguien que se ha situado junto a la mesa hace que Rocío no termine la frase.
-Soy un tontolaba de cojones. Yo esperándote en el restorán como habíamos quedao y tú pelando la pava con este putón verbenero –El tono de Francisco José no puede ser más hiriente,
-¡El putón verbenero lo será tu madre, comemierdas! –salta Rocío como una leona.
-¡A mi madre ni mentarla o te parto la cara a hostias!
   El altercado entre hijo y examante ha motivado que los escasos clientes que restan en el comedor hayan puesto sus miradas en la mesa en la que Curro intenta vanamente poner paz entre ambos antagonistas.
-¡Me cago en todo lo cagable! A ver si os calláis de una puta vez que aquí me conocen todos. Y no me cabreéis más de lo que estoy porque si no se va a armar la de Dios es Cristo. Ahora os tranquilizáis y lo que tenga que hablar con cada uno lo hablaremos mañana, a ver si para entonces se os ha pasao el arrechucho. Francisco José, coge el bus, te subes al pueblo y ya te llamaré. Y tú, Rocío, te vienes conmigo y te dejo en Alcossebre. ¡Y no quiero oír ni una palabra más!
   El chico da media vuelta y sin decir ni pío se marcha. Casi pisándole los talones salen Rocío y Curro. En la terraza del hostal, los cuatro jubilados se disponen a comenzar su cotidiana partida. Al ver a Curro con una acompañante desconocida los comentarios son forzados.
-Mirad al andaluz, hoy lleva compañía nueva.
-Y pierde en el cambio. La moza no está mal, pero acabará poniéndose jamona. La rumana está mucho mejor.
-Hombre, para unas prisas…
   Curro deja a Rocío en su hotel y se vuelve a Torrenostra. Al llegar al hostal le aguarda la enésima sorpresa del día. Un nuevo y desconocido visitante le espera.
-Aquel señor de allí ha preguntado por usted –le dice la recepcionista.
   Su primera intención es irse a su habitación sin acercarse al forastero, tras subir unos peldaños piensa que será mejor saber para qué le busca el desconocido que especular sobre los motivos. Desanda lo subido y se acerca al hombre que ha preguntado por él.
-¿Preguntaba por mí? –Al encararse con el visitante, Salazar se dice que esa cara la ha visto en alguna parte aunque no consigue recordar dónde.
-Zeñor Curro Zalazar, le eztaba ezperando. ¿Dónde podemoz hablar que no haya mozcaz cojoneraz pegando la oreja? –pregunta el desconocido con un cerrado ceceo.
-Veo que me conoce, pero yo no tengo el gusto.
-Zoy Pepe Jiménez y traigo un recao pa uzté de parte de Juan Antonio Almagro. Zabrá de quién eztoy hablando.
   “Si este tío viene en nombre del melón de Almagro es que me va a proponer algo sobre lo de los EREs. Casi estoy por mandarle a hacer puñetas, pero…, bueno, veamos…”. En ese preciso momento, Curro recuerda de qué le suena la cara del forastero. “Este tío fue un boxeador de cierta fama, ¿cómo se llamaba?... Ah, sí, el Chato de Trebujena. Esto no me huele nada bien”, pero vence sus temores y le invita a ir con él por el paseo marítimo.
-Mucha gente hay por ahí –objeta el Chato-. Zerá mejor que pazeemoz por un lugar menoz concurrido. He vizto que por ahí detráz, junto a las piztaz deportivaz, hay una espezie de pequeño parque, allí eztaremoz mejor.
   El Chato ha explorado previamente el terreno que circunda el hostal y ha visto que la zona contigua más solitaria es la que está en su parte trasera. Hacia allí se dirigen. A estas horas de la tarde en las que el sol todavía pega de lleno, las canchas deportivas están desiertas. El espacio al que se dirigen tiene unas estrechos caminitos de hormigón que delimitan lo que debió planearse como un recinto con plantas y flores, pero en el que solo hay malas hierbas y guijarros. En el centro se erige una especie de cobertizo tejado y que es donde, sin mediar palabra, el Chato empieza a golpear a Curro violentamente. Los puñetazos son secos y precisos. Parece que al de Trebujena no se le ha olvidado el arte de las doce cuerdas. Al exsindicalista el ataque le ha cogido tan de sorpresa que al pronto ni siquiera es capaz de defenderse. Solo al partirle el labio un crochet es cuando comienza a gritar pidiendo ayuda.
-¡Socorro, auxilio, ayuda…! –no puede decir mucho más pues el Chato le acaba de soltar un directo al plexo solar que le ha mandado al suelo.   
   Al verlo a sus pies el expugilista le grita:
-En mi pueblo ezto ez lo que hazemoz con loz chivatoz.
   Y comienza a atizarle brutales patadas que, al ir calzado con botas, dejan a Curro medio grogui. Cuando el Chato se cansa de patearlo le levanta y le dice con voz apagada por el sofoco:
-El recao que traigo, pedazo de mierda ez…
   Justo en ese momento alguien grita:
-¡Llamad a la Guardia Civil, hay un maleante que está pegando a un tío!
   Es oír lo de la Guardia Civil y el Chato, como en un acto reflejo, deja de zurrar a Curro y se marcha presuroso y sin volver la vista. En cuanto desaparece el agresor, el hombre que ha dado la voz de alarma se acerca a Curro y le ayuda a levantarse. El exsindicalista está hecho un guiñapo, lleno de heridas y magulladuras por todas partes.
-Coño, Curro. Si no llego a intervenir te muele a golpes. Te ha dejado como un eccehomo.
   Cuando el gaditano consigue sobreponerse y fija su vista en quien ha acudido en su auxilio le reconoce pero, como tiene tumefactos los labios, solo es capaz de farfullar:
-Paisano, ¿eres tú?
-El mismo, pero mejor que no hables. Te llevaré a que te vea un médico y que te ponga algo para restañar esas heridas. Luego ya me lo cuentas todo.
   Antes de entrar en el hostal, Salazar aún tiene la lucidez de avisar a su inesperado cirineo:
-Me conocen como Martínez.
   Alfonso Pacheco, pues de él se trata, se inventa una historia sobre la marcha: alguien ha intentado robar al señor Martínez que se defendió como pudo. Cuando el ladrón oyó que llamaban a la Guardia Civil huyó. Ahora lo que importa es curarle. Le llevan al puesto de socorro de la playa, donde una auxiliar sanitaria le cura las contusiones y heridas y le advierte que, dado que se queja del pecho, debería verle un médico por si hubiera alguna lesión interna. También le sugiere que debe denunciar la agresión a la Guardia Civil. Al ver la mirada alarmada de Curro al oír mencionar a la Benemérita, Pacheco improvisa:
-No creo que sea necesario, señora, esto ha sido una pelea entre amigos que mañana estarán tomando unas copas juntos. Dejemos en paz a los del tricornio que tienen asuntos más graves de los que ocuparse.
   Curro hace un gesto de agradecimiento a su paisano. Apenas puede hablar pues se le ha hinchado el labio partido y se siente como si le hubiera pasado por encima una apisonadora. Mientras vuelven al hostal, el exsindicalista va pensando en la inesperada agresión que acaba de sufrir. Que el Chato de Trebujena, con quien nunca ha cruzado palabra, le haya agredido sin más no tiene sentido hasta que recuerda que al presentarse le dijo que tenía que darle un mensaje de parte del exconsejero Juan Antonio Almagro y luego le acusó de chivato. Sabe que el exconsejero es uno más de los imputados en el caso ERE y comienza a atar cabos. “¿Será posible que el cabrón de Almagro haya mandado a esa mala bestia para darme una paliza? Y que manera de golpearme, si no llega a aparecer Alfonso me mata”. Y el mentar a Pacheco hace que se pregunte: “¿Y qué coño hace aquí Alfonso?, seguro que también quiere convencerme de que no me vaya de la lengua si me trinca la pasma”. Un espasmo de dolor le vuelve a llevar a pensar en la agresión­: “Esto ha sido algo más que palabras”. Un escalofrío de miedo le estremece.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 26 de enero de 2018

37. Ponme a prueba



   Curro se encara con la persona que le está esperando y que al reconocerla le hizo exclamar ¡Éramos poco y parió la abuela! Y en un tono que suena destemplado inquiere:
-Rosío, quilla, ¿qué hases tú aquí?
   Su examante no contesta, se limita a mirar al hombre como si le estuviera tasando. Y realmente es lo que está haciendo. “Ha envejesido, se ha echado ensima una pila de años y está más grueso. Lo de ir por el mundo de fugitivo debe ser agonioso. Y no parese que se haya alegrado mucho al verme, desde luego no se lo esperaba. No sé si voy a sacar algo en limpio de este viaje”. Y del hondón de su mente le sale una jaculatoria: “¡Mi Jesús del Gran Poder, te pido que el Curro no haya cambiao y que vuelva a ser el de antes!”.
-Pero, Rosío, mi arma, ¿no dises na?, ¿no tienes na que contarme?, ¿por qué estás aquí? –A Curro le pasa con su antigua amante como con su hijo, al verla le ha vuelto a salir el deje sevillano en toda su granazón.
   Rocío Molina, pues de ella se trata, en lugar de responder intenta camelarse a su exnovio:
-Curro, Currito, que bien que te veo. Estás igualito que cuando me llevabas en el pescante de aquel faetón por el Real de la Feria. ¿Qué año fue?, ¿el 2010? Fíjate, hase seis años. ¡Cómo pasa el tiempo!
   Salazar no da crédito a lo que está escuchando. “Ahí está la Rocío, a la que no he visto desde hace más de dos años, que ha hecho un viaje de tropecientos quilómetros desde Sevilla, y me está diciendo chuminás como si nos hubiéramos despedido anteanoche. Parece que el mundo se ha vuelto loco o… ¿el loco seré yo? ¿Qué coño está pasando? Primero el petimetre del Espinosa, luego el Sierra, esta mañana mi hijo y ahora la Rocío. Son excesivas casualidades. Debe de tratarse de una conspiración contra mí, pero ¿por qué? Bueno, ya está bien de darle vueltas a la chola, hay que entrar a muerte” -remata. Y como se dice en la jerga taurina, en corto y por derecho, apremia a la mujer.
-Déjate de chuminás, Rosío, y contéstame, ¿por qué estás aquí, qué quieres de mí?
   La expresión gestual de la mujer es más elocuente que mil palabras. “Rosío, te has columpiao. Este no es el Curro que tenías encoñao. Ha cambiao y me parese que no para bien. Tendré que haser de tripas corasón y no achantarme. Tengo que sacarle como sea el parné que nesesito porque si no nunca saldré de pobre”. La mujer hace un esfuerzo para sobreponerse a sus impresiones negativas, pone su mejor gesto, escoge su tono más meloso y le cuenta la historia que cuidadosamente ha preparado durante el largo y tedioso trayecto en autobús. Su relato comienza cuando Pepote el Salvaculos, el antiguo mentor de Curro en el Sindicato del Metal, fue a verla para avisarla de que se había descubierto su paradero. Algo que, posiblemente, Curro no supiera. Si no cambiaba de escondite más pronto que tarde la pasma acabaría dando con él. Por eso alguien tenía que avisarle y cuanto antes. Pepote no sabía el número de su móvil o su dirección de correo electrónico y no era cuestión de escribirle una carta ante una situación en la que el factor tiempo podía resultar vital. No había otra solución que personarse allí donde estaba y darle el queo del peligro que corría. En cuanto el viejo Salvaculos le contó eso le faltó tiempo para tomar el primer bus en dirección a la provincia de Castellón. Y si no cogió el avión para viajar más rápido fue porque sus dineros eran contados. Desde que él dejó de mandarle transferencias está a la quinta pregunta. Incluso Pepote ha tenido que financiarle parte del viaje y está alojada en un hotel de una sola estrella y gracias.
-Fin de la historia –remata Rocío que agrega con su seseo tan sevillano-. Lo más cómodo y fásil hubiese sido quedarme donde estaba, pero… o te avisaba yo o ¿quién te iba a alertar? Tú lo has sio to pa mí y no podía consentir que por no mover el culo te trincaran y tuvieses que volver al trullo. Por eso estoy aquí, pa desirte que este ya no es un escondite seguro.
   Curro no sabe si creerse la historia pues conoce bien a Rocío y sabe lo interesada que es la mujer, aunque piensa: “No se habría gastado una pasta, con lo agarrada que es, si no tuviera interés en avisarme para que no me trinquen. Además, el hecho de que en su historia haya partisipado el viejo Pepote le da un marchamo de verosimilitud”. Sabe que su antiguo mentor le tiene ley, lo ha demostrado en anteriores ocasiones. Aún con todo eso, sigue receloso ante la generosa actitud de Rocío de venir a avisarle. Mientras, se ha hecho ya la hora del almuerzo.
-¿Te quedas a comer conmigo? No es que sea un restorán de tres estrellas precisamente, pero se come aceptablemente –vuelve a hablar sin seseo, ha templado los nervios.
-Por mala que sea la comida, puedes apostar que es mejor que la que servirán en el hotel donde me alojo. Cuando lo vi hubiera buscao enseguida otro si no fuera porque estoy pelá, sin una lata, ¡vamos! –Rocío insiste en dejar patente que está a la última pregunta y que sin embargo ha tirado de su magro peculio para alertar a Curro.
   Durante la primera mitad del almuerzo abundan más los silencios que las palabras. Cada uno de los examantes continúa pensando en sus propios problemas y no en los de su partenaire. Curro sigue dándole vueltas al hecho de que Rocío sea la cuarta persona, llegada desde Sevilla en las últimas cuarenta y ocho horas, que se ha puesto en contacto con él. Las primeras para ofrecerle una salida a sus problemas con la justicia y las últimas para avisarle de que huya cuanto antes de Torrenostra. “¿Qué debería hacer?, ¿les hago caso a los primeros o lo mejor es que me largue de aquí cuanto antes?”. Y en un giro inesperado de su mente piensa: “Rocío ya no está tan rica como antes, sigue teniendo un buen polvo, pero se ha puesto algo fondona. Desde luego no se la puede comparar con Anca, Rocío tira a mortadela y Anca es jamón de Jabugo. No hay comparación”. Los pensamientos de la andaluza circulan por sendas muy distintas: “Tengo que buscarle las vueltas y dar con la forma de pedirle la pasta, pero sin que paresca que he venio solo por eso. Y me da el pálpito de que si no fuerso la situasión, no será Curro quien me dé la guita que nesesito. Tendré que estrujarme las meninges. Y no lo lograré poniéndome tierna y menos en plan lastimero. Quisá la mejor salida sea ponerme brava y, como última opsión, hasta amenasarlo”.
   Salazar opta por dar un rodeo para explorar el verdadero motivo del viaje de Rocío porque no acaba de creerse en el impulso generoso del que alardea la mujer.
-¿Sabes algo de mi familia?, ¿cómo están mis hijos?
-No sé ná. Hase la tira de tiempo que no he visto a ninguno de los tuyos.
-Entonces, no sabrás que Francisco José está aquí.
   La noticia descompone a Rocío.
-¿Está aquí contigo? –El tono de voz de la mujer es de pura alarma.
-Conmigo, no. Ha venido desde Sevilla para lo mismo que tú, avisarme de que mi escondite ha sido descubierto.
   La mujer no sabe qué decir. El hecho de que el primogénito de Curro haya venido a lo mismo que ella la desazona. Piensa que ese hecho merma y mucho sus posibilidades de sacar algo en limpio de su examante, pero no ha llegado hasta allí para rajarse en el último momento. “Lo que tengo que haser -se dice- es quitarme la careta y pedirle el parné sin ninguna clase de tapujos”.
-Mira, Curro, yo he cumplio con lo que me dicta el corasón y el cariño que aún te tengo. Porque ya sabes lo que se dise, donde hubo fuego quedan ascuas. Puedes contar conmigo para lo que sea, pero si no me nesesitas tengo que volverme a Sevilla. Pedí unos días de permiso en el trabajo. Porque igual no lo sabes pero estoy currando. Desde que dejaste de mandarme transferensias, y como te fuiste sin ponerme la peluquería que me habías prometio, tengo que ganarme la vida. Y, por sierto, ya que lo recuerdo, bien podrías darme la pasta pa lo de la peluquería o al menos pa que no tenga que pasar fatigas pa llegar a fin de mes.
   Curro no está por la labor de dar ni un solo euro a su exnovia, cree que ha cumplido con ella y lo de la promesa de la peluquería no fue más que un calentón pasajero. Si hubiesen continuado juntos todavía, pero en estas circunstancias, nada. A todo lo más que cede es a pagarle el hotel y el billete de vuelta. Visto que el hombre se ha enrocado en su negativa, Rocío quema su último cartucho.
-Te di los mejores años de mi vida y no puedes tratarme como si fuera un trasto inservible. He venido a haserte un gran favor, a salvarte de la trena, ¿y así me lo pagas? Pues arrieritos somos, si te pones asína de pijotero yo también puedo haser lo mismo.
-¿Y qué es lo que vas a hacer, ponerte a llorar?
-Lloros ni uno, pero en cuantito llegue a Sevilla me voy a ir derechita a la comisaría más sercana y denunsiar que un prófugo de la justisia está escondio en una playa de mala muerte. Y ahora que lo pienso, ni eso es nesesario, me han dicho en el hotel que en Alcossebre hay un cuartelillo de picoletos.
-No serás capaz.
-Ponme a prueba.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 19 de enero de 2018

36. ¡Éramos pocos y parió la abuela!



   Sierra no ha sabido qué responder a la pregunta de Salazar de si la mejor solución a sus problemas con la justicia sería irse de España, no estaba preparado para una pregunta así. Lo que ha hecho es insistir en su propuesta de que lo más conveniente para el exsindicalista es que se entregue a las autoridades judiciales previa negociación con la fiscalía de una rebaja sustancial de pena. A Curro la proposición del enviado de la camarilla de Felipe Muñoz no le ha convencido, lo de volver al trullo es muy duro, más ahora que lleva dos años gozando de plena libertad y que tiene a una jovencita a punto de caramelo. Quedan en que seguirán hablando. Como no cree que sea casualidad que en tan pocas horas dos personas hayan llegado hasta él, en cuanto llega al hostal inquiere:
-¿Alguien más ha preguntado por mí?
   La negativa le hace soltar un suspiro de tranquilidad, aunque no la suficiente para que pueda dormir apaciblemente. Antes de coger el sueño le ha dado una y mil vueltas a las dos inesperadas visitas que ha recibido y a lo que le han propuesto. Llega un momento en que el sueño le atrapa en sus redes. Le despiertan unos discretos golpes en la puerta, la abre, es Anca que hace una mueca de alivio al verle.
-He llamado porque son cerca de las once y me extrañaba no haberte visto desayunando. ¿Estás bien, te pasa algo?
-Estoy bien. Es que anoche me encontré con un antiguo amigo y estuvimos charlando hasta las tantas lo que hizo que me acostara muy tarde, pero no me pasa nada, lo único es que me he perdido el desayuno y ahora que lo digo noto que tengo hambre.
-Ya hemos recogido el servicio del desayuno, pero si quieres te puedo subir alguna cosilla para que mates la gazuza.
-Gracias, princesa, pero no hace falta. Voy a darme una ducha a ver si me quito las telarañas de los ojos y saldré a dar una vuelta para que me dé el aire.
-Pues te aconsejo que vayas por la sombra porque esta mañana hace un sol de justicia.
   Es oír la palabra justicia y a Curro se le revuelven las tripas. Cuando pasa por delante de recepción la joven que hace de factótum le llama.
-Don Francisco, un chico ha preguntado por usted. Le está esperando en la terraza.
   A Curro se le vuelve a agriar el semblante. “¿Pero que pasa aquí?, ¿otro que también me busca?”. En cuanto ve quien le espera el corazón le da un vuelco, incluso estando de espaldas lo reconoce. El que le está esperando es quien menos podía suponer: su hijo mayor.
-Pisha, ¿se puede saber qué coño hases aquí? –Ha vuelto a aparecer el seseo, se ha puesto de los nervios.
   Su primogénito se le queda mirando. Sus ojos son como puñales que se clavan en el rostro del padre.
-Tengo que hablar contigo.
-¡La hostia! Últimamente, todos quieren hablar conmigo. Estoy más solisitado que las contrabarreras de la Maestranza. Espero que estés de mejor talante que la última ves. Hablaremos, pero no aquí, esto está lleno de correveidiles. Sígueme.
   Vuelve a hacer lo mismo que la noche anterior hizo con Sierra para tener más tiempo para pensar. Lleva a su hijo por todo el paseo marítimo hasta que pasada la desembocadura de la carretera a Torreblanca se sientan en Xaloc, uno de los restoranes en primera línea de playa en el que todavía hay gente desayunando.
-¿Ya has desayunado? Yo suelo haserlo en el hostal, pero anoche se me pegaron las sábanas –se excusa Curro que pregunta para ir limando aristas -. ¿Has venido en coche?
-Desde Sevilla en un bus de ALSA y desde el pueblo en el coche que hase el trayecto hasta la playa.
-No sabía que hubiera transporte público entre el pueblo y la playa.
-Lo hay, un bus sale a las horas del pueblo y a las medias de la playa.
-¿Y a qué has venido?
-Tengo que desirte que no quería venir ni harto de vino, pero la mama me convensió. Han descubierto tu paradero, no sé si también lo saben los maderos, pero seguro que sí porque media Sevilla está al tanto.
-Entonses tendré que largarme de aquí.
-Justo a desirte eso es a lo que he venío. A avisarte de que se ha corrio la notisia de que estás aquí y hasta se sabe que te hases llamar Fransisco Martínes.
-¡La leche que me dieron! ¿Lo sabe la pasma?
-No lo sé, a mí me lo contó la mujer de Juan Simón, el de Mercasevilla. Si lo sabe ese que es un chichirivaina entonses es que lo sabe media Andalusía.
-¿Y de verdá has hecho más de setesientos quilómetros solo para avisarme? –Curro está que no da crédito a sus oídos.
-Ya te lo he dicho. Yo no quería venir, pero la mama se puso mu jartible hasta que me convensió. Yo creo que te sigue queriendo a pesar de las muchas putadas que le has hecho. Además… -el chico duda un momento-. Pa desir toda la verdá, estamos más secos que los trastos de una era y como, según se dise por Sevilla, tienes una jartá de billetes, hemos pensao que podrías darnos algo. No para arrucharte sino que nos des algo de lo que te sobra –Los modismos andaluces del habla de Francisco José son como para crear un diccionario.
   Salazar escucha a su primogénito y piensa cuan diferentes son. “Ha salido a su madre. No es un sieso ni un malafollá, pero sí un papafrita. Y que no tengan una lata puede ser hasta verdá. ¡Haserse setesientos y pico de quilómetros pa eso, pobre criatura”. Sigue viendo a su hijo como a un chaval a pesar de que cumplió ya los veintidós.
-¿Y estás seguro de que los maderos no saben dónde estoy? –vuelve a preguntar receloso.
-Te repito que no lo sé, pero si lo sabe el andoba de Juan Simón tú dirás.
-Si lo sabe Juan es que lo se han debido soplar en el partido y si están enterados mis excompañeros también deben saberlo en la Junta. Entonses…, entonses no me queda otra que darme el piro.
-Es lo que dise la mama, que tienes que largarte de aquí enseguidita y buscarte otro escondrijo porque si sigues aquí te van a follar. Y antes de que huyas, ¿qué hay de los dineros? ¿Nos puedes dar algo de lo que te sobra? La verdá es que lo estamos pasando mal.
-¿Es que tu madre y tú no curráis?
-Madre sí, yo solo curro cuando hago algún refuerso de uvas a peras en Mercasevilla por lo que me dan cuatro libras mal contadas. Desde que desaparesiste la gente de tu partido y de tu sindicato nos han dao la esparda. Como si estuviéramos apestaos. Nadie quiere saber na de nosotros y apellidarse Salasar es como llevar una crus a cuestas. Alguna exsepsión hay, pero sobran dedos en la mano pa contarlos. Y los que más se resienten de la farta de monis son mis hermanos chicos. Por ellos y por la mama es por lo que estoy aquí –vuelve a repetir Francisco José.
-Bueno, te voy a dar algo de guita, pero después lo que haré será mandaros todos los meses algo de dinero para que dejéis de pasar apuros. Tendré que ver como lo arreglo. ¿Cuándo piensas irte?
-En cuanto me des la pasta. Después de avisarte, aquí no se me ha perdío na.
-Entonses vamos a haser una cosa. Quedamos aquí mismo como a las cuatro de la tarde. Te traeré algún dinerillo. ¿De acuerdo, chavea?
-No soy un chavea, hase muchos años que me afeito –Es la airada respuesta del hijo.
   Salazar se vuelve al hostal, pero antes se sienta en una de las terrazas de primera línea de playa a meditar y tomarse una cerveza. No hace más que darle vueltas a lo que le acaba de contar su hijo, no a la falta de recursos de su familia sino a que media Sevilla conoce su paradero. “No me queda otra, tengo que largarme de aquí. Si lo saben en el partido y en la Junta alguien terminará yéndose del pico y la noticia acabará llegando al juzgado de instrucción. Tengo que pirarme y cuanto antes mejor sino me pueden enchiquerar en cualquier momento. El problema es ¿dónde? Quizá tenga razón el lechuguino de Espinosa y lo mejor sea huir a algún país extranjero que es lo que tendría que haber hecho, pero sigue estando el obstáculo del pasaporte, de tener que dar un nombre para volar y todas las demás pejigueras que desde el 11-S ponen las compañías aéreas. Espinosa dijo que todo eso podría solucionarlo. Tendré que volver a hablar con él –se dice”.
-Perdone, ¿quiere algo? –le pregunta una jovencita que por cómo va ataviada debe de ser una camarera.
-No; bueno, sí. Tráeme una caña, mejor si es de barril.
   Cuando la camarera deja la cerveza encima del posavasos, Curro descubre que la terraza en la que está sentado es del restorán Azar. “¡Qué curioso!, Azar, Azahar, Zahara. Que nombres tan parecidos. ¿Eso debe ser un buen presagio o un signo de mal fario? Lo mejor será no darle más vueltas. Comeré pronto, me echaré una buena siesta y lo consultaré con la almohada”. Cuando llega al hostal todas sus previsiones se van al traste. Nuevamente hay alguien esperándole. Cuando descubre quien es parece como si el cielo se desplomara sobre su cabeza como tanto temen los habitantes de la aldea gala de Asterix. Si el gaditano hubiese sido más culto de lo que es quizá se hubiese acordado de la Ley de Murphy: Si algo puede salir mal, saldrá mal. Y si además puede empeorar, lo hará, pero como solo es un genuino oriundo de Zahara de los Atunes exclama:  
-¡Éramos pocos y parió la abuela!

PD.- Hasta el próximo viernes