viernes, 14 de abril de 2017

Capítulo 25. El final del Caso Inca.- 122. La orden de stand by salta por los aires



   A mediados de mayo Grandal, tras mucho tiempo sin tener noticias sobre la marcha de las investigaciones del Caso Inca, recibe una llamada de Atienza.
- Hombre, Juan Carlos, dichosos los oídos, cuanto tiempo sin saber de ti. ¿Qué me cuentas de nuevo?
- Para eso te llamaba, comisario, para echar una parrafada contigo y darte las gracias por tu impagable información sobre Efraím Gomes. No puedes imaginarte lo que supuso para la investigación del robo.
- El hecho de haber podido ayudaros fue mi mayor satisfacción. Volví a sentirme tan policía como en los viejos tiempos.
- Bernal, Blanchard y yo nos sentimos en deuda contigo y hemos pensado en invitarte a comer y de paso contarte, hasta donde nos sea posible porque al caso le faltan todavía algunos flecos, lo que siguió a tu identificación del sicario colombiano.
   El excomisario está a punto de aceptar la invitación cuando una imagen cruza su mente: la de sus jubilados amigos azacaneándose por los alrededores del Polideportivo de La Elipa fotografiando a todos los coches de los presuntos amigos del Efraím.
- Te voy a ser sincero, Juan Carlos, iba a decirte que por mí encantado pero no sería justo que me dierais las gracias solo a mí. Aquello fue un trabajo de equipo y tanto o más mérito que yo lo tienen mis amigos. Sin la colaboración y el esfuerzo de Ballarín, Álvarez y Ponte yo solo no hubiera conseguido nada.
   Por lo que contesta Atienza da la impresión de que algo así ya lo esperaba.
- Me consta que es como dices, pero eso tiene fácil remedio. Extendemos la invitación al trío y les dices de nuestra parte que para nosotros será un honor compartir mesa y mantel con unos sabuesos que han demostrado tener tanto olfato policial como su jefe. Porque creo que a veces te llaman así.
- Esa actitud os honra y muy gustosamente les haré llegar vuestra invitación. Aunque no sé si aceptarán, ya sabes que las relaciones entre mis amigos y vosotros no siempre han transitado por un camino de rosas precisamente.
- Diles que por nuestra parte no tenemos nada que reprocharles y si en el pasado hubo algunas fricciones las hemos olvidado. Diles también que les vamos a contar aspectos de la investigación que solo unos cuantos saben y que por tanto van a ser unos privilegiados en cuanto al conocimiento de cómo marchan las penúltimas fases del caso. Como estoy seguro que les convencerás, solo tenéis que indicarnos día y hora en que os venga bien que nos reunamos y nosotros elegimos el lugar. Espero tus noticias, comisario.
   Grandal no dilata la transmisión de la oferta de los Sacapuntas. En cuanto termina de hablar envía un WhatsApp al trío de jubilados: Reunión esta tarde, 18 h, en casa. Si alguien no puede mañana mismo lugar y hora. Tengo noticias.
   No hace falta recurrir a la segunda convocatoria, aquella misma tarde están todos reunidos en casa del excomisario quien les cuenta la invitación que han cursado los policías del Caso Inca para comer juntos. Están todos encantados, solo hay una opinión discrepante, la de Ponte que la tiene tomada con el trío, especialmente con el gabacho, como siempre llama a Blanchard.
- Hombre, Manolo, no seas rencoroso, el pobre francés tampoco se ha portado tan mal como para que le tengas ojeriza. Al contrario, ha sido el que más nos ayudó – precisa Grandal.
- A mí es que los tíos que me miran por encima del hombro me tocan los cojones. Y el franchute en cuestión es de lo que cuando te echa el ojo encima parece como si te perdonara la vida.  
- De acuerdo, Manolo, nosotros no aceptamos la invitación y ellos no nos cuentan todo lo que pasó después de que localizáramos al colombiano del béisbol.
- Podrían contárnoslo sin necesidad de que comamos juntos – Ponte sigue emperrado en sus trece.
- Naturalmente que no es necesario que comamos juntos. Lo de la comida no deja de ser un detalle de los Sacapuntas para agradecernos lo mucho que les hemos ayudado.
- Oye, Jacinto – se interesa Álvarez -, eso que has dicho de que quieren agradecernos lo mucho que les hemos ayudado es un invento tuyo o de verdad lo han dicho ellos.
- Si no recuerdo mal, lo que dijo Atienza fue que para ellos será un honor compartir mesa y mantel con unos sabuesos que han demostrado tener tanto olfato policial como su jefe
- Manolo, después de oír lo que acaba de decir Jacinto te la vas a tener que envainar. No solamente vamos a aceptar su invitación sino que además vamos a ir con una sonrisa de oreja a oreja. Como insistas en negarte te retiro el saludo para los restos – Ballarín se ha puesto serio.
   Visto como se ha puesto el patio, a Ponte no le queda más remedio que claudicar, aunque cuando ve el modesto restaurante de barrio al que les han llevado se dice que los polis además de unos prepotentes son unos rácanos. Pese a las apariencias el menú que les sirven está bien preparado y hasta alguno de los platos podría calificarse de excelente. Cuando están terminando el plato fuerte, unas alubias con oreja muy sustanciosas, los policías comienzan a contarles las penúltimas secuencias del caso. Inicia la narración Atienza:
- Cuando nos hicisteis llegar a través de Blanchard la identificación positiva de Efraím Gomes como uno de los participantes en el tiroteo de Fuenlabrada y en el secuestro de Zaragoza, de entrada tuvimos la sensación de que alguien nos había puesto un cartucho de dinamita en la mano y con la mecha encendida. Tuvimos una acalorada discusión sobre qué hacer y en algún momento hasta acusamos al bueno de Michel de traidor, de doble juego y de no sé cuántas cosas más. Nos debatíamos entre la orden de nuestros superiores de no hacer nada respecto al caso y la importancia de la pista que acababais de facilitarnos. Al final, pudo más el instinto policial y nos dirigimos al polideportivo de La Elipa, cuando llegamos resultó que ya no quedaba nadie. Nos tirábamos de los pelos hasta que Michel sacó a relucir las otras fotos que habíais hecho, las de las matrículas de los vehículos estacionados alrededor del recinto deportivo. Tras debatirlo llegamos a la conclusión de que una pista que podía ser trascendental no podíamos dejarla pudrir. Estuvimos de acuerdo en que el mando que mejor podía comprender que nos hubiéramos saltado la orden de stand by era el Jefe de mi Brigada. Le llamé y le pedí si podía recibirnos en su casa aquella misma noche. Ante mi sorpresa no puso ningún inconveniente. Nos escuchó con suma atención y no se extrañó demasiado ante lo que le contábamos. Curiosamente no nos preguntó cómo habíamos conseguido la identificación del sujeto. Solo quiso saber si le habíamos contado a alguien la información. Le dijimos una verdad a medias: que solo lo sabíamos los tres. Nos ordenó que no se lo comentáramos a nadie y que al día siguiente estuviéramos en nuestro despacho, que ya nos llamaría – Atienza hace una pausa y ante su plato de alubias todavía a medias pide-. Eusebio, sigue tú, por favor, porque o hablo o como.
- Pasamos una mañana de pena, transcurrían las horas y nadie llamaba. Debimos dejar seca la máquina del café. Hasta que cerca de las dos nos llamó Ramos, es el jefe de Juan Carlos – aclara Bernal a los vejetes -. Ante nuestra sorpresa y júbilo nos dijo que el Director General Adjunto acababa de levantar la orden de stand by sobre el Caso Inca y que volvíamos a estar operativos. Que ya hablaríamos sobre como habíamos conseguido la pista, pero que por el momento lo prioritario era localizar al colombiano, pero sin detenerle. Michel – pide Bernal -, ponle la guinda al informe.
- Ahí es cuando se reveló la importancia de las fotos que hicisteis en los alrededores de La Elipa. Las matrículas de los coches que fotografiasteis nos permitieron que en menos de cuarenta y ocho horas localizáramos a Efraím Gomes y a varios de sus amigos, algunos de los cuales también eran colombianos involucrados en el mundo de la droga. En cuanto dimos con él nos ordenaron montar una red de vigilancia de manera que no pudiera ni ir a mear sin que lo supiéramos. Al día siguiente de tener identificado al individuo y haber puesto en funcionamiento un triple equipo para su seguimiento y vigilancia, nos convocaron a una reunión en la Dirección General de la Policía en la que solo faltaba una representación del Vaticano. Estaban todos: la Policía Judicial, los de Extranjería y Fronteras, de Cooperación Internacional, los de Seguridad Ciudadana, del CNI, la Interpol, de la DEA, la CIA, un representante de la División Internacional de mis colegas parisinos y posiblemente me olvide de alguien. Aquello más que una reunión policial parecía la ONU. Y… - el francés mira a Atienza – remata tú la faena Juan Carlos.
- Y hasta aquí podemos contaros – es cuanto dice Atienza.
- ¡Qué cabrones – exclama Álvarez que, como el más temperamental de todos, no ha podido contenerse -, a eso se le llama dejarnos con un palmo de narices!

martes, 11 de abril de 2017

121. Una conversación off the record



   En mayo la investigación sobre el robo del Tesoro Quimbaya se ha acelerado. La orden que se dio de dejar las pesquisas en stand by ha sido revocada y los policías encargados del caso registran una actividad frenética. No tienen tiempo ni para responder a las llamadas de Grandal, el cual sabe que hay en marcha varias líneas de investigación porque se lo cuentan sus amigos del Cuerpo Nacional de Policía. Hasta que el nueve de mayo recibe un telefonazo totalmente inesperado.
- ¿Comisario Grandal? Buenos días, permítame que me presente. Soy Enrique Pérez Recarte, amigo y compañero de Juan Carlos Atienza que es quien me ha facilitado su teléfono. Quisiera charlar con usted de un asunto que sé que le interesa: el robo del Tesoro Quimbaya.
- ¿Dice que es amigo y compañero de Atienza? – pregunta Grandal con un tono que denota su reserva.
- Sí y también soy antiguo alumno suyo de la Escuela de Ávila. De la misma promoción que Juan Carlos. Usted no se acordará de mí, pero no me perdía ni uno de sus seminarios.
- ¿Y dónde estás destinado ahora? – visto que quien le llama es del Cuerpo, Grandal ha pasado al tuteo.
- Hace algunos años que trabajo en la Casa. Ya le contaré – el agente del CNI no se atreve a tutear a quien fue su profesor -. ¿Qué día le viene bien que nos veamos? Si fuera esta misma semana mejor.
   Grandal no se lo piensa demasiado.
- Por mí podemos reunirnos cuando quieras. Bueno, hoy no – dice cuando oye el cacharreo que está montando Chelo en la cocina -, pero a partir de mañana en cualquier momento.
- ¿Le parece bien mañana por la tarde, como a las diecisiete? ¿Le importaría si quedamos en la cafetería del Hotel Barceló Emperatriz de la calle López de Hoyos, cuatro?, ¿no? Pues entonces hasta mañana y gracias por aceptar la invitación.
   Al excomisario le sorprende un tanto el lugar de la cita, pero piensa que igual para un agente del CNI reunirse en un lujoso hotel de cinco estrellas sea lo más normal del mundo. Al día siguiente, a la hora convenida, nada más entrar en la cafetería ve a un hombre todavía joven que levanta la mano. Al verle le reconoce inmediatamente, es Pérez Recarte, pero no está solo, hay alguien con él.
- Comisario, buenas tardes y gracias por atender mi petición. Le presento a Kevin Connolly, amigo mío que trabaja en la Embajada de Estados Unidos. Kevin tenía muchas ganas de conocerle, por eso me he atrevido a traerle conmigo.
- Señor Connolly – dice ceremoniosamente Grandal al tiempo que tiende su mano al norteamericano.
- Comisario Grandal, como ha dicho Enrique tenía un gran interés en conoserle. Y antes que nada permítame felisitarle, por sus inteligentes análisis y su olfato de investigador como ha demostrado en el Caso Inca.
- ¿La embajada estadounidense estaba interesada por el robo del tesoro? – pregunta Grandal verdaderamente sorprendido.
- No hasta que intervinieron los cubanos. Ya sabe que todo lo que atañe al régimen castrista es seguido con vivo interés por mi gobierno.
- Comisario, - es Pérez Recarte quien habla - para que quede claro desde el principio, esta es una reunión informal en la que todo cuanto se diga será off the record. Kevin está de acuerdo y deseo que usted también lo esté. ¿Vale?
   El excomisario no contesta, se limita a asentir con la cabeza. ¿Qué querrán este par de espías de pacotilla?, se dice, porque el yanqui tiene un tufo de CIA que echa pa atrás.
- Verá, comisario – prosigue Pérez Recarte -, míster Connolly nos ha prestado, y sigue prestando, impagables servicios en el desmontaje de los últimos flecos de la trama del robo. Podemos afirmar, y le ruego la mayor reserva, que la ayuda de su gente en Francia nos ha puesto en condiciones de localizar a casi todos cuantos participaron en el robo y también en el secuestro de su buena amiga María Victoria Martín-Rebollo.
- ¿Y…? – Grandal sigue sin ver claro el objetivo de la reunión y ha decidido andarse con pies de plomo.
- Se lo diré sin rodeos – dice el americano -, comisario. El objetivo de esta reunión, al menos por mi parte, es una curiosidad profesional. A través de Juan Carlos Atiensa he podido enterarme de como usted, con la única colaborasión de un grupo de jubilados que no tienen ninguna formasión polisial, se ha bastado para encontrar pistas, inisiar investigasiones y elaborar análisis que han sido determinantes en el desarrollo del caso. Y como profesional de la investigasión tengo una enorme curiosidad en saber cómo lo hiso.
   Grandal, halagado por las palabras del norteamericano, les cuenta como él y sus tres jubilados amigos, se metieron a investigar el robo del tesoro, porque uno de ellos fue el único testigo ocular del atraco al furgón blindado, también como una manera de poner algo de interés en sus monótonas vidas de pensionistas. Como la primera línea de investigación que se propusieron fue averiguar quién o quiénes podían haberse lucrado con el robo, lo que les llevó a investigar a los empleados del Museo de América; como hicieron su seguimiento y de esa forma encontraron a presuntos cómplices de los atracadores: Obdulio Romero, al que posteriormente asesinaron, y Adolfo Martínez que terminó confesando ser compinche de los ladrones. Explica también su ocasional participación en el secuestro de la profesora zaragozana, así como cuanto hicieron para localizar al sicario colombiano aficionado al béisbol.
   Los dos agentes de inteligencia escuchan al excomisario con un respeto casi reverencial. Aprovechando que Grandal ha hecho una pausa para tomar un sorbo de gin-tonic, Pérez  Recarte comenta:
- No sé si lo sabe, comisario, pero la identificación que hicieron de Efraím Gomes Restrepo fue capital para el inminente desenlace del caso. El que lo descubrieran y el que fotografiasen las placas de los vehículos estacionados delante del polideportivo de La Elipa fue el hilo del que han tirado los investigadores del caso hasta casi llegar a la madeja. Y si no se han hecho todavía del todo con ella es porque la mayoría de sus componentes están fuera de España. Precisamente, ahí es donde la colaboración de míster Connolly está siendo decisiva.
- A mí lo que me tiene asombrado, comisario – apunta el norteamericano – es la capasidad de análisis que tanto usted como sus amigos han demostrado. Y lo han hecho sin ninguna clase de ayuda tecnológica, lo que le añade más mérito todavía. Y le voy a pedir algo poco usual: si no tienen inconveniente me gustaría que un día, cuando ustedes quieran, pudiera reunirme con los cuatro para conoser personalmente como actuaron. En mis ya largos años de investigador y analista nunca me había encontrado con un caso tan singular.
- Se lo trasladaré a mis amigos. No creo que por su parte haya ningún inconveniente – responde Grandal que añade -. Bien, les he hecho un relato, abreviado, de cómo investigamos algunas de las líneas del caso, ahora es momento de que ustedes me correspondan y me cuenten, hasta donde les sea posible, los pormenores de lo que parecen ser las últimas secuencias de esta historia.
   Los dos agentes se miran y el norteamericano hace un gesto de aprobación a Pérez Recarte que es quien responde a la pregunta de Grandal.
- Como comprenderá, comisario, dado que las operaciones finales todavía están en curso no podemos desvelarle mucho, pero si podemos levantar una punta de la alfombra referida sobre todo a la marcha de las conversaciones Gobierno Colombiano-FARC que están en el origen del robo. El diecinueve del pasado enero la mesa de negociaciones de La Habana aprobó la creación de un mecanismo para monitoreo y verificación del acuerdo de cese el fuego. El veintitrés de febrero el gobierno colombiano acordó un pacto con los diferentes partidos políticos para el respaldo de la etapa final de los diálogos. Y la última noticia es que a finales de marzo, el Secretario de Estado norteamericano ha comenzado unas negociaciones con los equipos de la Mesa del Proceso de Paz. Si la mediación de John Kerry resulta positiva la firma de los acuerdos Gobierno-FARC puede ser cuestión de semanas.
- ¿Y todo eso en qué se traduce? – quiere saber Grandal.
- Que la devolución del Tesoro Quimbaya a España también puede ser cuestión de semanas.
   Y no hubo forma de que la pareja de agentes de inteligencia desbordara los límites que marca una conversación off the record.

viernes, 7 de abril de 2017

120. Jugando al béisbol en el barrio de La Elipa



   Una propina de veinte euros en el Madrid del dos mil dieciséis no es como para tirar cohetes, pero según en qué lugares como en el modesto barrio de La Elipa puede obrar milagros. Así lo ha podido comprobar Grandal pues en la mañana del sábado, treinta de abril, recibe una llamada que de momento le descoloca, hasta que comprende que quien le está hablando es el encargado del bar del Polideportivo Municipal de La Elipa a quien le dio veinte euros de propina. Su mensaje es tan lacónico como sugerente:
- Están jugando al béisbol los sudacas a los que quería ver – y sin más cuelga el teléfono.
   Cuando el excomisario asume lo que le acaban de decir se le dispara la diligencia de viejo policía. Llama de inmediato a sus amigos y les transmite la información recibida.
- Hay que salir echando leches para el Polideportivo de La Elipa. No hay tiempo para reunirnos, que cada uno vaya por su cuenta. Nos veremos allí – es el final de su mensaje.
   Álvarez y Ballarín responden que ya mismo se ponen en marcha. Ponte lamenta no poder acompañarles, hoy tiene que salir con los nietos. Grandal, a pesar de que tuvo que aprender a navegar por la red a regañadientes, se maneja lo suficiente como para abrir Google Maps y ver cómo llega antes al polideportivo. Si coge el bus 1 en Princesa puede llegar al Barrio de Prosperidad en algo más de media hora y luego tendrá que andar. No le sirve. El metro tampoco le vale, la estación más próxima al polideportivo es Vinateros en la línea 9 y tiene que hacer un transbordo en la Avenida de América. Va a tener que coger un taxi. Delante del Corte Inglés de Princesa hay una parada, lo cogeré allí, se dice.
   Cuando el excomisario llega al polideportivo, Álvarez ya está allí y al momento también aparece Ballarín. Se encaminan al campo de béisbol y, en efecto, hay un grupo de gente, casi todos jóvenes y algunos adolescentes, que están bateando pelotas. Por sus rasgos y, sobre todo, por el español que hablan son evidentemente latinoamericanos. Ninguno de los que está bateando ni de los espectadores que están en la grada se parece a Efraím Gomes.
- ¿Quién va ganando? – pregunta Ballarín.
- No están jugando un partido, solo entrenan – aclara Álvarez que es el único que sabe cómo se juega al béisbol.
   Grandal, más para hacer tiempo que otra cosa, pregunta a Álvarez:
- Luis, danos una teórica sencilla de cómo se juega a esto – dice señalando el campo de juego.
- ¿Vosotros jugasteis de niños al juego de pillar? Bueno, pues algo así es el béisbol, se trata de pegarle a la pelota con un bate y correr para llegar a casa pudiendo pararse en sitios seguros que aquí son las bases. El objetivo es conseguir más carreras que el rival. Una carrera se logra cuando un corredor pisa en orden y sin ser eliminado, en una o más jugadas, la primera, la segunda y la tercera base y la base de home, o sea la casa. El juego se desarrolla por entradas y cada una se compone por un turno de bateo y otro de defensa para cada equipo. En cada entrada, el equipo que defiende coloca sus nueve jugadores en el campo, uno donde el pitcher o lanzador, otro en home donde está el cátcher o receptor, otro defendiendo la 1ª base, otro entre 1ª y 2ª base, otro entre 2ª y 3ª base, otro defendiendo la 3ª base, y tres jugando en el exterior. El equipo atacante, siguiendo el orden establecido, va pasando por el cajón de bateo para intentar batear la pelota lanzada por el pitcher y llegar a base sin ser eliminado. Si el equipo defensor logra eliminar a tres rivales pasa a ser atacante y viceversa y se dice que se ha acabado media entrada. Cuando ambos equipos han atacado y defendido una vez se ha acabado una entrada.
- No sigas, Luis, no me estoy enterando de nada – dice Ballarín -. Jacinto, ¿tú si lo has pillado?
- La verdad es que es complicado. Solo me ha quedado claro que los sitios donde han de llegar los jugadores se llaman bases, que el pitcher es el que lanza la bola y que el cátcher es el receptor que se coloca detrás del bateador y poco más. Ah, ¿qué es un strike?
- Cualquier lanzamiento hecho por el pitcher que es intentado golpear por el bateador y falla y también cualquier bateo que va fuera del campo bueno. Hay alguna regla más, pero esas son las dos principales.
- También he oído que hablan del diamante, ¿qué es eso?
- La zona en la que los corredores corren para alcanzar las bases se denomina diamante por su forma.
- Yo tengo otra pregunta – dice Ballarín -, ¿qué es un jonrón?
- El golpe que habilita a un jugador a dar una vuelta entera al cuadro. Algo así como lo que sería un golazo en el fútbol.
   De pronto, Grandal saca unos pequeños prismáticos y se pone a mirar a una pandilla de jóvenes que acaba de llegar y que están hablando con un grupito de espectadores.
- ¡Qué me fría un rayo si uno de los tipos que acaba de llegar no es el Efraím!
- ¡No jodas!, ¿dónde? – pregunta Álvarez.
- No señales, coño, no se vayan a fijar en nosotros. Mirar, pero con disimulo – en ese momento, el excomisario se da cuenta de que con las prisas se ha dejado en casa un instrumento imprescindible -. ¡Me cagüen la leche! No he cogido la cámara.
- Si necesitas una cámara yo he traído la mía – dice Ballarín echando mano de la máquina.
- Menos mal, Amadeo, pero espera, no la saques. Vamos a pensar primero como le hacemos una foto sin que se note que le enfocamos.
- Eso tiene una solución muy fácil. Os ponéis tú y Luis de espaldas al grupo donde está el Efraím como si fuera a fotografiaros y os haré unas fotos, pero a quien realmente voy a enfocar es al colombiano – explica Ballarín.
- ¿Podrás hacerlo con ese cacharro tan pequeño? – inquiere Álvarez al ver el tamaño de la cámara.
- Es pequeña, pero tiene una lente de un gran poder resolutivo y obtiene fotos de una increíble calidad de imagen.
   Siguiendo las instrucciones de Ballarín, quien muy puesto en su papel de fotógrafo no esconde la cámara, Grandal y Álvarez se separan unos pasos mientras que el exferretero les enfoca y les hace un par de fotos que luego se las enseña para que vean como han salido.
- ¡Cojonudo, nos has sacado hechos un par de mozalbetes! – asegura riéndose Álvarez.
   Grandal le aprieta el brazo a Ballarín mientras le susurra:
- Es toda una obra de arte. Mejor, imposible.
   A todo eso, el colombiano y los que están con él se van en dirección a los vestuarios, bajo la atenta mirada del trío de viejos, de los que salen al cabo de poco tiempo equipados para jugar al béisbol. Forman dos equipos, para completar los dieciocho han tenido que sumar a algunos chavales que les acompañan. Es entonces cuando pueden observar a Efraím a su gusto pues hay momentos del juego en los que casi lo tienen al lado. El colombiano en ningún momento ha dado la impresión de haberlos reconocido, ni siquiera en el instante en que al ocupar una base que está muy cerca de donde está el trío su mirada se ha cruzado con la de Grandal. Los tres coinciden: no hay duda de que es el mismo hombre de la fotografía de la ficha y el mismo que trabajó de dependiente en la frutería de la Avenida del Manzanares. Ballarín tiene múltiples ocasiones para fotografiarlo repetidamente.
- ¿Y ahora qué hacemos?, me refiero a cuando terminen de jugar. ¿Le seguimos? – pregunta Álvarez.
- No le seguiremos, podría ser peligroso. Realmente, nuestra misión se ha terminado – y dicho eso, Grandal coge el móvil y hace una llamada.
- Soy Grandal. El amigo que estuvo en Zaragoza y luego en Fuenlabrada está en estos momentos jugando al béisbol en el Polideportivo Municipal de La Elipa. Es todo vuestro. Ah, te mando unas fotos que le acabamos de sacar.
- ¿A quién coño has llamado? – pregunta Álvarez para quien la discreción es algo inexistente.
- A Blanchard, él sabe lo que hay que hacer. A ver si les mete un cohete en el culo a los Sacapuntas.
- ¿Y si no se lo mete? – Álvarez puede ser terco.
   Grandal se encoge de hombros y musita:
- Como acabo de decir, nuestra misión ha terminado y lo hemos hecho con sobresaliente cum laude. Ah, se me acaba de ocurrir algo, Amadeo, antes de que acaben de jugar sal a la calle y fotografía las matrículas de todos los coches de alta gama que veas.
- Si me ven haciendo eso pueden sospechar.
- Es cierto y demuestras ser cauto, como debe serlo todo buen policía. Es obvio que estoy perdiendo facultades. Haz una cosa, yo me quedo aquí y tú llévate a Luis y entre los dos simuláis que os estáis haciendo fotos mientras retratáis las placas. Cuando terminéis estaré aquí esperándoos.
   Mientras Álvarez y Ballarín marchan hacia la calle, el primero comenta:
- ¡Quién nos lo iba a decir, que íbamos a terminar nuestra carrera de policías en el barrio de La Elipa! Manda cojones.