martes, 21 de marzo de 2017

115. El camino más corto entre dos puntos no es siempre la línea recta



   Los inspectores del Caso Inca esperan a Grandal para que les cuente los resultados de su investigación sobre el sujeto cuyas huellas se han encontrado en Fuenlabrada y en el chalet donde estuvo secuestrada María Victoria. El excomisario les cuenta como uno de sus amigos reconoció al tipo de la foto que le habían facilitado y como el patrón de una frutería  confirmó que aquel sujeto había estado trabajando unas semanas en su establecimiento, ubicado cerca de donde vivía Obdulio Romero, presunto cómplice de los ladrones del Tesoro Quimbaya.
- Ese último dato es elocuente, comisario – afirma Bernal -. Porque un tío que curra de dependiente en una frutería sin tener idea de ello, que se despide a la francesa sin siquiera molestarse en cobrar su última semana, que le visitan unos amigos que conducen un BMW de alta gama y, lo que resulta más llamativo, que el fulano trabajaba en un sitio que está a menos de cien metros de donde vivía Obdulio Romero, presunto cómplice de los asaltantes del furgón blindado, y al que pasaportaron de mala manera. ¿A qué os suena todo esto?
   Atienza es quien responde:
- A que, posiblemente, estaba allí para poder vigilar lo que se decía en el barrio sobre las andanzas de Romero, especialmente en si gastaba más pasta de la que, lógicamente, debía de tener.
- Y que luego – añade Blanchard – aparece mezclado en el tiroteo del polígono de Fuenlabrada y en el secuestro de María Victoria. Todo eso no es casualidad. Ese sujeto, probablemente, pertenece a una banda que ha tomado parte en los dos incidentes anteriores y, también es muy posible, en el asesinato de Obdulio Romero. ¿Qué opina, comisario? – pregunta el galo dirigiéndose a Grandal.
- Que estoy al cien por cien de acuerdo con vuestras deducciones. Ese es el hilo que nos hacía falta para desenredar el ovillo del caso.
- Lo primero que hay que hacer es saber más del tal Efraím Gomes Restrepo – reclama Atienza - Vamos pedir a los compañeros de nuestra embajada en Bogotá que soliciten a la policía colombiana la ficha del tipo, que un fulano como ese es bastante posible que tenga un historial más largo que El Quijote. También podemos hacer idéntica petición a Interpol.
- Para el acelerador, majete, que ahí pinchamos en hueso – Bernal refrena el ardor de su compañero -. ¿Te has olvidado que oficialmente estamos en stand by? Lo que quiere decir que no podemos pedir la ficha de ese tipo por los conductos reglamentarios.
- El camino más corto entre dos puntos no es siempre la línea recta – sentencia Grandal.
- Comisario, a veces pareces la Sibila – ironiza Atienza -, pero como te voy conociendo deduzco que estás sugiriendo que utilicemos otros conductos que no sean los oficiales, ¿pero cuáles?
   Blanchard toma la palabra:
- Creo que tengo la solución. Un compañero de promoción y buen amigo mío está en la embajada de mi país en Bogotá. Puedo pedirle que contacte privadamente con algún amigo o conocido que tenga en la policía colombiana y que le pida los antecedentes del tal Efraím. ¿Estáis de acuerdo?
- ¿Qué si estamos de acuerdo? Si no fuera porque está presente el comisario, que es hombre chapado a la antigua y se escandalizaría, ahora mismo te daba un beso en la boca amigo Michel – afirma un sonriente Bernal.
   Y en eso quedan. Mientras tanto no queda otra que esperar.
   Al día siguiente, Grandal cuenta a sus jubilados amigos de lo que se habló en la reunión con los inspectores del Caso Inca y la principal resolución que se tomó: la de buscar, bajo mano, el historial del falso dependiente de la frutería de la Avenida del Manzanares.
- ¿Y no lo van a buscar aquí? – pregunta Álvarez -, lo digo porque tan seguro como que me llamo Luis que ese fulano está en Madrid.
- Oficialmente no pueden hacerlo. Tienen órdenes de sus jefes de no iniciar ninguna clase de investigación relativa al robo – recuerda Grandal.
- Es una lástima porque buscar a un colombiano en Madrid no debe ser tan difícil – precisa Ponte -. No creo que haya tantos como para que no se pueda localizar a un sujeto concreto.
- Dadme un minuto que pregunto a Cortana cuantos residentes colombianos hay en Madrid – dice Ballarín mientras saca su Smartphone.
   Solo necesita unos segundos para que el teléfono inteligente le ofrezca una respuesta:
- Según datos del INE en 2015 había censados algo más de ciento cuarenta y cinco mil colombianos residentes legales en España. Si a ellos les añadís, como poco, un veinte por ciento más que están de extranjis, nos situamos por encima de los ciento setenta y cinco mil – les informa Ballarín.
- ¿Y de esos cuántos en Madrid? – quiere saber Grandal.
- Ese dato no lo dice, tendría que mirar en la web del Ayuntamiento, pero funciona de pena.
- Ponle que un veinte por ciento de los que ha dicho Amadeo residan aquí, eso nos pone en unos treinta mil colombianos que viven en la capital. Tampoco son tantos – insiste Ponte.
- Yo sé que existen sitios en los que se reúnen habitualmente los sudamericanos. Todo sería buscar cuales son esos lugares y visitarlos, seguro que encontrábamos a alguien que le conocía aunque fuera de vista – sugiere Ballarín.
- Tengo entendido que hay una red de discotecas o cómo diablos se llamen ahora que están especializadas en música latinoamericana y a las que acuden montones de sudacas – informa a su vez Álvarez.
- Escuchad – dice Ballarín que sigue trasteando con su Smartphone -, acabo de encontrar un artículo en el ABC que se titula: Diez rincones madrileños para que Jame Rodríguez se sienta como en casa. Y añade que estos son los lugares más colombianos de la comunidad.
- ¿Y quién es ese James Rodríguez si se puede saber? – pregunta Ponte.
- Manolo, tu ignorancia futbolística raya en lo increíble. ¿De verdad no sabes quién es James? – inquiere Álvarez, acérrimo fan del Real Madrid, que ante la negativa de Ponte le explica –
James David Rodríguez Rubio es un futbolista colombiano que juega como mediocampista ofensivo en el Madrid y que también es internacional con la selección de Colombia, de la cual es capitán.
- Lo que iba diciendo – retoma la información Ballarín -. En la relación del ABC aparecen restaurantes, cafeterías, discotecas, tiendas de ropa…; en fin, lugares generalmente regentados por colombianos y que son visitados asiduamente por sus compatriotas. Sería fácil peguntar en esos sitios por el Efraím.
- Me tenéis alucinado, ¿vosotros sabéis lo que estáis proponiendo? – inquiere Grandal que se ha puesto serio -, ¿acaso estáis sugiriendo que los que nos pongamos a buscar al Efraím seamos nosotros ya que la policía no puede hacerlo?
- ¡Coño, y quien si no! – replica Álvarez.
- Vamos a ver si os lo explico otra vez y os enteráis. Hasta ahora, ¿a qué clase de gente hemos investigado? A los empleados del museo de los que sospechábamos que fueran cómplices de los ladrones y a unos gitanos, pero nunca nos hemos visto las caras con delincuentes habituales, ¡y qué delincuentes! Si el tal Efraím pertenece a una banda de narcos, como es más que posible, sabed que son de los malhechores más violentos y agresivos del mundo. De los que no se andan con medias tintas y se te llevan por delante por menos que canta un gallo. Dicho de otro modo, a ver si os enteráis de una puta vez, de investigar a Efraím nada de nada. Eso es jugar en la Champions League y a nosotros no nos querrían ni en un equipo de tercera regional.
- Hombre, Jacinto, tampoco es que tengamos que enfrentarnos directamente a ningún narco. Eso no es lo que habíamos pensado – se defiende Álvarez.
- ¿Qué es eso de que lo habíais pensado? ¿Es que ya habéis tratado esta cuestión a mis espaldas? – pregunta un mosqueado Grandal.
- A tus espaldas, no, pero como últimamente pasas más tiempo con los Sacapuntas que con nosotros algo sí habíamos comentado, porque de alguna cuestión hay que hablar, ¿o no? – explica Ballarín.
- ¿Y qué es lo que habéis pensado?, si se puede saber – inquiere Grandal que sigue con su mosqueo.
- Veras, Jacinto, y no te subas a la parra por favor – ruega Ponte -. De lo que hablamos fue que podíamos ir a visitar algunos de los sitios donde generalmente se reúnen los sudamericanos y más concretamente los colombianos. Y hacerlo como lo que somos, como un grupo de señores mayores que sienten curiosidad por conocer esos ambientes. Sin preguntar por nadie, sin aludir para nada al robo, sin enseñar ninguna foto, pero llevando bien grabada en la cabeza la jeta del tal Efraím, de manera que si lo veíamos ya lo tendríamos localizado. Después de eso lo dejaríamos en manos de tus amigos policías y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
- No sé si sois unos genios o unos descerebrados – es lo único que se le ocurre a Grandal.

viernes, 17 de marzo de 2017

Capítulo 23. Tras la pista de un narco colombiano.- 114. Esta cara, ¿de qué me suena?



   Como Grandal le ha pedido, Atienza envía al gabinete dactiloscópico la ficha con las huellas encontradas en el chalé de Zaragoza donde estuvo secuestrada María Victoria. El encargo al gabinete es que comparen esas huellas con las que figuran en el expediente del tiroteo de Fuenlabrada. Tras un laborioso cotejo, los técnicos dactiloscópicos identifican una huella idéntica a otra de las halladas en el polígono. En el archivo central de la policía, sección de pasaportes, encuentran a quien corresponde la huella. Se trata de un colombiano que entró legalmente en España, vía aeropuerto Adolfo Suárez, a finales de agosto del pasado año. El gabinete envía a Atienza esos datos, más una copia del pasaporte del sujeto, se trata de Efraím Gomes Restrepo, de veinticuatro años, natural de Jamundi, villa situada  en el departamento del Valle del Cauca, Colombia. Motivo del viaje: turismo. Tras su entrada en el país no se ha vuelto a saber nada más del colombiano. Atienza llama a Grandal:
- Te envío por mensajero el informe sobre un fulano cuyas huellas se han encontrado en Zaragoza y en Fuenlabrada. Incluyo su foto. En cuanto sepamos algo más te llamo.
   Grandal convoca para el día siguiente a sus mariachis, como a veces les llama, pero recibe la protesta de Álvarez y Ballarín, motivo: el día siguiente es sábado y toca reunión familiar. Mejor que lo aplace para la mañana del domingo. Ese día, lo inicia Ponte como suele, encendiendo el ordenador para leer la prensa en la cama. Hoy las noticias son escasas y de exiguo relieve. El principal titular de El País es: Rajoy y Sánchez bloquean toda opción de dejar gobernar al otro. Llevan así desde diciembre pasado, piensa el viejo, hablan y hablan pero seguimos sin gobierno, claro que para lo que sirve tampoco es que haya ninguna prisa. Y como tiene que reunirse con sus amigos no sigue leyendo más.
   A Grandal ya le han llegado los documentos mandados por Atienza sobre el sujeto cuyas huellas dactilares se repiten en los dos últimos incidentes relacionados con el Caso Inca. El expediente, así como la foto del colombiano, va pasando de uno a otro de los reunidos. Tras haber consumido su turno, Ballarín vuelve a reclamar el dossier.
- Esta cara, ¿de qué me suena?, la he visto en alguna parte, lo que no sé es donde – cuando de pronto suelta un sonoro - ¡Coño!, ya sé dónde la he visto. Jacinto, Manolo, ¿no reconocéis a este tío?, miradlo bien. ¿Os acordáis cuando vigilábamos al empleado del museo que vivía en el barrio de Los Cármenes y al que luego dieron matarile? ¿Cómo coño se llamaba?
- Te refieres a Obdulio Romero, al que asesinaron junto a su cuñado, un tal Quesada.
- Y a los que también les cortaron la lengua – recuerda Álvarez que es un morboso.
- Bueno – prosigue Ballarín -, pues aunque pueda parecer un disparate,  yo juraría que el tío de la foto es el mismo que estaba de dependiente en aquella frutería de la Avenida del Manzanares en la que entramos un par de veces. Fue en la frutería en la que Manolo recordó algo de lo que le pasó durante el secuestro del furgón blindado.
- Ah, claro, ahora recuerdo – rememora Ponte -. Fue el dependiente que a unos chicuelos que andaban metiendo bulla les dijo que: a callar o… y les hizo un gesto amenazante. Y que luego recordé que esas mismas palabras y con idéntico acento me dijo el atracador que me puso la pistola ante las narices.
   Grandal ha vuelto a coger la foto y la mira con renovada atención.
- Creo que tienes razón, Amadeo, este fulano es el mismo o muy parecido al dependiente sudaca del frutero. Manolo, ¿tú, qué opinas?
- Mi vista ya no es la que era con esta coña de las cataratas. ¿No tendrás por ahí un lupa por casualidad? – pide Ponte.
   Grandal sale y al momento vuelve con una lupa de regular tamaño.
- Aquí tienes. Y no la tengo por casualidad sino por obligación.
   Ponte mira con la lupa la fotografía durante unos minutos, acercándola y alejándola de su objetivo hasta que encuentra la distancia focal idónea.
- Creo que sí, que puede ser el mismo, pero mi opinión no debe contar porque no estoy seguro al cien por cien.
- Vale – dice Ballarín -. En todo caso serían dos votos a favor y una, llamémosle abstención. Por lo que gana la opinión de que este fulano es el dependiente del frutero del Manzanares.
- Y ahora voy yo y pregunto – Álvarez que no participó en la investigación de Obdulio Romero y, por tanto, no estuvo en la frutería de marras, echa su cuarto a espadas -: ¿Qué coño pintaba el dependiente de una frutería de un modesto barrio madrileño en el tiroteo de Fuenlabrada y más tarde en el secuestro de la profesora zaragozana?, ¿me lo queréis decir? Frutero, guardia de seguridad, secuestrador… ¿No es mucho pluriempleo para un tío de veinticuatro años y, además, tan lejos de su tierra natal?
- Tus preguntas, Luis, están muy bien traídas. Esas y muchas más que tendremos que plantearnos si se confirma la opinión de Amadeo y la mía. Habrá que comprobarlo – acepta Grandal.
- Y para confirmarlo tendrás que llamar a los Sacapuntas. ¿Me equivoco? – pregunta Álvarez en plan retador.
- Pues sí, te equivocas. Antes de acudir a mis jóvenes colegas, tenemos otra manera de comprobarlo, volver a visitar al frutero del Manzanares y mostrarle esta foto.
- Entonces, ¿cuándo vamos, mañana? – pregunta Ballarín que inmediatamente recibe un ligero pisotón de Ponte, lo que le hace recordar que los lunes Grandal los dedica a Chelo, por lo que rápidamente rectifica -. Bueno, quien dice mañana, dice pasado, supongo que no viene de un día.
   El martes, doce, el cuarteto de jubilados coge en Príncipe Pío el autobús 25 de la EMT que recorre el Paseo de la Ermita del Santo y que les deja casi en la esquina de la Vía Carpetana, desde allí y cruzando la calle San Conrado, de tantos recuerdos para ellos pues fue donde encontraron una de sus primeras pistas, desembocan en la Avenida del Manzanares. Muy cerquita está la frutería cuyo propietario nada más verles entrar les saluda efusivamente, está atendiendo a una parroquiana.
- En un minuto estoy con ustedes.
   Cuando termina de servir a la clienta se les acerca limpiándose las manos con el mandil antes de estrechar las de sus viejos conocidos.
- Cuanto de bueno verles por aquí. ¿Han venido a pasear un ratito por el río?
- Sí, pero ante todo venimos a pedirle un pequeño favor – Grandal es quien lleva la voz cantante del cuarteto -. Verá usted, un viejo amigo nos ha pedido que si podría facilitarle alguna referencia sobre aquel sudamericano que tenía de dependiente a finales del pasado año porque piensa contratarle. Cuando el otro día le dijimos que pensábamos volver al río nos dijo que se lo preguntáramos.
- ¿Están ustedes hablando del Enrique? ¡Menudo randa! Díganle a su amigo que ni se le ocurra. Era un broncas y más vago que la suela de un zapato. A las dos semanas escasas de que ustedes estuvieron aquí me dejó colgado de la noche a la mañana. Justo cuando más lo necesitaba pues eran las vísperas de Navidad. Ni se molestó en venir a cobrar su última semanada.
- Vaya, hombre, quien lo diría. Por cierto, que nuestro amigo nos ha dado una foto del tal Enrique, aunque a él le ha dicho que se llama Efraím – y Grandal saca de la cartera la foto del colombiano y se la muestra al frutero que solo necesita echarle un vistazo.
- Es el mismo granuja. Le dicen a su amigo – reitera el frutero – que si no está muy desesperado que busque en otra parte. Este fulano es más falso que un euro de madera.
- ¿No tiene más datos del tipo? – indaga Grandal.
- Que va. Les seré franco. Lo contraté de palabra y no le pedí ningún papel porque solo lo necesitaba hasta que pasara la campaña de Navidad. Ya se pueden imaginar que no le di de alta en la Seguridad Social ni nada por el estilo.
- Pues muchas gracias. Y descuide, su recado se lo transmitiremos a nuestro amigo. Otra pregunta ¿notó algo raro en el comportamiento del dependiente?
- ¿Raro?, no sé a qué se refiere. Lo que sí puedo decirle es que también es un mentiroso. Me dijo que había trabajado antes en una verdulería, pero enseguida vi que no distinguía las acelgas de las escarolas. Y ahora que recuerdo, una cosa que me llamó mucho la atención es que tres o cuatro veces vinieron a recogerle unos amigotes suyos, también sudacas, con un coche, carro le llamaban ellos, despampanante. Un BMW de los grandes, que vaya usted a saber a qué coño se dedicarían esos fulanos para tener tanta pasta.
   Grandal le da las gracias al frutero. El viaje hasta Los Cármenes ha merecido la pena. Han confirmado la presencia en España de un posible narco colombiano que participó en los dos últimos incidentes relacionados, de algún modo, con el robo del tesoro.
- Ahora la pregunta es: ¿qué vamos a hacer con este dato? – dice Ponte en voz alta.

martes, 14 de marzo de 2017

113. Quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez



   Ponte abre el ordenador a ver que cuenta la prensa en esta fecha de seis de abril de dos mil dieciséis. Hoy elige El País, cuyo titular de entrada dice: El Gobierno interviene los pagos de dos autonomías. Si es que este invento de las autonomías seguramente que fue bienintencionado, se dice el viejo, pero su desarrollo no ha podido ser más catastrófico; están casi todas endeudadas y así les luce el pelo, aunque sería más correcto decir que así nos luce porque luego las deudas las pagamos los ciudadanos de a pie. Al titular de salida apenas si le echa un vistazo. En cambio, le llaman la atención dos noticias de internacional. Una es: El jefe de Gobierno de Islandia, primera víctima de los papeles de Panamá. Esto de la corrupción de los políticos parece que se da en todos los sitios, hasta en un lugar tan frío como Islandia, piensa Ponte. La otra noticia es: Bruselas propone cambiar el sistema europeo de asilo. Mejor que regulen lo de la entrada de inmigrantes porque es algo que no lo va a parar nadie por muchos muros que construyan. En esas que suena el teléfono. Mira la pantalla, es Grandal.
- Manolo, buenos días. Igual te pillo en un mal momento.
- ¡Qué va!, estaba leyendo la prensa para ponerme al día. ¿Qué me cuentas?
- ¿Cuánto hace que no visitas Zaragoza?
- Visitar, lo que se dice visitar desde la Exposición Internacional del dos mil ocho. Fui a verla con los chicos y nos lo pasamos chachi. Ahora, lo que es verla de paso, en octubre del año pasado cuando fui con mi hijo a ver al primo Julián que vive en Cintruénigo. Primero estuvimos en Barcelona y de camino a Navarra cruzamos Zaragoza.
- Te lo digo porque he de ir a Zaragoza por un tema de la investigación y me da una pereza terrible hacerlo solo. Si me acompañas podíamos coger el AVE e ir y venir en el día o quedarnos un par de días si te apetece. Solo te llamo a ti porque Amadeo y Luis han de contar con sus costillas, pero tú eres como yo, no has de hablar con nadie.
- El buey suelto bien se lame – apostilla Ponte, echando mano del inagotable refranero español.
- ¿Te animas o qué? – reitera Grandal.
- Primero concrétame cual es el tema por el que vas a Zaragoza, no sea que se trate de una cuestión amorosa y en ese campo ya sabes lo que se dice: que tres son multitud – con ello alude Ponte al romance que Grandal ha tenido en la ciudad aragonesa con la profesora que fue secuestrada.
- No se trata de amoríos, eso ya pasó a la historia, con Chelo tengo más que suficiente. Verás…
   Y Grandal le cuenta que el día anterior llamó a su compañero Lucientes, comisario de Zaragoza, para preguntarle si se había sabido algo más del secuestro de María Victoria Martín-Rebollo. Lucientes le contó que finalmente habían descubierto el chalé en el que estuvo retenida la profesora y que, entre otras cosas, encontraron un montón de huellas. Grandal intentó tirarle de la lengua, pero el comisario zaragozano no le dio más detalles. Por eso, ha decidido ir la ciudad del Ebro, para ver si en un encuentro personal consigue más datos de lo encontrado en el chalé del secuestro.
- … y, como excusa del viaje, le he contado a Lucientes que voy a visitar a Mariví y que si tengo tiempo igual me paso a tomarme una copichuela con él.
- Pues dado lo que cuentas opino que sobro, no creerás que tu amigo se va a tragar la trola de que vas a visitar a Mariví acompañado por un carcamal como yo. Creo que es mejor que hagas el viaje solo. 
   Grandal acepta la argumentación de Ponte y al día siguiente coge el AVE rumbo a Zaragoza. En cuanto llega se acerca a la comisaria en la que tiene su despacho Lucientes. Ha de esperarle un buen rato porque el comisario ha ido a la toma de posesión del nuevo jefe superior de policía de Aragón.
- Así que has venido a ver a María Victoria, ¿qué tal sigue, se ha repuesto?
- Todavía no he podido verla porque está en la facultad, creo que tienen reunión de departamento, hemos quedado para la tarde. Hablando de María Victoria, ¿qué habéis encontrado en el chalé en el que estuvo secuestrada?
- Me han traído el informe completo de la investigación esta misma mañana, aquí lo tengo – y señala una carpeta llena de documentos que tiene encima de la mesa -. Con lo de la toma de posesión del nuevo jefe no me ha dado tiempo a leerlo, solo le he echado una ojeada, pero por lo que me han adelantado hay un montón de huellas.
- ¿Y qué tal el nuevo jefe?, ¿quién es, le conozco? – Grandal cambia de tema para no se noten sus intenciones.
- Es Marcial Granados, de tres promociones anteriores a la mía. Buenas intenciones tiene, ahora habrá que calibrar sus acciones porque ya conoces el dicho: de buenas intenciones está el infierno empedrado.
   Siguen charlando un rato, en el que Lucientes es requerido en un par de ocasiones por alguno de sus inspectores. Como en ese contexto, Grandal ve que no va a conseguir nada cambia de estrategia.
- Paco, veo que estás muy pillado y yo no hago más que estorbar. Se me ocurre que como a María Victoria no la veré hasta la tarde, te invito a comer. Así podremos tener un rato de tranquilidad y te cuento los últimos chismes que circulan por Madrid sobre el Cuerpo.
- Te agradezco la invitación, Jacinto, pero le prometí a Eulalia que comería en casa, ha venido a vernos una de sus hermanas – al ver el gesto de contrariedad de Grandal añade -. Lo que puedes hacer es darte una vuelta por los alrededores y te pasas por aquí sobre las dos menos cuarto que habré acabado lo que tengo pendiente y nos tomamos unas cañas, como en los viejos tiempos.
   Algo antes de la hora convenida, Grandal retorna al despacho de Lucientes.
- Me había olvidado de lo puntual que eres – comenta el comisario zaragozano.
- Bueno, tampoco tenía nada que hacer – y Grandal se dice: este es el momento de pedir lo que he venido a buscar -. Oye, Paco, mientras hacía tiempo se me ha ocurrido  que quizá fuera oportuno que les mandaras una copia del expediente del secuestro de María Victoria, incluido lo del chalé, a los colegas de la Brigada de Patrimonio; quizá ellos podrían encontrar algún dato interesante relacionado con el robo del tesoro, ¿no crees?
- ¿Para qué pueden querer el expediente si el Caso Inca está en stand by?
   Ante la réplica del comisario, Grandal se dice que será mejor sincerarse. Le cuenta a Lucientes la verdad: es él quien, de forma oficiosa y fuera de todo conducto reglamentario, está completando algunos flecos de la investigación sobre el robo del tesoro que los Sacapuntas, por una orden emanada del poder político, no pueden realizar. Por eso necesita una copia del informe del secuestro de María Victoria, sobre todo de lo encontrado en el chalé en que estuvo retenida. Lucientes se queda mirando a Grandal, se le nota que duda sobre qué responder. Tras unos instantes de vacilación dice:
- Sabes que no te puedo dar una copia del informe, va contra el reglamento. Si los Sacapuntas lo quieren que lo pidan por conducto reglamentario y… - vuelve a vacilar cuando de pronto hace un gesto como si acabara de acordarse de algo  -. Se me había olvidado, tengo que hablar con los de narcóticos, será cuestión de cinco minutos, espérame que vuelvo enseguida e iremos a tomarnos esas cañas – dicho lo cual, Lucientes abandona el despacho.
   Grandal no duda ni un segundo, coge el dossier del secuestro que sigue encima de la mesa del comisario, busca el informe sobre el chalé en el que estuvo secuestrada María Victoria y en la impresora multifunción del despacho hace una copia del expediente. Cuando a los pocos minutos vuelve Lucientes se lo encuentra mirando a través de la ventana con aire distraído.
- Vamos a por esas birras.
   Por la tarde, Grandal se vuelve a Madrid. Desde el tren llama a Atienza.
- Juan Carlos, tengo el informe del chalé donde estuvo María Victoria. No, mejor que no me preguntes como lo he conseguido. Estoy en el tren, en cuanto llegue te lo envío por mensajero. Y lo que tienes que hacer es inventarte alguna historia para que los del gabinete dactiloscópico comparen las huellas de Zaragoza con las que están registradas en el informe del tiroteo de Fuenlabrada que os enviaron los tricornios. A ver si hay suerte y encuentran un par de huellas gemelas. En cuanto sepas los resultados me llamas. Otra cuestión, esto de ayudaros me está saliendo por un ojo de la cara, ¿quién me paga la ida y vuelta a Zaragoza?, ¿tenéis algún fondo de reptiles para gastos inconfesables? A ver si podéis hacer algo para echar una mano a un pobre pensionista
- Algo se podrá hacer. Lo miraré. Y gracias por tu gestión. Está claro que quien tuvo, retuvo.
- Te has quedado corto con la máxima, la completa dice: quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez.