viernes, 27 de enero de 2017

100. ¿Quién me compra este misterio? Adivina, adivinanza



   Los policías del Caso Inca, a los que acompaña Grandal, están esperando en lo que llaman el desayunador de la planta baja del hotel a que llegue la doctora Martín-Rebollo a la que han invitado a desayunar. Atienza encuentra a María Victoria algo desmejorada respecto a cuando estuvo en Madrid y piensa que es natural, no todos los días lo secuestran a uno. Lo primero que hace es disculpar la ausencia de Bernal. El inspector de la Judicial, después del puyazo que le metió Grandal el día anterior sobre sus malos modos con la profesora, ha preferido ausentarse aduciendo que tenía que hablar con sus colegas zaragozanos a ver qué le contaban sobre el secuestro.
   María Victoria quizá esté un tanto demacrada, pero no parece haber perdido el apetito pues hace honor al sabroso buffet compuesto por frutas, zumos, cereales, bollería, embutidos y hasta se atreve con uno de los platos calientes, un triángulo de tortilla de patata. No lo prueba todo, pero si pica de aquí y de allá. Durante el desayuno, la conversación es informal y se habla de todo un poco sin aludir en ningún momento al motivo de la reunión. Cuando terminan, Atienza les conduce a un saloncito de reuniones que previamente ha reservado. Blanchard abre su Moleskine y Atienza deja encima de la mesa el magnetófono.
 ¿Te importa que grabemos la conversación? – pregunta el inspector a María Victoria.
- En absoluto – es la lacónica respuesta de la mujer.
- Gracias, Mariví – Atienza utiliza su nombre familiar en un intento de quitar aire oficial al interrogatorio -. Como Grandal nos ha proporcionado una copia de tu declaración ante el comisario Lucientes, no vamos a hacerte repetir lo que ya contaste. Nos centraremos en preguntas concretas. Te hago la primera: has declarado que tus raptores hablaban un español latinoamericano, ¿podrías precisar de qué parte de América?
- Creo que ya lo dije, su modo de hablar el español me sonaba al de los países de  Centro o Sudamérica… Podrían ser panameños, colombianos, venezolanos o de por ahí, pero soy incapaz de precisar de qué lugar.
- Otra pregunta: antes de que te secuestraran, ¿notaste algún movimiento raro en tu entorno, personas que no conocías, individuos que preguntaran por ti en el vecindario, en la facultad o a tus amistades?
- Sobre eso solo tengo un dato. Un bedel de la facultad me comentó que hace como cosa de tres semanas un tipo muy moreno, vestido con un chándal y que no parecía estudiante le estuvo preguntando donde podía ver el horario de los profesores del departamento de Historia del Arte.
- ¿Llegaste a tener en tus manos las piezas quimbayas que te enseñaron?
- Por supuesto. Después de enseñármelas me las dejaron para que pudiese examinarlas detenidamente. Y no solo una vez sino dos.
- Y no te quedó ninguna duda de que eran réplicas de las originales.
- En la medida que una inspección ocular pueda servir, ninguna. Aunque hubiese estado más segura si hubiese podido analizarlas en el laboratorio, sin embargo mi opinión con un margen de seguridad de más del noventa por ciento es que las piezas eran meras copias.
- ¿Por qué crees que no te llevaron algunos de los aparatos que les dijiste que serían necesarios para realizar un análisis exhaustivo de las piezas?
- No lo sé, pero en Zaragoza no es fácil hacerse con esos instrumentos. Solo los hay en la Facultad de Geología y no sé si en la Escuela de Ingenieros y quizá en alguna empresa de metalurgia. Creo que eso consta en mi declaración.
- Aunque no les viste las caras, ¿recuerdas cómo reaccionaron cuando les dijiste que las piezas eran falsas? Me refiero a si exclamaron algo o si movieron el cuerpo de alguna manera. En fin, si dieron alguna muestra de sorpresa, indignación o desagrado.
- Diría que su reacción, en la medida que pude observar, fue más bien de desagradable resignación. Para mí, y es una opinión algo aventurada, que ya esperaban lo que les conté, que las piezas eran copias.
   Blanchard interviene por primera vez en el interrogatorio:
- ¿Mencionaron en algún momento la palabra quimbaya? 
- En ninguno, solo hablaron de piezas de una cultura indígena americana, pero ni la palabra quimbaya ni siquiera la de tesoro salió de su boca.
   Atienza retoma el turno de preguntas:
- Recordarás que en la tormenta de ideas nos contaste que en el mundo de la historiografía del arte precolombino era opinión común que las piezas del tesoro robadas eran réplicas. Después de lo sucedido, ¿sigues creyéndolo?
- Más que nunca. Creo que lo ocurrido lo avala. Una banda de latinoamericanos secuestra a una experta en arte precolombino con la única finalidad de que autentifique unas piezas de la orfebrería quimbaya. Las piezas en cuestión datan de mediados del siglo XX; es decir, son copias. Blanco y en botella. ¡Cómo no me voy a creer que son reproducciones!
- ¿Es posible que las piezas que autentificaste fueran parte de las que transportaba el furgón blindado que robaron delante del museo? – pregunta Blanchard.
- No lo puedo asegurar. Lo que sí sé es que las piezas en cuestión: un poporo, un collar y la figura de un cacique son idénticas a las que tiene catalogadas el Museo de América y que formaban parte del conjunto que se envió a París. Y añado: son demasiadas coincidencias, por  lo que aunque no lo afirmo con plena seguridad opino que la respuesta a tu pregunta tendría que ser afirmativa.
   Llegados a ese punto, Atienza explica a María Victoria la conversación que tuvieron con una cualificada experta en museística que les aseguró que en el noventa y nueve, coma noventa y nueve por ciento de veces, los museos solo prestan obras originales.
- Y estoy por completo de acuerdo. Es más, diría que más que una opinión es un hecho cierto, aunque sé que ello se da de bruces con el hecho de que las piezas que me mostraron fueran copias.
   Prosigue Atienza contándole el hallazgo de una fotografía que mostraba que, durante el tiempo en que determinadas piezas del tesoro se prestaron al museo parisino, en las vitrinas de la sala del Museo de América donde se expone el conjunto del tesoro se veían los correspondientes huecos pertenecientes a las obras que faltaban y termina diciendo:
- Las piezas que faltaban en las vitrinas se supone que son las que se mandaron al museo francés. Si ahora dices que unas piezas iguales a las que deberían formar parte del lote que se mandó a París son copias, ¿quiere eso decir que el conjunto del Tesoro Quimbaya o, al menos, algunas de las piezas que expone el Museo de América son réplicas?
   María Victoria no responde inmediatamente. Da la impresión que está procesando el planteamiento que ha hecho el inspector de Patrimonio. Cuando responde su voz no es tan firme como en anteriores respuestas.
- Me pones en un aprieto, Juan Carlos. Y para ser sincera he de decir que mi respuesta no puede ser otra: no lo sé. Lo que sí sé, y que precisamente es una de las falsedades que desmontaba sobre el Tesoro Quimbaya en el artículo que escribí en El Heraldo, es que existen unas réplicas de todas las piezas del tesoro que fueron las que estuvieron expuestas entre 1978 y 1984, fecha en la que se cerró el museo para ser restaurado. Ahora bien, desde la reapertura del museo en 1994, las piezas del tesoro que se exponen en la sala dedicada al mundo funerario son las originales.
- ¿Entonces…? – inquiere Atienza.
   El amago de pregunta queda flotando en la atmósfera del saloncito sin que ninguno de los presentes se arriesgue a contestar. Es Grandal, que ha permanecido callado hasta el momento, quien da una respuesta en clave sarcástica.
- Todo esto me recuerda a una vieja copla que tarareaba a menudo mi santa madre, La Parrala, en la que hay una estrofa que dice: Unos decían que sí, otros decían que no, y otra en que se canta ¿Quién me compra este misterio? Adivina, adivinanza… Pues así estamos: unos dicen que las joyas robadas son originales, otros que son copias y al final hay que cantar lo de ¿Quién me compra este misterio?
   Las miradas que ambos inspectores echan al excomisario son todo un poema y no precisamente trufado de buenas intenciones. María Victoria, en cambio, esboza un amago de sonrisa entre irónica y comprensiva. Y de esa manera termina el interrogatorio a la doctora Martín-Rebollo. Atienza lo resume así:
- Volvemos a estar como al principio o más bien peor porque ahora, por no saber, ni siquiera sabemos si las piezas robadas son auténticas o falsas.
- No, Juan Carlos – rebate Grandal y al mismo tiempo le anima -. Los ladrones han movido ficha y cabe esperar que sigan moviéndolas. Quizá estemos al principio, pero del fin.

martes, 24 de enero de 2017

99. Paseando por Zaragoza



   María Victoria firma su declaración en la que ha relatado sus días de cautiverio. Un secuestro en el que el único motivo de los secuestradores fue que autentificara unas piezas de la cultura Quimbaya. Tras ello vuelve a su domicilio en compañía de Grandal. Una vez en el apartamento, el excomisario pregunta:
- ¿Quieres que me quede o regreso al hotel?
- Lo que prefieras – es la escueta respuesta de la mujer.
- Como pienso permanecer en Zaragoza unos días más, probablemente hasta el domingo, creo que será mejor que vuelva al hotel y lo que haré, si no te importa, será pasarme por aquí un rato los días que restan para ver como sigues.
- Como quieras.
- ¿Qué prefieres, que venga por las mañanas o por las tardes?
- Mejor por las tardes, por las mañanas las voy a tener ocupadas con mis clases.
- ¿No es un poco pronto para que vuelvas al trabajo?
- No, estoy bien, además no son solo los alumnos, los compañeros del departamento me necesitan.
   Ya desde el hotel, Grandal llama a Atienza. Le cuenta la última parte de la declaración de María Victoria sobre su cautiverio. Lo que responde el inspector era de esperar.
- Esta misma tarde viajamos los tres a Zaragoza. En este momento Bernal está gestionando los billetes del AVE. Dime en que hotel estás para reservar habitaciones en el mismo. Así nos será más cómodo contactar contigo.
- Estoy en el Silken Reino de Aragón, es muy céntrico.
- Desde el tren te pondré un WhatsApp indicándote la hora de llegada. Hablamos esta noche.
   Para matar el resto de la tarde, Grandal se lanza a la calle a patear la ciudad. Aunque no es practicante decide visitar la Catedral-Basílica del Pilar. En un folleto turístico que le dan en recepción ve que la ruta más directa para llegar al templo es coger la calle Don Jaime I, pero como tiene tiempo opta por dar un paseo y estirar las piernas. Pasa por la plaza de los Sitios, recorre el paseo de la Independencia, hasta desembocar en la plaza de España, de allí coge el Coso y tras transitar por la calle Don Jaime I desemboca en la plaza del Pilar, junto al mismo Ebro. La enorme mole de la catedral llena toda la plaza. Antes de entrar se fija que en una de las fachadas todavía se observan las impactos producidos por las bombas de cuando los franceses asediaron la ciudad en la Guerra de la Independencia. Una vez en el interior sigue leyendo que, según la tradición, se trata del primer templo mariano de la cristiandad dado que en él se conserva y venera el pilar que esa misma tradición afirma que fue colocado por la Virgen María, que se habría aparecido en carne mortal al apóstol Santiago en el año cuarenta d.C. Documentalmente no hay pruebas de lo que afirma la tradición, pero sabe que para los católicos, y más si son aragoneses, la historia no se pone en duda. El templo le produce una cierta sensación de frialdad como le ha pasado en anteriores ocasiones al visitar recintos religiosos, aunque reconoce su grandiosidad. Le llaman la atención dos proyectiles que se exhiben en uno de los pilares cercanos a la Santa Capilla hasta que recuerda su origen. En la guerra civil española un avión republicano lanzó varias bombas sobre la ciudad dos de las cuales cayeron en el templo sin llegar a estallar, hecho que se atribuyó a un milagro de la Virgen. También sabe que la explicación probablemente sea otra: gran parte del armamento de que disponían ambos bandos al inicio del conflicto era anticuado y estaba fuera de uso. Aunque no estaría dispuesto a discutir por ello con un maño. Termina su recorrido en la Santa Capilla donde está la Virgen sobre una columna de jaspe, el famoso pilar. Una vez más se pregunta por qué la mayoría de las vírgenes españolas sean tallas de madera que apenas miden treinta o cuarenta centímetros. En esas está cuando oye vibrar el móvil, le da tiempo a apagarlo antes de que algún devoto feligrés le miré con mala cara. Al salir busca el origen de la llamada, es Atienza.
- Juan Carlos, ¿habéis llegado?
- Sí. Estamos camino del hotel. ¿Estás allí?
- No. Estoy dando un paseo, pero ahora mismo voy para allá. Una vez dejéis los bártulos en la habitación os espero en el bar del hotel, creo que se llama Bar Tropical.
   Nunca, desde que les conoce, Grandal fue recibido con tales muestras de afecto por los tres inspectores. Tras los saludos de rigor, el excomisario les cuenta sin dejarse una coma el relato que hizo María Victoria sobre sus casi cuatro días de cautiverio. Cuando termina su narración, comienza el turno de preguntas, la primera se la formula Atienza:
- Lo primero que habrá que hacer es interrogar a María Victoria. ¿Dónde crees que será mejor hacerlo, en comisaría o la invitamos a que venga aquí?
- Desde luego, en comisaría no. Puede ser aquí o hay otra opción: interrogarla en su propio domicilio. Ya sé que no es muy reglamentario, pero dado que os conoce y mantenéis amistosas relaciones con ella podría valer. De todos modos, llámala y que sea ella la que elija.
   Así lo hace Atienza. Llama a María Victoria y ésta le dice que irá al hotel al día siguiente por la mañana, como es festivo no tiene clases.
- Una advertencia sobre el interrogatorio – avisa Grandal -. Lógicamente, sus cuatro días de cautiverio han dejado una profunda huella en el ánimo de Mariví y se crispa con facilidad. Digo esto para que, sin obviar ninguna clase de pregunta, la tratéis con manos de seda. Y este consejo va especialmente dirigido a ti – y su mirada apunta directamente a Bernal -. Cuando hicimos la tormenta de ideas tuviste varios roces con ella. Ahora lo mejor para todos será que te guardes las pullas para otro momento.
   Bernal no responde a la acusación de Grandal, pero su mirada lo dice todo.
- Comisario, puesto que has estado presente en las declaraciones de la doctora Martín-Rebollo, ¿qué conclusiones has sacado? – pregunta Blanchard.
- No muchas, pero creo que concluyentes. Primero: los raptores tenían excelente información sobre María Victoria, conocían su historial, su horario habitual, donde vive, etcétera. Segundo: eran latinoamericanos, por su acento de algún país de Centro o de Sudamérica. Tercero: la única finalidad del secuestro fue que datara tres piezas idénticas a las catalogadas por el Museo de América como pertenecientes al tesoro Quimbaya. Cuarto: según la opinión de María Victoria las piezas eran reproducciones de las auténticas puesto que su fabricación es de mediados del pasado siglo. Y quinto: los raptores trataron bien en todo momento a la secuestrada – Y ahí acaban las conclusiones de Grandal.
- Y de esas conclusiones sobre la declaración de la secuestrada, ¿usted qué infiere, comisario? – vuelve a preguntar Blanchard.
   Grandal mira al inspector galo y piensa que, curiosamente, el francés tan pronto le tutea como le habla de usted, debe ser que no domina tanto el español como él cree, aunque no cabe duda de que es un tipo listo, hable como hable. No vacila al contestarle.
-  Que estamos ante los que robaron el tesoro o, al menos, los que tienen el producto del robo en su poder. Otra deducción elemental es que no están seguros de que las piezas que obran en sus manos sean auténticas. Ahora, y tras la intervención obligada de María Victoria, ya saben que solo son reproducciones.
- Me caguen la leche puta – Grandal esboza un asomo de sonrisa porque es insólito oír tacos en boca del melindroso Atienza -, ya se ha vuelto a liar parda. La semana pasada, y después de escuchar las opiniones de Lola Téllez sobre que los museos no prestan copias a lo que se sumó lo de las fotos de las vitrinas del Museo de América, creímos tener la certeza definitiva de que las piezas robadas eran las auténticas y ahora resulta que no es así, que se trata de réplicas. Este caso es más intrincado que los laberintos de las pirámides faraónicas. Cuando crees que has llegado al final siempre hay una nueva puerta que descubrir. Me cisco en – repite Atienza  ya desmelenado – los quimbayas, sus tesoros, los ladrones y la puta madre que los parió a todos.
- Tranquilo, Juan Carlos, piensa que estamos más cerca que nunca de descubrir a los autores del robo – le recuerda Blanchard -. Por primera vez desde hace más de cinco meses los ladrones han movido ficha.
- La verdad es que nos queda tela que cortar, pero a pesar de todos los errores que hayamos podido cometer – Grandal, generosamente, usa el plural de primera persona –, y como acaba de afirmar Michel, hoy estamos más cerca de descubrir a los autores del atraco.
- No niego que todo lo que decís sea verdad – admite Atienza -, pero os confieso que estoy hasta los mismísimos de este caso.

domingo, 22 de enero de 2017

*** Una cifra redonda: 30.000



   La pasada semana, los servicios estadísticos de Google informaban que el blog había alcanzado la redonda cifra de 30.000 páginas vistas.
   Me ha parecido oportuno que los lectores lo supieran para así contar con un motivo para darles las gracias. Ojalá me quede tiempo para ver esa cifra doblada o centuplicada, ¿por qué no?
Los sueños son libres, sobre todo los que se tienen con los ojos bien abiertos.