martes, 17 de enero de 2017

97. En peores garitas he hecho guardia



   El apartamento de María Victoria no está tal cual lo dejó aquella fatídica mañana del pasado jueves cuando salió de casa creyendo que iba a entrevistarse con el embajador de Colombia y terminó siendo secuestrada. El comisario Lucientes había ordenado que nadie, salvo la Policía Científica, entrase en el piso para no contaminar el escenario del secuestro y, al parecer, los agentes no han sido demasiado cuidadosos en dejar muebles y enseres donde debían estar.
- ¡Qué desastre! – se lamenta María Victoria al ver el estado del apartamento -, pero si está todo manga por hombro. Menudo chorreo le voy a echar a la asistenta.
- La asistenta no tiene ninguna culpa, Mariví. Cuando desapareciste, Lucientes ordenó que no entrase nadie, salvo la policía. Por eso está así, pero no te preocupes, yo te ayudo y entre los dos lo dejaremos como los chorros del oro – y al ver que la mujer empieza a recoger unos libros del suelo, Grandal la corta -, pero eso lo haremos mañana. Ahora lo que debías de hacer es darte un baño que eso te ayudará a relajarte y luego te acuestas. Todavía te dura el estrés y descansar es uno de los mejores antídotos.
- Tendrás que dormir en el sofá. Ahora te traeré un almohadón y unas mantas que igual esta noche hiela y la calefacción la cortan a medianoche – comenta María Victoria retomando el papel de anfitriona.
- No pases cuidado. Estoy acostumbrado a las guardias en la comisaria donde era capaz de dormirme en una silla de tijera o con la cabeza apoyada en la mesa del despacho como almohada. Como dicen los militares: en peores garitas he hecho guardia.
- ¿Quieres tomar alguna cosilla?, aunque no recuerdo que puede quedar en el frigo que no se haya estropeado – dice ella mientras abre la puerta del frigorífico -. A ver, hay leche desnatada, yogures dietéticos, galletas integrales, también hay huevos. Te puedo hacer una tortilla francesa en un pispás.
- Gracias, Mariví, no quiero nada. Tu hermana no has dado de cenar opíparamente.
- A María Eugenia siempre se le dio la cocina mucho mejor que a mí. Más de una vez he pensado que conquistó a su marido más por el estómago que por otra cosa. Bueno, pues entonces voy por las mantas.
- No hagas la cama, me la hago yo. Ya sabes que estoy acostumbrado. Voy al baño, ¿o quieres ir antes? ¿No?, pues entonces buenas noches y que tengas felices sueños – le dice mientras deposita un casto beso en la mejilla de la mujer.  
   A Grandal le cuesta coger el sueño, cuando recuerda que no ha llamado a Atienza como le había prometido. Se levanta procurando hacer el menor ruido posible y llama al inspector.
- Juan Carlos, soy Jacinto. Tengo una primicia que darte. Los que secuestraron a María Victoria eran sudamericanos, por el momento de nacionalidad desconocida, pero lo más importante es que tenían en su poder tres piezas… ¿adivinas de qué? Acertaste, del Tesoro Quimbaya. Un collar, un poporo y la imagen de uno de los seis caciques que tiene catalogados el Museo de América. Y ahora viene lo bueno: las piezas no son las originales sino réplicas. Lo que presupone que estamos más cerca que nunca de probar que los autores del robo o, al menos, los que tienen en su poder las piezas robadas son una banda de sudacas, posiblemente narcos o relacionados con el narcotráfico. Y también se verifica de una vez por todas que las piezas del tesoro que transportaba el furgón blindado son copias y no originales…
   Y Grandal sigue contando a su joven colega cuanto les ha relatado hasta el momento María Victoria. Atienza no cesa de interrumpirle con múltiples preguntas, pero el excomisario que está fatigado le ruega que se las haga mañana, que ahora se va a dormir. Vuelve a recostarse en el sofá, pero el sueño no llega cuando oye que la puerta de la habitación de María Victoria se abre. La mujer, que lleva una bata encima del camisón, se acerca despacito al sofá y al ver que Grandal está despierto se detiene un tanto desconcertada.
- ¿Tampoco puedes dormir? – le pregunta Grandal.
- No hay manera. Pensaba en tomarme un somnífero, pero he recordado que el médico me ha recomendado que en un par de semanas no tome ningún estimulante ni tranquilizante hasta que elimine la droga que me inyectaron los raptores. Iba al frigo porque he recordado que de pequeña, mi madre nos daba un vaso de leche caliente cuando no podíamos dormir. Y eso es lo que iba a hacer. ¿Quieres otro?
   En la minúscula mesa de la cocina, la pareja está tomando un vaso de leche caliente con unas galletas integrales. María Victoria le cuenta lo mal que lo ha pasado y la de veces que pensó en él.
- No sabes cuantas veces me dije: si hubiese estado Jacinto conmigo no me hubieran raptado, él lo habría impedido.
- Posiblemente, Mariví, pero si llego a estar quizá hubiese sido peor porque al encontrar a alguien con quien los secuestradores no contaban lo mismo se habrían puestos violentos y no sé lo que hubiese podido pasar. Porque si tus raptores forman parte de una banda de  narcotraficantes, como sospecha la policía, es gente que no se para en barras y tiene el gatillo fácil.
- Para encontrar excusas te la pintas solo. Una más que añadir a la colección – reprocha la mujer.
   A Grandal no le gusta un pelo el cariz que está tomando la conversación. Le recuerda las discusiones que, en esa misma mesa, mantuvo con María Victoria en los últimos meses, pero por un motivo muy distinto. En cuanto formalizaron su relación él, cuando viajaba a Zaragoza, vivía en el apartamento de ella. Al poco tiempo María Victoria comenzó a hablar de casamiento. Su argumento era siempre el mismo: era persona muy conocida en ciertos círculos de la ciudad, especialmente en los universitarios, y tenía un nombre que salvaguardar. A su edad no podía permitirse que alguna colega o cualquier conocida deslenguada, que las había y muchas, le echase en cara que vivía amancebada. No era necesario que se casaran por la iglesia, bastaría con una boda civil. En esas discusiones lo que solía hacer él era echar balones fuera como se dice en el fútbol. No decía que no, pero tampoco que sí. Se convirtió en un experto en lo de marear la perdiz. Hasta que ante la insistencia de la mujer en lo de las nupcias, un día Grandal se cansó y le contó la verdad.
- No puedo casarme, Mariví, no puedo porque ya lo estoy.
-¡Cómo!, ¿pero no estás divorciado? – La sorpresa de la mujer se pintó en su rostro.
- Nunca llegué a firmar los papeles del divorcio. Todavía no sé por qué, pero no los firmé. Si contrajera nuevas nupcias podrían acusarme de bígamo.
- O sea, que me has estado engañando miserablemente – se dolió ella.
- No te engañé, simplemente no te lo conté todo.
   Y también recuerda el rosario de reproches que se sucedieron a su confesión. Ella llegó a ponerse tan pesada y desagradable con sus recriminaciones que un buen día hizo la maleta y se volvió a Madrid. Desde entonces no habían vuelto a verse; por otra parte, él había retomado su antigua relación con Chelo, que le volvió a acoger como si no hubiese existido ningún corte en su relación. Los lunes volvieron a ser los de siempre. Mientras él ha estado recordando, la mujer se ha quedado callada tras su último reproche hasta que pregunta:
- ¿Quieres otro vaso?
- No, gracias. Lo que voy a hacer es echarme a ver si consigo atrapar el sueño. Buenas noches, Mariví.
   Al ir a darle un beso en la mejilla, ella le echa las manos al cuello a la par que le ofrece los labios. Su primera intención es darle un beso amistoso, pero ella toma la iniciativa y le ofrece la lengua mientras se pega a su cuerpo arqueando las caderas. Terminan en la cama donde la pasión se desborda. Cuando alcanzan el clímax, ella se duerme enseguida. Él, en cambio, sigue sin poder dormir pensando en lo que acaba de pasar. Es una magnífica mujer, se dice, pero yo no estoy ya para estos trotes. Necesita alguien más joven y quizá menos egoísta que yo, termina reconociendo cuando el sueño le vence. Duerme plácidamente hasta que alguien le sacude suavemente. Abre los ojos. Es María Victoria, que esta mañana  luce una sonrisa espléndida.
- Buenos días, dormilón. Es hora de levantarse. Nos aguarda Lucientes y no es cuestión de hacerle esperar. Te he preparado el desayuno que te gusta, lo tienes en la mesa de la cocina.
   Tras las abluciones matinales y desayunar, Grandal recuerda que le prometió a Atienza que le iba a llamar. Lo hace, pero en Patrimonio no le localizan ni tampoco contesta al móvil. Mejor, se dice, pues el tiempo de la cita con Lucientes se les echa encima. Cuando llegan a comisaría, ya está todo preparado para que María Victoria pueda continuar con su declaración.
- ¿Dónde me quedé, comisario?

viernes, 13 de enero de 2017

Capítulo 19. Se confirma, las piezas robadas son copias.- 96. Para ese viaje no son menester alforjas



   El miércoles, dieciséis de marzo, María Victoria prosigue el relato de su cautiverio.
- El jueves a media mañana, el que parecía ser el jefe, porque siempre era quien daba las órdenes, me explicó porque me habían raptado: por mis conocimientos de arte precolombino. Ya pueden imaginarse que si no hubiese estado en la situación que me encontraba hubiera soltado una carcajada. Resulta que me habían secuestrado por ser una experta de las culturas indígenas. Por un momento no supe si estaban hablando en serio o era una broma de mal gusto. Luego vi que no era así. Lo que querían, asómbrate Jacinto – es la primera vez que la mujer se dirige a Grandal -, era que autentificara las piezas de una antigua cultura indígena, posiblemente Quimbaya, que dijeron haber adquirido a unos traficantes de objetos de arte y que sospechaban que estos trataban de engañarles, sobre todo en lo concerniente a su antigüedad.
   Grandal, que había intuido que la palabra Quimbaya iba a aparecer en el relato, no puede evitar lanzar una exclamación:
- ¡El Tesoro Quimbaya!, por eso te secuestraron.
   Lucientes echa una mirada de reprobación a su colega como recordándole que está allí solo de invitado y continúa preguntando:
- ¿Y no les dijo usted que para eso no hacía falta que la secuestraran?
- Claro, les solté lo de que para ese viaje no hacían falta alforjas. No lo entendieron y les tuve que explicar que era un refrán que venía a decir que para lo que me querían no era necesario haberme secuestrado. Se rieron, no sé si de mí o por el refrán. Me explicaron que como había sido una transacción al margen de la legalidad, no podían pedir un peritaje sobre las joyas a través de los conductos habituales. Entonces, ante mi sorpresa, me pidieron disculpas por tenerme retenida. Siempre con la dichosa palabrita de retener. Es un verbo que voy a aborrecer el resto de mi vida – María Victoria se encocora por momentos, por lo que Lucientes una vez más está al quite.
- Es natural que se enfadara, María Victoria, si hubiese estado en su lugar les habría mandado directamente a la mierda, pero siga, por favor.
- Bien, el mandamás me dijo que iban a mostrarme los objetos que habían comprado y de los que dudaban que fueran del siglo quinto d.C. como les habían asegurado los vendedores. También sospechaban que no todas las piezas fueran de oro macizo como les habían dicho. En aquel momento me dije: Mariví, hazte a la idea de que estos fulanos van en serio, por lo que mejor será que hagas lo que te pidan y cuanto antes termines la datación y la autentificación,  más pronto te pondrán liberar. Y a partir de ese momento, ese fue el principio que rigió mi comportamiento. No provocar problemas, colaborar en lo que estuviese en mis manos y rogar a la Virgen del Pilar que el mal trago pasara cuanto antes.
   La mujer hace una pausa que aprovecha su hermana para hacer la clásica pregunta de toda anfitriona que se precie:
- ¿Quién quiere tomar café o té con unas pastas muy ricas que compré esta mañana?
   El receso se hace general y durante algo más de veinte minutos se habla de todo menos del motivo que ha llevado hasta allí a los dos comisarios. Hasta que Lucientes recuerda que hay que volver al relato del secuestro.
- Como les decía, inmediatamente después de explicarme el motivo por el que estaba allí, y a una seña del que hacía de jefe, uno de los encapuchados…, porque no sé sí lo he dicho, pero a partir del jueves por la tarde los que ocultaban sus rostros eran los secuestradores. Como decía, uno de ellos abrió un maletín forrado de seda y sacó tres objetos. Nada más verlos me dio un vuelco el corazón porque los reconocí inmediatamente: eran tres piezas del Tesoro Quimbaya. Se trataba de un poporo o recipiente para cal, un collar y la imagen de un cacique. Con el collar tuve alguna duda, pero con el poporo y el cacique no lo dudé un momento. Aquellas piezas eran reproducciones de una calidad más que aceptable, pero a falta de un análisis más detallado, se trataba de copias. No eran ninguna de las piezas originales que se exhiben en el Museo de América.
- ¿Y qué les dijo? – inquiere Lucientes que ahora sí está muy interesado en lo que está contando María Victoria.
- En ese momento, nada. Creo que tuve la suficiente sangre fría para pensar antes de hablar. Me dije que si de buenas a primeras les decía que en mi opinión las piezas en cuestión eran réplicas podían montar en cólera y ser yo la que pagara el pato. Ya saben que es muy antigua la costumbre de cortar la cabeza al portador de malas noticias. Por eso, decidí pedir más tiempo para llevar a cabo un análisis exhaustivo, cosa con la que estuvieron de acuerdo, yo diría que hasta complacidos al ver que me lo tomaba en serio. También vi una posibilidad de salir de donde estaba porque les expliqué que había pruebas para las que se necesitaban aparatos especiales que en Zaragoza solo existen en la Facultad de Geología y posiblemente en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura.
- ¿Qué pruebas eran esas? – quiere saber Lucientes.
- Básicamente, pruebas arqueométricas – y ante el gesto de incomprensión del comisario, la profesora da mayores detalles -. La arqueometría es una disciplina que emplea métodos físicos o químicos para los estudios arqueológicos. Su principal objetivo es la datación de los materiales encontrados en yacimientos arqueológicos y la determinación de sus propiedades físicas y químicas, así como la tecnología utilizada. Asimismo, les hablé de que habría que someter las piezas a un proceso de replicación metalográfica, técnica empleada para la evaluación de la microestructura de determinados materiales y que era necesaria para conocer el proceso de su fabricación, algo no del todo exacto pero que suponía que desconocían. Para terminar de enredarles, les dije que para emitir con plena seguridad un dictamen sobre la autenticidad tendría que someter cada una de las piezas que me habían mostrado a pruebas metalográficas y que para eso necesitaba aparatos tales como una cortadora, una incluidora y una pulidora metalográficas.  
- ¿Y qué dijeron? – pregunta Lucientes, al que el relato le está convenciendo.
- Nada. Creo que quedaron abrumados ante la cantidad de técnicas y aparatos que les dije necesitar para poder dictaminar si las piezas eran del siglo V d.C. Como vi que dudaban, pensé que quizá me había pasado y decidí darles algo para que no fuera todo tan negativo y prescindieran de mí, lo que podía suponer que me matasen. Pensé en decirles que, a primera vista y sin que fuera una afirmación del todo científica, mi dictamen era que las piezas parecían ser modernas. Pero no tuve tiempo de decir nada porque recogieron las piezas y se marcharon. Estuve un buen rato recriminándome por no haber sabido contemporizar y decidí que en cuanto tuviera ocasión les daría mi opinión sobre la condición de las joyas.
   La mujer vuelve a quedarse callada, parece que todavía le fatiga hablar durante tanto tiempo. Ocasión que aprovecha su hermana para preguntar a Lucientes:
- Señor comisario, Mariví está pensando en volver a su apartamento, ¿cree que es una buena decisión o será mejor que se quede con nosotros hasta que termine todo esto?
- En principio, opino que es mejor que siga con ustedes, así estará acompañada y mejor cuidada. Dicho eso, también digo que no le puedo prohibir que vuelva a su casa. En cualquier caso, doctora – y Lucientes se dirige a María Victoria -, debe tenerme al corriente de donde vaya a estar para poder enviar un coche-patrulla allí donde pernocte. Existe la posibilidad, remota pero posible, de que vuelvan a aparecer los secuestradores.
- Yo había pensado volver a casa. Aquí estoy encantada, pero el piso no es muy grande y ya está bien de que la pobre Elenita tenga que dormir en otra cama. En cuanto a que haya policía que vigile mi apartamento me parece una buena idea. No le oculto que sigo teniendo miedo, por eso había pensado que las primeras noches que pase en mi apartamento podía acompañarme el comisario Grandal – María Victoria le ha dado su tratamiento corporativo para enmascarar lo de personal que tiene la petición -, naturalmente si él acepta.
- Por mí no hay ningún problema, siempre y cuando el comisario Lucientes lo apruebe – se ofrece Grandal muy diplomáticamente.
- Me parece bien que el comisario Grandal se quede en el apartamento el tiempo que considere oportuno. De todos modos, enviaré un coche-patrulla para que vigile su portal. Y dado que observo que vuelve a estar fatigada, por hoy creo que es suficiente. Mañana seguiremos – concluye Lucientes.