domingo, 11 de diciembre de 2016

*** Gracias. Thank you



   En español hay una palabra que aunque no se conozca la lengua la entiende medio mundo: gracias. Lo mismo pasa con el thank you de la lengua de Shakespeare. Pues eso es lo que digo a mis lectores: gracias. Viene esto a cuento porque la pasada semana el blog sobrepasó la cifra de 20.000 páginas vistas, según el servicio de estadística de Google.
   Un número tan redondo no sería posible sin la activa colaboración de un montón de gente que abre el blog. Pues lo dicho, gracias o thank you, como prefieran.

viernes, 9 de diciembre de 2016

86. Algo así como buscar una aguja en un pajar



   En la reunión con sus jubilados amigos, Grandal llegó a la conclusión de que la policía era la única que podía obtener del Museo de América datos referentes a colegios que lo hubiesen visitado en las fechas anteriores al robo. El objetivo no era otro que encontrar a un colegial que hubiese hecho alguna foto a las vitrinas en las que se exponen las piezas del Tesoro Quimbaya.
- Vamos, algo así como buscar una aguja en un pajar – Es Ballarín quien resume lo complicada que puede resultar la búsqueda.
   El trío de jubilados exigió a Grandal que, dado que la idea era de ellos, también debían de ser ellos los que llevasen a cabo la investigación en los centros docentes. El excomisario tiene que idear una estratagema para conseguir que los policías encuentren y les faciliten la relación de colegios visitantes en el caso de existir. Le cuenta a Atienza que está ideando una trama para averiguar lo que le planteó respecto a la nota informativa del museo sobre la ausencia de ciertas piezas, pero que para ello necesita saber qué centros docentes habían visitado el museo en los cuatro meses anteriores al robo. 
- ¿Y para qué necesitas ese dato? – quiere saber Atienza un tanto sorprendido.
- Es una parte imprescindible para completar el sistema en el que estoy pensando para investigar lo que necesitáis.
- No acabo de entender qué relación tienen las visitas de colegios y como averiguar si el museo puso el cartel de que faltaban ciertas piezas y si en el lugar de éstas había otras o no – Atienza no solo no lo entiende sino que no acaba de fiarse de Grandal.
- Bueno, Juan Carlos, tú mismo. Si queréis que os ayude necesito esa relación. Si no queréis, pues adiós muy buenas. No pasa nada, resolverlo vosotros.
- Hombre, comisario, no te pongas así. Claro que queremos que nos ayudes, pero sabes como se van a poner mis compañeros si accedo a tal petición.
- Tienes una salida fácil: no se lo cuentes. Te haces con la relación, si es que existe, y me la mandas. Con ella creo que completaré el esquema que estoy elaborando y en cuanto lo termine te lo envío. Y una vez más, seréis vosotros quienes os apuntaréis el tanto. Ya me hubiera gustado en mis tiempos en activo tener a alguien que trabajara los casos y que luego fuera yo quien se llevara los laureles. Ahora bien, si no estás de acuerdo, pues lo dicho: tan amigos como antes.
   Aunque a regañadientes, Atienza accede a la doble petición de Grandal: no les cuenta nada a sus compañeros y se encarga de ir al museo para indagar en el registro. La dirección no le pone ninguna pega. Y encuentra un nutrido grupo de colegios que durante los cuatro meses anteriores al robo visitaron el museo, de los que se lleva una completa relación que se apresura a mandar al excomisario.
   En cuanto Grandal tiene la relación en su poder se apresura a convocar a sus amigos para elaborar una estrategia con la que presentarse en los centros y pedirles algo tan inusual como si algún colegial guarda fotos del día que visitaron el Museo de América. Todos son conscientes de que la principal dificultad que tendrán que salvar es su avanzada edad. ¿Cómo hacer creíble que unos carcamales como ellos sean los que pregunten por algo así? Como imaginación no les falta, elaboran un plan no demasiado verosímil pero que esperan que les sirva. Se van a presentar en los centros como miembros de una asociación de antiguos empleados de los museos madrileños, la cual ha organizado un concurso para premiar a aquellos colegiales que tengan las mejores fotos sobre museos hechas entre el uno de mayo y el treinta y uno de octubre del 2015. El motivo de acotar el tiempo es porque si no fuera así se podría reunir una cantidad ingente de fotografías, y puesto que los asociados son todos mayores ello supondría un esfuerzo para el que los miembros de la asociación no están preparados. En una imprenta al minuto de los bajos de la Plaza de España, les confeccionan unas tarjetas con un logotipo imaginario y un texto que les presenta como miembros autorizados de la Asociación de Empleados Eméritos de Museos Madrileños (ASEEMA); asimismo, encargan un cartel en el que se anuncia el ficticio concurso y una dirección de la inexistente asociación cuya sede no es otra que el domicilio de Manuel Ponte que, al vivir solo, es quien tiene menos problemas para soportar un incremento del correo habitual. Otra cosa que hacen es crear una dirección de WhatsApp para que les puedan remitir las fotos y que pertenece a un móvil de Luis Álvarez. Todo muy de andar por casa, pero piensan que puede servir.
   Ahora queda la parte más pesada de la investigación: visitar los colegios para ver si hay suerte y encuentran las fotos buscadas. Discuten si van a los centros de forma individual o lo hacen en pareja. Terminan eligiendo la última opción, una pareja se suele defender mejor que un individuo aislado. También deciden que las visitas las harán solo en la sesión matinal. Quedan en reunirse por las tardes para comprobar cómo van las visitas y el resultado de las mismas. En cuanto encuentren lo que buscan, fin de la operación.
- ¿Os acordáis de cuándo visitamos los hospitales para ver si localizábamos al nieto del Tío Josefo? – rememora Ballarín -. Recuerdo que entonces dijimos que habíamos pasado de jugadores de dominó a visitadores hospitalarios. Bueno, pues ahora nos vamos a convertir en visitadores colegiales.
- Cuando iba a la escuela del pueblo, me acuerdo que como una vez al año venía a visitarnos un inspector de escuelas. Algo que nos daba un poco de grima porque el bueno de don José Domingo, que así se llamaba el maestro, se ponía muy nervioso – rememora, a su vez, Ponte.
  Comienzan visitando los centros que están mejor comunicados porque generalmente se desplazan en metro. Son acogidos de muy diferentes maneras, en unos colegios les atienden amablemente y en otros se los quitan de encima con mejores o peores modos. Pasan los días sin que haya resultados, aunque no desesperan. Grandal no se cansa de repetir que la mayor virtud que puede tener un policía es la paciencia. Son muchos los centros docentes que durante esos cuatro meses acudieron al museo y en la mayoría de casos los jubilados visitadores suelen salir de los mismos con las manos vacías. Han de conformarse con la esperanza de que la dirección del centro difunda su cartel con el falso concurso y que haya colegiales que les pueda interesar el premio que se llevará la mejor fotografía: una Playstation 4.
   Pasan los días y las deseadas fotos no llegan. Cuando están en un tris de arrojar la toalla, la fortuna les sonríe. Del colegio concertado Nervión, ubicado en la madrileña calle del mismo nombre, reciben no una sino varias fotos del museo. Los alumnos de sexto de primaria estuvieron visitando el Museo de América tres semanas antes del robo y una de las chicas guardaba en su móvil varias fotos del Tesoro Quimbaya. Aunque de mala calidad, una vez tratadas por Ballarín, que es un consumado especialista en fotografía, en una de ellas puede verse en la esquina de una vitrina el cartelito de marras que, una vez ampliada la foto, muestra un texto informando que las piezas que faltaban habían sido prestadas al Museo de Quai du Branly de París para una exposición titulada “Arte indígena americano de los siglos VI al XIV”, que duraría cuatro meses. Y lo más interesante que revelaba la foto era que en las vitrinas se veía que faltaban piezas.
- Por tanto, si las piezas que el museo expone son las originales, y no hay porque ponerlo en cuarentena, las que se mandaron a París y que luego fueron robadas son las auténticas – Ponte verbaliza lo que todos están pensando.
- Así es. Todo cuanto se ha estado especulando sobre que las piezas robadas eran réplicas se cae por su base – resume Grandal.
- Y ahora se lo dirás a tus colegas de Cuerpo y serán ellos los que se pondrán la medalla – acusa Álvarez diciendo algo que los demás piensan aunque no lo digan.
- Tengo que recordaros que cuando decidimos investigar el robo no lo hicimos para recibir aplausos ni medallas, sino como un medio para distraernos o, dicho de otro modo, para no aburrirnos. Y eso creo que lo hemos conseguido.
- Estoy de acuerdo contigo, Jacinto – corrobora Ballarín -, y bien que nos lo estamos pasando. Todas y cada una de las varias investigaciones que hemos hecho nos han dado mucha vidilla. Pero también comprendo a Luis, es triste que después de haber logrado algo que los Sacapuntas no han conseguido ahora tengamos que hacernos a un lado y dejar que sean ellos los que rematen la faena.
- No os preocupéis, como son unos membrillos seguro que volverán a recurrir a Jacinto y él a nosotros. Apuesto doble contra sencillo a que todavía nos queda robo para rato – vaticina Ponte.

martes, 6 de diciembre de 2016

85. Revisando hipótesis de trabajo



   En la puesta en común que llevan a cabo los inspectores del Caso Inca ponen en valor la información que les dio Lola Téllez, exdirectora del Museo Nacional de Antropología: el préstamo de obras entre museos siempre es de originales, salvo en muy contados casos. Partiendo de dicha premisa, revisan todas las líneas de investigación sobre el robo del tesoro que han llevado a cabo hasta el momento, así como las distintas hipótesis de trabajo que han elaborado. Atienza recupera el documento que confeccionó al alimón con Mariví Martín-Rebollo a raíz de la tormenta de ideas que realizaron en la Brigada de Patrimonio y escribe en el portapapeles mural los tres ítems que en el debate se consideraron como ciertos:
A) Las piezas robadas no son las auténticas sino meras réplicas.
B) Los ladrones no sabían que lo que estaban robando eran copias.
C) Las autoridades españolas ocultan a la opinión pública que las piezas robadas no son las originales.
   Tras escribir lo anterior, Atienza añade:
- Estos ítems habrá que revisarlos porque en función de la información de Lola Téllez son posiblemente erróneos, al menos el primero de ellos.
- Antes de revisarlos – sugiere Blanchard -, propongo que repasemos la charla con la señora Téllez porque alguno de los datos que nos dio no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.
- ¿Qué datos? – pregunta Bernal.
- Básicamente uno: el de la nota informativa que pone el museo prestatario informando de a qué otro museo ha prestado una obra, por cuanto tiempo y demás datos que la dirección estime. De acuerdo con ese procedimiento, el Museo de América tuvo que poner una nota en las vitrinas informando donde deberían estar las piezas que faltaban. Si es que faltaban, claro.
- ¿Adónde quieres llegar, Michel? – se interesa Atienza.
- A qué es algo que creo que no habéis preguntado a la dirección del museo.
- Te confieso que es un dato que pasamos por alto – se sincera Atienza -, pero ahora mismo lo remediamos – coge el teléfono y marca un número -. Soy el inspector de policía Juan Carlos Atienza, me quiere poner con Mónica, por favor. ¿Qué Mónica, pero es que hay más de una? Con Mónica del Valle, la directora – una pausa -. Señora del Valle, buenos días, soy Atienza. Una sola pregunta: cuándo prestaron las obras quimbayas al Quai Branly, ¿pusieron una nota informativa en el lugar donde deberían estar las piezas prestadas? ¿Sí? Gracias, solo eso, que tenga un buen día – y dirigiéndose a sus colegas les informa -. La pusieron.
- De acuerdo, pero ¿indicaba la nota si las piezas prestadas eran originales o réplicas? – pregunta Blanchard.
- La vuelvo a llamar – es la respuesta de Atienza que repite la llamada -. Perdone, señora del Valle, pero antes me olvidé de preguntarle otro dato. En la nota que pusieron donde el tesoro, ¿se indicaba si las piezas prestadas eran las originales o copias? – otra pausa en la que Atienza escucha atentamente -. Gracias y perdone – El inspector vuelve a dirigirse a sus compañeros -. Dice que no pusieron nada porque no hacía falta. El museo solo presta piezas originales.
- Oye, Michel – Bernal cuando está a bien con el francés suele llamarle por su nombre de pila -, antes has empleado una coletilla cuando te referías a la nota informativa puesta donde deberían estar las piezas que faltaban. Has añadido: si es que faltaban, claro. ¿Qué pretendías dar a entender?
- Pues que si enviaron copias, supongo que los originales seguirían estando en las vitrinas. Algo que no sabemos y que tampoco sé cómo podemos descubrirlo. ¿A vosotros se os ocurre algo? – plantea Blanchard.
   Llevan un buen rato debatiendo como descubrir si en las vitrinas del museo, durante el tiempo que las piezas estuvieron expuestas en París, hubo los correspondientes huecos o no. No dan con un medio consistente para averiguarlo porque si preguntan a la dirección del museo la respuesta será la de siempre: el museo solo presta originales por lo que la pregunta huelga.
- ¿Y por qué no preguntamos a Grandal? – sugiere Atienza.
- A mí este recurso de echar mano del comisario cuando nos encontramos ante un impasse me da la impresión de que nos convierte en niños pequeños que llaman a mamá en cuanto se ven ante el más mínimo problema. Y dicho eso admito que también yo he propuesto en alguna ocasión recurrir a esa ayuda – Por la forma de decirlo no se sabe si Blanchard está hablando en serio o de coña.
- Bueno, en otros momentos bien que nos ha abierto puertas que nosotros no habíamos intuido que existieran – Bernal le echa un capote a Atienza.
   El francés se encoge de hombres y entrega la cuchara.
- Lo que decidáis, en definitiva la investigación es vuestra, yo solo soy un añadido.
   A Grandal le pilla un tanto a contrapelo la llamada de Atienza. Está muy ocupado maquinando en montar una trama para que su ruptura con Chelo, que casi tiene decidida, sea lo menos dura posible para la mujer. Han sido muchos años de vida en común, aunque esa convivencia solo se redujera a los lunes, para que ahora todo quede reducido a un desangelado adiós. Quiere hacerlo de la mejor forma posible para que la herida que va a causar a Chelo sea lo más liviana. El problema es que no se le ocurre cómo. Ha estado tentado en preguntarle a Mariví, que es la mujer que ahora llena su vida, cómo hacerlo pero tras pensarlo rechaza la idea. Jacinto, se dice, patochadas como esa antes no se te ocurrían, debes de estar haciéndote viejo. La ayuda que le pide Atienza sirve para que cambie el chip.
- Pensaré en ello, Juan Carlos, aunque no me coges en el mejor momento. Tengo que resolver un problema personal y no tengo cabeza para nada más, pero trataré de hacerle un hueco. Igual me sirve para serenarme. Te llamo si se me enciende la bombilla.
   Ninguna bombilla se enciende en la mente del excomisario. Parece como si sus neuronas no tuvieran otra capacidad que no fuera concentrarse en el modo de romper con Chelo, algo que le está llevando por la calle de la amargura. Para tranquilizarse no encuentra mejor remedio que invitar a sus jubilados amigos a que le visiten, echarán unas partidas de dominó pues hace tiempo que no juegan y se pondrán al día sobre sus respectivas vidas. Por un momento, siente la tentación de preguntarles a sus amigos por lo de Chelo, pero también termina rechazándolo. Se trata de una parte de su vida que mejor es no pregonarla. En un momento de la amical reunión, Ballarín comenta:
- No podéis imaginaros lo que más echo de menos: lo de investigar el robo. Desde que no llevamos a cabo ninguna tarea detectivesca me aburro como una ostra.
   La queja del antiguo ferretero le recuerda a Grandal la petición hecha por Atienza, lo que le lleva a contar a sus amigos como, por enésima vez, la investigación del robo se ha encallado.
- A ver si te he entendido bien, Jacinto. Lo que les pasa a esos calabacines de compañeros tuyos es que no saben cómo averiguar si durante el tiempo que el Museo de América prestó las piezas en su lugar había un hueco o estaban otras piezas. ¿No es así? – ante el afirmativo cabezazo del excomisario, Ballarín continúa -. Y también quieren saber si había un cartelito que informaba del motivo de esa ausencia, ¿correcto?
- Correcto.
- Coño, ya habláis como en los culebrones sudamericanos – se mofa Álvarez.
- ¿Alguien tiene idea de cómo averiguar eso? – inquiere Grandal -, porque lo que es a mí, ni flores.
   Ponte, que ha estado pensando en la cuestión, empieza a hablar con tono inseguro, como si no estuviera muy convencido de lo que va a decir.
- Estoy pensando en un medio, pero no sé si funcionará. Veréis, cuando saco a pasear a mis nietos y paso por delante del museo he comprobado que los visitantes más frecuentes y numerosos son alumnos de colegios e institutos, más de los primeros que de los segundos.
Y algo que indefectiblemente realiza la mayoría de escolares en sus excursiones es hacer fotos con sus móviles. Si pudiéramos localizar alguno de los colegios que visitaron el museo en las fechas anteriores al robo, es posible que entre sus alumnos encontraríamos a alguno que guarda, en la tarjeta del móvil, fotos de las piezas quimbayas y así podríamos constatar si había huecos en los paneles y si estaban las tarjetas de marras.
- Me parece una idea cojonuda – aprueba Álvarez -. ¿Y cómo podríamos localizar a esos coles?
- No tengo ni idea – confiesa Ponte.
- Es posible que en el museo haya un registro de entradas – sugiere Ballarín.
- Coño, Amadeo, ¿cuándo fue la última vez que entraste en un museo? – ironiza Álvarez -. En los museos en los que he estado en ninguno me han pedido la identificación. O sea, que de registro de entradas nanay del Paraguay.
- No se registran las visitas individuales, pero es posible que de los grandes grupos si haya alguna especie de registro, sobre todo en el caso de los centros docentes para los que algunos museos tienen preparados protocolos especiales. Sería cuestión de saber si el museo tiene alguna clase de registro de entradas de colectivos y luego quedaría el problema de cómo conseguir la información de dicho registro – explica Ponte.
- Eso no lo podremos conseguir nosotros, pero sí la policía – arguye Grandal.
- ¿Otra vez en manos de esos pazguatos de los Sacapuntas? – se lamenta Álvarez.