martes, 8 de noviembre de 2016

77. Consejos vendo que para mí no tengo



   Ponte abre El Mundo del veintinueve de enero. El titular principal trata del mayor escándalo de la familia real en muchas décadas: El Tribunal niega la doctrina Botín a la Infanta Cristina y seguirá en el banquillo. Y la entradilla que lo acompaña explica: La hermana del Rey se enfrenta a una petición de ocho años de cárcel por dos presuntos delitos fiscales. Las juezas consideran que “no existe un único perjudicado”, en referencia a la Agencia Tributaria. En otras palabras, dan por bueno el eslogan “Hacienda somos todos”.  Desde luego, llevar a una Infanta ante los tribunales no sé si hubiera sido posible reinando su padre, pero está claro que su hermano Felipe tiene otras ideas, piensa. Lo cual me parece bien, ya era hora de que se hiciera verdad aquello de que todos somos iguales ante la ley, porque en este puñetero país hay algunos que son más iguales que otros. Habrá que abrir el ABC a ver cómo cuenta la noticia y qué realce le da, se dice, pero antes de que pueda abrir el diario monárquico suena el móvil.
- Buenos días, Manolo, ¿no te habré despertado? – pregunta la mujer, su voz suena un poco más ronca que de costumbre.
- Buenos días, Chelo. No, ya estaba despierto. ¿Qué es de tu vida?
- Tengo que hacerte una pregunta: ¿podrías enseñarme a navegar por internet?
   Era la petición que menos podía esperar Ponte.
- ¿Y para qué quieres que te enseñe a navegar por la red?
- Pues para aprender y saber cosas. Una amiga me ha contado que en internet viene todo, absolutamente todo, lo que quieras saber. Y también sé que se puede localizar una dirección, una ruta turística, que puedes buscar hotel o cualquier otra cosa. Además, también puede serme útil para ampliar el negocio.
   Lo de ampliar el negocio, Ponte no sabe cómo tomárselo. Mejor será no hacer preguntas, no sea que meta la pata.
- Me parece una sabia decisión, pero verás, Chelo, no has llamado a la mejor puerta para lo que quieres. Yo navego poco y mal por la red. Leo los periódicos por la mañana y a veces busco una calle o alguna referencia o consulto el diccionario pero poco más. Quienes son verdaderos maestros en lo de la navegación son Amadeo y Luis. Hicieron un curso en una universidad de mayores por lo que saben la tira.
- Lo que pasa, Manolo, es que con ninguno de ellos tengo la confianza que contigo.
- Eso no es problema, mujer. Hablaré con el que prefieras de ambos y te garantizo que tanto el uno como el otro estarán encantados de enseñarte.
- ¿Estás tratando de escurrir el bulto?, ¿o es una manera delicada de decirme que no quieres hacerlo? – la pregunta ha sido hecha en un tonillo quisquilloso.
- De ningún modo, Chelo. Si te he dado esa impresión debe ser que me he expresado mal. Estaré encantado de enseñarte a navegar, pero una pregunta: ¿sabes manejar un ordenador?
- Claro que sé. ¿Qué crees que porque soy puta tengo que ser analfabeta? – la pregunta de la mujer rezuma una clara irritación.
- No, por Dios. No he dicho eso. Lo decía para saber qué ordenador íbamos a manejar.
   Chelo, algo más calmada, le cuenta que tuvo un cliente, dueño de una tienda de electrodomésticos, que en cada visita que le hacía le daba la matraca sobre que debía aprender informática. Hasta que un buen día llegó a su casa con un ordenador. Le contó que era uno de los que tenía en el expositor y con el que los clientes probaban, pero que pese a haber sido usado estaba como nuevo. El regalo la sorprendió porque el tipo era bastante rácano.
- ¿Y cómo aprendiste a manejarlo, también te enseñó el comerciante?
- ¡Qué va! Una tarde, en el súper al que suelo ir a comprar, vi un anuncio en el que la asociación de amas de casa del barrio informaba de que se iban a abrir unos cursos para enseñar los principios del manejo de ordenadores. Para inscribirse solo hacía falta presentar un justificante de que se era vecino del barrio. Me inscribí y aprendí lo suficiente para abrirlo, cerrarlo, manejar alguna aplicación informática como el Word y poco más. Ahora, en lo que se dice navegar me armo un lío. Hay tantas referencias, tantos enlaces y archivos que me pierdo. Por eso necesito alguien que me dé unas lecciones prácticas sobre cómo encontrar lo que busco de forma rápida y sin perder demasiado tiempo.
- Pues ya somos dos porque me pasa algo parecido. Hay veces que me canso de buscar y como no lo encuentro termino cerrando el aparato. Me resulta más cómodo preguntarle a mi hija que buscarlo por mi cuenta. Por eso te decía antes que no soy el más indicado para enseñarte.
- Mira, Manolo, si no quieres hacerlo porque no te da la real gana o porque no quieres que te vean conmigo, lo dices de una puñetera vez y acabamos – la voz de la mujer se ha vuelto bronca por momentos.
- ¡Qué no, Chelo, que no! Hazme el favor de no coger el pepino por donde amarga. Estoy dispuesto a enseñarte, pero voy a ser como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela.
   Lo del maestro Ciruela consigue arrancar una suave carcajada de la mujer, que olvida el enfado con sorprendente facilidad.
- ¡Qué buen humor tienes, Manolo! Eres de los pocos que consigue hacerme reír. Otros tendrían que aprender de ti. Pero te estoy dando mucha lata. Anda, mira tu agenda y dime cuando podemos quedar para concretar detalles.
- ¿Qué mire mi agenda? ¿Estás de coña? ¿Tú crees que un vejestorio como yo tiene agenda? Quedamos el día que te venga bien y a la hora que prefieras. Bueno, me corrijo: las mañanas me ocupo un rato de Julito. O sea, que mejor quedamos por la tarde y después de la siesta, que es algo que no me pierdo por nada del mundo.
   Quedan al día siguiente, pese a que es sábado, en una cafetería del barrio del Pilar, zona en la que vive la mujer. El local en el que se han citado es confortable y, sobre todo, tranquilo. Ponte encuentra a Chelo algo demacrada. Hace memoria: la vio por última vez hará cuatro o cinco días y en tan breve lapso de tiempo ha desmejorado sensiblemente. No se ha molestado en maquillarse y se le notan los años y las batallas vividas. El viejo, hombre galante donde los haya, la saluda diciéndole todo lo contrario.
- Chelo, cada día estás más guapa. No necesitas ni maquillarte para lucir como un clavel reventón. Y así como vas vestida, con un simple chino y una chaquetilla vaquera pareces una jovencita universitaria. Seguro que más de uno estará pensando: mira ese viejo verde que suerte que tiene llevando a su lado una chavala de lo más guay.
- Manolo, cuando te hicieron supongo que luego rompieron el molde. Ya no quedan hombres tan galantes ni que sepan mentir con tanta gracia. De todos modos, te lo agradezco. En un día como hoy oír palabras amables es como agua bendita.
- Bueno, ¿y qué es lo que tienes pensado? Me refiero a las prácticas para aprender a navegar. El lugar en el que practicaremos, el horario, si vamos a manejar tu ordenador o prefieres que traiga mi portátil. En fin, concretar los detalles.
   La mujer no responde, se queda mirando al vacío como si no supiera qué decir. Ponte observa aquel semblante, entre triste y melancólico, y piensa que Chelo está sufriendo, algo la corroe por dentro. ¿Estará enferma?, ¿tendrá alguna enfermedad de origen sexual de las que suelen tener las mujeres de mala vida? Le suena duro calificarla de puta. Tras unos minutos en los que podría oírse el aleteo de una mariposa, la mujer habla.
- Estoy pensando que lo de internet puede esperar. Lo que ahora necesito más es consejo y no sé a quién acudir. Por eso quiero que me orientes, Manolo.
- Pues aconsejando soy de los que se les puede aplicar aquello de consejos vendo que para mí no tengo. No, Chelo, no estoy escurriendo el bulto – se apresura Ponte a precisar al ver el gesto mustio de la mujer -. No ha sido más que una broma para levantarte el ánimo. Como te he dicho más de una vez, me tienes a tu disposición. Y para empezar, cuéntame qué te pasa porque, como me llamo Manuel, que algo te pasa.
   De forma imprevista la mujer rompe a llorar. Es un llanto silencioso, quizá por eso resulta más estremecedor, pero unos lagrimones gruesos como perdigones se deslizan por sus mejillas. Ponte queda desconcertado, no sabe qué hacer. Lo único que se le ocurre es buscar en sus bolsillos hasta que encuentra un paquete de pañuelos de papel que siempre lleva para limpiarles los mocos a los nietos. Se lo da a la mujer que lo coge sin más. Cuando parece que el lloro va amainando, lo que era una silenciosa llantina se convierte en un llanto a todo trapo. Lo sollozos suben de tono, lo que hace que algunos de los ocupantes de las mesas cercanas se vuelvan hacia ellos mirándoles con curiosidad. Ponte, aunque está hecho un lío, trata de consolarla.
- Vamos, Chelo, por Dios, no llores. Sea lo que sea, todo tiene arreglo.
- No, lo de Jacin, no lo tiene.
   En principio, Ponte no comprende a quien se refiere Chelo, hasta que recuerda que la mujer suele apocopar el nombre de Jacinto y se come la última sílaba. ¿Qué le pasará al bueno de Jacinto?, se pregunta.

domingo, 6 de noviembre de 2016

*** Un nuevo gobierno, ¿y ahora qué?



    España tiene nuevo gobierno. La pregunta que se plantean mis compatriotas es ¿y ahora qué?
   ¿Qué va a hacer el nuevo ejecutivo para solucionar o, al menos, paliar los muchos problemas que tiene el país? ¿Qué problemas? Así, a bote pronto, se pueden enumerar unos cuantos. La amenaza secesionista - el más grave -, la creación de empleo, embridar el descontrol autonómico, garantizar el sistema de pensiones, erradicar la corrupción política, lograr un pacto estatal para una educación de calidad, eliminar las duplicidades políticas y administrativas, impulsar la ciencia y el i+d, lograr que la justicia sea realmente independiente, reducir el número de municipios y entes políticos y un largo etcétera.
   Solo con que el flamante gobierno arreglara o comenzara a arreglar algunos de los problemas enumerados podría merecerse un notable alto. Ojalá - voz que usamos los españoles cuando deseamos vivamente que algo suceda - sea así. Mis muchos años me hacen ser pesimista.
   Sirvan estas someras reflexiones para anunciar a mis lectores que, desde el treinta de septiembre al día de hoy, el blog ha tenido seis mil descargas. Crecemos a un ritmo de mil páginas vistas por semana. Aleluya.

viernes, 4 de noviembre de 2016

76. Un funeral gitano



    La portada online de El País del veintiséis de enero tiene como titular central: Iglesias tendrá que consultar a las bases y Sánchez a la dirección. ¿Cómo harán eso de consultar a las bases?, ¿los afiliados irán a votar a las sedes del partido?, se pregunta Ponte. Claro que ahora con esto de internet también pueden hacerlo a través de la red. ¿Y por qué el del PSOE no consulta también a las bases? En cualquier caso, estoy convencido de que lo que vayan a hacer ya lo tiene decidido la cúpula del partido, digan lo que digan los cándidos tipos de las puñeteras bases. En la columna de salida un titular, más pequeño que el anterior, dice: La UE considera tomar medidas drásticas para el problema de los refugiados. Y debajo un subtitular que explica: Varios países quieren prolongar dos años la suspensión del acuerdo de libre circulación. No, si al final van a rehacer las fronteras de siempre y cada uno en su casa y Dios en la de todos, pero los pobres refugiados continuarán encerrados en esos campamentos de vergüenza. Y concluye la lectura.
   Está llegando al extremo de que ni siquiera suele terminar las portadas. Además, tiene que prepararse, esta mañana tiene cita con el Tío Josefo y no puede llevar un atuendo de brocha gorda para ver al viejo gitano, sabe que este irá hecho un pincel, un pincel calé, pero pincel al fin y al cabo. Ponte no le ha contado de antemano lo que pretende, solo le ha dicho que tiene ganas de echar unas parrafadas. Han quedado en un bar de Móstoles cerca de donde vive el patriarca. Lo que le lleva a pensar que se han visto muchas veces, pero ninguno de ambos ha invitado al otro a visitar su casa. Igual es cierto eso que dice Ballarín, de que siempre hay una especie de barrera entre payos y gitanos.
   La entrevista es tan cordial como de costumbre. Lo primero que pregunta Ponte, como está mandado, es si el pequeño Frasquito, uno de los nietos del Tío Josefo, ya está completamente restablecido. Afortunadamente es así. Luego viene lo de contarse como está el resto de la parentela. Ponte sabe lo importante que es la familia para los calés. A lo largo de la charla van pasando de un tema a otro hasta que terminan conversando de cómo le van las cosas a Ponte.
- Pues ahí estamos, pero hasta que no se resuelva lo del robo del tesoro no dormiré tranquilo porque sigo siendo el único testigo ocular del caso. Hay noches que todavía tengo pesadillas con el atracador que me apuntó con una pistola.
- Hombre, don Manué, es que tener un hierro apuntándote a las napias es mu duro, no solo pa un payo, también pa un gitano.
- Por cierto – Ponte decide que ha llegado el momento -, hablando de su gente, he leído en los papeles que los Corrochanos tuvieron una buena refriega en el Cobo Calleja con unos chinos.
- Pues así parese. Y uno de los chaveas del Tío Rafaé lo pagó con su piel, que la palmao, vamos. Presisamente en unos días, cuando el jues de instrusión dé la orden, lo van a enterrar. Me han contao que va a venir casi toa la familia que anda esparsia por esos mundos de Dios.
- ¿Los funerales gitanos son como los de los payos o son diferentes? – quiere saber Ponte.
- Bueno, pues má o meno. Cuando un andoba la diña, lo mismo da que sea una cosa u otra. L´a palmao y hay que echarle tierra ensima.
- ¿Era muy joven el muerto?
- Casi un chavea, seguramente por eso palmó, porque le faltaba esperiensia y arriesgó demasiao el pellejo. Y no vale la pena que le peguen a uno cuatro tiros por unos duros, sean muchos o pocos – al Tío Josefo lo del euro, al menos en su forma de hablar, le trae al fresco.
   Ponte registra en su memoria lo de que le peguen a uno cuatro tiros por unos duros. Ya tiene un dato que contarle a Grandal: el motivo de la pelea o, al menos, uno de ellos parece que fue el dinero. Habrá que seguir tirando de la lengua al Tío Josefo a ver si suelta más información.
- Así que van a venir más parientes de los Corrochanos al funeral…
- Naturá, nosotros tenemo mucho respeto a los muertos. Vendrán a mostrar al fallesio su considerasión y el respeto debio al patriarca de la familia.
- Y esa consideración y respeto ¿de qué manera se demuestra?
   Al Tío Josefo la deriva que ha tomado la charla no le gusta ni pizca, el tema de la muerte no es algo que le haga feliz precisamente, pero en atención a su viejo amigo decide contarle algo más, a ver si así deja de preguntar.
- Verá, don Manué. Lo primero es que no dejamos que a nuestros muertos se les hagan autosias, aunque en este caso con jueses de por medio no habrá sio posible. Al fallesío, Antoñito era su grasia, se le va a velar durante tres días, si el estao del cadáver lo permite. Debajo de su ataúd se colocarán algunas de las cosas que más le gustaban como café, sigarros, vino… Esos días de velatorio, los familiares no usarán jabón ni se pondrán ropa nueva ni bailarán o cantarán. Los varones llevarán una sinta negra en la camisa como señá del luto. Acabados los días de vela se le enterrará tal y como la palmó, con toas las cosas que solía llevar ensima. Al cabo de unos días, el número depende si hay familias que tengan que viajar, se selebrará una comia en su memoria, donde se servirán los platos que más le gustaban y se dejará en la mesa una silla vasia para el difunto - Hasta ahí llega el patriarca en su explicación sobre los funerales gitanos. Espera que sea suficiente y que no haya más preguntas sobre la cuestión.
   Ponte no está para sutilezas y sigue tirando de la cuerda con peligro de romperla.
- Y después del funeral supongo que lo llevarán al cementerio, ¿al de los payos o hay cementerios aparte para los gitanos?
   El semblante del Tío Josefo no se altera un ápice, aunque está pensando que su viejo amigo se está pasando, ¿o acaso no se ha dado cuenta de cuánto le incomoda hablar de la muerte?, más fiel a su concepto de la amistad contesta:
- Si se nos enterrara aparte sería una muestra más del rasismo de la mayoría de payos, entre los que por descontao no le incluyo a usté. Si va a un gran sementerio como La Almudena o San Isidro comprobará que las sepulturas más cuidadas, con más flores y objetos del difunto pertenesen a familias gitanas. Un ejemplo: en el sementerio de Valladolid hay un sepulcro en el que está enterrao el Tío Borlas, que fue patriarca de uno de los clanes de la siudad. Pues se dise de ese mausoleo que es uno de los más hermosos y bien decoraos de to el país – y para dar fin a una conversación que no haría feliz a ningún calé la remata dando una pizca de información personal -. Justamente, con lo del funeral del Antoñito tengo mis más y mis menos. M´explico. Por un lao, debería asistir al funeral, cómo lo harán la mayoría de los patriarcas. Es una cuestión de respeto p´al muerto y pa el Tío Rafaé. Pero por otra, no m´apetese ná. Los Corrochanos siguen siendo unos malajes y cuanto más lejos de ellos, mejor. Y ya está bien hablar de muertos, no vayamos a tentar la bicha. De lo que hay que hablar es de los vivos.
   La última frase del gitano hace que Ponte se caiga del guindo por su falta de tacto. No más hablar de muertos, hay que cambiar de registro, pero quiere soltar un último mensaje sobre los entierros, pues le interesa que el patriarca acuda al funeral de los Corrochanos porque en los velatorios, para aliviar las muchas horas muertas, la gente habla de todo.
- Tiene toda la razón, Tío Josefo. Ni una palabra más sobre los muertos, habiendo tanto que contar sobre los vivos, pero no me resisto a darle un consejo, si usted me lo permite – ante el leve asentimiento del gitano, Ponte prosigue -. Dados mis muchos años, he tenido que asistir a muchos entierros, demasiados, y en ellos he aprendido que cuando los familiares del fallecido se quedan solos hacen el recuento de los que fueron y de los que no. Y quedan agradecidos a los que asistieron al entierro. Como también toman nota de aquellos que no estuvieron y lo tendrán en cuenta en el futuro. Usted, que no solo es viejo como yo, sino mucho más listo, sabrá sacar la moraleja – y aquí, Ponte da el quiebro que esperaba el Tío Josefo como agua de mayo -. Y hablando de vivos, como está su sobrino-nieto Bartolillo, el que encontré recogiendo naranja en Castellón, ¿sigue por allí?
   Cuando payo y gitano se despiden, Ponte deja caer que la próxima vez que se vean, que espera que sea pronto, la invitación corre por su cuenta. Hoy, como han estado en territorio del Tío Josefo, ha sido el patriarca el que ha pagado. El gitano a lo de la próxima vez no responde, lo que dice al marcharse es una antigua despedida que Ponte hacía años que no oía.
- Quede usté con Dios, don Manué.