martes, 13 de septiembre de 2016

61. El patriarca del clan gitano



   Ponte se ha puesto de punta en blanco para su visita al Hospital Niño Jesús donde espera encontrar al Tío Josefo, el patriarca del clan gitano de los García Reyes, al que con tanto ahínco ha estado buscando, hasta le siguió el rastro por la provincia de Castellón pues le dijeron que en tierras de La Plana podría encontrarlo. Confía en que pueda darle pistas sobre si es cierto que unos gitanos vendieron el furgón blindado que transportaba el Tesoro Quimbaya al dueño del desguace de un pueblo madrileño.
   Si el viejo Ponte se ha puesto de tiros largos, el Tío Josefo no se ha quedado atrás, está hecho un pincel pues va bien trajeado y hasta lleva un chaleco floreado que no desentona del conjunto. Ponte lo encuentra un poco más viejo y algo más grueso de lo que recordaba, con una abultada panza que hace resaltar la plateada leontina de la que pende su inseparable reloj de bolsillo.
   El abrazo que se dan los dos viejos trasciende el mero formulismo. Aunque hace años que no se ven ni han sabido el uno del otro, parece que la amistad que en su tiempo forjaron se mantiene terne. Ponte hasta se emociona un poco y el Tío Josefo no hace más que palmearle la espalda y no para de decir:
- Don Manué, don Manué…
   Lo primero que hace Ponte es preguntar por Frasquito, el nieto del Tío Josefo, que es el motivo por el que parte del clan se encuentra en el hospital. Afortunadamente, las noticias son buenas y, según ha contado al padre de la criatura el facultativo que atiende al pequeño, en un par de días podrá darle de alta. Siguiendo una sugerencia de Grandal, lo segundo que hace Ponte es regalarle a Frasquito la colección completa de la Patrulla Canina que, según le contó una dependienta de la sección de juguetes del Corte Inglés de Princesa, es una de las series de dibujos animados de la tele preferida por la chiquillería. Después, ha saludado a toda la parentela, algunos de cuyos varones le recuerdan de cuando trabajaron como guardianes de material para la empresa de Ponte. Y los que no, han oído hablar mucho y bien de don Manuel. El viejo Ponte nunca pudo suponer que un payo pudiera tener tanto predicamento en un el clan gitano.
  Concluidos los protocolarios saludos, los dos ancianos bajan a la cafetería del hospital para seguir hablando con más tranquilidad. Transcurrido el tiempo en el que el grueso de la conversación ha versado sobre recuerdos del pasado, Ponte decide que ha llegado el momento de preguntar lo que le interesa. Comienza por contarle, muy por encima, el robo del tesoro y el papel, aunque involuntario, que jugó en el mismo como único testigo presencial. Y la forma en que, de modo como un juego de jubilados, él y sus amigos de dominó se propusieron investigar el robo, pero en plan privado, dejando a un lado a los maderos, los policías en el argot coloquial, y por supuesto a la Pestañí, la Guardia Civil en caló, histórica Némesis de la etnia gitana. Le habla al patriarca de sus amigos Álvarez y Ballarín, pero no dice una palabra de Grandal, no sea que el patriarca ligue el apellido con el del madero que también estuvo implicado en lo de los robos del cable de cobre, origen de que, por intervención de Ponte, su empresa contratara al clan para hacer de vigilantes del material que, a cielo abierto, se guardaba junto a las urbanizaciones que Hidrola estaba electrificando en Móstoles. Cuando ha puesto en antecedentes al patriarca, Ponte entra de lleno en lo que quiere saber:
- … y ahí estamos, buceando en las pocas pistas que están a nuestro alcance. Y de una de ellas, quizá usted – Pese a su amistad, los dos viejos siguen guardando las formas y continúan tratándose ceremoniosamente de usted – pudiera echarnos una mano.
- Lo que esté en mi mano, don Manué, delo por hecho. Usté sabe que los Garsía Reyes si podemos camelar o chorar a un payo no nos cortamos un pelo, pero para un amigo como usté lo que haga falta.
- Muchas gracias Tío Josefo. Ya sé que para usted soy un amigo, algo de lo que siempre me he enorgullecido, y lo sé porque usted también lo es para mí – Agotado el floreo verbal, Ponte decide entrar a matar como diría un taurino -. Pues verá, preguntando aquí y allá nos hemos enterado de que cuando encontraron el furgón blindado que había transportado el tesoro se descubrió que el dueño de un desguace del pueblo de Humanes de Madrid aseguró que se lo había comprado a unos calós. Y yo me dicho, a lo mejor el Tío Josefo sabe algo de esa venta – Grandal le ha dicho a Ponte que la mejor manera de preguntar a un gitano, por muy amigo que diga que sea, es la vía indirecta.
   La pregunta habrá podido ser indirecta, pero la respuesta del patriarca más directa no puede ser.
- Pues no sabe usté cuanto lo siento, don Manué, pero no he oído chamullar na de eso.
   A Ponte se le hunden los palos del sombrajo. Tantas esperanzas puestas en lo que pudiera saber el patriarca desvanecidas en un pestañear de ojos. El único rayo de esperanza que resta es el que genera la pregunta del Tío Josefo:
- Asín que al payo del desguase le vendieron la furgona unos calós, ¿y por eso usté cree que tienen algo que ver con el choro del tesoro ese?
- Bueno, verá, la cosa es algo más complicada. El furgón blindado lo encontraron en poder de un comerciante chino, de los que tienen su almacén en el Polígono Cobo Calleja, el que está en Fuenlabrada. Y el chino, a su vez, declaró que el furgón se lo había vendido el del desguace de Humanes, el cual contó que él lo había comprado a unos gitanos.
   Es oír lo de los chinos del Cobo Calleja y al Tío Josefo se le cambia la cara. A Ponte no se le ha pasado por alto la alteración del gesto del patriarca, lo que le lleva a sospechar que el viejo gitano algo debe saber. Como no parece que el calé tenga ganas de explayarse, Ponte decide apretarle las clavijas.
- Mire, Tío Josefo, si usted sabe algo le ruego que en nombre de nuestra vieja amistad me lo cuente. Le prometo que de lo que me diga no contaré una palabra, pero para mí es importante, muy importante – recalca -, saber si es cierto que unos gitanos fueron los que vendieron el coche. Mientras no lo sepa, y dado que soy el único testigo del robo del furgón, estaré de algún modo en peligro – asegura Ponte faltando a la verdad, pero no se le ocurre otra salida para forzar al patriarca a que hable.
- Don Manué, a mí no me gusta chamullar mal de naide y mucho menos ser un chota, un chivato pa que usté me entienda, y menos de mi gente, pero le voy a contá lo poco que sé y
lo hago por usté que es más que un monró pa mí. Verá…, del robo del tesoro ese no se ná y de la furgona que lo llevaba tampoco, pero hase como varios meses oí que los Corrochanos, un clan de Huelva, tenían tratos con unos chinos de ese polígono de Fuenlabrada.
- ¿Es todo lo que sabe? – inquiere Ponte que ha de contenerse para no mostrar su desencanto.
- Poco más. Las malas lenguas disen que los Corrochanos hasen negosios con to esa porquería que echa a perder a la gente joven y también son conosios por su fama de tener malas pulgas y de que en sus negosios no se paran en barras.
- ¿Y dónde los podría encontrar?
- ¿A los Corrochanos? No se lo recomiendo, don Manué, ya le he dicho que son unos malajes.
- No se preocupé por mí, iré acompañado por unos amigos y no me harán nada, pero necesito saber dónde puedo encontrarlos.
   El patriarca se queda mirando a Ponte con gesto de perplejidad, da toda la impresión de que no acaba de entender el interés de su viejo amigo por saber dónde encontrar a los Corrochanos y, supone, que hablar con ellos. Ante la vacilación que muestra el Tío Josefo, Ponte le hace otra pregunta:
- Otra cosa, ¿cómo se llama el patriarca de los Corrochanos?
- El Tío Rafaé el Langó. Es que anda un poco renco del pinrel isquierdo, sabe usté.
- Y al Tío Rafaé, ¿dónde puedo encontrarlo? – insiste Ponte.
   El patriarca del clan de los García Reyes se encoge de hombros como dando a entender que ya no va a insistir más en lo de la peligrosidad de los Corrochanos.
- Van de aquí pa allá, pero de fijo los encontrará en la Cañada Real. No sé si usté sabe dónde está.
- Sí, lo sé. Estuve allí no hace mucho con un amigo mío.
- Pues pa estar jubilao, don Manué, visita usté unos sitios mu chungos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

60. Lo mejor es enemigo de lo bueno



 
   La única pista que por el momento les queda por investigar al cuarteto de jubilados metidos a detectives es la de averiguar si el furgón blindado, en el que se transportaba el Tesoro Quimbaya, después del robo fue vendido por unos gitanos al dueño de un desguace. Y para ello solo tienen un hilo del que tirar: el Tío Josefo, patriarca del clan de los García Reyes, que es viejo conocido de Ponte y la persona que podría saber si lo de los gitanos es cierto. Lo que ocurre es que el cuarteto tiene un problema: desconoce el paradero del Tío Josefo, el único medio de encontrarlo es a través de uno de sus nietos que está internado en un centro hospitalario de Madrid; por eso, como afirma irónicamente Álvarez, se han convertido en visitadores médicos. Ya han buscado en algunos de los hospitales públicos más grandes y conocidos de la ciudad sin haber encontrado rastro alguno del familiar del patriarca gitano. Han de seguir insistiendo.
   El día doce prosiguen con su plan de visitas a algunos de los centros hospitalarios que les restan por investigar. Por la mañana, Álvarez y Grandal han visitado el Hospital Gregorio Marañón, posiblemente el mayor centro sanitario de Madrid, sin resultado ninguno. Por la tarde, recorren el Hospital Universitario 12 de Octubre, otro de los grandes centros de la Seguridad Social madrileña, con el mismo resultado: ningún rastro de los García Reyes.
   A su vez, Ballarín y Ponte, por la mañana visitan el Hospital Universitario de la Princesa que es uno de los cuatro hospitales docentes de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Como está emplazado en el barrio de Salamanca, cogen la línea 4 del metro en la estación de Argüelles que les lleva hasta la estación de Diego de León muy cerquita del hospital. La visita, como las hechas a los demás centros, es decepcionante, ni rastro de los gitanos a los que buscan. Por la tarde, acuden al Hospital Universitario Niño Jesús, sito en la Avenida de Menéndez Pelayo. Cuando se dirigen paseando al centro hospitalario pasan por delante del Estadio Santiago Bernabéu. La vista del mítico estadio del Real Madrid le hace recordar a Ballarín las muchas tardes memorables que pasó en el coliseo viendo jugar al equipo del que fue socio.
- No veas la de partidos que he visto ahí dentro. Venía mucho, sobre todo con mi hijo Jaime que era más merengue que yo, pero desde que se casó dejó de venir conmigo, su mujer no soportaba quedarse sola en casa. Dejé de comprar el abono y al final también me di de baja como socio. Hoy solo me quedan recuerdos.
- Yo no soy nada futbolero – comenta Ponte -. Y bien que me tomáis el pelo por ello. En toda mi vida solo he estado dos veces en el Bernabéu. Una, con mi hijo David, viendo un entrenamiento del Madrid. La segunda recuerdo que fue un partido del Madrid contra el Valencia y en el que acompañé a Joaquín Pifarré, un amigo valenciano de Hidroeléctrica, que vino a ver el encuentro. Después de eso ya no volví a pisar el estadio.,
   Rememorando esos recuerdos llegan al Hospital Niño Jesús. En uno de los pasillos de la segunda planta encuentran un numeroso grupo de gitanos. Se paran a preguntarles cuando, antes de que la pareja de veteranos pueda decir algo, uno de los cales dirigiéndose a Ponte le espeta:
- Usté es don Manué Ponte, ¿a que sí?
- Sí señor, ¿y tú quién eres?
- Mi menda es Enrique el Gamba. Cuando currelé pa usté era un chavea y me decían el Quique.
- Entonces, tú serás un García Reyes – en una afirmación que también es pregunta.
- Si señó, a mucha honra.
   Ponte y Ballarín dan un suspiro de alivio. Al final, los han encontrado.
- ¿Tenéis a alguien de la familia aquí? – inquiere Ponte.
- Si señó, al churumbel más chico del Curro. Tuvo una neumonía que lo puso chungo. Ha estao a punto de diñarla, aunque parese que ya va mejorando.
- Y de mi amigo, el Tío Josefo ¿qué me cuentas?
- Pues si hubiese venio usté esta mañana se lo habría tropesao.
- Me gustaría echar una parrafada con él, hace mucho que no nos vemos. Me das su móvil y le llamaré.
- No tiene. Dise que eso de estar siempre localisao le da mal fario, pero ya le digo, pásese usté mañana y lo encontrará aquí.
- Pues muchas gracias, Enrique, y que Frasquito se ponga bien. Por cierto, su padre, el Curro, ¿está aquí? Me gustaría darle un abrazo.
- Estaba. Ha salío a haser una comanda y no sé cuándo volverá, pero no se apure, ya le diré que ha preguntao usté por él. Seguro que también se llevara un alegrón.
   En cuanto salen del hospital, les falta tiempo a la pareja para llamar a Grandal: 
- Jacinto, que hemos encontrado a los García Reyes. Están en el Hospital del Niño Jesús.
- ¿El Niño Jesús? ¡Coño, si es que estoy perdiendo facultades! – exclama Grandal -. Deberíamos haber empezado por los centros especializados en chavales como el Niño Jesús. Nos habríamos evitado el patear tantos hospitales. ¿Has hablado con el Tío Josefo?
   Ponte le cuenta a Grandal su diálogo con Enrique el Gamba. Tendrán que esperar a mañana para hablar con el patriarca del clan.
   Ponte duerme mal esa noche, pese a la falta de sueño el miércoles trece madruga. Por fin podrá charlar con su viejo amigo el Tío Josefo. Aunque lo de amigo, tratándose de una relación entre un payo y un gitano, es siempre algo relativo. Recuerda una copla del gitano Peret, el rey de la rumba catalana, que tenía una canción que se titulaba Mig Amic en la que rememoraba a su padre que vendía tejidos y al que la gente que le trataba le llamaba Medio Amigo, y eso era porque un calé nunca entrega toda su amistad a un payo. Sin embargo, Ponte espera que el patriarca de los García Reyes, en recuerdo de los viejos tiempo, se sincere y le cuente cuando sepa, si es que sabe algo, de esos gitanos que se supone que vendieron el furgón blindado.
   Al despertar, y siguiendo su inveterado hábito, abre el ordenador para ver que cuenta la prensa, hoy le toca al ABC. En la primera portada aparece una fotografía a cinco columnas con Pedro Sánchez y otros dos dirigentes del PSOE y un pie que dice: PP y C´s permiten a Patxi López presidir el Congreso mientras enfrentan a Podemos con el PSOE. Me parece una prudente decisión que los distintos partidos se repartan los cargos más importantes de la legislatura, se dice Ponte. En la segunda portada el titular principal es: Puigdemont promete el cargo sin mención a la Constitución ni al Rey. A estos secesionistas no les apean del burro de la independencia ni haciéndoles carantoñas ni dándoles estacazos, piensa el viejo. En el centro hay una composición fotográfica de pescados cuyo pie dice: El consumo de pescado cae un 13,5 % en los últimos seis años. Más o menos tantos años como dura la crisis, se dice. Y en el faldón otro titular: La banca española ha perdido desde las elecciones generales 21.500 millones en Bolsa. Hay un par de subtitulares más, pero no los mira, no puede perder más tiempo.
   Cierra el ordenador, pues tiene que arreglarse para estar presentable en su visita al Tío Josefo. Sobre la visita, el día anterior debatió el cuarteto si alguno de ellos debería acompañar a Ponte en su visita al hospital. Ponte prefería que le acompañase, al menos, otro de los compañeros y lo justificaba alegando:
- Así me sentiré más arropado y siempre tendré alguien que me eche una mano si la entrevista con el Tío Josefo se tuerce. Concreto más, prefiero que me acompañe Jacinto que es quien tiene más experiencia en tratar con los gitanos y además conoce al patriarca.
- Sería un tremendo error que te acompañara – afirma, tajante, Grandal -. Para el patriarca del clan no soy más que un madero y mi mera presencia haría que se cerrara en banda y no soltaría prenda.
- Bueno, pues que me acompañe Amadeo o Luis – propone Ponte.
-  Mira, Manolo, no insistas. Lo mejor es enemigo de lo bueno, y lo mejor es que vayas tú solito. El Tío Josefo se sentirá más cómodo hablando con alguien a quien conoce y en quien confía, en cambio la presencia de un desconocido le hará ser renuente a la hora de contarte lo que sabe, suponiendo que sepa algo.
   Vistos los argumentos expuestos, Ponte acepta ir solo, aunque la soledad le haga estar algo más nervioso que de costumbre.
- Ojalá siga teniendo buen recuerdo de mí y ojalá sepa algo de los presuntos calés  que vendieron el furgón blindado – dice en voz alta para terminar añadiendo -. Dos ojalás seguidos muchos son. Espero que suene la flauta aunque sea por casualidad.