martes, 16 de agosto de 2016

53. En Majadahonda encuentran una pista



   El día veintiuno de diciembre, mientras Grandal y Ponte regresan de Castellón, Álvarez y Ballarín se han vuelto a reunir para continuar recabando más datos sobre uno de los sospechosos del que tienen escasa información. Se trata de uno de los técnicos de la empresa encargada de la seguridad del Museo de América y que pudo haber saboteado las cámaras. El individuo en cuestión, que se llama Adolfo Martínez, vive en Majadahonda, antiguo pueblín de majadas o lugares donde se recogía de noche el ganado y se albergaban los pastores y hoy convertido en una floreciente ciudad del área metropolitana madrileña.
   La pareja de jubilados se ha citado en el Intercambiador de Moncloa para coger un autobús de la Empresa Llorente con[ZR1]  destino a Majadahonda. Toman el bus 265 que les dejará en pleno centro de la ciudad majariega, en la zona conocida como Plaza de los Jardinillos. Durante el corto viaje, unos veinte minutos, los amigos charlan, como no, de la noticia del día: el desenlace de las elecciones generales.
- ¿Qué te ha parecido el resultado? ¡Vaya desastre! – pregunta y califica al tiempo Álvarez.
- Bueno, más o menos es lo que preveían las encuestas con la salvedad que los de Podemos han sacado más escaños de los que les pronosticaban y los de Ciudadanos bastantes menos – contemporiza Ballarín.
- Lo que no sé es qué clase de gobierno se podrá formar con ese resultado – afirma Álvarez que añade -. Debería gobernar el PP que es quien más votos y escaños ha sacado.
- Debería…, pero quien gobernará será el que más apoyos consiga en el Congreso.
- Si terminan formando gobierno los rojos, los que tú llamas progresistas, que Dios nos coja confesados. Esto puede ser el acabose – pontifica Álvarez.
- Tranquilo, Luis, ya verás como no llegará la sangre al río – le consuela Ballarín.
   La charla da para poco más puesto que el bus ha dejado la Carretera del Plantío y ha enfilado la calle del Doctor Calero, el viaje toca a su fin. Una vez en la ciudad, van paseando tranquilamente por la Gran Vía. Álvarez, que hace años que no ha vuelto por Majadahonda, no deja de asombrarse del enorme cambio que ha sufrido la arteria principal de la ciudad al haberla convertido en una vía peatonal. La calle está llena de establecimientos de toda clase, especialmente de bares y cafeterías que, como si se hubiesen puesto de acuerdo sus dueños, en su primer tramo casi todos los establecimientos están situados en la margen izquierda, mientras que en el segundo lo están en la derecha.
   Hacia el final de la Gran Vía, en la Plaza de Cristóbal Colón, se desvían a la izquierda para llegar a la calle de El Cid donde vive el objetivo. La vivienda del técnico sospechoso está ubicada en una pequeña urbanización denominada pomposamente Parque Residencial de Madrid que está compuesta por dos bloques separados por la calle Cid. Ambos inmuebles están cercados en todo su perímetro. En el que agrupa los números 10 al 16 vive el presunto sospechoso. En principio, lo que hacen es dar una vuelta por la calle Pelayo a la que da el piso en que vive el objetivo, luego por la de Santa Bárbara y finalmente por Vasco de Gama con lo que completan el perímetro de la urbanización. No ven nada que les llame la atención ni ningún comercio idóneo para preguntar.
- Tendremos que volver a realizar la habitual ronda por bares y cafeterías – apunta Álvarez.
   Así lo hacen. Recorren las distintas cafeterías, bares y tabernas que hay en la Plaza Colón y el final de Gran Vía sin obtener ni un solo dato que les pueda servir. Hasta entran en una pastelería cercana a la pequeña urbanización en la que vive el objetivo, llamada Cala Millor, y en la que compran unos suizos.
- ¿Qué tal van las ventas con esto de la crisis? – pregunta Ballarín.
- Depende – responde la dependienta como si fuera gallega.
- ¿De qué depende?
- Del día.
   Y no le sacan una palabra más. Por no dejar piedra sin remover hasta entran en un establecimiento de electrodomésticos que encuentran en Colón.
- Estoy viendo aparatos para equipar el piso que acabo de comprar a mi hijo - explica Álvarez al dependiente que les atiende para añadir -, ¿qué tal van las ventas con esto de la crisis?
   Ninguna añagaza da resultado. Nadie menciona a Adolfo Martínez.
- No vamos a tener más remedio que preguntar al portero – apunta Álvarez.
- Pues sí, pero… esta urbanización está dividida en dos manzanas por la calle Cid, ¿no? ¿Por qué no preguntamos primero al portero de los impares?, así evitamos que nos pueda ver el tal Martínez y le suenen nuestras caras – sugiere Ballarín.
- ¿Y qué le preguntamos al portero? – inquiere Álvarez un tanto escéptico.
- ¿Por qué no le colocamos el mismo rollo que les contamos a los porteros de General Perón?
- Me da en la nariz, Amadeo, que ese pretexto no va a funcionar aquí – replica Álvarez -. ¿Porque no preguntamos algo mucho más lógico?, por ejemplo: qué estamos buscando piso para un hijo que se va a casar y que trabaja aquí.
   La entrevista con el portero del bloque de impares es breve puesto que el hombre les informa que no hay ningún piso a la venta en esa mitad de la urbanización. Ya están marchándose cuando el conserje les sugiere:
- Por qué no miran en la finca de enfrente, había un piso que estaba en venta.
   Siguiendo la sugerencia que acaban de darles, la pareja llama al telefonillo del portero del bloque de los números pares y le dicen que quieren hablar un momento con él.
- Buenos días. Verá, estamos buscando piso para comprarlo o alquilarlo. Es para un hijo que se va a casar y su colega de enfrente nos ha dicho que aquí había uno en venta – se explica Álvarez.
- Sí, señor. Lo había, pero ya está vendido.
- ¡Qué lástima!, porque este tipo de urbanización es lo que anda buscando mi hijo.  
- Pues como le he dicho, de momento no hay ningún piso a la venta. Lo que si hay es una plaza de garaje que se vende o alquila. Hasta hace un par de semanas había dos, pero una se vendió.
   Álvarez y Ballarín se miran, sin decir una palabra se han puesto de acuerdo: cuanto mayor tiempo estén con el portero más posibilidades tendrán de sacarle alguna información.
- Si es tan amable y pudiéramos echar un vistazo a la plaza que resta igual le podía interesar a mi chico. Si no es molestia, vamos.
   El portero coge unas llaves y les invita a acompañarle. La plaza de garaje está en el sótano del bloque número 14 y es francamente estrecha y con un acceso complicado. Cuando lo comentan, el portero está de acuerdo con esa opinión.
- Es cierto, hay que hacer un par de maniobras para poder dejar el coche en su sitio, pero es lo que hay. La otra plaza que estaba en venta es como esa de ahí – y señala una que está ubicada en la vertical de la puerta de acceso al garaje -, es más grande y no hay que hacer ninguna maniobra. Por eso se vendió enseguida.
- Una plaza así, me refiero a la grande, ¿cuánto costaría?, más o menos – tantea Álvarez.
- Hombre, eso es cuestión de tratarlo con el propietario, pero calcule usté que sobre unos quince mil euros o algo más. En esta zona las plazas son escasas.
- ¿Y se puede conseguir a plazos? – sigue preguntando Álvarez muy metido en su papel de padre del presunto comprador.
- Eso también hay que acordarlo con el dueño. La plaza que fue la última que se vendió se pagó a tocateja, por eso el comprador logró una pequeña rebaja.
   Como la cosa no da más de sí, salen del garaje y se dirigen hacia la salida. Antes de despedirse, Ballarín decide gastar la última bala:
- Por cierto, cuando le dije a mi hija Almudena – Ballarín no tiene ninguna hija con ese nombre – que venía a acompañar a mi amigo a ver casas en Majadahonda me dijo que en una de estas urbanizaciones vive o vivía un antiguo compañero suyo de colegio, un tal Martínez.
- ¡Vaya, qué casualidad! La persona que compró la plaza de garaje vendida se apellida precisamente así, exactamente Adolfo Martínez. Lo mismo es ese amigo de su hija.
- ¿Adolfo? No me suena. Si no recuerdo mal el condiscípulo de Almudena - Los vejetes están aprendiendo a dejar el menor número posible de rastros tras ellos – se llamaba Jorge Juan.
   En ese momento, los jubilados están a punto de exclamar: ¡bingo!. La suerte acaba de sonreírles, por primera vez tienen un dato que avala la posibilidad de que el técnico sospechoso haya realizado una operación inmobiliaria que supone la existencia de un dinero que excede en mucho a sus ingresos habituales.
   ¿Será el técnico de seguridad uno de los presuntos cómplices que buscan?

viernes, 12 de agosto de 2016

52. El marido de la portera


   En su viaje al barrio de Cuatro Caminos en pos del empleado del museo sospechoso de ser  cómplice de los ladrones del Tesoro Quimbaya y cuyo domicilio les falta por localizar, Álvarez y Ballarín han visto como su objetivo entra en el número 2 de la calle General Orgaz. Ya conocen donde vive, ahora solo falta recabar más datos sobre la presa. En la vuelta al metro, Ballarín está pensando en cómo cambiará el callejero de esa parte del barrio si algún día aplican a sus calles la Ley de Memoria Histórica. Como ha dicho lo que pensaba en voz alta, Álvarez le pregunta de qué va lo de ligar la Ley de Memoria Histórica y los nombres de las calles.
- Nada, una tontería, pero disimula, Luis, uno de los que está sentado delante de ese portal ¿no es nuestro objetivo? – pregunta Ballarín señalando discretamente a un grupito formado por dos adultos y dos niños sentados en sendas sillitas delante del portal del número 2 de General Orgaz, en una estampa que fue familiar hace años en determinados barrios madrileños, pero que en el siglo XXI, prácticamente, ha desaparecido.
- El mismo en carne mortal – ratifica Álvarez -. ¿Y qué coño hace ahí sentado?
   A todo esto, como han seguido andando por Perón en dirección al metro de Estrecho, han pasado la vertical de la bocacalle de General Orgaz por lo que quedan fuera del campo de visión del grupo. Ballarín se para y mira a su compañero, se le acaba de ocurrir algo.
- Luis, la ocasión la pintan calva. Como a mí ese fulano no creo que me haya visto nunca, voy a acercarme y preguntaré cualquier chorrada a ver si saco algo en claro.
   Y dicho y hecho, Ballarín, en actitud de alguien que no sabe muy bien dónde está, se planta delante del grupito y muy cortés les saluda:
- Buenas tardes y perdonen, ¿serían ustedes tan amables de decirme si aquí viven los señores… Cruzdemalta? 
- ¿Cruz de Malta? – inquiere la mujer sentada junto al empleado del museo.
- Sí, Cruzdemalta, como la conocida cerveza, pero todo junto.
- No, aquí no vive nadie con ese apellido – responde la mujer muy segura de lo que afirma.
- Perdón, pero ¿esta parte de calle es el final de Don Quijote o el principio de General Orgaz? -El cambio del nombre de ese tramo de calle lo ha descubierto Ballarín en una web sobre historia de las calles madrileñas.
- Algo de razón lleva usted – afirma el hombre que acompaña a la mujer y los niños -. Hasta mediados de los años setenta este trozo de calle fue el final de Don Quijote. De hecho, este edificio era el número 98 de Don Quijote, pero luego el Ayuntamiento hizo cambios en el callejero y desde entonces es el comienzo de General Orgaz, concretamente el número 2.
- Entonces, si es el 2 tienen que vivir aquí los señores Cruzdemalta – insiste Ballarín.
- Y yo le digo que no – contesta tajante la mujer.
- Disculpe, pero ¿cómo está usted tan segura?
- Porque soy la portera.
- Ah, perdone – Ballarín, en una interpretación que con menos años le hubiese llevado al Teatro Español, pone cara de descubrir que acaba de meter la pata -. Le pido disculpas, señora. Supongo que me han dado mal la dirección.
- No se preocupe, un error lo tiene cualquiera, pero como acaba de decirle mi señora en la casa no vive nadie con ese apellido – corrobora el hombre que añade -. Lo que puede hacer es cruzar Perón y acercarse al último tramo de Don Quijote y preguntar por allí.
- Muchas gracias, muy amables. No les molesto más. Que tengan una buena tarde; bueno, casi mejor sería decir una buena noche.
   Ballarín desanda lo andado hasta reencontrarse con Álvarez.
- El fulano al que seguíamos es nada menos que el marido de la portera.
- Bueno, otro dato más al zurrón que, además, me huele que nos puede reportar buenos dividendos informativos – asegura Álvarez.
- ¿Por qué? – quiere saber Ballarín.
- Porque a partir de ahora, en lugar de preguntar por el objetivo preguntaremos sobre su mujer. Las porteras suelen ser una fuente inagotable de información, sobre todo de chismorreos y rumores. Saber si ese fulano lleva una vida por encima de las posibilidades de un empleado de tres al cuarto nos va a resultar más fácil indagando sobre su mujer.
- Sabes, Luis, me parece una excelente idea – le adula Ballarín -. ¿Volvemos mañana a por más harina?
- Amadeo, mañana es la jornada de reflexión – le recuerda Álvarez.
- No me jodas, Luis, a estas alturas de la película, ¿tienes que reflexionar sobre a quién vas a votar? – pregunta Ballarín con evidente sorna.
- Pues tenía mis dudas sobre si votar al de la coleta o a los del capullo, pero creo que al final votaré a los míos. Más vale malo conocido que bueno por conocer – admite Álvarez -. Supongo que tú también votarás al PP, ¿no?
- Todavía me lo tengo que pensar. Han incumplido más de la mitad de las promesas que hicieron hace cuatro años. Y si han faltado a su palabra, ¿quién nos asegura que no puedan volver a hacerlo?
- Eso es cierto, ¡pero no irás a votar a los rojos! – le recrimina Álvarez.
- Ya casi nadie dice rojos, Luis. Solo cuatro vejestorios como nosotros. Ahora se les llama progresistas.
- ¡Nos ha jodido mayo, menuda gilipollez! ¿Es qué a los demás no nos gusta progresar? Esos fulanos con tal de no llamarse como lo que verdaderamente son; es decir, comunistas, son capaces de ponerse cualquier nombre. Pero no me has contestado, si no votas al PP, ¿vas a votas a los ro…, a los progresistas?
- Ya te he dicho que lo tengo que pensar. Lo mismo voto a Ciudadanos. El chico ese, Rivera, parece un tío majo y sobre todo sensato. La mayor parte de las cosas que dice están llenas de sentido común – confiesa Ballarín.
- Lo de votar a Ciudadanos es pan para hoy y hambre para mañana. Esos tipos, que están como en tierra de nadie, tanto se pueden aliar con el PSOE como con el PP. Creo que no son gente de fiar – replica Álvarez.
- Mira, Luis, dejémoslo ahí, no vamos a ponernos ahora a discutir sobre a quién votar – concluye Ballarín -. En definitiva, ¿qué hacemos, volvemos mañana o qué?
   Al final, ambos amigos acuerdan pasar de cualquier reflexión y regresar al día siguiente al barrio a ver qué pueden averiguar del marido de la portera de General Orgaz. Resuelven que, en lugar de frecuentar bares y cafeterías como han hecho hasta ahora, tienen que inventar alguna treta para poder preguntar en las porterías de los edificios del barrio sin levantar sospechas. Después de desechar una tras otra, las tramas que se les van ocurriendo se quedan con una que propone Álvarez, que no es ninguna maravilla, pero que puede resultar algo más creíble que cualquiera de las demás. Se trata de presentarse como representantes de una asociación de jubilados - decir que aún están en edad laboral no colaría - que está llevando a cabo un estudio. La finalidad del mismo sería elevar al Ministerio de Hacienda la propuesta de que fuera compatible cobrar la correspondiente pensión de jubilación con el trabajo en una portería hasta los setenta años. Ello supondría alargar la vida laboral de los porteros cinco años sin dejar de percibir la prestación ordinaria de jubilación. Antes de elevar tal petición a las autoridades, la asociación está llevando a cabo una encuesta para conocer la opinión de los actuales porteros. Como la asociación no dispone de muchos fondos, en vez de encargar la encuesta a una empresa dedicada a tales actividades, ha movilizado a sus asociados para que sean ellos los que la realicen. Pese a la endeble consistencia del subterfugio, el pretexto no solo funciona sino que se revela como una fuente inagotable de información sobre la vida y milagros de los porteros del barrio en general y de la portera de General Orgaz en particular. El anzuelo que echa la pareja de jubilados es siempre el mismo:
- No sabe cuánto me alegro de que usted piense así – Siempre dicen lo mismo, piense lo que sea el interlocutor de turno -. Y lo digo porque hay otros colegas que piensan todo lo contrario. Sin ir más lejos, la portera del 2 de General Orgaz es de la opinión que…
   Y como el interpelado en cuestión conozca a la aludida portera, le falta tiempo para contar los mil y un detalles no solo de la actividad profesional de la mencionada sino también de su vida, de la de su marido e hijos y hasta de la parentela. La cantidad de cotilleos, dimes y diretes que se enteran los polis aficionados son como para llenar el suplemento dominical de El País. Tras un primer análisis de tanto cotilleo, llegan a la conclusión de que el marido de la portera no vive en absoluto por encima de sus posibilidades. El único dispendio reconocido, si se le puede calificar así, es que es un merengue a muerte que no se pierde un partido de los que el Real Madrid juega en el cercano Estadio Santiago Bernabéu. Todo lo demás, chismes.

martes, 9 de agosto de 2016

Capítulo 10. El cuarteto descubre una pista nueva.- 51. Un barrio víctima de la Ley de Memoria Histórica



   Mientras Grandal y Ponte se patean media provincia de Castellón en busca del patriarca de los García Reyes, Amadeo y Luis están metidos de lleno en el seguimiento de sus respectivos objetivos, así llaman a los empleados del Museo de América sospechosos de ser los autores del apagón de las cámaras de seguridad ocurrido el día del robo. Ambos amigos han logrado con bastante rapidez localizar los domicilios de los dos trabajadores del museo a quienes han seguido. Solo queda por averiguar el domicilio del último cuyo seguimiento corresponde a Álvarez. En cuanto Ballarín ha terminado la tarea de localización del empleado que le ha tocado seguir, llama a su compañero:
- Luis, ya he terminado con lo de mi objetivo. ¿Cómo vas con los tuyos?
- Ya tengo localizado al primero. Mañana voy a meterme con el otro que falta.
- Oye, como ya no tengo nada que hacer, ¿qué te parece si te acompaño? Entre dos el seguimiento será menos aburrido.
- Por mí, encantado. ¿Quedamos mañana un poco antes de las tres frente a la Agencia de Cooperación? Desde allí podemos seguir al objetivo en cuanto salga.
   Al día siguiente, a la hora convenida, Álvarez y Ballarín están ante la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, organismo ubicado a la vera del Museo de América. Es un día frío, y en un sitio tan despejado como el emplazamiento de la AECID y del museo el cortante aire de la sierra de Guadarrama se nota más.
- Desde aquí le vamos a seguir en cuanto pase – apunta Ballarín.
- De acuerdo, Amadeo. Yo me quedo aquí delante de la Agencia y tú ponte en la esquina de la entrada a urgencias de la clínica de La Concepción.
   Poco antes de las tres comienzan a salir los contados visitantes del museo. Al cabo de un rato aparecen varios empleados, algunos de los cuales Ballarín reconoce de cuando les fotografió en compañía de Ponte, pero del objetivo ni rastro. Se cumplen las tres y cuarto, las tres y media y el empleado al que han de seguir sigue sin aparecer. Ballarín desde el lugar donde está apostado le envía una muda interrogación a Álvarez cuya respuesta es un encogimiento de hombros. Sobre las tres cuarenta y cinco los jubilados tiran la toalla, algo ha salido mal. Se acercan al museo. Las puertas están cerradas y no hay nadie en la plazoleta de la entrada.
- ¿Dónde se habrá metido ese fulano? – se pregunta un desconcertado Álvarez.
- El museo está cerrado, lo que quiere decir que los empleados han salido.
- Puede ser que el tipo libre hoy o que esté enfermo o que su mujer se haya puesto de parto. Vete a saber – arguye Álvarez, cabreado por el fracaso.
- Cualquiera de esas cosas ha podido ocurrir, pero quizá hemos pasado por alto que hay otras salidas además de la que conduce a Reyes Católicos. Ha podido marcharse por la Ruta Verde, o por la parte de atrás en dirección al Clínico o a Isaac Peral, o ha bajado hasta la Avenida de la Victoria a coger uno de los autobuses del extrarradio. En cualquier caso, Luis, creo que hemos metido la pata dando por sentado que iba a salir en esta dirección y esperándole donde estábamos – se lamenta Ballarín.
- O sea, que la hemos cagado. Me jode ir de pardillo, pero nos hemos portado como tal.
- Por si te sirve de consuelo te diré que Manolo el primer día que tenía que hacer el seguimiento a un objetivo se durmió. Como ves, en todas partes cuecen habas.
   Cuando se despiden hasta el día siguiente, Álvarez hace una sugerencia:
- Ah, Amadeo, yo creo que del fiasco de hoy será mejor no contar nada a Jacinto y Manolo. El cachondeo que podrían montar sería de campeonato.
   Al día siguiente, Álvarez se sitúa frente a la entrada al museo y Ballarín se coloca al lado del horroroso Monolito a la Hispanidad en los jardincillos que unen el museo y la Agencia de Cooperación. Desde esas posiciones el objetivo no se les podrá escabullir. Poco después de las tres y diez, el empleado al que tienen fichado pasa por delante de Álvarez que le hace una disimulada seña a su compañero. El dúo de jubilados se dispone a seguir a su presa. El objetivo toma la pequeña bajada en zigzag que une la plazoleta del museo con la Ruta Verde y luego se dirige hacia el centro de la ciudad. Cruza Fernández de los Ríos y se mete en el Intercambiador de Moncloa hasta el andén de la línea 6 del metro, dirección a Ciudad Universitaria. Los jubilados, muy puestos en su papel de sabuesos, suben a vagones distintos, uno se mete en el coche al que ha entrado el objetivo y otro al vagón contiguo. Pasan las estaciones hasta que en la de Cuatro Caminos se baja el empleado para coger la línea 1 en dirección a Pinar de Chamartín. Dos estaciones después, en Estrecho, el objetivo se baja. En la salida de Bravo Murillo toma la calle Juan de Olías. Como es un vial más bien angosto, recuerdan el consejo que en su día les dio Grandal: que cuando fueran dos los que siguieran a un objetivo sería mejor no ir juntos sino separados e ir turnándose para que el que le siguiera más cerca no fuera siempre el mismo, y si la calle fuera estrecha lo mejor sería que cada uno le siguiera por una acera distinta. La calle desemboca en la Avenida del General Perón, pero el empleado tras recorrer  una manzana gira a la izquierda y acaba entrando en el portal del edificio que hace esquina entre General Perón y General Orgaz. Parece que es allí donde vive.
- Bueno, pues ya sabemos dónde tiene su guarida el mozo – sentencia Álvarez.
- Esta es una buena zona y esos pisos tienen que costar una pasta. ¿Tú crees que el sueldo del museo da cómo para tener casa por aquí? – pregunta, extrañado, Ballarín.
- Pues no creo, pero lo que más me sorprende es que en esos bloques de la izquierda vive personal de la Armada y el primero de la derecha, que es donde ha entrado, pertenece o pertenecía al Colegio de Arquitectos de Madrid – detalla Álvarez.
- ¡Coño!, ¿y cómo sabes tú eso? – se sorprende Ballarín.
- Porque en su día tuvimos en el Canal muchas reclamaciones por parte de los vecinos de ambos bloques y yo tuve que apechugar con ellos.
- ¿Y qué hace un empleado de un museo estatal en un edificio del Colegio de Arquitectos?
- Jacinto te respondería que investigando lo sabremos. O sea que vamos a dar una vuelta por los alrededores a ver qué podemos descubrir.
   La extraordinaria abundancia de bares, cafeterías, tabernas, cervecerías, hamburgueserías y restaurantes de toda clase y condición en General Perón y calles aledañas ponen a prueba el aguante prostático de la pareja.
- No vamos a poder con todos. Tendremos que hacer una selección – reconoce Álvarez con aire contrito.
- Y tanto. En los últimos cincuenta metros he contado nueve locales donde darle a la manduca o al bebercio – confirma Ballarín -. Mira, vamos a seleccionar a ojo de buen cubero tres o cuatro bares y cafeterías y si no sacamos nada en limpio, luego cuando lleguemos a casa nos metemos en internet y hacemos un barrido de locales de la zona que parezcan más idóneos para ser visitados por el fulano que estamos siguiendo.
   Entran en el bar de tapas Brokêr, en la cafetería Le Petit Bonbon, en el TapasBar y en Fher Café. Están a punto de entrar en Viavélez, pero cuando ven que la taberna está ubicada en el piso superior lo dejan. En ninguno de ellos sacan nada en limpio hablando con barmans y camareros.
- Bueno, Amadeo, será mejor que recojamos velas y que lo dejemos por hoy. Mañana será otro día – propone Álvarez.
- Es una buena idea. Ya no aguanto ni una birra más.
   Cuando vuelven en dirección al metro de Estrecho, Ballarín, que anteriormente ha estado familiarizándose con la zona por medio de Google Maps, va pensando en la cantidad de calles que hay en esa zona del barrio de Cuatro Caminos que llevan nombres ligados a la Guerra Civil, entre ellos los de muchos militares del bando franquista: General Orgaz, General Varela, General Yagüe, General Moscardó, Comandante Zorita, Capitán Haya… o el de trágicos hechos ocurridos en la contienda como Mártires de Paracuellos.
- Como apliquen en esta zona la Ley de Memoria Histórica no la va a reconocer ni el urbanista que la planificó – farfulla Ballarín y añade -. Tendrán que cambiar medio callejero.
- ¿Qué dices de la Memoria Histórica? – pregunta Álvarez que no ha terminado de entender la frase de su compañero.