martes, 26 de julio de 2016

Capítulo 9. Buscando a unos gitanos entre naranjos.- 47. Parábola del hijo pródigo



   El hombre parece absorto haciendo un solitario y no ha oído a la mujer entrar en la salita.
- ¿Otra vez con los solitarios? ¿No te aburres jugando más solo que la una? – pregunta la mujer.
   Por toda respuesta, el hombre se encoge de hombros y como el solitario no le ha salido vuelve a barajar. La mujer sale del saloncito de estar refunfuñando por lo bajo. Al cabo de un rato vuelve armada con la aspiradora. El hombre sigue con el mazo de cartas en la mano.
- Búscate otro sitio que voy a pasar la aspiradora. Y mejor todavía si te das una vuelta o te vas al bar. Esta mañana viene la asistenta y vamos a poner la casa patas arriba.
   Eso ocurrió anteayer, hoy el hombre no está haciendo solitarios sino despatarrado en el sillón colocado enfrente del televisor, parece muy interesado viendo un programa titulado: Empeños a lo bestia.
- ¿Se puede saber qué te pasa? – pregunta la mujer -. Llevas varios días que apenas sales de casa cuando antes no parabas un segundo. ¿Te has peleado con tus amigos? ¿Ya no jugáis al dominó? – No es la primera vez que la mujer le llama la atención sobre su radical cambio de comportamiento.
- No me pasa nada y tampoco he reñido con nadie. Lo que ocurre es que no me apetece salir.
- Amadeo, no me tomes el pelo que te conozco demasiado. A otros podrás engañar, pero a mí no. Que no te apetezca salir y que prefieras quedarte en casa no me importa. Lo que sí me importa es esa cara de mustio que pones, que parece como si se te hubiera muerto algún pariente cercano. Además, estar todo el día encerrado en casa no es saludable, tienes que airearte.
- Tengo la misma cara de siempre, Asunción, y no necesito airearme, ya lo haré el sábado en el chalet.
- Mira, Amadeo, no pienso discutir contigo, pero a ti te pasa algo y has de contármelo. Soy tu mujer para lo bueno y para lo malo. Lo mejor es que lo hablemos porque si no, ¿cómo voy a ayudarte? ¿Tú crees que estar todo el santo día sin hacer nada más que mirar la tele o hacer solitarios puede ser bueno? Si hasta hace unos días no parabas en casa más que lo imprescindible. Ese cambio tan radical es porque algo te pasa y lo más sensato es que me lo cuentes. Si tienes un problema entre dos será más fácil que lo podamos solucionar.  
   La mujer se pone tan pesada que al marido no le queda otra salida que contarle sus cuitas. Y es lo que hace Ballarín: le cuenta a su esposa un resumen de su participación en las investigaciones sobre el robo del Tesoro Quimbaya que junto a sus tres amigos del dominó han llevado a cabo.
- Marido, todo eso ya me lo habías contado, como igualmente lo bien que os lo estabais pasando jugando a policías de mentirijillas.
- Sí, pero lo que no te he contado han sido los últimos acontecimientos.
   Ballarín relata a su esposa los asesinatos de Obdulio Romero y su cuñado, pasando por alto lo de las mutilaciones. Y también que la policía sospecha que las pesquisas del cuarteto han podido tener algo que ver con dichas muertes. Todo ello apunta a que ellos también podrían estar en el punto de mira de los asesinos. Y eso no es lo único, no solo podrían ir contra ellos sino también contra sus familias. Por eso ha dejado a sus amigos, para no poner en peligro a los suyos. De ahí que ahora no tenga nada que hacer, ni siquiera va a jugar al dominó porque seguramente los amigos estarán cabreados y prefiere no afrontar sus reproches.
- Y Jacinto, que ha sido policía, ¿qué opina de todo eso, también cree que corréis peligro?
- Jacinto opina que los atracadores son gente muy profesional y que llevan a cabo sus acciones como si se tratara de una cuenta de resultados, en términos de ganancias o pérdidas. Por eso cree que no les compensa en absoluto meterse con nosotros y menos con nuestras familias, no ganarían nada.
- Eso parece bastante lógico. Vosotros no sois más que unos jubilados. ¿Qué iban a sacar haciéndoos algo? Otra pregunta: ¿Jacinto, Manolo y Luis también han dejado de investigar lo del robo?
- No, creo que siguen en ello.
- ¿Y tú porque no estás con tus amigos?
   Ballarín explica a su esposa la actitud que adoptó cuando Grandal les dijo que podían correr riesgos, tanto ellos como sus familiares.
- … y les dije que no podía seguir en el grupo sin consultarlo con mi familia, al menos contigo.
- Pero hasta ahora no me has consultado nada – replica la mujer.
- Creí que lo mejor era no decirte nada, y al mismo tiempo apartarme de las investigaciones, así estaríamos a salvo de posibles represalias.
- Y a tus amigos que siguen investigando, ¿les ha pasado algo?
- No que yo sepa.
   En ese momento, la mujer da un giro insospechado a su interrogatorio:
- Vamos a ver, Amadeo, ¿cuántos años hace que eres amigo de Manolo Ponte?
- No sé, pero calculo que unos treinta.
- ¿Y de Luis Álvarez?
- Algo menos, pero también una montonera.
- ¿Y te parece bien haber dejado tirados a tus amigos de media vida?
   Es lo que menos esperaba oír Ballarín de labios de su mujer.
- No los he dejado tirados. Ellos optaron por seguir a pesar de los posibles peligros y en cambio yo opté por proteger a mi familia. 
- Amadeo, no te pongas melodramático. ¿Crees que Luis o Manolo no han pensado en los suyos? Supongo que si continúan es porque Jacinto les habrá asegurado que sus familias no corren ningún riesgo ni, posiblemente, ellos tampoco. Y mientras tanto tú estás aquí más aburrido que una ostra.
- Entonces, según tú, ¿qué tendría que hacer? – pregunta, perplejo, Ballarín.
- Hacer las paces con tus amigos – Así de rotunda es la respuesta de la mujer.
- No necesito hacer las paces. No me peleé con ellos.
- Mejor me lo pintas. Tú harás tu santa voluntad, pero ya que me pides mi opinión lo que yo haría sería dejar de aburrirme en casa y volver a juntarme con los amigos con los que tan bien te lo pasabas. Y eso sí, en el mismo momento en que creyeras que corríais alguna clase de peligro lo dejaría inmediatamente. Mientras eso no ocurra, estarás mejor con ellos que mirando la tele o haciendo solitarios.
- Quizá tengas razón. Lo que no sé es conque cara me van a recibir.
- ¿De los tres con quien tienes más confianza?
- Con Manolo, claro.
- Entonces, lo que deberías hacer es llamar a Manolo y hablar primero con él. Así te harás una idea de por dónde van los tiros.
   Ballarín sigue el consejo de su mujer y llama a Ponte. Quedan en verse en el Mercado de Moncloa, un bar de tapas que está justo enfrente a una de las salidas de la estación de metro de Moncloa. Se dan un abrazo como si hiciera años que no se hubiesen visto. Ponte le cuenta cuanto lo han echado de menos y que, por descontado, tanto Luis como Jacinto le recibirán con los brazos abiertos. Ninguno le guarda el menor rencor por su marcha.
   Los cuatro quedan en Casa Manolo, al final de Princesa, para celebrar el reencuentro de la mejor manera, comiendo a la carta, hoy nada de menú. Y pagarán a escote. Amadeo les cuenta la verdad, que ha sido su mujer la que le ha impulsado a volver con ellos, que estos pocos días en que ha estado solo se ha aburrido como un muermo y que si no había vuelto antes era porque creía que le iban a echar en cara su fuga. Grandal, a su vez, le cuenta lo que han estado haciendo en la última semana y que la noticia más destacada ha sido la rememoración de Ponte al recordar el acento sudamericano, posiblemente colombiano, del atracador que le amenazó el día del robo. A todo eso y como ya están con los postres, el camarero les ha dicho que la casa les invita a un chupito de lo que prefieran. A la hora de los brindis, Grandal propone brindar por la vuelta del hijo pródigo.
- ¿Qué es eso del hijo pródigo? – pregunta Álvarez que es quien más ha visitado la botella de Ribera del Duero que se han soplado.
- Es que la vuelta de Amadeo – responde Grandal - me ha recordado la parábola del hijo prodigo que, junto con las parábolas de la oveja perdida y de la moneda perdida, conforman una trilogía que recibe la denominación de parábolas de la misericordia. Primero Amadeo se rebela, después se arrepiente y luego encuentra el afecto de sus amigos. Esas tres parábolas también se llaman de la alegría, denominación que cuadra perfectamente con la alegría que reina en esta mesa por la vuelta del hijo pródigo.
- Me dejas de piedra, Jacinto – confiesa Ponte -, ¿y cómo sabes tú tanto de los evangelios?
- Porque fui seminarista.
   La cara de asombro que ponen los tres es todo un poema. Era lo último que podían suponer de la biografía de Grandal, que hubiese sido seminarista.
- O sea, que ibas para cura. ¡Joder, macho, qué pasada, como para mear y no echar gota!

viernes, 22 de julio de 2016

46. Las opiniones son libres, los hechos son sagrados



  En la maquinación que ha urdido Atienza para convencer a Bernal de que necesitan la colaboración del grupo de jubilados para avanzar en la investigación del robo del Tesoro Quimbaya, el francés Blanchard es una pieza importante y el que ha puesto encima de la mesa el hecho de que sus superiores le han comunicado que o se logran avances en las pesquisas o le van a devolver a París. Y que sabe por sus jefes que los mandos de la pareja española también son de idéntica opinión. A la pregunta de Bernal de qué es lo que propone, el galo habla sin pelos en la lengua.
- ¿Que qué propongo? Mira Eusebio, como suelen decir los periodistas: las opiniones son libres, los hechos son sagrados. Acabamos de comprobar que cada uno de los tres tenemos opiniones diferentes sobre si aceptar o no que ese grupo de vieillards colabore de algún modo en la investigación. Todas y cada una de las posturas que hemos planteado son respetables, pero subjetivas. En cambio, hay un hecho que es incontestable y que de subjetivo no tiene nada: el dato que acaban de ofrecernos, de que uno de los atracadores fuera posiblemente un colombiano, dato que vale su peso en oro. Y no lo hemos encontrado nosotros, nos lo han traído los viejales. Par conséquent, seríamos unos verdaderos asnos si por un orgullo mal entendido no aceptáramos esa mano tendida. Dado que no entra en mis planes volver a París con el rabo entre las piernas, voto para que tengamos una nueva reunión con vuestro antiguo colega Grandal y, si fuera necesario, también con los demás Mathusalems.
- Una reunión, ¿para qué? – inquiere Bernal más mohíno que nunca.
- Para fijar las condiciones que les vamos a poner para que sigan investigando el robo. Porque en eso sí que estoy de acuerdo contigo, Eusebio – El galo trata de paliar la derrota de Bernal -, hemos de ser nosotros los que establezcamos las reglas a que deberán atenerse. Nada de barra libre. Colaborarán en la investigación, pero siempre a nuestras órdenes y de forma anónima. Nadie debe saber que tienen conexión con nosotros pues de lo contrario seríamos la rechifla de la policía de media Europa.
   Bernal termina encogiéndose de hombros. Las argumentaciones del francés han podido con él. Y así lo manifiesta:
- ¿Sabéis qué os digo? Haced lo que os salga de las pelotas ya que parecéis tenerlo tan claro, pero para reunirse con ese hatajo de jubilatas no contéis conmigo – y poniéndose la chupa que había dejado en el respaldo de una silla se larga del despacho.
- Gracias, Michel, tu intervención ha sido decisiva – reconoce Atienza.
- A pesar de lo que he dicho para persuadir a Eusebio, no creas que estoy tan convencido – se sincera Blanchard -. Eso de que tengamos que admitir que hasta ahora no hemos encontrado una pista que medio valga la pena no es para hacernos felices precisamente. Y bien, ¿y ahora qué?
- Creo que lo primero será mantener una entrevista con Grandal y con Ponte que, en definitiva, es quien ha sacado a la luz lo del presunto colombiano como uno de los asaltantes.
   La reunión entre Atienza y Blanchard, Bernal ha excusado su asistencia, y los dos miembros de los jubilados, se celebra en un sitio neutral. El inspector de Patrimonio ha creído más oportuno no tenerla en sede policial pues sería dar a los viejos un rango que no tienen, al tiempo que pondría en aviso al resto del Cuerpo sobre la posible intromisión de los jubilados en asuntos que no son de su competencia. A instancias de Atienza, se reúnen en la cafetería del hall del Hotel Meliá Princesa, ámbito que como sitio neutral es harto discutible.
   El inspector galo, a raíz de que Atienza le acusara de ser excesivamente prepotente, trata de mostrarse más simpático y afable y es quien pone la necesaria cordialidad para que la reunión discurra por los cauces del buen entendimiento. Tras darle muchas vueltas al asunto, al final llegan a un acuerdo de principio: los viejos continuarán con sus investigaciones, pero en terrenos previamente acotados. De momento se centrarán en las dos líneas de investigación que ya tenían iniciadas: una es terminar de investigar al resto de empleados del museo y de la empresa encargada de la seguridad que pudieron tener acceso a las cámaras de vigilancia; la otra es tratar de averiguar si la familia gitana que conocen sabe algo de los posibles vendedores del furgón blindado al chatarrero de Humanes. La primera línea, la de los empleados del museo, será la que tendrá prioridad. Cualquier nuevo descubrimiento que hagan lo comunicarán inmediatamente a los coordinadores del caso.
   Grandal y Ponte le cuentan a Álvarez lo acordado en la reunión con Atienza y Blanchard.
- … pues así está el patio. En consecuencia, se impone imprimir un ritmo más acelerado a las investigaciones sobre los empleados del museo y de la compañía de seguridad que faltan por concluir. Uno es tuyo, Luis, y el que le correspondía a Amadeo lo haré yo. A partir de ahora nos dedicaremos full time a esas misiones. En cuanto a la búsqueda de los García Reyes hasta que no vuelvan de Castellón no hay nada que hacer – remacha Grandal.
- Jacinto, ¿me permites una sugerencia? – pregunta Ponte con cierta timidez -. Es sobre los García Reyes. La temporada de recolección de la naranja dura todo el invierno, lo que supone que hasta el veintitantos de marzo no volverán. Es mucho tiempo para esperar. ¿Por qué no nos adelantamos y somos nosotros los que nos desplacemos a La Plana a buscarlos?
- ¿Un viaje a Castellón? No me lo había planteado.
- Piénsalo. Como Luis tiene tarea, podíamos ir nosotros dos. Un viaje corto, de tres o cuatro días.
- Pero no sabemos dónde están exactamente esos fulanos. La provincia de Castellón no es que sea muy grande, pero tiene el suficiente tamaño para convertir en algo complicado lo de buscar a unos calés. Sería tan difícil como encontrar una aguja en un pajar – Resulta claro que a Grandal la sugerencia de Ponte no le parece buena idea.
- No es exactamente como dices. Un primo hermano mío vivió muchos años en Onda, donde estaba de encargado de Hidrola. Le fui a visitar varias veces y algo aprendí de la recolección de la naranja. La mayor parte de la zona naranjera está en la Plana Baja, al sur de Castellón. Debe de haber una veintena de municipios, desde Burriana hasta Almenara. Si alguno de tus amigos en la policía o en la Guardia Civil podría facilitarnos previamente la información de los pueblos en los que estén trabajando familias gitanas, solo tendríamos que visitar un puñado de localidades. Algo que podríamos hacer en tres o cuatro días.
- No sé, no sé. Déjame pensarlo – Grandal continúa renuente.
   Cuando la reunión termina, Ponte se hace el remolón con la excusa de que quiere preguntar a Grandal un problema que tiene su yerno. En cuanto quedan solos, Ponte vuelve a la carga con su propuesta del viaje a La Plana, pero añadiendo un nuevo aliciente.
- ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
- ¿Personal? Dispara.
- ¿Cuánto tiempo hace que no invitas a Chelo a salir de Madrid unos días?
   Grandal se queda mirando a su viejo amigo con una media sonrisa en los labios.
- ¿Qué estás sugiriendo? ¿Qué nos llevemos a Chelo a Castellón para que nos ayude a buscar a tus amigos gitanos?
- Llevarnos a Chelo sí, pero no para que busque a nadie sino para que tenga unos días de descanso. Y aunque no creo que pueda bañarse, lo que sí podrá hacer es tomar el sol. Allí, incluso en invierno, las temperaturas son muy suaves y casi seguro que el sol está garantizado. Nosotros podríamos dedicar las mañanas a buscar a los García Reyes, mientras Chelo se broncea. Por las tardes podrías enseñarle los encantos de la zona, que tampoco son tantos, mientras yo continuaría con la búsqueda.
- ¿Tú sabes el trabajo que tiene Chelo por estas fechas con la milonga de las elecciones? Si fuera el mes de agosto todavía, pero invitarla a ir a la playa en pleno invierno no creo que sea la mejor de las ideas.
- ¿Por qué no haces la prueba? Tú díselo, las mujeres son imprevisibles y a lo mejor te llevas una sorpresa. Si le planteas el viaje no pierdes nada, si acepta nos servirá para intentar encontrar a los gitanos, si dice que no te apuntas el tanto de que la has invitado a que descanse unos días y quedas como un señor.
- Manolo, estás hecho un alcahuete.
   Ante la sorpresa de Grandal, Chelo hasta se emociona cuando le cuenta lo del viaje a la provincia levantina.
- Es la mejor propuesta que me han hecho en mucho tiempo. Chatín, eres un cielo.

martes, 19 de julio de 2016

45. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor



   Atienza ha preguntado a Grandal porque no ha querido que su compañero Bernal estuviera presente en la reunión que están manteniendo, reunión en la que el excomisario le ha contado el nuevo dato que ha recordado Ponte, para terminar exigiéndole que no le cuente milongas, que diga la verdad.   
- Te voy a hablar sin tapujos, Juan Carlos – se sincera Grandal -. En la anterior y lamentable ocasión que hablé con vosotros, Bernal estuvo francamente desagradable y hasta faltón, no solamente conmigo sino también con mis amigos. Y no tenía porque. Por otra parte, fue quien más hincapié hizo en recordarme que podía caerme la del pulpo si seguía interfiriendo en vuestras investigaciones. Lo de que hayamos interferido no se ajusta en absoluto a la verdad, pero recordarás que repitió mucho ese término. Y fue también Bernal quien dejó caer que la jueza de instrucción podría imputarnos no sé cuántos cargos. De tu compañero saqué la impresión de que es un buen policía, pero también hombre de reacciones primarias, de los que primero actúan y luego piensan. Por todo ello, y teniendo en cuenta lo que acabo de contarte, temo que podría aprovechar esta ocasión para buscar en el Reglamento del Cuerpo algún artículo con el que abrirme expediente pese a mi condición de jubilado. Tampoco descarto que pinchara a la jueza de instrucción para imputarnos Dios sabe qué cargos. Por lo que a mí respecta esas posibles vendettas me la traen al fresco, pero que puedan empurar a los vejetes es algo que no puedo consentir. ¿Te parecen suficientes razones para no querer que Bernal estuviera presente?
- Y todo eso que piensas que puede hacer Bernal, ¿no lo puedo llevar a cabo también yo? – pregunta Atienza que sigue todavía muy reticente.
- Poder, podrías, pero no creo que lo hicieras jamás – afirma tajantemente Grandal.
- ¿En qué te basas para estar tan seguro?
- En que  eres demasiado inteligente y en que si he aprendido algo durante casi cuarenta años de tener que desentrañar lo que la gente guarda en sus tripas es conocer la verdadera calaña de las personas. Y tú me podrás joder de mil maneras, pero eres de los que cualquier acción que hagas antes de ejecutarla la pasarás por el filtro de la razón. Por tanto, no vas a hacer nada que suponga indisponerse con los mejores, y prácticamente únicos, aliados que tenéis en estos momentos, yo y mis amigos.
   Atienza no contesta de momento, mira a Grandal como intentando calibrar los auténticos motivos del excomisario y el grado de veracidad de sus palabras, hasta que finalmente le pregunta:
- Y exactamente, ¿qué es lo que quieres de mí?
- Uno, que cuando le cuentes a Bernal lo que acaba de recordar Ponte, de que uno de los atracadores fuera posiblemente colombiano, hagas cuanto esté en tu mano para que no se suba a la parra y que desista de meternos un puro utilizando el Reglamento o el Código Penal. Dos, que trates de meterle en su dura mollera que no se oponga a que continuemos investigando, siempre de forma discreta y, por supuesto, comunicándoos inmediatamente cualquier nueva pista, indicio o dato que descubramos.
- Quizá lo primero podría conseguirlo, eso sí con mucha paciencia y dosis ingentes de mano izquierda – admite Atienza -, pero sobre tu segunda petición ya te anticipo que Eusebio jamás la consentirá. Ha hecho del Caso Inca algo personal y no está dispuesto a que nadie más se entrometa. Solo te diré que está a matar con Blanchard, el inspector francés que colabora con nosotros, porque le considera una especie de rémora que solo sirve para entorpecer nuestras investigaciones. ¡Cómo para que vaya a admitir más invitados a la fiesta!
- Por lo que sé de él, Bernal será tozudo y de reacciones primarias, pero no es tonto ni mucho menos. Al menos, eso es lo que se cuenta de tu compañero en el ambiente de la Judicial. Sé que no hace ninguna falta que te dé argumentos para convencerle, pero permíteme que haga solo dos apuntes. Uno, que hasta el momento vuestros logros en la investigación han sido, por decirlo de forma suave, más bien precarios. Dos, que todo cuanto descubramos nosotros seréis vosotros quienes os apuntaréis el tanto. Y sabes mejor que yo que en la Dirección General y hasta en el propio Ministerio están más que descontentos con vuestra actuación. Necesitáis urgentemente apuntaros algún tanto para que no os quiten el caso de las manos y ahora llegamos nosotros y os ofrecemos uno. Y no descarto que sea el último, puede haber más.
   Los argumentos de Grandal parece que han hecho diana. El silencio de Atienza da a entender que está analizando y sopesando lo que acaba de oír. Pasan unos minutos sin que ninguno de ambos interlocutores diga nada. El silencio lo rompe el inspector de Patrimonio.
- Bueno, veré lo que se puede hacer, pero no te prometo nada.
   Atienza ha ideado un plan para lograr que Bernal ceda en su postura de que el Caso Inca es un asunto que compete exclusivamente a ellos. Para el buen fin de su proyecto necesita un aliado y solo hay uno posible: Blanchard. En la conversación que mantiene con el francés le cuenta cuanto le ha referido Grandal, lo que éste le ha pedido y el escollo que significa la irreductible posición de su compañero de equipo.
- No me extraña nada que Eusebio se oponga a cualquier tipo de ayuda. Si hasta mí me pone trabas. Es el clásico españolito del mantenella y no enmendalla – ironiza Blanchard, sacando a relucir su excelente dominio del español.
- Eusebio no es tan cerrado como crees. Y sí, es cierto que en ocasiones te ha puesto la zancadilla, como también lo es que a veces, y perdona que te lo diga, te pones un poco faltón con nosotros.
- De faltón nada, eh – rechaza Blanchard molesto por la acusación.
- Michel, sabes que me caes bien y que te considero un colega de lo más competente, pero este no es momento de andarse con paños calientes. En más de una ocasión, en las que tú y Eusebio os habéis trabado de cuernos, me han dado ganas de gritarle a Bernal que no fuera tan susceptible y a ti recordarte que se cazan más moscas con miel que con hiel. A veces, y te ruego que no te lo tomes a mal, muestras un cierto aire de superioridad que puede provocar la irritación de alguien con la piel tan fina como Eusebio. Dicho esto, te ruego que para el buen fin de nuestra investigación, y en ese nuestra entras tú por derecho propio, te avengas a echarme una mano para convencer a Eusebio.
   El francés, tras volver a insistir que no está en su ánimo menospreciar a sus colegas hispanos, se aviene a formar parte de la pequeña maquinación urdida por el inspector de Patrimonio con el fin de convencer al colega de la Judicial. Tal y como Atienza había previsto, Bernal pone el grito en el cielo cuando se entera de la última “hazaña” de Grandal y su panda de jubilados. Y, como también había supuesto Atienza, se opone frontalmente a dar cuartelillo al grupito de carrozas para que sigan investigando.
- ¡Hasta ahí podíamos llegar! – exclama Bernal francamente enojado -. Y todavía me molesta más que seas precisamente tú, Juan Carlos, quien acepte una situación que vulnera el Reglamento y que se cisca en todas las normas y procedimientos policiales. Y no te digo nada como se va a poner la jueza cuando le contemos esta nueva e irresponsable intromisión.
   Blanchard, que hasta el momento ha sido un invitado de piedra en el rifirrafe entre sus colegas españoles, entra en acción.
- Si me permitís meter baza… En esta divergencia de opiniones yo estoy más con tu postura, Eusebio, que con la de Juan Carlos. A mí que unos aficionados pretendan ayudarnos me parece algo de otros siglos, supone retroceder a aquellos tiempos en los que la criminalística, la criminología y todas las técnicas y procedimientos que hoy manejamos para luchar contra el mundo del crimen eran prácticamente desconocidos. Esa pretensión la califico como inadmisible, pero… un personaje de vuestra historia, cuyo nombre no recuerdo, dijo una frase que viene pintiparada para la ocasión: ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. Y mi señor es el Director General de mi servicio, quien me ha hecho saber su descontento por la falta de resultados y ha ido más allá, me ha dado un ultimátum: o avanzamos en la investigación o me hará volver a París. O sea, que me apartarán del caso. Rectifico, lo que dijo exactamente fue que nos apartarán del caso. Al parecer ya lo tiene hablado con vuestros jefes. Por eso, esta discusión en si son galgos o podencos está de más. El problema que tenemos encima no es ese.
   Bernal, que ha escuchado con semblante hosco la perorata del francés, pregunta:
- ¿Entonces, qué propones?