martes, 19 de julio de 2016

45. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor



   Atienza ha preguntado a Grandal porque no ha querido que su compañero Bernal estuviera presente en la reunión que están manteniendo, reunión en la que el excomisario le ha contado el nuevo dato que ha recordado Ponte, para terminar exigiéndole que no le cuente milongas, que diga la verdad.   
- Te voy a hablar sin tapujos, Juan Carlos – se sincera Grandal -. En la anterior y lamentable ocasión que hablé con vosotros, Bernal estuvo francamente desagradable y hasta faltón, no solamente conmigo sino también con mis amigos. Y no tenía porque. Por otra parte, fue quien más hincapié hizo en recordarme que podía caerme la del pulpo si seguía interfiriendo en vuestras investigaciones. Lo de que hayamos interferido no se ajusta en absoluto a la verdad, pero recordarás que repitió mucho ese término. Y fue también Bernal quien dejó caer que la jueza de instrucción podría imputarnos no sé cuántos cargos. De tu compañero saqué la impresión de que es un buen policía, pero también hombre de reacciones primarias, de los que primero actúan y luego piensan. Por todo ello, y teniendo en cuenta lo que acabo de contarte, temo que podría aprovechar esta ocasión para buscar en el Reglamento del Cuerpo algún artículo con el que abrirme expediente pese a mi condición de jubilado. Tampoco descarto que pinchara a la jueza de instrucción para imputarnos Dios sabe qué cargos. Por lo que a mí respecta esas posibles vendettas me la traen al fresco, pero que puedan empurar a los vejetes es algo que no puedo consentir. ¿Te parecen suficientes razones para no querer que Bernal estuviera presente?
- Y todo eso que piensas que puede hacer Bernal, ¿no lo puedo llevar a cabo también yo? – pregunta Atienza que sigue todavía muy reticente.
- Poder, podrías, pero no creo que lo hicieras jamás – afirma tajantemente Grandal.
- ¿En qué te basas para estar tan seguro?
- En que  eres demasiado inteligente y en que si he aprendido algo durante casi cuarenta años de tener que desentrañar lo que la gente guarda en sus tripas es conocer la verdadera calaña de las personas. Y tú me podrás joder de mil maneras, pero eres de los que cualquier acción que hagas antes de ejecutarla la pasarás por el filtro de la razón. Por tanto, no vas a hacer nada que suponga indisponerse con los mejores, y prácticamente únicos, aliados que tenéis en estos momentos, yo y mis amigos.
   Atienza no contesta de momento, mira a Grandal como intentando calibrar los auténticos motivos del excomisario y el grado de veracidad de sus palabras, hasta que finalmente le pregunta:
- Y exactamente, ¿qué es lo que quieres de mí?
- Uno, que cuando le cuentes a Bernal lo que acaba de recordar Ponte, de que uno de los atracadores fuera posiblemente colombiano, hagas cuanto esté en tu mano para que no se suba a la parra y que desista de meternos un puro utilizando el Reglamento o el Código Penal. Dos, que trates de meterle en su dura mollera que no se oponga a que continuemos investigando, siempre de forma discreta y, por supuesto, comunicándoos inmediatamente cualquier nueva pista, indicio o dato que descubramos.
- Quizá lo primero podría conseguirlo, eso sí con mucha paciencia y dosis ingentes de mano izquierda – admite Atienza -, pero sobre tu segunda petición ya te anticipo que Eusebio jamás la consentirá. Ha hecho del Caso Inca algo personal y no está dispuesto a que nadie más se entrometa. Solo te diré que está a matar con Blanchard, el inspector francés que colabora con nosotros, porque le considera una especie de rémora que solo sirve para entorpecer nuestras investigaciones. ¡Cómo para que vaya a admitir más invitados a la fiesta!
- Por lo que sé de él, Bernal será tozudo y de reacciones primarias, pero no es tonto ni mucho menos. Al menos, eso es lo que se cuenta de tu compañero en el ambiente de la Judicial. Sé que no hace ninguna falta que te dé argumentos para convencerle, pero permíteme que haga solo dos apuntes. Uno, que hasta el momento vuestros logros en la investigación han sido, por decirlo de forma suave, más bien precarios. Dos, que todo cuanto descubramos nosotros seréis vosotros quienes os apuntaréis el tanto. Y sabes mejor que yo que en la Dirección General y hasta en el propio Ministerio están más que descontentos con vuestra actuación. Necesitáis urgentemente apuntaros algún tanto para que no os quiten el caso de las manos y ahora llegamos nosotros y os ofrecemos uno. Y no descarto que sea el último, puede haber más.
   Los argumentos de Grandal parece que han hecho diana. El silencio de Atienza da a entender que está analizando y sopesando lo que acaba de oír. Pasan unos minutos sin que ninguno de ambos interlocutores diga nada. El silencio lo rompe el inspector de Patrimonio.
- Bueno, veré lo que se puede hacer, pero no te prometo nada.
   Atienza ha ideado un plan para lograr que Bernal ceda en su postura de que el Caso Inca es un asunto que compete exclusivamente a ellos. Para el buen fin de su proyecto necesita un aliado y solo hay uno posible: Blanchard. En la conversación que mantiene con el francés le cuenta cuanto le ha referido Grandal, lo que éste le ha pedido y el escollo que significa la irreductible posición de su compañero de equipo.
- No me extraña nada que Eusebio se oponga a cualquier tipo de ayuda. Si hasta mí me pone trabas. Es el clásico españolito del mantenella y no enmendalla – ironiza Blanchard, sacando a relucir su excelente dominio del español.
- Eusebio no es tan cerrado como crees. Y sí, es cierto que en ocasiones te ha puesto la zancadilla, como también lo es que a veces, y perdona que te lo diga, te pones un poco faltón con nosotros.
- De faltón nada, eh – rechaza Blanchard molesto por la acusación.
- Michel, sabes que me caes bien y que te considero un colega de lo más competente, pero este no es momento de andarse con paños calientes. En más de una ocasión, en las que tú y Eusebio os habéis trabado de cuernos, me han dado ganas de gritarle a Bernal que no fuera tan susceptible y a ti recordarte que se cazan más moscas con miel que con hiel. A veces, y te ruego que no te lo tomes a mal, muestras un cierto aire de superioridad que puede provocar la irritación de alguien con la piel tan fina como Eusebio. Dicho esto, te ruego que para el buen fin de nuestra investigación, y en ese nuestra entras tú por derecho propio, te avengas a echarme una mano para convencer a Eusebio.
   El francés, tras volver a insistir que no está en su ánimo menospreciar a sus colegas hispanos, se aviene a formar parte de la pequeña maquinación urdida por el inspector de Patrimonio con el fin de convencer al colega de la Judicial. Tal y como Atienza había previsto, Bernal pone el grito en el cielo cuando se entera de la última “hazaña” de Grandal y su panda de jubilados. Y, como también había supuesto Atienza, se opone frontalmente a dar cuartelillo al grupito de carrozas para que sigan investigando.
- ¡Hasta ahí podíamos llegar! – exclama Bernal francamente enojado -. Y todavía me molesta más que seas precisamente tú, Juan Carlos, quien acepte una situación que vulnera el Reglamento y que se cisca en todas las normas y procedimientos policiales. Y no te digo nada como se va a poner la jueza cuando le contemos esta nueva e irresponsable intromisión.
   Blanchard, que hasta el momento ha sido un invitado de piedra en el rifirrafe entre sus colegas españoles, entra en acción.
- Si me permitís meter baza… En esta divergencia de opiniones yo estoy más con tu postura, Eusebio, que con la de Juan Carlos. A mí que unos aficionados pretendan ayudarnos me parece algo de otros siglos, supone retroceder a aquellos tiempos en los que la criminalística, la criminología y todas las técnicas y procedimientos que hoy manejamos para luchar contra el mundo del crimen eran prácticamente desconocidos. Esa pretensión la califico como inadmisible, pero… un personaje de vuestra historia, cuyo nombre no recuerdo, dijo una frase que viene pintiparada para la ocasión: ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. Y mi señor es el Director General de mi servicio, quien me ha hecho saber su descontento por la falta de resultados y ha ido más allá, me ha dado un ultimátum: o avanzamos en la investigación o me hará volver a París. O sea, que me apartarán del caso. Rectifico, lo que dijo exactamente fue que nos apartarán del caso. Al parecer ya lo tiene hablado con vuestros jefes. Por eso, esta discusión en si son galgos o podencos está de más. El problema que tenemos encima no es ese.
   Bernal, que ha escuchado con semblante hosco la perorata del francés, pregunta:
- ¿Entonces, qué propones?

viernes, 15 de julio de 2016

44. No me cuentes milongas, dime la verdad



   Grandal llama al móvil de Atienza cuyo número le ha facilitado el comisario jefe de Moncloa-Aravaca. Cuando se identifica, la sorpresa y la irritación son manifiestos en el tono del inspector de Patrimonio que de modo escasamente amigable pregunta:
- ¿Quién te ha dado mi número?
- Si te cuento quien me lo ha proporcionado perderé un amigo y además faltaré a mi palabra. No te lo voy a decir, pero prometo que si escuchas lo que tengo que contarte me olvidaré de este número y nunca más volveré a llamarte. Palabra de honor.
- Suelta lo que tengas que decir que ando escaso de tiempo – La voz de Atienza corta como una navaja cabritera.
- Lo que he de contarte se refiere al Caso Inca y no es cuestión de hablarlo por teléfono. Tiene que ser personalmente.
- Creo recordar que os dijimos taxativamente que os apartaríais definitivamente del caso.
- Así fue, pero a veces pasan cosas sin que uno haga mucho para que ocurran y algo de eso es lo que ha pasado. E insisto, lo que tengo que contarte es importante – reitera Grandal.
- Bien, te esperamos en la Brigada, digamos que en un par de horas. Así dará tiempo para que venga Eusebio.
- Juan Carlos, no he debido de explicarme bien, lo que he de contarte es solo a ti, por tanto la presencia de Bernal no es necesaria.
- Vamos a ver, comisario – Es una costumbre en el cuerpo seguir manteniendo el tratamiento de los rangos, incluso después de cesar en activo -, a ver si dejamos las cosas claras. Si lo que me vas a contar se refiere al Caso Inca, Bernal tiene todo el derecho del mundo a escucharlo. No puedes pretender que lo deje fuera de la reunión.
- Insisto, Juan Carlos, o te lo cuento a ti o no lo cuento a nadie. Por supuesto, después de oírme sé que tendrás que informar a tu compañero. Ese no es el problema.
- Naturalmente que ese es el problema. Bernal es tan encargado del caso como yo y ¿pretendes contarme no sé qué historia sobre el robo y que él quede al margen? Casi no puedo creerme que eso lo diga alguien que ha sido policía durante un montón de años.
- Todo eso lo sé, Juan Carlos, y también sé que cuando repitas a Bernal lo que quiero contarte tendrás que tirar de paciencia para aguantar su cabreo por haberle dejado al margen, pero tengo mis motivos para ello que será otra cosa que te explicaré cuando nos reunamos.
   Incluso sin verle, Grandal percibe las dudas de Atienza en aceptar su propuesta, por lo que recurre a algo que suele dar resultado: poner más carnada en el anzuelo.
- Te reitero que la información que tengo es una pista que puede ser muy importante para la solución del caso.
   Atienza no ha podido resistir al reforzamiento del cebo y muerde el anzuelo.
- Me repatea lo que voy a hacer, pero… de acuerdo. ¿Dónde nos­ vemos?
- Si no tienes compromiso para el almuerzo, te invito. Ya sabes que comiendo las relaciones fluyen con más cordialidad. ¿Conoces el restaurante Sazadón?, está en la calle Gaztambide,  no recuerdo el número, pero se encuentra en la manzana entre Donoso Cortés y Fernández de los Ríos. Voy a reservar uno de los comedores privados que tienen y así podremos charlar con total libertad y sin que tengamos que preocuparnos por posibles oídos indiscretos. ¿Te viene bien a las dos y media?
   Durante la comida, Atienza se muestra tan frío y distante en persona como cuando hablaba por el móvil. Grandal, tras los primeros escarceos en los que intenta romper el hielo y visto que no lo consigue, opta por no continuar bailándole el agua al inspector de Patrimonio y también adopta un aire grave. Después de hacer la comanda y hasta que les sirven los entrantes apenas si han intercambiado unas frases de mera y distante cortesía. Atienza parece sumido en sus pensamientos, mientras Grandal se pregunta si será verdad lo que cuentan los chismosos del Cuerpo: que el de Patrimonio es de los que pierden aceite. No parece que sea gay, piensa, pero en todo caso tiene un aire un tanto equívoco y, desde luego, parece más un intelectual que un policía. Lo que han cambiado los tiempos. En cuanto retiran los primeros platos y el camarero termina de cambiarles los cubiertos, ambos han pedido pescado, Atienza entra directamente en materia.
- Bueno, a ver esa información tan importante.
   Grandal le cuenta lo sucedido el día anterior sin omitir nada y sin ninguna clase de adornos. Porque habían ido a la ribera del Manzanares: porque continúan interesados por el caso, pese a su veto. Porque habían entrado en la frutería cercana a la calle San Ramón: querían averiguar si alguien más, aparte de ellos, se había interesado por la vida de los dos asesinados. Y, finalmente, lo que había pasado en la tienda: la historia de los adolescentes revoltosos y gritones y el recuerdo de Ponte al oír al dependiente colombiano conminarles a que se callaran. Al terminar su relato, Atienza se toma un tiempo para procesar lo que acaba de contar el excomisario. Pese a su inicial predisposición en contra de cualquier historia que pudiera contarle su jubilado colega ha terminado interesado por el relato.
- ¿Y dice Ponte que está seguro de que el asaltante que le amenazó era colombiano? – pregunta Atienza.
- Él dice que sí. Le ha ocurrido algo parecido a cuando creyó descubrir que uno de los atracadores era una mujer, pero en esta ocasión afirma que está mucho más seguro. Que fuera o no colombiano no lo avala al cien por cien, pero que era sudamericano eso sí. Dice que con total seguridad.
   Atienza se queda callado meditando lo que su viejo colega le está contando. Si ello fuera cierto, y su intuición le dice que tiene visos de serlo, la investigación del robo daría un giro copernicano. Más por hábito que por dar conversación a Grandal verbaliza algunos de los pensamientos que le vienen a la mente.
- El dato que cree recordar el viejo Ponte es importante, muy importante. Si uno de los atracadores era colombiano, o por lo menos de otro país sudamericano de habla española, es un hecho que abre la puerta a un ramillete de nuevas hipótesis. Primera, podría significar que el resto de los asaltantes también lo fuera. Segunda, si la hipótesis anterior fuera cierta y se tratara de una banda colombiana ¿estará formada o financiada por los narcos de ese país? Tercera, podría tratarse de una banda internacional en la que, al menos, uno de sus miembros fuera sudamericano, entonces la pregunta es ¿para qué necesita una banda europea, suponiendo que lo sea, a un sudaca? Cuarta, si damos por sentado que son narcos o, cuanto menos, pagados por ellos, ¿pero no podían tener otros patrocinadores?, por ejemplo: estar financiados por el propio gobierno colombiano o por otros poderes fácticos de ese país. Etcétera, etcétera.
- Juan Carlos – manifiesta Grandal -, reconozco que no tenía muy buena opinión sobre las nuevas hornadas de colegas, pero oyéndote voy a tener que cambiar de parecer. Ese primer esbozo de las hipótesis que pueden deducirse del nuevo dato que ha recordado mi amigo Manolo es de chapó. Hay que tener la chola muy bien amueblada e hilar muy fino para elaborar ese puñado de deducciones casi a bote pronto – Grandal va más allá de halagar la vanidad de Atienza, también quiere conseguir que el inspector de Patrimonio Histórico vea con nuevos ojos su trabajo y el de sus amigos.
- No es necesario que me pases la mano por el lomo, Jacinto – Es la primera vez que Atienza le llama por su nombre, algo va cambiando -. Ya sé que apenas si valoras a las nuevas promociones del Cuerpo. Tú, por lo visto, no lo recuerdas, pero fui alumno tuyo en alguno de los seminarios que dabas en Ávila. Allí todos sabíamos que a los nuevos nos achacabas tener menos visión policial que un vendedor de cupones de la ONCE.
- No lo niego. Esa era mi opinión y hasta hace unos minutos la mantenía, pero escuchándote me temo que tendré que cambiarla. Lo que no deja de alegrarme porque, según dicen los que saben, cambiar de opinión es de sabios.
- Sinceramente, no sé si creerte o pensar que estás intentando quedarte conmigo, pero eso importa poco porque hay algo más que aún no me has contado. ¿Cuál es el motivo para que hayas querido que no estuviera Bernal en esta conversación cuando sabes perfectamente que es mi compañero en lo que atañe al caso? ¿Qué más tienes que decirme que él no pueda oír?Ah, y no me cuentes milongas, dime la verdad.

martes, 12 de julio de 2016

43. La memoria puede ser una caja de sorpresas



   Ponte se va reponiendo del pequeño vahído que le dio en la frutería. Tras dar otro chupito al coñac que le han servido responde a la pregunta que le ha hecho Grandal:
- ¿Qué porque quería saber de donde era el dependiente? No os lo creeréis, pero la memoria, al menos la mía, puede ser una caja de sorpresas. Debe ser cosa de la edad porque cuando era joven eso no me pasaba.
- ¿Qué es lo que no te pasaba antes? – sigue preguntando Grandal.
- Que recordara cosas con tanto retraso. Tiene que ser la edad porque si no es así es que no me lo explico – insiste Ponte -. Igual no me creéis, pero me ha vuelto a ocurrir.
- Manolo, hijo, das más vueltas y revueltas que los meandros de un río. No nos tengas en ascuas. Dinos de una puñetera vez que te ha vuelto a ocurrir – reclama Álvarez.
- Pues cuando el dependiente de la frutería ha reñido a los chavales que estaban gritando y armando jaleo, ¿recordáis qué les ha dicho? ¿No? Yo sí. Les ha dicho: a callar o… y con la mano les ha hecho un gesto de darles una torta.
- Manolo, eres como el oráculo de Delfos, hay que interpretarte para entenderte – ironiza Grandal -. Habla en cristiano y di de una jodida vez que has recordado, pero sin metáforas, ni enigmas, ni rodeos.
- Veréis. Cuando ocurrió el robo del Tesoro Quimbaya, el atracador que se dirigió a mí y me amenazó con la pistola solo me dijo tres palabras: a callar o… e hizo el gesto de dispararme. Pues bien, esas mismas palabras las ha repetido el muchacho de la frutería y las ha dicho con la misma cadencia, entonación y el mismo acento que utilizó el atracador.
- ¿Qué quieres decir, que el dependiente de la frutería es el atracador que te amenazó delante del museo? – pregunta un atónito Álvarez.
- No, no digo eso. El dependiente debe tener poco más de veinte años y el que me amenazó era un tío hecho y derecho, además no se parecen en nada. Lo que intento deciros es que, posiblemente, aquel atracador debía ser colombiano porque habló igualito que el ayudante del frutero, con idéntico tono, con el mismo deje, con similar cadencia.
- A ver, Manolo, que eso que estás diciendo es importante. – Grandal se ha puesto serio porque considera que está ante una pista significativa, si es que Ponte no se está quedando con ellos o es una muestra de averiada senilidad -. Tú has tenido que oír en muchas ocasiones hablar a sudacas y concretamente a colombianos, bien en persona o en alguno de los culebrones sudamericanos que ponen en la tele, ¿y nunca te habías dado cuenta hasta hace un momento de que el asaltante que te amenazó hablaba de forma parecida a ellos? Piénsatelo bien antes de contestarme.
   Da la impresión de que Ponte no necesita pensar nada puesto que su respuesta es inmediata.
- Te lo juro, Jacinto, hasta hace unos minutos no había caído en ello, pero ha sido oír las tres palabras que ha dicho el dependiente para que rememorara lo que pasó el día del robo. Recodarás que me ocurrió lo mismo con la atracadora que iba disfrazada de hombre. Cuanto más lo pienso más seguro estoy. El tipo que me amenazó era colombiano o de algún país sudamericano, al menos hablaba como los sudacas. Estoy convencido al cien por cien.
- Si es así, y no pongo en duda que lo sea, estamos ante una pista tremendamente importante y que arroja nueva luz sobre el caso – afirma Grandal.
- Os recuerdo una cosa, habíamos venido a investigar si alguien más, aparte de vosotros, preguntó en la vecindad por la pareja que se han cargado. Y no lo hemos hecho. ¿Lo hacemos o nos quedamos con el nuevo recuerdo del figura? – pregunta Álvarez un tanto molesto por el papel protagonista que otra vez ha tomado Ponte.
- Tienes razón, Luis. Vamos a hacer una cosa, quédate aquí haciendo compañía a Manolo hasta que se reponga del todo, mientras yo vuelvo a acercarme a la frutería y a los bares más cercanos a preguntar. Será cosa de veinte o treinta minutos.
   Ni en la frutería ni en los bares recuerdan que alguien anduviera preguntando sobre los dos vecinos asesinados, por lo que Grandal vuelve presto junto a sus compañeros.
- Nadie recuerda nada. Manolo, ¿te has recuperado?, ¿sí? Entonces vámonos que aquí ya no pintamos nada.
- Os invito a unas birras. Tenemos que hablar.                                   
   Hasta que no han terminado la primera caña, Grandal no toma la palabra:
- Lo he estado pensando y tenemos un problema. Los Sacapuntas nos exigieron que no investigáramos más, pero los cuatro estuvimos de acuerdo en que esa prohibición nos la pasábamos por el forro. Ahora estamos ante un dilema: si les contamos lo que Manolo acaba de recordar y porque ha sucedido supondrá revelarles que no hemos hecho caso de su veto, con lo que su cabreo o algo más lo tenemos asegurado. Si no lo hacemos significará que estamos ocultando datos que pueden ayudar a esclarecer un delito con lo que estaremos conculcando la ley. Mi opinión sobre lo que hay que hacer la tengo clara, pero antes de manifestarla quiero oír la vuestra.
- Si el hecho de no contar lo de Manolo supone ir contra la ley y eso significa cometer una ilegalidad opino que debemos cantar la gallina – se posiciona Álvarez.
- Estoy de acuerdo con Luis – dice Ponte -. Además, cuando los Sacapuntas me interrogaron para que les contara en que me basaba para decir que posiblemente uno de los atracadores era una mujer les prometí que cualquier otro dato que recordara se lo comunicaría inmediatamente. Por consiguiente, yo estoy doblemente obligado a contarlo.
- De acuerdo. Opináis lo mismo que yo. Por tanto, ahora mismo llamo a Bermúdez y le pido que nos facilite una cita con los inspectores del caso.  
   Grandal llama al comisario jefe de Moncloa-Aravaca y le cuenta lo que Ponte ha recordado y como ha ocurrido.
- … y es posible, solo posible, que uno de los atracadores fuera un colombiano.
- Pues éramos pocos y parió la abuela – es lo primero que se le ocurre soltar a Bermúdez -. Solo faltaba en este teatrillo que los colombianos anduvieran por medio. Si eso es así el asunto se puede complicar en extremo. ¿Y qué es lo que pretendes contándome esto?
- Que nos facilites un encuentro con Bernal y Atienza, pero garantizándonos que no la van a montar porque no hayamos hecho caso de su exigencia de que dejáramos de investigar el caso.
   Bermúdez no quiere saber nada de volver a intermediar entre los jubilados y los inspectores del Caso Inca. Está hasta el gorro de que le utilicen como si fuera una Celestina arreglando enredos de enamorados, cuando bastante tiene con los problemas de un distrito en el que entre otros quebraderos de cabeza están los que supone que en el mismo radique el palacete de La Moncloa, residencia del Jefe de Gobierno. Tras un tira y afloja, Bermúdez se explaya:
- Mira, Jacinto, los Sacapuntas están que trinan contra vosotros. Y tú que has sido del oficio tienes que comprenderles. Les habéis dejado en ridículo y eso es algo que no se perdona fácilmente. Tú y tu panda de carrozones habéis conseguido lo que ellos, con todos los medios y apoyos de que les han dotado, no lograron. No me extrañaría que cuando se enteren de vuestra última hazaña traten de que la jueza de instrucción os impute por obstrucción a la justicia o vete tú a saber. Y que a ti, en concreto, se te abra un expediente.
- Anselmo, ¿tengo que recordarte que estoy jubilado? – pregunta con sorna Grandal.
- Sabes que el Reglamento del Cuerpo es tan prolijo que todo o casi todo es posible.
- Entonces, ¿qué me aconsejas que haga?
- Aunque es algo fuera de norma y que, posiblemente, vulnera todos los protocolos, quizá lo mejor es que hablaras primero, y en privado, con Juan Carlos Atienza, es el más dúctil y comprensivo y te entenderás mejor con él que con Bernal. Te voy a dar su móvil, pero cuento con tu palabra de que esta conversación no ha tenido lugar y que su número lo has conseguido por otros medios. ¿De acuerdo?
- Tienes mi palabra, Anselmo, y gracias una vez más. Haré lo posible para que ésta sea la última vez que te molesto.
- Pues que te vaya bonito, colega, pero te aviso: entras en terreno pantanoso.