viernes, 15 de julio de 2016

44. No me cuentes milongas, dime la verdad



   Grandal llama al móvil de Atienza cuyo número le ha facilitado el comisario jefe de Moncloa-Aravaca. Cuando se identifica, la sorpresa y la irritación son manifiestos en el tono del inspector de Patrimonio que de modo escasamente amigable pregunta:
- ¿Quién te ha dado mi número?
- Si te cuento quien me lo ha proporcionado perderé un amigo y además faltaré a mi palabra. No te lo voy a decir, pero prometo que si escuchas lo que tengo que contarte me olvidaré de este número y nunca más volveré a llamarte. Palabra de honor.
- Suelta lo que tengas que decir que ando escaso de tiempo – La voz de Atienza corta como una navaja cabritera.
- Lo que he de contarte se refiere al Caso Inca y no es cuestión de hablarlo por teléfono. Tiene que ser personalmente.
- Creo recordar que os dijimos taxativamente que os apartaríais definitivamente del caso.
- Así fue, pero a veces pasan cosas sin que uno haga mucho para que ocurran y algo de eso es lo que ha pasado. E insisto, lo que tengo que contarte es importante – reitera Grandal.
- Bien, te esperamos en la Brigada, digamos que en un par de horas. Así dará tiempo para que venga Eusebio.
- Juan Carlos, no he debido de explicarme bien, lo que he de contarte es solo a ti, por tanto la presencia de Bernal no es necesaria.
- Vamos a ver, comisario – Es una costumbre en el cuerpo seguir manteniendo el tratamiento de los rangos, incluso después de cesar en activo -, a ver si dejamos las cosas claras. Si lo que me vas a contar se refiere al Caso Inca, Bernal tiene todo el derecho del mundo a escucharlo. No puedes pretender que lo deje fuera de la reunión.
- Insisto, Juan Carlos, o te lo cuento a ti o no lo cuento a nadie. Por supuesto, después de oírme sé que tendrás que informar a tu compañero. Ese no es el problema.
- Naturalmente que ese es el problema. Bernal es tan encargado del caso como yo y ¿pretendes contarme no sé qué historia sobre el robo y que él quede al margen? Casi no puedo creerme que eso lo diga alguien que ha sido policía durante un montón de años.
- Todo eso lo sé, Juan Carlos, y también sé que cuando repitas a Bernal lo que quiero contarte tendrás que tirar de paciencia para aguantar su cabreo por haberle dejado al margen, pero tengo mis motivos para ello que será otra cosa que te explicaré cuando nos reunamos.
   Incluso sin verle, Grandal percibe las dudas de Atienza en aceptar su propuesta, por lo que recurre a algo que suele dar resultado: poner más carnada en el anzuelo.
- Te reitero que la información que tengo es una pista que puede ser muy importante para la solución del caso.
   Atienza no ha podido resistir al reforzamiento del cebo y muerde el anzuelo.
- Me repatea lo que voy a hacer, pero… de acuerdo. ¿Dónde nos­ vemos?
- Si no tienes compromiso para el almuerzo, te invito. Ya sabes que comiendo las relaciones fluyen con más cordialidad. ¿Conoces el restaurante Sazadón?, está en la calle Gaztambide,  no recuerdo el número, pero se encuentra en la manzana entre Donoso Cortés y Fernández de los Ríos. Voy a reservar uno de los comedores privados que tienen y así podremos charlar con total libertad y sin que tengamos que preocuparnos por posibles oídos indiscretos. ¿Te viene bien a las dos y media?
   Durante la comida, Atienza se muestra tan frío y distante en persona como cuando hablaba por el móvil. Grandal, tras los primeros escarceos en los que intenta romper el hielo y visto que no lo consigue, opta por no continuar bailándole el agua al inspector de Patrimonio y también adopta un aire grave. Después de hacer la comanda y hasta que les sirven los entrantes apenas si han intercambiado unas frases de mera y distante cortesía. Atienza parece sumido en sus pensamientos, mientras Grandal se pregunta si será verdad lo que cuentan los chismosos del Cuerpo: que el de Patrimonio es de los que pierden aceite. No parece que sea gay, piensa, pero en todo caso tiene un aire un tanto equívoco y, desde luego, parece más un intelectual que un policía. Lo que han cambiado los tiempos. En cuanto retiran los primeros platos y el camarero termina de cambiarles los cubiertos, ambos han pedido pescado, Atienza entra directamente en materia.
- Bueno, a ver esa información tan importante.
   Grandal le cuenta lo sucedido el día anterior sin omitir nada y sin ninguna clase de adornos. Porque habían ido a la ribera del Manzanares: porque continúan interesados por el caso, pese a su veto. Porque habían entrado en la frutería cercana a la calle San Ramón: querían averiguar si alguien más, aparte de ellos, se había interesado por la vida de los dos asesinados. Y, finalmente, lo que había pasado en la tienda: la historia de los adolescentes revoltosos y gritones y el recuerdo de Ponte al oír al dependiente colombiano conminarles a que se callaran. Al terminar su relato, Atienza se toma un tiempo para procesar lo que acaba de contar el excomisario. Pese a su inicial predisposición en contra de cualquier historia que pudiera contarle su jubilado colega ha terminado interesado por el relato.
- ¿Y dice Ponte que está seguro de que el asaltante que le amenazó era colombiano? – pregunta Atienza.
- Él dice que sí. Le ha ocurrido algo parecido a cuando creyó descubrir que uno de los atracadores era una mujer, pero en esta ocasión afirma que está mucho más seguro. Que fuera o no colombiano no lo avala al cien por cien, pero que era sudamericano eso sí. Dice que con total seguridad.
   Atienza se queda callado meditando lo que su viejo colega le está contando. Si ello fuera cierto, y su intuición le dice que tiene visos de serlo, la investigación del robo daría un giro copernicano. Más por hábito que por dar conversación a Grandal verbaliza algunos de los pensamientos que le vienen a la mente.
- El dato que cree recordar el viejo Ponte es importante, muy importante. Si uno de los atracadores era colombiano, o por lo menos de otro país sudamericano de habla española, es un hecho que abre la puerta a un ramillete de nuevas hipótesis. Primera, podría significar que el resto de los asaltantes también lo fuera. Segunda, si la hipótesis anterior fuera cierta y se tratara de una banda colombiana ¿estará formada o financiada por los narcos de ese país? Tercera, podría tratarse de una banda internacional en la que, al menos, uno de sus miembros fuera sudamericano, entonces la pregunta es ¿para qué necesita una banda europea, suponiendo que lo sea, a un sudaca? Cuarta, si damos por sentado que son narcos o, cuanto menos, pagados por ellos, ¿pero no podían tener otros patrocinadores?, por ejemplo: estar financiados por el propio gobierno colombiano o por otros poderes fácticos de ese país. Etcétera, etcétera.
- Juan Carlos – manifiesta Grandal -, reconozco que no tenía muy buena opinión sobre las nuevas hornadas de colegas, pero oyéndote voy a tener que cambiar de parecer. Ese primer esbozo de las hipótesis que pueden deducirse del nuevo dato que ha recordado mi amigo Manolo es de chapó. Hay que tener la chola muy bien amueblada e hilar muy fino para elaborar ese puñado de deducciones casi a bote pronto – Grandal va más allá de halagar la vanidad de Atienza, también quiere conseguir que el inspector de Patrimonio Histórico vea con nuevos ojos su trabajo y el de sus amigos.
- No es necesario que me pases la mano por el lomo, Jacinto – Es la primera vez que Atienza le llama por su nombre, algo va cambiando -. Ya sé que apenas si valoras a las nuevas promociones del Cuerpo. Tú, por lo visto, no lo recuerdas, pero fui alumno tuyo en alguno de los seminarios que dabas en Ávila. Allí todos sabíamos que a los nuevos nos achacabas tener menos visión policial que un vendedor de cupones de la ONCE.
- No lo niego. Esa era mi opinión y hasta hace unos minutos la mantenía, pero escuchándote me temo que tendré que cambiarla. Lo que no deja de alegrarme porque, según dicen los que saben, cambiar de opinión es de sabios.
- Sinceramente, no sé si creerte o pensar que estás intentando quedarte conmigo, pero eso importa poco porque hay algo más que aún no me has contado. ¿Cuál es el motivo para que hayas querido que no estuviera Bernal en esta conversación cuando sabes perfectamente que es mi compañero en lo que atañe al caso? ¿Qué más tienes que decirme que él no pueda oír?Ah, y no me cuentes milongas, dime la verdad.

martes, 12 de julio de 2016

43. La memoria puede ser una caja de sorpresas



   Ponte se va reponiendo del pequeño vahído que le dio en la frutería. Tras dar otro chupito al coñac que le han servido responde a la pregunta que le ha hecho Grandal:
- ¿Qué porque quería saber de donde era el dependiente? No os lo creeréis, pero la memoria, al menos la mía, puede ser una caja de sorpresas. Debe ser cosa de la edad porque cuando era joven eso no me pasaba.
- ¿Qué es lo que no te pasaba antes? – sigue preguntando Grandal.
- Que recordara cosas con tanto retraso. Tiene que ser la edad porque si no es así es que no me lo explico – insiste Ponte -. Igual no me creéis, pero me ha vuelto a ocurrir.
- Manolo, hijo, das más vueltas y revueltas que los meandros de un río. No nos tengas en ascuas. Dinos de una puñetera vez que te ha vuelto a ocurrir – reclama Álvarez.
- Pues cuando el dependiente de la frutería ha reñido a los chavales que estaban gritando y armando jaleo, ¿recordáis qué les ha dicho? ¿No? Yo sí. Les ha dicho: a callar o… y con la mano les ha hecho un gesto de darles una torta.
- Manolo, eres como el oráculo de Delfos, hay que interpretarte para entenderte – ironiza Grandal -. Habla en cristiano y di de una jodida vez que has recordado, pero sin metáforas, ni enigmas, ni rodeos.
- Veréis. Cuando ocurrió el robo del Tesoro Quimbaya, el atracador que se dirigió a mí y me amenazó con la pistola solo me dijo tres palabras: a callar o… e hizo el gesto de dispararme. Pues bien, esas mismas palabras las ha repetido el muchacho de la frutería y las ha dicho con la misma cadencia, entonación y el mismo acento que utilizó el atracador.
- ¿Qué quieres decir, que el dependiente de la frutería es el atracador que te amenazó delante del museo? – pregunta un atónito Álvarez.
- No, no digo eso. El dependiente debe tener poco más de veinte años y el que me amenazó era un tío hecho y derecho, además no se parecen en nada. Lo que intento deciros es que, posiblemente, aquel atracador debía ser colombiano porque habló igualito que el ayudante del frutero, con idéntico tono, con el mismo deje, con similar cadencia.
- A ver, Manolo, que eso que estás diciendo es importante. – Grandal se ha puesto serio porque considera que está ante una pista significativa, si es que Ponte no se está quedando con ellos o es una muestra de averiada senilidad -. Tú has tenido que oír en muchas ocasiones hablar a sudacas y concretamente a colombianos, bien en persona o en alguno de los culebrones sudamericanos que ponen en la tele, ¿y nunca te habías dado cuenta hasta hace un momento de que el asaltante que te amenazó hablaba de forma parecida a ellos? Piénsatelo bien antes de contestarme.
   Da la impresión de que Ponte no necesita pensar nada puesto que su respuesta es inmediata.
- Te lo juro, Jacinto, hasta hace unos minutos no había caído en ello, pero ha sido oír las tres palabras que ha dicho el dependiente para que rememorara lo que pasó el día del robo. Recodarás que me ocurrió lo mismo con la atracadora que iba disfrazada de hombre. Cuanto más lo pienso más seguro estoy. El tipo que me amenazó era colombiano o de algún país sudamericano, al menos hablaba como los sudacas. Estoy convencido al cien por cien.
- Si es así, y no pongo en duda que lo sea, estamos ante una pista tremendamente importante y que arroja nueva luz sobre el caso – afirma Grandal.
- Os recuerdo una cosa, habíamos venido a investigar si alguien más, aparte de vosotros, preguntó en la vecindad por la pareja que se han cargado. Y no lo hemos hecho. ¿Lo hacemos o nos quedamos con el nuevo recuerdo del figura? – pregunta Álvarez un tanto molesto por el papel protagonista que otra vez ha tomado Ponte.
- Tienes razón, Luis. Vamos a hacer una cosa, quédate aquí haciendo compañía a Manolo hasta que se reponga del todo, mientras yo vuelvo a acercarme a la frutería y a los bares más cercanos a preguntar. Será cosa de veinte o treinta minutos.
   Ni en la frutería ni en los bares recuerdan que alguien anduviera preguntando sobre los dos vecinos asesinados, por lo que Grandal vuelve presto junto a sus compañeros.
- Nadie recuerda nada. Manolo, ¿te has recuperado?, ¿sí? Entonces vámonos que aquí ya no pintamos nada.
- Os invito a unas birras. Tenemos que hablar.                                   
   Hasta que no han terminado la primera caña, Grandal no toma la palabra:
- Lo he estado pensando y tenemos un problema. Los Sacapuntas nos exigieron que no investigáramos más, pero los cuatro estuvimos de acuerdo en que esa prohibición nos la pasábamos por el forro. Ahora estamos ante un dilema: si les contamos lo que Manolo acaba de recordar y porque ha sucedido supondrá revelarles que no hemos hecho caso de su veto, con lo que su cabreo o algo más lo tenemos asegurado. Si no lo hacemos significará que estamos ocultando datos que pueden ayudar a esclarecer un delito con lo que estaremos conculcando la ley. Mi opinión sobre lo que hay que hacer la tengo clara, pero antes de manifestarla quiero oír la vuestra.
- Si el hecho de no contar lo de Manolo supone ir contra la ley y eso significa cometer una ilegalidad opino que debemos cantar la gallina – se posiciona Álvarez.
- Estoy de acuerdo con Luis – dice Ponte -. Además, cuando los Sacapuntas me interrogaron para que les contara en que me basaba para decir que posiblemente uno de los atracadores era una mujer les prometí que cualquier otro dato que recordara se lo comunicaría inmediatamente. Por consiguiente, yo estoy doblemente obligado a contarlo.
- De acuerdo. Opináis lo mismo que yo. Por tanto, ahora mismo llamo a Bermúdez y le pido que nos facilite una cita con los inspectores del caso.  
   Grandal llama al comisario jefe de Moncloa-Aravaca y le cuenta lo que Ponte ha recordado y como ha ocurrido.
- … y es posible, solo posible, que uno de los atracadores fuera un colombiano.
- Pues éramos pocos y parió la abuela – es lo primero que se le ocurre soltar a Bermúdez -. Solo faltaba en este teatrillo que los colombianos anduvieran por medio. Si eso es así el asunto se puede complicar en extremo. ¿Y qué es lo que pretendes contándome esto?
- Que nos facilites un encuentro con Bernal y Atienza, pero garantizándonos que no la van a montar porque no hayamos hecho caso de su exigencia de que dejáramos de investigar el caso.
   Bermúdez no quiere saber nada de volver a intermediar entre los jubilados y los inspectores del Caso Inca. Está hasta el gorro de que le utilicen como si fuera una Celestina arreglando enredos de enamorados, cuando bastante tiene con los problemas de un distrito en el que entre otros quebraderos de cabeza están los que supone que en el mismo radique el palacete de La Moncloa, residencia del Jefe de Gobierno. Tras un tira y afloja, Bermúdez se explaya:
- Mira, Jacinto, los Sacapuntas están que trinan contra vosotros. Y tú que has sido del oficio tienes que comprenderles. Les habéis dejado en ridículo y eso es algo que no se perdona fácilmente. Tú y tu panda de carrozones habéis conseguido lo que ellos, con todos los medios y apoyos de que les han dotado, no lograron. No me extrañaría que cuando se enteren de vuestra última hazaña traten de que la jueza de instrucción os impute por obstrucción a la justicia o vete tú a saber. Y que a ti, en concreto, se te abra un expediente.
- Anselmo, ¿tengo que recordarte que estoy jubilado? – pregunta con sorna Grandal.
- Sabes que el Reglamento del Cuerpo es tan prolijo que todo o casi todo es posible.
- Entonces, ¿qué me aconsejas que haga?
- Aunque es algo fuera de norma y que, posiblemente, vulnera todos los protocolos, quizá lo mejor es que hablaras primero, y en privado, con Juan Carlos Atienza, es el más dúctil y comprensivo y te entenderás mejor con él que con Bernal. Te voy a dar su móvil, pero cuento con tu palabra de que esta conversación no ha tenido lugar y que su número lo has conseguido por otros medios. ¿De acuerdo?
- Tienes mi palabra, Anselmo, y gracias una vez más. Haré lo posible para que ésta sea la última vez que te molesto.
- Pues que te vaya bonito, colega, pero te aviso: entras en terreno pantanoso.

viernes, 8 de julio de 2016

42. Tres palabras



   Ante la pregunta de Grandal de si están dispuestos a afrontar los riesgos que se puedan presentar si siguen investigando el robo del tesoro, la respuesta ha sido afirmativa. Solo Ballarín no se ha pronunciado. Al ver las caras de sorpresa y hasta de mudo reproche de sus amigos el antiguo ferretero se ve en la ineludible necesidad de justificar su silencio:
- Veréis, si seguir con las investigaciones puede suponer que nuestras vidas o las de nuestros familiares puedan estar en peligro, me lo tengo que pensar. Si fuera solo por mí no habría problema, continuaría, pero no debo ni puedo poner en riesgo a mi mujer, a mis hijos o a mis nietos. La decisión no me corresponde solo a mí, tendría que hablar con ellos.
- Vamos a ver, Amadeo – Grandal se ve en la obligación de delimitar el alcance de los posibles peligros -, en los riesgos a los que me refería no contemplo el supuesto de que vayan a ir por nosotros y menos contra nuestros deudos. Sería una decisión muy arriesgada y con la que no ganarían nada los atracadores y esa clase de malhechores, que están muy profesionalizados, analizan sus operaciones como si fueran una cuenta de resultados, en términos de ganancias y pérdidas. Por tanto, hablar de poner en riesgo a tu mujer, hijos o  nietos es una exageración que no viene a cuento.
- No me jodas, Amadeo – salta Álvarez -. Aquí todos tenemos hijos y nietos. Y algunos, como en mi caso, más que tú. O sea, que esa excusa no vale. Lo que pasa es que hay que tener huevos para seguir adelante y… - Álvarez no termina su frase, en el último momento no ha querido hacer sangre.
- Luis, no comparto tu opinión – le rebate Ponte -. Amadeo tiene todo el derecho del mundo a consultar con los suyos sobre si sigue o no en el grupo. Es su responsabilidad y hasta su deber, como ha señalado. Yo mismo me he planteado si consultarlo con Clarita, pero como sé que me iba a decir que no, prefiero no hacerlo. No me voy a privar de algo que me da tanta vidilla, aunque ello suponga una postura egoísta por mi parte.
- También yo creo que no somos quienes para echar en cara de Amadeo su posicionamiento – afirma Grandal apoyando a Ponte -. Por eso, antes de proseguir las investigaciones, os he preguntado si estabais dispuestos a afrontar los riesgos que puedan sobrevenir, que en ningún caso creo que puedan ser violentos. Dicho eso, también digo que Amadeo tiene todo el derecho del mundo a no arriesgar ni un pelo, como cualquiera de vosotros – y dirigiéndose a Ballarín le dice -. Haz lo que tengas que hacer y no te preocupes por nosotros.
- Amadeo, si sigues nos darás una inmensa alegría, pero si no lo haces continuarás teniendo todo nuestro afecto y nuestra amistad seguirá intacta – afirma Ponte a la par que mira a Álvarez como animándole a que rectifique sus anteriores palabras.
- Suscribo lo dicho por Jacinto y Manolo. Y que conste que nunca he puesto en duda que te sobren redaños para ser el primero de la fila. Y, por descontado, siempre seremos amigos. A estas alturas de la película no estoy dispuesto a cambiar de compañero del dominó, faltaría más – remacha Álvarez.
- Gracias por vuestras palabras, pero me mantengo en lo dicho. Ante el panorama que ha descrito Jacinto no puedo dar mi asentimiento a seguir. Lo tengo que consultar, al menos con mi mujer – reitera Ballarín -. Y ahora, si me disculpáis os voy a dejar, tengo cosas que hacer.
   La salida de Ballarín provoca un molesto silencio en el grupo hasta que Álvarez lo rompe:
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Seguiremos con lo que teníamos planeado, solo que ahora seremos tres. Lo primero que vamos a hacer es volver al barrio de Los Cármenes para averiguar si alguien más que nosotros, sin contar la policía, ha estado preguntando en la vecindad por alguno de los asesinados. Lo de ir al barrio es una decisión un tanto discutible, pero creo que habiendo eliminado a los dos eslabones débiles que vivían allí, a los mafiosos no se les ocurrirá volver por aquellos andurriales.
- ¿Por qué hablas de mafiosos, acaso crees que la mafia está metida en este sarao? – pregunta Álvarez un tanto desconcertado.
- He dicho mafiosos como podría haber dicho atracadores, ladrones o asaltantes, no es más que una forma de hablar – se explica Grandal que añade -. Lo de ir a Los Cármenes es algo que podríamos hacer esta misma tarde. No nos llevará mucho tiempo porque iremos a tiro hecho, nos centraremos en la frutería donde dos vecinas del pobre Romero nos dieron mucha información. Y además entraremos en un par de bares de los alrededores.
- Esta tarde no puedo ir – puntualiza Ponte -. Clarita tiene hora con el ginecólogo y me tengo que quedar con el pequeño.
- Bueno, tampoco pasa nada porque retrasemos esa ronda un día. ¿Os viene bien mañana?
- Por mí no hay problema, pero creo que sería mejor que fuéramos por la tarde. Tantas salidas en días y horas intempestivas para lo que eran mis horarios habituales tienen a mi mujer un poco mosca. Igual piensa que me he echado un ligue. En cambio, si vamos por la tarde tengo la excusa de que voy a la partida de dominó – se justifica Álvarez.
- A mí también me viene mejor por la tarde. Así por la mañana sacaré a pasear a Julito – dice Ponte.
- Pues no se hable más. Si os parece quedamos a las cuatro y media en el desaguace, tomamos un café y en Argüelles cogemos el metro hasta Príncipe Pío para enlazar con el bus que va hasta Los Cármenes – propone Grandal.
   Como habían quedado, los tres componentes que restan del inicial cuarteto de jubilados se dirigen al día siguiente a indagar por los aledaños de la calle San Conrado. Su primera parada es en la frutería a la que Grandal había aludido el día anterior. Nada más entrar el frutero les reconoce y se dirige a ellos pues en ese momento no tiene clientes.
- Vaya, ustedes por aquí. No esperaba volver a verles. Por cierto, ¿se enteraron de la terrible desgracia que le pasó a uno de nuestros vecinos del que estuvimos charlando, a  Obdulio Romero?
- No, ¿qué le pasó? – Grandal, como han acordado previamente, es quien lleva las riendas de la conversación.
- Que lo asesinaron, a él y a un cuñado suyo del que por cierto también estuvimos comentando cosas de su vida. No solo eso – y el frutero baja la voz como si alguien fuera a oírle -, también les cortaron la lengua. En el barrio dicen que esas cosas las hace la mafia. ¿Ustedes qué creen?
- ¡Joder!, que los han pasaportado y además los han mutilado. Eso es muy fuerte. ¿Qué es lo que hicieron esos buenos hombres para que les hayan hecho esa canallada? – pregunta Grandal.
- De cierto no se sabe, al menos la policía no ha dicho nada, pero en el barrio corren rumores de toda clase: que si es un asunto de droga, que si es una guerra entre bandas, hasta hay quien apunta a que como Obdulio trabajaba en el museo ese en el que robaron podría tener algo que ver con ello. Pero de mí para ustedes, yo que conocía a Obdulio y a su cuñado de toda la vida no me creo ni lo de las drogas, ni lo de las bandas, ni lo del robo del museo, para mí que les tomaron el número cambiado y les dieron matarile creyendo que eran otros.
   Han entrado tres adolescentes en la frutería, uno de ellos trae un encargo de compra de su madre. El frutero manda a su joven dependiente, el único que tiene, a que atienda a los chavales, pero estos no hacen más que meter bulla y gritar de tal modo que solo se les oye a ellos, hasta que el retaco ayudante se cansa y les manda que se comporten:
- A callarse o… - y les hace el gesto de darles un cate.
   Es oír esas tres palabras y Ponte se queda lívido, hasta le da un pequeño mareo. El frutero, que no pierde ripio, es el primero que se da cuenta.
- ¿Se encuentra usté bien?, ¿quiere un vaso de agua?, es lo único que puedo ofrecerle.
- ¿Qué te pasa, Manolo, te encuentras mal? – Grandal también se ha dado cuenta del pequeño desfallecimiento de su amigo.
- Tranquilos, debe haber sido una bajada de tensión – se justifica Ponte.
- Pues para las bajadas de tensión no hay mejor remedio que un copazo de coñac. Vamos a ese bar de enfrente, te sientas, te soplas un lingotazo y en unos minutos estás como nuevo – sugiere Álvarez.
   Antes de salir de la tienda, Ponte formula al frutero una pregunta que no parece venir a cuento:
- Dígame, ¿de dónde es su dependiente?
- Es colombiano – y volviendo a bajar la voz para que no le oiga el empleado añade -. Es mucho más barato contratar a un sudaca que a uno del país.
   Sentados en el bar La Competencia tomándose unas copas, Grandal, al que no se le pasa una, pregunta:
- Manolo, ¿por qué querías saber de dónde era el ayudante del frutero?