viernes, 24 de junio de 2016

38. Dos fiambres sin lengua



   Ante la intempestiva llamada de Ballarín pidiéndole que lea la prensa del día, Ponte abre sin dilación el ordenador para buscar la noticia que tan nervioso ha puesto a su amigo.
- También podría haberme dicho qué tengo que buscar - se dice.
   En la portada de El Mundo, las fotografías y los titulares principales se refieren al debate del día anterior entre los líderes de los partidos políticos que se enfrentarán en las próximas elecciones generales. Las siguientes noticias también son de comicios, pero en este caso referidas a Venezuela y en las que la oposición al “chavismo” ha logrado un aplastante triunfo. Desde luego, piensa Ponte, por nada de esto me ha llamado Amadeo. En las siguientes secciones de la portada tampoco encuentra nada que justifique la extemporánea llamada de su amigo. Está a punto de cerrar el periódico y abrir otro cuando en las páginas de sucesos encuentra el posible motivo de la alarma de Ballarín. Un escueto titular informa: Encontrados los cuerpos de dos hombres muertos a balazos. El texto que sigue describe que en un descampado, a medio camino entre Alcorcón y Móstoles, se han encontrado los cadáveres de dos hombres de mediana edad que han sido tiroteados. No dice más. Cuando abre la edición actualizada de ABC, la noticia ya aparece en la segunda portada y la información es algo más extensa. Los fallecidos, tras ser identificados, responden a los nombres de Obdulio Romero y Juan Quesada, vecinos de Madrid. Ambos han sido tiroteados y rematados con un tiro en la cabeza. La policía cree que puede tratarse de un ajuste de cuentas entre bandas, la suposición se basa en el hecho de que ambos cuerpos están mutilados: les han cortado la lengua. A falta de los análisis forenses, aún no se puede determinar si la mutilación fue ante o post mortem.
- ¡Coño! – La más española de las imprecaciones le sale a Ponte del alma -. Ahora me explico el nerviosismo de Amadeo - Le falta tiempo para devolverle la llamada.
- Amadeo, acabo de leer la noticia. ¿Sabes algo más?
- Poco más. He leído todos los periódicos de Madrid. La Razón explica que los cuerpos fueron encontrados por unos chiquillos que jugaban por los alrededores y que la primera impresión de los forenses es que el fallecimiento pudo ocurrir alrededor de las veintiuna horas de ayer. El País añade que las familias de los dos asesinados habían denunciado su desaparición en la tarde-noche del siete. Y nada más. ¿Tú has podido localizar a Jacinto?
- Ni siquiera le he llamado, igual está fuera de Madrid. De todos modos, en cuanto cuelgue trataré de hacerme con él. Mientras tanto, ¿qué crees que podemos hacer? – pregunta Ponte cuyo tono revela que la noticia también le ha puesto nervioso.
- No se me ocurre nada, salvo estar atentos a que aparezcan más informaciones. Tengo puesta la Cope y Telemadrid por si dan más datos. Y no sé tú, pero estas dos muertes me dan muy mala espina y hasta un poco de canguelo, la verdad – confiesa Ballarín.
- ¡Anda que a mí! No me llega la camisa al cuerpo – admite Ponte -. Y pensar que solo el sábado estábamos husmeando en las vidas de esos pobres tipos que en paz descansen. Bueno, te dejo porque hablando entre nosotros no vamos a solucionar nada. Voy a vestirme y antes de que Clarita me llame para que saque a pasear a los nietos saldré a ver si encuentro a Grandal. Es un hecho demasiado grave para esperar a mañana y si no nos ha llamado es porque no debe haberse enterado. Estaremos en contacto.
   Ponte se viste apresuradamente y antes de que aparezca su hija con los críos sale disparado. En el piso de Grandal no contesta nadie al timbre ni tampoco se oyen ruidos en el interior de la vivienda. Está claro que Jacinto no está. Como luce el sol y apenas si hace frío igual se ha llevado a la Chelo de campo, se dice Ponte. Tendré que volver por la tarde. En esas que suena su móvil.
- Papá, ¿se puede saber por dónde andas? – Es su hija Clara -. A tus nietos les gustaría que los llevaras un rato al parque.
- He salido a estirar un poco las piernas. Estoy delante del Ministerio del Aire – Hace años que dejó de ser ministerio, ahora es el Cuartel General del Ejército del Aire, pero para Ponte seguirá siendo lo que fue antes -. Llego en cinco minutos.
   Durante el breve tiempo que le cuesta llegar a casa, Ponte piensa que no le ha contado a su hija ni una palabra de que, junto a sus amigos, anda investigando el robo del que fue testigo. Ha cavilado sobre ello más de una vez y ha llegado a la conclusión de que será mejor que Clarita no sepa nada. Lo mismo se ponía hecha una furia. Llega a casa de su hija, allí están Gaby con una bolsa de plástico llena de cachivaches con los que juega en la arena del parque y Julio aposentado en su carro.
- Antes de volver pienso pasarme por la La Fornata y comprar unos pastelillos de postre.
- No hace falta, papá, voy a hacer la tarta de manzana que preparaba mamá y que tanto te gusta. Por cierto, ¿cuántos años cumpliría hoy?
- Sesenta y seis. Nació en el cuarenta y nueve.
   Clara asiente. Aunque han transcurrido diez años del fallecimiento de su madre todavía le cuesta referirse a ella.
- Procura que Gabriel no se ensucie demasiado, así no tendré que cambiarle.
  Hoy comen juntos, es una fecha familiar señalada. Como aperitivo, Clara ha tenido en cuenta el gusto de todos los miembros de la familia: hay tostas para untarlas con paté y que le chiflan a su marido, unos triángulos de queso semicurado de oveja que le encantan a su hijo mayor y una cazuelita de gambas al ajillo que les gustan a todos. El plato fuerte son unas paletillas de lechal asadas a las que la familia al completo, incluido el pequeñajo Julio al que su madre le da unos bocaditos, les da un buen repaso. Se nota que tienen buen diente. Remata el almuerzo la tarta de manzana que no falta casi nunca en los festejos familiares.
   Después de la comida, Ponte se retira a su casa, se sienta en el cómodo sillón orejero delante del televisor y lo enciende, pone el canal de la National Geographic donde están dando un documental sobre la vida de los pingüinos emperador y en pocos minutos se queda roque. Descubrió hace tiempo que si ponía los telediarios le costaba más tiempo mecerse en los brazos de Morfeo, por eso no pone ningún informativo sino cualquier canal en el que no den noticias. No sabe cuánto ha dormido cuando le despierta el molesto timbre del móvil. Al abrirlo ve que se trata de Álvarez, se había olvidado de él, debe de haberse enterado del notición por otro cauce.
- ¿Cuándo pensabais contármelo? – le espeta Álvarez a las primeras de cambio.
- Perdona, Luis, no te he llamado porque pensaba que ya lo había hecho Amadeo que es quien me ha informado – se justifica Ponte.
- La noticia me ha puesto los pelos como escarpias. ¿Quién ha podido cargarse a esos pobres tipos? – pregunta Álvarez y sin esperar que Ponte le responda añade -. Me produce más repelús el hecho de que les hayan cortado la lengua, ¿por qué será? Y de Jacinto, ¿se sabe algo? – sigue preguntando Álvarez.
- Estuve esta mañana en su casa, pero no había nadie. Igual ha salido fuera de Madrid. Dentro de un rato le voy a llamar para ver si ha vuelto. Como no coja el teléfono me acercaré a su casa y si no hay nadie le dejaré una nota en el buzón.
- ¿Quieres que te acompañe? – se ofrece Álvarez.
- No, gracias, no hace falta. No sé en qué momento iré, lo mismo me acerco paseando a alguno de los nietos.
   Puesto que los teléfonos de Grandal siguen mudos, Ponte se acerca a la calle de Benito Gutiérrez, donde vive el excomisario, y antes de llamar aplica la oreja a la puerta. Dentro del piso se oyen ruidos, hay gente. En vez de pulsar el timbre llama con unos golpes al tiempo que elevando la voz grita:
- Jacinto, soy Manolo. Tengo que contarte algo urgente.
   La puerta se abre y aparece Grandal ataviado con un chándal y unas zapatillas deportivas. Tiene las mejillas algo coloradas, le ha debido dar bien el sol.
- Manolo, anda pasa. ¿Qué es eso tan urgente que me has de contar?
   Ponte, sin decir más, pone encima de la mesa del salón-comedor los cuatro periódicos madrileños de información general en cuya segunda edición ya aparece en portada la noticia sobre el descubrimiento de los dos cadáveres mutilados, noticia que ha recuadrado con un rotulador rojo. Grandal lee rápido los titulares mientras no deja de exclamar:
- Joder, joder, joder…

martes, 21 de junio de 2016

37. Una llamada intempestiva



   Aunque hoy, seis de diciembre, es domingo, los cuatro jubilados metidos a detectives se han reunido en casa de Grandal para recopilar lo descubierto hasta ahora y considerar los siguientes pasos a dar. El excomisario le hace un resumen a Álvarez, el único del cuarteto que no estuvo en los Cármenes, de lo que averiguaron el día anterior en su charla con las clientas de la frutería de la Avenida del Manzanares. Lo que la dicharachera señora Engracia les contó fue que el cuñado de Obdulio Romero, empleado del museo y sospechoso de ser uno de los que manipularon las cámaras el día del robo, se había convertido en los últimos días en una de las comidillas del barrio. ¿Por qué? Pues porque desde hacía un par de semanas llevaba una vida que era un puro contrasentido. Por una parte, el tal Quesada seguía viviendo en la misma casa en la vecina calle de San Ambrosio, seguía teniendo el mismo coche, un Renault Clío de más de diez años, y seguía trabajando como dependiente en una pescadería sita en una galería comercial existente en la confluencia de Cea Bermúdez y Guzmán el Bueno. O sea, que seguía llevando una vida como la de siempre. Pues no, porque desde hacía algo más de varias semanas parecía que le había tocado el eurocupón por como gastaba el dinero a manos llenas. El propio Quesada contaba a quien quisiera oírle que no había sido agraciado con el eurocupón, pero sí había cogido un buen pellizco de la primitiva. Fuera verdad o mentira lo de la lotería, lo cierto era que Quesada se había convertido en pocos días en una especie de nuevo rico que parecía tirar salvas con pólvora del rey. Otro dato curioso era que le había dado por colmar de favores a la parentela, especialmente a su hermana Esther, casada con Obdulio Romero. Lo último que se conocía era que, según contaban en el vecindario, había contratado una sala de lo más elegante y cara para festejar la primera comunión de la segunda hija de su hermana Esther y su cuñado Obdulio y que en la próxima Navidad su familia y la de su hermana iban a pasar las fiestas a Canarias. En resumen, todos los indicios apuntaban a que, probablemente, habían encontrado a uno de los secuaces de los asaltantes del furgón blindado. Porque el cuento de la primitiva sonaba a eso, a cuento.
- Pero el cómplice de los atracadores, de ser alguien tiene que serlo el Obdulio, en cambio ¿por qué el que parece manejar la pasta es su cuñado? – pregunta Álvarez.
- Buena pregunta – admite Grandal -. La respuesta no puede ser otra que ese es un buen modo de camuflar un dinero de procedencia ilegítima. Si fuera Romero quien manejara tanta pasta eso le señalaría directamente y el Dúo Sacapuntas y el gabacho ese que les acompaña ya le hubieran sometido al tercer grado. En cambio, siendo un cuñado el que da aire a los billetes, el hecho puede pasar desapercibido, tanto que mis jóvenes colegas no se han olido la tostada.
- Si nosotros lo hemos descubierto, ¿por qué ellos no? – quiere saber Ballarín que, como Ponte, está exultante por ser uno de los que ha dado con la pista.
- No lo sé. Ya os dije que la actual policía está más preparada que lo estábamos en mis tiempos y, sobre todo, está mucho más tecnificada, pero en cuanto a intuición, a olfato, dejan que desear.
- ¿Y no será porque nosotros, a pesar de ser unos carcamales, nos lo hemos currado más y mejor que ellos? – medio pregunta, medio afirma Ponte.
   Grandal sonríe con indulgencia.
- Pues no diría yo lo contrario. Tanto tú como Amadeo habéis demostrado tener más olfato que un perdiguero.
- Bien, ¿y ahora qué hacemos, cuáles son los siguientes pasos a dar? – Inquiere Álvarez, un poco celoso ante los elogios hacia la pareja Ballarín-Ponte.
- Esa es otra buena pregunta – admite Grandal, que se ha dado cuenta de la envidia de Álvarez -. Y aquí, la respuesta solo puede ser una: hemos de poner en conocimiento de la policía lo que hemos descubierto.
- ¿Y por qué decirlo a la policía? Somos nosotros quienes hemos levantado la liebre y deberíamos ser nosotros los que cobráramos la pieza – argumenta Ballarín echando mano de su vocabulario de antiguo cazador.
- Vamos a ver, Amadeo, piensa. ¿Acaso nosotros podemos interrogar al tal Obdulio o a su cuñado? o ¿podemos pedirle a la jueza que lleva el caso un mandamiento para pinchar el teléfono de esos individuos o para hacer un registro en sus domicilios? Podría plantear muchas más preguntas, pero la única respuesta sería la misma: no. Además, si hacéis memoria recordaréis que una de las condiciones que puse para aceptar unirme a vosotros en esta aventura fue que cuando descubriéramos alguna pista lo pondríamos en conocimiento de la policía. Y otro argumento de peso: ocultar información sobre un delito está penado. O sea, que no nos queda otra.
   El silencio de los tres prueba que la explicación de Grandal les ha convencido.
- Supongo que serás tú quien se lo dirá a la poli, ¿no? – quiere saber Ponte.
- Creo que soy el más indicado. Mañana… - Grandal se acuerda que mañana es lunes y va a tener a Chelo en casa – o pasado, tampoco viene de un día, se lo contaré a Anselmo Bermúdez, el comisario de Moncloa.
- ¿Y por qué no lo haces directamente con los Sacapuntas que son los que llevan el caso? – pregunta Álvarez.
- Porque a los Sacapuntas no les conozco y a Bermúdez sí. Tened en cuenta que lo primero que me preguntarán será como demonios hemos llegado a descubrir esa pista y voy a tener que dar muchas explicaciones para que no nos prohíban tajantemente que dejemos de investigar sobre el caso.
- ¿Pueden hacerlo? – pregunta en tono alarmado Ponte.
- Por supuesto que pueden hacerlo. Por eso voy a hacer un trato bajo mano con Bermúdez. Le voy a ofrecer que se apunte el tanto del descubrimiento, pero con la condición de que hará la vista gorda para que podamos seguir investigando y con la promesa por nuestra parte de que si descubrimos nuevas pistas será él a quien se lo contaremos. Todo eso no puedo pactarlo con los muchachos que llevan el caso, pero sí con un antiguo colega como Bermúdez.
- Bien – admite Ballarín -, ¿y nosotros qué hacemos a partir de mañana?
- Seguir investigando al resto de empleados del museo que pudieron manipular las cámaras de seguridad para descubrir si hay algún otro cómplice de los atracadores.
- ¿Crees que puede haber alguien más? – pregunta Ponte.
- No lo sé, Manolo, pero no hay que descartar esa posibilidad. Por tanto, la siguiente misión es continuar investigando si alguno de los restantes objetivos lleva un tren de vida por encima de sus posibilidades.
- ¿Comenzamos mañana mismo? – reitera un afanoso Ballarín.
- Como queráis – acepta Grandal -, pero puesto que hoy hemos currado, mañana podríamos descansar. Hacer una pequeña pausa nos vendrá bien a todos, recargaremos las pilas y el martes nos ponemos al tajo. Bueno, ahora que lo pienso el martes tampoco que es la fiesta de la Purísima y todo estará cerrado. Seguiremos el miércoles.
   El ocho de diciembre, fiesta de la Purísima Concepción y antiguo Día de la Madre, invento al parecer del Corte Inglés, el timbre del móvil despierta a Ponte. Mira el reloj, las siete cuarenta. ¿Quién diablos llamará a unas horas tan intempestivas? se pregunta. Carraspea antes de contestar, por las mañanas la afonía crónica que sufre es cuando más la nota.
- ¿Sí? – Es su contestación habitual cuando coge el teléfono.
- Manolo – Se trata de Ballarín y por el tono parece muy alterado –, estoy llamando a Jacinto pero no me lo coge. El fijo tiene puesto el contestador automático y el móvil está apagado. ¿Sabes dónde puede estar?
    Como que te lo voy a decir, piensa Ponte que supone que Grandal estará con la Chelo, pero su respuesta es otra:
- ¿Y para eso me llamas a estas horas? Por Dios, Amadeo, que son poco más de las siete y media. Madrugo, pero no tanto.
- ¿Has leído la prensa de esta mañana? – pregunta Ballarín cuya voz sigue sonando crispada.
- ¿Por qué me lo preguntas, qué pasa, se ha declarado la tercera guerra mundial o es que el gobierno ha decidido rebajarnos las pensiones?
- La cosa no está para chacotas. Lee la prensa y luego me llamas. Lo comentaremos.
- ¿Qué hay que comentar?
- Tú lee la prensa, cualquier medio vale, la noticia viene en todos los periódicos. Después me llamas.
- ¿Pero qué tengo que buscar? – quiere saber Ponte. No hay respuesta, Ballarín ya ha colgado.

viernes, 17 de junio de 2016

Capítulo 7. La investigación comienza a dar frutos.- 36. Dos vecindonas y un frutero muy charlatanes



   A Ponte y a Ballarín aún les dura la excitación que les produjo el descubrimiento de una posible pista, la primera que han encontrado, que les lleve a identificar a uno de los cómplices de los autores del robo del Tesoro Quimbaya. El hecho de que un fulano, exactamente un cuñado, vaya a gastarse un dineral en la primera comunión del hijo del empleado del museo a quien están investigando es un dato relevante por lo inusual. ¿De dónde ha podido sacar tanta pasta el cuñado en cuestión cuando no es más que un empleado de tres al cuarto? ¿Y por qué el tal Quesada va a gastarse un pastizal en la comunión de un sobrino? Son muchas las preguntas a plantearse y para encontrar respuestas habrá que profundizar la investigación.
   Cuando Ponte y Ballarín le cuentan a Grandal lo que han descubierto y éste les felicita efusivamente por la habilidad que han mostrado en sus indagaciones, los dos jubilados se ponen orondos como un pavo. Hoy han quedado en que los tres irán a dar un paseo por el barrio de Los Cármenes para averiguar más datos sobre Juan Quesada, el rumboso cuñado del empleado sospechoso. Ballarín vuelve a poner su coche al servicio de la investigación y el trío toma camino del distrito de La Latina. Se nota que es sábado, el tráfico es bastante denso, pues hay muchos madrileños que salen para huir, al menos durante el fin de semana, de la contaminada atmósfera de la ciudad acentuada por una temperatura anormal en diciembre.
- Creo que no ha sido buena idea venir en coche, como hoy juegue el Atleti será una proeza encontrar donde aparcar – apunta Ponte.
- Manolo, debes ser uno de los contados españoles que vive al margen del fútbol – se burla Grandal – y te lo voy a demostrar. Amadeo, ¿juega hoy el Atleti?
   Ballarín, que ha sido testigo en innumerables ocasiones de las tomaduras de pelo que el excomisario suele gastar a Ponte, contesta siguiéndole el juego:
- Sí, el Atleti juega hoy, pero no junto al barrio de Los Cármenes, sino en los mismos Cármenes.
- Y ese juego de palabras, ¿de qué va? ¿Es algo así como lo del cielo está empedrado, quien lo desempedrará…? – pregunta Ponte tomándoselo también con humor.
- La respuesta a la charada de Amadeo es que los colchoneros juegan esta tarde en Los Cármenes, pero no en el barrio sino en el estadio del Granada que también se llama así – contesta Grandal rematando el acertijo.
   Como en el día anterior, aparcan el vehículo en la Vía Carpetana y tras cruzar el Paseo de la Ermita del Santo acceden a la calle San Conrado donde vive el empleado del museo, posible secuaz de los atracadores del furgón. Van paseando como lo que son, tres jubilados que han ido a dar una vuelta por las orillas del Manzanares a estirar las piernas y tomar un poco el sol ya que el día lo pide.
- Eso que tanto repiten del calentamiento global igual es verdad. ¿Vosotros recordáis un invierno como éste? Es que todavía no ha helado ni una sola noche – comenta Ponte.
- Para ser precisos no hemos entrado todavía en invierno, el otoño dura hasta el veintidós de diciembre – aclara Ballarín -. En lo que estoy de acuerdo es en lo del calentamiento, tan debe ser así que mira la muestra: el río está lleno de patos. Ya no migran como hacían antes.
-  En alguna parte he leído que la mayoría de ellos – dice Grandal en alusión a los ánades – forman parte de una población estable y viven en el río todo el año.
   Al pasar delante del bar La Competencia, en la misma esquina de San Conrado con la Avenida del Manzanares, Grandal que es un cafetero impenitente pregunta:
- ¿Nos tomamos el primer cafelito?
- El médico me aconseja que restrinja el número de cafés que tomo al día. Para mí es demasiado pronto, pero si queréis entramos y yo pido cualquier otra cosa – ofrece Ponte.
- Yo estoy como Manolo, con la dosis de cafeína limitada. Propongo que cuando lleguemos a la Cafetería de la Presa número 6, nos sentemos en la terraza que es un sitio muy agradable y tomemos algo allí – propone Ballarín.
- Hombre, mira, una frutería – indica Grandal, señalando la típica frutería-verdulería de barrio, pequeña pero relativamente bien surtida -. Este invierno todavía no he probado las naranjas. ¿Qué os parece si compramos un cucurucho y nos las comemos en esa terraza que has citado antes?
- Mejor unas mandarinas que se pelan más fácilmente – sugiere Ponte.
   Dicho y hecho. Entran en la frutería que, dada la bondad del día, tiene las puertas abiertas de par en par. El frutero está atendiendo a una clienta y hay otra que está esperando.
- Buenos días, damas y caballeros – saluda Grandal que, por lo que parece, se ha levantado de buen humor y dirigiéndose a la mujer entrada en años que aguarda su turno le espeta -. Tengo
el pálpito que usted, mi distinguida señora, es la que da la vez.
- Pues si no soy yo, no sé quién podrá ser porque aquí estamos los que somos – contesta con castizo desparpajo la clienta que añade -. Como se nota que no es usté del barrio.
- ¿Qué pasa, es que la gente de Los Cármenes no es mucho de gastar bromas? – pregunta Grandal con una sonrisa en los labios.
- Aquí hay de todo, como en botica que decimos las castizas – responde la buena señora que no parece ser de las que se arrugan y dirigiéndose al frutero le pide -. Tomás, igual estos señores tienen más prisa que yo, que no tengo ninguna. Atiéndeles en cuanto termines con la Dolores.
- Muchas gracias, señora – replica Grandal -, pero a nosotros nos pasa lo mismo, que no tenemos ninguna prisa. Es de las pocas cosas que los jubilados disponemos en abundancia, de tiempo.
- Pues para ser un jubilado está usté todavía de muy buen ver – mete baza la llamada Dolores.
- Como se entere mi mujer de que cuando me voy de paseo con estos buenos amigos pego la hebra con señoras tan encantadoras como ustedes, esta noche me toca dormir en el sofá del salón – Grandal miente sin cortarse un pelo
- Tendría que haber conocido usted a la señora Engracia y a la señora Dolores cuando eran jóvenes – interviene el frutero -. Eran dos reales hembras, dicho sea con el debido respeto.
- Pero qué sabrás tú cómo éramos, Tomás – replica la Engracia -. Si cuando éramos mozas ni siquiera habías nacido.
- Cierto es, pero mi padre me lo ha contado muchas veces – y el frutero dirigiéndose a Grandal le explica -. En el barrio las llamaban la Casta y la Susana, como las chulapas de La verbena de la Paloma.
- No le haga caso, oiga usté – replica Engracia -. Lo que pasa es que no encontrará usté en todo Madrí un frutero que tenga tanta gramática parda como el Tomás. Su padre, que en gloria esté, era igualico. De casta le viene al galgo.
   La charla se ha vuelto distendida y cordial, da la impresión de ser un grupo de vecinos que se conocen de toda la vida. Grandal, desde el primer cruce de palabras, ha intuido que está en un terreno abonado para sonsacar informaciones sobre el empleado del museo y de su generoso cuñado. Habilidosamente ha ido conduciendo la charla hacia lo que le interesa y terminan hablando de la gente a la que le gusta presumir y alardear de lo que tienen y hasta de lo que no tienen y todo para epatar a vecinos y conocidos.
- Sin ir más lejos, el otro día estuvimos comiendo en el Café del Río y nos contaba el maitre que hay gente capaz de gastarse hasta la hijuela para celebrar una primera comunión.
- En Madrid hay barrios, como el de Salamanca, con gente de mucha pasta que tiene para eso y para mucho más – señala el frutero.
- No hay que irse a lugares de postín, Tomás, sin ir más lejos en nuestro barrio también tenemos vecinos capaces de gastarse en una celebración lo que muchos obreros no ganan en un año – explica la señora Dolores.
- ¿Aquí también hay gente tan loca como para gastarse una fortuna en una comunión o en una boda? – pregunta Grandal, falsamente escandalizado -. No sé si creérmelo.
- Anda, Engracia, tú que tienes más palique cuéntales lo del cuñado del Obdulio.
   ¡Bingo! Exclama mentalmente Grandal, mientras Ponte y Ballarín, que apenas sí han participado en la charleta, acaban de descubrir a cuento de qué venía el empeño de su compañero en perder el tiempo parloteando con las dos vecindonas y el frutero.