viernes, 17 de junio de 2016

Capítulo 7. La investigación comienza a dar frutos.- 36. Dos vecindonas y un frutero muy charlatanes



   A Ponte y a Ballarín aún les dura la excitación que les produjo el descubrimiento de una posible pista, la primera que han encontrado, que les lleve a identificar a uno de los cómplices de los autores del robo del Tesoro Quimbaya. El hecho de que un fulano, exactamente un cuñado, vaya a gastarse un dineral en la primera comunión del hijo del empleado del museo a quien están investigando es un dato relevante por lo inusual. ¿De dónde ha podido sacar tanta pasta el cuñado en cuestión cuando no es más que un empleado de tres al cuarto? ¿Y por qué el tal Quesada va a gastarse un pastizal en la comunión de un sobrino? Son muchas las preguntas a plantearse y para encontrar respuestas habrá que profundizar la investigación.
   Cuando Ponte y Ballarín le cuentan a Grandal lo que han descubierto y éste les felicita efusivamente por la habilidad que han mostrado en sus indagaciones, los dos jubilados se ponen orondos como un pavo. Hoy han quedado en que los tres irán a dar un paseo por el barrio de Los Cármenes para averiguar más datos sobre Juan Quesada, el rumboso cuñado del empleado sospechoso. Ballarín vuelve a poner su coche al servicio de la investigación y el trío toma camino del distrito de La Latina. Se nota que es sábado, el tráfico es bastante denso, pues hay muchos madrileños que salen para huir, al menos durante el fin de semana, de la contaminada atmósfera de la ciudad acentuada por una temperatura anormal en diciembre.
- Creo que no ha sido buena idea venir en coche, como hoy juegue el Atleti será una proeza encontrar donde aparcar – apunta Ponte.
- Manolo, debes ser uno de los contados españoles que vive al margen del fútbol – se burla Grandal – y te lo voy a demostrar. Amadeo, ¿juega hoy el Atleti?
   Ballarín, que ha sido testigo en innumerables ocasiones de las tomaduras de pelo que el excomisario suele gastar a Ponte, contesta siguiéndole el juego:
- Sí, el Atleti juega hoy, pero no junto al barrio de Los Cármenes, sino en los mismos Cármenes.
- Y ese juego de palabras, ¿de qué va? ¿Es algo así como lo del cielo está empedrado, quien lo desempedrará…? – pregunta Ponte tomándoselo también con humor.
- La respuesta a la charada de Amadeo es que los colchoneros juegan esta tarde en Los Cármenes, pero no en el barrio sino en el estadio del Granada que también se llama así – contesta Grandal rematando el acertijo.
   Como en el día anterior, aparcan el vehículo en la Vía Carpetana y tras cruzar el Paseo de la Ermita del Santo acceden a la calle San Conrado donde vive el empleado del museo, posible secuaz de los atracadores del furgón. Van paseando como lo que son, tres jubilados que han ido a dar una vuelta por las orillas del Manzanares a estirar las piernas y tomar un poco el sol ya que el día lo pide.
- Eso que tanto repiten del calentamiento global igual es verdad. ¿Vosotros recordáis un invierno como éste? Es que todavía no ha helado ni una sola noche – comenta Ponte.
- Para ser precisos no hemos entrado todavía en invierno, el otoño dura hasta el veintidós de diciembre – aclara Ballarín -. En lo que estoy de acuerdo es en lo del calentamiento, tan debe ser así que mira la muestra: el río está lleno de patos. Ya no migran como hacían antes.
-  En alguna parte he leído que la mayoría de ellos – dice Grandal en alusión a los ánades – forman parte de una población estable y viven en el río todo el año.
   Al pasar delante del bar La Competencia, en la misma esquina de San Conrado con la Avenida del Manzanares, Grandal que es un cafetero impenitente pregunta:
- ¿Nos tomamos el primer cafelito?
- El médico me aconseja que restrinja el número de cafés que tomo al día. Para mí es demasiado pronto, pero si queréis entramos y yo pido cualquier otra cosa – ofrece Ponte.
- Yo estoy como Manolo, con la dosis de cafeína limitada. Propongo que cuando lleguemos a la Cafetería de la Presa número 6, nos sentemos en la terraza que es un sitio muy agradable y tomemos algo allí – propone Ballarín.
- Hombre, mira, una frutería – indica Grandal, señalando la típica frutería-verdulería de barrio, pequeña pero relativamente bien surtida -. Este invierno todavía no he probado las naranjas. ¿Qué os parece si compramos un cucurucho y nos las comemos en esa terraza que has citado antes?
- Mejor unas mandarinas que se pelan más fácilmente – sugiere Ponte.
   Dicho y hecho. Entran en la frutería que, dada la bondad del día, tiene las puertas abiertas de par en par. El frutero está atendiendo a una clienta y hay otra que está esperando.
- Buenos días, damas y caballeros – saluda Grandal que, por lo que parece, se ha levantado de buen humor y dirigiéndose a la mujer entrada en años que aguarda su turno le espeta -. Tengo
el pálpito que usted, mi distinguida señora, es la que da la vez.
- Pues si no soy yo, no sé quién podrá ser porque aquí estamos los que somos – contesta con castizo desparpajo la clienta que añade -. Como se nota que no es usté del barrio.
- ¿Qué pasa, es que la gente de Los Cármenes no es mucho de gastar bromas? – pregunta Grandal con una sonrisa en los labios.
- Aquí hay de todo, como en botica que decimos las castizas – responde la buena señora que no parece ser de las que se arrugan y dirigiéndose al frutero le pide -. Tomás, igual estos señores tienen más prisa que yo, que no tengo ninguna. Atiéndeles en cuanto termines con la Dolores.
- Muchas gracias, señora – replica Grandal -, pero a nosotros nos pasa lo mismo, que no tenemos ninguna prisa. Es de las pocas cosas que los jubilados disponemos en abundancia, de tiempo.
- Pues para ser un jubilado está usté todavía de muy buen ver – mete baza la llamada Dolores.
- Como se entere mi mujer de que cuando me voy de paseo con estos buenos amigos pego la hebra con señoras tan encantadoras como ustedes, esta noche me toca dormir en el sofá del salón – Grandal miente sin cortarse un pelo
- Tendría que haber conocido usted a la señora Engracia y a la señora Dolores cuando eran jóvenes – interviene el frutero -. Eran dos reales hembras, dicho sea con el debido respeto.
- Pero qué sabrás tú cómo éramos, Tomás – replica la Engracia -. Si cuando éramos mozas ni siquiera habías nacido.
- Cierto es, pero mi padre me lo ha contado muchas veces – y el frutero dirigiéndose a Grandal le explica -. En el barrio las llamaban la Casta y la Susana, como las chulapas de La verbena de la Paloma.
- No le haga caso, oiga usté – replica Engracia -. Lo que pasa es que no encontrará usté en todo Madrí un frutero que tenga tanta gramática parda como el Tomás. Su padre, que en gloria esté, era igualico. De casta le viene al galgo.
   La charla se ha vuelto distendida y cordial, da la impresión de ser un grupo de vecinos que se conocen de toda la vida. Grandal, desde el primer cruce de palabras, ha intuido que está en un terreno abonado para sonsacar informaciones sobre el empleado del museo y de su generoso cuñado. Habilidosamente ha ido conduciendo la charla hacia lo que le interesa y terminan hablando de la gente a la que le gusta presumir y alardear de lo que tienen y hasta de lo que no tienen y todo para epatar a vecinos y conocidos.
- Sin ir más lejos, el otro día estuvimos comiendo en el Café del Río y nos contaba el maitre que hay gente capaz de gastarse hasta la hijuela para celebrar una primera comunión.
- En Madrid hay barrios, como el de Salamanca, con gente de mucha pasta que tiene para eso y para mucho más – señala el frutero.
- No hay que irse a lugares de postín, Tomás, sin ir más lejos en nuestro barrio también tenemos vecinos capaces de gastarse en una celebración lo que muchos obreros no ganan en un año – explica la señora Dolores.
- ¿Aquí también hay gente tan loca como para gastarse una fortuna en una comunión o en una boda? – pregunta Grandal, falsamente escandalizado -. No sé si creérmelo.
- Anda, Engracia, tú que tienes más palique cuéntales lo del cuñado del Obdulio.
   ¡Bingo! Exclama mentalmente Grandal, mientras Ponte y Ballarín, que apenas sí han participado en la charleta, acaban de descubrir a cuento de qué venía el empeño de su compañero en perder el tiempo parloteando con las dos vecindonas y el frutero.

martes, 14 de junio de 2016

35. ¡Eureka, la primera pista!




   La sobremesa en el Café del Río se alarga. Ballarín da la impresión de que está realmente interesado en la posible contratación del establecimiento para la primera comunión de una de sus nietas, por eso continúa dialogando con el maitre sobre fechas, número de invitados, precios de menús y el largo etcétera que acompaña a un evento que en España es tan farragoso como puede serlo una boda. Ponte se ha quedado al margen de la conversación, de la que todavía no sabe si por parte de Amadeo va en serio o es solo para dar cuerda al jefe de sala. El diálogo que está manteniendo su amigo y el empleado le lleva a evocar, inevitablemente, su ya lejana primera comunión en la iglesia de su pueblo vestido de marinerito como mandaban los cánones de la época. De aquella memorable jornada dos hechos anecdóticos se le han quedado grabados a fuego: que la sagrada forma se le quedó pegada al paladar y que para despegarla tuvo que meterse los dedos en la boca;  pasó un mal rato pensando en si aquello sería pecado mortal. El segundo hecho, y que todavía parece escuchar hoy, es a su hermano pequeño, casi cuatro años menor que él, tirándole del pantalón y diciéndole:
- Tete, no rompas el traje que madre dice que va a guardarlo para mí – En aquellos empobrecidos tiempos de la posguerra era habitual que las vestimentas de los hermanos mayores las heredaran los más pequeños y más un traje de gala como el de la comunión.
   Manuel deja de pensar en hechos que casi tienen tres cuartos de siglo cuando oye que el maitre le explica a Ballarín que el único problema puede estar en las fechas porque para mayo, el mes álgido de las comuniones, ya le quedan pocos huecos, otra cosa sería si el evento se celebrara en abril o en junio. De pronto, se da cuenta que llevan toda la mañana indagando sobre el empleado del museo que vive en Los Cármenes y allí no lo han hecho. Como su amigo no parece que vaya a hacerlo decide ser él quien lo haga. Es consciente que están lejos de lo que podría considerarse el ámbito habitual de desenvolvimiento de alguien que vive en la calle San Conrado, pero ¿quién sabe dónde puede saltar la liebre?, como siempre repetía su tío Daniel que tenía fama de ser la mejor escopeta de Sevilla la Nueva.
- Señor Ramiro – Así les ha dicho el jefe de sala que se llama -, escuchándoles he recordado que, al igual que le sucede a mi amigo Amadeo, también uno de mis muchos nietos – No es cierto, solo tiene dos – va a tomar la primera comunión el próximo año y, por lo que usted nos está contando, éste sería un sitio ideal para celebrarlo. El mayor problema podría estar en casar las fechas. Hágame un favor, mientras ustedes terminan con los detalles para la celebración de la comunión de la nieta de Amadeo, ¿podría usted facilitarme la relación de fechas en que ya tiene el local comprometido? – Lo que realmente interesa a Ponte no son las fechas, lo que espera encontrar son los nombres de quienes han alquilado el restorán.
   El maitre duda unos instantes, mientras manosea el cuaderno en el que guarda la relación de encargos en firme.
-  No es política de la casa revelar nuestros encargos, pero tampoco lo hacemos cuestión de alto secreto y ustedes parecen gente de fiar - y dicho eso, le entrega a Ponte el cuaderno en cuestión.
   En la primera ojeada Ponte ve confirmada su suposición, junto a las fechas aparecen los nombres de quienes han hecho el encargo. Va pasando nombres que no le dicen nada, hasta que uno de ellos hace sonar un timbre de alarma en su cerebro, le suena pero no sabe de qué. Está dándole vueltas al nombre hasta que recuerda algo. Lleva consigo una libretita roja con un diminuto lápiz, útiles que le aconsejó Grandal; en ella apunta todos los datos, hechos y detalles que descubre en sus pesquisas detectivescas. Pasa una página, otra, otra… Ahí está, Juan Quesada es el nombre del pálpito. No por él, sino porque Quesada es cuñado de Obdulio Romero, el empleado del museo que vive en la calle San Conrado. ¿Qué importancia puede tener esa conexión? ¿Qué puede deducirse de que el cuñado del empleado sospechoso haya contratado toda la terraza del Café del Río para una primera comunión? El dato en sí no parece ofrecer ninguna pista consistente, pero una atenta lectura de la letra pequeña hace aumentar su interés. Dado el número de plazas encargadas, cercano al centenar, el tal Quesada necesitará disponer de toda la terraza. La celebración se realizará el tercer domingo de mayo, en plena vorágine de comuniones. Lo que no le dice nada es el menú elegido, el G-5, así como otras siglas que aparecen en la hoja.
- Señor Ramiro, perdone, solo un par de preguntas. Una es ¿qué clase de menú es el G-5? y la otra, dicho a bote pronto, ¿cuánto podría costarme alquilar la terraza?
- El menú G-5 es nuestra estrella, el más caro de la carta. En cuanto al coste del alquiler de la terraza eso depende, básicamente, de un conjunto de factores. Los cuatro más importantes son: uno, si se alquila la totalidad de la terraza o solo una parte; dos, el tipo de menú elegido; tres, el número de invitados y cuarto, de que mes se trate. A esos capítulos habría que añadir otros complementarios tales como la clase de decoración, si se quiere música en directo o enlatada, si se va a hacer un reportaje fotográfico, si se contratan animadores infantiles, si los regalos-recuerdos los facilitamos nosotros, etcétera, etcétera.
- Supongamos que pretendo alquilar toda la terraza, que el menú elegido es el G-5, que los invitados son cien y que el mes es mayo – precisa Ponte.
- ¿Y los elementos complementarios? – quiere saber el maitre.
- Los necesitaría todos. La comunión de un nieto solo se da una vez en la vida.
- Habría que hacer números – de pronto, el empleado se ha vuelto cauto.
- Por supuesto, pero dígame una cifra aproximada, ¿tres, cuatro, cinco mil euros?
   El maitre esboza una sonrisa pelín irónica.
 - A vuela pluma le diría que estaríamos hablando de una cifra que podría superar los veinte mil.
- ¿Veinte mil euros? – repite Ballarín, escandalizado, que ha seguido atento las preguntas de su amigo y las explicaciones del empleado.
- Tengan en cuenta – justifica el maitre -que solo el precio del G-5 para un centenar de personas estará rondando los once mil euros. Si a ello le añadimos todo lo demás, el monto final no estaría muy lejos de la cifra que les acabo de dar y hasta es posible que la supere.
- Gracias, señor Ramiro. Por el momento me bastan con esos datos – agradece Ponte.
   ¡Veinte mil eurazos! Es mucha pasta para derrocharla en una primera comunión, salvo que te sobre el dinero, piensa Manuel. No sé a qué se dedica el tal Quesada, se dice Ponte, habrá que investigarlo. Razón tiene Grandal cuando insiste que uno de los rastros que más datos terminan revelando son los que deja el dinero.
   La charla entre Ballarín y el maitre va concluyendo. Tras mucho tira y afloja, parece que ambos interlocutores llegan a un acuerdo, a reserva de la última palabra que será la de los padres de la neófita.
- ¡Cuántos sacrificios se hacen por los nietos! – exclama Ballarín que, al darse cuenta de que su frase es un poco exagerada, la matiza -. Aunque en este caso, solo es un sacrificio monetario y el dinero está para eso, para gastarlo.
-  Y bien cierto es don Amadeo – corea el empleado adulándole.
- ¡Lo que hace uno por los hijos o por los nietos! – Ponte se suma al laudatorio sobre los vínculos familiares.
- Fíjense, lo que para alguna gente supone la familia – comenta el maitre que también quiere poner en valor la importancia del núcleo familiar - Aquí vemos ejemplos de toda clase de familias. Desde las que se llevan fatal a las que ni siquiera se llevan. Aunque, afortunadamente son más las situaciones que podríamos calificar de ejemplares. Hablaba antes don Manuel de lo que se puede llegar a hacer por los hijos o por los nietos, pues bien hay personas que hacen lo imposible por familiares que ni siquiera son de consanguinidad directa. Un ejemplo: el cliente que ha contratado toda la terraza en el tercer domingo de mayo para una comunión no es ni el padre ni el abuelo de la criatura, solo es tío suyo.
- Ese tío tan generoso se llama Juan Quesada, por un casual – Es el tiro no tan a ciegas de Ponte.
   La cara de asombro del maitre vale por toda una respuesta.