martes, 12 de abril de 2016

17. El dominó es un juego muy serio



   Hoy, tres de noviembre, a Ponte le toca abrir El País. Su noticia principal es: Nuevo paso a la secesión ante los titubeos de partidos y Gobierno. Pues Manolo, se dice el viejo, tú estarás hasta el gorro de lo de Cataluña, pero está claro que, al menos, la opinión publicada no lo está. No hay día que no aparezcan un montón de informaciones al respecto. Tendrás que cambiar de opinión sino quieres ser una especie de verso suelto. La foto central muestra un hombre al que no se le distingue el rostro, el pie de foto es: El seminarista que denunció los abusos de una comunidad misionera, el 28 de octubre en Madrid. Si es que eso de que no se puedan casar los curas, piensa Ponte, no puede ser bueno. Aquellos polvos traen estos lodos. Por último, otro titular atrae su atención: El libro de papel no le teme al e-book. En eso estamos de acuerdo, se dice. Es una de las muchas decepciones que ha causado a sus hijos, le regalaron un lector de libros electrónicos y ha sido incapaz de acostumbrarse a manejarlo, no porque no sepa utilizarlo sino porque lo de tocar el papel, sentir su peculiar tacto, poner una señal en la última página leída…, son hábitos de toda una vida y ha sido incapaz de abandonarlos.
   Ese mismo día, por la tarde, se reúne el cuarteto de jubilados para jugar la partida de dominó, como hacen todos los martes. El ritual es el de siempre, lo primero es echar a fichas la constitución de las parejas: los dos que saquen las fichas más altas jugarán contra los que saquen las más bajas. Hoy, el resultado es: Grandal y Álvarez contra Ponte y Ballarín. No se juegan nada, salvo la honrilla y que la pareja perdedora tenga que aguantar las pullas de los vencedores. Cada uno de los jugadores expresa en la forma de jugar personalidad, incluso las facetas más ocultas de su carácter. Grandal es un buen jugador que sabe explotar su intuición y habilidad en percibir los puntos débiles del contrario, como contrapartida se despista a menudo lo que hace que a veces cometa fallos de principiante, cuando eso ocurre se lo llevan los demonios porque es de los que quiere ganar hasta cuándo sueña. Álvarez es mejor jugador todavía, le pierde el que, como suele decir Ponte a sus espaldas, está poco menos que convencido de que el juego lo inventó él, lo que le lleva a estar regañando constantemente a su pareja de turno; el resultado es que ninguno de los demás le elegiría como acompañante. Ponte es un jugador del montón, tiene a su favor que pese a sus años sigue poseyendo una excelente memoria con lo que, cuando presta atención algo que no siempre ocurre, es capaz de recordar las fichas jugadas por los demás; su punto flaco es que le da igual ganar que perder, por ello es frecuente que haya días que presta escasa atención al desarrollo del juego. Ballarín es el más sistemático de los cuatro, juega como si se tratara de una partida de ajedrez lo que le lleva a efectuar jugadas que los demás no acaban de entender; afortunadamente no es de los que se enfadan fácilmente cuando ha de aguantar las chanzas de sus compañeros.
- ¿Quién tiene el seis doble? A ver, Manolo, que hoy estás dormido – se mofa Grandal cuando Ponte pone en la mesa el doble.
- Os recuerdo que seguimos haciéndolo mal, el reglamento de la Federación Española de Dominó dispone que debe salir el jugador que haya cogido la ficha de puntuación más alta y que no es necesario salir con el seis doble – A Ballarín le gusta ponerse en plan ordenancista.
- Y yo te recuerdo que ésta es una partida entre amigachos y que lo que disponga la Federación nos la suda – le replica Grandal.
   El juego está trufado de las consabidas frases tópicas: la salida matarás tengas o no tengas más, repetirás como un gallo hasta que te llegue el fallo…, aunque de vez en cuando Ballarín les recuerda que la federación prohíbe cualquier conversación entre jugadores de una y otra pareja durante el desarrollo o finalización de las manos. Todos los comentarios se efectuarán al finalizar la partida. A lo que indefectiblemente, alguno de los otros se mofa de su reglamentista compañero.
- Os recuerdo otra vez que este juego lo inventó un mudo – insiste Ballarín.
- Yo juego para divertirme y pasar el rato, no para competir. Si no puedo hablar mejor me quedo en casa viendo la tele – se revuelve Grandal.
- Bueno, no empecéis como todas las tardes. Tengamos la fiesta en paz – Álvarez trata que los piques no vayan más allá.
- Paso.
- No pasa, señor Ponte, tiene un dos – dice el mirón de turno.
- Los mirones callan e invitan a tabaco – apunta, sarcástico, Grandal dirigiéndose al jubilado que está de espectador.
   Y así, entre bromas y veras, más las últimas que las primeras pues el dominó es un juego muy serio, va transcurriendo la partida. El único incidente, propio del juego, es que al decir de Álvarez en uno de los juegos Grandal ha hecho una mala jugada.
- No tendrías que haberte doblado, Jacinto. Que obsesión tenéis con quitaros los dobles de encima. Si en su lugar hubieras puesto el cinco tres las fichas se me hubieran caído de las manos – reprocha Álvarez a su compañero.
- Luis, no me calientes los cascos. Si hemos perdido es porque, como siempre, has jugado para ti aunque eras el resto.
- Mira – y Álvarez reconstruye el orden del juego perdido – aquí, si en vez de doblarte hubieras matado ese cinco, les hubiéramos dado pal pelo.
- ¿Y cómo podía matar el cinco si no me quedaba ninguno? ¿Me lo quieres decir, figura? – pregunta con sorna Grandal.
- ¿Cómo que no tenías cincos y ese cinco tres de quien coño es? – pregunta Álvarez.
- Es mío – afirma Ponte, lo que no es cierto, pero darle en el morro a la prima dona de Álvarez es algo que no perdona ninguno.
- A este paso se va a terminar la crisis antes de que acabemos la partida. ¿Quién sale?
   Esa es otra, a pesar de que se la dan todos de inmejorables jugadores, lo cierto es que con frecuencia nadie recuerda a quien le toca salir. Entonces el que lleva la cuenta del tanteo tiene que recurrir a contar el número de juegos realizados, comenzando por el que salió la primera vez que para eso está la inicial de su nombre al principio de la tabla de conteo. Y así hasta que una de ambas parejas logra alcanzar las treinta decenas de puntos.
   Acabadas las partidas, suelen jugar tres, lo habitual es que comenten el desarrollo del juego hasta que el tema no da más de sí. Y antes de separarse, también es usual que hablen de todo un poco: deportes, política, sucesos, el tiempo de los próximos días… Hoy no hay nada verdaderamente reseñable, salvo la cita policial que ha tenido Ponte, acompañado de Grandal. Ambos cuentan sucintamente lo ocurrido que, ante la decepción de Álvarez y Ballarín, no parece aportar nada nuevo a lo que ya conocían.
- Como fuentes informativas sois unos petardos – apostilla Ballarín que, al decir de Ponte, es un periodista frustrado -. Se entera uno más leyendo la prensa que lo que dice saber el único testigo.
- Bueno, a lo mejor es que no lo pueden contar todo – les disculpa Álvarez.
- Que no, hombre, que no. Que tanto Manolo, como yo os hemos contado todo lo que pasó – asegura Grandal -. Él se reafirmó en su creencia de que uno de los atracadores podría tratarse de una mujer. Y no hay más. Bueno – y Grandal esboza una sonrisa -, hay otra cosa, pero es de las de mear y no echar gota como decía el bueno de Pablito Guzmán. ¿Sabéis que me propuso el lumbrera de Manolo? Pues ni más ni menos que por qué no investigábamos el caso de manera particular, como si se tratara de un juego, de una forma de matar el tiempo.
- Eso sería la repera: de jugar al dominó a investigar el robo del siglo, como lo han bautizado los medios. Pues me parece una idea estupenda – opina Ballarín.
- A mí la propuesta de Manolo también me mola, como dirían mis nietos. Sería lo mejor que nos podía pasar: dedicarnos a jugar a detectives – apoya Álvarez.
- ¡Éramos pocos y parió la abuela! – exclama Grandal un tanto irritado -. Decididamente, os habéis vuelto todos chochos.

viernes, 8 de abril de 2016

16. ¿Investigar nosotros?, ¡menuda broma!



   Una vez terminado el interrogatorio de Ponte por parte del trío de inspectores que llevan el Caso Inca, un policía lleva al viejo al despacho del comisario jefe, allí le está esperando Grandal, también está Bermúdez que le saluda y le pregunta por su hija:
- ¿Qué tal señor Ponte? Espero que todo haya ido como la seda. ¿Cómo está su hija Clara? Me pareció una mujer muy animosa y resuelta. Salúdela de mi parte.
   Tras despedirse de Bermúdez y salir de la comisaría, ambos jubilados entran en el Café de Viena, que está en la cercana calle de Luisa Fernanda, para tomarse algo.
- ¿Qué vas a tomar? – pregunta Ponte.
- Un café con leche. Y tú deberías tomarte un copazo de coñac – responde Grandal.
- ¿Tanto se me nota que todavía estoy nervioso? – inquiere con aire un tanto socarrón Ponte.
- Es natural que lo estés. Las comisarías suelen producir ese efecto en la gente que no está habituada a frecuentarlas. En cambio, la chusma y gente de mal vivir entra en ellas como si lo hiciera en su casa. Por tanto, si estás nervioso es porque no perteneces a ese grupo.
- ¿Tu amigo te ha contado algo sobre el caso? Me refiero al comisario jefe – quiere saber Ponte.
- Apenas si hemos hablado sobre ello. En una investigación en marcha la discreción es obligada. Lo que sí hemos hecho es recordar viejos tiempos. Pero más por lo que se ha callado Anselmo que por lo que ha dicho me da en la pituitaria que están más pegados que un sello.
- ¿Pegados?
- Que no tienen ninguna pista que sea medianamente prometedora. Creo que están dando más palos de ciego que otra cosa, a ver si suena la flauta por casualidad. Estas nuevas hornadas de colegas tienen muchos títulos, han hecho una pila de masters y hasta hablan idiomas, pero lo que se dice olfato policial tienen más bien poco.
- Oye, Jacinto, ¿y por qué hay un poli francés?
- ¿Qué han traído un gabacho? Eso no lo sabía.
- Bueno, nadie me ha dicho que sea francés, pero en cuanto ha empezado a preguntarme se lo he notado y eso que habla un español de lo más correcto, juraría que hasta tiene un ligero acento como andaluz, extremeño o de por esos andurriales.
- ¿El franchute te ha interrogado? – se  asombra Grandal.
- Sí, pero solamente me ha hecho una pregunta – y Ponte le cuenta lo que quería saber el policía galo.
- Mira sí están pegados que hasta han tenido que pedir ayuda a los gabachos. Aunque bien mirado es natural. El furgón venía de París donde había estado expuesto el tesoro. Pero ya te digo, con franchutes y todo los Sacapuntas andan más perdidos que un pulpo en un garaje. Y ya ves lo reservado que es el bueno de Anselmo, no me había dicho nada.
- En tus tiempos en activo, ¿lo habríais solucionado antes? – pregunta, curioso, Ponte.
- No lo sé. Ahora tienen muchos más medios y en cierto modo están más preparados, pero de olfato, de intuición andan escasitos. Lo que hacen ahora es ponerse delante de un ordenador y poco menos que esperan que la máquina les solucione los casos.
- No te andes por la tangente que no eres gallego, con Rajoy tenemos suficiente. Lo que te pregunto es si serías capaz de solucionarlo.
- Ya te he dicho que no sé, pero estoy convencido de que a estas alturas sería bastante probable que hubiera conseguido dos informaciones importantes para resolver el caso. Una, habría encontrado el furgón de marras que, por lo que se cuenta entre los colegas, es casi seguro que está oculto en algún lugar de Madrid. Y dos y algo fundamental para esclarecer el robo, habría desenmascarado al compinche que se encargó de silenciar las cámaras de seguridad.
   De pronto a Ponte se le ilumina el rostro como si se le hubiese ocurrido una idea luminosa.
- ¿Y por qué no lo investigas de manera particular? Como si se tratara de un divertimento.
   La carcajada que suelta Grandal al oír la proposición de Ponte es tan estentórea que los parroquianos más cercanos se vuelven a mirarles. El excomisario reprime un tanto su risa para no seguir llamando la atención.
- Manolo, majo, hasta hace un segundo creía que eras el amigo que tenía la azotea mejor amueblada, pero veo que no es así. De pronto te has convertido en un viejo chocho. ¿Sabes lo qué estás diciendo? ¿Crees que esto lo puede solucionar un jubilado por muy policía que haya sido?
- En la tele…
- No me hables de la tele – le corta Grandal -. Todas esas series policíacas que echan en la tele, y a las que tan aficionados sois,  no son más que ficción. Son el producto de la imaginación de unos guionistas que solo han pisado una comisaria cuando han ido a pedir información o ayuda técnica para el rodaje. Un caso de la complejidad de éste no puede resolverlo un aficionado, tienen que hacerlo los profesionales.
- No solo la tele, la literatura, el cine y hasta los comics, como llaman ahora a los tebeos, están llenos de ejemplos de gente corriente y moliente que descubren los casos más enrevesados y misteriosos y que la policía ha sido incapaz de solucionar. Desde Sherlock Holmes hasta nuestros días hay toda una larga lista de personajes de ese tipo que no eran polis profesionales y que triunfaban donde la policía había fracasado – insiste tercamente Ponte.
- Manolo, majo, esas películas o las series que ves en la tele son solo ficción, son historias para entretener al personal. ¿O acaso crees que son historias reales?
- Supongo que lo que cuentan la mayor parte de esas series es de ficción, pero recuerdo que en más de una se dice que la historia está basada en un hecho real – Ponte sigue sin dar su brazo a torcer.
- Aun así. Una cosa es la realidad y otra lo que ponen en la tele – replica Gandal.
- Pues, para que veas. No creas que soy el único que piensa así. Tanto Luis como Amadeo piensan lo mismo que yo.
   El rostro de desconcierto de Grandal evidencia que no termina de creerse lo que le está contando su amigo.
- Vamos a ver, Manolo, que me estoy haciendo un lío. ¿Qué es eso de que nuestros compañeros de partida piensan lo mismo que tú?
   Ponte le cuenta que, desde que ocurrió el robo, los tres amigos han hablado mucho sobre el mismo y en más de una ocasión han fantaseado en ser ellos quienes descubrían la identidad de los autores y hasta que recuperaban el tesoro. Paulatinamente, han ido abandonando los sueños para quedarse con la estricta realidad y han acabado siendo conscientes de que investigar el robo es algo que les queda grande y…
   Grandal interrumpe a su amigo:
- Perdón, ¿pero me estás contando que habláis de ello a mis espaldas?
- Bueno, a tus espaldas, no, pero ya sabes que la mayoría de los días después de terminar la partida solemos quedarnos un rato de charleta y como tú sueles ser el primero que se va… - se justifica Ponte.
- Y en esos conciliábulos es donde habéis decidido dedicaros a la investigación policial, no me digas más – Grandal no puede estar más socarrón.
- Todo ha sucedido por sus pasos contados. Verás, un día mi hijo David, con el que hablo todas las semanas a través de Skype, me aconsejó que debería ver una peli que aseguró que me gustaría. Se llama Arrugas y trata de la amistad, en una residencia de viejos, entre dos hombres de edad avanzada, uno de ellos en las primeras etapas de Alzheimer, y que se hacen polis aficionados. Creo que fue Amadeo el que, cuando les conté la trama de la peli, dijo que ahora teníamos la oportunidad de hacer nosotros lo mismo antes de que las facultades comenzaran a abandonarnos. A Luis le pareció de perlas la propuesta y fue el que sugirió que tendríamos que contar contigo, puesto que además de formar parte de la pandilla eres el único que tiene experiencia policial.
- Manolo, no me sigas contando más. Veo que lo de la senilidad se ha convertido en epidemia. ¿Investigar nosotros?, ¡menuda broma!