martes, 19 de enero de 2016

10.10. Una pelea a cara de perro



   Tras la entrevista con su amigo Germán en la que le pidió que tratase de influir ante el Gobernador Civil para que le nombrase para un cargo en Valencia, José Vicente le cuenta a Lola la conversación que ha mantenido con su amigo y conmilitón, pero con una sustanciosa variante: le dice que el Jefe Provincial le ha ofrecido la posibilidad de ser designado para un prometedor cargo en cuestión de semanas y poco menos que le ha forzado a aceptarlo. En el fondo no es más que una añagaza para probar como responde su mujer ante la posibilidad de tener que irse del pueblo. La reacción de Lola le produce más zozobra si cabe.
- No me habías dicho nada de que quieres que nos volvamos a ir a Valencia.
- ¿Cómo que nos volvamos a ir? ¿Me quieres decir cuándo nos fuimos?
- Me refiero a que ya quisiste que nos marcháramos.
- Eso se ajusta más a la verdad. A ver si consigo explicártelo de forma que me entiendas sin montar un drama. Aquí ya no vamos a conseguir más de lo que tenemos. Lo único que el futuro puede depararnos es más de lo mismo. En la ciudad, en cambio, las posibilidades de mejorar en todos los órdenes van a ser muchas y prometedoras. No estoy dispuesto a seguir siendo el tuerto en un pueblo de ciegos. En la anterior ocasión, en que tuvimos en nuestra mano la posibilidad de mejorar, te hice caso y me quedé, pero ahora estoy decidido a aceptar el ofrecimiento. Si me quieres, si deseas que nuestra hija tenga un futuro mejor, la única salida es irnos. Y ahora parece que se va a presentar la ocasión para ello. Oportunidades así han de cogerse al vuelo.
   Lola vuelve a adoptar la misma postura que cuando lo de la oferta de dirigir la Obra Sindical de Educación y Descanso, hasta utiliza parecidos argumentos que José Vicente rebate uno tras otro. Después de una larga discusión, que ha ido subiendo de tono y agriándose, Lola quema sus naves.
- Mira, José Vicente, podrás pintarlo como quieras, pero no estoy dispuesta a irme del pueblo.
- La mujer debe ir adónde vaya su marido. Es su obligación.
- Aquí nací, aquí he vivido y aquí pienso seguir – es la tajante respuesta de Lola.
- ¿Es tu última palabra?
- Sí.
- ¿Y estás dispuesta a quedarte, no solo sin tu marido, sino también sin tu hija?
- ¡No te irás a llevar a la niña! – salta Lola como una leona.
- Por supuesto que me la llevaré. En la ciudad va a tener futuro, aquí ninguno.
- La niña debe de estar con su madre. Es ley natural.
- Y la esposa debe de estar con su marido. También es ley natural – replica José Vicente.
- ¡No te dejaré que la apartes de mí! – exclama Lola cuya angustia comienza a ser patente.
- No tengo ninguna intención de hacerlo, pero si mi mujer no es capaz o no quiere o no puede, que no sé cual es la causa, seguir a su marido allá donde vaya, la niña si lo hará.
- ¡No serás capaz de hacer una monstruosidad cómo esa!
- Ponme a prueba y verás – responde retadoramente José Vicente.
   Ha sido una pelea breve, pero a cara de perro. A José Vicente le ha servido para reforzar las sospechas de que su mujer no quiere irse del pueblo por motivos que apuntan en una sola dirección: posiblemente tiene un amante y lo más probable es que sea Rafael Blanquer. Aunque no tiene pruebas de la supuesta infidelidad de Lola, la da como cierta. Lo que le lleva a plantearse qué hacer, qué clase de respuesta dar. Pese a que, como siempre, trata de racionalizar el problema, le pueden sus sentimientos y una riada de amargas sensaciones le invade. Una mezcla de rabia, vergüenza, frustración, ira, tristeza y un deseo irrefrenable de venganza. Recuerda una especie de oración que solía repetir su amigo Jerónimo Romero, casado con una mujer muy pizpireta y casquivana y que repite en voz alta:
- Señor, que Lola no me ponga los cuernos, y si me los pone que no me entere, y si me entere que no me duela - No está seguro si su esposa se los ha puesto, pero aún en la duda ya le duelen.
   A Lola la discusión le ha forzado a encarar sin tapujos cuáles son sus verdaderos sentimientos. ¿Por quién se decide?, ¿por Rafael o José Vicente? Sin olvidar el problema añadido, pero capital, de su hija. La amenaza de su marido de llevarse a la niña le ha clavado un puñal en el pecho. Además, es consciente de que si se queda dará la campanada. Nunca le importó demasiado el qué dirán, sin embargo a medida que ha ido cumpliendo años le concede cada vez más importancia. Y luego está Rafa, siempre Rafa. ¿Será verdad que sigue loco por ella o solo ha sido un ardid para volver a tenerla? No está tan segura. Tras sus primeros y turbulentos encuentros le da la impresión de que vuelve a reencontrarse al hombre machista, vicioso y egoísta que, en su día, le empujó a la ruptura. Una lucha sin cuartel se entabla entre su cabeza y su corazón. La mente le dice unas cosas, los sentimientos le dictan otras. Vuelve a centrarse en su hija, en su matrimonio…, en su madre. ¡Pobre mamá, que disgusto se llevaría!, pero su vida es suya y nadie ha de marcarle lo que debe de hacer con ella. No encuentra respuesta a su dilema, solo un llanto amargo e incontenible por lo que pudo ser y no fue.
   Teresita la Rajolera, una de las cotillas más retorcidas del pueblo, se hace la encontradiza con Fina que está esperando a recoger a su niña pequeña a la salida de la escuela.
- ¿Qué tal, Fina? Dirás ¿qué hace ésta aquí? Estoy aguardando a recoger la cría de mi vecina Isabel. Me lo ha pedido y, claro, ¿cómo iba a decirle que no? Más vale tener un buen vecino que un mal pariente. Por cierto, tú, con lo amiga que eres de Lola, debes de saberlo. ¿Qué hay de ese rumor que me ha llegado de que se van a Valencia?
- Si he de serte sincera, no lo sé.
- Pues a mí me lo ha contado una persona – y baja la voz para añadir -, y me ha pedido que no diga su nombre, que dice que lo sabe de buena tinta.
- Ya sabes que la gente habla por hablar.
- Por lo que me han dicho, debe de ser algo más que un rumor. Al parecer, José Vicente ya le ha preguntado a la muchacha que tienen de asistenta si le gustaría vivir en Valencia.
- Si es así, igual no es un bulo, pero, como te digo, no sé nada.
- Te creo. Aunque con lo amigas que habéis sido es raro que Lola no te haya comentado nada.
- Y seguimos siendo muy buenas amigas, pero eso no quiere decir que nos lo contemos todo. Mira, ahí están las crías. Bueno, te dejo que quiero pasarme por casa de mis padres para que mi madre vea la niña que, como está mal de las piernas, hace tiempo que no la ve. Adiós.
   Fina se va con su niña echando pestes por lo bajo de la chismosa. Si se ha creído esa cotilla, piensa, que le voy a referir algo de lo que Lola me ha contado va servida. Pobre Lola, en buen lío se ha metido, ¡qué pena me da! A veces tener un gran amor puede ser peor que una maldición.

domingo, 17 de enero de 2016

*** Nueva novela: ¿qué llevaba el furgón robado?



   El furgón blindado, robado a punta de pistola ante el Museo de América, ¿qué llevaba? Llevaba un tesoro. Un tesoro excepcional, original, único, valiosísimo y real.
   Excepcional porque se aparta de la regla común en lo que concierne a la generalidad de los tesoros.
   Original porque tiene en sí mismo carácter de novedad no solo por su contenido en sí, también porque se ha mantenido íntegro desde su creación hasta nuestros días.
   Único porque lo es. Hay tesoros más bellos, más completos, más valiosos, más artísticos, pero posiblemente sea difícil encontrar uno tan singular como este.
   Valiosísimo puesto que su valor real es incalculable, no solo porque es una colección de piezas hechas de oro sino por su importancia arqueológica, histórica y artística.
   Real porque no estamos hablando de un tesoro ficticio sino auténtico, tan real que cualquier lector puede contemplarlo. Para ello solo tiene que visitar el Museo de América de Madrid, subir hasta la segunda planta y casi al final del recorrido, en una sala solo para él, se encontrará frente al mismo.
   Esta, como la mayoría de las novelas, es una historia imaginaria, pero también tiene retazos de realidad como son las noticias que lee de buena mañana en su ordenador uno de los protagonistas y, en especial, el tesoro al que debe su nombre el relato.
    ¿De qué tesoro estamos hablando? En el post del próximo domingo lo desvelamos.

viernes, 15 de enero de 2016

10.9. ¿Pero es que estoy fichado?



   La batalla por ver quien se hace con las dos vacantes de guardas de campo se ha reducido a una pugna entre el clan de los Arbós y Gimeno. Al final, la pelea no tiene color, se resuelve a favor del jefe local del Movimiento mucho más fácilmente de lo que parecía al principio. Los dos protegidos de Gimeno se convierten en los nuevos guardas rurales.
   Tal y como había sugerido Lola, José Vicente aprovecha la batalla para terminar con el poder del clan. Con la inestimable ayuda del secretario del Ayuntamiento, maniobra en la Cámara Sindical Agraria para deponer a Leoncio Gasulla como presidente de la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos y colocar en su lugar a uno de sus paniaguados. Al ir a rematar a Rodrigo, Lola le previene:
- Creo que no deberías hacerlo.
- ¿Pues no opinabas que era el momento de acabar con los Arbós de una vez por todas? ¿Ahora cambias de parecer?
- No creo que haya una sola persona en el pueblo que cuestione que la pelea la has ganado tú. El clan está acabado. Por eso, que des una muestra de generosidad te va a dar más credibilidad ante los demás. Todos saben que deponer a Rodrigo de la presidencia de la cooperativa sería para ti un juego de niños. Si no lo haces, pudiendo realizarlo, será una demostración de magnanimidad.
- No dudo que sea como dices, pero si continua Rodrigo en San Isidro será tanto como seguir teniendo un grano en el culo.
- Sabes mejor que nadie que eso no es cierto. Mientras seas secretario, el presidente de la cooperativa, sea Rodrigo u otra persona, no será más que un títere en tus manos.
   En esta ocasión, Gimeno no atiende el consejo de su mujer. Últimamente no está por seguirle la corriente. Maniobra en el interior de la cooperativa, lo que le resulta fácil puesto que conoce a todos los cooperativistas y son muchos los que le deben favores. Con el pretexto de que hay que elegir nueva junta directiva se carga a Rodrigo y le sustituye por otro acólito suyo.
   Pese a resultar vencedor en la contienda, ésta deja un sabor agridulce a Gimeno porque al final de la misma se entera de algo que le hiere profundamente. Uno de los nuevos guardas de campo, pasaba por ser un recomendado de la esposa del alcalde. La alcaldesa se batió bizarramente por él desde el primer día del proceso hasta conseguir situarle en la pomada. Lo que no contó a nadie, ni siquiera a su marido, es que quien le sopló el nombre, suplicándole encarecidamente que lo recomendara, fue Lola. Resulta que el teórico protegido de la alcaldesa es primo carnal de Rafael que fue quien pidió a su ex novia que apoyara a su pariente. A José Vicente le inquieta, no tanto porque se trate de un primo de Blanquer, sino porque su mujer haya jugado sucio y le haya ocultado su maniobra. La pesadilla de los celos le envuelve otra vez y está convirtiendo su vida en un verdadero infierno. Solo sigue teniendo sospechas, pero éstas son más que suficientes para alimentar sus achares. Aunque algo más tarde que Fina también se ha dado cuenta de ciertos cambios en el ropero de Lola. ¿Por qué una mujer se preocupa tanto por su lencería? Las posibles respuestas le ponen enfermo. Y luego están los hechos concretos: últimamente Lola parece estar mucho más contenta y alegre, sonríe por las cosas más nimias y canta con frecuencia. Pero lo que califica como un sólido indicio, casi una prueba, es que en la cama ya no se entrega con la misma pasión y ternura que antes, ahora se la ve como distraída, como si su mente no estuviese allí, y en los juegos eróticos anteriores a la consumación su comportamiento se ha vuelto bastante pasivo. Así no puede seguir. Debe de tomar una decisión y cortar por lo sano antes de que la situación llegue a un punto irreversible o acabe volviéndose loco. Sopesa las distintas opciones que tiene y solo ve una factible: tienen que irse del pueblo, mientras sigan allí la posibilidad de que Lola termine en los brazos de otro puede ser cuestión de tiempo. Eso, si no ha ocurrido ya. Y la mera sospecha se convierte en una espantosa e interminable pesadilla.
   Gimeno se pasa por la secretaría de la Jefatura Provincial, tiene algo que pedirle a su amigo Germán a quien no le cuenta sus verdaderos motivos para querer irse del pueblo, le da una versión radicalmente distinta:
- Germán, tengo que sacar a Lola y a la niña del pueblo. La pequeña no tendrá ningún futuro viviendo allí y la madre se ahoga en aquel ambiente. No pueden continuar ni un día más. Yo no tengo ningún problema en seguir en Senillar hasta que me jubile, pero ellas no lo van a soportar. Por eso te pido ayuda. Me ha llegado el rumor de que Alejo Galindo se marcha a Madrid y va a quedar vacante la presidencia del Sindicato de Hostelería, ¿sabes algo?
- Sí, está confirmado. Le han ofrecido un cargo importante en la Delegación Nacional. Me parece que hará carrera.
- ¿Y crees que tengo alguna oportunidad de hacerme con ese puesto?
- ¿Quieres que te sea sincero? Mientras esté el actual Gobernador lo dudo.
- ¿Qué me dices? Yo creía estar bien conceptuado.
- Y lo estás, pero rechazaste la oferta de dirigir la Obra de Educación y Descanso y me da la impresión de que se lo tomó como algo personal. Es muy dudoso que vuelva a hacerte otro ofrecimiento. Ya sabes como funcionan estas cosas.
- O sea, que si quiero un cargo tendré que esperar a que se produzca el relevo en el Gobierno Civil.
- Y aun así, ya veremos. Ten en cuenta que antes de ofrecerte algo echarán un vistazo a tu ficha.
- ¿Pero es que estoy fichado? – La cara de Gimeno es la viva imagen del estupor.
- ¡Coño, pues claro! Parece mentira que seas tan ingenuo. En este país estamos todos fichados, tú, yo y el lucero del alba.
- ¿Y se puede saber qué dice mi ficha, algo en mi contra?
- No. Además de muchos otros datos, recoge los hechos objetivos de la propuesta de Educación y Descanso, que en tal fecha se te ofreció tal cargo y que no lo aceptaste. Nada más.
- ¿Estás seguro de que no pone nada más?
- Como no voy a estarlo si la elaboré yo.
- ¡Joder, Germán! – se lamenta José Vicente -, creía que eras amigo mío.
- Y lo soy, no te contaría estas cosas si no lo fuera, pero tú tienes unas obligaciones y yo otras. La amistad no tiene nada que ver.
- Entonces, ¿crees que no voy a tener ninguna otra oportunidad?
- Eso es difícil saberlo, José Vicente. La vida da muchas vueltas y la política todavía más, pero te voy a dar un consejo por si quieres promocionar: que no se te vuelva a ocurrir rechazar un ofrecimiento por modesto que sea. Ya conoces la política que rige en el partido, todo afiliado debe de estar siempre dispuesto a aceptar los encargos o los puestos que el mando quiera echar sobre sus hombros. Una segunda negativa te eliminaría por completo de las listas de candidatos a cargos. O sea, que aplícate el cuento.
- Gracias por el consejo. De todas maneras, voy a jugar mis bazas y cuando se confirme la vacante espero que apoyes mi candidatura.
- Sabes que puedes contar con mi apoyo. A día de hoy no está dicha la última palabra. Te prometo que trataré de colocarte. Y para que se te suba el ánimo te soplaré que el jefe valora más que nunca mis consejos.
- Te lo agradezco en el alma, Germán. No puedes ni imaginarte lo que estoy pasando.