domingo, 17 de enero de 2016

*** Nueva novela: ¿qué llevaba el furgón robado?



   El furgón blindado, robado a punta de pistola ante el Museo de América, ¿qué llevaba? Llevaba un tesoro. Un tesoro excepcional, original, único, valiosísimo y real.
   Excepcional porque se aparta de la regla común en lo que concierne a la generalidad de los tesoros.
   Original porque tiene en sí mismo carácter de novedad no solo por su contenido en sí, también porque se ha mantenido íntegro desde su creación hasta nuestros días.
   Único porque lo es. Hay tesoros más bellos, más completos, más valiosos, más artísticos, pero posiblemente sea difícil encontrar uno tan singular como este.
   Valiosísimo puesto que su valor real es incalculable, no solo porque es una colección de piezas hechas de oro sino por su importancia arqueológica, histórica y artística.
   Real porque no estamos hablando de un tesoro ficticio sino auténtico, tan real que cualquier lector puede contemplarlo. Para ello solo tiene que visitar el Museo de América de Madrid, subir hasta la segunda planta y casi al final del recorrido, en una sala solo para él, se encontrará frente al mismo.
   Esta, como la mayoría de las novelas, es una historia imaginaria, pero también tiene retazos de realidad como son las noticias que lee de buena mañana en su ordenador uno de los protagonistas y, en especial, el tesoro al que debe su nombre el relato.
    ¿De qué tesoro estamos hablando? En el post del próximo domingo lo desvelamos.

viernes, 15 de enero de 2016

10.9. ¿Pero es que estoy fichado?



   La batalla por ver quien se hace con las dos vacantes de guardas de campo se ha reducido a una pugna entre el clan de los Arbós y Gimeno. Al final, la pelea no tiene color, se resuelve a favor del jefe local del Movimiento mucho más fácilmente de lo que parecía al principio. Los dos protegidos de Gimeno se convierten en los nuevos guardas rurales.
   Tal y como había sugerido Lola, José Vicente aprovecha la batalla para terminar con el poder del clan. Con la inestimable ayuda del secretario del Ayuntamiento, maniobra en la Cámara Sindical Agraria para deponer a Leoncio Gasulla como presidente de la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos y colocar en su lugar a uno de sus paniaguados. Al ir a rematar a Rodrigo, Lola le previene:
- Creo que no deberías hacerlo.
- ¿Pues no opinabas que era el momento de acabar con los Arbós de una vez por todas? ¿Ahora cambias de parecer?
- No creo que haya una sola persona en el pueblo que cuestione que la pelea la has ganado tú. El clan está acabado. Por eso, que des una muestra de generosidad te va a dar más credibilidad ante los demás. Todos saben que deponer a Rodrigo de la presidencia de la cooperativa sería para ti un juego de niños. Si no lo haces, pudiendo realizarlo, será una demostración de magnanimidad.
- No dudo que sea como dices, pero si continua Rodrigo en San Isidro será tanto como seguir teniendo un grano en el culo.
- Sabes mejor que nadie que eso no es cierto. Mientras seas secretario, el presidente de la cooperativa, sea Rodrigo u otra persona, no será más que un títere en tus manos.
   En esta ocasión, Gimeno no atiende el consejo de su mujer. Últimamente no está por seguirle la corriente. Maniobra en el interior de la cooperativa, lo que le resulta fácil puesto que conoce a todos los cooperativistas y son muchos los que le deben favores. Con el pretexto de que hay que elegir nueva junta directiva se carga a Rodrigo y le sustituye por otro acólito suyo.
   Pese a resultar vencedor en la contienda, ésta deja un sabor agridulce a Gimeno porque al final de la misma se entera de algo que le hiere profundamente. Uno de los nuevos guardas de campo, pasaba por ser un recomendado de la esposa del alcalde. La alcaldesa se batió bizarramente por él desde el primer día del proceso hasta conseguir situarle en la pomada. Lo que no contó a nadie, ni siquiera a su marido, es que quien le sopló el nombre, suplicándole encarecidamente que lo recomendara, fue Lola. Resulta que el teórico protegido de la alcaldesa es primo carnal de Rafael que fue quien pidió a su ex novia que apoyara a su pariente. A José Vicente le inquieta, no tanto porque se trate de un primo de Blanquer, sino porque su mujer haya jugado sucio y le haya ocultado su maniobra. La pesadilla de los celos le envuelve otra vez y está convirtiendo su vida en un verdadero infierno. Solo sigue teniendo sospechas, pero éstas son más que suficientes para alimentar sus achares. Aunque algo más tarde que Fina también se ha dado cuenta de ciertos cambios en el ropero de Lola. ¿Por qué una mujer se preocupa tanto por su lencería? Las posibles respuestas le ponen enfermo. Y luego están los hechos concretos: últimamente Lola parece estar mucho más contenta y alegre, sonríe por las cosas más nimias y canta con frecuencia. Pero lo que califica como un sólido indicio, casi una prueba, es que en la cama ya no se entrega con la misma pasión y ternura que antes, ahora se la ve como distraída, como si su mente no estuviese allí, y en los juegos eróticos anteriores a la consumación su comportamiento se ha vuelto bastante pasivo. Así no puede seguir. Debe de tomar una decisión y cortar por lo sano antes de que la situación llegue a un punto irreversible o acabe volviéndose loco. Sopesa las distintas opciones que tiene y solo ve una factible: tienen que irse del pueblo, mientras sigan allí la posibilidad de que Lola termine en los brazos de otro puede ser cuestión de tiempo. Eso, si no ha ocurrido ya. Y la mera sospecha se convierte en una espantosa e interminable pesadilla.
   Gimeno se pasa por la secretaría de la Jefatura Provincial, tiene algo que pedirle a su amigo Germán a quien no le cuenta sus verdaderos motivos para querer irse del pueblo, le da una versión radicalmente distinta:
- Germán, tengo que sacar a Lola y a la niña del pueblo. La pequeña no tendrá ningún futuro viviendo allí y la madre se ahoga en aquel ambiente. No pueden continuar ni un día más. Yo no tengo ningún problema en seguir en Senillar hasta que me jubile, pero ellas no lo van a soportar. Por eso te pido ayuda. Me ha llegado el rumor de que Alejo Galindo se marcha a Madrid y va a quedar vacante la presidencia del Sindicato de Hostelería, ¿sabes algo?
- Sí, está confirmado. Le han ofrecido un cargo importante en la Delegación Nacional. Me parece que hará carrera.
- ¿Y crees que tengo alguna oportunidad de hacerme con ese puesto?
- ¿Quieres que te sea sincero? Mientras esté el actual Gobernador lo dudo.
- ¿Qué me dices? Yo creía estar bien conceptuado.
- Y lo estás, pero rechazaste la oferta de dirigir la Obra de Educación y Descanso y me da la impresión de que se lo tomó como algo personal. Es muy dudoso que vuelva a hacerte otro ofrecimiento. Ya sabes como funcionan estas cosas.
- O sea, que si quiero un cargo tendré que esperar a que se produzca el relevo en el Gobierno Civil.
- Y aun así, ya veremos. Ten en cuenta que antes de ofrecerte algo echarán un vistazo a tu ficha.
- ¿Pero es que estoy fichado? – La cara de Gimeno es la viva imagen del estupor.
- ¡Coño, pues claro! Parece mentira que seas tan ingenuo. En este país estamos todos fichados, tú, yo y el lucero del alba.
- ¿Y se puede saber qué dice mi ficha, algo en mi contra?
- No. Además de muchos otros datos, recoge los hechos objetivos de la propuesta de Educación y Descanso, que en tal fecha se te ofreció tal cargo y que no lo aceptaste. Nada más.
- ¿Estás seguro de que no pone nada más?
- Como no voy a estarlo si la elaboré yo.
- ¡Joder, Germán! – se lamenta José Vicente -, creía que eras amigo mío.
- Y lo soy, no te contaría estas cosas si no lo fuera, pero tú tienes unas obligaciones y yo otras. La amistad no tiene nada que ver.
- Entonces, ¿crees que no voy a tener ninguna otra oportunidad?
- Eso es difícil saberlo, José Vicente. La vida da muchas vueltas y la política todavía más, pero te voy a dar un consejo por si quieres promocionar: que no se te vuelva a ocurrir rechazar un ofrecimiento por modesto que sea. Ya conoces la política que rige en el partido, todo afiliado debe de estar siempre dispuesto a aceptar los encargos o los puestos que el mando quiera echar sobre sus hombros. Una segunda negativa te eliminaría por completo de las listas de candidatos a cargos. O sea, que aplícate el cuento.
- Gracias por el consejo. De todas maneras, voy a jugar mis bazas y cuando se confirme la vacante espero que apoyes mi candidatura.
- Sabes que puedes contar con mi apoyo. A día de hoy no está dicha la última palabra. Te prometo que trataré de colocarte. Y para que se te suba el ánimo te soplaré que el jefe valora más que nunca mis consejos.
- Te lo agradezco en el alma, Germán. No puedes ni imaginarte lo que estoy pasando.

martes, 12 de enero de 2016

10.8. Poner tierra por medio



   La conversación entre el farmacéutico y el médico termina con la recomendación del primero de que el galeno debería ser lo más discreto posible en lo tocante a sus aventuras amorosas. No hay más comentarios, ni Sanchís añade una sola palabra ni Lapuerta pregunta, no es necesario, ambos saben a qué atenerse. A Manuel, la charla con su amigo Pepe le lleva a replantearse algo en lo que ya ha pensado: quizá lo mejor fuera irse. Alguna vez ha fabulado viéndose en otra localidad junto a Milagros, pero la idea no ha pasado de ser un sueño que sabe irrealizable, por la joven, por su mujer y, posiblemente, hasta por él. Ya no es ningún jovencito y una cosa es acariciar una piel tersa y suave, embelesarse con la curva de una cadera, sentir una lengua juguetona en contacto con la suya... y otra es el día a día. Porque las proezas sexuales, a su edad, tienen los días contados. Sí, quizá tenga que plantearse en serio lo de marcharse del pueblo, pero con Angustias. Son muchos años juntos, toda una vida, y no se ve con arrestos para repudiarla aunque ya no le diga nada como mujer, pero sigue siendo su esposa.
   Unos días más tarde, sentados en la mesa camilla de la rebotica, Lapuerta se confiesa con Sanchís:
- No me queda otra solución, Pepe. Tengo que irme. Si me quedo, sé que voy a ser incapaz de romper con Mila. La única solución que veo es poner tierra por medio.
- Pero bueno, Manolo, recapacita. Estoy convencido de que si te lo propones puedes terminar con esa mujer. Poner tierra por medio no es la solución, lo más razonable es seguir llevando una vida... – no sabe que adjetivo emplear – como antes, vamos. Y no creas que no deja de sorprenderme lo que estoy diciendo, cualquiera diría que soy una ursulina y tú sabes, mejor que nadie, que de eso nada.
- Me temo que valoras demasiado mi capacidad de control. Si es como si me hubiesen administrado una droga, me he convertido en un adicto. Ya sé que eso a mi edad es patético y lo peor es que soy incapaz de luchar contra ello. Te confieso que jamás hubiese pensado que algo parecido me podía pasar, pero así están las cosas. Me tengo que ir, no tanto por mí sino por Angustias.
- Posiblemente ni llegue a enterarse nunca.
- No la conoces. Estoy seguro de que lo sabe. Como también lo estoy que no dirá ni pío. Me ha querido mucho y es demasiado orgullosa para mostrarse ofendida, por eso debo evitar, si todavía es posible, que se convierta en pasto del chismorreo. No tengo derecho a hacerla sufrir inútilmente.
- He de confesarte que me afecta mucho tu decisión, aunque la comprendo. Y me afecta porque, además de perder a uno de mis mejores amigos, tengo mala conciencia, quizá cometí una imprudencia al hablar contigo. Y, además, este pueblo no va a ser el mismo sin ti.
- También yo voy a echaros de menos. En cuanto al pueblo, aquí siempre fui un verso suelto. Dentro de unos años solo os acordaréis de mí los amigos y algún que otro viejo.
   Martín Esteller, no podía ser otro, suelta la bomba informativa en la tertulia del café de El Porvenir:
- No os podéis imaginar quién parece que se va del pueblo.
   Los contertulios acogen la intervención del barbero con un silencio indiferente. Da la impresión de que no es algo que les interese excesivamente. Visto el nulo interés de sus compañeros, Esteller añade una pizca de pimienta informativa:
- Se trata de alguien que entra en nuestros domicilios como Pedro por su casa.
- Si te refieres al Modesto, esa es noticia vieja.
- No me refiero al cartero, es alguien mucho más importante.
- Te gustan más los misterios que a un tonto un lápiz. Suelta de una vez quién coño se va.
   Como ya ha conseguido su propósito, que todos estén pendientes de sus palabras, Martín se aviene a dar la noticia:
- Don Manuel.
- ¿El médico?
- ¿Cuántos don Manueles hay en el pueblo?
- ¡No puede ser! Si lleva aquí desde antes de la guerra.
- Con lo que aquí se le quiere y se le respeta no creo que vaya a marcharse. Eso tiene que ser un bulo como una catedral.
   Esteller se recrea con el impacto causado por su información. Ahora sí que los tiene a todos preguntándole a coro.
- ¿No será una de esas historias que te sacas del caletre?
- Este cachondo con tal de ser el centro de atención es capaz de inventarse cualquier cosa.
- Pues yo sí le creo. Os recuerdo que al terminar la guerra ya se fue. ¿Qué tendría de raro que se volviera a ir? Al fin y al cabo, los forasteros siempre terminan yéndose.
- Sí, pero la vez anterior se marchó porque lo depuraron, que lo sé de buena tinta.
- Oye, Martín ¿y adónde se va? – pregunta uno que se ha creído la noticia.
- Parece que a Carcagente.
- Entonces veo natural que se vaya. Gana mucho con el cambio. Carcagente es mucho más grande y allí corre bien la tela. Hay mucha naranja.
- Y también se están instalando fábricas.
- No creo que si se va sea por una cuestión de dinero. Don Manuel es cualquier cosa menos pesetero. Si al final acaba marchándose, otros deben de ser los motivos.
   A más de un contertulio le ha llegado el rumor de que el médico tiene un apaño con Milagros la de Rosendo, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Tampoco es algo que esté probado y mejor es no meter la pata. Igual pueden necesitarle antes de que se vaya.
   En tanto los cotilleos locales se centran en la presumible marcha del médico, en la vida política sigue la batalla por ver quien se apunta el tanto de que sus recomendados consigan ocupar las dos vacantes de guardas de campo. Gimeno se marca un maratón de idas y venidas a la capital hablando con unos y otros para conseguir apoyos en su pelea con los Arbós sobre los guardas rurales. A la vez hace la misma labor de zapa en el pueblo restando adeptos al clan. En uno de sus cabildeos se entera que el secretario del Ayuntamiento tiene bastante mano en la Cámara Oficial Sindical Agraria, uno de los órganos que puede verse involucrado en la decisión de la elección de los guardas si el asunto supera el ámbito local. Esta información le lleva a mantener una charla con el secretario:
- Nicanor, he de pedirte un favor. Que me eches una mano en la Cámara respecto a la selección de los candidatos a guardas.
- Nada me gustaría más, José Vicente, pero si lo hago significará que me enfrento a los Arbós y a todos sus amigos y eso me dejaría en una situación comprometida. Un secretario de Ayuntamiento debe de estar al servicio de todos sus convecinos y por encima de las luchas partidistas. Si te sirve de consuelo te confesaré que lo mismo le he dicho a Rodrigo.
- Tu postura me parece muy respetable, Nicanor, pero voy a ser más explícito, no te pido que me ayudes, te lo exijo.
- No esperaba eso de ti, José Vicente. ¿Qué es eso de que me exiges?, ¿pero quién te has creído que eres?
   Como hizo en su momento con el párroco, Gimeno echa mano del comodín que, por consejo de Lola, tiene guardado y que compromete al funcionario.
- Alguien que puede contar los tejemanejes que tus amiguetes de Gedosa hicieron con el cemento cuando construyeron las casas baratas. También quien tiene en su poder copias de los albaranes del depósito de materiales de Albalat en los que se pueden rastrear los enjuagues que se llevaron a cabo. Por todo eso, estoy convencido de que me vas a ayudar, aunque suponga que abandones por un momento tu cómoda neutralidad. ¿A que sí?
   La palidez que aparece en el rostro del secretario anticipa su respuesta.