martes, 12 de enero de 2016

10.8. Poner tierra por medio



   La conversación entre el farmacéutico y el médico termina con la recomendación del primero de que el galeno debería ser lo más discreto posible en lo tocante a sus aventuras amorosas. No hay más comentarios, ni Sanchís añade una sola palabra ni Lapuerta pregunta, no es necesario, ambos saben a qué atenerse. A Manuel, la charla con su amigo Pepe le lleva a replantearse algo en lo que ya ha pensado: quizá lo mejor fuera irse. Alguna vez ha fabulado viéndose en otra localidad junto a Milagros, pero la idea no ha pasado de ser un sueño que sabe irrealizable, por la joven, por su mujer y, posiblemente, hasta por él. Ya no es ningún jovencito y una cosa es acariciar una piel tersa y suave, embelesarse con la curva de una cadera, sentir una lengua juguetona en contacto con la suya... y otra es el día a día. Porque las proezas sexuales, a su edad, tienen los días contados. Sí, quizá tenga que plantearse en serio lo de marcharse del pueblo, pero con Angustias. Son muchos años juntos, toda una vida, y no se ve con arrestos para repudiarla aunque ya no le diga nada como mujer, pero sigue siendo su esposa.
   Unos días más tarde, sentados en la mesa camilla de la rebotica, Lapuerta se confiesa con Sanchís:
- No me queda otra solución, Pepe. Tengo que irme. Si me quedo, sé que voy a ser incapaz de romper con Mila. La única solución que veo es poner tierra por medio.
- Pero bueno, Manolo, recapacita. Estoy convencido de que si te lo propones puedes terminar con esa mujer. Poner tierra por medio no es la solución, lo más razonable es seguir llevando una vida... – no sabe que adjetivo emplear – como antes, vamos. Y no creas que no deja de sorprenderme lo que estoy diciendo, cualquiera diría que soy una ursulina y tú sabes, mejor que nadie, que de eso nada.
- Me temo que valoras demasiado mi capacidad de control. Si es como si me hubiesen administrado una droga, me he convertido en un adicto. Ya sé que eso a mi edad es patético y lo peor es que soy incapaz de luchar contra ello. Te confieso que jamás hubiese pensado que algo parecido me podía pasar, pero así están las cosas. Me tengo que ir, no tanto por mí sino por Angustias.
- Posiblemente ni llegue a enterarse nunca.
- No la conoces. Estoy seguro de que lo sabe. Como también lo estoy que no dirá ni pío. Me ha querido mucho y es demasiado orgullosa para mostrarse ofendida, por eso debo evitar, si todavía es posible, que se convierta en pasto del chismorreo. No tengo derecho a hacerla sufrir inútilmente.
- He de confesarte que me afecta mucho tu decisión, aunque la comprendo. Y me afecta porque, además de perder a uno de mis mejores amigos, tengo mala conciencia, quizá cometí una imprudencia al hablar contigo. Y, además, este pueblo no va a ser el mismo sin ti.
- También yo voy a echaros de menos. En cuanto al pueblo, aquí siempre fui un verso suelto. Dentro de unos años solo os acordaréis de mí los amigos y algún que otro viejo.
   Martín Esteller, no podía ser otro, suelta la bomba informativa en la tertulia del café de El Porvenir:
- No os podéis imaginar quién parece que se va del pueblo.
   Los contertulios acogen la intervención del barbero con un silencio indiferente. Da la impresión de que no es algo que les interese excesivamente. Visto el nulo interés de sus compañeros, Esteller añade una pizca de pimienta informativa:
- Se trata de alguien que entra en nuestros domicilios como Pedro por su casa.
- Si te refieres al Modesto, esa es noticia vieja.
- No me refiero al cartero, es alguien mucho más importante.
- Te gustan más los misterios que a un tonto un lápiz. Suelta de una vez quién coño se va.
   Como ya ha conseguido su propósito, que todos estén pendientes de sus palabras, Martín se aviene a dar la noticia:
- Don Manuel.
- ¿El médico?
- ¿Cuántos don Manueles hay en el pueblo?
- ¡No puede ser! Si lleva aquí desde antes de la guerra.
- Con lo que aquí se le quiere y se le respeta no creo que vaya a marcharse. Eso tiene que ser un bulo como una catedral.
   Esteller se recrea con el impacto causado por su información. Ahora sí que los tiene a todos preguntándole a coro.
- ¿No será una de esas historias que te sacas del caletre?
- Este cachondo con tal de ser el centro de atención es capaz de inventarse cualquier cosa.
- Pues yo sí le creo. Os recuerdo que al terminar la guerra ya se fue. ¿Qué tendría de raro que se volviera a ir? Al fin y al cabo, los forasteros siempre terminan yéndose.
- Sí, pero la vez anterior se marchó porque lo depuraron, que lo sé de buena tinta.
- Oye, Martín ¿y adónde se va? – pregunta uno que se ha creído la noticia.
- Parece que a Carcagente.
- Entonces veo natural que se vaya. Gana mucho con el cambio. Carcagente es mucho más grande y allí corre bien la tela. Hay mucha naranja.
- Y también se están instalando fábricas.
- No creo que si se va sea por una cuestión de dinero. Don Manuel es cualquier cosa menos pesetero. Si al final acaba marchándose, otros deben de ser los motivos.
   A más de un contertulio le ha llegado el rumor de que el médico tiene un apaño con Milagros la de Rosendo, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Tampoco es algo que esté probado y mejor es no meter la pata. Igual pueden necesitarle antes de que se vaya.
   En tanto los cotilleos locales se centran en la presumible marcha del médico, en la vida política sigue la batalla por ver quien se apunta el tanto de que sus recomendados consigan ocupar las dos vacantes de guardas de campo. Gimeno se marca un maratón de idas y venidas a la capital hablando con unos y otros para conseguir apoyos en su pelea con los Arbós sobre los guardas rurales. A la vez hace la misma labor de zapa en el pueblo restando adeptos al clan. En uno de sus cabildeos se entera que el secretario del Ayuntamiento tiene bastante mano en la Cámara Oficial Sindical Agraria, uno de los órganos que puede verse involucrado en la decisión de la elección de los guardas si el asunto supera el ámbito local. Esta información le lleva a mantener una charla con el secretario:
- Nicanor, he de pedirte un favor. Que me eches una mano en la Cámara respecto a la selección de los candidatos a guardas.
- Nada me gustaría más, José Vicente, pero si lo hago significará que me enfrento a los Arbós y a todos sus amigos y eso me dejaría en una situación comprometida. Un secretario de Ayuntamiento debe de estar al servicio de todos sus convecinos y por encima de las luchas partidistas. Si te sirve de consuelo te confesaré que lo mismo le he dicho a Rodrigo.
- Tu postura me parece muy respetable, Nicanor, pero voy a ser más explícito, no te pido que me ayudes, te lo exijo.
- No esperaba eso de ti, José Vicente. ¿Qué es eso de que me exiges?, ¿pero quién te has creído que eres?
   Como hizo en su momento con el párroco, Gimeno echa mano del comodín que, por consejo de Lola, tiene guardado y que compromete al funcionario.
- Alguien que puede contar los tejemanejes que tus amiguetes de Gedosa hicieron con el cemento cuando construyeron las casas baratas. También quien tiene en su poder copias de los albaranes del depósito de materiales de Albalat en los que se pueden rastrear los enjuagues que se llevaron a cabo. Por todo eso, estoy convencido de que me vas a ayudar, aunque suponga que abandones por un momento tu cómoda neutralidad. ¿A que sí?
   La palidez que aparece en el rostro del secretario anticipa su respuesta.

domingo, 10 de enero de 2016

*** Nueva novela, nuevas preguntas


                                        
   Madrid, octubre de 2015. Delante del Museo de América hay cuatro personas charlando, parecen turistas, un taxista apostado junto a su coche y un viejo que pasea a un bebé. Llega un furgón blindado, con matrícula francesa, del que descienden el conductor y un guardia de seguridad. Dos empleadas del museo salen a recibirlos. De pronto, los presuntos turistas y el supuesto taxista empuñan sendas pistolas, reducen a los agentes del furgón y a las empleadas, y les obligan a tumbarse de cara al suelo. Inesperadamente, de las oficinas del museo sale un vigilante de seguridad que al ver lo que ocurre intenta dar la alarma; no le dejan, es abatido por los atracadores. El aterrorizado viejo, el único que permanece en pie, es conminado a callarse. Todo ello ha transcurrido en pocos minutos. Los ladrones suben al furgón y al taxi y huyen del lugar….
   Así es el arranque del segundo episodio de la nueva novela por entregas que comenzará a ser colgada en el blog a principios de febrero.
   ¿El furgón transportaba alguna pieza del museo o venía a recogerla? ¿Por qué es un vehículo blindado? ¿Es relevante que su matrícula sea francesa? ¿Por qué el robo se efectúa delante del Museo de América? ¿Quiénes son los atracadores?  ¿Por qué asesinan al vigilante y dejan vivos a los demás? ¿Cómo es que a los ladrones no parece importarles ser grabados por las cámaras de seguridad que enfocan la entrada del museo? ¿Qué es lo que han robado? ¿Qué pinta en esta historia el viejo, único testigo ocular? …
   Estas preguntas y muchas más son las que quizá se plantee el lector en el inicio de la nueva novela que se colgará en el blog el próximo mes de febrero. Habrá que leerla para conocer las respuestas.

viernes, 8 de enero de 2016

10.7. Sobre la discreción



   La mujer se desprende de los brazos que han estado aprisionándola y mira al hombre con los ojos entornados y una sonrisa maliciosa.
- Como estás hoy. Parece como si tuvieras veinte años.
- La culpa es tuya. No he podido verte en los tres últimos días.
- No creas que no lo he sentido, pero mientras tenga que ayudar a mi marido en las tareas del campo, y más en tiempo de cosecha, voy a tener que estar casi todo el día fuera de casa.
- ¿Y eso no habría forma de arreglarlo?
- Posiblemente, pero para ello debería de tener una excusa para quedarme en casa. Y lo he estado pensando, no creas. Otra historia sería si tuviera una tienda o algún establecimiento, entonces tendría que atenderlo y Rosendo debería apañárselas solo.
- ¿Un establecimiento como un bar?
- No, un bar no, dan mucho trabajo y hay que tenerlos abiertos todo el día. Mejor una tienda de esas que tienen horario fijo, de tal a tal hora. Así tendría tiempo para atenderlo, cuidar de mi madre y podríamos vernos todos los días.
   Milagros lo tiene muy pensado. Pretende abrir una mercería en la que también se cogerían puntos de media y para ello necesita la ayuda económica del médico. No quiere pedírsela directamente, ha de maniobrar para que la propuesta parta de él. Y debe de hacerlo antes de que Lapuerta se canse de ella, porque sabe que más pronto que tarde se le pasará la fiebre. Y eso puede ocurrir en cuanto comience a propagarse el rumor de que están liados. Cualquiera sabe cómo reaccionará doña Angustias, puede montar una buena, con lo orgullosa que parece ser. En cuanto al Rosendo, por ahí no hay peligro, sobre todo si consigue que Manolo le monte la tienda. Su marido es de los de dame pan y llámame tonto.
- Una tienda, eh. Me parece buena idea. ¿Has pensado en algo concreto?
- Desde luego tendría que ser algo pequeño que lo pudiese llevar yo sola, que no diese un trabajo excesivo y que no fuese muy cara de montarla y mantenerla. Creo que lo más que se ajusta a esas condiciones sería una mercería, pero solo con los artículos propios de un establecimiento de ese tipo como hilos, cintas, puntillas, botones, lanas; en fin, todas esas cosas que nos chiflan a las mujeres. Si tuviera dinero ya la habría puesto.
- Por el dinero no te preocupes.
   Lapuerta al entrar en casa, le echa una ojeada al cuaderno en el que su mujer anota los avisos de visitas. Le sorprende encontrar el nombre de Sanchís, el boticario.
- Angustias, ¿qué quería Pepe?
- No me lo ha dicho. Dice que no es necesario que vayas a verle, que volverá.
   Al día siguiente, Lapuerta recibe la visita del farmacéutico. Le hace un reconocimiento y no encuentra ninguna disfunción significativa, salvo el problema prostático que Sanchís arrastra hace años.
- Estás como un chaval, Pepe. En cuanto a la próstata la tienes algo inflamada. Te sugiero que vayas a ver al urólogo y que te eche un vistazo. Yo ahí poco puedo hacer.
- Ya me lo imaginaba… Bueno, ¿y qué cuentas? Últimamente se te ve poco por el café.
- Es que tengo mucho trabajo – Manuel no está por dar demasiadas explicaciones y cambia de registro - ¿Qué sabes de tu sobrino, cómo le va por Avilés?
- No le reconocerías. Se ha echado encima un montón de quilos y bebe más que una esponja…, pero parece feliz. En honor a la verdad he de decir que, personalmente, me fastidió que se casara con la moza asturiana y más que se fuera a Avilés. Ya sabes que pensaba traspasarle la farmacia cuando me retirase, pero ya ves, una vez más el hombre dispone y… la mujer todo lo descompone. Aunque no soy justo diciendo eso. Lo cierto es que María José es una gran chica y creo que Enrique acertó casándose con ella, por mucho que me hiciera la santísima.
- Bueno, si es feliz eso es lo que importa, todo lo demás, al final, humo. Tuvieron un crío, ¿no?
- Ya tienen dos. Una parejita de guajes como les llama la avilesina.
- ¿Y la farmacia qué tal les va?
- Fenomenal. Allí hay mucho dinero. Están construyendo unos altos hornos que van a ser más importantes que los de Vizcaya y el parné circula que da gusto. En eso si ha ganado no quedándose aquí. Cambiando de tercio: ¿te ha llegado el rumor de qué Gimeno podría irse a Valencia?
- Algo he oído.
- Pues sí se va, ya podemos prepararnos para otra batalla entre sus sucesores. ¿Quién crees que se va a quedar con la vara de mando?
- Es difícil predecirlo. En esta ocasión, a diferencia de otras, no hay aspirantes nítidos al cacicazgo.
- ¿Podrían volver los Arbós?
- Hombre, los Arbós nunca se han ido del todo, aunque desde que falleció Benjamín la decadencia de la familia ha sido notoria. Continuarán manteniendo su cuota de poder pero sin dar la cara. Tratarán de seguir influyendo por personas interpuestas, pues Rodrigo tiene poco fuste, Antonino y Gonzalo no cuentan y entre los sobrinos no veo a ninguno con talla suficiente para tomar las riendas.
- ¿Crees que Paco Vives podría tener chance otra vez?
- Pues todo es posible, pero lo dudo. Puestos a especular, y lo digo porque no tengo ninguna base para sustentarlo, apostaría a que si se confirma la marcha de Gimeno le sucederá un funcionario, debidamente tutelado, claro.
- ¿Y por qué precisamente un funcionario debidamente tutelado?
- Ya te digo que es una mera especulación, pero intuyo que los tiros pueden ir por ahí. ¿Por qué un funcionario? Porque la mentalidad funcionarial le cuadra a este pueblo como un guante. Se trata de dar la impresión de que algo cambia para que todo permanezca igual. Y los funcionarios suelen ser maestros en el arte de dar más importancia al parecer que al ser. En cuanto a que esté debidamente tutelado, sabes tan bien como yo que los que siempre han cortado el bacalao no dejarán de embridar a quien, oficialmente, tome las riendas del poder.
   El auténtico motivo de la visita de Sanchís no es interesarse por el estado de su próstata, ni comentar como le va la vida a Enrique, ni chismorrear sobre la política local; es otro muy diferente y del que lleva algún tiempo dándole vueltas sobre si debería decírselo a Lapuerta. Tras mucho meditarlo, ha decidido que será la mejor prueba de amistad que puede ofrecer a su amigo, aunque pudiera ocurrir que a éste no le hiciera ninguna gracia. Lo que termina por decidirle es que sabe que el rumor ya está corriendo por los mentideros locales y es consciente de que posiblemente él sea la única persona que se atreva a planteárselo.
- A propósito, Manolo, hace tiempo que quería decirte una cosa. Le he dado muchas vueltas sobre sí sería lo más prudente, pero al final he llegado a la conclusión de que si no te lo digo yo no te lo va a decir nadie. Y si lo hago es porque me precio de ser buen amigo tuyo y porque tengo por ti un gran respeto, como persona y como profesional. Espero que entiendas que no es mi intención entrometerme en tu vida ni dar lecciones de moral a nadie...
   Es oír la palabra moral y el médico presiente lo que le va a decir el farmacéutico, pero le deja terminar.
- Simplemente sugerirte que deberíais ser más discretos.
   Sobre ser discretos quien podría darle unas cuantas lecciones al médico es Lola. Y eso en un pueblo pequeño es algo memorable y difícil, muy difícil.