martes, 5 de enero de 2016

10.6. Una esposa burlada espera a que escampe



   Los amigos ferroviarios de la tertulia nocturna de Manuel Lapuerta no andan muy desencaminados al comentar el cambio de comportamiento sufrido por su anfitrión. El médico está inquieto, nervioso, preocupado y lleva semanas así. Lapuerta siempre ha tenido a gala deslindar su vida privada de la actividad profesional, aunque como no es un santo en alguna que otra ocasión rompió ese principio deontológico. Errores que corrigió rápidamente, pero en estos momentos están emergiendo sentimientos y sensaciones que le tienen desconcertado. Cuando la joven se le insinuó, bueno no tan joven pues tiene ya veintiocho años, aparentó no darse cuenta de la velada invitación de Milagros. Aunque en ese momento no era una paciente directa pero sí lo era su madre, a quien visitaba periódicamente por una enfermedad crónica, consideraba que se imponía la ética profesional y no fue más allá. Mila, así la suele llamar ahora, era quien cuidaba a la enferma y, por tanto,  se veían y charlaban en cada una de las visitas. La relación se fue enredando hasta que una tarde, no sabría decir ni cómo empezó, terminaron en la cama. Al principio lo tomó como una complaciente y pasajera aventura, más gratificante aún en un momento de su vida en que comenzaba a notar como declinaba su virilidad. La manera en que reaccionó su cuerpo fue una agradable sorpresa. Todavía podía gozar y, lo que más le llenó de orgullo, aún era capaz de hacer gemir de placer a una mujer. Lo que nunca pudo imaginar es que a su edad pudiese ocurrirle lo que le está pasando. De ahí su desasosiego. Nunca fue un mujeriego, ni siquiera cuando era joven, y ahora, cuando está más cerca de los sesenta que de los cincuenta, se ha enredado con una mujer a la que lleva treinta años y que está casada. Cada vez que se acuesta con ella se dice que va a ser la última vez, pero se engaña miserablemente, en cuanto pasan unos días sin verla una especie de fiebre le conduce irremisiblemente a sus brazos. Se siente más joven y con más ganas de vivir. Los emparejamientos con su esposa han ido declinando con el paso del tiempo y ni siquiera recuerda la última vez que yacieron. A ella no debe de importarle demasiado porque no se ha referido al sexo ni una sola vez. De todas formas, sufre pensando que su mujer pueda enterarse de su infidelidad. Ha procurado ser muy discreto y, dada su profesión, nadie se extraña de verle entrando en cualquier casa, pero es consciente de que es cuestión de tiempo que el romance sea pasto de las chismosas. También le preocupa lo que le pueda pasar a Mila, sobre todo en relación a su marido, nunca se sabe cómo puede reaccionar un hombre cornudo. Lo que menos le preocupa es su reputación y lo que puedan decir de él.
   Acaban de mantener un encuentro tan apasionado como de costumbre. Manuel sigue asombrándose de donde puede sacar tanto vigor, da la impresión como si tuviera veinte años. Nunca antes había sido tan fogoso. Piensa que ya no se trata solo de una mera atracción sexual, la verdad es que Mila le gusta cada vez más y cuando está a su lado el tiempo le pasa volando. Ha pensado todas las posibilidades que tiene y no encuentra una salida que sea pasablemente razonable. Si continúa su relación terminará sabiéndose y entonces no le quedarán más alternativas que terminar con Mila o irse del pueblo y, además, arrostrar la imprevisible reacción de Angustias. Quizá marcharse fuera la mejor solución, no soportaría que su mujer fuese el blanco de los chismorreos, pero si se va, ¿con cuál de las dos? Nunca se creyó capaz de dejar a su esposa por otra mujer, pero últimamente ya comienza a dudarlo. Decide dejar de pensar en lo que no parece tener solución y que sea el tiempo quien termine poniendo las cosas en su lugar. Al llegar a casa Angustias, como hace siempre, le informa de los avisos de visitas que se han acumulado a lo largo de la tarde.
- Manolo, tienes tres avisos. Les dije que si no venías muy tarde te pasarías. Solo hay uno urgente, el de la mujer de Llombart. Por los síntomas que me ha contado el marido podría tratarse de un cólico nefrítico.
- La verdad es que se me ha ido la tarde de mala manera. Tampoco tenía tantas visitas, pero últimamente me lío a charlar con cualquiera de no importa qué y se me va el tiempo sin sentirlo. Me voy a casa de los Llombart a ver qué le ocurre a la buena de Maripepa. Si me retraso, cena y no me esperes. Ya tomaré cualquier cosilla.
- No te preocupes. Llegues a la hora que sea, te estaré esperando para calentarte la cena.
   Angustias cierra los ojos para no llorar. Un hondo suspiro se le escapa. Quién le iba a decir que a estas alturas de su vida tuviese que sufrir el calvario por el que está pasando. Cuando se lo contaron no se lo creyó, pero el tiempo se ha encargado de corroborarlo: su Manolo le engaña con una mujer mucho más joven que ella. Su sorpresa fue mayor al averiguar de quien se trataba. Conoce a la joven de haberla visto en la consulta, hasta ha cruzado algún saludo con ella, pero poco más. ¿Qué habrá podido ver Manolo en esa mujer?, se pregunta. Sí, es joven y no mal parecida, pero tampoco es una belleza y, para su gusto, es demasiado jamona, seguro que en cuanto pasen unos años se va a poner fondona. Y por otra parte, Manolo, que tanto presume de intelectual, ¿qué conversaciones puede mantener con una chica que solo ha ido a la escuela del pueblo y que apenas conoce mundo? Solo puede haber un motivo: el sexo. Hace muchos meses que no la busca y ella no ha hecho nada para ofrecerse, una mujer decente no debe de insinuarse al marido. Hasta ahí podríamos llegar. La tal Milagros le debe de dar gusto y los hombres, ya se sabe, por viejos que sean siempre están dispuestos a demostrar que siguen siendo muy machos. Se consuela diciéndose que pueden ser los coletazos de una virilidad que va a menos. Lo que también le preocupa es el escándalo. Si el adulterio continúa acabará por saberse y ya se imagina a las comadres contando toda clase de detalles sobre la pareja, los que sepan y los que se inventen. No le hace ninguna gracia ser la diana de los corrillos de las chismosas, pero tendrá que pasar por encima y no darse por enterada. Ojalá el marido de esa desvergonzada piense como ella y no monte una bronca. Solo faltaba eso. Sabe que su esposo le ha sido infiel otras veces, dos que ella sepa, pero las aventuras fueron fugaces. En esta ocasión el devaneo parece que dura más que en anteriores ocasiones, aunque seguro que acabará desvaneciéndose. Lo que tiene muy claro es cual debe de ser su comportamiento: hacerse la tonta como si no supiese nada, aguantar el tirón y esperar a que escampe. Pronto o tarde, Manolo terminará por cansarse y volverá al redil.
   La infidelidad del médico no pasa desapercibida para algunas personas, pero curiosamente no se convierte en motivo de escándalo y, más sorprendentemente todavía, el hecho no es pasto de los chismorreos en los lugares más proclives a ello como son los lavaderos municipales. Sea por el gran prestigio, tanto personal como profesional, que tiene Lapuerta, sea por el respeto casi tribal que en los pueblos pequeños se tiene a los médicos, el rumor sobre el adulterio pasa como de puntillas y no es condenado. Hay excepciones.
- ¿Sabes lo que me han contado esta mañana? – pregunta Fina.
- ¿Sobre qué o sobre quién? – repregunta Lola un tanto inquieta.
- Una de cuernos. Parece que don Manuel se ha liado con Milagros la de Rosendo.
- ¿Don Manuel de viejo verde? No sé si creérmelo.
- Pues según todos los indicios así es. Cada vez que va a visitar a la madre de Mila, igual se tira allí media tarde. Ya me dirás que hace durante tanto tiempo. Para tomarle el pulso y mirarle la lengua bastan unos minutos.
- Me dejas de piedra y que se trate de don Manuel mucho más. Es del último que hubiera esperado una cosa así. Desde luego, los hombres son todos unos cerdos, lo único que parece interesarles es que nos abramos de piernas – la última frase la dice Lola como trufada de rencor.
- Pues yo lo siento por doña Angustias – comenta Fina -. Una mujer que es más buena que el pan.
- Bueno, de eso habría que hablar mucho y largo. Hay mujeres, como hay hombres, que buscan fuera lo que no encuentran en casa. Y es posible que doña Angustias sea una bendita, pero igual en la cama es una sosaina que no es capaz de darle gusto a su marido.
- Lola, últimamente eres un saco de contradicciones – apunta Fina -. Hace un momento condenabas a don Manuel y ahora das razones que lo justifican. No te entiendo.
- Yo sé lo que me digo y porqué lo digo – es la enigmática respuesta de Lola.

martes, 29 de diciembre de 2015

10.5. Antes pierde el viejo el diente que…



   En la pugna por ver quien se lleva el gato al agua en el asunto de cubrir las dos vacantes de guarda de campo que se han producido, cada uno de los poderes fácticos del pueblo juega sus mejores cartas. Si el párroco ha logrado la intervención del obispo de Segorbe, los Arbós maniobran en la Delegación de Sindicatos para que sus apadrinados sean los únicos aspirantes con serias posibilidades de ser elegidos, tanto Rodrigo como Leoncio les han prometido que las plazas serán para ellos y están dispuestos a gastar cuanta pólvora sea precisa para alzarse con el trofeo. El hecho de presidir la cooperativa y la hermandad proporciona a los Arbós una notable ventaja sobre los demás competidores. Gimeno es quien decide en el Ayuntamiento y en la jefatura local de Movimiento y cuenta con poderosos amigos en la capital, pero es consciente de que no juega en su campo, aun así está convencido de que puede conseguir que sus dos pupilos sean los ganadores de la lid. Cuando lo comenta con su mujer, Lola le convence de que colocar ambos no es la mejor solución.
- Puedo lograr que salgan los dos.
- Es posible, José Vicente, pero no estoy muy segura de que sea la mejor apuesta.
- ¿Dónde está el problema?
- El problema radica en que, generalmente, no es bueno dejar al rival sin nada que llevarse a la boca, salvo que decidas matarlo, metafóricamente hablando, claro. Todos sabemos que el clan, desde la desaparición de Benjamín, no tiene la misma fuerza que antes, pero si les pones entre la espada y la pared pueden decidir morir matando y en esa tesitura hasta el más pequeño rival se convierte en un peligro que puede ser letal.
- Entonces, ¿qué sugieres?
- Si estuviera en tu lugar negociaría con Rodrigo. Partiría la diferencia, un candidato para cada uno.
- Y con mosén Batiste, ¿qué hacemos? Porque mis fuentes aseguran que ha jugado fuerte con su candidato, parece que hasta ha metido al obispo de Segorbe en el fregado. Y una recomendación episcopal pesa mucho, como tú misma recordaste.
- Con el mosén no habrá problema. Ha llegado el momento de demostrarle lo que sabemos de sus trapicheos en la colecta para el mobiliario de la iglesia.
- Había olvidado que le tenemos pillado. Has hecho bien en recordármelo. Hablaré con él para que retire a su pupilo. 
- No creo que sea necesario que des le cara, envía a Marín.
- Pero, Lola, ¿crees que Fernando será capaz de convencer al cura?
- Si le enseña los papeles que te pasó Severino sobre las cuentas de la parroquia naturalmente que le convencerá. No lo dudes.
   Lola acierta. Pese a las acaloradas protestas de honradez del párroco, no debe de tener la conciencia muy tranquila porque termina retirando de la pugna a su recomendado. Ya es una contienda a dos: entre José Vicente y Rodrigo. Haciendo caso del consejo de su mujer, Gimeno trata de negociar con Arbós.
- Rodrigo, tenemos que hablar del concurso de los guardas de campo – hace tiempo que Gimeno dejó de tratarle de usted.
- Como quieras, José Vicente, pero hay poco que hablar de ese asunto. Es una cuestión de la Hermandad y quien va a tener la última palabra será mi sobrino Leoncio.
- Me parece que olvidas que el Ayuntamiento también tiene algo qué decir.
- Por descontado que os oiremos, pero una vez pasado ese trámite que, como sabes, es un mero paripé, será la Hermandad quien decida.
   Gimeno está contrariado, no esperaba encontrar a un Rodrigo prepotente y tan poco pactista. De todas maneras, insiste tratando de convencer a su oponente.
- Vamos a ver si nos ponemos en razón. Hay dos plazas, eso facilita las cosas. Te ofrezco una salida honorable para ambos, nos las partimos, una para cada uno.
- No hay nada que partir. La familia ya se comprometió y eso no tiene vuelta atrás.
- También yo comprometí mi palabra, pero lo mejor es enemigo de lo bueno y en esta situación no hay duda de que lo mejor es llegar a un acuerdo.
- Tendrá que ser en otra ocasión, José Vicente, en ésta no podemos aceptar. Las plazas serán para mis recomendados.
- Mira, Rodrigo, te pido que entres en razón. Yo también podría enrocarme, pero creo más inteligente no hacerlo y llegar a un acuerdo. No se te oculta que si presento batalla tengo muchas armas y puedo hacer daño, gane o no. Por tanto, antes de que una de las dos partes o ambas tengan que lamentarlo la más elemental prudencia aconseja no enfrentarse y pactar.
- Lo siento, José Vicente, pero esta vez no va a poder ser. Como te he dicho, nos hemos comprometido y está nuestro buen nombre en juego.
- ¿Es tu última palabra?
   Rodrigo asiente. Gimeno sale cabreado de la entrevista por la inmovilista posición de su rival. No le apetece nada enfrentarse a los Arbós ni tener que poner a prueba sus influencias en la capital, pero no le va a quedar otro remedio porque si no su crédito político va a quedar por los suelos.
- No ha habido manera de convencerle, Lola. Se ha cerrado en banda y no ha querido saber nada de ninguna clase de pacto.
- ¿Sabes?, tampoco me extraña tanto. Siempre creí que Rodrigo tenía poca cintura y acaba de demostrarlo. Eso no hubiese ocurrido con Benjamín, era mucho más inteligente y, por consiguiente, más flexible. Pero no hay mal que por bien no venga. Se nos presenta la ocasión de acabar de una vez por todas con el poder del clan. Has de conseguir, no solo derrotarles en lo de los guardas, que eso es lo de menos, sino borrarles del mapa político. Esta vez habrá que gastar todos los cartuchos de la canana.                                                                        
   Esa pelea entre bastidores ocurre en el pueblo mientras en el resto del país, en ese abril del cincuenta y cuatro, la noticia que está en la portada de toda la prensa es la llegada a Barcelona del carguero griego Semíramis, en el que regresan a España más de trescientos españoles que estuvieron enrolados en la División Azul y que fueron hechos prisioneros por los rusos. Han estado en gulags y cárceles hasta que gracias a la cooperación internacional y a los buenos oficios de la Cruz Roja el Gobierno de la URSS los ha liberado y han autorizado su repatriación. Su retorno se presenta como un éxito sin precedentes del Régimen y la emotividad de su llegada, registrada por las cámaras de noticiarios de medio mundo, reaviva en muchos los recuerdos de una guerra cuyas heridas siguen abiertas. Ballesta y Bonet, que siempre ponen en tela de juicio los éxitos gubernamentales, piden a Lapuerta que les cuente lo que dice la BBC sobre la llegada de los ex divisionarios. No les sorprende demasiado la respuesta del médico pues hace ya varias semanas que no les invita a su casa a escuchar la radio.
- La verdad es que hace algún tiempo que no la escucho. Solo sé lo que viene en los periódicos.
   El comportamiento del médico les tiene desconcertados, en especial a Celestino que es quien hace más años que le conoce.
- Hay que ver cómo ha cambiado este hombre.
- Si es que no parece el mismo – confirma Alfredo.
- Siempre le interesó la política y en cambio ahora todo parece importarle tres pepinos. Ni siquiera oye la BBC.
- Pues sin la radio inglesa no vamos a saber ni un pimiento de lo que está pasando porque tu galena cada vez se oye menos.
- Es que está muy viejita. Se fabricó en el treinta y seis o sea que tiene casi veinte años. Y al hilo de lo que comentábamos de don Manuel, no solo es que no escucha la radio, hay mucho más; según me ha contado el barbero en el ajedrez no da una a derechas, casi todos le ganan cuando era el número uno del pueblo. Dice que juega como sin fijarse, que hay que estar continuamente recordándole que le toca mover.
- ¿Qué cojones le puede pasar? – se pregunta Ballesta.
- Una de dos, o está enfermo o encoñado – afirma rotundo Bonet.
- No jodas. ¿Tú crees que aún se le levanta?
- Hombre, antes pierde el viejo el diente que la simiente.

martes, 22 de diciembre de 2015

10.4. Pelea de gallos



   La súbita e inesperada desaparición del patriarca de los Arbós no provoca el vacío de poder del clan que auguraba Lapuerta. De manera tácita, sin que los hermanos lo discutan, Rodrigo se hace cargo de manejar las riendas de la autoridad familiar. Ha estado muchos años a la sombra de Benjamín y se supone que ha debido de aprender de su hermano como bandearse en el alicorto pero sutil mundo del caciquismo local. Pronto se le presenta la ocasión en la que poner a prueba su habilidad y astucia. Es una clásica batalla pueblerina en la que no se enfrentan diferentes postulados ideológicos, ni hay una lucha entre fuerzas políticas de signo opuesto, ni se ventilan negocios importantes. Más bien, es una pelea a ras de suelo, tan prosaica como minúscula. Aparentemente, la pugna es por dos empleos, tan modestísimos que en otros pagos apenas se les prestaría atención. En el fondo solo es un pulso entre los distintos poderes fácticos, que se ven obligados a demostrar que mantienen su cuota de poder, es la única forma de que sigan respetándolos. Es lo que las lenguas afiladas han bautizado como pelea de gallos.
   En este caso la pelea tiene un origen totalmente casual: con apenas diez días de diferencia se han jubilado dos de los guardas de campo que, desde mil novecientos cuarenta y cinco, formaban parte del servicio de guardería rural sujeto al tribunal jurado de la Hermandad de Labradores y Ganaderos. Como cada vez que surge un empleo que suponga escapar del trabajo agrícola los candidatos forman legión. El trabajo de los guardas rurales consiste en recorrer y vigilar el término municipal, desde el amanecer hasta el atardecer, denunciando los delitos que se pudieran cometer contra la propiedad rural, hubiesen o no daños. Los guardas de campo, en cumplimiento de sus obligaciones, deben de elevar sus denuncias a un tribunal formado por el presidente de la Hermandad y tres vocales quienes, tras dar audiencia al denunciado y al afectado, aplican la sanción correspondiente que, por la cuantía del hurto o daño y la gravedad de la falta, varían desde uno a quince días de arresto menor y a multas de cinco a cincuenta pesetas. Las sanciones pecuniarias son las más habituales ya que los arrestos han dejado de ser efectivos. Ayuda a incrementar el número de aspirantes que los requisitos que establece el reglamento de las hermandades los cumplen muchos vecinos pues son bastante laxos. La edad exigida se sitúa en una horquilla de veintitrés a sesenta años. El único de los requisitos que muchos aspirantes no poseen es el de tener carné falangista, pero eso tiene fácil solución, para ingresar en el partido no hay prácticamente filtros y basta la mera solicitud para ser admitido.
   Como la nutrida grey de candidatos se apresura a buscar los correspondientes padrinos, se produce el inevitable choque entre los poderes fácticos: el sindical,  representado por Rodrigo, el político, que comanda Gimeno, y el religioso, por mosén Bautista. El alcalde no cuenta, Marín dirá lo que su mentor le indique.
   El proceso de las recomendaciones es sutil y complejo. Todos las buscan y si es más de una mucho mejor. Dado que en el pueblo todos se conocen y los parentescos son intrincados resulta fácil encontrar quien te eche una mano o, cuando menos, te prometa que va a hacer todo lo que pueda para conseguir el favor pedido. Quienes recomiendan, en principio lo tienen fácil, salvo cuando cuentan con un recomendado que, por las causas que fueren, desean verdaderamente que consiga el puesto; entonces se impone la ley del más fuerte y se produce el inevitable efecto de que las demás recomendaciones se conviertan en papel mojado. Al finalizar el plazo abierto para la presentación de solicitudes, cada uno de los poderes fácticos se queda con los dos candidatos que han logrado atesorar las mejores recomendaciones. Los demás no cuentan, aunque los padrinos tratarán de quedar bien con quienes les pidieron su ayuda con frases del tipo de:
- Pese a todos mis esfuerzos lamento informarte que…, hice cuanto pude pero…, desgraciadamente las plazas estaban dadas de antemano – Paradójicamente, este último argumento, pese a su vacuidad, suele convencer a la gente, quizá porque todos son conscientes de que las plazas no se otorgan por los méritos de los candidatos sino por la fuerza de los padrinos.
   Los merecimientos de los seis aspirantes más recomendados son similares y no hay ninguno que sobresalga del resto. Los candidatos están entre los veintitantos y la cuarentena y su experiencia para guarda de campo se reduce a que todos ellos cumplieron el servicio militar. En cuanto a sus ocupaciones actuales, los seis tienen la misma: son pequeños propietarios que trabajan sus tierras o, en su caso, las de sus padres y de vez en cuando se contratan como jornaleros. Para cualquiera de ellos supone un ascenso social ser guarda rural y llevar la banderola de cuero con la bruñida placa de latón con el nombre del pueblo en el centro y alrededor el lema Guarda de Campo. Y también la carabina ligera al hombro que refuerza la autoridad por si alguien se les enfrenta con algo más que palabras. Y lo más importante: significa tener un sueldo fijo todos los meses.
   Seis aspirantes para dos plazas, la pelea está servida. Cada grupo presiona cuanto puede para alzarse con el triunfo, pero hay un evidente desequilibrio entre las fuerzas en liza. Todas las bazas parecen estar a favor de los Arbós que son los que manejan la Hermandad Sindical de Labradores que, en definitiva, es el ente que más tiene que decir en el asunto. Aunque el Ayuntamiento también tiene voz en el proceso, no en balde en muchas localidades es el alcalde quien ostenta las competencias de sanción propuestas por los guardas. Parece que poder eclesiástico, representado por el párroco, es el padrino más débil. Mosén Bautista, que es consciente de ello y a sabiendas de que no va a poder sacar a sus dos candidatos, se centra en uno de ellos y toca todas las teclas posibles para que sea uno de los seleccionados. A través de un familiar consigue que el obispo de Segorbe se interese por su recomendado lo que le otorga mejores probabilidades. Como en un pueblo todo termina sabiéndose, y más si el recomendado alardea de la importancia de sus padrinos, la noticia pronto llega a oídos de Gimeno que se la comenta a su mujer:
- Mosén Batiste parece que ha conseguido que el Obispo de Segorbe se interese por uno de sus recomendados. ¡Aviado va el cura! Esta vez no le valdrán ni obispos ni el Papa de Roma que avalara al tarugo de su pupilo.
- ¡Ojito, Gimeno! – avisa Lola -. La recomendación directa de un obispo no es algo baladí en la España del nacionalcatolicismo. O sea, que tendremos que estar muy atentos a las posibles maniobras de mosén Batiste, no sea que nos gane por la mano.