viernes, 18 de diciembre de 2015

10.3. Toque de difuntos



   Después del baile organizado por el Ayuntamiento con motivo de la colecta del Día del Domund, Lola se ha quedado hecha un verdadero lío, no acaba de creerse todo lo que Rafael le contó, pero piensa que lo dijo con tanta convicción que a lo mejor hasta es verdad. El resultado es que una oleada de encontrados sentimientos la han invadido como una marea incontenible que nada ni nadie puede detener.
   José Vicente no sabe nada de los sentimientos que zarandean a su mujer, pese a ello está preocupado. Tiene una idea fija que cada día le atormenta más: ¿será posible que Lola le engañe? La mera sospecha de que su esposa pueda serle infiel le enferma. No ha encontrado indicios de la posible infidelidad de su mujer, pero la sola presunción hace que los vientos de los celos se transformen en huracanes. De pronto, se convierte en un marido suspicaz, receloso y malhumorado que se pasa el día espiando a su mujer, cronometrando el tiempo que pasa fuera del hogar, haciendo el recuento de cuantas visitas realiza a sus amigas, echando cuentas de cuánto gasta, analizando lo que dice, tratando de desentrañar sus silencios, sus miradas y hasta sus poses. José Vicente piensa que empieza a comprender la literaria expresión del infierno de los celos pues éstos tienen la diabólica capacidad de transformar cualquier pequeño e insignificante gesto, palabra o hecho en un amargo sinvivir. Sus recelos sufren un inusitado acelerón cuando comienza a percibir pequeños detalles que uno a uno son irrelevantes, pero juntos le asemejan una montaña. Y un buen ejemplo de ellos es el motivo por el que ahora están discutiendo: Lola le ha pedido que le firme un permiso para abrir una cuenta corriente a su nombre.
- ¿Y para qué quieres una cuenta a tu nombre? Ya tenemos una.
- Ya lo sé, pero tú eres el único titular y yo no puedo manejarla. Quiero una a mi nombre para la administración de la tienda. Así, cada vez que tenga que hacer un pago no tendré que molestar a mamá pidiéndole que extienda un cheque.
- No creo que haya en el pueblo una sola mujer casada que tenga una cuenta a su nombre.
- Alguna tendrá que ser la primera. ¿Y por qué no la tuya? Ya soy mayorcita y puedo manejar un talonario yo sola.
   Aunque el motivo que argumenta su mujer parece lógico, el hombre no está por la labor de darle la razón, pero antes de que pueda seguir refutándola la llegada de Fina pone fin a la discusión.
- Seguiremos hablando – dice José Vicente en un tono que no augura un buen final para la petición de su mujer.
- Por favor, José Vicente, no te vayas. Volveré otro día – ofrece Fina al darse cuenta de que ha llegado en un mal momento.
- Puedes quedarte, Fina. Me tenía que ir de todas formas.
- Me parece que no he llegado en el momento más oportuno – se lamenta Fina después de que José Vicente salga por la puerta -. Venía a ver a mi ahijada – se justifica.
- Está en la cuna… ¿Me puedes hacer un favor, te puedes quedar con ella un par de horitas? Laurita no está y quiero ir a ver a la señora Fuensanta, que lleva tiempo enferma y le prometí a Inesín que les haría una visita. O si te viene mejor espera aquí una media hora, le das el biberón de las seis y luego te la llevas a casa. Ya pasaré a recogerla.
   Tras asegurarse de que la niña sigue dormida y mientras espera que llegue la hora de la toma, Fina se pone a fisgar en el armario ropero de su amiga. Hace un pequeño descubrimiento que la sorprende: Lola ha cambiado buena parte de su lencería, ahora gasta ropa mucho más atrevida. Y otro detalle, más sorprendente aún, tiene varios conjuntos de color negro que enseñan más que ocultan. A su amiga nunca le gustó la ropa interior negra, siempre afirmó que era propia de mujeres de la vida. ¿Por qué ese cambio? Fina se queda mirando las braguitas caladas que tiene en las manos mientras una mueca de maliciosa complicidad se dibuja en su cara.                                                                       
   A Fina se le olvidan sus sospechas cuando oye el tañido de las campanas, tocan a muertos. Cuando se escucha el toque de difuntos la pregunta es obligada:
- ¿Quién ha muerto? - Aunque la forma más usual de preguntar no es esa sino - ¿Quién ha faltado? - Se elude citar la palabra muerte y se opta por el eufemismo de faltar. Y siempre hay alguien que conoce la respuesta a esa pregunta.
- Benjamín Arbós.
- ¿Benjamín? No es posible, ni siquiera sabía que estuviese enfermo.
- Faltó ayer. Parece que fue repentino, algo del corazón. Por la mañana fue a ver cómo iba la coloración de la naranja en uno de sus huertos. Se sintió mal y volvió a casa, allí le dio un patatús y cuando llamaron al médico solo pudo certificar su muerte.
- No somos nadie. Muchos años que nos lleve por delante.
   La iglesia está abarrotada. Nadie quiere que se le eche en falta en el funeral de cuerpo presente por el patriarca de los Arbós. El clan sigue siendo poderoso o, al menos, eso cree la gente. Frente al altar mayor está el féretro rodeado por seis humeantes hachones. Como es costumbre, los primeros bancos están ocupados por la familia del finado. Hombres y mujeres visten la ropa de los domingos. El color predominante es el negro. Cuando los tres sacerdotes, que concelebran el oficio fúnebre, terminan el responso final se acercan a presentar sus respetos a los familiares. Inmediatamente se forma una larga fila en el pasillo central de los que van a dar el pésame. Una y otra vez se repiten las mismas expresiones:
- Os acompaño el sentimiento. Que gran pena. Era una buena persona. Nunca le olvidaremos…
   Quienes no dan el pésame en la iglesia, los amigos de la familia o los que quieren hacerse notar, esperan darlo en el camposanto. El acto resulta interminable, pero la gente aguanta a pie firme. Al acabar, cuatro amigos de la familia se echan a hombros el ataúd y enfilan el camino del cementerio precedidos por el párroco y los monaguillos y seguidos por los varones de la parentela, amigos y conocidos. Al llegar al final del pueblo trasladan el féretro al carruaje mortuorio que está aguardando. Mientras el cortejo ha discurrido por las calles de la población, al paso del féretro los hombres se destocan y las mujeres se persignan. En el camposanto está abierto el mausoleo, propiedad de la familia, en el que depositan el ataúd después del postrer responso del capellán. Otra vez, vuelve a formarse una larga cola para expresar las condolencias a los familiares. Mientras esperan turno, Bonet, Lapuerta y Ballesta hablan en voz queda.
- ¿Quién creen que va a coger el relevo del pobre Benjamín? – pregunta Ballesta.
- Posiblemente, Antonino que es el hermano mayor – apunta Bonet.
- Le gustaría, pero aunque es el mayor dudo mucho que tenga el suficiente carisma para imponerse. Yo más bien apostaría por Rodrigo – especula el médico.
- No cabe duda de que es más político que el resto de hermanos, pero me da la impresión de que no está muy allá de salud. Bueno, eso debe de saberlo usted mejor que nadie – comenta Bonet.
- En todo caso – prosigue el médico sin aceptar el envite de hablar de sus pacientes -, tengo la sospecha de que nada volverá a ser lo mismo. Me refiero para los Arbós.
- ¿Cree que van a perder fuerza política? – inquiere Ballesta.
- Ya han perdido mucha. Gimeno se ha encargado de limarles las garras y solo les ha faltado el óbito de Benjamín. Intuyo que esto puede ser el principio del fin de su poder. Sin embargo, pese a esa corazonada no apostaría ni un duro pues igual lo perdía. Aquí, como en otros lares, sigue habiendo gente que parece necesitar que alguien pastoree el rebaño – concluye el médico.
   Otra pareja que espera turno para dar su pésame, Marín y Gimeno, intercambian parecidos comentarios.
- ¿Quién dirigirá ahora a la familia?
- Rodrigo – afirma tajante Gimeno.
- Pues se le ve mala cara. No sé si es por el golpe que acaba de sufrir o porque no está muy católico, pero no le veo físicamente muy bien.
- Sí, no tiene buena pinta, pero es que no tienen otro. Antonino es un pobre hombre y Gonzalo únicamente está interesado en sus negocios y trapicheos – sentencia Gimeno que añade – Si en la generación joven hubiera hijos, pero...todas son chicas.
- Quizá algún sobrino – sugiere Marín.
- Es posible, pero no conozco ninguno que parezca interesado en la política.
- Hombre, Leoncio es presidente de la Hermandad.
- No es mala persona, pero es más corto que la noche de San Juan – remacha Gimeno.

martes, 15 de diciembre de 2015

10.2. No sé si creerte, Rafa


   El tercer domingo de octubre es el Día del Domund y por el pueblo anda un grupo de jovencitos, con sus huchas en forma de cabezas de negrito y chinito, pidiendo una limosna para las misiones. El Ayuntamiento ha montado una mesa en la que se centraliza lo recaudado por los diversos postulantes y que presiden las esposas de las distintas autoridades. Como una forma de agradecer la colaboración de tan distinguidas damas, la corporación ha organizado por la tarde un baile privado en el salón de plenos. Dado que veladas así son muy escasas, las señoras se han puesto de tiros largos y se las ve radiantes. No hay orquesta, pero sí una gramola con algunos de los discos más oídos en los últimos tiempos. Se escucha a Concha Piquer, la gran dama de la copla, cantando Ojos verdes y Tatuaje. Antonio Machín, con su melodioso deje cubano, canta Angelitos negros y Mira que eres linda. El engolado timbre de Jorge Sepúlveda entonando Mirando al mar. Los pasodobles como Francisco Alegre y Doce cascabeles son los que tienen más éxito. Y desenfadadas canciones, como Yo te diré y Mi vaca lechera, son coreadas por la mayoría de las invitadas. El ambiente es distendido y amable. Buena parte de las parejas que bailan son de mujeres puesto que no todos los maridos saben bailar o tienen ganas de hacerlo. Uno de los más bailones es Rafael Blanquer, ha sacado a la pista a casi todas las esposas de sus compañeros de corporación, comenzando por la señora alcaldesa. Con la única que no ha bailado ha sido con su mujer que, con gesto contrariado, está sentada en un rincón de la sala.
   Gimeno, que está de cháchara con Marín y Lapuerta, no pierde de vista las maniobras de Blanquer. Algo se le encoge muy adentro cuando ve que Rafael invita a Lola a bailar, pero no dice nada y sigue aparentando escuchar lo que cuentan sus compañeros.
- Lolita – Rafael sigue empeñado en llamarla por el diminutivo-, ¿sabes cuánto tiempo hace que no te tenía entre mis brazos?
   Claro que Lola lo sabe, le podría decir el año, el mes, el día y hasta la hora en que por última vez le ciñó el talle, pero se hace la desmemoriada.
- Ha llovido mucho de eso. No me acuerdo.
- En cambio, yo lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Te juro que he intentado borrarte de mis pensamientos, pero no lo consigo. Cuanto más tiempo transcurre con mayor intensidad revivo los momentos que pasamos juntos. Es como si mi memoria se negase a olvidarte.
- No seas falso, Rafa. Si tanto me echabas de menos no te hubieses casado con Pepita.
- Y me he arrepentido un millón de veces de haberlo hecho. Cometí la mayor estupidez de mi vida y bien que lo estoy pagando. Y ahora que te tengo tan cerca es cuando me doy cuenta de lo imbécil que he sido.
   Lola nota que un turbión de encontrados sentimientos brota por todos los poros de su piel. Antes de que se le note demasiado intenta cambiar de conversación.
- No he tenido ocasión de decírtelo, pero me disgusté mucho, más por ti que por mí, cuando los paniaguados de la Fiscalía de Tasas no encontraron pruebas de que se hacía contrabando en el humedal de Benialcaide.
- Bah, no te preocupes. Para mí fue todo un gustazo poder ayudarte. Lo volvería a hacer mil veces que me lo pidieras. Aunque… - el hombre duda -, me gustaría preguntarte algo: ¿por qué aquella denuncia no la puso tu marido, hubiese sido lo natural, no?
- Tendría que haber sido así, pero mi marido no tiene lo que hay que tener y en cambio a ti te sobra – y Lola vuelve a cambiar de tema, no quiere ahondar en la cuestión de la fallida denuncia -. El otro día alguien me comentó que tu madre andaba algo pachucha, ¿cómo está?
- Un poco tocada del estómago, tiene una úlcera y hay temporadas que le da mala vida. Precisamente mi madre siempre me repite que soy el mayor culpable de sus males por los muchos disgustos que le he dado. Y por cierto, también suele decir que si me hubiese casado contigo otro gallo me cantaría.
- No, si al final va a resultar que te casaste con Pepita porque tuviste un mal día.
- Un mal día quizá no, pero una pésima temporada, eso, seguro.
   Termina la pieza y Lola, tras saludar a su acompañante con un amago de sonrisa, vuelve a sentarse junto a las demás esposas. Rafael ha seguido contemplándola con descaro. José Vicente ha de hacer un esfuerzo titánico para que no se le note la ira.
   Al día siguiente del baile, Lola, como al desgaire, pregunta a su marido:
- ¿Arreglaste lo de la jubilación de mamá?
- Vaya, se me olvidó. Perdóname. En cuanto tenga un hueco la gestiono.
- No te preocupes. Comprendo que estás muy ocupado. Olvídate de ello, ya me encargo de buscar a alguien que la tramite.
- No, Lola, si no me cuesta nada.
- Ya lo sé, pero déjalo de mi cuenta. Al fin y al cabo se trata de mi madre.
   Unos días después, José Vicente descubre que cometió un error al no atender con presteza el requerimiento de su esposa.
- Lola, esta tarde tengo poco trabajo. Dame los papeles de tu madre y les echaré un vistazo a ver qué hay que hacer para tramitarlos.
- Ya encargué que los tramitaran.
- ¿A quién?
- A la gestoría de Blanquer.
- Ah, bueno.
   A Gimeno se lo llevan los demonios, pero comprende que ya es tarde. La culpa es suya por no haber prestado más atención a la petición de su mujer. Lola no le ha contado toda la verdad a su marido, todavía no encargó a la gestoría Blanquer la tramitación de la jubilación, pero sí piensa hacerlo esa misma tarde.
   El habitual gesto displicente de Rafael se transforma en una cálida sonrisa al verla entrar.
- ¡Qué sorpresa, Lolita, tú por aquí! ¿A qué debo el honor de la visita? 
- Buenos días, Rafa. Es una visita profesional. Vengo a ver si podrías gestionarme los papeles de la jubilación de mamá.
- Por supuesto, faltaría más. Pero siéntate, por favor, no estés de pie. ¿Traes la documentación?
   Esa primera entrevista tiene un tinte marcadamente profesional. Blanquer se limita a preguntas relacionadas con la tramitación de la solicitud y no hace ninguna alusión a cualquier otra cuestión. Lola sale de la gestoría, a la que había acudido con cierto nerviosismo, tranquila por la corrección con la que la ha tratado Rafael y, a la par, un tanto decepcionada porque esperaba otra clase de acogida. Recuerda, como si fuese ayer, el apasionado tono con el que le habló cuando el baile del Ayuntamiento. Y ahora, ¿por qué esa aparente atonía?
 En la segunda ocasión que Lola visita la gestoría, la actitud y el tono de Rafael cambian por completo. Es otro.
- Antes que nada, Lolita, permíteme decirte que no estás más guapa porque es imposible.
- ¿Eso se lo dices a todas tus clientas?
- ¿Quieres la verdad? Lo digo a la mayoría – confiesa un sonriente Rafael -. Con una pequeña diferencia, que en tu caso lo digo de corazón. Me sigues pareciendo la mujer más apasionante del mundo.
- No has perdido la labia, eh. Lo que son palabras nunca te faltaron, pero una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
- Estoy dispuesto a demostrarte con hechos lo que haga falta. Ponme a prueba.
- ¿Se puede saber qué hay que probar?
- Algo tan sencillo como verdadero, que sigo estando loco por ti.
   Más que las palabras a Lola le impacta la sinceridad que parece haber tras ellas.
- ¡Por Dios, Rafa! Te recuerdo que estás casado y eres padre.
- De acuerdo, ¿y qué? Que esté casado no presupone que esté enamorado de mi esposa.
- Entonces, ¿por qué te casaste si no la querías?
- Porque me obligaron mis padres.
- No ofendas mi inteligencia diciendo falsedades de ese calibre. Te lo ruego. ¿Desde cuándo cumples lo que tus padres te mandan? Si no les hacías caso ni cuando eras un chaval.
   Rafael, en un arranque de aparente sinceridad, le cuenta la aventura que tuvo con Esperanza, aquella chacha de Valencia, dando una versión que poco tiene que ver con lo que ocurrió. Querían obligarle a casarse porque la chica afirmaba que estaba embarazada, pero sus padres consiguieron que no se llevara a cabo la boda sobornando a la familia de la muchacha. Al final resultó que no existía tal embarazo, que todo había sido un montaje para pescarle, pero quedó en deuda con sus padres, por eso cuando estos le propusieron que se casara con Pepita, en un momento de debilidad dio su consentimiento. Pese a todo, nunca se la tomó en serio y mucho más cuando la conoció mejor, pero resultó que la niña de los Arnau, que no era tan tontorrona como parecía, le sedujo y se las arregló para que la preñara.
-…y con un crío por medio no tuve más remedio que casarme. Llevé al altar a una mujer que no me decía nada y tuve que dejar a la que quería con toda mi alma… y a la que sigo queriendo. Esa es la historia de mi vida y lo que más me reconcome es que sé que todo es culpa mía. 
- La verdad, no sé si creerte.
- Que me muera ahora mismo si lo que te digo no es cierto. Solo quería que lo supieses. Sé que no puedo esperar nada de ti. Estás casada y tienes una niña que creo que es tan preciosa como la madre. Me conformo con que sepas lo que siento por ti.
- No sé si creerte, Rafa – repite Lola con mucha menos convicción de la que trata de aparentar.