martes, 15 de diciembre de 2015

10.2. No sé si creerte, Rafa


   El tercer domingo de octubre es el Día del Domund y por el pueblo anda un grupo de jovencitos, con sus huchas en forma de cabezas de negrito y chinito, pidiendo una limosna para las misiones. El Ayuntamiento ha montado una mesa en la que se centraliza lo recaudado por los diversos postulantes y que presiden las esposas de las distintas autoridades. Como una forma de agradecer la colaboración de tan distinguidas damas, la corporación ha organizado por la tarde un baile privado en el salón de plenos. Dado que veladas así son muy escasas, las señoras se han puesto de tiros largos y se las ve radiantes. No hay orquesta, pero sí una gramola con algunos de los discos más oídos en los últimos tiempos. Se escucha a Concha Piquer, la gran dama de la copla, cantando Ojos verdes y Tatuaje. Antonio Machín, con su melodioso deje cubano, canta Angelitos negros y Mira que eres linda. El engolado timbre de Jorge Sepúlveda entonando Mirando al mar. Los pasodobles como Francisco Alegre y Doce cascabeles son los que tienen más éxito. Y desenfadadas canciones, como Yo te diré y Mi vaca lechera, son coreadas por la mayoría de las invitadas. El ambiente es distendido y amable. Buena parte de las parejas que bailan son de mujeres puesto que no todos los maridos saben bailar o tienen ganas de hacerlo. Uno de los más bailones es Rafael Blanquer, ha sacado a la pista a casi todas las esposas de sus compañeros de corporación, comenzando por la señora alcaldesa. Con la única que no ha bailado ha sido con su mujer que, con gesto contrariado, está sentada en un rincón de la sala.
   Gimeno, que está de cháchara con Marín y Lapuerta, no pierde de vista las maniobras de Blanquer. Algo se le encoge muy adentro cuando ve que Rafael invita a Lola a bailar, pero no dice nada y sigue aparentando escuchar lo que cuentan sus compañeros.
- Lolita – Rafael sigue empeñado en llamarla por el diminutivo-, ¿sabes cuánto tiempo hace que no te tenía entre mis brazos?
   Claro que Lola lo sabe, le podría decir el año, el mes, el día y hasta la hora en que por última vez le ciñó el talle, pero se hace la desmemoriada.
- Ha llovido mucho de eso. No me acuerdo.
- En cambio, yo lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Te juro que he intentado borrarte de mis pensamientos, pero no lo consigo. Cuanto más tiempo transcurre con mayor intensidad revivo los momentos que pasamos juntos. Es como si mi memoria se negase a olvidarte.
- No seas falso, Rafa. Si tanto me echabas de menos no te hubieses casado con Pepita.
- Y me he arrepentido un millón de veces de haberlo hecho. Cometí la mayor estupidez de mi vida y bien que lo estoy pagando. Y ahora que te tengo tan cerca es cuando me doy cuenta de lo imbécil que he sido.
   Lola nota que un turbión de encontrados sentimientos brota por todos los poros de su piel. Antes de que se le note demasiado intenta cambiar de conversación.
- No he tenido ocasión de decírtelo, pero me disgusté mucho, más por ti que por mí, cuando los paniaguados de la Fiscalía de Tasas no encontraron pruebas de que se hacía contrabando en el humedal de Benialcaide.
- Bah, no te preocupes. Para mí fue todo un gustazo poder ayudarte. Lo volvería a hacer mil veces que me lo pidieras. Aunque… - el hombre duda -, me gustaría preguntarte algo: ¿por qué aquella denuncia no la puso tu marido, hubiese sido lo natural, no?
- Tendría que haber sido así, pero mi marido no tiene lo que hay que tener y en cambio a ti te sobra – y Lola vuelve a cambiar de tema, no quiere ahondar en la cuestión de la fallida denuncia -. El otro día alguien me comentó que tu madre andaba algo pachucha, ¿cómo está?
- Un poco tocada del estómago, tiene una úlcera y hay temporadas que le da mala vida. Precisamente mi madre siempre me repite que soy el mayor culpable de sus males por los muchos disgustos que le he dado. Y por cierto, también suele decir que si me hubiese casado contigo otro gallo me cantaría.
- No, si al final va a resultar que te casaste con Pepita porque tuviste un mal día.
- Un mal día quizá no, pero una pésima temporada, eso, seguro.
   Termina la pieza y Lola, tras saludar a su acompañante con un amago de sonrisa, vuelve a sentarse junto a las demás esposas. Rafael ha seguido contemplándola con descaro. José Vicente ha de hacer un esfuerzo titánico para que no se le note la ira.
   Al día siguiente del baile, Lola, como al desgaire, pregunta a su marido:
- ¿Arreglaste lo de la jubilación de mamá?
- Vaya, se me olvidó. Perdóname. En cuanto tenga un hueco la gestiono.
- No te preocupes. Comprendo que estás muy ocupado. Olvídate de ello, ya me encargo de buscar a alguien que la tramite.
- No, Lola, si no me cuesta nada.
- Ya lo sé, pero déjalo de mi cuenta. Al fin y al cabo se trata de mi madre.
   Unos días después, José Vicente descubre que cometió un error al no atender con presteza el requerimiento de su esposa.
- Lola, esta tarde tengo poco trabajo. Dame los papeles de tu madre y les echaré un vistazo a ver qué hay que hacer para tramitarlos.
- Ya encargué que los tramitaran.
- ¿A quién?
- A la gestoría de Blanquer.
- Ah, bueno.
   A Gimeno se lo llevan los demonios, pero comprende que ya es tarde. La culpa es suya por no haber prestado más atención a la petición de su mujer. Lola no le ha contado toda la verdad a su marido, todavía no encargó a la gestoría Blanquer la tramitación de la jubilación, pero sí piensa hacerlo esa misma tarde.
   El habitual gesto displicente de Rafael se transforma en una cálida sonrisa al verla entrar.
- ¡Qué sorpresa, Lolita, tú por aquí! ¿A qué debo el honor de la visita? 
- Buenos días, Rafa. Es una visita profesional. Vengo a ver si podrías gestionarme los papeles de la jubilación de mamá.
- Por supuesto, faltaría más. Pero siéntate, por favor, no estés de pie. ¿Traes la documentación?
   Esa primera entrevista tiene un tinte marcadamente profesional. Blanquer se limita a preguntas relacionadas con la tramitación de la solicitud y no hace ninguna alusión a cualquier otra cuestión. Lola sale de la gestoría, a la que había acudido con cierto nerviosismo, tranquila por la corrección con la que la ha tratado Rafael y, a la par, un tanto decepcionada porque esperaba otra clase de acogida. Recuerda, como si fuese ayer, el apasionado tono con el que le habló cuando el baile del Ayuntamiento. Y ahora, ¿por qué esa aparente atonía?
 En la segunda ocasión que Lola visita la gestoría, la actitud y el tono de Rafael cambian por completo. Es otro.
- Antes que nada, Lolita, permíteme decirte que no estás más guapa porque es imposible.
- ¿Eso se lo dices a todas tus clientas?
- ¿Quieres la verdad? Lo digo a la mayoría – confiesa un sonriente Rafael -. Con una pequeña diferencia, que en tu caso lo digo de corazón. Me sigues pareciendo la mujer más apasionante del mundo.
- No has perdido la labia, eh. Lo que son palabras nunca te faltaron, pero una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
- Estoy dispuesto a demostrarte con hechos lo que haga falta. Ponme a prueba.
- ¿Se puede saber qué hay que probar?
- Algo tan sencillo como verdadero, que sigo estando loco por ti.
   Más que las palabras a Lola le impacta la sinceridad que parece haber tras ellas.
- ¡Por Dios, Rafa! Te recuerdo que estás casado y eres padre.
- De acuerdo, ¿y qué? Que esté casado no presupone que esté enamorado de mi esposa.
- Entonces, ¿por qué te casaste si no la querías?
- Porque me obligaron mis padres.
- No ofendas mi inteligencia diciendo falsedades de ese calibre. Te lo ruego. ¿Desde cuándo cumples lo que tus padres te mandan? Si no les hacías caso ni cuando eras un chaval.
   Rafael, en un arranque de aparente sinceridad, le cuenta la aventura que tuvo con Esperanza, aquella chacha de Valencia, dando una versión que poco tiene que ver con lo que ocurrió. Querían obligarle a casarse porque la chica afirmaba que estaba embarazada, pero sus padres consiguieron que no se llevara a cabo la boda sobornando a la familia de la muchacha. Al final resultó que no existía tal embarazo, que todo había sido un montaje para pescarle, pero quedó en deuda con sus padres, por eso cuando estos le propusieron que se casara con Pepita, en un momento de debilidad dio su consentimiento. Pese a todo, nunca se la tomó en serio y mucho más cuando la conoció mejor, pero resultó que la niña de los Arnau, que no era tan tontorrona como parecía, le sedujo y se las arregló para que la preñara.
-…y con un crío por medio no tuve más remedio que casarme. Llevé al altar a una mujer que no me decía nada y tuve que dejar a la que quería con toda mi alma… y a la que sigo queriendo. Esa es la historia de mi vida y lo que más me reconcome es que sé que todo es culpa mía. 
- La verdad, no sé si creerte.
- Que me muera ahora mismo si lo que te digo no es cierto. Solo quería que lo supieses. Sé que no puedo esperar nada de ti. Estás casada y tienes una niña que creo que es tan preciosa como la madre. Me conformo con que sepas lo que siento por ti.
- No sé si creerte, Rafa – repite Lola con mucha menos convicción de la que trata de aparentar.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Capítulo X. O creces o mueres 10.1. Los chicos necesitan una ocupación



   Tras el cierre del almacén de materiales para la construcción que montaron los padres de Rafael Blanquer y los de su esposa, Pepita Arnau, la joven pareja se enfrenta al problema de cómo ganarse la vida. Ambas familias tienen muchas fincas y otros bienes raíces, pero Pepita no quiere oír hablar de trabajar en algo que suponga ensuciarse las manos. En cuanto a Rafael, como no se cansa de repetir su madre inflando la realidad, un chico que es medio ingeniero no se va a poner a trabajar en una ocupación que no esté a la altura de sus merecimientos.
   Después de muchos conciliábulos, ambas familias se ponen de acuerdo para montar a sus vástagos una tienda de artículos de regalo. El establecimiento es el único del pueblo en su género. No tiene competencia, pronto descubren por qué. Dadas las arcaicas costumbres locales y la escasa capacidad adquisitiva, los clientes entran a cuentagotas. El fracaso es sonado. Los padres de los recién casados no se desaniman y, tras un detenido estudio sobre el comercio local, les ponen una perfumería. En el pueblo no hay ninguna, lo más parecido que existe es la vieja tienda del tío Recaredo, una mezcla de droguería, ferretería y mercería y en donde la prisa es materia prohibida. La joven pareja parece muy ilusionada con el establecimiento, es con mucho el más moderno y elegante del pueblo. En las primeras semanas, da la impresión de que Pepita ha encontrado el trabajo de sus sueños. Atiende a las clientas como si toda la vida la hubiese pasado tras un mostrador. Hasta da el pego de ser toda una experta en la materia.
- ¿Y qué perfume me aconsejas? – pregunta la clienta de turno.
- Maderas de Oriente, no lo dudes. Es de Myrurgia y huele de categoría. Fíjate si será bueno que lo usa Amparito Rivelles. No te digo más.
- Pepita, necesito un jabón de olor para mi chica que se va a casar, ¿cuál me recomiendas?
- Heno de Pravia, es uno de los mejores.
- Es muy caro, ¿no tienes otro un poco más barato?
- Prueba el de La Toja, vale algo menos, pero también es de categoría.
- ¿Tenéis cepillos de dientes?
- Eso en la farmacia.
   La ilusión de la pareja por la perfumería dura lo que ambos tardan en cansarse de tener que abrirla y cerrarla diariamente. Los padres no accedieron a que contrataran a una dependienta y la han de atender ellos. Pepita nunca trabajó y, pasadas las primeras semanas, lo de tener la diaria obligación de atender la tienda le resulta fatigoso. Con la excusa de que ha de cuidar al bebé, trata de que sea Rafael quien se ocupe del establecimiento, pero su marido arguye que vender perfumes y mejunjes para mujeres no es trabajo propio de un hombre que se vista por los pies y se niega tajantemente a ocuparse del negocio, solo está dispuesto, al finalizar la jornada, a hacer caja que para eso sabe muchas matemáticas. El resultado no podía ser otro: en pocos meses, y visto el fracaso de las ventas, no les queda otra que cerrar la tienda.
   Los Blanquer discuten sobre cómo encontrar un negocio en el que su hijo se sienta cómodo.
- Antonio, así no pueden seguir. Nuestra nuera no sirve para nada – se lamenta Maruja.
- No le culpes solo a ella – la contradice su marido -, la culpa es de los dos. Es verdad que Pepita no sabe hacer nada, parece la reina de Inglaterra, pero él no le ayuda ni pizca. Así no hay manera de sacar ningún negocio adelante.
- Estoy de acuerdo contigo… en parte. Mientras sean negocios que los tenga que atender Pepita no harán nada. Esa chica no sería capaz de vender un vaso de agua a un sediento. Es lo más corto que han parido madres.
- No deberías de hablar así de tu nuera porque nuestro hijo también tiene su aquel. Estoy todavía por verle que se ponga detrás del mostrador.
- ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¿Te olvidas que es bachiller superior y con el ingreso aprobado en la Escuela de Ingenieros? No le hemos dado todos esos estudios para que termine como un vulgar tendero.
- Ser tendero es una profesión respetable y a Rafael no se le deberían de caer los anillos por serlo. De algo han de vivir o ¿es qué estás dispuesta a que vivan a nuestra costa y a la de nuestros consuegros?
- Por supuesto que no, pero a lo que me niego es que Rafael acabe siendo un tendero. Un chico que es medio ingeniero. Seríamos la rechifla del pueblo. Pues no se iba a reír más de una que yo me sé.
   Azuzada por su marido, Maruja intenta convencer a su hijo de que la situación es insostenible y hay que ponerle remedio.
- Hijo, así no podemos seguir – Más que un reproche las palabras de Maruja suenan como un lamento.
- La culpa no es mía, mamá. Ya os lo predije. Mientras os empeñéis en ponernos negocios que tenga que atenderlos mi mujer no haremos nada. Serán un fracaso. ¿O es que todavía no te has enterado de que tu nuera es tonta del culo? No sería capaz de venderle ni un cucurucho de altramuces a un chaval.
- No hables así de la madre de tu hijo. ¿Qué pensaría la gente si te oyera? Ya sé que no es muy despabilada, por eso lo que tienes que hacer es ayudarla.
- ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¿Te olvidas de que soy bachiller superior y con el ingreso aprobado en la Escuela de Industriales? No me habéis dado todos esos estudios para que termine como un tendero de tres al cuarto.
- Pero de algo tenéis que vivir. No podéis estar mano sobre mano. Sois demasiado jóvenes para vivir de la sopa boba.
- No te digo que no tengas razón, pero a lo que me niego es a terminar tras un mostrador. Por ahí no estoy dispuesto a pasar.
- Y si no ponemos una tienda, ¿qué vamos a hacer? En el pueblo hay pocas posibilidades de montar cualquier otra clase de negocio.
- Ya se os ocurrirá algo, pero de estar tras un mostrador, rien de rien.
   Los Arnau también discuten sobre el futuro de su hija y los problemas ocasionados por los distintos y fracasados negocios.
- Si llego a sospechar que Rafael era tan vago no hubiera dejado que se casara con la niña.
- A mí, nuestro yerno siempre me pareció un chuleta y encima es de los que no le dan un palo al agua.
- Metimos bien la pata casando a la niña con ese haragán, pero ya no tiene remedio. Ahora lo que hay que hacer es encontrar una solución. Esta misma noche voy a ver a la Maruja.
   Ambas consuegras mantienen una agria discusión sobre quien de los dos cónyuges es culpable del desaguisado. Tras calmarse, concluyen que ambos tienen su parte de culpa y lo que ahora se impone, en vez de seguir echándose en cara el fracaso, es encontrar una salida a la situación, no hay otra que buscarles una ocupación a los chicos. Lo primero que deciden es traspasar la perfumería para no seguir perdiendo dinero. Lo segundo es pensar qué clase de negocio deberían montar que se ajustase a dos condiciones: que fuera atendido solamente por Rafael y que éste no tuviese que ponerse tras un mostrador. Es Antonio quien encuentra la solución. El Gobierno ha decretado el fin del racionamiento de artículos de primera necesidad como el pan, el aceite y la carne, y ese cambio produce, entre otros efectos, que muchos establecimientos comerciales necesiten llevar una contabilidad que anteriormente, con las cartillas de racionamiento, no era precisa. A ello le añade una idea que se le ocurrió cuando tuvo que hacerse un seguro. Van a montarles a los chicos una gestoría administrativa en la que se llevará a cabo un poco de todo: tramitar documentos, llevar contabilidades, cumplimentar cualquier tipo de solicitudes y representar a la compañía de seguros La Unión y El Fénix, una de las empresas del ramo más importante del país. Antonio le vende el proyecto a su hijo haciéndole ver que es un trabajo adecuado para un hombre de su preparación, por supuesto sin mostrador alguno, que no resultará excesivamente laborioso y, además, no va a tener competencia. Naturalmente, lo atenderá solamente él, su mujer no está capacitada para unas tareas que exigen conocimientos de los que está ayuna.
   Unas semanas después, Fina le cuenta a Lola la última novedad en el pueblo:
- ¿Sabes que Rafa ha montado un nuevo negocio? Se llama Gestoría y Correduría de Seguros Blanquer.