martes, 8 de diciembre de 2015

9.12. Una pirueta inexplicable



   Lola no ha conseguido convencer a su marido de que la explotación arrocera del vecino pueblo de Benialcaide no es más que la tapadera para otro tipo de negocios presuntamente ilegales: contrabando, estraperlo o ambas cosas. No le ha convencido porque, entre otras motivaciones, en Gimeno sigue pesando el consejo de su amigo Germán: en ese asunto no te metas en camisas de once varas. Con su característica tenacidad, la mujer aprovecha la más mínima ocasión para volver a la carga.
- Marido, ¿sabes de lo que ayer fui testigo?
- Pues no, pero supongo que vas a contármelo.
- Estaba en la peluquería de la Rizos, ya con el secador puesto. Una de las que esperaba turno era tu antigua novia que, por cierto, fuma como una carretera. Una oficiala le pidió un cigarrillo y al ver que era rubio le preguntó que de dónde lo sacaba. Pepita, tan cantamañanas como acostumbra, alardeó de que se lo traían de Benialcaide. Allí conocía a alguien que se lo facilitaba muy barato puesto que era de contrabando.
- Pepita es tonta de capirote, aquí también puede encontrar rubio de contrabando.
- Sí, pero no tan tirado de precio como en Benialcaide. Lo he preguntado.
- Bueno, ¿y qué quieres decirme con eso? ¿Qué ese tabaco rubio es el que alijan a través del humedal?
- No, pero son muchas coincidencias que todas apuntan a la misma diana. Portolés no acepta los tractores de Caselles, ni los transportes ofrecidos por Vives, convierten esos campos en coto de caza en cuatro días y en Benialcaide hay tabaco rubio a mansalva y bien baratito.
- Todo eso, sumado, no te lo admitiría ningún juez como indicios fehacientes de presuntas prácticas de contrabando. Eso no es más que humo, Lola.
- Dónde hay humo es que hay fuego o, al menos, lo ha habido – replica la mujer.
   Gimeno no acaba de entender el porqué de la insistencia de su esposa con el supuesto contrabando en el humedal del vecino pueblo. Y por ahí va su pregunta:
- De acuerdo, Lola. Supongamos que todos esos indicios apuntan a que ahí se desembarcan alijos, pero sigo preguntado: ¿y a nosotros que nos va y que nos viene?
- Creo que, si mis sospechas fueran ciertas, podríamos sacar un buen provecho de ese asunto. Una denuncia ante las autoridades competentes nos podría reportar beneficios políticos e incluso económicos.
- No veo como nos podríamos beneficiar denunciando una posible – y Gimeno enfatiza el adjetivo – trama de contrabando a la Guardia Civil.
- De denunciarlo a los del tricornio, nada. Levantarían un atestado, lo mandarían a Gobierno Civil y al juzgado de guardia y nosotros no nos comeríamos una rosca. Habría que denunciarlo a la Comisaría de Abastecimientos y Transportes y a la Fiscalía de Tasas.
- ¿Y por qué diantres a la Fiscalía de Tasas? – inquiere un desconcertado Gimeno.
- Porque si se confirmase que están desembarcando alijos, a quien lo hubiese denunciado le correspondería una parte alícuota de la correspondiente multa que se impondría a los autores del delito. Podría ser un buen pico. Y además quedarías como un ciudadano ejemplar y un buen patriota ante el Gobernador Civil.
   Es oír lo último que ha dicho Lola y el desconcierto del hombre se multiplica.
- Con esto último, ¿estás sugiriendo que yo debería ser el denunciante?
- ¿Y quién si no?, ¿quién mejor que el jefe de Falange más prometedor de toda la provincia sea el que realice un acto que solo puede calificarse de patriótico? Y digo bien, patriótico, pues estarías sacando a la luz hechos que atentan contra la economía española y, por ende, contra la patria.
- Lo que me faltaba, convertirme en un chivato de algo de lo que solo hay conjeturas. Mira, Lola, doy por no oído lo que acabas de proponer. Mejor hablamos de otras cuestiones.
   A Gimeno no se le puede ir de la cabeza la, para él, descabellada propuesta de su esposa. Piensa que en los últimos tiempos a Lola parece que se le ha ido la pinza. Prueba de ello es lo que propone: denunciar ante la Fiscalía de Tasas una posible red de contrabandistas y hacerlo, no por sentido del deber ciudadano o por una reacción patriótica, como arguye, sino pura y simplemente por dinero. Siempre fue una mujer a la que el dinero nunca le importó demasiado y ahora pretende conseguirlo por medio de una acción que podría volverse contra ellos y que está llena de trampas. Esta mujer, se dice, se ha vuelto chaveta. Porque, vamos a ver: ¿y qué pasa si los de la Fiscalía no admiten la denuncia porque estiman que los indicios no son suficientes para abrir una investigación? o, peor todavía, ¿y si la admiten y luego resulta que de contrabando o de estraperlo nada de nada?, ¿en qué lugar quedaría?, como un chivato que formula denuncias sin ton ni son. Hasta podría ocurrir que el empresario denunciado le acusara de menoscabar su honor y buena fama y le llevara ante los tribunales. Esta no es la mujer con la que me casé, concluye.
   Los razonamientos de Lola difieren diametralmente de los de su marido. Piensa que José Vicente es un cobarde que se achanta ante una posibilidad como la que se les ha presentado. De golpe y porrazo, y sin ningún esfuerzo, podrían ganar un montón de dinero. Está cansada de vivir en una casa alquilada, está harta de tener que hacer un montón de cuentas para poder llegar sin apuros a fin de mes, le encantaría tener un coche como el Renault que se ha comprado Alfonso Grau, le gustaría…, le gustarían tantas y tantas cosas, y ahora que casi las puede tener al alcance de la mano, el caguetas de su marido se amilana. No tendría que haberme casado con él, se dice, pero… ¿Y por qué no presento la denuncia yo?, se pregunta. Analiza esa posibilidad: si lo hago, sin el consentimiento de mi marido, puedo dar mi matrimonio por destruido; además, en esta España una, grande y libre, las mujeres todavía no contamos. Si para abrir una cuenta corriente necesitas que tu marido lo autorice, igual para aceptar la denuncia me piden que lleve el visto bueno de José Vicente. Estaríamos en las mismas. Lo de que yo presente la denuncia queda descartado. Sigue dándole vueltas a la posible delación. Una idea le lleva a otra, hasta que cree encontrar la solución: no todo está perdido, si el vaina de su marido no tiene lo que hay que tener, hay alguien a quien le sobra coraje para denunciar a Portolés y a toda su banda. Lola le pide a Fina que cite a su exnovio Rafael en su casa.
- ¿Qué llame a Rafa?, ¿y se puede saber para qué? Porque una cosa es que sea tu mejor amiga y otra muy distinta es que me preste a servirte de alcahueta.
- Fina, hija, no te pongas melodramática. ¿Crees que estoy tan majara cómo para verme con Rafa en tu casa para ponerle los cuernos a mi marido? Por Dios, creía que me conocías mejor.
- Perdona si te he ofendido, pero es que no me has explicado el motivo de esa cita – se disculpa Fina.
- Quien ahora pide disculpas soy yo. Tendría que haber comenzado por contarte el porqué de la reunión – en principio no le cuenta la verdad a su amiga -. Se trata de un asunto político. José Vicente quiere que Rafa adopte, como juez municipal, una determinada postura en una cuestión de la que, por ahora, no puedo darte más detalles. Y como ambos no se llevan muy allá me ha pedido que sea yo quien realice la gestión con la mayor discreción posible. El lugar más discreto que se me ha ocurrido ha sido tu casa y tú la persona en quien se puede confiar plenamente en que no destapará el asunto ni la reunión.
- Ah, bueno, haber comenzado por ahí. ¿Cuándo quieres que le llame?
   Fina hace de componedora y Lola y Rafael se ven en el domicilio de la primera. Fina incluso ha dispuesto que cada uno de ellos entre en la casa por puertas diferentes: él por la puerta delantera y ella por la de atrás. A Lola no le cuesta nada convencer a Rafael de su plan. El hombre le dice que puede contar con él para lo que quiera, y remarca la última frase; es más, le cuenta a Lola que hay otra gente en el pueblo que también está convencida de que lo del arroz no es más que un disfraz para ocultar el contrabando. Que por supuesto, si ella se lo pide, no tiene ningún problema en firmar la denuncia. Le sugiere que tendrían que volver a quedar para, entre ambos, redactar una denuncia que fuera lo más completa posible. Lola, que ya tenía elaborada la denuncia, no la saca y acepta que lo de reunirse otra vez es una acertada idea.
   En la segunda cita, también en casa Fina, es cuando Lola habla sobre la jugosa parte de la multa que podría corresponderles como autores de la delación. Había supuesto que Rafael querría, por lo menos, la mitad de lo que iban a percibir, y cuando oye decir a su exnovio que no quiere una peseta no puede ocultar una sonrisa de satisfacción. Rafa afirma que lo único que hará será poner su firma al pie del pliego de la denuncia, pero quien ha hecho todo el trabajo anterior ha sido ella, por consiguiente si hay alguna compensación económica ha de ser para ella. Lola está en un tris de aceptar, pero se lo piensa mejor e insiste en que lo justo es repartirse de alguna manera la recompensa, por ejemplo: un veinte por ciento para él y el resto para ella.
   Para continuar viéndose con Rafael, Lola le ha tenido que contar a Fina la verdad del asunto que se trae entre manos. Cuando Fina queda solo piensa que, pese a lo que cuenta su amiga, la jugada es expuesta y comprometida, pero Lola en una pirueta inexplicable en lo que ha sido su comportamiento, su manera de encarar la vida y hasta su ideario vital olvida todo lo anterior y sigue adelante con su plan.
- Esta no es la Lola que creía conocer. Algo o alguien la ha cambiado – se dice Fina en voz alta.

viernes, 4 de diciembre de 2015

9.11. Los recurrentes sí, pero… de Lola



   Fernando Marín está recibiendo más información sobre el presunto contrabando en el nuevo coto arrocero de la vecina localidad de Benialcaide. Como alcalde del pueblo se cree obligado a realizar algo al respecto, lo que no sabe es qué: ¿denunciarlo?, ¿y a quién: al Gobierno Civil, a la Audiencia Provincial, a la Guardia Civil…? Como siempre que se encuentra ante un dilema, hace lo de costumbre: consultarlo con su mentor.
- José Vicente, no paran de llegarme rumores sobre lo del arrozal de Benialcaide? Si fuera cierto que ahí hay una operación de contrabando a gran escala, ¿no crees que deberíamos hacer algo?
   Gimeno, que tiene muy presente el consejo de su amigo Germán y, especialmente, la admonición de Lola sobre el tema, se muestra cauto en la respuesta:
- Lo que creo es que todo cuanto se dice sobre ese asunto lo has definido muy bien, rumores, solo son rumores. Y no podemos hacer caso de todas las habladurías que circulan por ahí. Además, hay que tener en cuenta una cuestión importante: lo que ocurra en el municipio de Benialcaide no es competencia tuya ni mía, en todo caso lo será de sus autoridades. A nosotros allí no se nos ha perdido nada.
- Lo que dices es cierto, pero también lo es que la mayoría de los peones que trabajan allí son de este pueblo. Y eso sí que es competencia nuestra – insiste Marín que se ha ido haciendo más responsable y legalista desde que se hizo cargo de la vara municipal de mando.
- Mira, Fernando, sí en Benialcaide se cometieran actos delictivos y nosotros, sabiéndolo, no lo pusiéramos en conocimiento del poder judicial estaríamos incurriendo en un delito, pero ¿qué es lo que sabemos?, nada, solo rumores, como muy bien has dicho.
- ¿Y por qué no volvemos a hablar con Ramón Ferrer?, el que trabaja allí de capataz. Si recuerdas la charla que mantuvimos con él parecía saber mucho.
   Gimeno decide seguir la corriente al alcalde como una manera de acallar sus inquietudes y citan al bracero. Éste vuelve a contarles las mismas sospechas que ya les había relatado.
- Ramón, a pesar de lo que cuentas sobre una posible trama de estraperlo o de contrabando no acabo de creérmelo. ¿Tú conoces a alguien que haya sido testigo de la descarga de algún alijo? – Gimeno sigue apretándole las tuercas al capataz.
- Si he de decir la verdad, no. Pero hay cosas que caen por su propio peso. ¿Por qué los caminos que conducen a las playas se mantienen en perfecto estado? Dicen que para que pasen los tractores sin problemas, pero hasta la campaña que viene no serán necesarios. Y luego está lo de los rebaños, uno de ovejas y otro de cabras, que se van a mantener en el coto, incluso en invierno.
- ¿Y qué tienen que ver ovejas y cabras con el contrabando? – pregunta un tanto desconcertado Marín.
- Pues está claro como el agua – el bracero mira a sus interlocutores con aire de superioridad -. Cuando se saca un alijo en la playa hay que cargarlo en camiones y sus rodadas quedan marcadas en los caminos de tierra. Si después pasa por ese mismo camino un rebaño, las huellas de los neumáticos desaparecen y solo quedan las pisadas de los animales.
   Como solo siguen siendo suposiciones, Gimeno lo tiene fácil para convencer al alcalde de que no hay pruebas firmes de un posible contrabando. Hasta que en una conversación con Manuel Caselles, el viejo industrial le ofrece una versión más verosímil sobre el posible negocio que puede haber en los nuevos arrozales del humedal de Benialcaide.
- Yo tampoco acabo de creerme lo del contrabando, José Vicente. Ahora, lo que sí puede ser es que lo del arroz no sea más que una tapadera.
- Y si no es contrabando, ¿qué negocio puede ser, señor Caselles?, ¿conseguir subvenciones del Instituto de Colonización?, ¿blanqueo de dinero del estraperlo?
- Cualquiera de ambas cosas, pero me inclino a creer que más bien se tratará del estraperlo del abono.
- Del cupo del abono, claro – Gimeno acaba de darse cuenta de por dónde van las sospechas de Caselles.
- En efecto. Tú sabes, mejor que nadie, lo buscado que va el guano, el nitrato, el amoniaco; en fin, todos los abonos, cuya venta a precios tasados está intervenida por el Gobierno. Como la naranja se exporta tan bien y es muy rentable, comienzan a proliferar nuevos huertos por lo que el abono está alcanzando en el mercado negro precios muy sustanciosos. Alguien me ha comentado que a la estación de Benialcaide llegan vagones y vagones de abono de cupo destinado a los arrozales de allí, pero que no se descargan y son reenviados a otros destinos. Ese abono, vendido de estraperlo, aumenta su valor en muchos miles de duros. Ahí es donde puede estar el verdadero negocio. Y te doy otro dato que no sabe nadie: fui a ver a Portolés para ofrecerle mis tractores y trilladoras a un precio realmente tirado. Estuvo muy amable, me lo agradeció y me dijo que ya se pondría en contacto. Bueno, pues hasta hoy.
- O sea, que se trata de estraperlo y no de contrabando. Lo que no encaja en todo eso es lo de los rebaños que nos ha contado Ferrer.
- Eso es cierto, puede ser que se dediquen al pelo y a la pluma. No serían los primeros.
   Gimeno le cuenta a su esposa las sospechas que se ciernen sobre los nuevos campos de arroz del vecino pueblo. Lola le escucha atentamente.
- Lo que dice ese capataz puede que sea así, al fin y al cabo trabaja en esos campos, pero para mí son más concluyentes las razones que te ha dado el señor Caselles. Siempre le oí decir a mamá que Caselles es más listo que el hambre y que tiene mucho pesquis. Y esa noticia que te dio de que el alicantino rechazó sus tractores da que pensar – opina Lola.
- Bueno, sea lo que sea, afortunadamente no es un problema que nos atañe. Allá se las apañen las autoridades de Benialcaide.
- Sí, pero… - Lola no termina la frase, como si no supiera como proseguir.
- Pero qué, Lola.
- Es que lo he pensado mejor, me parece que iba a decir una tontería.
- Las tonterías las dicen los tontos y tú de tonta tienes lo que mosén Batiste de anticlerical.
- Verás. He estado dándole vueltas a lo de los campos del humedal de Benialcaide y también he recabado más información. Y en efecto, hay algunos datos que parecen apuntar que en ese negocio hay gato encerrado. Algunos hechos parecen confirmarlo, por ejemplo: me han asegurado que varios de los arroceros del pueblo han pretendido comprar fincas en aquel coto y no les ha sido posible. Parece que el Ayuntamiento de Benialcaide ha firmado un contrato con el tal Portolés por el que le arriendan todo el humedal durante veinte años, siempre y cuando mantenga algún tipo de actividad en su entorno aunque no sea estrictamente agraria.
- Yo no veo en eso ninguna ilegalidad o algo que induzca a sospechas.
- Sí, supongo que el contrato será legal, pero… - Los recurrentes sí, pero de Lola – si lo piensas bien, la existencia de ese contrato supone que nadie que no sea la gente de Portolés puede transitar por esos campos. En otras palabras: que ahí nadie de fuera puede meter sus narices, por lo que pueden hacer cuanto quieran que nadie se va a enterar. Y hay otro dato que también tiene su aquel: Amparín, la hija de tu amigo Vives – esto lo ha dicho con sorna -, me contó que su padre le había ofrecido a Portolés su colaboración para comercializar la cosecha, así como la flota de camiones del pueblo para el transporte a unos precios muy competitivos. Le dio la misma respuesta que a Caselles: que ya le llamaría. Todavía está esperando esa llamada.
- Parece evidente que no quiere que nadie se meta en sus asuntos – admite Gimeno para añadir -, pero eso no prueba que ahí se cometa algo ilícito.
- Hay otro dato que, aunque pueda parecer anecdótico, para mí es más contundente. Como sabes, el marido de Fina es muy aficionado a la caza. Hace unos días fue con unos amigos a pegar unos tiros a los patos que invernan en la Marina. Sin darse cuenta entraron en el término municipal de Benicalcaide, hasta que se toparon con un guarda jurado que les conminó a que no siguieran pues aquello lo han convertido en coto privado de caza. Con lo que se tarda en conseguir una autorización de esa clase y, al parecer, el alicantino lo ha logrado en cuatro días. Si sumas todo cuanto acabo de contarte el total es más claro que el agua clara: si ahí no hay contrabando o estraperleo que venga Dios y lo vea.
- ¿Entonces, deberíamos hacer algo? – pregunta Gimeno sin saber a dónde quiere llegar su intrigante mujer.
- Sí, pero…

martes, 1 de diciembre de 2015

9.10. Quien se mete a redentor…



   Después de la tensa discusión con su esposa y haber pasado una noche en duermevela, Gimeno ha optado por no romper la baraja de su matrimonio y quedarse en Senillar. En los días siguientes al agrio diálogo entre la pareja la tensión es evidente, lo denuncian las malas caras y la ausencia de diálogo. Poco a poco, las aristas de la malquerencia se van suavizando y la relación de la pareja adopta aires más amables. El hombre no puede dejar de pensar qué puede haber detrás de la terca postura de su esposa de no querer abandonar el pueblo. El demonio de los celos le atormenta. Ella percibe el estado de ánimo de su marido e intenta congraciarse con él por todos los medios. Antes era el hombre quien iniciaba los escarceos que anteceden a la unión, ahora es ella la que, sin ninguna clase de pudor, se ofrece abiertamente.
   Entretanto el matrimonio Gimeno-Sales trata de recomponer su relación, el pueblo anda revolucionado. Hacía años, desde los tiempos dorados del boniato, que no había tanta demanda de mano de obra. El trabajo es duro, pero está bien pagado. La amplia oferta laboral no está exactamente en la localidad sino en el vecino municipio de Benialcaide. La historia se inició el día que apareció un tal Salvador Portolés, avispado hombre de negocios de Alicante, que arrendó los terrenos del humedal benialcaidés, que son prolongación del de Senillar. Su meta, según cuenta a todo el mundo, es convertir la turbera pantanosa en un gran coto arrocero al igual que se hizo antes en Senillar. A la gente la empresa le parece un puro disparate, el humedal de Benialcaide tiene una superficie más pequeña que el senillense, pero el problema no es su extensión sino el agua. En la zona también abundan los pequeños manantiales de agua dulce, pero no producen caudal suficiente para regar una extensión tan grande como la que el empresario alicantino pretende cultivar. A los braceros senillenses les trae sin cuidado cuanto afirma la gente del disparate que supone aquella empresa. Diariamente cogen sus bicicletas para recorrer los siete kilómetros que aproximadamente hay hasta la futura explotación, se calzan sus botas de agua y se dedican a arrancar carrizos, juncos, hierba salada y demás plantas salvajes que son las únicas capaces de medrar en aquel salobre pantano. Y cada sábado, religiosamente, reciben su semanada. Después de limpiar el terreno de malas hierbas habrá que allanarlo, remodelarlo en balsas, hacer los ribazos y márgenes, construir canales y acequias, trazar caminos… Lo que es trabajo no va a faltar antes de que allí se coseche un solo grano de arroz. Por eso el pueblo anda revolucionado, el mercado laboral ha sufrido un vuelco espectacular, hay mucha más demanda que oferta de mano de obra. El primer resultado es que los jornales han subido y, lo que es peor, no siempre se encuentran todos los jornaleros que se necesitan. Los propietarios locales, que ordinariamente tienen que contratar braceros, están que trinan y van con sus quejas a quien manda en el pueblo, que no pasa por su mejor momento desde que, vistas las reticencias de su mujer, ha optado por quedarse.
- Lo siento mucho, pero es un asunto en el que no puedo hacer nada. Si Portolés se lleva a la gente es porque paga mejor y contra eso, ¿qué queréis que haga? – Es la desabrida respuesta de Gimeno.
- Está claro, José Vicente, obligarle a que no ofrezca jornales tan elevados.
- No se le puede obligar, está en su derecho de pagar lo que estime conveniente. Además, según me han dicho los braceros cobran lo mismo que aquí, veinticinco pesetas por jornada. ¿De qué os quejáis?
- De que ofrece trabajo a destajo y si un hombre echa unas cuantas horas más puede sacarse hasta el doble que aquí. Y si hablamos de derechos, nosotros tenemos el derecho de que no nos roben nuestros peones.
- Ese derecho no existe. Desapareció con el fin de la esclavitud y de los siervos de a gleba – La sorna con la que responde Gimeno es evidente.
- No nos cuentes milongas, José Vicente. Con lo que tú mandas y la mano que tienes en Valencia seguro que puedes obligar a Portolés a que no se meta en las cosas de nuestro pueblo.
- No sé qué tengo que deciros para que lo comprendáis. El trabajo en el campo se rige por el principio de la oferta y la demanda. Si Portolés ofrece mejores condiciones que vosotros se llevará los braceros. Y no hay nadie que pueda impedirlo.
- Pero alguien tendría que hacerles ver a ese hatajo de desgraciados que algún día se acabará ese momio y tendrán que volver a nuestras manos y ya veremos quien les contrata entonces.
- Eso tampoco es materia que competa a las autoridades. Se lo debíais de decir vosotros que, en definitiva, sois los perjudicados.
- A más de uno ya se lo he dicho – afirma uno de los propietarios -, pero no me han hecho ni puñetero caso.
- Pues creedme que lo siento pero, como os digo, no puedo hacer nada.
- Seguro que si tuvieras fincas encontrarías alguna solución – apunta alguien maliciosamente.
- ¿Eso lo dices en serio, Segundo, o es una broma? – El tono de Gimeno corta como el filo de una navaja cabritera.
- No, hombre, es broma, ¿cómo iba a decirlo en serio? – el aludido repliega velas rápidamente.
   Terminados los trabajos de acondicionamiento del terreno en el humedal se procede a la plantación del arroz. Los vecinos siguen contemplando el desarrollo de los hechos con gran escepticismo, están convencidos de que va a resultar una tarea ímproba que en aquellas salobres tierras, y con tan pobre caudal de agua dulce, pueda medrar el gran número de hectáreas cultivadas. A ello se añade otro detalle que tiene mosca a los que entienden del cultivo, los campos han sido cicateramente abonados y en una tierra pobre, con agua semidulce y escasos nutrientes, lo más normal es lo que termina ocurriendo: las plantas crecen dificultosamente y sus tallos apenas si alcanzan la mitad de la altura que deberían tener. La cosecha es francamente pobre y no da la impresión de que pueda hacer rentable la enorme inversión realizada. Lo que vaticinaban los agoreros se ha cumplido. De golpe se desata un mar de rumores sobre la auténtica finalidad de aquella empresa. Que si lo del arroz no es más que una tapadera para justificar las millonarias subvenciones que el empresario alicantino ha conseguido del Instituto Nacional de Colonización. Que si es una manera de blanquear el dinero negro conseguido con el estraperlo. Que si… Corren muchos bulos, pero hay uno que termina borrando a los demás. La habladuría parece que ha surgido de los propios jornaleros que trabajan en el coto: lo del arroz no es más que una tapadera para ocultar el verdadero negocio que allí se ventila, el contrabando. El humedal limita a lo largo de unos cuantos kilómetros con el mar, lo que significa que hay una gran extensión de costa absolutamente desierta y, por tanto, un lugar idóneo para el desembarco de alijos. Dadas las precarias relaciones con el extranjero y el asfixiante sistema de controles y cupos existentes, el contrabando de cientos de productos continúa siendo un rentable negocio. Y, al parecer, esa es la finalidad de la creación del coto y no la del cultivo del arroz. Hay un puñado de datos que parecen avalar esa versión y Ramón Ferrer, uno de los capataces que trabaja en el recién creado arrozal, intenta explicárselo a Marín y Gimeno:
- Tiene que ser contrabando. Que allí no hay agua para tantas hectáreas de arroz lo sabíamos todos, y encima han abonado los campos poquísimo. El señor Portolés, que ha de ser muy listo porque para eso es millonario, también tenía que saberlo.
- Igual le engañaron. Es posible que Portolés no sepa nada del cultivo del arroz y alguien le vendió la burra – Marín sigue sin creerse lo del contrabando.
- Perdone, señor Fernando, pero eso no se lo cree nadie. Si yo, que solo soy un ignorante jornalero, ya imaginaba que pasaría lo que ha pasado, ¿cómo no iban a saberlo los ingenieros agrónomos que vinieron a examinar los campos? Claro que lo sabían, desde el primer día. Entonces, ¿por qué siguieron invirtiendo cientos de miles de duros, me lo quiere decir? Se lo diré yo, porque iban a sacar sus buenos réditos, pero no con el arroz sino con el contrabando.
- Sí, pero la costa está vigilada por la Guardia Civil – Gimeno es de los que tampoco acaba de creerse lo del contrabando, le parece una historia demasiado rocambolesca.
- Lo que yo le diga, señor Gimeno. Es cierto que hay una casilla de carabineros; bueno, ahora de guardias civiles, pero solo son cuatro para muchos kilómetros de costa y además el que más y el que menos sabe que el dinero todo lo puede.
   Los datos que aporta el capataz terminan medio convenciendo a Gimeno de que existe la posibilidad de estar ante un caso de contrabando a gran escala. Se pregunta si, como jefe local del Movimiento, no tendrá el deber de denunciarlo. Antes de oficializar la denuncia, decide consultarlo con su amigo German.
- … y eso es lo que hay. ¿No crees que debería ponerlo en conocimiento del Gobernador?
   La respuesta a su pregunta es el silencio. Tras un carraspeo, Germán contesta:
- Vamos a ver, José Vicente, ¿esa pregunta se la haces al Secretario Provincial del Movimiento o a tu amigo German?
- Hombre, antes que nada al amigo, naturalmente.
- Pues como amigo te contesto: yo, de ti, no me metería en camisa de once varas. Y a buen entendedor…
   El consejo de Germán ha dejado perplejo a Gimeno, tanto que se lo cuenta a su mujer, algo que no hacía desde la discusión sobre lo de Educación y Descanso.
- ¿Y a ti que te parece, Lola?
- Que Germán ha mostrado ser mucho más cauto que tú. En algunos aspectos sigues siendo un ingenuo, Gimeno – Lola sigue llamándole por el apellido, algo que al hombre le sienta a cuerno quemado.
- Pero como sea cierto que allí se contrabandea a todo tren, se está perjudicando a los intereses del país – acusa Gimeno.
- ¿Y a ti qué te va y qué te viene? Dios sabe quién puede haber detrás de Portolés, igual hay algún jerarca de los que predican justicia y mientras se forran. Por lo demás, desde que se mueve tanto dinero el número de ventas en la tienda ha subido espectacularmente. Por tanto, no seas pardillo y recuerda que quien se mete a redentor termina crucificado.