martes, 1 de diciembre de 2015

9.10. Quien se mete a redentor…



   Después de la tensa discusión con su esposa y haber pasado una noche en duermevela, Gimeno ha optado por no romper la baraja de su matrimonio y quedarse en Senillar. En los días siguientes al agrio diálogo entre la pareja la tensión es evidente, lo denuncian las malas caras y la ausencia de diálogo. Poco a poco, las aristas de la malquerencia se van suavizando y la relación de la pareja adopta aires más amables. El hombre no puede dejar de pensar qué puede haber detrás de la terca postura de su esposa de no querer abandonar el pueblo. El demonio de los celos le atormenta. Ella percibe el estado de ánimo de su marido e intenta congraciarse con él por todos los medios. Antes era el hombre quien iniciaba los escarceos que anteceden a la unión, ahora es ella la que, sin ninguna clase de pudor, se ofrece abiertamente.
   Entretanto el matrimonio Gimeno-Sales trata de recomponer su relación, el pueblo anda revolucionado. Hacía años, desde los tiempos dorados del boniato, que no había tanta demanda de mano de obra. El trabajo es duro, pero está bien pagado. La amplia oferta laboral no está exactamente en la localidad sino en el vecino municipio de Benialcaide. La historia se inició el día que apareció un tal Salvador Portolés, avispado hombre de negocios de Alicante, que arrendó los terrenos del humedal benialcaidés, que son prolongación del de Senillar. Su meta, según cuenta a todo el mundo, es convertir la turbera pantanosa en un gran coto arrocero al igual que se hizo antes en Senillar. A la gente la empresa le parece un puro disparate, el humedal de Benialcaide tiene una superficie más pequeña que el senillense, pero el problema no es su extensión sino el agua. En la zona también abundan los pequeños manantiales de agua dulce, pero no producen caudal suficiente para regar una extensión tan grande como la que el empresario alicantino pretende cultivar. A los braceros senillenses les trae sin cuidado cuanto afirma la gente del disparate que supone aquella empresa. Diariamente cogen sus bicicletas para recorrer los siete kilómetros que aproximadamente hay hasta la futura explotación, se calzan sus botas de agua y se dedican a arrancar carrizos, juncos, hierba salada y demás plantas salvajes que son las únicas capaces de medrar en aquel salobre pantano. Y cada sábado, religiosamente, reciben su semanada. Después de limpiar el terreno de malas hierbas habrá que allanarlo, remodelarlo en balsas, hacer los ribazos y márgenes, construir canales y acequias, trazar caminos… Lo que es trabajo no va a faltar antes de que allí se coseche un solo grano de arroz. Por eso el pueblo anda revolucionado, el mercado laboral ha sufrido un vuelco espectacular, hay mucha más demanda que oferta de mano de obra. El primer resultado es que los jornales han subido y, lo que es peor, no siempre se encuentran todos los jornaleros que se necesitan. Los propietarios locales, que ordinariamente tienen que contratar braceros, están que trinan y van con sus quejas a quien manda en el pueblo, que no pasa por su mejor momento desde que, vistas las reticencias de su mujer, ha optado por quedarse.
- Lo siento mucho, pero es un asunto en el que no puedo hacer nada. Si Portolés se lleva a la gente es porque paga mejor y contra eso, ¿qué queréis que haga? – Es la desabrida respuesta de Gimeno.
- Está claro, José Vicente, obligarle a que no ofrezca jornales tan elevados.
- No se le puede obligar, está en su derecho de pagar lo que estime conveniente. Además, según me han dicho los braceros cobran lo mismo que aquí, veinticinco pesetas por jornada. ¿De qué os quejáis?
- De que ofrece trabajo a destajo y si un hombre echa unas cuantas horas más puede sacarse hasta el doble que aquí. Y si hablamos de derechos, nosotros tenemos el derecho de que no nos roben nuestros peones.
- Ese derecho no existe. Desapareció con el fin de la esclavitud y de los siervos de a gleba – La sorna con la que responde Gimeno es evidente.
- No nos cuentes milongas, José Vicente. Con lo que tú mandas y la mano que tienes en Valencia seguro que puedes obligar a Portolés a que no se meta en las cosas de nuestro pueblo.
- No sé qué tengo que deciros para que lo comprendáis. El trabajo en el campo se rige por el principio de la oferta y la demanda. Si Portolés ofrece mejores condiciones que vosotros se llevará los braceros. Y no hay nadie que pueda impedirlo.
- Pero alguien tendría que hacerles ver a ese hatajo de desgraciados que algún día se acabará ese momio y tendrán que volver a nuestras manos y ya veremos quien les contrata entonces.
- Eso tampoco es materia que competa a las autoridades. Se lo debíais de decir vosotros que, en definitiva, sois los perjudicados.
- A más de uno ya se lo he dicho – afirma uno de los propietarios -, pero no me han hecho ni puñetero caso.
- Pues creedme que lo siento pero, como os digo, no puedo hacer nada.
- Seguro que si tuvieras fincas encontrarías alguna solución – apunta alguien maliciosamente.
- ¿Eso lo dices en serio, Segundo, o es una broma? – El tono de Gimeno corta como el filo de una navaja cabritera.
- No, hombre, es broma, ¿cómo iba a decirlo en serio? – el aludido repliega velas rápidamente.
   Terminados los trabajos de acondicionamiento del terreno en el humedal se procede a la plantación del arroz. Los vecinos siguen contemplando el desarrollo de los hechos con gran escepticismo, están convencidos de que va a resultar una tarea ímproba que en aquellas salobres tierras, y con tan pobre caudal de agua dulce, pueda medrar el gran número de hectáreas cultivadas. A ello se añade otro detalle que tiene mosca a los que entienden del cultivo, los campos han sido cicateramente abonados y en una tierra pobre, con agua semidulce y escasos nutrientes, lo más normal es lo que termina ocurriendo: las plantas crecen dificultosamente y sus tallos apenas si alcanzan la mitad de la altura que deberían tener. La cosecha es francamente pobre y no da la impresión de que pueda hacer rentable la enorme inversión realizada. Lo que vaticinaban los agoreros se ha cumplido. De golpe se desata un mar de rumores sobre la auténtica finalidad de aquella empresa. Que si lo del arroz no es más que una tapadera para justificar las millonarias subvenciones que el empresario alicantino ha conseguido del Instituto Nacional de Colonización. Que si es una manera de blanquear el dinero negro conseguido con el estraperlo. Que si… Corren muchos bulos, pero hay uno que termina borrando a los demás. La habladuría parece que ha surgido de los propios jornaleros que trabajan en el coto: lo del arroz no es más que una tapadera para ocultar el verdadero negocio que allí se ventila, el contrabando. El humedal limita a lo largo de unos cuantos kilómetros con el mar, lo que significa que hay una gran extensión de costa absolutamente desierta y, por tanto, un lugar idóneo para el desembarco de alijos. Dadas las precarias relaciones con el extranjero y el asfixiante sistema de controles y cupos existentes, el contrabando de cientos de productos continúa siendo un rentable negocio. Y, al parecer, esa es la finalidad de la creación del coto y no la del cultivo del arroz. Hay un puñado de datos que parecen avalar esa versión y Ramón Ferrer, uno de los capataces que trabaja en el recién creado arrozal, intenta explicárselo a Marín y Gimeno:
- Tiene que ser contrabando. Que allí no hay agua para tantas hectáreas de arroz lo sabíamos todos, y encima han abonado los campos poquísimo. El señor Portolés, que ha de ser muy listo porque para eso es millonario, también tenía que saberlo.
- Igual le engañaron. Es posible que Portolés no sepa nada del cultivo del arroz y alguien le vendió la burra – Marín sigue sin creerse lo del contrabando.
- Perdone, señor Fernando, pero eso no se lo cree nadie. Si yo, que solo soy un ignorante jornalero, ya imaginaba que pasaría lo que ha pasado, ¿cómo no iban a saberlo los ingenieros agrónomos que vinieron a examinar los campos? Claro que lo sabían, desde el primer día. Entonces, ¿por qué siguieron invirtiendo cientos de miles de duros, me lo quiere decir? Se lo diré yo, porque iban a sacar sus buenos réditos, pero no con el arroz sino con el contrabando.
- Sí, pero la costa está vigilada por la Guardia Civil – Gimeno es de los que tampoco acaba de creerse lo del contrabando, le parece una historia demasiado rocambolesca.
- Lo que yo le diga, señor Gimeno. Es cierto que hay una casilla de carabineros; bueno, ahora de guardias civiles, pero solo son cuatro para muchos kilómetros de costa y además el que más y el que menos sabe que el dinero todo lo puede.
   Los datos que aporta el capataz terminan medio convenciendo a Gimeno de que existe la posibilidad de estar ante un caso de contrabando a gran escala. Se pregunta si, como jefe local del Movimiento, no tendrá el deber de denunciarlo. Antes de oficializar la denuncia, decide consultarlo con su amigo German.
- … y eso es lo que hay. ¿No crees que debería ponerlo en conocimiento del Gobernador?
   La respuesta a su pregunta es el silencio. Tras un carraspeo, Germán contesta:
- Vamos a ver, José Vicente, ¿esa pregunta se la haces al Secretario Provincial del Movimiento o a tu amigo German?
- Hombre, antes que nada al amigo, naturalmente.
- Pues como amigo te contesto: yo, de ti, no me metería en camisa de once varas. Y a buen entendedor…
   El consejo de Germán ha dejado perplejo a Gimeno, tanto que se lo cuenta a su mujer, algo que no hacía desde la discusión sobre lo de Educación y Descanso.
- ¿Y a ti que te parece, Lola?
- Que Germán ha mostrado ser mucho más cauto que tú. En algunos aspectos sigues siendo un ingenuo, Gimeno – Lola sigue llamándole por el apellido, algo que al hombre le sienta a cuerno quemado.
- Pero como sea cierto que allí se contrabandea a todo tren, se está perjudicando a los intereses del país – acusa Gimeno.
- ¿Y a ti qué te va y qué te viene? Dios sabe quién puede haber detrás de Portolés, igual hay algún jerarca de los que predican justicia y mientras se forran. Por lo demás, desde que se mueve tanto dinero el número de ventas en la tienda ha subido espectacularmente. Por tanto, no seas pardillo y recuerda que quien se mete a redentor termina crucificado.

viernes, 27 de noviembre de 2015

9.9. ¿Y te costará mucho hacerte a la idea?



   La discusión entre Lola y José Vicente sobre si aceptar o rechazar la oferta de dirigir la Obra Sindical de Educación y Descanso, lo que supone el traslado familiar a Valencia, se encona.
- En Valencia no conozco a nadie – reitera Lola -. Voy a aburrirme como una ostra. Tú te vas a ir al trabajo y, como te conozco, sé que vas a estar la mayor parte del día fuera de casa. Ganarás con el cambio, pero nuestra vida familiar va a perder y mucho.
- No tiene por qué ser así. Te prometo que, salvo circunstancias excepcionales, comeré todos los días contigo y con la niña y no voy a estar fuera de casa más tiempo que ahora, porque si cuentas las horas que paso en la cooperativa y las que dedico al Ayuntamiento y a la jefatura no creo que Educación y Descanso me lleve más tiempo.
   A Lola se le acaban los argumentos y su mente se esfuerza en buscar el más pequeño resquicio por el que introducir en sus réplicas un leve tinte de racionalidad.
- Ese cargo es de designación directa, ¿no es eso? Lo que quiere decir que de la misma forma que te nombran pueden cesarte, ¿te paraste a pensar qué será de nosotros si mañana o dentro de unos meses te agradecen los servicios prestados? Te puedes encontrar sin trabajo, ¿de qué vamos a vivir entonces?
- Eso está solucionado, Lola. Si acepto el cargo, iré con la excedencia de mi puesto en el bolsillo. Si un día me cesan, algo que es verdad que puede ocurrir, tengo el trabajo asegurado. Por tanto, por ahí no hay ningún problema.
- ¿Y si no te gusta el nuevo trabajo?
- Estoy seguro de que me gustará, pero admito que hasta que no lo pruebe no sabré si me va a gustar. Pero esa es una actitud muy pesimista y que no conduce a nada; mejor dicho, presupone que nadie cambiaría de trabajo ante el temor de que otro nuevo no fuese a gustarle. Me extraña mucho esa predisposición negativa que pareces tener a que cambiemos de aires para mejorar. La verdad es que no te entiendo.
- Pues es fácil de entender, solo pienso en ti – Lola intenta desesperadamente retorcer los argumentos de su marido -. A mí me da igual vivir aquí que en la ciudad y la niña es demasiado pequeña para que se dé cuenta de nada, pero quien me preocupa eres tú. Estoy de acuerdo contigo en que el hecho de que te pueda gustar más o menos el nuevo trabajo no es razón suficiente para rechazarlo a priori, pero ¿y qué puede pasar si, por las causas que fuere, no eres capaz de sacarlo adelante? Has demostrado capacidad más que sobrada para la política local, pero allí vas a jugar en otra liga mucho más dura y competitiva. Sé que eres inteligente y hábil, ¿pero quién nos asegura que en el nuevo ámbito te vas a mover con la misma facilidad que lo haces ahora?
- Me sigues sorprendiendo, Lola, pero negativamente. Dices que me consideras inteligente y hábil para la política. Bueno, pues te confesaré que yo también creo que lo soy y sé que allí adonde no llegue cuento contigo para que me ayudes a superarme. Y te diré más, conozco a varios camaradas que están dirigiendo sindicatos y la mayor parte de ellos son bastante menos competentes que yo. Por eso estoy convencido de que seré más que capaz de sacar adelante la nueva tarea.
   Lola se siente acorralada. Por momentos se nota incapaz de contrarrestar las argumentaciones de su marido. Emplea su última baza: la emotividad.
- Si he de serte totalmente sincera debo añadir que mi renuencia a irme del pueblo también tiene motivos sentimentales. Toda mi vida ha transcurrido aquí, mis raíces, mis recuerdos, mis amigas… todo eso está aquí. Y los sentimientos también cuentan.
- Por supuesto que los sentimientos cuentan. Pero oyéndote, cualquiera creería que nos vamos a las antípodas, cuando nos desplazaremos ahí al lado; vamos, apenas una hora en coche de línea. Eso supone que podrás venir a ver a tu madre o a tus amigas cuando te pete. Vienes en el autobús de media mañana y antes de cenar puedes estar en casa. Y lo contrario vale para tu madre y también para tus amigas, podrán venir a vernos siempre que quieran.
- Sí…, sé que tienes razón, pero no acabo de verme viviendo en la ciudad. Debo de haberme hecho muy pueblerina. Se me ocurre que a lo mejor podría ir adaptándome poco a poco y entonces el cambio no me resultaría tan traumático – A Lola se le acaban las réplicas.
- Y eso de ir adaptándote poco a poco, ¿qué significa?
- Pues que podrías ir y venir todos los días hasta que me hiciese a la idea del cambio.
- Lola, esa no es solución. Sabes que es igual que vaya a Valencia en tren o en el coche de línea, ambos tardan una hora. Quizá podría ir y venir en uno de los vehículos de la Obra, pero no dejaría de perder diariamente mucho tiempo en los desplazamientos y, además, daría muy mala imagen el hecho de aprovechar los recursos oficiales para fines particulares. Esa solución es un disparate y no deja de sorprenderme que la proponga alguien tan inteligente como tú.
   No hay forma de que se pongan de acuerdo. Cada uno de los argumentos de Lola, por momentos más débiles y peregrinos, es reducido a polvo por José Vicente. Cuanto más discuten más se afianza él en su decisión de aceptar el cargo. En cambio, ella más se aferra a su, aparentemente, irracional postura de no marcharse del pueblo. Esa actitud es lo que tiene desconcertado a Gimeno: él argumenta siempre sobre las bondades del nuevo puesto, ella solo habla de lo duro que le va a resultar abandonar el pueblo. Hay algo que parece que no encaja en la discusión. Las tablas las deshace la mujer cuando lanza su definitivo órdago:
- Mira, José Vicente, no tiene sentido continuar la discusión. Tú quieres irte por encima de todo y yo no me encuentro preparada para hacerlo. La única salida que veo es que aceptes la propuesta, te vayas a Valencia y vuelvas al pueblo los fines de semana. Cuando me haya hecho a la idea iremos la niña y yo.
- ¿Y te costará mucho hacerte a la idea? Una semana, un mes, un año…
- La verdad es que no lo sé.
   La noche se le hace muy larga a José Vicente, no consigue dormir, no hace más que darle vueltas al ultimátum de su mujer. No ha habido manera de moverla de su posición: no quiere irse del pueblo por nada del mundo, aunque matiza que por el momento. Pero no se engaña, intuye que ese momento puede suponer un tiempo indefinido. Creía conocer a Lola, pero acaba de constatar que no es así. Su esposa tiene meandros desconocidos que todavía no ha sido capaz de descubrir. Y la solución que aporta es un puro disparate. ¿Qué va a hacer solo en la ciudad?, ¿qué dirá la gente?, ¿dará el sueldo para mantener dos casas? Está enamorado de Lola, ¿aguantará estar sin ella la mayor parte de la semana? También está muy encariñado con la niña, ¿soportará estar tantos días sin verla? Se descorazona más al pensar que el problema no tiene una solución intermedia, no hay terceras vías. En los platillos de la balanza están su mujer y el nuevo cargo. Hay que optar por uno o por el otro. Sabe que está ante la elección más crucial de su vida: o se queda con Lola o se queda con el cargo. Imposible conjugar ambos extremos. Casi está amaneciendo cuando consigue dormirse. Al despertar ya ha tomado una decisión.

martes, 24 de noviembre de 2015

9.8. Eso no es una obra, es toda una orquesta



   Una vez superado el desconcierto por la agresiva actitud de su esposa y de su intemperante pregunta, Gimeno le explica a Lola las principales actividades que desarrolla la Obra Sindical de Educación y Descanso, obra que el Gobernador quiere que dirija.
- Te dará una idea de la importancia de Educación y Descanso los departamentos que la componen: deportes, extensión cultural, turismo social, promoción, orientación y programación, inversiones, además de poseer una red de residencias.
- ¡Virgen del Amor Hermoso, eso no es una obra, es toda una orquesta! ¿Y en cada uno de esos departamentos qué es lo que se lleva a cabo? Porque la simple enumeración no basta para hacerse una idea.
- Se hacen actuaciones muy variadas. En deportes se realizan campeonatos y concursos de todo tipo que tienen su exponente anual en las demostraciones sindicales del uno de mayo. La sección de extensión cultural agrupa coros, bandas de música, rondallas, teatro, agrupaciones folclóricas para recoger las canciones y danzas más tradicionales, etcétera. Ahí me podrías ayudar muchísimo.
- ¿Y eso es todo?
- No, mujer. También están los concursos literarios, los fotográficos, la creación de grupos de cineclub…Y el departamento de turismo social permite a los trabajadores recorrer España y hasta visitar el extranjero. Asimismo, están los hogares del productor que son centros de reuniones laborales y culturales. También las residencias de verano, sobre ellas me ha comentado Germán que podríamos veranear gratis. Imagínate que chollo.
-¿Y tú qué sabes de cosas tan dispares como deporte, concursos fotográficos o bailes folclóricos?
- Lo sabes igual que yo, poco o nada.
- ¿Y quieren que dirijas una organización de cuyas actividades no tienes ni idea? ¿Pero en qué país vivimos?
- Ten en cuenta que no es imprescindible ser un experto en las materias o actividades que lleva a cabo Educación y Descanso. Es suficiente con tener capacidad organizadora, que creo que la tengo, y ser persona de confianza del mando, y lo soy. Por tanto, sí estoy cualificado para dirigir esa organización y, si me apuras, cualquier otra.
- ¿Y ese cargo supone que tendrías que dejar la secretaría de la cooperativa?
- Por descontado. El puesto exige dedicación total. Y tendríamos que irnos a vivir a Valencia.
   Esto último era lo que Lola estaba temiendo oír.
- ¿Has pensado en lo que puede significar ese cambio? – inquiere la mujer.
- Lo he pensado, pero muy por encima. Y por supuesto, no pensaba tomar ninguna decisión sin hablarlo contigo y sin que de común acuerdo adoptemos la resolución que sea mejor para los tres.
   Tras esta última frase, se produce una pausa en el diálogo. Da la impresión de que ambos cónyuges se dan un tiempo para madurar su posición. Gimeno es consciente de que el cargo que acaban de ofrecerle, además de las múltiples posibilidades que conlleva, podría convertirse en trampolín para saltar a otros puestos más importantes. No es lo mismo estar en el núcleo dónde se cuecen todos los asuntos políticos de la provincia que en un pueblecito alejado del auténtico poder. Las posibilidades de seguir promocionando se multiplicarán estando en la capital y más con la mujer que tiene. La capacidad para el análisis y el talento estratégico de Lola unido a su habilidad para el cabildeo pueden reportarles jugosos dividendos. Piensa también en su hija: evidentemente tendrá mejores posibilidades para estudiar y relacionarse si viven en la ciudad que en el pueblo. Ahora bien, si acepta el puesto la cara negativa será que de ser el número uno del pueblo pasará a convertirse en uno más de los muchos mandos intermedios que pululan por la capital. Todos esos pensamientos le traen a la memoria una frase hecha: se trata de elegir entre ser cabeza de ratón o cola de león. A bote pronto parece que es mejor ser cabeza que cola, pero un análisis más profundo le lleva a la conclusión que en este caso no es así. En el pueblo ya alcanzó todo el poder posible, se acabaron los retos y, por tanto, también los esfuerzos para superarse. Terminará acomodándose a la situación y convirtiéndose en otro Benjamín Arbós. ¿Eso es lo que quiere? Su cabeza le dice que no. Si acepta la propuesta tendrá que plantearse nuevos retos, esforzarse, pelear, sentirse más vivo. Está convencido de que tiene dotes para llegar más arriba en el mundo político y en el profesional, pero si no los pone a prueba nunca podrá confirmar su intuición. Su análisis le inclina a aceptar la propuesta.
   Por su parte, Lola se encuentra angustiosamente turbada. Siempre pensó que le gustaría marcharse del pueblo, vivir en otros lugares, conocer nuevas gentes, tener otras amistades… y ahora que dicha posibilidad puede convertirse en real no parece que la haga muy feliz. De ahí su turbación y hasta su desconcierto porque es consciente de que su malestar ante el posible cambio no nace de la cabeza sino del hondón dónde anidan los sentimientos más profundos. Trata de ser lógica, de analizar el problema con frialdad, de olvidarse de los oscuros impulsos que le empujan a oponerse al cambio. Es consciente de que la carrera política y hasta profesional de su marido puede recibir un considerable impulso si se van a la capital, además la niña tendrá más posibilidades de todo tipo viviendo en la ciudad que en el pueblo. Entonces, ¿por qué esa desazón cuándo contempla el posible cambio? Es verdad que hay motivos objetivos para oponerse al traslado. Tendría que dejar sola a su madre que empieza a estar mayor. Tendría que dejar la tienda y duda de que su madre sea ya capaz de llevarla sola. Tendría que despedirse de sus amigas, de su pasado, de sus recuerdos; no, eso no, los recuerdos se llevan encima allá donde estés. Dejaría de ser la mujer casada con el hombre más poderoso del pueblo…. De pronto su mente echa la vista atrás y recuerda la de veces que imaginó su vida con Rafael: terminaría la carrera de ingeniero, se casarían y se irían a vivir donde él trabajara. Podía ser cualquier lugar del país o del extranjero, a miles de kilómetros del pueblo, y eso nunca le importó. Este último pensamiento le revuelve el estómago: acaba de descubrir cuál es la real causa por la que no quiere marcharse del pueblo.                                                                   
   La discusión del matrimonio es la más dura que han tenido desde que se casaron. Ha comenzado de forma suave y ha ido subiendo de tono. José Vicente ha desgranado las razones para aceptar la propuesta poniendo por delante las ventajas que reportaría para madre e hija. Lola ha contrapuesto sus argumentos sobre los inconvenientes que supondría irse en estos momentos. Es perfectamente consciente de que son muy débiles al lado de los su marido, pero no encuentra otros mejores.
- ¿Qué vas a dejar sola a tu madre? – contraataca José Vicente -. Cualquiera diría que es una anciana. Está perfectamente de salud y no tiene ningún problema para vivir sola. De hecho lo está haciendo desde que nos casamos que, por cierto, fue idea tuya. En cuanto a la tienda, estoy cansado de oírte decir que para las ganancias que da no pasaría nada si la cerrarais. Si esos son todos los motivos que tienes para que no acepte el puesto…
- Hay más – contrataca Lola -. Leito es muy pequeña y necesita tener siempre alguien que la vigile y la cuide cuando yo no estoy. Aquí, tengo a Laurita, a mamá y, si hace falta, mis amigas me echan una mano. En Valencia no tendría ninguna de esas ayudas.
- ¡Por Dios, Lola!, ¿pero qué dices? No tendrás a tu madre ni a tus amigas, pero sí a Laurita.
- Dudo mucho de que quiera irse del pueblo.
- Pues buscaremos otra muchacha. Ese no es el problema.
   La discusión se atasca y se vuelve más agria por momentos. Los pros y contras de la oferta rebotan como si el trinquete de un frontón se interpusiera entre ambos cónyuges.