viernes, 20 de noviembre de 2015

9.7. Ve al grano




   La vida de la familia Gimeno-Sales sigue su curso habitual. José Vicente continúa trabajando en la cooperativa y mangoneando en el pueblo. Lola está criando a Leito y ha vuelto a hacerse cargo de la tienda de su madre, se gana unas pesetas que siempre vienen bien y, además, tiene una estratégica atalaya desde la que otear y tomar el pulso a lo que dice la grey femenina; de ahí obtiene buena parte de las informaciones que sirven para orientar las políticas que luego aplica su marido. Una vez dominados todos sus antagonistas, desactivado en buena medida el clan Arbós y neutralizados aquellos elementos que podrían percibirse como potenciales rivales, la vida política local se ha convertido, para los Gimeno-Sales, en un oasis placentero y pacífico. A Lola dicha situación le viene de perlas, puede dedicarse de lleno a criar a su hija sin tener que preocuparse de posibles enemigos que pudiesen alterar esa idílica situación. José Vicente también disfruta de ese estado de cosas. Si hace unos años le hubiesen profetizado que llegaría a sentirse plenamente integrado en la vida y la sociedad senillense jamás lo hubiera creído. Para él su empleo en la cooperativa y su estancia en el pueblo no eran más que obligadas etapas en su camino hacia mejores logros profesionales y personales. En cambio, ahora es feliz: tiene una mujer maravillosa a quien ama apasionadamente, una niña preciosa a la que adora, es el amo del pueblo y realiza un trabajo que sigue siendo poca cosa, pero que tampoco le resta demasiado tiempo a sus otras actividades. Los Gimeno-Sales son felices.
   Un hecho, aparentemente tan distante como distinto, podría alterar ese estado idílico. En el último Consejo de Ministros, celebrado en el Palacio del Pardo, se aprobó el cese y nombramiento de titulares de varios Gobiernos Civiles, el de Valencia entre ellos. Francisco Javier Municio, gobernador en la ciudad del Turia, ha sido nombrado gobernador de Sevilla y sustituido por un nuevo poncio, Eliseo Díaz de la Torre que, al igual que su antecesor, viene del mundo del Derecho, pero en su caso no de la abogacía del estado sino de la carrera fiscal.
   Gimeno se ha despedido de Municio, quien además de ofrecérsele en su nuevo puesto le comenta que deja de él unas magníficas referencias a su sucesor. El día de la toma de posesión del nuevo gobernador, José Vicente es uno más de los mandos locales que llena el salón de actos del Gobierno Civil y que posteriormente forman una larga fila para presentar sus respetos al nuevo jefe. Ahí termina su contacto con el nuevo preboste. Tres semanas después, Gimeno recibe una llamada de su amigo Germán, que ha sido confirmado en la secretaría de la Jefatura Provincial del Movimiento.
- José Vicente, el nuevo jefe quiere verte. Es un hombre bastante reservado y no ha comentado nada sobre el motivo de la entrevista, pero me da en la nariz que piensa ofrecerte algún cargo.
- ¿Un cargo? ¿Cuál?
- No tengo ni idea, pero se están renovando la mayoría de mandos sindicales. Por ahí podrían ir los tiros.
   La noticia supone una tremenda sorpresa para Gimeno. Tiempo atrás le hubiese llenado de alegría y orgullo, por fin se habían fijado en él y su carrera política comenzaba a soltar lastre. Ahora le produce incertidumbre y un montón de dudas. Gimeno está hecho un lío, si se confirma lo que le acaba de soplar Germán, ¿cuál debería ser su respuesta? Por una parte, el hecho de promocionar en su carrera política, y posiblemente también profesional, le produce una honda satisfacción. Por otra, es consciente de que si le nombran para un cargo provincial tendrá que vivir en la capital y su vida y la de su familia experimentará un profundo cambio. ¿Qué hacer? No está nada seguro de acertar. Lo primero que se le pasa por la cabeza es comentárselo a Lola pero, tras pensarlo detenidamente, decide que será más prudente oír lo que vaya a proponerle el poncio, igual todo queda en agua de borrajas.
   Días después, Juan Ignacio Herrero, subjefe provincial del Movimiento, recibe al camarada José Vicente Gimeno. Le comunica que el nuevo jefe provincial, que tiene unas excelentes referencias suyas, quiere aprovechar sus cualidades para que dirija la Obra Sindical de Educación y Descanso. Confían en él plenamente y, aunque dan por descontado su aceptación del puesto, tienen la deferencia de darle cuarenta y ocho horas para que pueda informar a su familia antes de que se publique el nombramiento. Sale de la Jefatura Provincial pensando que, tal y como se lo ha planteado el subjefe, no le queda otra que aceptar el nombramiento. En el fondo le produce una íntima satisfacción.
   Gimeno no sabe por qué, pero es un tanto renuente a contarle a Lola la buena nueva. Tiene la corazonada de que para su mujer quizá no sea una nueva tan buena. Está casi un día entero dándole vueltas a como presentarle la noticia. Tras muchas vacilaciones se dice que no tiene sentido lo que está haciendo. La propuesta que le han hecho es magnífica. Vivirán en una gran ciudad como Valencia, donde a buen seguro Lola se sentirá como pez en el agua y Leito podrá ser escolarizada en un buen colegio, lo que le posibilitará adquirir una completa formación para dentro de unos años ingresar en la universidad. En cuanto a él tendrá la oportunidad de codearse con los demás mandos provinciales y tendrá acceso directo a la gente de la Jefatura Provincial, lo que quizá a la larga le depare la oportunidad de promocionar más en su carrera política. En todo caso, está claro que tiene que contárselo a Lola. No puede aceptar el cargo sin el apoyo de su mujer. Y lo hace, pero con la vieja y conocida táctica de la aproximación indirecta.
- Desde luego, como está cambiando Valencia. Es una ciudad que está mejorando día a día. Qué de cines, qué de teatros, cuantos centros culturales hay. Y no veas la de cafeterías, restaurantes y bares de lo más chic. No me extraña nada lo que leí hace unos días en una encuesta, decía que una de las ciudades españolas donde mejor se vive es Valencia.
- Sí, desde luego, ya no es la Valencia que pintaba Blasco Ibáñez en sus novelas. Ha mejorado mucho, aunque al lado de Madrid o Barcelona sigue teniendo un aire ciertamente provinciano. Y no digamos si la comparamos con París.
- Pero, Lola, ¿cuándo has estado tú en París? – pregunta sorprendido Gimeno.
- No he estado nunca, pero he leído mucho sobre la Ciudad de la Luz y Valencia está a mil leguas. Por poner un par de ejemplos: ¿crees que en Valencia puede haber un cabaret como el Moulin Rouge? ¿O piensas que algún día pueda existir una sala donde se haga estriptis? Ni de broma.
- Ya que tocas el tema del espectáculo, tenga una noticia formidable que darte.
   José Vicente le cuenta a Lola la propuesta de la Jefatura Provincial resaltando las facetas más interesantes y atractivas que puede conllevar el nuevo puesto, especialmente para ella y, sobre todo, para Leito. La respuesta de su mujer, como no, vuelve a sorprenderle.
- Antes de darte mi opinión sobre esa oferta explícame que es eso de Educación y Descanso.
- Es una institución encuadrada en los sindicatos verticales para aprovechar el tiempo libre de los trabajadores. Cuando se creó se llamaba Obra Nacional Alegría y Descanso y se basa en la Declaración II del Fuero del Trabajo...
- No me des una teórica, Gimeno – le interrumpe Lola con gesto agrio y tono desabrido-. Ve al grano.
   José Vicente siente un extraño frío en la espalda, desde que se casaron es la primera vez que su mujer le llama por el apellido.

martes, 17 de noviembre de 2015

9.6. Leito se cuela en el relato



   Como suele hacer a menudo, Fina se pasa a visitar a la mejor de sus amigas para ver cómo va su embarazo.
- ¿Cómo va ese crío, preciosa?
- El crío supongo que bien, pero la preciosa está hecha una piltrafa.
- No te quejes que te va a castigar Dios. Si pareces una rosa recién comienza la aurora.
- ¡Vaya!, hoy has venido poética, Fina. Bueno, alguna razón tienes, para estar casi a término no me siento tan mal. Eso sí, la espalda me duele a veces a rabiar.
- Con el peso que llevas delante es lo normal. ¿Para cuando llega el enano o la enana?
- Salgo de cuentas la próxima semana. Y estoy loca porque acabe esto, al final termina haciéndose un poco pesado.
- Sí, las últimas semanas son las más duras de llevar, pero consuélate que ya estás en la recta final. Te lo digo con la experiencia de haber parido tres veces. Como también te digo que en cuanto te ponen el bebé en brazos se te borran de un plumazo los malos momentos que hayas podido pasar. Oye, y José Vicente, ¿qué tal lo está llevando?
- Ya sabes, los hombres todo esto de la preñez y del parto es algo así como si miraran los toros desde la barrera. Su papel más cómodo no puede ser.
- Hace unas semanas me dijiste que más cariñoso no podía estar.
- Y es cierto, está cariñoso, atento, solícito y hasta empalagoso, tanto que hay días que me dan ganas de pegarle cuatro gritos.
- Hay que ver cómo eres, Lola. Te quejas de tener un marido cariñoso y atento.
- Es que es la verdad, Fina. Muchos cariñitos, mucha palabrería tierna, pero eso no quita el dolor de espalda, no sirve para encontrar la mejor posición en la cama, que no sabes ni de cuál lado ponerte, y me imagino que llegado el parto tampoco servirá para que las contracciones sean menos dolorosas.
- Huy, Lola, que guerrera te has levantado hoy.
- No digo más que lo que siento. Además, a medida que se acerca el parto se está poniendo muy pesadito porque se ha empeñado en que vaya a parir a la clínica del doctor Vásquez de Gandía.
- ¿Y eso por qué? Aquí, todas hemos tenido a los críos en casa y nunca ha pasado nada que no tuviera que pasar. Por otra parte, tanto don Manuel como Laurentina, la comadrona, tienen experiencia de sobra. En mejores manos no podías estar.
- Es lo que le digo. Me fío más de don Manuel que de todos los lumbreras que pueda haber en Gandía, en Valencia o en Madagascar.
- ¿Qué tiene que ver Madagascar con el parto?
- No me hagas reír, Fina, es una forma de hablar.
- ¿José Vicente sigue prefiriendo un varón?
- Ya sabes lo diplomático que es. Dice que le da igual, pero estoy convencida de que prefiere un chico, de todas todas. Los hombres con eso de perpetuar el apellido y todas esas historias siempre prefieren los varones. 
- ¿Ya habéis pensado en los nombres?
- Le hemos dado muchas vueltas y hemos hecho listas de nombres más largas que un día sin pan. Al final, llegamos al acuerdo que si es chico el nombre se lo pondré yo, y si es chica será él quien le ponga el nombre.
- ¿Y qué nombres son?
- Si es chico le vamos a poner Luis Vicente. Luis por mi padre, que en gloria esté, y Vicente por el padre de la criatura. Como sea chica, José Vicente estaba emperrado que le pusiéramos María Dolores. Me cansé de repetirle que con una Lola en la familia era más que suficiente hasta que conseguí que desistiera.
- ¿Y cómo la vais a llamar? – La curiosidad de Fina es inagotable.
- Leonor.
- ¡Cómo tu madre!
- Sí señora, como mamá. Se tiene ganado a pulso que le demos ese pequeño homenaje. Papá se murió tan joven que apenas le recuerdo. Fue mamá la que me crio, la que sacó adelante la casa y la tienda. Y lo hizo ella solita, sin que le ayudara nadie. Me consta que tuvo proposiciones para volver a casarse, pero las rechazó. Se entregó en alma y cuerpo a cuidarme.
- Leonor es un nombre precioso, como de princesa de cuento de hadas.
- Sí, es bonito, pero mientras sea pequeña le voy a llamar Leito. Mamá me ha contado que así la llamaban a ella cuando era niña.
- Leito. Suena bien y es original.
   Lola ha sentido las primeras contracciones. Ha llamado a su madre y ha enviado a la chica para que busque al médico, a la comadrona e informe a su marido. José Vicente es el primero en llegar. Se encuentra a su esposa tendida en la cama, pálida y sudorosa, pero soportando los primeros dolores con gran entereza.
- ¿Cómo te encuentras, cariño?
- Aguantando lo mejor que puedo. Y esto no ha hecho más que empezar.
   El médico y la comadrona llegan juntos. Lola respira aliviada, tiene depositada mucha fe en la pericia profesional de Lapuerta.
- ¿Cómo está mi embarazada preferida de este año? Antes de reconocerte voy a lavarme las manos. El baño es la tercera puerta, ¿no? Laurentina, en cuanto termine las abluciones pase usted.
   Al salir el médico, José Vicente aprovecha la ocasión para insistir en la petición que lleva mucho tiempo haciendo:
- Lola, ¿no sería mejor que mandará venir a ese médico de Gandía  tan bueno?
- Quita, quita. Lo más probable es que antes de que llegara ya habría tenido el niño. Además, don Manuel tiene mucha experiencia en partos y, lo más importante, me fío de él más que de cualquier otro médico. Y no insistas que éste no es el momento ni el lugar.
   Tras reconocer a Lola, Lapuerta da su diagnóstico:
- Lola, esto solo ha sido una falsa alarma, muy propia de las primerizas. Prácticamente no has dilatado y las contracciones están desapareciendo.
- Le he hecho venir para nada. Lo siento, don Manuel – se excusa Lola, un tanto avergonzada.
- No tienes por qué disculparte. Has hecho bien llamándome. De todos modos, estás muy avanzada, en cuanto el feto baje un poco más y se ponga de cara a la canal del cuello uterino habrá llegado el momento y eso puede ser cuestión de pocos días.
   En cuanto el médico y la comadrona se marchan, José Vicente reitera otra vez su petición:
- Tú dirás lo que quieras, Lola, pero no me quedaré tranquilo hasta que no te lleve a Gandía a la clínica del doctor Vásquez. Si quieres mando por un taxi y en poco más de media horita estamos allí.
- Pero que pesado eres, marido. De mi casa no me saca nadie. Y el tal Vásquez será una eminencia, pero yo me quedo con don Manuel. Te lo he dicho por activa y por pasiva. Y no seas cabezota que en mi estado no son buenos los disgustos. O sea, que chitón que aquí la que tiene que parir es servidora. Tú limítate a molestar lo menos posible y a decir amén a todo lo que yo diga. Mira, una cosa que puedes hacer, vete a por mi madre, así la pondremos al día sobre la falsa alarma.
   José Vicente no necesita ir a buscar a su suegra. Doña Leo está entrando por la puerta sin ni siquiera llamar.
- Hija, me ha dicho la Maicalles que ha visto entrar a don Manuel. ¿Te has puesto de parto?
   Lola explica a su madre lo que ha pasado y que no tiene por qué preocuparse.
- De todos modos, ¿no sería mejor que esta noche me quedara a dormir aquí por si vuelven a repetirse las contracciones y esta vez son de verdad?
- Doña Leo, no es necesario que pase la noche aquí – deniega José Vicente -, para eso estoy yo.
- No, hijo, si no pensaba dormir en vuestra cama. Me arreglo con el catre que hay en el cuarto de la plancha.
- Que no, suegra, que no – reitera José Vicente -. Que no voy a consentir que pase una mala noche en un catre cuando puede estar en su cama tan ricamente. Insisto que para eso estoy yo.
- Pues mira, marido. La propuesta de mi madre me parece una buenísima idea. Mamá te quedas a dormir esta noche, pero no en el catre de la plancha. Allí dormirá José Vicente. Tú te quedas conmigo, porque si me pongo de parto es mejor tener una mujer que un hombre, que en estos casos sirven de bien poco.
   Cuarenta y ocho horas después Lola rompe aguas. El parto, para ser una primípara, se resuelve con suma facilidad. Entre la naturaleza, la juventud de la madre y las sabias manos de Lapuerta ayudan a que el primer retoño de la familia Gimeno-Sales llegue al mundo.
- José Vicente, enhorabuena, tienes una hija que va a ser tan bonita como su madre – Lapuerta felicita a José Vicente al que no han dejado de asistir al parto.
- ¡Una niña!
   A Lapuerta no le queda claro si la exclamación es de sorpresa o de desilusión.

viernes, 13 de noviembre de 2015

9.5. Una propuesta no tan altruista


   Manuel Lapuerta sostiene que la política es como el arco iris, tiene muchos colores, pero la España de la década de los cuarenta es más bien unicolor, el del azul mahón, el color de la camisa falangista. En esa década otro denominador común es la ausencia de obras públicas en el ámbito local. La mayoría de los exiguos fondos estatales se destinan a la construcción de pantanos con los que paliar la pertinaz sequía. Desgraciadamente el único río cercano al pueblo, de río no tiene más que el nombre, no es más que una rambla seca. No hay ningún embalse que construir, la consecuencia de todo ello es que en la villa las obras municipales brillan por su ausencia.
   La gente, sobre todo el mujerío, charla con Lola con mucha más franqueza que con José Vicente, al fin y al cabo la conocen desde niña. Por eso es la primera en detectar que existe un cierto clima de descontento en el pueblo por la atonía y la falta de iniciativa que muestran las autoridades locales. Eso sí, dicho con muchos circunloquios y eufemismos porque protestar o quejarse directamente nadie se atreve a hacerlo. Todavía está fresca en la memoria colectiva la actividad de la comisión depuradora y las inquietantes listas de desafectos al Régimen en los últimos estertores de la contienda civil para que haya valientes que se atrevan a fustigar la abulia de los que mandan.
- José Vicente, la gente comienza a murmurar, en voz baja pero lo hacen. Dicen que el Ayuntamiento, desde que está de alcalde Fernando, no hace nada por el pueblo. Y lo que es peor, también aseguran que hizo más Vives en un año que Marín en todo el tiempo que lleva.
- Mientras hablen de Fernando…
- No seas ingenuo. Todos saben que quien manda de verdad eres tú. Y cuando hablan mal de Fernando están tirando por elevación contra ti. Tendremos que despabilarnos y comenzar a hacer alguna que otra obra antes de que las murmuraciones vayan a mayores y puedan llegar a oídos de los de la provincial.
- Podríamos volver a presentar el plan de industrialización.
- Poder, podríamos, pero supongo que con el mismo nulo éxito que la otra vez. La situación del país ha cambiado poco y, posiblemente nos volverían a dar la misma respuesta. Hay que hacer alguna obra para tapar la boca a la gente. Y hacerla con los recursos que tengamos y con las pesetas que puedas arañar de la diputación o de gobierno civil.
- No tienen un duro, Lola. No podemos esperar nada de fuera.
- Pues algo habrá que hacer. No podemos rendirnos tan pronto. Si no hay dinero habrá que poner imaginación.
- Solo veo la posibilidad de pavimentar las calles que todavía son de tierra y prorratear su coste entre los vecinos.
- Eso no va a ser muy popular precisamente. Todo lo que sea pedir dinero al vecindario ya sabes cómo le sienta a la gente, como un par de banderillas negras. Acuérdate de la que le montaron a Vives.
- Si queremos hacer algo con nuestros recursos no veo otra salida.
- Pues sí que estamos ante un buen dilema, si no hacemos nada nos crucificarán y si nos inclinamos por las obras de pavimentación también.
   Del callejón sin salida en el que están metidos viene a sacarles quién menos podían imaginar: el secretario del Ayuntamiento. Don Nicanor es asimismo el apoderado en el pueblo de una empresa catalana, Hilaturas Gedosa, que tiene diversas propiedades en la localidad. El secretario, en una charla en privado, informa a Gimeno que la compañía que representa está dispuesta a construir un conjunto de casas unifamiliares para alquilar a bajo coste. El motivo es que la empresa puede acceder a unas subvenciones de la Dirección General de Regiones Devastadas y que sería una verdadera lástima desperdiciarlas. Solo bastaría que el Ayuntamiento no le cobrara nada por los permisos de obra y diera las mayores facilidades posibles en cuanto a solares. El proyecto crearía puestos de trabajo durante una temporada y el pueblo contaría con un lote de viviendas de alquiler que vendría a paliar el enorme déficit existente en el sector del arrendamiento. A Gimeno la propuesta le parece como caída del cielo. Cuando se la cuenta a su mujer, Lola, con su habitual perspicacia, le hace ver algo en lo que él no había reparado:
- Me parece una muy buena noticia y que, por el momento, viene a resolver el problema que teníamos…, pero mamá siempre dice que nadie va por ahí regalando duros a cuatro pesetas. Si los de Gedosa construyen esas casas, bienvenidos sean, pero no creo que lo hagan únicamente por lo que te ha contado don Nicanor. En estos tiempos los mecenas no abundan. Tendremos que enterarnos de lo que se esconde bajo la propuesta y que el secretario no te ha contado.
   En esta ocasión es uno de sus confidentes más fiables, Severino Borrás, quien le cuenta a Gimeno lo que hay detrás de la munificencia de la compañía catalana. Regiones Devastadas concede cupos de cemento, material racionado y difícil de conseguir, a precio oficial a aquellas empresas que se dedican a construir viviendas de renta baja. Untando a los funcionarios encargados de la distribución del cemento se consigue que la asignación sea superior a las necesidades reales de las construcciones proyectadas. Y si la proporción del cemento empleado en la obra es inferior a lo que exigiría la solidez de la construcción, la empresa promotora puede ahorrarse una buena cantidad de material. Sumando las cantidades de sobreasignación y de detracción se puede obtener una buena suma de toneladas de cemento que revendido de estraperlo da lugar a pingües beneficios. Y esos son los duros a cuatro pesetas que pretende vender Gedosa. Cuando le cuenta a su mujer lo que se esconde detrás de la presunta generosidad de la propuesta de don Nicanor, Lola la interpreta en clave política.
- Ya me parecía que tanto altruismo por parte de una empresa privada era sospechoso.
- En efecto, lo que hay detrás de una supuesta generosidad no es más que otro episodio de mercado negro – apostilla José Vicente - .Y ahora que sabemos la verdad, ¿qué hacemos?, ¿aceptamos la propuesta o la rechazamos?
- ¿Tú qué opinas, marido? – Lola contesta con otra pregunta a las que formula su marido.
- Creo que sería una estupidez no aceptarla. Que los de Gedosa se ganen unos cientos de miles de duros estraperleando el cemento a nosotros ni nos va ni nos viene. Y, en todo caso, aquí se quedarán las casas.
- Tienes razón. Si somos realistas esa es la mejor salida, hacer como si no supiéramos nada. Y hablando de saber, lo que me has contado sobre el estraperlo del cemento ¿además de Severino y nosotros lo sabe alguien más?
- Evidentemente, Nicanor tiene que estar al cabo de la calle porque seguro que está metido en el ajo y, conociéndole, puedes apostar que se llevará tajada. Pero aparte de los que he citado creo que no lo sabe nadie más. Ni siquiera se lo comenté a Marín.
- Pues no lo hagas, es más no se lo comentes a nadie. Y pídele a Severino que no lo divulgue. Estoy pensando que esto puede convertirse en un arma que en su momento podremos usar para apretarle las tuercas al secretario.
- ¿Y qué hago, le digo que he descubierto el pastel, pero que por mí adelante?
- Si haces eso te convertirás en cómplice del enjuague. Mejor que no le digas nada. Lo que deberás de hacer en su día es conseguir el testimonio del maestro de obras sobre la cantidad de cemento que verdaderamente se consumió en la obra y la diferencia sobre la que figurará en las cifras oficiales. Te lo guardas y si alguna vez lo necesitamos, don Nicanor puede encontrarse en un bonito embrollo.
- Lola eres más peligrosa que una pantera en celo.
- Me lo voy a tomar como un cumplido porque como no lo sea esta noche te veo durmiendo en la habitación pequeña.