viernes, 9 de octubre de 2015

8.5. El que algo quiere, algo le cuesta



   A Rafael le ha encantado volver a hablar a Lola, aunque para él siempre será Lolita. Tenía muchas ganas de mantener una charla con ella, aunque la breve conversación que han cruzado le ha sabido a poco, pero era cuestión de romper el hielo. Piensa que la joven, le resulta extraño pensar en ella como una mujer adulta, está tan guapa como siempre y, pese a su estado, sigue estando muy rica. Y juraría, se dice, que cuando me ha visto se ha puesto nerviosa. Me parece que todavía debe de sentir algo por mí. Como se me ponga a tiro seguro que me la vuelvo a llevar al huerto. Y lo que es tener clase, ahí la tienes, en estado y con un cutis como el alabastro. En cambio la tontorrona de mi mujer tiene la cara llena de barrillos y granitos. Tendría que haberme quedado con Lolita.
   Lola prosigue su camino. Su cabeza es un torbellino. Los recuerdos, la evocación de tiempos pasados, los sentimientos adormilados…, todo parece agitarse en su interior. Como si fuera un estanque al que hubiesen lanzado una piedra: las ondas de los recuerdos se extienden por los rincones más recónditos de todo su ser. Al llegar a casa se sienta y toma un vaso de agua. Trata de serenarse. Piensa que es increíble que a estas alturas de su vida, cuando está en un tris de ser madre, cuando se encuentra felizmente casada con un hombre que cada día la llena más, resulta que el mero hecho de haber cruzado unas palabras con Rafael le hayan puesto tan nerviosa, como si continuara siendo una adolescente. Sacando voluntad de no sabe dónde intenta olvidarse del encuentro y de amordazar sus emociones. Retoma la labor de tricotar los peucos que está haciendo, los hace a pares: azul por si es niño, rosa por si es niña. En ese quehacer la encuentra su marido.
- Pero, mi vida, ¿cuántos peucos piensas hacer? Debes tenerlos en cantidad suficiente para montar una tómbola.
- No te burles, José Vicente. Hacer punto de media me tranquiliza.
- ¿Estás nerviosa?
- No, no son nervios, pero ya sabes que en mi estado se tienen sensaciones especiales. Don Manuel me ha recomendado que procure hacer una vida lo más activa y normal posible.
- Activa sí, pero normal no sé qué decirte. Nunca te había visto tan dada a las labores de aguja.
- Tampoco me habías visto antes con esta cintura.
- Si apenas has engordado y, no solo eso, te diré que cada día estás más guapa. Nunca me has atraído tanto.
- Eso no es necesario que me lo jures. Tan cerebral como se cree la gente que eres y lo que no saben es que estoy casada con un garañón – El tono no es de reproche, se podría adivinar un rastro de orgullo en las palabras de la mujer.
- Hablando de otro asunto. He resuelto volver a pedir a la junta el aumento de sueldo.
- ¿Lo has pensado bien, no te volverán a gastar la misma jugarreta que la otra vez?
- Lo dudo. Esta vez amarraré el resultado. Antes de hacer ningún movimiento lo hablaré con Benjamín. Si el patriarca toma partido nadie se va a atrever a oponerse y mucho menos Antonino.
- Me parece bien pensado. De todos modos ten cuidado con Benjamín, ya sabes que tiene mucha recámara y si le pides algo, más pronto que tarde te pasará factura.
- El que algo quiere, algo le cuesta.
   La intervención bajo cuerda de Benjamín se revela decisiva. Cuando la junta de la cooperativa vuelve a tratar la petición de Gimeno de un aumento salarial la aprueba por unanimidad. Para José Vicente es una sensación agridulce: le complace que su reivindicación haya sido atendida, pero le molesta que para conseguirla haya tenido que recurrir al viejo cacique. Ha sido una dura lección. No es el único que manda en el pueblo, todavía hay poderes fácticos que se le escapan y los Arbós son uno de ellos, ha quedado muy patente. Para Lola también ha sido duro admitirlo.
- Ha sido una lección que no deberíamos de echar en saco roto, José Vicente. Benjamín y los suyos todavía siguen teniendo mucho poder.
- Desde luego, han hecho una demostración apabullante. Tendrías que haber visto a los de la directiva dándome la mano, palmoteándome la espalda y felicitándome como si me hubiese tocado el Gordo. Y Antonino el primero de todos. 
- Es bueno conocer las limitaciones que se tienen. Y ahora ya sabemos que en aquellos asuntos que dependan de la decisión de la gente del pueblo habrá que contar con el patriarca. 
   Como anticipó Lola, los Arbós no tardan en cobrarse los servicios prestados. Una mañana, Benjamín se deja caer por el despachito de Gimeno en la cooperativa.
- ¿Qué tal, José Vicente, cómo van las cosas?, ¿cómo lleva tu mujer el embarazo?
- Muy bien, señor Benjamín. Dice Lapuerta que para ser primeriza lo está llevando francamente bien.
- Vale mucho tu mujer. Y ahora que no nos oye nadie te diré que hiciste una buena boda, mucho mejor que si te hubieses casado con mi sobrina, que es muy buena chiquita, pero a la que sus padres malcriaron de mala manera.
- Sinceramente, no me puedo quejar. Tengo una mujer excepcional.
- Y eso posiblemente es una de las cosas más importantes que le puede pasar a un hombre. De casarse con una mujer a hacerlo con otra, te puede cambiar la vida como de la noche al día. He visto muchos casos en los que hombres bien bragados se han ido al tacho y todo porque al lado tenían una mujer que en vez de empujarles se les colgaba al cuello.
   La conversación discurre plácidamente hablando de trivialidades hasta que Benjamín enseña sus cartas.
- Venía a pedirte un pequeño favor. Mi hermano Gonzalo ha comprado unos excedentes de cupo de aceite de un par de almazaras y va a venderlos a un mayorista de Madrid, pero se ha topado con un problema, los de la Comisaría de Abastecimientos no quieren darle la guía más que para algo menos de la mitad de la cantidad que tiene. Y sin una guía en condiciones puede ocurrir que en cuanto la policía motorizada detenga el camión y pida la guía puedan incautarse de la mercancía. Sé que tienes buena mano con los de abastos. Por eso pienso que no te sería difícil conseguir unas guías para mi hermano.
   Gimeno está seguro de que Benjamín no se lo ha contado todo. Posiblemente se trate de una operación encubierta de estraperlo, como otras muchas que diariamente se dan en la piel de toro. Sabe que los favores han de devolverse, pero lo que le está demandando Arbós excede de los límites ordinarios. Lo que pretende podría involucrarle en un acto ilegal y quizá hasta delictivo. Por un momento piensa en negarse de plano, pero la cautela se impone.
- Lo que me pide, señor Benjamín, no es nada fácil. Ya sabe que la obtención de guías es complicada, exigen muchos datos y hacen muchas preguntas. Y me va resultar muy problemático justificar el porqué de mi intervención en una petición semejante. Además, no tengo tanta influencia en la Comisaría de Abastos como usted supone. No paso de conocer al secretario provincial y no sé hasta qué punto tendrá capacidad para lograr lo que me pide…, pero voy a hacer cuanto pueda.
- Estoy seguro, José Vicente, que harás lo que esté en tu mano. Abusando de tu amabilidad quiero pedirte otra cosa. Sabrás que mi sobrina Pepita va a ser madre cualquier día de estos. El otro día le pregunté a Águeda qué le gustaría que le regalase por el nacimiento del crío y me dijo que a su hija le haría mucha ilusión que su marido tuviera algún cargo representativo. No me extrañó, a mi sobrina siempre le gustó figurar. Por eso he pensado que una forma de complacerla sería darle algún puesto de cierto relieve al tarambana de Rafael. Por ejemplo: podías nombrarle juez municipal.
   El patriarca del clan ha conseguido desconcertar a Gimeno con su última petición.
- Pero, señor Benjamín, ya tenemos juez, es Lapuerta.
- Ya sé que hay juez. Y Manolo es amigo mío, un buen amigo. Pero a él no le importará dejar de serlo. Por otro lado, no es hombre al que le guste excesivamente el boato. No creo que vaya a molestarse porque le quiten el cargo.
- ¿Y qué justificación le doy a Lapuerta para cesarle?
- Ya se te ocurrirá alguna. Y si no, seguro que tu mujer puede sugerirte media docena.

martes, 6 de octubre de 2015

8.4. Va de preñadas



   Gimeno no ha tardado ni veinticuatro horas en enterarse de lo que ocurrió en la reunión de la junta en la que le denegaron el aumento de sueldo que había pedido. Aunque más que negárselo, le propusieron un incremento salarial de miseria. Ante su sorpresa resulta que el instigador de la movida en su contra ha sido Antonino Arbós, el hermano mayor del clan, quien se opuso frontalmente a dar su apoyo a la propuesta de la petición salarial del secretario. No solo se negó a respaldarla, sino que convenció a la mayoría de los miembros que era inasumible. Al enterarse de quien le ha puesto la proa, José Vicente encuentra la explicación del porqué Antonino le pone cara seria desde hace tiempo, justo desde que rompió la relación con Pepita Arnau, ¿tendrá eso algo qué ver? Se lo comenta a su mujer.
- Así que ha sido Antonino. Yo sospechaba de Rodrigo. ¿Y dices que no has tenido ningún problema con él? – quiere saber Lola.
- Ni uno ni medio. Aunque hacía tiempo que venía poniéndome mala cara, más o menos desde que rompí con Pepita.
- ¡Tate!, ya sé de dónde viene su inquina. Resulta que Elisa, la mujer de Antonino, es muy amiga de la madre de Pepita. Y es posible que le sentara mal que rompierais el noviazgo.
- Pero bueno, ¿qué me cuentas?, ¿quieres hacerme creer que la ruptura de un noviazgo, en el que ni siquiera se llegó a hablar de boda, ha podido influir en una cuestión que es estrictamente profesional?
- Por supuesto, marido, no puedo estar segura al cien por cien, pero no me extrañaría nada que mi suposición fuera cierta.
- Pero se trata de dos cuestiones muy diferentes y que, además, no tienen nada que ver la una con la otra – reitera Gimeno.
- Así es, y no sé de qué te escandalizas, parece mentira que seas de pueblo. ¿O es que no sabes cómo se las gasta la gente? Si Antonino se molestó contigo por aquello, te la ha guardado hasta que ha llegado el momento de pasarte factura. Esa clase de proceder es el pan nuestro de cada día.
- Si tus sospechas fueran ciertas… ¡Vaya tropa que tenemos!
- Es lo que hay, pero opino que ahora más importante que saber por qué se ha opuesto Antonino, es tener ideas claras sobre lo que queremos. Y lo primero es: ¿volverás a presentar la petición a la junta? Piénsalo detenidamente, pero en tu lugar yo lo haría. En unos meses seremos tres y los gastos se van a disparar.

   Hay otra embarazada en el pueblo que por distintos motivos tiene, mejor dicho ha tenido, mucho que ver con el matrimonio Gimeno-Sales: se trata de la joven señora de Blanquer, que ya está en las últimas semanas de gestación. Pepita ha llevado la preñez bastante bien, pero su comportamiento de niña mimada se ha hecho insoportable. A medida que se acerca el parto se ha vuelto más voluble, caprichosa y exigente. Su madre trata de satisfacer la mayoría de sus caprichos. En cambio, Rafael hace tiempo que se cansó de las chiquilladas de su mujer y la tiene prácticamente abandonada. Por si faltaba algo, con la excusa de que no se siente bien y de que la criada no sabe cuidarla, Pepita ha decidido volver a casa de sus padres hasta que tenga el niño. Rafael no ha protestado por ello, la que si se lo ha tomado a mal ha sido su madre. Entre suegra y nuera han mantenido una buena trifulca. 
- ¿Cómo que te vas a casa de tus padres? Tu lugar está junto a tu marido – conmina Maruja a su nuera.
- ¿Y quién me va a cuidar, su hijo? Si hay días que ni siquiera le veo – rebate Pepita.
- Si es así, Rafael hace muy mal. Ya se lo diré, pero ahora de quien hablamos es de ti. Debes de quedarte en casa y tener tu hijo en ella, como hicimos todas.
- Ya le he dicho que aquí no tengo quien me cuide – insiste la embarazada.
- ¿Y para qué tenéis la criada, de adorno?
- Lourdes no sirve para cuidar a una embarazada. Es un desastre y no sabe hacer casi nada. En cuanto nazca el niño la voy a despachar.
- Si hace falta vendré yo a cuidarte, pero te quedas en tu casa – se ofrece la suegra.
- La que se ha de quedar en su casa es usted. Y como la que va a tener el crío soy yo, la que decide qué hacer también soy yo. Me voy a mi casa.
- Ya estás en tu casa.
- Quiero decir, que me voy a casa de mis padres. Mi madre sí que sabe cuidarme y allí no me va a faltar de nada.
- ¿Es que aquí te falta algo?, ¿es qué no tienes todo lo que necesitas? – se escandaliza Maruja.
- No señora. No lo tengo. Para empezar, su hijo no me hace ni caso. ¿Puede creer que hace unos días le pedí que me trajera un helado y se negó alegando que eran las tantas de la noche? Y no ha sido la primera vez que se comporta de esa forma. Si el niño nace con algún antojo ya sabe quién será el culpable.
- Pero que bobadas dices, criatura. Te vuelvo a repetir que no puedes irte de esta casa. Si no quieres que esté yo, que venga tu madre, pero una esposa ha de estar en la casa de su marido y no andar por ahí. ¿Te imaginas que escándalo se montará si te vas de esta casa?
- ¿Y qué me importa lo que diga la gente? Le repito que quien está encinta soy yo y como creo que voy a estar mejor en casa de mis padres, me voy.
- Eres más tozuda que una mula. No puedes irte.
- En mi casa mando yo. Haga el favor de marcharse y dejarme en paz – dice de manera terminante Pepita.
   Maruja también la tiene con su hijo, pero éste apenas si discute, se limita a encogerse de hombros y decirle que si Pepita se va a encontrar mejor en casa de sus padres pues que se vaya. Rafael nunca llegó a estar enamorado de su mujer, al principio le atrajo su inocencia y su ignorancia en todo lo referido al sexo, pero hace tiempo que eso dejó de excitarle. Ahora sabe que está casado con una chiquilla mimada y caprichosa, que está convencida de que el mundo debe de girar a su alrededor y que si tiene un marido es para que le dé gusto en todo cuanto le apetezca. Ni siquiera duerme con ella desde hace meses. Pepita parece que no lo ha echado de menos puesto que no le ha hecho ningún reproche. La falta de sexo es lo que ahora le apremia. Es mucho hombre para estar en ayunas tanto tiempo. Mientras encuentra una solución más satisfactoria al problema recurre a lo que tiene más a mano: la criada.
- Amo, no haga eso. ¿Qué va a decir la señorita si se entera?                                                                       
 
   Rafael y Lola se han cruzado muchas veces, pero han disimulado, han hecho como si no se hubiesen visto. En la primera ocasión en que se encuentran cara a cara, la mujer no sabe qué hacer y, bajando la vista, hace intención de pasar de largo. No puede, él se pone delante y le tiende la mano.
- ¿Qué tal, Lolita, cómo estás? Enhorabuena, ya sé que estás encinta – Rafael debe ser uno de los poquitos que la siguen llamando Lolita.
- E… estoy bien, gracias.
- Te veo más guapa que nunca, debe de ser la maternidad.
- Sí, bueno… - La mujer se siente violenta, no sabe qué decir.
- Tú vas a ser madre y yo padre. ¿Quién nos lo iba a decir? ¿Y qué tal llevas el embarazo? Pepita lo lleva fatal, está loquita porque acabe de una vez.
- De momento no tengo ninguna molestia.
- No me extraña, siempre has sido mucha mujer. Todavía hoy mamá me repite de vez en cuando que debería de haberme casado contigo.
- Bien…, me perdonarás, pero tengo prisa.
- Soy yo quién debo de pedirte perdón por este atraco, pero hacía mucho tiempo que me moría de ganas de hablar contigo aunque solo fuera un minuto. Te deseo que todo vaya bien en el parto y que, como dice la gente, ojalá tengas una horita corta. Te lo digo de todo corazón.

domingo, 4 de octubre de 2015

*** OCTOGENARIO



   El próximo día doce, festividad del Pilar, cumplo ochenta tacos, castiza expresión española para designar los años. En un aniversario tan redondo me ha parecido pertinente hacer unas mínimas reflexiones que quiero compartir con amigos y lectores.
   Deben ser contadas las personas que se plantean cuanto tiempo van a vivir. Yo, desde luego, no soy una de ellas pero, acaso porque de crío fui muy fetiller (escuchimizado en valenciano), nunca creí que llegaría a una etapa en la que no valen los tapujos de decir que estás en la tercera edad o que ya eres mayor. A los ochenta simplemente eres viejo y quizá abuelo que es, por cierto, uno de los apelativos que mejor llevo.
   Llegado a este punto es casi obligado mirar atrás, hacer balance. Pese a que, como dice la conocida cita: he tenido un hijo (dos), he plantado un árbol (varios) y he escrito un libro (muchos), el resultado final del arqueo no es como para tirar cohetes. He cometido más errores que aciertos y he tenido más fracasos que éxitos.  Pero lo hecho hecho está y no hay replay que valga. He vivido, parafraseando la tesis orteguiana, como mi yo y mis circunstancias me han dejado y he actuado como mi historia y mi entorno me han posibilitado o me han impedido. Quizá me ha faltado ambición y me ha sobrado pereza.
   Sobre el mundo de los idearios, de la sociedad, de la política o de la economía he terminado creyendo en muy poquitas cosas, tan pocas que caben en un dedal y sobra espacio. Si mis certezas son contadas, en cambio mis dudas son como las estrellas, incontables. Me enternece ver a los jóvenes, y a muchos que no lo son tanto, aferrados a ideales, creencias y pasiones que a la postre solo son humo. Aunque asumo que haya otras opiniones divergentes, que respeto pero que no comparto. Los escépticos solemos aceptar con el mejor talante posible que nuestras posturas no sean ni las únicas ni las acertadas ni, mucho menos, las mayoritarias.
   En el terreno de los sentimientos amé y fui amado y esos verbos en pasado lo dicen todo. Hoy me queda, que no es poco, el amor de mis hijos y de sus retoños, el afecto de un puñado de familiares y amigos y la simpatía de algunos exdiscípulos y lectores. No puedo, no debo quejarme.
   ¿Me será dado escribir un texto como este dentro de una década? Ya dije que no pienso demasiado en ello puesto que es algo que no depende de mí. Tengo mis dudas. Mi fachada todavía está razonablemente bien, pero en el interior las goteras se multiplican, las cañerías se oxidan y aparecen grietas en los lugares más insospechados. Será lo que Dios o la genética tengan escrito.
   A cuantos leáis estas líneas mi gratitud y mi cariño.