viernes, 25 de septiembre de 2015

CAPÍTULO VIII. LA GOTA FRIA.- 8.1. Inaudito, maquis en Senillar



   Nadie lo hubiese imaginado: ¡han aparecido maquis en Senillar! Era lo último que  podía esperarse. Los guerrilleros antifranquistas, conocidos popularmente por el galicismo maquis y denominados bandoleros en la terminología oficial, habían proliferado en zonas especialmente boscosas y en comarcas de orografía agreste. En una de ellas, el Maestrazgo, se habían instalado algunas partidas que pertenecían a lo que la guerrilla denominaba Agrupación Guerrillera de Levante-Aragón y que tenía como amplio marco de operaciones las provincias de Cuenca, Teruel y el interior de Castellón. Eran comandos, en general poco numerosos, formados por grupos de excombatientes republicanos que tenían sus bases de aprovisionamiento en suelo francés y que, tras atravesar clandestinamente los Pirineos, se introducían en España con la misión de desestabilizar al Régimen franquista.
   Los primeros objetivos de la guerrilla fueron la interrupción de las comunicaciones y suministros y la realización de operaciones especiales como la frustrada toma del valle de Arán junto a la frontera francesa. Dada la diferencia del número de efectivos entre la guerrilla y las fuerzas del orden y hasta del ejército, se fue generando un enorme desgaste no solo entre los guerrilleros sino también en aquella parte de la población civil que ideológicamente podía sentir la tentación de ayudarles. La falta de recursos de todo tipo llevó a los maquis al robo para poder mantenerse, lo que supuso el despoblamiento de muchas de las zonas donde actuaban y acabó privando a la guerrilla de las fuentes para su sustento y de la información necesaria para ejecutar sus operaciones. Por todas esas razones era bastante inusual que sus miembros llegasen a actuar en las llanuras y zonas costeras, parajes en los que esconderse resultaba más complicado. Debido a todo ello nadie podía imaginar que en un chalé ubicado en las afueras del pueblo, camino de la estación, se escondían maquis. Gracias a un chivatazo la Guardia Civil tuvo conocimiento de la existencia de los guerrilleros. Las fuerzas del orden cercaron el chalé, pero el único maquis que había en su interior consiguió escapar, nadie se explicaba cómo. Franqueó una valla de más de dos metros de altura y en medio de la balacera de los guardias consiguió perderse entre los huertos de naranjos circundantes, pese a ser herido en la refriega. El suceso ha sido tema obligado de conversación en todas las tertulias y corrillos del pueblo. En el café del Pito no se habla de otro asunto.
- ¿Y qué coño hacían los maquis en el chalé de los Serratelles? – pregunta uno sin dirigirse a nadie en concreto.
- Realmente, el único que había no estaba en el chalé sino en la casita de los guardeses.
- Da lo mismo – insiste el que ha preguntado -. ¿Qué hacía allí?
- Esa no es la cuestión – contesta otro -. La pregunta es ¿qué puñetas buscaban los maquis en Senillar?
- Pues igual querían cargarse a alguien del Ayuntamiento o secuestrar a algún ricacho
- Me han contado – se explaya un enterado -, y no puedo deciros quién, que se trataba de unos maquis que venían huidos desde la provincia de Teruel y que estaban aguardando a coger un tren para acercarse a la frontera y pasar a Francia.
- ¿Y cómo se pudo escapar un tío con el chalé rodeado de guardias?
- Porque los civiles no estaban dispuestos a jugarse la piel como se la jugó el maquis.
   Martín Esteller llega a la tertulia casi congestionado. Tiene una importante primicia y quiere ser el primero en difundirla.
-¿Sabéis la noticia? – Sin esperar a que nadie pregunte prosigue –. Se ha producido otro enfrentamiento entre los maquis y la Guardia Civil.
- ¡Coño, lo que faltaba! ¿Dónde ha sido?
- Al parecer un grupo de maquis estaba escondido en una masía de la partida del Torreón, cerca del mar. Los civiles y la policía los han cercado y les han exigido que se rindieran. En vez de rendirse han intentado huir disparando a todo bicho viviente y lanzando bombas de mano. Y se ha montado una ensalada de tiros cosa fina.
- ¿Ha muerto alguno?
- Por lo que dicen cuatro maquis y el comandante de la Guardia Civil que mandaba las fuerzas.
   Durante muchos días no hay otro tema de conversación en el pueblo que no sea el de los guerrilleros. Como suele ocurrir, los rumores y los bulos se disparan lo que añade una preocupación más para José Vicente Gimeno. La Guardia Civil le ha informado discretamente que, entre los documentos incautados a los bandoleros, han encontrado una relación de políticos y autoridades de la comarca como posibles blancos de atentados. Uno de los nombres es el suyo, otro el del alcalde del pueblo. Parece que el peligro ya pasó, puesto que la célula que actuaba en la zona ha sido desarticulada, pero el miedo es libre y a Gimeno pensar que aparece como posible diana para las pistolas de los guerrilleros le produce la natural inquietud y le sirve para descubrir que no tiene madera de héroe. Cuando se lo cuenta a Lola, ésta trata de tranquilizarle:
- No te preocupes, cariño, el peligro ya pasó. Por lo que cuentan el grupito de los maquis que merodeaba por aquí ha sido desmantelado por completo y a buen seguro que la Guardia Civil va a terminar con el resto en poquito tiempo.
- Ya lo sé, Lola. Y sí estoy preocupado, no por mí sino por ti.
- Pues tampoco debes de estarlo. Yo, desde luego, no lo estoy.
- Que tu nombre figure en un listado de posibles víctimas no es ninguna tontería. Prueba de ello es que en la jefatura provincial nos han dicho que van a darnos permiso de arma corta a todos los mandos locales que lo solicitemos y Germán, en privado, me ha comentado que están estudiando la posibilidad de que a los camaradas que se sientan más amenazados les facilitarán irse a otra parte del país durante una temporada, hasta que las fuerzas de seguridad acaben de una vez con esta lacra del bandolerismo.
- Que se tomen medidas de precaución y cautela me parece bien. Más vale prevenir.
- De todos modos, ¿crees qué sería conveniente que nos fuésemos del pueblo una temporada hasta que todo esto hubiese terminado?
- ¡Por Dios, marido, no creo que sea necesario! De nuestra casa no nos va a sacar nadie. Además, está tu trabajo en la cooperativa, no puedes dejarlo así como así. Y por otra parte, piensa que tendría que cerrar la tienda. Lo dicho, de aquí no nos saca ni los maquis ni el Papa de Roma.
   Gimeno tiene que desempeñar con Fernando Marín el mismo papel que su mujer ha jugado con él. El alcalde es otro de los que figuraban en la lista de posibles víctimas y está francamente asustado; encima, cuando el edil le ha contado lo que pasa a su mujer, ésta en lugar de quitarle hierro a la posible amenaza ha incrementado más su temor. Así se lo transmite el alcalde a José Vicente:
- María Eugenia quiere que nos vayamos.
- Fernando, no es para tanto. Esa partida de facinerosos ha sido abatida y el servicio de información de la Guardia Civil no tiene noticias de que exista otro grupo por la zona. Por consiguiente, no hay ninguna clase de peligro.
- Sí, pero ya sabes como es mi mujer. Insiste en que lo mejor para nosotros es que pongamos tierra de por medio y que nos volvamos a Valencia, que en una gran ciudad estaremos más seguros.
- Mira, Fernando, comprendo la intranquilidad de María Eugenia, también Lola lo está, pero de ahí a huir como un conejo asustado media un abismo. ¿Qué iba a pensar la gente de los que tenemos responsabilidades políticas sí al menor asomo de peligro salimos huyendo cómo almas en pena? Pues no se iban a reír de nosotros ni nada. ¿Quieres que hable con María Eugenia?
- Dudo mucho de que te vaya a hacer caso.
- Se me ocurre algo mejor, le diré a Lola que tenga una charla con tu esposa. Ya verás como ella será capaz de convencerla.
   Tal y como había previsto Gimeno, su mujer tras una extensa charla con la esposa del alcalde la convence de que el peligro ya ha pasado y que lo más sensato es continuar en el pueblo. Pese a todos sus argumentos de que los maquis no volverán a aparecer, Lola, en su fuero interno, no está tan convencida de que ello vaya a ser así. Da toda la impresión de que el Régimen franquista está más fuerte que nunca, pero en el interior de Lola anida un interrogante que no deja de preocuparle: ¿Volverán los maquis algún día?

martes, 22 de septiembre de 2015

7.13. ¡Lola, qué peligro tienes!


   La llegada del autobús que ha de llevarlas a Valencia interrumpe el diálogo entre Lola y Amparín. Una vez acomodadas prosiguen la charla.
- Por cierto, ya que acabas de citar la Navidad, me han contado que este año no se va a celebrar el baile de los estudiantes, ¿por qué motivos? – inquiere Lola, que sabe perfectamente las causas pero le interesa conocer la versión que puede darle una persona mucho más joven que ella.
- Ha pasado lo que tenía que pasar. Que la gente no tiene iniciativa. Todos quieren ir de fiesta, pero nadie está dispuesto a organizarla porque para eso hay que trabajar, echar horas, molestarse... Vamos, tal y como hacía Beatriz – responde Amparín.
- Y los otros chicos que ayudaban a Bea en la comisión, ¿siguen estudiando o trabajan? – también conoce la respuesta, pero para la esposa de un político saber más datos siempre importa. 
- Miguelito Vinuesa y Pepín Mañes preparan las oposiciones de magisterio y no están para perder el tiempo en fiestas, además como tienen novia tampoco mostraron un excesivo interés. Almiñana, el que era presidente, ya dijo el año pasado que era su última participación. Y no ha habido nadie que se prestara a ponerse al frente de la comisión del baile.
- ¡Es una lástima! El baile de los estudiantes merecía la pena.
   Unos días después, el barbero Esteller explica a su cliente Alfonso Grau su particular análisis del porqué de la desaparición del baile de los estudiantes.
- ¿Qué por qué no se celebró el baile de los estudiantes? Verá, don Alfonso hay unos motivos de por fuera y otros de por dentro. Me explico. Cada vez hay menos perras para gastarlas en fiestas. El boniato está por los suelos, como casi todas las cosechas. Solo ganan dinero los que tienen naranjas, pero de esos en el pueblo hay pocos. Además, los precios están por las nubes y aparentar es cada vez más caro. A mis paisanos les gustan más las fiestas que a un tonto un lápiz, pero el baile nunca fue popular, no era una fiesta que la gente sintiera como algo propio, fue un puedo y no quiero. En cuanto la mayoría de familias que aspiraban a darse tono han tenido que apretarse el cinturón, se acabó lo que se daba. Ese es el motivo que más salta a la vista.
- ¿Hay otros motivos? – quiere saber Grau.
- Al menos uno más y, en mi opinión, posiblemente pesa más que el anterior. Verá. Cada vez estudian más chicos. Hoy cualquier pelagatos, que no sabe hacer la o con un canuto, quiere que su hijo sea médico, abogado, profesor o albéitar, mismamente como usted.
- Esa pretensión de las familias la veo muy natural y elogiable. Es lógico que los padres aspiren a que sus hijos sean más que ellos y para eso han de estudiar. ¿Es que no le parece bien que las nuevas generaciones estén mejor formadas?
- Claro que sí, don Alfonso. Ojalá nuestros padres hubiesen tenido la misma idea. Otro gallo nos cantara. Lo que ocurre es que al haber crecido el número de estudiantes, cualquier pinchaúvas tiene derecho a ir al baile acompañado por quien le dé la real gana. Entonces, los de siempre, los ricos y las familias de ringorrango o que se creen que son más que los otros, tendrían que mezclarse con toda clase de... ¿Cómo se llaman los indios esos que son más pobres que las ratas?
- Supongo que se refiere a los parias.
- Pues lo que decía, que los ricos de toda la vida y los que se han forrado con el estraperlo y que aspiran a igualarse a los primeros no quieren juntarse con los parias, es decir con los pobretones. Las familias con parné no necesitan de ningún baile ni nada por el estilo para aparentar lo que ya son sin necesidad de dar cuatro cuartos al pregonero.
- Es curioso, al crecer el número de estudiantes también el baile tendría que haber crecido, en cambio, por lo que cuenta, parece que es al revés.
- Equilicuá, don Alfonso. El baile se ha ido al carajo y, posiblemente, no vuelva porque, por un lado aparentar, como creo que ya he dicho, se ha puesto muy caro. Y por otro, porque cada día son demasiados los que quieren entrar en un club en el que, aunque no se reconozca, funciona el letrero que hay en los sitios de postín: reservado el derecho de admisión.
- Martín, aunque quizá no lo sepa, es usted todo un sociólogo.
- ¿Socio qué?
   La desaparición del baile de los estudiantes, cuyas causas tan bien ha explicado el rapabarbas de Esteller a uno de sus clientes más distinguidos, ha dejado frustrado al exalcalde Paco Vives pues ya no podrá intervenir en el mismo como había pensado. Cavila en otro medio para influir en el mundo de la gente joven, pero no se le ocurre algo que sea medianamente posible y práctico por lo que de momento deja aparcado el proyecto. En una tesitura similar se encuentra Gimeno: adiós a sus planes de mediar en el entramado de la organización del baile y en los intereses de la gente que quiere asomar la cabeza por encima de la medianía local. Pero hay una diferencia notable entre los dos políticos: Vives no tiene quien le sople al oído otros posibles caminos, en cambio Gimeno tiene una consejera áulica que vale su peso en oro.
- Lola, me acaban de soplar que este año no habrá baile de los estudiantes, ¿lo sabías?
- Sí, lo sabía.
- No me habías comentado nada.
- Es que antes de hablarlo contigo quería ofrecerte algún plan B para poder influir en la gente joven. He estado dándole vueltas a la cuestión y todavía no he encontrado una opción que sea medianamente eficaz. Por eso no te había dicho nada, pero algo se me ocurrirá.
   Unas semanas después Lola encuentra, de manera fortuita, el medio que andaba buscando para llegar e intervenir en los asuntos juveniles. Con motivo de una visita a la ciudad de Castellón, donde una amiga del colegio le ha invitado a pasar unos días en las fiestas de la Magdalena, descubre que uno de los actos que más colorido aporta a los festejos es la cabalgata del Pregó en la que, a pie o subidos en carrozas muy adornadas o en cabalgaduras ricamente enjaezadas, los participantes, la mayoría jóvenes, recorren algunas de las calles de la ciudad pregonando el comienzo de las fiestas, de ahí su nombre de pregón. A los que se limitan a desfilar se unen grupos de bailes folclóricos y pequeños conjuntos musicales de viento y rondallas. Guillermina, la anfitriona que le ha invitado, le explica a Lola que la preparación de la cabalgata no es cosa de unos días, sino que la mayoría de grupos, formados por pandillas de jóvenes, lo llevan preparando todo el año.
- ¿Por qué necesitan tanto tiempo? – se interesa Lola.
- Ten en cuenta que la mayor parte de pandillas y grupos de amigos cuentan con pocos recursos, entonces son ellos los que han de preparar los motivos y decoración de la carroza, tienen que confeccionarse los trajes y cuanto necesiten para desfilar. Y en muchas ocasiones, reunirse en la bajera o en el patio donde hacen todos esos trabajos no es más que una excusa para montar una merendola o celebrar un baile.
   En cuanto Lola oye la explicación se le dispara la circunvolución cerebral de la política: acaba de encontrar el instrumento que buscaba. De regreso al pueblo, Lola le explica a su marido el plan que ha ido madurando:
- Vamos a montar una cabalgata como la que vi en Castellón.
- Eso no se ha hecho nunca en el pueblo y no estoy seguro de que a la gente le guste. Sabes mejor que yo que tus paisanos son más tradicionales que el arroz con pollo.
- Todo tiene una primera vez.
- Por descontado, pero ¿y qué vamos a sacar con eso?
- ¿No piabas por encontrar un medio con el que influir en la juventud?, pues ahí lo tienes.
- A ver, explícate mejor, reina mora, porque no acabo de ver la conexión que puede existir entre una cabalgata y el modo de influenciar a la gente joven.
   Lola le cuenta detalladamente el plan. El objetivo formal de la cabalgata será pregonar que las fiestas de agosto van a comenzar, el oculto que los participantes tendrán que estar en contacto durante buena parte del año con los organizadores que serán los miembros de una comisión municipal montada, financiada y manejada, en la sombra, por el Ayuntamiento; es decir, por ellos. Gimeno formula las primeras pegas:
- Permite que haga algunas puntualizaciones. Primera: ¿para qué pregonar algo que todo el mundo sabe cuándo comienza y cuándo acaba?
- Lo del pregón no es más que una excusa para que los jóvenes tengan una oportunidad más de pasárselo bien y el resto del pueblo tenga un entretenimiento más.
- Ese razonamiento está cogido por los pelos, pero lo acepto. Segunda pega: ¿hay alguien aquí que sepa algo de cómo se monta una cabalgata?
- Pues yo misma. Me he informado y el montaje no tiene demasiados misterios. Lo más importante es conseguir el mayor número posible de participantes y el entusiasmo que estos desplieguen. Ambas cosas se pueden conseguir con una buena campaña de propaganda que, además, la podemos montar con cuatro perras a través de charlas en las escuelas, en las reuniones de las cofradías de las Hijas de María y de los Hijos de San Luis Gonzaga, entre las camaradas de la Sección Femenina…
- Lola, nunca dejarás de sorprenderme – reconoce José Vicente -. Una última pega, la financiación: ¿de dónde vamos a sacar la pasta?, porque sabes perfectamente que el Ayuntamiento no tiene ni un chavo y organizar una fiesta como la que describes debe costar un ojo de la cara.
- Una cabalgata puede resultar lo cara o barata que decidan sus organizadores. Y te garantizo que la podemos hacer con poquísimo dinero. Por ejemplo: las carrozas en vez de alquilarlas, se hacen aquí montadas en varios remolques arrastrados por tractores o caballerías.  Invitaremos a grupos de danza y a rondallas de los pueblos próximos, a los que se les hace una paella antes del pregón y por la noche que se vuelvan a su localidad. Habrá que llevarles y traerles en coche, pero presionando a los transportistas locales se puede conseguir que el viaje no cueste nada o un precio simbólico. La Diputación Provincial tiene subvenciones para estos actos, se piden. También pediremos la ayuda de los establecimientos comerciales y de todo aquel que mueva un duro en el pueblo, y como la mayoría sigue estraperleando ya verás cómo se rascan el bolsillo. Además…
   Gimeno corta a su esposa que está embalada explicando las maneras de financiar la cabalgata:
- ¡Lola, qué peligro tienes!

viernes, 18 de septiembre de 2015

7.12. Consejos vendo que para mí no tengo



   Alfonso y Beatriz ven abandonar el baile a Carlitos y Amparín tiernamente cogidos del talle.
- Eres un tunante, te lo has metido en el bolsillo – dice Beatriz con una sonrisa burlona en su boca -, pero… no recuerdo haberte dicho que a Carlitos le gustaran las motos.
- Y no lo has hecho, aunque sería el primer adolescente al que no le gustasen. En verdad, ha sido un tiro a ciegas, pero con muchas probabilidades a priori de acertar – asegura un sonriente Alfonso.
- ¡Huy, que peligroso eres! No sabes tú nada. ¿En manos de quien he ido a parar? – se interroga, humorísticamente, la joven.
- Es fácil de saber, estás ante un hombre que intenta por todos los medios impresionarte. Es como si hubiese comenzado a correr una contrarreloj. Tengo hasta Reyes para ganarla y el tiempo apremia. Por eso he de emplear cualquier ardid que se me ocurra.
- ¿Y cuál es el premio de la carrera? – pregunta Beatriz con aparente indiferencia, aunque el ligero temblor de la voz le delata.
- ¿Lo preguntas en serio? Creía que era evidente. El premio eres tú, eres el primer premio y… el 
único que me importa.
   La contundencia de la afirmación ha pillado desprevenida a la joven. No es capaz de responder, pero un silencioso torrente de encontrados sentimientos parece escaparse por todos los poros de su piel.
   Van a dar las cinco. La fiesta del baile de los estudiantes empieza a decaer. Algunas parejas ya se han ido, otras se lo están pensando. Pepín, Miguel y sus respectivas damiselas están discutiendo si se van o se quedan un ratito más.
- Creo que ya va siendo hora de recogernos. Esto está dando las boqueadas – opina Pepín.
- ¿Qué te parece, Julita, nos vamos o continuamos? – pregunta Miguel.
- Lo que tú quieras – contesta mansamente la muchacha.
- Bueno, Julita y yo nos vamos a ir – Miguel ya se decidió - ¿Vosotros os quedáis?
- No nos vamos a quedar aquí solos – es la respuesta de Pepín.
   Ambas parejas salen y se adentran en la oscura y fría noche hasta que en la plaza de la Iglesia se dicen adiós pues las muchachas viven en extremos opuestos del pueblo. Ante la casa de los Traverso, Pepín se despide de Maricarmen dándole un cariñoso cachete. No se atreve a ir más allá. Es la muchacha quien, sorprendiéndole, le da un fugaz beso en la mejilla. Antes de que desaparezca tras la puerta, Pepín pregunta:
- ¿Mañana saldrás a pasear al Rabal? ¿Sí? Te estaré esperando.
   La otra pareja está despidiéndose ante el domicilio de Julita.
- Me lo he pasado muy bien, Miguel. Nunca olvidaré esta noche. Creo que ha sido la más bonita de mi vida.
- Me alegra que te hayas divertido. Y perdóname si en algún momento te he desatendido, pero es que con lo de la pelea he pasado un mal rato.
- No te preocupes, lo entiendo. Y no tengo que perdonarte nada. Has estado en todo momento fantástico, y has hecho muy bien no dejándote amilanar por ese fantoche de Castaño. Y Maribel tendría que haberse comportado de otra manera y más siendo la reina, y que conste que me cae muy bien, pero esta noche no ha estado a la altura.
- Eres más buena que el pan – comenta, sonriendo, Miguel, evidentemente halagado por los elogios de la muchacha -. Otra en tu lugar me hubiese puesto a caldo por descortés y egoísta.
- Muy tonta tiene que ser la chica que piense eso de ti. Ni eres descortés ni egoísta ni nada parecido. A mí… – se apresura a matizar – y a otras muchas personas nos parece que eres uno de los chicos más… - No encuentra el calificativo adecuado -, más estupendo del pueblo.
- Gracias, Julita, pero no es para tanto. Lo que pasa es que tienes un corazón de oro. ¿Puedo darte 
beso de despedida?
    A la mayoría de asistentes al baile la fatiga empieza a pasarles factura. A Carmen Ribes, que ha vuelto a quedarse sola, se le han hinchado ligeramente los pies y comienza a sentirse extenuada. En la pista van quedando pocas parejas. Carmen no puede menos que sonreír sarcásticamente al fijarse en una de ellas: Almiñana y la Barquerita. Bailan tan ceñidos que parecen formar un solo cuerpo. Él le mordisquea el cuello mientras musita algo a su oído. La muchacha tiene los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Ahí va, se dice Carmen, ese cerdo en plena caza. Y parece que ha encontrado pieza que abatir. Que no te pase nada, paloma. En un apartado rincón, Beatriz y Alfonso continúan absortos su conversación, como si el resto del mundo se hubiese desvanecido. Carmen les mira con envidia. Mira por donde, piensa, el baile de este año puede servir para algo: quizá Bea haya encontrado al hombre de su vida. También puede terminar siendo la aventura de una sola noche. ¡Ojalá no sea así! Bea se merece lo mejor. Solo quedan unos cuantos, aunque cada vez con menos fuelle. El cansancio hace mella, pero los irreductibles no se dan por vencidos. Hasta que el director de la orquesta dice basta.
- Damas y caballeros, esta es la última pieza. El año que viene, más.
   El baile de los estudiantes donde tantas historias pasaron ya es historia, ha transcurrido algo más de un año. Es un ventoso y claro día de finales de enero. Los pasajeros con destino a Valencia esperan el coche de línea. Una de ellos es Amparín Vives, tiene que hacer unas gestiones en la Delegación de Hacienda. A pesar de las tensas relaciones que mantiene con su padre, que sigue presionándola para que corte su relación con Carlitos Villangómez, continúa ayudándole a llevar la administración de los negocios familiares. Realmente es la única de la familia que está preparada para hacerlo. Le hubiese gustado estudiar, y hasta hacer una carrera universitaria, pero su padre es de los que opinan que lo único que ha de saber una mujer es como llevar una casa. Por eso solo quiso que estudiase su hermano Paquito, que no fue capaz de terminar ni el bachillerato elemental. Ella se tuvo que conformar con hacer un curso de contabilidad por correspondencia, los números siempre se le dieron bien. Su padre es un lince para los negocios, pero no tiene formación para enfrentarse a la cada vez más complicada gestión administrativa de sus empresas. Y su hermano, que debería ser el natural heredero de los negocios familiares, ni está preparado, ni tiene interés alguno, solamente le atraen las mujeres, los toros y la caza. Una voz familiar la saca de su ensimismamiento, es Lola Sales.
- Buenos días, Amparín. ¿También a Valencia?
- Buenos días, Lola. Sí, voy a ver si resuelvo unos asuntos del almacén.
   A pesar de que el padre de la jovencita y el marido de Lola son enemigos políticos, ambas mujeres, pese a la diferencia generacional, han terminado profesándose un sincero afecto. Hay algo que las une: la estrecha relación que ambas tienen con la familia Villangómez. Carlitos es el novio de Amparín y Beatriz es una rendida admiradora de la personalidad y carácter de Lola.
- Si vuelves a mediodía, ¿quieres que te guarde sitio en el coche? - se ofrece Amparín.
- No, gracias. Dudo que haya terminado a mediodía. Tengo que ver varios talleres de confección y, entre unas y otras cosas, no creo que termine hasta bien entrada la tarde. Tendré que coger el último autobús.
- Se me olvidaba, Lola. ¿Sabes que Bea va a pedir la excedencia? – le informa Amparín -. Ahora que sus padres están destinados en Puzol se irá a vivir con ellos y podrá terminar la carrera en Valencia.
- Me alegro por ella y por Alfonso. Así podrán verse todos los fines de semana – comenta Lola.
- Creo que van a ser más que los fines de semana. Dentro de unos días le entregan a Alfonso un Renault cuatro-cuatro que tenía pedido y seguro que irá a verla la mitad de los días.
- Es una estupenda noticia y ambos se lo merecen. Forman una de las parejas más enamoradas que he visto en mi vida. Cuando les veo juntos te prometo que me dan envidia. Y hablando de enamorados, ¿qué me cuentas de Carlitos?, ¿sigue tan colado por ti?
- A Dios gracias, sí. No sé si sabes que en las vacaciones de Navidad estuvo aquí, pero tenemos que vernos de tapadillo, mi señor padre sigue empeñado en que Carlos no es un buen partido – se lamenta Amparín.
- Permíteme darte un consejo – se ofrece Lola -. No te enfrentes con tu padre cuando salga a relucir el tema de Carlitos, evita disgustos innecesarios, pero si estás tan enamorada de él como lo está él de ti, no renuncies a ese amor por nada del mundo. Aguanta el tirón y cuando seas mayor de edad le dices a tu señor padre que verdes las han segado y la que decide quien ha de ser el hombre de su vida eres tú. Esa pelea al final la vas a ganar, pero mientras tanto habrás de tener mucha paciencia y ponerle al mal tiempo buena cara. Por cierto, le dije a Bea que te aconsejara en ese sentido. No sé si lo hizo.
- Gracias de corazón, Lola. Es lo que estoy haciendo por consejo de Beatriz. Ahora comprendo porque mi futura cuñada te admira tanto. Tus consejos son tan agudos como sensatos. Eres maravillosa.
- No lo creas. Algunas veces pienso que se me podría aplicar el dicho aquel de que consejos vendo que para mí no tengo – asegura Lola con un cierto regusto amargo en su tono.