martes, 15 de septiembre de 2015

7.11. En las distancias cortas mejoro


 
   El diálogo entre Alfonso y Beatriz comienza a adentrarse en terrenos que lindan con lo personal, aunque enmascarado por la cortesía y una cierta cautela, más por parte del veterinario que de la joven maestra. Esa cierta caución empieza a abandonarla Alfonso cuando, como al desgaire, pregunta:
- ¿Acaso Carmen y tú estáis comprometidas y guardáis ausencia?
   Pese al plural de la frase, teóricamente referida a ambas amigas, a Beatriz no se le oculta que la pregunta no tiene otra destinataria que ella, por lo que piensa: vaya forma tan sesgada de preguntarme si tengo novio. Sin embargo su respuesta es tajante:
- No hay ninguna ausencia que guardar – y, para paliar una cierta brusquedad en su respuesta, añade -. Observa a tu alrededor. Como verás, la mayor parte de los asistentes son muy jóvenes, casi unos adolescentes. Y tanto Carmen como yo dejamos de usar calcetines cortos hace mucho.
- Cualquiera que te oyese hablar deduciría que eres una vieja y nada más alejado de la realidad, más bien estás empezando una juventud que se adivina espléndida.
- ¿Cuántos años me echas? – coquetea Beatriz.
- Entre veinte y veintidós, pero ni uno más. Vamos, todo un pimpollo.
- No sé si hablas en serio o eres un guasón redomado.
- Mírame a los ojos – pide el hombre – y dime si ves en ellos algún asomo de guasa.
- Lo siento, no soy experta en analizar miradas. Me tendré que fiar de lo que dices.
- Palabra de honor que solo miento lo preciso y hasta el momento no he sentido ninguna necesidad de hacerlo. Te puedes fiar de mí – asegura Alfonso poniéndose serio -. ¿Te apetece tomar algo?
- No, gracias, prefiero charlar. Aquí no es fácil encontrar un hombre con quien mantener una conversación en que lo más excitante que puede contarte son las novatadas que le hicieron en la mili.
- No creas que soy tan distinto, Beatriz, a mí también me encanta contar batallitas. Cuando nos conozcamos mejor, verás la de episodios que te voy a colocar de mi paso por los campamentos de las milicias universitarias. Esa variable bélica los varones la debemos de llevar en los genes, seguramente es una herencia de cuando teníamos que salir a cazar para alimentar a la prole.
- ¿Tienes mucha prole a la que alimentar? – la pregunta está hecha con aparente indiferencia, pero subyace un fondo de ansiedad en la misma.
- De momento, ninguna. Aunque cuando encuentre mi media naranja espero tenerla; mejor dicho, me gustaría tenerla. Ha de ser precioso lo de tener hijos con la mujer de quien se está enamorado.
- ¿Eso quiere decir qué todavía no encontraste a tu futura media naranja? – Beatriz ha hecho la pregunta con tanto miedo a que la respuesta sea positiva como esperanzada de que sea negativa.
- A fuer de sincero tengo que decirte que creía que sí, pero ahora no estoy tan seguro.
- Muchas dudas tienes. No sé si es bueno dudar tanto.
- Es posible que no, pero en los sentimientos dudar es absolutamente natural. La mente y el corazón no están siempre de acuerdo escribió no recuerdo quien.
- De acuerdo y yo te replico que también alguien dijo que la duda es uno de los métodos para encontrar la verdad – apostilla Beatriz al tiempo que lanza una alegre carcajada -. Está claro que nos hemos juntado un buen par de pedantes, pero aquí resulta tan difícil serlo que hasta me siento feliz por ello.
   La muchacha apoya la cabeza en el hombro de su pareja. Se calla para saborear mejor ese fugaz momento de dicha. Él siente en su barbilla el leve roce de la sedosa mejilla de ella. Aunque la orquesta está tocando un foxtrot, siguen bailando lentamente sin hacer caso de la música. Cada uno está metido en un mundo interior en el que parecen encontrarse muy a gusto. De pronto, Alfonso pregunta:
- ¿Te gusta montar en moto?
- ¿En moto? – repite ella como saliendo de un sueño -. No he montado nunca. Bueno, ahora recuerdo que hará algunos años un compañero de clase me llevó un día a dar un paseo en su Mobilette.
- Eso no es una moto. Mañana verás lo que es una de verdad. Te voy a dar un paseo, si me lo permites – añade Grau, esperando inquieto la respuesta.
- ¿Y adónde piensas llevarme?
   Alfonso está a punto de batir palmas. La tácita aceptación de la muchacha le ha hecho feliz.
- No sé. Yo solo haré de piloto. La ruta y el destino los marcarás tú. Iremos dónde quieras, cuándo quieras y las veces que quieras – apenas ha dicho la última frase comprende que se ha puesto excesivamente serio e inmediatamente añade una sonrisa a su comentario.
- Eres el primer hombre que conozco que le da cancha a una mujer en un asunto tan varonil como marcar una ruta. Y te diré que, para mí, es una experiencia tan insólita como agradable.
- Pues todavía no has hecho más que empezar a descubrirme. Creo que en las distancias cortas mejoro. Por eso espero no hacer ningún estropicio y antes de que se terminen las vacaciones poder convencerte de que soy un hombre del que podrás fiarte y al que tendrás que creer. Y lo digo totalmente en serio.
   Beatriz vuelve a apoyar la cabeza en el hombro de su pareja. Pretende así ocultar su turbación. Algo está naciendo en su interior. Todavía no lo ha identificado, pero sea lo que fuere le gusta. Él se diagnostica una ligera taquicardia.Conoce la causa de la disfunción. La lleva entre sus brazos.
   Mientras su hermana siente como un hormigueo que le baila por todo el cuerpo, Carlos mira el reloj, las dos de la madrugada. El baile está en pleno apogeo, es una pena irse ahora, pero lo ha prometido. Su padre le ha repetido mil veces que un hombre vale lo que su palabra.
- Cariño, son las dos, creo que deberíamos ir pensando en decir adiós.
- ¿Irnos ahora?, ¿por qué? Si está más animado que nunca.
- Le di mi palabra a tu padre de que nos retiraríamos a una hora prudente. Y no me gustaría darle motivos para que pensara que soy un irresponsable.
- Pero, amor mío, con lo bien que lo estamos pasando. Si por mí esta noche no tendría que terminar nunca. ¿Y quieres irte? ¿Tan mal lo estás pasando a mi lado?
- No digas cosas que sabes perfectamente que no son ciertas. ¿Cómo me lo voy a pasar mal a tu lado si eres lo único que me importa en el mundo? Pero di mi palabra y pienso cumplirla. ¿Qué pensará tu padre si en la primera ocasión le decepciono? Creerá que no soy digno de ti. Y no estoy dispuesto a permitir que eso ocurra. Justamente porque te quiero, no para una noche sino para todos los días y todas las noches de nuestra vida.
   Nunca hasta ese momento, Amparín se ha sentido tan enamorada de Carlos. Que se haya puesto enérgico es algo que le ha llenado de íntimo gozo. Este es su hombre y luchará por él contra su padre y contra el mundo si hace falta.
- Lo que tú digas, cariño.
- ¿Crees qué deberíamos despedirnos de mí hermana?
   Beatriz sigue con Alfonso. Han abandonado la pista y buscado una discreta mesa en la que conversan animadamente.
- Disculparnos. Bea, venimos a decirte adiós. Voy a llevar a Amparín a su casa, le prometí a su padre que nos retiraríamos a una hora prudente.
- Me parece muy bien. Amparín, no te lo dije antes, pero estás guapísima y llevas un traje precioso. Huy, perdona, no os he presentado. Mi hermano Carlos, su… - duda una fracción de segundo – novia Amparín. Alfonso Grau.
   Carlos le da la mano ceremoniosamente, mientras Amparín, presa de un súbito conato de timidez, se limita a sonreírle.
- Tu hermana me ha dicho que te encantan las motos – dice Alfonso -, pero que no sabes pilotarlas. Un día de estos, si te apetece, vamos a ir al campo de fútbol y te voy a enseñar a manejar la mía. Ya verás que pronto aprendes.
- ¿De verdad? ¡Fenomenal! Muchas gracias. Y ahora nos disculpáis, pero tenemos que irnos.
   Mientras la joven pareja se marcha, Beatriz se queda mirando a Alfonso. En su mirada hay una mezcla de sombro y de ironía envueltos en un halo de algo más que simpatía.

domingo, 13 de septiembre de 2015

*** 6000



Según el servicio de estadística de Google a principios de septiembre el blog rebasó holgadamente la cifra de las 6000 páginas vistas. Digo lo de siempre: no es una cifra espectacular, pero para un blog que solo es soporte de una novela por entregas, de un casi octogenario y desconocido autor, tiene su mérito. Como lo tiene el que el blog ha sido abierto desde 42 países.
Larga y feliz vida a todos los internautas que lo leen.

viernes, 11 de septiembre de 2015

7.10. Una lección de maneras



   Amparín y Carlitos se siguen deslizando por la pista como si estuviesen solos. Hay momentos en que no hablan, no lo necesitan. De vez en cuando se miran a los ojos y sonríen. Les basta. Solo se musitan al oído dos palabras: te quiero. A su conjuro, el resto del universo desaparece. El muchacho la estrecha entre sus brazos con la delicadeza con la que su madre limpia la porcelana de Manises que decora el aparador de casa. De cada uno de sus gestos emana un torrente de ternura y pasión. La jovencita se aprieta para notar mejor como late el corazón del chico. Con su mano izquierda le acaricia suavemente la nuca, mientras le susurra: ¡ojalá esta noche durara eternamente!
   A Carlitos tanta felicidad le parece imposible. Incluso lo que temía que fuera un amargo trago, su visita a casa de los Vives, salió mucho mejor de lo que pudo imaginar. En parte gracias a su hermana Beatriz que le dio toda una lección sobre cómo debía de comportarse y qué debía decir, le enseñó maneras como dicen en los pueblos.
- Has de intentar portarte con naturalidad. Mira a los ojos, habla alto, claro y sin prisa. Sonríe mucho y no te achantes. Estoy segura de que los Vives te tratarán bien y serán amables contigo.  
- ¿Y cómo estás tan segura, acaso hablaste con ellos? – pregunta enfurruñado un desquiciado Carlitos.
- Con ellos no, pero con Amparín sí. Esta tarde me tropecé con ella. Estuvimos hablando un buen rato y me dio un recado para ti, lo que te he dicho: que estuvieras tranquilo, que lo ha arreglado todo con sus padres y que te recibirán con toda la amabilidad del mundo.
- Eso es muy fácil decirlo, pero quien ha de dar la cara soy yo. Y para empezar no sé qué voy a decirles.
- A ver, hermanito, vamos por partes. Lo primero que has de hacer es calmarte, con ese estado de nervios lo único que conseguirás será pasar un mal rato, hacérselo pasar a Amparín y estropearlo todo. Trata de tranquilizarte y escúchame. ¿Qué les vas a decir? Piensa con lógica. Dentro de un rato vas a presentarte en el hogar de la chica de la que estás enamorado. Y contesta esta pregunta: ¿a qué vas a su casa?
- A pedir a sus padres que me den su permiso para llevarla al baile.
- Ves que fácil. Te diriges a su padre y le dices: señor Vives o señor Paco, conviene que te dirijas a él como señor, vengo a pedir su permiso para acompañar a su hija al baile.
   Beatriz tenía razón. Todo se desarrolló como la seda. Sorprendentemente, la más nerviosa fue Amparín, en cambio los padres se portaron como si aquello fuera algo cotidiano.
- Buenas noches, Carlitos, ¿qué tal, cómo estás? – le saluda con familiaridad la señora Asunción, la madre de su enamorada, como si fuera una visita habitual de la casa.
- Muy bien, señora. Muchas gracias. ¿Y usted?
- Bien, pero siéntate, por favor. ¿Quieres tomar algo?
- No, gracias. Prefiero no tomar nada de momento.
- Entonces, voy a llamar a Paco. Ahora vuelvo.
   El matrimonio llega en seguida. Ella con la misma sonrisa con la que le recibió y él aparentemente relajado, aunque con un semblante un tanto hosco, pese a ello no parece ser el ogro que algunos dicen que es.
- Así que este caballerete es el famoso Carlitos, ¿qué tal, cómo estás? – le saluda Paco, tendiéndole la mano.
- Muy bien, señor. ¿Y usted?
- Siéntate, anda. Bien, vamos al grano, vas a llevar a Amparín al baile, ¿no es eso? Espero que nos la devuelvas igual que como va a salir de esta casa. ¿Tengo tu palabra?
- Por supuesto, señor. Le prometo que me portaré como un caballero y se la devolveré sana y salva. Le doy mi palabra de honor.
- Bien. ¿Quieres un pito?
- No, señor, gracias, no fumo.
- Está bien eso de que no fumes. Yo debería dejarlo, pero soy demasiado mayor para cambiar de vicios.
- Yo le veo muy bien, señor. Es más, de cerca parece usted mucho más joven que viéndole por la calle.
- Oye, mi hija no me había dicho que sabes hacer tan bien la pelota – al ver lo colorado que se ha puesto el muchacho, se apresura a añadir -. Tómatelo como una broma, hombre. ¿A qué hora pensáis volver?
- A la que usted diga, señor.
- Vaya, sabes cómo tratar a la gente. No os voy a poner una hora concreta, lo único que te pido es que no seáis los últimos en cerrar el baile.
- No se preocupe, señor. Así lo haremos.
- Otra cosa, ¿tus padres saben que estás aquí?
- Por supuesto, señor.
- ¿Y cuentas con su permiso?
- Naturalmente, señor. Si no fuera así, no estaría delante de usted.
- Eso está bien, pero que muy bien. Me gusta la gente que sabe respetar a sus mayores.
- Paco – interviene la madre por primera vez -, ¿no crees que debería llamar a la niña? Como sigáis hablando van a llegar tarde al baile.
- Tienes razón, Asun. Dile a nuestra hija que está aquí su caballero.
   La pareja no puede imaginarse que tras su marcha, los Vives han mantenido una animada charla.
- ¿Qué te ha parecido? – interroga la madre.
- Pues mejor de lo que esperaba. Para tener solo dieciséis años se ha portado como todo un hombre. Me da la impresión de que ahora los chicos maduran antes.
- Es posible que así sea. Nuestra hija es otro ejemplo de madurez precoz.
- Es cierto y vaya genio que se gasta. Nos ha salido peleona.
- Tiene a quien parecerse – señala ella con una sonrisa.
- Confieso que el chaval me ha parecido muy educadito y se le ve muy respetuoso. Espero que no cometan ninguna tontería.
- Todo es posible, pero me llevaría una gran decepción si ocurriera algo fuera de lo normal. Nuestra hija tiene la cabeza sobre los hombros. Y cuanto más tiempo pase, más se asentará.
- De todas maneras, procura atarla corto – aconseja el padre -. Más vale prevenir que curar.                                                                      
   En el baile, Carmen Ribes se sorprende al ver reaparecer a Beatriz. ¿Se habrá cansado de flirtear con el veterinario?, se pregunta. No lo parece, su rostro muestra tal contento que piensa que más bien debe ser cualquier otra cosa.
- ¿Qué pasa, qué se ha hecho de tu caballero andante? - pregunta Carmen.
- Han venido a buscarle hace un rato. Una urgencia, un parto de una vaca que viene mal. Ha dicho que tratará de volver antes de que acabe el baile. ¿Sabes qué? Alfonso me ha parecido un tipo fantástico, ya me lo había dicho Lola Sales.
- Mira, Bea, conviene que no te hagas demasiadas ilusiones y que tengas cuidado. Todos los tíos buscan lo mismo, aunque a veces tienen la habilidad de disfrazarlo de honestas intenciones.
- O mucho me equivoco o Alfonso no es de esos. Por lo que me contó Lola, y aunque acabo de conocerle, presiento que es de los que van por derecho.
- En cualquier caso, insisto en que no te fíes. Los hombres son maestros en hacer muchas promesas y, luego, si te he visto, no me acuerdo. De todas formas, cuéntame, ¿qué tal tu galán, cómo se ha portado?
- No te puedes imaginar lo amable, educado y simpático que es. Todo un encanto de hombre y, además, ¡es tan guapo!
   Inopinadamente, reaparece Grau. Se le ve ligeramente agitado, como si hubiese estado corriendo.
- Señoritas, felizmente estoy de vuelta. Carmen, si nos disculpas, tenía una conversación pendiente con esta beldad – y tendiendo la mano a Beatriz se encaminan a la pista.
   No parecía tan alto, piensa Beatriz, pero me saca toda la cabeza y no soy precisamente bajita. Que bien huele, se dice Alfonso, parece que debe de ser Heno de Pravia, pero le pega, es como la yerba recién segada: fresca y tierna. Cuando la orquesta hace una pausa no vuelven a la barra, se quedan en el centro de la pista en animada conversación.
- ¿Y puede saberse qué haces en el Rincón de Ademuz cuándo sales de la escuela?
- Aburrirme como una lapa y estudiar. Curso Filosofía y Letras por libre. No quiero terminar mis días como maestra de escuela, aunque es una profesión que me apasiona. ¿Y tú qué haces en el pueblo cuándo ya no quedan animalejos que visitar?
- También aburrirme – Alfonso se apresura a cambiar de tema, le interesan otras cuestiones -. Antes me preguntaba cómo era posible que dos preciosidades, como Carmen y tú, no estuvieseis rodeadas de moscones intentando camelaros. ¿Acaso estáis comprometidas y guardáis ausencia? – Lo de guardar ausencia es la frase tópica que alude a salvaguardar la no presencia de la persona con la que estás comprometido.
   Alfonso se empeña en desentrañar el entramado sentimental de la mujer de la que, por momentos, se siente más atraído.