martes, 8 de septiembre de 2015

7.9. Amores nuevos olvidan.viejos


   Pepín Mañes no recuerda un baile en el que se lo haya pasado tan bien. Maricarmen Traverso no solo es francamente mona, también es simpática y más alegre que unas castañuelas. Además, no disimula que le está agradecida por haberla invitado. Y algo importante para su complejo de bajito, aunque calza zapatos de medio tacón no le supera en altura. El acompañante de Pilarín, la prima de Pepín, ha sacado a bailar a Maricarmen y ambos primos se han quedado solos.
- Bueno, Pepín, ¿qué tal lo estás pasando? Pareces muy animado. No has soltado a Maricarmen ni un segundo – asegura Pilarín con una sonrisa cómplice.
- No está mal – Pepín trata de parecer displicente -. Es bastante agradable.
- Para mí que la has deslumbrado. Me parece que podíais formar una buena pareja.
   Aparece la pareja de Pilarín que trae medio a rastras a una sofocada Maricarmen.
- Pepín, hazme caso y dale caña a la Traverso – aconseja el acompañante de Pilarín-, que por mucho que se queje te digo que le va la marcha.
- No le escuches, Pepín, está loco. ¿Sabes qué, Pilarín? Me quedo con tu primo, de todas todas, y te devuelvo a este chalao.
   Entre bromas y risas, ambas parejas se separan. Pepín acaba de poner en marcha la calculadora mental y está tabulando la última frase de su pareja. Eso de que me quedo con tu primo, de todas todas, habrá que analizarlo detenidamente. De entrada, le ha gustado. Con la mejor de sus sonrisas pregunta:
- Maricarmen, bonita, te veo muy acalorada, ¿quieres que traiga algo fresco: una coca, una naranjada o prefieres una cerveza?
- Pepín, que solo tengo dieciséis años, no estoy acostumbrada a tomar cerveza. Con un refresco me vale.
   Sí Pepín se está divirtiendo un montón, en cambio el baile está siendo un viacrucis para Miguel Vinuesa. El mala sombra de José Antonio Castaño monopoliza a Maribel, pese a que como reina de la fiesta debería bailar con todos cuantos se lo pidieran. No hay manera de abordarla. Hasta que se cansa y decide ir por las bravas. Se acerca a la mesa donde está la pareja y se planta frente a la reina de la noche.
- Maribel, me gustaría bailar contigo.
   La chiquilla no contesta, solo hace un mohín que puede significar cualquier cosa, pero es Castaño quien responde:
- Maribel está conmigo y no tiene por qué bailar con otro.
- Que en este momento esté contigo no quiere decir que no pueda bailar con los demás. En este baile, la costumbre es que puedes invitar a cualquier chica, salvo a las novias, y más si se trata de la reina. Por tanto, no tienes nada que decir –  y dirigiéndose a la muchacha vuelve a preguntarle - ¿Quieres bailar conmigo, por favor?
   La jovencita hace amago de levantarse, pero Castaño es más rápido y de un salto se planta ante Miguel.
- Te repito que está conmigo y tú, aquí, sobras, cretino.
- Si hay alguien que sobra eres tú. Y en cuanto a cretinez tú te llevas la palma y también de la mala baba.
- A ver si tienes cojones de repetirme eso en la calle.
- En la calle y dónde quieras, chupatintas de mierda.
   Lo de chupatintas no ha debido de gustarle a Castaño porque de improviso coge a Vinuesa por las solapas y da un violento tirón. Éste se revuelve y ambos chicos se enzarzan en una pelea que parece de patio de colegio. En vez de golpearse se han agarrado y cada uno trata de echar al suelo a su oponente. Inmediatamente se forma un corro alrededor de ambos contendientes y los mirones jalean tanto al uno como al otro. La pelea es más aparatosa que violenta y la peor parte se la está llevando la indumentaria de ambos contendientes pues la chaqueta de Miguel tiene una solapa medio desprendida y la camisa de José Antonio sufre un rasgón en forma de ángulo. Más que el fragor de los achuchones de los luchadores es el griterío de quienes los jalean lo que termina suscitando la atención del resto de los asistentes. Algunos de los más sensatos se acercan para poner fin a la pelea, como no lo consiguen entre varios logran sujetar a ambos contendientes. Uno de los que trata de poner paz, Ernesto Ballesta, agarra fuertemente por detrás a Castaño y le inmoviliza, aunque éste sigue intentando desasirse.
- Oye, tío, estate quieto de una puta vez. Este no es lugar para peleas – le conmina Ballesta.
- Que me sueltes, que le voy a partir la cara a ese gilipollas – vocifera exaltado Castaño.
- Tú no le vas a partir la cara a nadie, mamón. Y no me calientes los cascos que te vas a enterar de lo que vale un peine. Los chulitos como tú aquí terminan en el pilón – le amenaza Ballesta, que comienza a cansarse de la bravuconería del joven -. ¿Si te suelto te vas a comportar? Maribel, ata corto a este gallito o tendremos que echarle a patadas. ¿De acuerdo?
   Otros han conseguido reducir a Miguel con más facilidad pues éste no se ha resistido. El muchacho está desolado, no solo no ha conseguido bailar con Maribel, sino que ha quedado en evidencia. Por si faltaba algo, le ha dolido que la muchacha se haya puesto al lado de su rival. Sigue mirándoles a hurtadillas y cada vez que los sorprende charlando animadamente se lo llevan los demonios. Tiene que hacer un poderoso esfuerzo para que su pareja no se dé cuenta de que su mente está en otra parte. A la postre, la pobre Julita no tiene ninguna culpa.
   En la segunda mitad de la noche, la tensión cede. Miguel se dice que la cosa ya no tiene remedio y que posiblemente mañana Castaño se marche y Maribel volverá a estar libre. A rebajar su angustia le ha ayudado Julita, más conocida como la Pescadora pues su padre es minorista de pescado, que ha actuado como una suerte de calmante. No ha curado sus males, pero si ha aliviado su abatimiento. Es una muchacha que tiene una sonrisa agradable y sabe escuchar atentamente. Para el maltrecho ego de Miguel resulta un bálsamo tonificante. En algún momento de la velada, se da cuenta de que está riéndose de una historia que cuenta Julita con mucha gracia. La noche comienza a parecerle menos aciaga.
   Pepín ha llamado a Miguel para que compartan su mesa con la intención de hacerle más llevadera el resto de la velada.
- Acompáñame a la barra y traeremos unos refrescos a estas bellezas – Pepín trata de distender el ambiente.  
   En la mesa han quedado Maricarmen y Julita. Se miran y sonríen. Parece que se entienden sin necesidad de hablar. No es raro, son amigas.
- ¿Qué tal está Miguelito después de la riña? – pregunta Maricarmen.
- Muy fastidiado, ya lo puedes imaginar, pero creo que la bronca le ha servido para calibrar mejor la catadura de esa engreída. Antes de la pelea se ha pasado la noche echándole miradas de reojo. Después parece que ya no se ha preocupado tanto por ella.
- Te lo dije, Julita. Miguelito está coladito por esa mema. Sigo creyendo que pierdes el tiempo intentando que se fije en ti. Hasta que no se le pase esa fiebre no hay nada que hacer con él.
- No opino lo mismo. La fiebre se le puede pasar antes si alguien le ayuda. Y a quien ha traído al baile ha sido a mí, no a esa bobalicona.
- Sí, pero no te engañes, no eres más que la sustituta. Me han contado que Miguelito quería venir con ella, pero que esa pavisosa, que ni va a mear sin permiso de sus padres, cuando se lo contó a su madre ésta le dijo que nanay, que ya le buscaría otro acompañante y ahí la tienes con el mala sombra de Castaño.
- Mucho mejor para mí. Si los padres le ponen la proa a Miguel voy a tener más probabilidades.
- De todas formas, sigo creyendo que lo vas a pasar mal. Eso de llegar a la fuente y no poder beber tiene que ser muy duro.
- ¿Y qué puedo perder? El no ya lo tengo, Maricarmen. Si consigo algo, eso que habré ganado. Y mi madre suele repetir que quien no la persigue no la consigue. Pienso seguir luchando por conseguir a Miguel hasta que vea que no hay solución y como dice el dicho: la mancha de la mora con otra verde se quita. ¿Y lo tuyo cómo anda, qué tal se porta Pepín?
- No puedo quejarme, pero juego con ventaja. Él no tiene a quien lanzar miraditas de reojo.
- ¿Qué harías si lo tuviera?
- No estaría aquí o habría venido con otro. A mí los achares de amor me parecen cosas del pasado, de cuando nuestras abuelas – afirma con rotundidad Maricarmen.
- Ya me gustaría a mí que fueran cosas del pasado como dices.
- O sea, ¿qué vas a insistir en conquistarlo?
- Amores nuevos olvidan viejos – es la categórica respuesta de Julita.                                                                     
   Mientras, en la humilde pista de baile los hermanos Villangómez disfrutan de la velada como nadie. Carlos mira embelesado a Amparín al tiempo que desgrana en su oído las dulces palabras de amor mil veces repetidas por los amantes de todo tiempo y lugar. Por su parte, Beatriz escucha fascinada la entretenida charla del joven veterinario que le cuenta algunas de las anécdotas recogidas en su breve vida profesional, aunque lo que más la perturba es la suave presión de los brazos de Alfonso que ciñen su cintura.

viernes, 4 de septiembre de 2015

7.8. ¿Flechazo?


     Como marca la tradición, el baile lo ha abierto la reina que este año, en recompensa a la generosa aportación al evento de su familia, es Maribel Altava. Al son de un vals de Strauss interpretado por una orquestina local, la reina por una noche y el presidente de la comisión han dado unas cuantas vueltas sobre la improvisada pista. Después los demás debutantes se han apresurado a secundarles.
   Acodadas en una esquina del tablero montado sobre caballetes, que hace las veces de barra, Beatriz Villangómez y Carmen Ribes, que son las encargadas de capitanear a los chicos que ponen copas, contemplan las evoluciones de las parejas. Ambas, pese a su juventud, pertenecen al segmento femenino que ya no está en la primera fila del flirteo. Beatriz aprobó el año anterior las oposiciones al Cuerpo del Magisterio Nacional y Carmen acaba de obtener plaza de enfermera en el hospital clínico de Valencia. Han bailado con algunos amigos, pero la mayor parte del tiempo lo que han hecho ha sido fisgar y criticar a todos cuantos se han puesto a tiro, especialmente a las jovencitas debutantes.
- Por ahí va Marisa, ¿quién diablos le habrá aconsejado que se ponga semejante vestido con el caderamen que se gasta? Parece una mesa camilla, pero la que se lleva el premio a la mayor hortera de la noche es...
- Matilde Puig – completa Beatriz -. ¿Será posible que crea que ese horrible vestido le sienta bien? ¿Y por qué tantas orquídeas? Con lo bonitas que son y a ella le sientan como un par de pistolas a un santocristo.
- ¿Qué te parece cómo va la reina de la noche?
- Ni fu ni fa. Maribel juega con la ventaja de que, como tiene buen tipo, cualquier cosa que se ponga le sienta bien, pero va demasiado recargada de volantes y perifollos.
- ¿Esa no es Aurorita la Barquera? – señala Beatriz.
- La misma y, lo que son las cosas, con la fama que tiene su madre de bastorra, va vestida con bastante gusto y lleva unos zapatos monísimos. Aunque para gusto el de tu futura cuñadita, lleva un traje precioso y sabe lucirlo. Observa a tu hermano, se le cae la baba mirándola.
- Natural, está prendado de ella hasta las cachas.
- Por ahí va una que también se come a su pareja: Julita Piñol. En cambio, él no parece feliz. Y es una pena, merece serlo. Miguelito es un gran chico, pero no baila con quien quisiera. A veces pienso que el amor termina complicándolo todo.  
   Alguien llama a Carmen. Cuando vuelve, Beatriz le musita:
- Oye, hay un forastero que lleva rato sin quitarnos ojo de encima, ¿no es el nuevo veterinario? Mira con disimulo, a tu espalda y a la izquierda.
   Carmen se gira y, sin cortarse un pelo, mira en la dirección señalada.
- Sí, el mismo en carne mortal.
- ¿Cómo se llama? – quiere saber Beatriz.
- Alfonso Grau no sé qué más. Tiene buena planta, ¿verdad? Todas las casaderas del pueblo van detrás de él como gatas en celo. Le han invitado a un montón de guateques y reuniones, pero no ha aceptado ninguna. Al parecer tiene novia en Valencia.
- Lola Sales me habló de él y me dijo que me lo presentaría, ya sabes lo casamentera que es, pero hasta el momento no se presentó la ocasión. Y te doy la razón, no está nada mal el mozo.
- ¿Cómo que nada mal? Está para comérselo a bocaditos y no dejar ni la cáscara.
   Beatriz ha cruzado un par de veces su mirada con la del veterinario, cuando percibe que se dirige derechito a ellas. Cuchichea:
- Disimula, Carmen, se está acercando.
- ¿Quién se…? – antes de que Carmen pueda concluir la pregunta la interrumpe la llegada de Alfonso Grau.
- Hola, ¿cómo están señoritas? – y pasando sin más al tuteo, Grau añade -, ¿me permitís invitaros a una copa?
- ¿Por qué no? – Carmen se pone tras la barra - ¿Qué quieres tomar y, por cierto, cómo sabes que somos señoritas?
- Te contesto por orden: tomaré un cubalibre de ron. ¿Y por qué he deducido que sois señoritas? Fácil: si dos mujeres tan encantadoras como vosotras estuviesen casadas o comprometidas tendrían al lado a sus respectivos consortes o parejas vigilantes como halcones. Al menos, eso es lo que haría yo si tuviera la fortuna de ocupar ese lugar.
- ¿Seguro qué es el primer cubalibre que tomas? – pregunta Carmen con una sonrisa en los labios.
- Palabra de honor. No necesito de la ayuda del alcohol para proclamar, urbi et orbe, que acabó de descubrir las dos perlas más lindas del baile – afirma Alfonso, impostando la voz.
- ¿Tú debes de ser de ciudad, verdad? – le interpela Beatriz.
- ¡Aleluya! Ya me estaba temiendo que fueras mudita. ¿Cómo lo has descubierto?
- Porque los pueblerinos nunca vamos tan rápidos en los primeros contactos, solemos emplear un tempo más piano.
- Una señorita que, además de preciosa, sabe utilizar correctamente un italianismo puede ser cualquier cosa menos pueblerina – Una agradable sonrisa acompaña a su comentario.
   Beatriz le devuelve la sonrisa. De pronto el desangelado local parece haberse transformado en un lugar mucho más alegre.
- ¿Y qué se te ha perdido por aquí? – le interpela Carmen.
- He venido para quedar bien con mis amigos, los boticarios del lugar y, sobre todo, con mi barbero que es quién me desveló los secretos de este sarao.
- O sea, que estás aquí de mirón como nosotras – puntualiza Beatriz.
- Si he de ser sincero, tengo que decir que lo estaba. He dejado de estarlo en el momento en que os he descubierto. Si me permitís, creo que es momento de presentarme como es debido: Alfonso Grau, natural de Valencia y vecino por el momento de Senillar.
- Carmen Ribes, natural y vecina del lugar y Beatriz Villangómez, natural de Covaleda y actualmente vecina de Ademuz.
- ¿Entonces no vives aquí? – pregunta Alfonso, dirigiéndose a Beatriz, y sin poder evitar un leve tono de desilusión.
- Soy maestra y tengo la escuela en Ademuz – explica Beatriz que se apresura a puntualizar -. Mi familia sí vive aquí, por eso paso las vacaciones en el pueblo.
- En cualquier caso, me reafirmo en lo dicho: sois las más encantadoras de la fiesta.
   A Carmen no le cabe ninguna duda: aunque el joven utiliza galantemente el plural al referirse a ellas, es consciente de que toda la palabrería va dedicada a su amiga. Solo basta ver como la mira. Y decide que ha llegado el momento de hacer mutis.
- Me disculparéis, pero tengo que dejaros. Mis deberes como cantinera mayor me reclaman. Ah, una puntualización, Alfonso. Te quedas con la mujer más encantadora y, en mi opinión, la más sexy del baile que, además, da la casualidad que es mi mejor amiga. Como no te comportes con ella como un auténtico caballero me apareceré en tus sueños y los convertiré en pesadillas – Y acompaña la frase con un asomo de sonrisa.
- Tienes mi palabra de caballero que el buen nombre y la honra de esta doncella están a salvo conmigo. Si así no lo hiciera – y Alfonso levanta teatralmente su mano derecha –, que el Señor me lo demande.
   Al quedarse solos, Beatriz se apresura a comentar:
- No le hagas mucho caso a Carmen, es la ironía personificada.
- La ironía solo la saben emplear las personas inteligentes – acota Alfonso -. Y esa clase de personas suelen temer amigos que también lo son.
- Esa regla debe de tener excepciones, yo soy una de ellas.
- Los modestos también suelen ser inteligentes.
- Entonces casi no debe de haber tontos, ¿dónde se deben meter?
- Ahí – Alfonso señala la pista de baile – seguro que hay más de uno.
- Has de saber que uno de los tontos que está bailando es mi hermano pequeño.
- Tocado – admite Alfonso, sin inmutarse -, pero debo añadir que la regla que me acabo de inventar también tiene sus excepciones.
- Tienes salida para todo, deberías ser abogado. Me rindo.
- No intento derrotarte sino desplegar todos mis encantos para seducirte – Y como el verbo no le parece el más adecuado, se apresura a añadir -. Honorablemente, se entiende. Pero estoy de acuerdo contigo, basta de juegos verbales. ¿Bailamos?
   Beatriz ni tiene tiempo de aceptar la invitación cuando Alfonso ya la estrecha entre sus brazos. La circunstancial pista de baile se ha transformado, de pronto, en un paraíso para la danza. ¿Flechazo?