martes, 11 de agosto de 2015

Capítulo VII. El baile de los estudiantes 7.1. Un barbero muy redicho



   Alfonso Grau se aburre. Su trabajo de veterinario le lleva poco tiempo y en Senillar las diversiones son escasas; lo mismo ocurre con la vida social, por eso ha aceptado encantado la invitación a cenar del matrimonio Gimeno-Sales. Desconoce que la pareja agasaja periódicamente a todos los que en la villa son alguien, es una forma de engrasar las relaciones con los puntales de la comunidad. La cena, para las posibilidades que hay en el pueblo, ha sido exquisita. Se nota la buena mano de la anfitriona, a la que Grau apenas conocía, pero que le ha cautivado tanto por su encanto personal como por la agudeza de su conversación. Tras la cena, y mientras José Vicente y Alfonso saborean un excelente café y paladean una copa de auténtico coñac Barbadillo Gran Reserva, Lola se dedica a tirar de la lengua al joven veterinario. Siempre es útil conocer las opiniones de quienes en el pueblo influyen en algún sector.
- ¿Qué tal te lo pasas, te aburres mucho? La verdad es que el pueblo no ofrece demasiadas posibilidades de esparcimiento a personas de tu clase – comenta Lola.
- A fuer de sincero, admito que algo sí, aunque como los fines de semana me voy a Valencia, eso hace más llevadero el resto de la semana.
- Pues te voy a desvelar un secreto: la mayoría de las jovencitas locales darían lo que fuera para que no te marcharas, pues eso supondría que tendrían alguna posibilidad de entablar amistad contigo Porque supongo que sabrás que eres el soltero más cotizado del pueblo – afirma una sonriente Lola.
- Soltero, sí, pero cotizado no tanto, aunque reconozco que alguna que otra invitación he recibido. La última, para asistir a una especie de baile de gala.
- Ah, debe ser el baile de los estudiantes – precisa Gimeno.
- ¿Estudiantes? ¿Hay muchos en el pueblo?
- Muchos no, solo hay un grupito de chavales que estudian en Albalat o en Valencia y tres o cuatro que son universitarios. Todos ellos forman, por así decirlo, la crema de la sociedad local, al menos por formación y expectativas – explica Gimeno.
- Supongo que esos chicos deben ser de las familias más pudientes – No queda claro si es una pregunta o una afirmación lo que hace Grau.
- No necesariamente – contesta Gimeno, que amplía su respuesta -. Que los muchachos estudien no está ligado únicamente a la situación económica de sus familias, también inciden en ello otros motivos como la propia formación de los padres o la posibilidad de legar un puesto de trabajo a los hijos. Es lo que ocurre con la mayoría de los agricultores que suelen tener una educación muy elemental, cuando no son analfabetos, pero que en su día tendrán la oportunidad de transmitir sus propiedades a los hijos y con ellas una forma de subsistir. ¿Para qué estudiar?, se preguntan. La respuesta casi siempre es la misma: nuestros padres no lo hicieron y bien que se ganaron la vida. En el otro extremo está el caso de los empleados y funcionarios que, generalmente, suelen tener una mayor formación que los labradores, pero que poco van a legar a sus herederos y difícilmente un puesto de trabajo. En ese caso, una buena solución pasa por dar a sus retoños la mejor educación posible y, si es posible, mejor coronarla con un título académico. Referido a los varones, naturalmente.
- ¿Las chicas no cuentan? – vuelve a preguntar Grau.
   Ahora quien contesta es Lola:
- Hasta ahora no contaban, afortunadamente eso empieza a cambiar. Aquí, salvo algún caso aislado, las jóvenes solo asisten a la escuela primaria; se las prepara para ser amas de casa. Aunque algunas de las familias más ricas envían a sus hijas a los colegios de monjas a estudiar cultura general. Los estudios que conducen a la obtención de un título quedan relegados a los chicos. Aunque, como dije, ya hay alguna salvedad como la de Beatriz Villangómez, una muchacha realmente encantadora, que ha estudiado magisterio, claro que en ello ha influido decisivamente el que sus padres también sean maestros.
- Y volviendo al baile de marras, ¿en qué consiste ese baile del que hablabas antes, José Vicente? – inquiere Alfonso.
   Gimeno describe, a grandes rasgos, el contenido del festejo y se permite darle un consejo: - … y ha terminado convirtiéndose en uno de los hitos sociales más importantes. Asistir al baile constituye la piedra de toque del quién es quién. Como dice Lapuerta, que le gusta presumir de su inglés, es el escenario del who is who pueblerino. Si te acercas al mismo, de una sola tacada conocerás los retoños de las mejores familias del pueblo o que, si no lo son, pretenden serlo.
- Gracias por el consejo. Lo tendré en cuenta, pero dudo que vaya a ir. Y creo que ya es hora de que me retire. Antes permitirme deciros que sois unos anfitriones inmejorables, la cena ha sido deliciosa. Si lo llego a sospechar tendría que haber traído algo más que una bandeja de pasteles. Si hay una siguiente vez, Lola, te prometo que seré más rumboso.
   Lola agradece los cumplidos con una sonrisa y le planta un beso en ambas mejillas, acción que hace exclamar a Alfonso:
- José Vicente, tienes una mujer encantadora, eres un hombre con suerte – y añade dirigiéndose a Lola -, pero si llego a saber que despides a tus invitados de esa manera me hubiese afeitado mejor.
   Lola ríe complacida. José Vicente recoge el último comentario que ha hecho Alfonso y pregunta:
- Ah, pero ¿con el tiempo que llevas en el pueblo sigues afeitándote tú? Hombre, no debes dejarnos mal a los de carrera. Aquí, nos permitimos el lujo de que el barbero venga diariamente a afeitarnos a domicilio. Mira, vas a ir a la barbería de Martín Esteller, que es quien me arregla, y le dices de mi parte que a partir de mañana se pase diariamente por la fonda a la hora que te venga bien.
- ¿Vendrá a afeitarme a casa? ¿No lo considerará una imposición?
- Al contrario, le harás un favor. El barbero que tiene como cliente a profesionales con título aumenta su prestigio personal. Ah, y no te extrañes de su léxico, es de lo más pintoresco que habrás oído en tu vida. El bueno de Martín sabe leer y escribir malamente, pero es muy redicho y le encanta quedarse con las palabras que a veces nos oye y que desconoce. Luego las pronuncia como Dios le da a entender y las utiliza como le da la gana. El resultado es que le da cada patada al diccionario que tiembla el misterio. 
   El descubrimiento del fígaro ha supuesto todo un hallazgo para Grau. Diariamente, con una puntualidad que parece británica, Esteller se presenta en la fonda para afeitarle. Parece ser una de las personas mejor informadas del pueblo, algo así como una especie de agencia local informativa. Alfonso ha descubierto que el fígaro es de los que les gusta dar palique a los parroquianos, y a un tío con una navaja barbera en la mano hay que darle gusto, por eso a veces pregunta lo primero que se le ocurre para darle tema de conversación.
- Martín, usted que conoce tan bien el pueblo, cuénteme quién es quién.
- No le entiendo, don Alfonso.
- Sí, hombre quiénes forman el cogollo de la sociedad local.
- Ah, eso tiene una respuesta muy simple: en el pueblo es alguien quien tiene alguna clase de poder. Verá usted. El cogoyo lo forman tres grupos. El primero, y que tiene más peso, es el de los ricos de toda la vida, poco más de una docena de familias, por ejemplo entre otros están los Arbós, los Betoret, los Vives, los “Peruanos”...
- Espere, espere, ha dicho los peruanos, ¿eso es un apellido o es que son de Perú? – pregunta un tanto sorprendido Grau.
- No señor, no es un apellido, es un apodo. Los llaman así porque un abuelo suyo emigró al Perú y volvió rico. Al abuelo le llamaban el Indiano, pero a sus descendientes empezaron a llamarles los “Peruanos” y con ese remoquete se quedaron. Se cuenta que el Indiano puso una tienda de ultramarinos, abarrotes creo que les llaman allí, en Potosí y vendiendo alimentos a los mineros de la plata se hizo de oro.
- Pero Martín, Potosí está en Bolivia, no en Perú.
- Usté sabe lo mal que suena lo de bolivianano, pues al Indiano le pusieron peruano y con ese remoquete se quedaron sus familiares.
   El rapabarbas retoma su explicación:
- Como le iba diciendo el segundo grupo está formado por los que mandan, como Vives o Gimeno, ahí incluyo al párroco y al cabo de la Guardia Civil. El tercero está formado por los contados endividuos que merecen el respeto del personal por lo que son, por ejemplo don Manuel Lapuerta o usted mismo, es decir la gente de carrera.
- O sea que, si le he entendido bien, hay tres poderes: el económico, el digamos político-jerárquico y el social. Los integrantes de esos grupos son las personas verdaderamente importantes.
- Yo no lo hubiera resumido mejor. Como se nota que es hombre de estudios.
- Supongo que esa clasificación se refiere a los adultos. Ahora le voy a poner en un brete: y referente a la juventud ¿el quién es quién tiene la misma composición?
   El barbero dilata su contestación, no sabe que significa brete, pero desecha preguntarlo y cuando da su repuesta es sorprendentemente equívoca.
- No es lo mismo, la respuesta sería mucho más amb..., no me sale la palabra.
- Quizá quiere decir ambigua
- Equilicuá, eso es.
- ¿Y por qué?
- Se lo tendré que explicar mañana, don Alfonso. Hoy he terminado.

viernes, 7 de agosto de 2015

6.13. ¿Qué es eso de la democracia orgánica?



   El engranaje de la conexión Gimeno-Marín, o lo que es lo mismo: jefe local- alcalde, funciona como una máquina de precisión. Gimeno suele ir poco por el Ayuntamiento y cuando lo hace cuida con mimo que sea el alcalde quien figure en primera fila y a quien se le dispensen todos los honores. Idéntica postura adopta en todos los actos públicos, el regidor va delante y él le sigue en un segundo plano. En definitiva no hace más que seguir fielmente la sugerencia que le dio Lola:
- José Vicente, tú debes ir siempre unos pasos por detrás de Fernando. El alcalde es él y, por consiguiente, a él debe corresponder la preeminencia en todos los actos y ceremonias.
- Eso debería ser así, el problema es que Fernando se empeña en ser él quien vaya detrás de mí.
- Has de convencerle de que la dignidad de la alcaldía es la más importante y que, por tanto, debe ser quien presida los actos.
- ¿Y si termina por creerse que es el número uno de verdad y nos sale la criada respondona?
- Tranquilo, marido, sin ti Fernando no es capaz ni de saber dónde tiene su mano derecha. Mira, si de algo peca Fernando, y eso es muy propio del género masculino, es de ser un pelín vanidoso. Tú báilale el agua en ese terreno y lo demás se te dará por añadidura.
   El cotidiano quehacer en la alcaldía parece darle la razón a Lola. En cuanto alguien le va al nuevo alcalde con un asunto que trasciende los límites ordinarios de la gestión municipal, no tiene ningún reparo en puntualizar:
- Voy a comentárselo a José Vicente, a ver qué opina.
   Y hasta que Gimeno no da su parecer en el Ayuntamiento no se mueve un papel. Las continuas visitas de Fernando terminan incomodando al que maneja los hilos del teatrillo y se queja por ello a quien mejor sabe escucharle, su esposa:
- Este Fernando se está convirtiendo en un incordio. Si no viene tres o cuatro veces al día a verme para consultarme no viene ninguna. Encima como cuando hay un asunto de cierto calibre no me gusta tomar una decisión sin antes hablarlo contigo, tengo que volver a citarlo tras comentártelo. Lo que te digo, un incordio.
- Bueno, si hay asuntos importantes sobre los que tomar una resolución es natural que te visite las veces que sea necesario.
- Si fuera así no me quejaría, pero es que en la mayoría de ocasiones las cuestiones que me plantea son auténticas chorradas. Y con tanta visita estoy empezando a descuidar mis tareas en la cooperativa.
- Eso no debe continuar así. La cooperativa es la que nos da el pan y con las cosas de comer no se juega. Lo que tienes que hacer es marcarle un tiempo para que vaya a verte, no que interrumpa tu trabajo cada dos por tres. ¿Sabes qué? – Pregunta Lola un tanto retóricamente -, lo que vamos a hacer a partir de mañana es que le invitaremos a tomar café con nosotros después del almuerzo y ese será el momento en que nos exponga todas los asuntos sobre los que haya que decidir. Solo en caso de una emergencia deberá ir a la cooperativa a contártela.
   Tantas idas y venidas del nuevo alcalde a la cooperativa no han pasado desapercibidas, quizá por eso los vecinos han bautizado al nuevo acalde como Fernando Siseñor porque es incapaz de decir un solo no al jefe local. La singular simbiosis entre Marín y Gimeno funciona como un reloj suizo y, por lo que se ve, a gusto de ambos. El alcalde luce su buena estatura y su pose un tanto marcial en las procesiones y en los actos públicos. El jefe se conforma con mandar. María Eugenia, la señora alcaldesa, es feliz luciendo la mantilla, junto a su marido, en los actos religiosos y aireando un precioso mantón de Manila en las fiestas civiles, hasta se ha comprado un vestido negro de organdí que, al parecer, la hace menos gruesa. Lola, la esposa del jefe, se conforma con saber quién es el número uno. En cuanto a los demás, el vecindario ha aceptado el nuevo cacicazgo como un hecho natural. Además piensan que dentro de lo que cabe, Gimeno no es de los peores: suele ser amable con la gente que va a verle, tiene grandes dosis de paciencia para escuchar sin aparente cansancio a los pedigüeños de turno, mano izquierda para resolver conflictos y notable olfato político para saber a quién puede tratar con dureza y ante quien debe de ser mucho más flexible. Otro dato que obra a su favor es que da la impresión de que no tiene una excesiva codicia y no le pone precio a los favores que dispensa. Tampoco rechaza los presentes y dádivas que los agraciados con sus decisiones le llevan discretamente a casa, pero como casi siempre se trata de productos del campo no resulta demasiado escandaloso.
   En el plano político todo parece que encaja perfectamente: la gente sabe quién manda y a quien acudir en última instancia. Hasta un liberal escéptico como Manuel Lapuerta lo admite ante sus rojillos amigos de la tertulia radiofónica.
- … pero, don Manuel, no me diga que le parece bien que Gimeno se haya convertido en el cacique del pueblo. ¡Es lo último que esperaba de un hombre cómo usted! – se lamenta dolido Bonet.
- Vamos a ver, Celestino, no sé cómo explicártelo para que lo comprendas. En un sistema democrático auténtico, el caciquismo no tiene cabida. Los ciudadanos eligen a sus representantes y el que más votos tiene, sea una persona o un partido, es el que manda. Eso lo tienes claro, ¿verdad? – Ante el asentimiento del ferroviario, el médico prosigue -. Ahora bien, resulta que no vivimos en un estado democrático por mucho que les haya dado en decir que el Régimen es una democracia orgánica. Tenemos un sistema personalista que concentra todos los poderes en un solo individuo. Para ser más claro, tenemos una dictadura que pretende disfrazarse de otra cosa, pero que no engaña a nadie.
- Ya era hora de que comenzara a llamar a las cosas por su nombre.
- Bien, sigo. Éste no es un régimen democrático y los que mandan son designados por quien tiene poder para hacerlo. En una situación así es cuando el caciquismo florece porque tiene un cierto sentido. Una sociedad necesita saber dónde reside el poder real, en nuestro singular régimen en el cacique de turno. La única diferencia que tenemos aquí es que en muchos pueblos el alcalde es quien detenta todo el poder, pero aquí quien lo ejerce no es el alcalde, sino José Vicente.
- Bueno, eso tampoco es una novedad – asegura Alfredo que asiste callado a la pugna dialéctica entre sus amigos -. Por lo que me han contado, aquí tienen una larga experiencia de que quién manda en el pueblo es alguien que no necesita estar en el Ayuntamiento.
 - Digan lo que digan, a mí no me quita nadie de la cabeza que lo de los caciques es cosa del siglo pasado – afirma rotundamente Bonet.
- Para ser más precisos, Celestino, habría que afirmar que el caciquismo es cosa de las sociedades no democráticas.
- Pues yo tengo mis dudas de que si alguna vez somos democráticos no seguirá habiendo caciques – vaticina Ballesta.
- Hombre, cuando haya democracia sin adjetivos el caciquismo desaparecerá como la nieve en verano – asegura el médico.
- Hablando de lo que usted llama democracia sin adjetivos, explíquenos que quiere decir eso de la democracia orgánica – pregunta Bonet.
- No es más que una de tantas frases huecas que no quieren decir nada y a las que tan aficionado es el Régimen. Una de las características que define el nacionalismo de Franco, como a todos los demás, es su inagotable capacidad para fabricar eufemismos e imaginería retórica para disfrazar su totalitarismo. Y buena prueba de ello es que colocan adjetivos a conceptos universales que no los precisan.
- Habla usted como los ángeles, don Manuel.

martes, 4 de agosto de 2015

6.12. JV number one



   Senillar ya tiene nuevo Ayuntamiento y un novel alcalde. No queda claro si los vecinos se han apercibido que también tienen un nuevo cacique. Gimeno, el actual hombre fuerte, tiene en su mente decenas de proyectos y planes para mejorar el pueblo en todos los ámbitos. Está especialmente interesado en un proyecto que, paradojas de la vida, combatió en tiempos no demasiado lejanos: la posibilidad de dotar al pueblo de industrias, aunque sean pequeñas, para que los jóvenes no tengan como único futuro el trabajo agrícola. Sabe que va a ser una aventura complicada, pero no se arredra fácilmente y diseña un plan para intentar que se instale alguna industria. Visto el fracaso que tuvo el plan de Paco Vives para crear fábricas de cerámica, opta por instalaciones más modestas y que puedan aprovechar las materias primas del pueblo: conserveras de productos vegetales o de envasado de frutos secos; en fin, industrias que ofrezcan nuevas y más prometedoras salidas laborales que las actuales. El plan lo presentará en el Gobierno Civil el alcalde, a quien acompañará. Tiene una duda: piensa que serán muchos los que recordarán el pasivo papel que jugó en el similar proyecto que, no hace demasiados meses, planteó Paco Vives. ¿Qué dirán ahora, qué pensarán? Como siempre que le asaltan dudas lo debate con su esposa.
- José Vicente, no debes de preocuparte por lo que vayan decir. La gente habla por hablar. Opino que debemos de ir acostumbrándonos a llevar adelante los proyectos que entendamos que son interesantes para nosotros y, por supuesto, para el pueblo sin dar ningún valor al qué dirán.
- Estoy de acuerdo, Lola, aunque no deja de fastidiarme que seguramente tendré que soportar algún que otro puyazo malintencionado.
- Eso forma parte de tu trabajo. Te recuerdo esa frase que sueles repetir: que un político tiene que desayunarse todas las mañanas media docena de sapos.
- Claro, claro, pero seguirá dándome mil patadas cuando oiga aquello de que cuando el plan fue de otro me opuse y ahora que es nuestro lo apoyo
- Eso es el pan nuestro de cualquier político. Cuando está en la oposición sostiene unas posturas y al llegar al poder defiende las contrarias. En cambio, a mí lo que me preocupa es el propio proyecto, no tanto por su contenido sino por el momento en que vais a presentarlo. El país está en bancarrota y supongo que las arcas estatales solo deben de tener polvo. No sé si no tendríais que esperar, pero, en fin, tú resuelves. Y otro aspecto que tampoco me parece prudente es que acompañes a Fernando. Debías de enviarlo solo, al fin y al cabo el alcalde es él.
- Se lo prometí, Lola. Es la primera vez que visita el Gobierno Civil y está más nervioso que un flan. No quiere quedar mal y temo que el ambiente le imponga. No puedo dejarle solo, cariño. Tengo el compromiso y hasta el deber de arroparle.
   Marín y Gimeno presentan al Gobernador el que han denominado Plan de Proyectos Industriales Senillenses que, naturalmente, necesitará para su puesta en marcha financiación y créditos de las entidades oficiales. El poncio escucha muy atentamente la explicación sobre el proyecto que José Vicente realiza con su acostumbrada fogosidad y brillantez. El resultado no puede ser más decepcionante para los dos munícipes. La primera autoridad provincial, después de celebrar las excelencias del plan y felicitarles por la magnífica idea que dice mucho de su interés por el pueblo, no tiene más remedio que echar agua al vino de sus afanes. El país continua viviendo en una dramática situación: sigue la enorme carencia de productos básicos apenas paliada por las cartillas de racionamiento, prosigue la pertinaz sequía que provoca unas escuálidas cosechas y que genera que la situación eléctrica se mantenga tan difícil como en años anteriores pese a la continua construcción de nuevas centrales térmicas e hidráulicas… El Gobernador sigue desgranando el rosario de penalidades y carencias que aquejan a la España de la posguerra pese a los ingentes esfuerzos del Régimen que, bajo la suprema dirección del Caudillo, terminarán por convertir a la nación en un país que será la envidia del mundo entero, pero mientras llegue ese día habrá que apretarse el cinturón, por lo que planes tan ambiciosos y con tanto futuro como el presentado tendrán que esperar a que llegue su momento.
   Cuando Gimeno le cuenta el resultado de la visita al Gobierno Civil, Lola más que consolar a su marido puntualiza:
- No quisiera repetir esa frase tan odiosa de ya te lo dije, José Vicente, pero tal y como presumía hemos cometido un doble error: primero, presentar un plan para el que el país, y en eso estoy de acuerdo con el Gobernador, no está preparado todavía, y segundo, acompañar a Fernando en la presentación. Tendrías que haberle mandado solo, así hubiese sido el único en estrellarse. Deberías de hacerme más caso y no cazar con tanta alegría, aunque también podemos extraer una lección: hay que analizar con más detenimiento los asuntos que vayan a presentarse al Gobierno Civil. 
- Bueno, amor, lo hecho ya es historia. Lo importante ahora es estudiar qué vamos a hacer porque la mayoría de nuestros planes giraban en torno al proyecto de industrialización.
- Lo que hay que hacer ahora es sentarse y esperar a que cambie la situación, que mejoren las cosas, que la economía funcione, que todo vaya normalizándose.
- Pero eso puede durar años.
- Es posible, pero ¿por qué darnos tantas prisas?, si el que manda en el pueblo ya eres tú.
- Sí, pero mandar por mandar no tiene mucho sentido. Se supone que los que tenemos poder es para usarlo en beneficio de los ciudadanos y para eso hay que hacer obras, actuaciones, planes; en fin, que la gente vea que nos movemos – arguye Gimeno.
- En teoría supongo que será así, pero ese principio habría que matizarlo. Se pueden y se deben hacer proyectos cuando hay medios para ello, pero si no los hay lo mejor es esperar a que cambie el signo de los tiempos. No hay nada más frustrante que comenzar una obra y dejarla a medias porque se han agotado los fondos. En la situación actual mi opinión es que hay que aplicar la máxima que preconizaba San Ignacio de Loyola: en tiempo de desolación nunca hacer mudanza.
   Lola tiene razón, al menos en parte: su marido se ha convertido, de la noche a la mañana, en el nuevo cacique. El viejo, Benjamín Arbós, sigue teniendo influencias y amigos, pero poder, lo que se dice poder, lo tiene todo Gimeno. Es el jefe local y, en la práctica, también ejerce de alcalde por persona interpuesta. Eso quiere decir que tiene todos los resortes del poder político en su mano. En el plano profesional, aunque teóricamente tiene un superior por encima de él, como secretario de la cooperativa agrícola es quien hace y deshace en los asuntos agrarios de la localidad, que es tanto como decir que también es quien maneja la economía local. A través de Bosch, sino decide sí influye igualmente en los asuntos del coto arrocero. El juez lo ha designado él y por mucho que Lapuerta sea un hombre independiente le debe el cargo. Hasta el párroco, mosén Bautista, que es bastante cazurro y le gusta muchísimo el poder, ha sabido entender que a quién hay que bailarle el agua es a José Vicente. Al fin, y gracias en buena parte al maquiavelismo que ha sabido desplegar Lola, es el número uno. Su esposa es la primera en ser consciente de ello, por eso con motivo de su onomástica elabora una tarta, con la ayuda de su amiga Fina, en la que se puede leer: JV number one.
- ¿Y eso qué quiere decir? – pregunta Fina.
- Literalmente, número uno. En otras palabras, que quien manda de verdad en el pueblo es José Vicente.
- No hacía falta que lo pusiéramos en la tarta, eso lo sabe hasta el último gato.